lunes, abril 08, 2013

Mi padre y yo. Un western, Juan Manuel Gil

El Gaviero Ediciones, Almería, 2012. 40 pp. 9 €

Fernando Sánchez Calvo

Sesenta y ocho aforismos al servicio del diálogo. Sesenta y ocho debates entre dos entes dulcemente irreconciliables (padre e hijo) como lo pueden ser Dios y el diablo, el agua y el vino, el alma y la carne. Sesenta y ocho duelos irónicamente tensos donde las balas de «la humildad, el ingenio, la rapidez, el humor, la brevedad y el silencio (muchísimo silencio)» sitúan a vástago y progenitor frente a frente en dos espacios míticos para la familia: el hogar paterno y la variable franja sentimental de centímetros que traza la línea entre dos teléfonos.
No hay ni uno de estos duelos que gane Juan Manuel Gil en esta pequeña joya que la Editorial El Gaviero edita en su colección más anfibia, “Salamandria”, donde cada nuevo título se adapta en formato a lo que se cuenta. Y lo que se cuenta aquí, al estilo de las antiguas novelas del oeste que tantos cajones ocupan todavía, es una tierna derrota autobiográfica que el mismo autor asume y en la que rinde tributo a la figura paterna y, en concreto, a la figura de su padre, quien con tan sólo seis tipos de balas apunta, dispara y fulmina cualquier amago de soberbia por parte del hijo, cualquier traición a la humildad bien aprendida en casa y, en definitiva, cualquier alejamiento de los orígenes. Lo que ha escrito Juan Manuel Gil no es un conjunto de chistes, de anécdotas o de episodios más o menos graciosos. Lo que ha escrito Juan Manuel Gil es un manual del buen hijo que admira a su padre por todo aquello en lo que no le dejó ni deja convertirse.
Ahí va un duelo:
«[Al teléfono]
YO: Papá, ¿Cómo estás hoy?
MI PADRE: Espera, que es tu madre la que lleva ese asunto. Te paso con ella.»
 
Ahí va otro duelo:
«YO: Domingo soleado en el sur. ¿Se puede pedir más?
MI PADRE: Silencio.»
Y otro:
«YO: Me han invitado a un encuentro de poetas andaluces.
MI PADRE: Juan, creíamos que ya habías salido de todo eso.»
Y el último:
«YO: Feliz cumpleaños, papá.
MI PADRE: Juan, acabemos con esto cuanto antes. Suéltalo ya.
YO: Vale. Ahí va: te quiero.
MI PADRE: Yo también.»
¿Se pueden desmitificar tantas cosas en más o en menos palabras? Ni siquiera sé si procede la pregunta, porque lo que aquí importa es que las utilizadas por Juan Manuel Gil valen para que cada uno de nosotros, partiendo de estos duelos concretos, miremos con admiración a aquél que, por muy buen revólver que compremos, siempre acertará primero.

sábado, abril 06, 2013

Solo con invitación: Intemperie, Jesús Carrasco

Seix Barral, Barcelona, 2013. 223 pp. 16,50 €

Ignacio Sanz

Uno desconfía por instinto de los libros que llegan al mercado envueltos por el ruido de la publicidad. La manifiesta o la encubierta. Tuve primera noticia de Intemperie a través de la radio. Una larga entrevista en un programa de fin de semana millonario en oyentes para un autor novel y desconocido. Eso empieza a oler a chamusquina. Una semana después, mi amiga y gran lectora, Elena Monreal, me llamó por teléfono para hablarme del libro. Jolín, esto promete. Unos días más tarde me encuentro dos referencias en un suplemento “La sombra del ciprés” de El Norte de Castilla. Entusiastas. Y, pese a todo sigo con el mosqueo.
En las solapas se habla de Delibes y de Cormac McCarthy como posibles antecedentes. Cuando, por fin, comienzo a leer Intemperie no los veo. Precisamente mi último libro leído es Todos los hermosos caballos  de McCarthy. Ya es casualidad. Intemperie a su lado me resulta premioso, carente de esa agilidad que tiene el norteamericano con unos diálogos vivaces y riquísimos. También le veo alejado de Delibes, mucho más ágil, aunque guarde con él ciertas concomitancias en el escenario rural y en el uso de vocablos en retroceso como parte de un mundo arrumbado.
Total, que me deslizo por sus primeras páginas con cierta sensación de pesantez. Como si el libro fuera un mero ejercicio estilístico. Y avanzo desganado, pero avanzo porque me acuerdo de Elena Monreal. Pero hay un punto, ya casi a la mitad, en el que en el libro aparecen nuevos personajes en medio de una llanura árida y desolada en la que, apenas si han intervenido un viejo pastor de cabras y un niño escapado de un pueblo fantasma. Ambos viven en condiciones extremadamente precarias. Pero, a partir de ahí, con la aparición de nuevos personajes, la acción resulta trepidante, pese a la sensación de tiempo detenido que la envuelve. Y la historia da un vuelco. Entonces sí, el libro atrapa. Pero no sólo atrapa. Entonces te percatas de que el autor es un maestro que ha estado jugando con tu propia paciencia para ofrecerte una historia excepcional, magníficamente contada. Y te quitas el sombrero frente al autor primerizo y te preguntas cómo ha podido llevar adelante una empresa narrativa tan alejada de modas, tan de espaldas del mundo, precisamente él, que se dedica a la publicidad.
Y piensas en los milagros de la creación literaria. Y te viene al recuerdo la primera vez que leíste Pedro Páramo. En realidad tuviste una sensación parecida de extrañeza y de estupor.
Intemperie es un libro excelso escrito en estado de gracia. Pero no. Esto suena a frase publicitaria. Prueba con otra. Intemperie es una historia iniciática y profunda, sabiamente contada, un desgarro estético que estremece. Intemperie cuenta una historia alucinante y radical desde la alucinación.
Las secuencias brutales que aparecen me persiguen ahora. Detrás de esos personajes veo Extremadura, veo Castilla, veo Aragón, tierras calcinadas, tundidas por el sol y el abandono secular, donde unos personajes desvalidos, aunque enteros y cabales, se defienden de otros personajes primarios y desalmados.
Y sí, ahora veo ecos de Delibes y resonancias de la brutalidad de MaCarthy.
De manera que, desvanecidos los recelos, rindo pleitesía. ¡Chaparro, chapeau!


