viernes, agosto 10, 2007

Sasha y Oli a jugar / de paseo / de viaje / al parque, Katherine Lodge

Trad. Esther Rubio Muñoz. Kókinos, Madrid, 2007. 10 pp (c.u). 6 €(c.u)
Doménico Chiappe

Sasha es una osa panda, de grandes ojos tristes, cuerpo menudo de niña, que viste como niña. Oli es una jirafa menos humanizada (no viste) de naranja piel y lunares ocre, aventurera como Sasha y dispuesta a conocer. Porque conocer es la gran aventura que estos dos personajes presentan al niño. La autora de la serie Sasha y Oli, de quien hoy se presentan cuatro libros, Katherine Lodge, utiliza la imagen naif y colorida con la contundencia de la exploración visual que tiene el niño, que sólo tiene el niño en edades tempranas, y que se refuerza con la hermosa edición de Kókinos.
En De viaje, Sasha y Oli han empacado en hermosas maletas azules, suben al avión y miran por la ventanilla las aves que surcan el cielo junto a ellos, y un helicóptero, aparato tripulado por un perro blanco de largo hocico que utiliza gorro (¿homenaje a Snoopy?). El helicóptero mueve las aspas. El niño pone el sonido. Llegan a la playa, juegan con la arena. Sasha es más activa. Oli más fresco, observador. Fotografían una ciudad de tráfico intenso y altos edificios (¿han viajado a Miami?). Suben a una montaña para descubrir un lago y finalmente, como todos, yacen al final del día en la piscina del hotel, con un refresco (supongo que no un daikiri) al borde.
El mundo de juego se cuela en la realidad. Lodge puede dibujar la realidad (sus personajes pintan con acuarelas corazones que se chorrean) o lo que imaginan (conducen un coche para dirigirse al campo). En De paseo, van al parque de diversiones, patinan sobre hielo conducen un tren y vuelan en un globo aerostático. Y en Al parque, preparan y llenan una piscina, juegan en un parque infantil, hacen un picnic y llueve, aparece el arco iris cuando Oli lleva en su lomo a una Sasha cansada. Queda patente un claro mensaje de compañerismo y colaboración.
En A jugar, Sasha y Oli echan mano de todos sus juguetes, típicos en el baúl de los niños. Oli se ve más despierto y activo que en el libro anterior. Sasha se comporta como una niña encantadora vestida de hada madrina, cuando Oli imita a Louis Armstrong o viste de pirata (sin parche y sin garfio), dibujan, preparan una tarta (como en el anterior, el niño recrea el sonido: cumpleaños feliz, te deseamos a ti), vestidos de cocineros, hacen planos y construyen naves intergalácticas donde Oli no cabe y, de noche, leen un libro a la luz de una lámpara y con la luna asomando por la ventana.
La estrategia de Lodge es clara y eficaz: un día agitado, temático, en la vida de dos personas afines, compenetradas como dos hermanos, donde Oli es el mayor y Sasha la menor con visos de dirigente ante un complaciente cómplice.

