viernes, agosto 17, 2007

Buenos días señor Hoy, Ana Rossetti

Ilustraciones de Jorge Artajo. Kókinos, Madrid, 2007. 30 pp. 13 €

Elena Medel

Con cuatro o cinco años —mi madre no precisa, yo no recuerdo— enfermé de varicela. El incidente me libró durante una semana de las clases de la guardería, convirtiéndome en la reina de la casa: no madrugaba, bebía a todas horas leche con cacao, tras el arroz hervido mi abuela deslizaba en la palma de mi mano una onza de chocolate, o un par de galletas, que aliviasen mi pena. En aquellos días de fiebre me regalaron los primeros tomos de El mundo maravilloso de Heidi, una colección de libros con ilustraciones. No se diferenciaban en exceso de los que yo ya conocía, pero sí guardaban dentro una novedad: muchas letras. Yo, que era lectora precoz, devoré —con alguna dificultad, con todo el entusiasmo, ayudada por mi abuela— esos primeros volúmenes, a los que siguieron otros muchos —el resto, y también otros cuentos— durante los días de enfermedad. Estas aventuras de Heidi son los primeros títulos que recuerdo haber leído con cierta consciencia —si es que a esa edad se puede ser consciente—, y suelo culparles de mi pasión lectora. De ellos salté a las colecciones Barco de Vapor y Gran Angular, a los poemas de Gloria Fuertes, a los clásicos para jóvenes de Anaya, y no paré de leer.
En un tiempo en que los índices de lectura se estancan en cifras tan bajas como preocupantes, considero fundamental la selección de una primera biblioteca que anime a los niños a la lectura. Libros de calidad, sí, hermosos, pero que a la vez entretengan, entren por la vista, enganchen y capten —sobre todo: es el objetivo— a nuevos lectores. Buenos días señor Hoy, de Ana Rossetti, es un ejemplo y una muy buena elección: una historia para lectores debutantes, poco antes de esa edad de mi varicela, que se presenta como mitad poema y mitad relato. No nos conduce el soniquete de la rima en Buenos días señor Hoy, la disposición gráfica no tiene por qué ser la de verso, y se nos transmite una historia de principio a fin, pero la carga poética resulta —como veremos— innegable. El hilo argumental es sencillo: la pequeña Mireya despierta y pregunta al nuevo día —el «señor Hoy»— qué le deparará. ¿Sol, nubes, tormenta? ¿Podrá salir a jugar a la calle, deberá permanecer quieta y en casa? Mireya, Lola y Gonzalo unen fuerzas para que el día sea «divertido», «feliz», «extraordinario», «emocionantísimo»... Lo consiguen, y se marchan de excursión.
Buenos días señor Hoy narra, así, un día en la vida de Mireya, desde que amanece hasta que llega la noche. Lo mejor, y aquí Rossetti —poeta pionera e inolvidable, narradora sin moldes, creadora que es pura transgresión— muestra su oficio, es cómo se cuentan losa: cuando llueve, «el señor Hoy se pone a llorar»; Mireya, al encender la luz, «enciende un sol en su habitación»; las estrellas se describen como la «carga brillante» de los «pescadores nocturnos»... Metáforas muy simples, de identificación fácil y al alcance de los más pequeños —que, al descubrir por qué se dice así, sentirán como leer y comprender lo que se lee no es tan complejo—, pero al mismo tiempo de enorme belleza, igual que las ilustraciones de Jorge Artajo. Domina el color blanco, sí, y estallan los tonos más alegres —verde, rojo, amarillo— página tras página. La lectura es, en Buenos días señor Hoy, toda una fiesta.
No tengo hijos ni sobrinos, mis primos ya crecieron, y pocos de mis amigos más cercanos y queridos se animan a alegrarme con sus propios retoños. Mi contacto con los niños se limita, pues, a aquellos que ocupan el mismo vagón de metro. Sin embargo, algo mágico me ocurrió cuando disfrutaba de Buenos días señor Hoy: volví a sentirme como aquella niña que, con un pijama rosa, descubría la emoción de la lectura. Más que recomendable para los más pequeños, desde luego, pero también para aquellos mayores que deseen viajar en la máquina del tiempo, y regresar a su infancia durante un rato.