Jesús Carrasco: «Me siento como el amigo que no puede beber porque tiene que conducir»



Una sorprendente ópera prima ha agotado esta temporada los elogios de críticos y editores: Intemperie, de Jesús Carrasco, publicada por Seix Barral. Su autor, de poco más de cuarenta años, extremeño —de Badajoz— y afincado en Sevilla, ha escrito una fábula de la desolación en que un niño es el protagonista. A través de un lenguaje certero, tan despoblado de elementos superfluos como el propio paisaje que describe, Carrasco traza la metáfora de un mundo que está mucho más cerca de lo que imaginamos. En esta entrevista, exclusiva para La tormenta en un vaso, el autor no habla de su personal ritmo de escritura, comparte su visión del mundo literario, explica cuál es su relación con ciertos géneros literarios y deja en el aire algunas incertidumbres inesperadas.


¿Qué se siente cuando le emparentan a uno literariamente con Delibes, Llamazares o McCarthy?

—Al principio, desconcierto. En este momento, no es tanto un sentimiento, como un entendimiento. A medida que voy conociendo el funcionamiento del mundo editorial, voy comprendiendo sus códigos. Ahora sé lo difícil que es dar a conocer "a pelo" a un autor inédito. Para hacerlo, lo más eficaz es colocar el nombre del nuevo junto al de autores consagrados, no tanto para comparar sus calidades, como para acotar el territorio literario en el que habita el desconocido.


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viernes, abril 05, 2013

La ecuación de la vida, Yasmina Khadra

Trad. Wenceslao-Carlos Lozano. Destino, Barcelona, 2012. 352 pp. 19,90 €

Elia Barceló

La ecuación de la vida, de Yasmina Khadra, presenta para mí dos novedades: no es una novela negra como las que han dado a su autor la fama que tiene en España, (aunque la violencia desatada abunda aquí tanto como en sus anteriores trabajos), y no sucede en Argelia, aunque sí en Africa.
La peripecia es bastante sencilla: un médico alemán de unos cincuenta años, bien situado, sin hijos, acaba de perder a su esposa, el amor de su vida, y acepta acompañar a un buen amigo en un viaje para establecer un hospital. El velero en el que viajan es atacado por unos piratas que los secuestran y, de Somalia a Sudán, los llevan a su campamento africano en mitad de la nada donde reinan la violencia, la tortura y la arbitrariedad.
No puedo contar más allá para no estropearle al lector el placer de seguir el desarrollo de la trama, aunque sí puedo decir –ya que la editorial lo usa en el texto de contraportada– que hay un gran espacio para la esperanza, y que la historia –a medio camino entre la novela de aventuras, la novela de reflexión y la descripción de un mundo– no acaba tan mal como sería de esperar.
Toda la novela está articulada en torno al contraste entre los dos mundos: Europa y Africa, y las contradicciones internas en cada uno de ellos –la riqueza de Europa contrastando con la falta de alegría y entusiasmo de sus habitantes; la miseria y violencia de Africa contrastando con su vitalidad, con sus ganas de seguir adelante por encima de todo.
La historia está narrada por el médico, en presente, en primera persona, presumiblemente con la intención de hacerla más directa e inmediata, como estamos acostumbrados a oir de labios de los reporteros de guerra informando desde uno de esos terribles lugares que apenas si podemos ubicar en el mapa. Yo, sin embargo, habría preferido una combinación de narración en primera con narración en tercera porque algunos episodios de enajenación o de extremo dolor o de alucinaciones, por poner un ejemplo, pierden mucha credibilidad cuando son narrados en primera persona mientras que, en tercera, se habrían potenciado.
Aparte de que en ningún momento llegamos a temer por la vida del buen doctor porque, si nos está contando la historia, es que ha sobrevivido.
Con La ecuación africana (el título original, que no acabo de comprender por qué ha sido cambiado) Khadra intenta acercarnos un poco a Africa, esa Africa terrible, cruel, incomprensible y espléndida que sólo se puede tratar de entender viviéndola, sufriéndola, gozándola, como es el caso de Bruno, el africano, uno de los personajes más conseguidos del libro, un francés que abandonó Europa hace mucho para convertirse en africano porque ama ese continente a pesar de su dolor, de su miseria y de su loca violencia, en gran parte consecuencia de la actuación de los blancos a lo largo de los siglos.
Cuando en un momento dado, el protagonista llama “salvajes” a sus secuestradores, uno de ellos le contesta:
¿La guerra? Las vuestras son peores que las catástrofes naturales. ¿La miseria? Os la debemos a vosotros. ¿La ignorancia? ¿Qué te hace pensar que eres más culto que yo?
Porque ese mismo hombre que ahora empuña un fusil y mata indiscriminadamente, en otros tiempos leyó a los clásicos e incluso llegó a escribir poesía. Son las circunstancias las que lo han convertido en un asesino.
Y aquí quisiera introducir un punto de crítica porque se trata de algo que me ha molestado mucho: admito que ese personaje, con ese pasado literario, hable de vez en cuando de un modo más elegante pero no me parece creíble que la mayoría de los parlamentos adjudicados a los cabecillas del grupo de secuestradores sean discursos políticos escritos en registro culto para que los lectores europeos tengamos un resumen en unas cuantas frases de las distintas opiniones de los personajes africanos. Pero, como no he leído el original, podría tratarse de un problema de traducción.
Personalmente, dentro de que la considero una buena novela, tampoco me siento demasiado satisfecha con tantos lugares comunes –absolutamente esperables– como aparecen a lo largo de sus páginas y que no voy a detallar para no pisarle a nadie las sorpresas.
Para una novela tan pretendidamente “realista”, el desenlace es excesivamente “de ficción”. En las últimas veinte o treinta páginas, uno empieza a decirse a sí mismo: “no pensará el autor terminar la novela como yo me estoy temiendo, ¿verdad?”. Pues sí, eso es exactamente lo que hace. Y es una lástima, porque la novela pedía un final más duro, con menos concesiones al corazón del lector.
De todas formas, me alegro de haberla leído y la recomiendo a todo el que se interese por ese continente que casi sólo conocemos por las noticias –malas– que vemos en la tele a la hora de cenar y que olvidamos en cuanto terminan y empieza la película.
No podemos pensar que con una novela vamos a comprender un continente inabarcable, pero es un principio. Y quizá después podamos leer otras que no hayan sido tan evidentemente escritas para un público europeo.