jueves, agosto 09, 2007

En carne propia / Un día del año, Christa Wolf

Sofía Rhei

Trad. Carmen Gauger. Galaxia Gutenberg, Barcelona, 2007. 176 pp. 16,90 €

«Un largo viaje. Emerger, sumergirse. Hundirse. Que entonces siempre sean más fuertes los quejidos. Otra gran oleada de la misma marea, va a llevarme con ella. Hundirme. Ser hundida. Oscuro. Silencio.» Éste es uno de los párrafos de las primeras páginas de un libro cuyo tejido comienza deshilado por la indeterminación, por el extrañamiento, por una búsqueda de la descripción precisa de ciertas sensaciones a partir de un lenguaje enrarecido como los líquidos en disolución. Del mismo modo que el principio de Las olas, de Virginia Woolf, la voz narradora de En carne propia se abre camino a través de frases cuya única hilación es la de una subjetividad perpleja de sí misma y de sus propias sensaciones, de un mundo en el que lo interior no se diferencia de lo que viene de fuera. «Algo se queja, sin palabras». El intento de decir el dolor, de traducir a tejido verbal toda la gama sinestésica de colores, sombras, golpes y estallidos de una conciencia que se ha convertido en cuerpo, que ha sido llevada al presente de las sensaciones inmediatas y que debe reconstruirse desde ahí. «Llegan las otras figuras que se ponen a trabajar en su persona, que controlan drenajes, cambian frascos de infusión, lavan, me acomodan en la cama, esa cosa que es mi cuerpo para ellas.» Del mismo modo que en la citada novela de Virginia Woolf, la perplejidad ante el mundo termina convirtiéndose en una reflexión sobre el lenguaje y la literatura: «El shock de que todo lo que digo o escribo está falseado por lo que no digo ni escribo». «Cómo íbamos a saber la extensión de nuestro mundo interior si no nos lo abriera una llave especial, por ejemplo, la fiebre alta»: la pureza de las percepciones plásticas, sonoras y cinestésicas lleva a la conciencia del cuerpo, pero el cuerpo sólo tiene sentido en tanto que portador de la memoria. Y la memoria se manifiesta en forma de retazos de los otros, de sensaciones rescatadas: «Que haya tantos espacios interiores». Entre la trama sensorial que retrata el presente, y los deslizamientos de la memoria, aparecen reflexiones de profundas implicaciones filosóficas. El cuerpo como un juego de cajas chinas que esconde diferentes y misteriosos tipos de interior y de vacío. La memoria despliega su propia perplejidad, compuesta por recuerdos de inocencia perdida, de poemas de Goethe, de ilusiones sociales y políticas que parecen tan lejanas como la juventud perdida. «Curioso, cómo funciona el cerebro». El espacio del hospital es un territorio de lo inhóspito, de lo misterioso, de lo blanco. «Muy tarde, en plena noche —pero las horas del día y de la noche se difuminan—, bajará por fin la marea, vagamente emergerá la habitación, apenas iluminada por el cuadrilátero de luz nocturna que hay en el zócalo, junto a la puerta: ella estará, empapada de sudor y desfallecida, en su cama-barco...» «Comprendo el misterio de la tercera persona, que está ahí sin ser palpable, y que, cuando las circunstancias le son favorables, puede tener más realidad que la primera: Yo. Sobre la dificultad de decir yo», explica la autora en otro de sus libros, Noticias sobre Christa T. El mismo fenómeno que Wolf advierte al leer los diarios de su amiga desaparecida, escritos en tercera persona, es utilizado en esta obra de ficción. A medida que la memoria va reconstruyendo sus esquemas del mundo, la voz narradora avanza progresivamente desde la tercera persona al “yo”. Del mismo modo, el lector va reconstruyendo una historia de relaciones humanas a través de fragmentos: hay nombres que aparecen y aparecen dejando su huella en lo narrado, situaciones que configuran el retrato de una mujer y de un complejo tejido social que parece estar constantemente sometido a procesos de cambio, el bosquejo de las consecuencias de esos cambios sociales en sus habitantes más comprometidos políticamente. «Cómo murió Urban. Se ahorcó. En un bosquecillo. Lo encontraron al cabo de semanas. Renate. Dios mío, Renate. Tiene que vivir con esa imagen». Desafortunadamente, no soy capaz de comparar la traducción con su original en alemán, pero el trabajo de Carmen Gauger consigue transmitir la extraña mezcla de registros y tonalidades a través de la cual se muestra el ritmo desgarrado de la memoria que va saliendo a flote por estratos, y tiene la habilidad de sugerir sensaciones ayudándose del tipo de frase a utilizar. No debe de ser una tarea fácil enfrentarse a la traducción de un libro tan estriado, compuesto de grumos de significado que tropiezan unos contra otros como una hemorragia.



