martes, agosto 21, 2007

En el espacio leemos el tiempo, Karl Schlögel

Trad. José Luis Arántegui. Siruela, Madrid, 2007. 558 pp. 45 €

Sofía Rhei

«Desde entonces, la geografía ha venido a ocupar una precaria posición intermedia». Esta frase, pronunciada en una conferencia de Carl Ritter, geógrafo, en 1833, es la que da origen a la argumentación de Schlögel sobre cómo la naturaleza mixta de la geografía (entre las ciencias naturales y la política) fue causa de una subordinación de su estudio a favor de otras disciplinas más sencillas de ubicar y tipificar, como la historia: «el patrón fundamental de la historiografía es la crónica, la secuencia temporal de acontecimientos. Ese predominio de lo temporal en la narración histórica como en el pensamiento filosófico ha adquirido poco menos que un derecho consuetudinario que se acepta tácitamente sin preguntar más». Concretamente en el caso alemán, explica, todo el campo semántico del término “espacio” estuvo durante décadas estigmatizado por su empleo en la retórica nacionalsocialista. El peso de la manera de decir las cosas es señalado frecuentemente como fundamental en la conciencia investigadora.
El autor, por tanto, aboga por una recuperación del punto de vista espacial complementándose al vector temporal a la hora de enfocar las situaciones sociopolíticas de la actualidad y del pasado, entendiendo que quizá en esa doble lectura, entendida como spatial turn, residan más respuestas que en una sola. Para ello, parte de dos clarísimos ejemplos de espacialidad determinante, que son la caída del muro de Berlín y los atentados del once de Septiembre, y a continuación expone diversos temas relacionados entre sí, como la relatividad o subjetividad de todos los mapas («Algunos mapas hacen visible lo invisible [...] Otros advierten de fronteras que no debemos transgredir. Algunos escogen un plano largo, una escala grande, y hacen así invisible aquello que uno sólo puede ver si se mantiene en plano corto, a pequeña escala. Quien se decide por dar realce y señalar lo uno también se decide por no dárselo ni señalar lo otro. Las imágenes de los mapas descansan sobre decisiones, prejuicios, elección.»), las modificaciones del mundo por la guerra; los guetos, cercos, fronteras y zonas de exclusión; el trazado rectilíneo del mapa de los Estados Unidos dibujado por Jefferson, tan semejantes a las paper partitions del áfrica colonial; la importancia histórica de puertos y costas; las zonas calientes y frías, los no lugares, la modificación esencial de los conceptos espaciales desde la generalización del uso de las redes electrónicas.
El libro está formado por pequeños capítulos que, salvo excepciones, tienen menos de diez páginas. El autor se preocupa por encontrar un foco de interés para cada uno de ellos, y por ambas razones, la lectura se hace ligera, a pesar del calado de los temas que trata. La estructuración de estos capítulos sigue un orden no cronológico, que agrupa los artículos en cuatro bloques: el primero de ellos sirve como marco teórico y expresa la intención de la obra en su conjunto, el segundo es una especie de teoría de la recepción y anecdotario de los mapas, el tercero habla de las improntas visuales del espacio físico, y el último bloque, a modo de conclusión, se emprende una defensa de la idea de Europa, atando algunos cabos que se habían planteado en capítulos anteriores, y se dedica una última entrada a «lo que hubiera podido suceder», a la ciudad ideal, a la ciudad futura.
Se trata, entonces, de una apuesta por un estudio complejo del espacio, teniendo en cuenta las nuevas prioridades morales de la cultura global. Es muy interesante la importancia que el autor concede a los mapas mentales, a los espacios literarios o virtuales, a la potencialidad. Muestra de ello es esta cita, que podría resultar paradójica en un libro dedicado el estudio de los lugares: «Los interiores son mundos en miniatura, universos, espacios vitales, estuches del hombre privado, de la mujer privada. Son incluso sucedáneos del mundo. Se puede emprender en ellos viajes alrededor del mundo y al pasado sin moverse del sitio, lugar ideal para “búsqueda del tiempo perdido”».