jueves, abril 04, 2013

Mala índole (Cuentos aceptados y aceptables), Javier Marías

Alfaguara, Madrid, 2012. 440 pp. 19,50 €

Fernando Sánchez Calvo

«He distribuido mis cuentos bajo dos epígrafes: Cuentos aceptados, que incluye todos aquellos de los que aún no me avergüenzo, y Cuentos aceptables, con aquellos de los que sí me avergüenzo un poco pero no demasiado.» Cito textualmente la nota previa que el autor madrileño (célebre, internacional, profesional y honesto a mi parecer en su oficio de escritor, por lo menos hasta ahora) hace de la propia edición de lo que por primera vez viene a ser una recopilación de todos sus cuentos completos, género, que como él mismo afirma más adelante, no cultivará mucho o nunca más. Lo haya escrito por el eterno tópico de la falsa modestia o porque verdaderamente lo cree, hace bien, en no cultivar más el cuento digo, pues aunque es obvio que domina las herramientas narrativas como pocos en este país, también lo es que desde hace mucho tiempo (yo creo que siempre) su género es otro: la novela.
Ningún lector asiduo de Javier Marías, por muchas apasionadas críticas de The Chicago Tribune o del New Cork Journal of Books que avalen este proyecto de obvio interés comercial (en otras palabras: vender por vender), se cree que la suma de Mientras ellas duermen + Cuando fui mortal + unos cuantos relatos pedidos por El país semanal puede equipararse a Mañana en la batalla piensa en mí, a Todas las almas o a la trilogía Tu rostro mañana. En la novela, Marías cruza memoria, identidad, nostalgia, desencanto, decadencia (psíquica, física, social, sexual) y humor negro, todo ello sobre el esqueleto de una aparente autobiografía ficticia. Dicho de otro modo: la novela como testigo y documental de toda una historia sentimental, sea la de uno mismo o la de otros. Dicho en palabras escuchadas al autor hace ya tiempo en una entrevista: «Parece que mis amigos existieron para que yo pudiera hablar de ellos».
En el cuento, sin embargo, esta fórmula no se puede aplicar y Marías la quiere aplicar. Marías es un escritor de expansión (a partir de una anécdota es capaz de escribir trescientas páginas) y el relato es un género de concentración (tienes que ser capaz de meter un siglo en una cocina). Eso, Javier Marías no lo hace mal, pero no lo hace tan bien como lo primero. Las comparaciones son odiosas, pero al leer los relatos de Mala índole (incluido el cuento homónimo, más largo que los demás) da la sensación de no leer relatos sino pequeños capítulos que el autor no pudo encajar dentro de una novela. Él mismo dijo en su día en otra entrevista que «la vida es muy mala novelista, si uno mete en una novela las cosas que suceden en la vida, que está llena de azares, no hay quien se la crea». Al relato le pasa lo mismo, que en él no cabe todo lo que sí cabe en su hermana mayor.
Por ello, y aceptando (faltaría más) que uno de nuestros mejores novelistas pueda rendir en esta edición tributo a sus primeros pasos, no puedo aceptar que la crítica (con esas sentencias pomposas que se pone en las cubiertas de los libros para que nadie las entienda y por lo tanto las admire) nos haya vendido este libro como imprescindible. Hace flaco favor al lector que todavía no conoce el mundo de Javier Marías y se acerca por primera vez a él, hace flaco favor a los que esperamos cada año un nuevo título del madrileño y hace peor favor aún a Javier Marías, quien tiene una reputación merecidísima en el mercado y al que los elogios dichos de más cuando no se merecen pueden perjudicar más que dar beneficio. Es en casos como éste cuando un escritor, aunque no lo quiera él, pasa de ser un artista auténtico, fresco, para entrar en el tan indeseado cementerio de elefantes. Él mismo, parafraseando su nota previa a la edición, dice que de los cuentos aceptados no se avergüenza y de los aceptables un poco. Cuando un escritor se avergüenza, aunque sea un ápice, de una obra suya, es que no la siente completa como tal y, por lo tanto, no debe publicarla ni dejar que otros lo hagan. Si Gualta, Una noche de amor o La dimisión de Santiesteban tienen que esperar o no salir nunca al mercado, que no salgan. Marías no necesita hacer esas concesiones ni caer en estos basureros de nostalgias que a veces son las recopilaciones. No es ser destructivo: es tener sentido común.