Trad. Carmen Gauger. Galaxia Gutenberg, Barcelona, 2007. 615 pp. 35 €

Hay diferentes maneras de leer. Inevitablemente, el género de escritura que un artista escoge para transmitir una idea es inseparable de las expectativas que el escritor cree que el lector va a tener respecto a un determinado formato. En este caso, la idea del libro es retratar el presente (incontable) y toma forma de diario personal, sólo que el ritmo de los días recogidos es anual. Lógicamente, el resultado de una lectura indefinida del presente es una sensación contradictoria: la conservación por escrito de un momento arrastra inevitablemente la sensación de caducidad, ese pensamiento, en palabras de Elena Medel, de que todas las personas conocidas estarán muertas algún día.
El problema de la captura del tiempo se resuelve aquí tendiéndole una trampa a la cruda realidad, y utilizándola como materia prima apenas filtrada, pero, eso sí, ciertos fragmentos son destacados sutilmente sobre el resto, como dotados de vibración por la manera de ser descritos, por la sensibilidad excepcional de la escritora.
Las obras de ficción de Christa Wolf suelen estar poco apegadas a un hilo argumental, y tienen una forma más bien pulviscular, atómica: mediante retazos de significado, las situaciones van cobrando forma dentro de un caldo de tensión emocional. Por el contrario, en Un día del año, la autora lo cuenta todo, y casi por orden. Su talento literario hace que resulten interesantes detalles que podrían no haberlo sido. Otra característica de este libro es que nunca se sabe cuándo va a surgir un fragmento de gran interés, puesto que todos los temas (políticos, afectivos, literarios, gastronómicos) aparecen mezclados orgánicamente.
La lectura de este diario-anuario, con sus a veces minuciosas descripciones, es como sumergirse en otra vida. Pronto se adquiere el ritmo de esta familia en concreto, se aprenden sus prioridades, se comprenden las relaciones que existen entre unos y otros.
Como quizá ocurre en todas las vidas, lo nuevo, lo excepcional o lo irreparable se insertan en el tejido de la cotidianeidad, confundiéndose con ella. Es inevitable sentir vértigo al ver cómo pasan cuarenta años tan rápidamente ante los ojos del lector. Por todo esto, quizá la mejor manera de leer este libro sea simular de algún modo el curso de los años mediante dosis espaciadas en el tiempo.
La edición incluye notas tanto de la autora como de la traductora. Esto facilita enormemente la contextualización de las escenas, situaciones y personajes.
A lo largo de esta cuarentena 1960-2000 nos hacemos eco del fastidio que le provoca a la autora recibir el premio nacional en 1964, el éxito y la repercusión de Casandra, que da la impresión de parecer desproporcionado a Christa Wolf en relación con su otras obras,
de sus comentarios de la actualidad política desde el lado este de Berlín, de los numerosos libros que lee y la opinión que le merecen («He leído antes una líneas de los diarios de Virginia Woolf y tuve una sensación extraña al comprobar ciertas afinidades en el terreno emocional»), de la importancia que la autora concede a sus intensos sueños, a veces de carácter premonitorio, como en 1987: «Helmut se les acaba de morir. Toda mi inquietud y miedo nocturno se habían confirmado».
En 1970 la familia viaja a Bulgaria, como parte de un grupo organizado. «Gerd se ha traído de nuevo Los mitos de la antigüedad clásica, que siempre lee en tierras meridionales donde, en su opinión, encajan a la perfección». Tinka descubre cómo son en realidad «las célebres hojas de la higuera». Gerd «declara que habría que tener una dacha en el mediterráneo». La imagen de la Grecia clásica se superpone a la realidad búlgara, hasta que «una mañana luminosa», ante las fantasías de Gerd sobre vivir en una isla griega, Christa se de cuenta de que «no es el sur, es la falta de ganas de volver a casa. (¿Cuándo vino realmente el cambio, la desgana de volver?).»
Entre todos los personajes que aparecen, llama la atención la historia de Tinka, la hija que cumple años al día siguiente de la escritura del “diario”, y que vemos crecer a lo largo del libro: se nos cuenta cómo fue su nacimiento, numerosas escenas de su infancia, cómo ya mide un metro setenta y dos con catorce años, cómo le asusta cumplir diecisiete, sus difíciles partos, cómo se hace crítica de teatro y también pertenece a un grupo dramático.
No pasa un día sin algún comentario respecto a la situación política y social, pero hay jornadas dedicadas casi exclusivamente a analizarla, como la entrada del 89, tras la caída del muro, la jornada electoral de 1998 «la extrema derecha quedó por debajo del 2%, esta fue una de las mayores alegrías de la noche electoral». En la actitud de la familia parece advertirse cierto escepticismo (el pesimismo de la lucidez descrito por Gramsci) en los comentarios, pero sus actos muestran el optimismo de la voluntad: «Sacamos (nuestra casa) de un estado ruinoso hace cinco años y la fuimos poniendo en un estado aceptable para nosotros; habitable era, desde luego, y más que eso: una casa de trabajo y de vacaciones, también para hijos, nietos y amigos, había tomado ya una pátina y era fuente de relatos, hasta de mitos».
En la entrada de 1993 leemos: «Alguien plantea la bonita pregunta de si los expedientes de la Stasi eran la mala conciencia de la nación; yo digo que no, que sólo en Alemania se puede concebir la idea de que unos expedientes puedan sustituir a la conciencia. Después de haber leído mi expediente, dije, yo lo sabía: estos expedientes no contienen 'la verdad' [...] Contienen lo que la gente de la Stasi debía, podía o tenía que ver o haber visto […] ni siquiera el lenguaje que empleaban, dije, era apropiado para registrar la 'verdad' [...] No, 'la verdad' sobre esa época y sobre nuestra vida probablemente habrá de traerla la literatura».