miércoles, abril 03, 2013

La vida interior de las plantas de interior, Patricio Pron

Mondadori, Barcelona, 2013. 140 pp. 15,90 €

Luis Borrás

Ser un autor “reconocido” tiene una ventaja evidente: el escritor “famoso” vende más. Su nombre es un privilegio y al mismo tiempo una garantía.
Pero también tiene sus inconvenientes que, precisamente, se derivan de esa condición. Por un lado a un escritor de renombre debemos exigirle más que a otro que es un desconocido. Su prestigio genera una expectativa que no puede verse defraudada; de él esperamos que esté a la altura de su fama. Y por otro lado la exaltación mediática, la hipérbole, los elogios intimidan y predisponen al lector a un juicio favorable; pueden llegar a funcionar como auténticos inhibidores de nuestro propio criterio. Sólo por ser él quien lo ha escrito parece que hay que dar por hecho que es bueno, genial, sobresaliente. Así que si después de leerlo creemos que no es para tanto, que no es tan bueno como dicen, lo normal es que nos callemos por miedo a quedar como unos ignorantes.
Por eso yo creo que con los escritores “famosos” hay que ser más crítico y exigente que con los demás, pero justo; y que al mismo tiempo debemos enfrentarnos a ellos sin juicios preconcebidos. No dar por bueno todo por el simple hecho de que lo haya escrito Patricio Pron, no negarle ninguna de sus virtudes y aciertos, pero tampoco obviar los que consideremos sus errores y defectos.
Y a partir de ahí creo que su principal virtud es la originalidad en la manera de contar. Y aunque sea caer en esa manida expresión de la “voz propia” no encuentro otra más adecuada y precisa para nombrarla. Todos los escritores pretenden que de ellos y su manera de escribir se diga que lo hacen con una voz diferente, personal, distinta; y Pron lo consigue al alejarse de la forma lineal habitual, al escribir los relatos de una manera fragmentada en párrafos. Estilo insólito y poco acostumbrado que produce el primer efecto de descubrir que otro modo de narrar es posible; que se convierte en una marca o sello personal y le hace diferenciarse del resto y con la que podemos, a simple vista, identificar un relato como suyo. Y aunque ese estilo en párrafos –unas veces muy cortos y numerados, y otros más largos- que van desarrollando la trama es lo más característico y mayoritario no es unívoco pues hay en La vida interior de las plantas de interior varios relatos sin un punto y aparte con los que nos demuestra que es un escritor capaz de mutar o cambiar de registro. Eso que, como otro manido pero acertado elogio, se llama “versatilidad”.
Pron nos cuenta historias que son hechos extraordinarios dentro de lo corriente. Un suceso aparentemente sencillo, trivial, reconocible, pero que él con ese tono, esa manera personal de narrar hace tremendamente atractivo. Y ese suceso y el cambio que produce lo refleja en detalles nimios pero que siempre resultan determinantes. Y creo que otro acierto que seduce y atrae de este libro es que Pron hace a la literatura y a los escritores protagonistas de algunos de sus mejores relatos. Algo que en otro caso podría parecer mirarse el ombligo, pero que en el suyo resulta unas veces un argumento para hablar de ficción y realidad, teoría y creación; y otras un ejercicio de honestidad, autocrítica, aprendizaje y estímulo.
Pron alterna magníficos relatos con otros medianos o con auténticas excentricidades. Los —para mí— excelentes, son cinco: “Un jodido día perfecto sobre la tierra”, “Diez mil hombres”, “Algo de nosotros quiere ser salvado”, “Algunas palabras sobre el ciclo vital de las ranas” y “El nuevo orden de la última lluvia”, sin duda este último el mejor del libro. Y de estos cinco unas veces el estilo es el de los párrafos breves y numerados, otra el de los párrafos más largos, y otro el de un relato sin un punto y aparte. Y utilizando esa “versatilidad” unas veces acierta y otra fracasa, porque “El cerco” comienza muy bien pero acaba siendo regular al llevar la historia a un callejón sin salida; en “Cincuenta y cuatro veces” hacer que sea Lump —el perro de Pablo Picasso— el que cuente el relato me parece sencillamente una frivolidad; y “En tránsito” me parece irregular porque mezcla las buenas frases con las cursis o absurdas.
Pron tiene calidad, escribe diferente, sí; pero no para dedicarle hipérboles injustificadas porque a veces prefiere antes que escribir bien colarnos el timo de la estampita; en haberse creído de verdad ese papel de salvador o renovador de la literatura que algunos le han adjudicado por el que todo vale. En el que a otro escritor se le podría acusar y reprochar el haber escrito un relato sin acabar parece que en él debemos considerarlo una genialidad. Y no voy a negar que sea imaginativo y ocurrente, que incluso en esos que considero malos parta de una buena idea o una imagen impactante, pero unas veces parece que se puso a escribirlo y no supo como acabarlo se cansó y lo dejó así, de cualquier manera; y en otro directamente me parece que sobrepasa los límites lógicos de cualquier narración y la convierte en un collage de corta y pega, en una merienda con sándwiches de nocilla. La narrativa gana, y Pron lo sabe, cuando es completa y con acento; y no una boutade de cartón piedra.

martes, abril 02, 2013

La Primera Guerra Total, David A. Bell

Trad./Prol. Álvaro Santana Acuña. Alianza Editorial, Madrid, 2012. 448 pp. 28 €

Ángeles Prieto Barba

Bajo la imprecisa expresión histórica “guerra total”, forjada en el siglo XX durante la Primera Guerra Mundial, entendemos ahora la movilización de todos los recursos de un Estado para destruir por completo a otro. Una locución casi metafísica, pues en principio debemos poner en cuestión si es posible disponer absolutamente de todos los recursos (humanos, científicos, industriales, agrícolas, naturales, civiles y militares) al servicio de una guerra como también, y al mismo tiempo, nos preguntamos si es factible conseguir la destrucción total (que no la simple rendición) de un país enemigo. Aunque no nos quepa duda de que el enunciado “guerra total” sea elocuente y efectivo para definir claramente la tendencia u objetivo de nuestras guerras más cercanas. Incluso de toda guerra, si estudiamos su desarrollo y evolución histórica. Pues bien, David A. Bell, historiador británico de impecable formación, nos propone en esta primera publicación de su libro en España, aceptar esta aseveración aplicada en principio al furor bélico desatado en Francia tras la Revolución Francesa, culminado con las Guerras Napoleónicas.
Pero lo que ocurrirá con la lectura de este libro singular es que muy pronto esta hipótesis de partida pasa a segundo plano, concentrando fascinados todo nuestro interés en el desarrollo de lo que constituye un estudio brillante de la guerra como Historia Social. Porque en efecto, la leva en masa, la propaganda revolucionaria constante, la obligatoria adscripción política que no permite quedar al margen y sobre todo, las atrocidades cometidas (campos asolados, mujeres violadas, hambrunas y epidemias generales, ejecuciones de niños, torturas y cuerpos destrozados), sí que nos permite aseverar que en este periodo se produjo un importante salto cuantitativo y cualitativo en la concepción de la guerra, con los claros precedentes de la llamada Revolución Militar que señalara Geoffrey Parker a fines del XVI y la Guerra de los Treinta Años del siglo XVII.
Un libro que además nos resulta necesario, habida cuenta de la reciente revisión que se ha efectuado en todas las universidades españolas de la Guerra de la Independencia, freno a Napoleón que devastó el país cercenando la vida (militar y civil) de casi un millón de personas. Pero Guerra que debemos situar siempre en su contexto europeo, completando su conocimiento con lo que ocurrió antes (Guerra de la Vendée, reino de Nápoles), durante (frente ruso) y después, y en este sentido la lectura de este libro nos resulta muy útil. También para precisar conceptos, ahora que utilizamos con tanta alegría el término jurídico “genocidio” para aplicarlo sin más a toda matanza considerable, sin atender a sus autores (dirigido desde el Estado), ni a las víctimas (grupo nacional, racial o religioso distinto), por lo que las Guerras Civiles como la de la Vendée, quedarían al margen del mismo.
De hecho, sus bien argumentados capítulos nos van adentrando de forma progresiva en una nueva concepción romántica de la Guerra, esa que prevalecerá de ahí en adelante, avistada como una antorcha purificadora, dirigida por la Razón y garantizadora de la supervivencia y derechos de sus actuantes: esos ejércitos, esa carne de cañón mal adiestrada pero tan bien aleccionada que ejecutará puntual las órdenes de sus superiores y también participará del bochorno en la derrota y la gloria en la victoria. Por ello, la figura de Napoleón permaneció y perdura en nuestro subconsciente como el genio militar más brillante de la Historia Contemporánea, sin que haya menoscabado su imagen ser conscientes de su brutal autoritarismo, del reguero de sangre que dejó el paso de sus ejércitos (al menos unos cinco millones de muertos) o de la habilidosa labor de propaganda que lo mantuvo erigido hasta nuestros días. Por ello, aunque no nos atrevemos a aceptar la tesis de David A. Bell que adjudica la calificación de Guerra Total a este periodo, sí que valoramos, y de hecho aplaudimos, que nos haya hecho conscientes de la importancia y trascendencia del mismo. Con esta primera carta de presentación en nuestra lengua, a este historiador no podemos menos que otorgarle una entusiasta bienvenida.

lunes, abril 01, 2013

Nuestro hombre en el bósforo, Ignacio Jáuregui

Fundación Patronato de Huérfanos y Protección Social de Médicos Príncipe de Asturias, Madrid, 2012. 240 pp. 18 €