miércoles, agosto 08, 2007

Campos de concentración, Bartolí / Molins i Fábrega

ACVF, Madrid, 2007. 96 pp. 10 €

Miguel Baquero

En febrero de 1939, miles de españoles, militares pero también civiles, ancianos, enfermos, mujeres y niños, restos de una España a punto de caer derrotada, comienzan a cruzar la frontera de los Pirineos en busca de la mera supervivencia. Al otro lado de las barreras son “acogidos” por el Gobierno francés, que los reparte, según van llegando, por diversos campos de concentración montados a toda prisa en las playas cercanas, campos que, según crece la avalancha de refugiados, van extendiéndose por todo el sur de Francia. La acogida no es, desde luego, amigable, ni por parte de las autoridades, que establecen en los campos un duro régimen de vida, ni por parte de la ciudadanía francesa, en general, que contempla con desconfianza a aquellos tipos desarrapados, posibles agentes propagadores de la anarquía y el comunismo, y a quienes llegan a echar en cara el triste pan que les dan de vez en cuando, la paja en la que duermen y la mísera manta con la que se cubren. «Sale etranger!, espagnol de merde!», sucio extranjero, español de mierda, son las palabras con que durante mucho tiempo despertarán a la realidad los sueños rotos de estos desgraciados.
Campos de concentración refleja, mediante la unión de la palabra y el dibujo, la crudeza de estos tiempos, estos españoles y estos campos que, apenas un año después, infestarían toda Europa y que tal vez sean la imagen más triste y más representativa del salvaje siglo XX. Los dibujos son obra de Josep Bartolí, los textos se deben a Narcis Molins i Fábrega; ambos eran catalanes, nacidos en 1910, ambos combatieron con empeño en el bando republicano, ambos, a la derrota, pasaron por diversos campos del sur de Francia, donde se forjó, de primera mano, la experiencia que dio origen a este libro, ambos, tras diversas peripecias, llegaron finalmente a México y encontraron asilo. Fue en este país donde, de la unión de ambos, surgió este Campos de concentración, publicado originariamente en 1944. Poco después, en los años sesenta, fallecería Molins i Fábrega, mientras que Bartolí aún viviría durante muchos años para, entre otras cosas, hacer decorados en Hollywood y entrar en contacto con artistas como Diego Rivera, Frida Kahlo, Jackson Pollock o Mark Rothko.
ACVF Editorial rescata ahora el libro que ambos compusieron a su llegada a México y publica por primera vez en España este estremecedor testimonio —estremecedor por su crudeza, pero también por su cercanía, casi contemporaneidad con lo descrito, y por su alta calidad artística—. Los textos de Molins i Fábrega, siendo, como no podía ser de otro modo, arrebatados, saben alejarse, es de imaginar que con bastante esfuerzo, de la soflama política para centrarse en la odisea puramente humana, en la miserable grandeza de esos desechos humanos a los que, en repetidas veces, cuando con mayor aspereza grita su dolor, Molins califica de «semidioses».
«Nada tienes. Tu carroña viviente se pudre en un montón de estiércol. Ni pan dejaron para tu boca. ¡Qué importa! Un día te levantarás, sentirás ligera tu vida, recobrarás tus miembros y marcharás sonriente por el mundo que conquistó tu sangre». Impresionantes y seguramente inolvidables son algunas pequeñas escenas, descritas con apresurada y auténtica emoción, con la prisa de un apunte de quien no sabe si va a vivir mañana. Escenas como la de la pareja de refugiados que llegan al campo con sus tres hijos, como la de quien en la yacija se siente morir y llama débilmente a su madre...
Junto con los textos de Molins i Fábrega, los dibujos de Bartolí complementan, agrandan la obra hasta mostrarla rebosante de vida, precisamente, paradójicamente, en medio de un campo de alambradas donde todos presienten, aguardan, esperan la muerte. Son dibujos hechos también con prisa, con urgencia por dejar testimonio, pero al mismo tiempo con la contención necesaria para captar y dotar de significado los pequeños gestos y ademanes de los refugiados y hacer de su dolor y su desesperación materia artística viva y útil para generaciones futuras. En Campos de concentración las ilustraciones podrían dividirse en dos grupos: un primero, formado por grandes composiciones de trasfondo político, donde, a la manera de El Bosco, suelen mostrarse, de manera pequeña y desperdigada, diversas escenas de humillación y muerte en los campos mientras el centro, a modo de Pantocrátor, lo ocupa todo un politicastro “en majestad”, un rico en pleno festín o la Muerte atareada en su cosecha; y un segundo grupo, en mi opinión el más artístico por cuanto más llama a la sensibilidad de cualquier hombre, formado por sencillas imágenes de la vida en el campo: hombres que se despiojan, que duermen en sus camastros, que aguardan envueltos en sus capotes bajo una persistente llovizna... Sólo por ese dibujo, poco más que un bosquejo, de la mano que acaba de dejar la cuchara sobre el plato vacío y detrás de la cual, ignoro por qué —la magia del Arte—, se percibe a un hombre cansado, con más hambre que cuando empezó, pero aún así lleno de orgullo y dignidad, nada más que por ese trazo hecho seguramente a la carrera, merecería Bartolí ser materia obligada de estudio para cualquier joven dibujante.