Nere Basabe

Recuerda algo a una antagónica Erica Jong el hilarante arranque de este libro a bordo de un avión abarrotado de asistentes a un congreso médico en Estambul y ese omnipresente miedo a volar. A partir de ahí, sin embargo, la novela se convierte en un homenaje (con algo de parodia) al cine negro y la literatura detectivesca, género revisitado aquí, eso sí, desde el humor y la humildad.
Con ella ha ganado el médico bilbaíno Ignacio Jáuregui el primer premio de novela del III Certamen Iberoamericano patrocinado por la Fundación de Huérfanos y Protección Social de Médicos Príncipe de Asturias. Una novela ágil y divertida que cuenta la historia de un tal Jaime Pons, joven abogado madrileño que trabaja en una pequeña compañía de seguros, poco dado a la aventura y al que su empresa envía a Estambul para que investigue la misteriosa muerte de un hombre que pocas semanas antes había contratado con ellos una póliza de vida multimillonaria. Al igual que el personaje de Graham Greene (a cuya obra se rinde homenaje desde el mismo título), aquel vendedor de aspiradoras que jugaba a ser espía, también Pons es un detective impostor, que no sabe qué hace metido en semejante lío, y que va descubriendo a su pesar, en un crescendo delirante, una trama que enreda estafas de seguros con la mafia rusa y los oscuros intereses de la industria farmacéutica, pero también su recóndita madera de héroe íntegro y valeroso. Con una escritura fresca que no se pierde en vericuetos (casi todos los capítulos ocupan apenas página y media, y te fuerzan a leer las dos siguientes hasta que, sin darte cuenta, te has leído el libro de un tirón) pero que alcanza para retratar suficientemente a los personajes, e incluso para esbozar retratos interesantes de algunos secundarios (mi preferido es el funcionario del consulado español), Jáuregui se arma de todos los clichés del género negro para explotarlos de forma personal, y hasta se asoma a la literatura de viajes sabiendo sacar todo su provecho al exótico escenario, Estambul, que actúa casi como un personaje más. No hay duda de que el autor debió de divertirse tanto escribiendo esta pequeña historia como se divertirán los lectores al leerla.
Del lado de las objeciones, sin embargo, señalaría tal vez que su ritmo rápido pasa de largo algunas oportunidades, y que, a pesar de que la trama de suspense está urdida con acierto y correctamente dosificada, el final resulta después de todo un tanto previsible. Llama la atención sobre todo el anacronismo del protagonista (quizás demasiado identificado con el propio autor), porque sus referencias culturales, del cine en blanco y negro a las letras de boleros, probablemente casan mal con un joven de veinte años actual. Pero es que esta novela, sin exceso de ambiciones, recrea una y otra vez arquetipos para luego mofarse de ellos. No pretende más, y lo que hace, lo hace bien.

sábado, marzo 30, 2013

Solo con invitación: Los apartados, Fernando García Maroto

Eutelequia, Madrid, 2012. 183 pp. 19 €

Fernando Sánchez Calvo

Soto es jefe de policía en Capital y, aunque no es el único que está manchado, lo cierto es que le ha tocado pagar todos los platos rotos que muchos, entre ellos él, destrozaron en una sucia operación de sobornos. Como castigo y medio para que la opinión pública olvide lo sucedido, Soto debe marchar trasterrado a Villa, infierno de paso donde empezará de nuevo a ejercer sus funciones. El destino en principio es prometedor, pues la sórdida y más que vacía relación con su mujer en Capital parecía pedir a gritos una tregua sentimental. Lo malo es que Villa no podrá ser de ninguna manera un soplo de aire fresco en el podrido historial de Soto. Allí espera don Rafael, (corruptor y cruel depredador moral de Villa y sus habitantes) junto a sus secuaces o satélites. Soto quiere hacer por una vez en su vida bien su trabajo para volver al lugar que cree merecer. A don Rafael no le interesa para nada que Soto haga bien su trabajo.
Ése es el punto de partida de Los apartados, una novela construida sobre los clichés del western y el género negro donde el gran acierto es que el lector, a pesar de los tópicos, se cree la existencia de todos sus personajes: la del comisario cínico y nihilista, la del tirano, la del secuaz, la del secuaz que decide pasarse al lado correcto de la ley, la de la femme fatale clave en la resolución del conflicto. Aun así Los apartados no es maniquea, es decir, no nos divide el mundo en buenos y malos, pues todos los personajes, absolutamente todos, han contribuido a empeorar con su existencia el mundo que les ha tocado vivir. En ese sentido, decantarse por unos u otros es más una cuestión de afinidad por inercia con el narrador que compasión por unos seres causantes del clima ceniciento que se respira en Villa: el que oprime porque oprime y el que calla porque calla.
La novela, que estructuralmente comienza por el final, arranca con una conversación de despedida entre Soto y el profesor Vargas sobre los acontecimientos que a continuación se narrarán. A partir de ahí, palabras precisas y certeras para describir con lacerante acierto el sempiterno e infinito proceso de decadencia de una ciudad cuyo principal martirio es no tocar nunca el fondo de su propia descomposición. En otras palabras: una suerte de Comala o Santa María.
Los apartados es Premio Eutelequia de Novela 2011 y aunque en la propia página web de la editorial no aparece dicho dato, la nobleza obliga a recordarlo como un argumento más para convencer al buen lector de novela negra a detenerse en las escasas pero densas páginas de este mundo onettiano que nos ha regalado Fernando García Maroto.



Fernando García Maroto: «El infierno ha perdido su carácter divino»

Entrevista de Fernando Sánchez Calvo


Fernando García Maroto es un matemático que, como no podía ser de otra manera, cree en la palabra exacta. Es autor de las novelas La geografía de los días, La distancia entre dos puntos y Los apartados, Premio Entelequia de Novela 2011. En esta entrevista para La Tormenta en un Vaso hablaremos de sus referentes narrativos, sus estrategias, su relación con la ficción y sus nuevos proyectos.