martes, agosto 07, 2007

La caraqueña del maní, José Luis Muñoz

Premio de Novela Camilo José Cela-Ciudad de Palma 2006. Algaida, Sevilla, 2007. 200 pp. 18 €

Gregorio León

Que José Luis Muñoz nos ofrezca una novela excepcional no debe constituir una sorpresa, a estas alturas. Hay autores que suponen una apuesta segura. Y especialmente cuando transitan territorios que sienten como suyos. Es lo que le pasa a José Luis Muñoz con el género negro.
Pero La caraqueña del maní (título muy bello, para empezar) es más que una novela negra. O no sólo eso. Es un homenaje a la capital de Venezuela, presentada con todas sus contradicciones y contrastes. Una ciudad que, al menor descuido, pasa a ser selva y culebra. La urbe endemoniada se convierte unos metros más allá en la selva agreste que describió sin ahorrar ni un detalle ni un adjetivo Alejo Carpentier en Los pasos perdidos. Aquí también hay exuberancia, que alcanza a las mujeres que rozan la vida de Macario, el personaje que nos mueve por La caraqueña del Maní. El ex dirigente de la banda terrorista ETA, aunque perseguido por el pasado, intenta correr más rápido que él, con el resultado esperable en estos casos. Y elige el trabajo como director de una editorial. Esta pirueta tan exagerada podía provocar un accidente de nefastas consecuencias en términos de credibilidad. Pero José Luis Muñoz lo evita, con oficio y con talento, hasta parecernos verosímil.
El autor, gran lector de Raymond Chandler o Dashiell Hammett, no traiciona los cánones clásicos y nos ofrece también a esa tentación que sólo puede vencerse cayendo en ella, aun a sabiendas de que lo único que puede venir después sea la muerte: una femme fatal caribeña, la caraqueña del maní, que esconde la traición debajo de su piel de chocolate.
Ojo con el buen uso que hace José Luis Muñoz de los giros venezolanos. Ha vivido en Caracas, y tiene oído. La novela gana una valencia más, al descubrirnos la riqueza del lenguaje local. Lenguaje que no suena artificioso, sino como parte inseparable de la narración. Narración que acepta otra reflexión, la política, la ciudad separada por una línea muy gruesa entre chavistas y opositores, todos empapados por una corrupción que pertenece tanto al paisaje caraqueño como una mulata o una culebra. En este país, nadie está muy de acuerdo de si son peores los políticos o los malandros, dice uno de los personajes.
Esta novela ha recibido el premio Camilo José Cela, en Palma de Mallorca. En el jurado estaban, entre otros, Enrique Vila-Matas o Ignacio Martínez de Pisón. Después de leerla, no tengo el más mínimo interés en llevarle la contraria al jurado. Han acertado de pleno.