—Hábleme del origen, de la necesidad por la que nació Los apartados.
—Su origen es la propia necesidad que tengo de escribir, de ir creando una voz propia, construyendo un discurso coherente. Y todo esto siempre a partir de una escritura precisa y una prosa cuidada.



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viernes, marzo 29, 2013

La codicia de Guillermo de Orange, Germán Gullón

Destino, Barcelona, 2013. 304 pp. 18,90 €


Francisco Estévez

Tras la novela Querida Hija (2000), no carente de un fino humor y sabia utilización de la distancia crítica para reconstruir al hombre moderno a base de epístolas sin respuesta, nos llega La codicia de Guillermo de Orange, de Germán Gullón, quien amén de escritor empedernido, profesor y galdosista de prestigio, es un reputados crítico literario de nuestro país, no sólo en periódicos, sino con una extensa obra ensayística al respecto y sin desperdicio con la que últimamente ha puesto los puntos sobre las íes a más de un tema embarazoso.
Esta última novela del crítico narra la incrustación de las antiguas ideas racistas del príncipe rebelde Guillermo I de Orange en la mente de varios empresarios holandeses actuales que pretenden sacar tajada deshonesta con el desprestigio a España. Su talón de Aquiles podría ser la menor de sus fechorías: el desagravio en un torneo de hockey femenino donde la selección española debiera quedar a la altura del betún como compensación por la derrota del mundial de futbol en 2010. Solo Ellen, ayudante de la entrenadora española, podrá tirar del ovillo y desenmascarar la impostura.
El libro parece escrito ayer al tratar tantas cuestiones palpitantes de nuestros días como la tapadera de empresa cultural Orange Gevoel, que patrocina hockey implicando en sus actividades a la Casa Real, «el cacareado recurso de publicar los sueldos de los administradores, [que] no afectaba en absoluto a su conducta», la feroz privatización de servicios públicos, la desregulación de los mercados, los oligopolios de calificación norteamericanos, las especulaciones para hundir los bonos españoles. Y de soslayo, el papel social desempeñado por la prensa, la vida sin contenido y rellenada por el consumo desatado. Pero también algunos de los efectos laterales de la crisis financiera y de cómo afectan al cambio de actitud con retrocesos en la tolerancia y la vuelta a un siglo más oscuro y nefasto donde los españoles eran tildados de “marranos”. Todo nos suena demasiado cercano porque la novela se nutre de la realidad circundante, donde los ciudadanos europeos de a pie no encontramos en los políticos la respuesta a los problemas sociales. Y en definitiva, nos pone frente a una adicción de nuevo cuño pero que funciona con los viejos resortes de siempre. El miedo, el fanatismo, la avaricia.
La novela está trabada con esmero y pícara dosificación. Hay páginas excelentes: el comentario de una reunión del World Economic Forum vertebrada por una metáfora púgil sostenida con validez durante páginas, el partido final de hockey que desvela el magisterio narrativo de Gullón, etc. El uso inteligente de los distintos puntos de vista del narrador, las pinceladas descriptivas de los personajes, la psicología para detectar los cambios gestuales entre centroeuropeos y mediterráneos. Las elegantes y eficaces elusiones. Además, por toda la novela late con firmeza el español de buena ley con neologismos ingeniosos (Ponciopilatada), la revitalización de expresiones manoseadas con leves modificaciones (candar el pico) o la revitalización de palabras hermosas y eficaces (encastillado).
Estamos ante un texto que se ofrece como invitación a la resistencia. Una forma de escribir novela sin concesiones, que mira de frente la disociación entre la casta política, algunos corrompidos banqueros, la codicia infinita de algunos empresarios y, por otro lado, la gente de a pie. La propuesta aquí resulta interesante pues este mismo libro constituye parte de una tercera opción: la voz del pueblo, en la actualidad ahogada por los políticos y raptada por los banqueros. Esas voces del crítico, del profesor, del erudito, del periodista, del intelectual, entre otros, conforman un crisol que convenimos en llamar la voz del pueblo. Un debate de las cuestiones nacionales y europeas con honestidad no puede prescindir de dicha voz. La novela considera al lector participe pues queda implícito entre líneas este apasionante diálogo con los lectores establecido por ese testigo certero de nuestro tiempo que es Gullón.
Hay entre nosotros una novela que, además de como alambicado arte, se plantea la literatura como una manera poderosa y sugerente de proponer una actitud crítica y honesta ante la realidad, una forma alternativa de reflexionar sobre los temas que nos rodean, de cuestionar y acaso entender la realidad que nos toca vivir. Si como dice Vargas Llosa "Leer un libro nos ayuda a entender la injusticia", esta novela es una de ellas. Además Gullón anuncia una nueva novela titulada Aurora y en el telar faena una biografía de Pérez Galdós que todos esperamos como agua de mayo.