lunes, agosto 06, 2007

Agujero negro, Charles Burns

Trad. Lorenzo Díaz. Rotulación Lluís Andrés. La Cúpula, Barcelona, 2007. 370 pp. 28 €

Guillermo Ruiz Villagordo

Un agujero negro. Ésta podría ser una buena definición de la adolescencia. La mente se abre a nuevas realidades a la vez que toma conciencia de la rutina terminal en que se encuentra sumida, se descubren tantas posibilidades de escape, unas más cercanas, cómodas y engañosas que otras, que uno se encuentra perdido y hay que agarrarse a algo que prometa seguridad sea como sea. Ese terreno, la frontera entre la infancia y la madurez, es el que pisa la obra magna de Charles Burns, elaborada a lo largo de varios años y recopilada en tomo recientemente.
Insertos en el ambiente estudiantil de la América de los años 70, los personajes principales, Keith Pearson, un típico chico con aspiraciones todavía no muy definidas, y Chris Rhodes, la chica introspectiva que en un principio le gusta, construyen con sus visiones alternadas y cruzadas un panorama de tintes casi apocalípticos donde los adultos virtualmente no existen en el que una extraña enfermedad que produce deformaciones extremas (clara alusión a los cambios que se producen en los adolescentes) va extendiéndose entre los jóvenes, parece que por vía sexual. Los nuevos “monstruos” acaban recluyéndose en un rincón apartado del mismo bosque en el que solían evadirse, porros mediante, de su aburrida vida de instituto. Pero algunos aún se aferran a ella, su mayor preocupación sigue siendo encontrar alguien a quien entregarse con una pasión sin medida. Es el caso de Eliza y Rob, las parejas contrapuestas de Keith y Chris, que cambiarán su vida al tomar contacto con ellos e introducirles en esa nueva mecánica del mundo donde tendrán que hacer su propio camino, durante el cual la comunión con la naturaleza tendrá un importante papel.

Tremenda alucinación por estupefacientes, producto sublimado de serie B al estilo de David Lynch (no es la primera vez que se dice) y cierto Daniel Clowes, mirada melancólica a la edad de la incertidumbre, estética y terror se dan la mano en un cómic que deja la sensación de un puñetazo en la cara. Burns, como Thomas Ott, hace uso de un tipo especial de dibujo que consiste en crear espacios en blanco sobre una superficie negra. Esta técnica de contraste que va más allá del dibujo en blanco y negro, que no acostumbra a dar esta impresión de trazo grueso aunque detallista, le proporciona más profundidad a la historia, dando como resultado un libro hermoso hasta las lágrimas si lo permitiese el nudo en la garganta. Y es que ante la tristeza, ante la duda, ante el terror, lo único que queda, desertada la esperanza en un futuro que se sabe oscuro, es la belleza. Sería una lástima que por presentarse en un formato, el cómic, al que el público en general no está acostumbrado se perdiese una lectura tan intensa como ésta.