jueves, marzo 28, 2013

Frutos extraños, Leila Guerriero

Alfaguara, Madrid, 2012. 408. 18,50 €

Miguel Sanfeliu

Por regla general, cuando uno oye hablar de Nuevo Periodismo, piensa en los escritores norteamericanos, piensa en Tom Wolfe y en su antología fundacional publicada a principios de los setenta en la que reunía textos de Terry Southern, Rex Reed, Joe McGinnis o Norman Mailer, entre otros; piensa también en Truman Capote y su novela de no ficción A sangre fría; O piensa en los reportajes de Guy Talese; o en nombres como John Lee Anderson, Linda Wolfe o Janet Malcolm. Todos ellos incorporan materiales literarios a la labor periodística. No es raro que el autor sea el protagonista de su propio reportaje o, al menos, que tome una postura activa en el mismo. A la nómina de estos autores, junto a nombres como Rodolfo Walsh, Tomás Eloy Martínez o Rodrigo Fresán y Martín Caparrós, hay que incluir a Leila Guerriero. Su libro Frutos extraños recoge una variada muestra de sus crónicas.
El libro está dividido en tres partes: Crónicas y perfiles, Discusiones y Sobre el periodismo, en los que se agrupan textos que dejan claro que estamos ante una excelente escritora, impulsada por una curiosidad inagotable, que persigue en una realidad compleja y llena de matices las huellas de sus historias, con seriedad y precisión, consciente de que es imposible descubrir las respuestas y que siempre hay que respetar la presencia de la duda. Utiliza los mecanismos de la ficción, recursos literarios y cinematográficos, para tratar de captar lo que define como la esencia de la esencia de la realidad. Crónicas que nacen por el deseo de conocer, el intento de entender y la necesidad de contar historias.
En Crónicas y perfiles encontramos reportajes que nos muestran personajes abocados a la desgracia, al horror, retratos de gente cuyas opiniones despiertan nuestro interés de inmediato, recorridos por el lado más vulnerable del ser humano. Guerriero se acerca a las historias con determinación, con curiosidad y respeto, y consigue colocarnos en el lugar de los protagonistas, escuchamos sus voces y las voces de testigos que se cruzan en la historia, seguimos el hilo argumental que nos propone una autora dispuesta a no juzgar, a colocarse en el lugar del otro, a transportarnos a vidas desgarradas, a incomodarnos y a recordarnos que los seres humanos, pese a sus circunstancias, no somos tan distintos unos de otros. Un gigante que estuvo cerca de alcanzar la gloria como deportista y que vive en la miseria, un cardiólogo que es doble de Freddie Mercury, la entrañable entrevista con Homero Alsina Thevenet poco antes de su fallecimiento, una joven que mata a puñaladas a su bebé recién nacido, una completa visión del mundo de la venta directa, el reencuentro de familiares separados por una dictadura atroz, historias de superación, existencias marcadas por una tragedia o por un destino que suele mostrarse caprichoso e impredecible. En La voz de los huesos, que recibió en 2010 el premio de la Fundación Nuevo Periodismo Iberoamericano, nos habla de un grupo de antropólogos forenses encargados de identificar cuerpos víctimas de ejecuciones o asesinatos. Este es uno de los textos más impactantes del libro, el día a día del equipo de trabajo que identificó los restos, por ejemplo, de Marcelo Gelman, hijo del poeta Juan Gelman, de Azucena Villaflor, fundadora de Madres de Plaza de Mayo, o del Ché Guevara. Y así es la mirada de Leila Guerriero, certera a la hora de seleccionar los detalles, de posar su mirada y transmitirnos aquello que a veces uno no puede verbalizar.
Discusiones nos ofrece una serie de textos en los que la autora se posiciona ante diversos asuntos, y destaca esta parte tanto por la forma de narrar, por la estructura de los textos, como por la frescura de las opiniones. Cuando habla sobre los fanáticos de la salud, escribe: Ser saludable ya no es opción, es tiranía. Un modo extremo —altamente intolerante— de religión. Sobre lo que significa ser mujer: No me siento parte de ese continente femenino formado por compradoras compulsivas, fóbicas al ginecólogo, temerosas de los años, necesitadas de palabras de amor después del sexo. Sobre las visitas guiadas: Los city tours son la excrecencia inofensiva de una ciudad a la que se la ha quitado lo feo, lo sucio, lo desprolijo, para que reinen (como en una cárcel) el tedio, la rutina, la ortopedia, la obediencia, la multitud y la organización. Y, en el último texto de este grupo, encuentro una frase que me parece define muy bien la toma de postura de esta escritora: Decir que no, allí donde todos dicen sí, conlleva un riesgo. Y es evidente que Guerriero no teme los riesgos, es más, parece sentirse atraída por ellos.
Por último, la tercera parte, titulada Sobre el periodismo, ofrece unos textos que, por sí solos, justificarían la lectura de este libro. Una lección de periodismo, desde la primera persona, desde la experiencia y la pasión, sin pontificar, sin prepotencia. Una declaración de amor por un oficio lleno de retos, que ha de llevarse en la sangre y abordarse con pasión. Yo soy periodista —dice Leila Guerriero— pero no sé nada de periodismo. Lo dice casi al final del libro, cuando ya nos ha quedado claro que sabe de periodismo y mucho. Se define como una autodidacta absoluta, un dinosaurio: una periodista salvaje. Y es una excelente definición de este libro narrado con una entrega evidente, cuyas historias transcurren impulsadas por la inagotable curiosidad de la autora y se abordan con valentía y sinceridad.
Se encuentran excelentes relatos en este libro de crónicas. Historias que nos dibujan una sonrisa o nos retuercen el estómago y nos sobrecogen el alma. Historias narradas por una mujer empeñada en ponernos delante de las narices nuestras miserias y nuestras grandezas, los interrogantes de lo que nos hace humanos. Un libro que no sería justo que pasase desapercibido. Una lectura que no deja indiferente.

miércoles, marzo 27, 2013

Matar al padre, Amélie Nothomb

Trad. Sergi Pàmies. Anagrama, Barcelona, 2013. 132 pp. 14, 90 €

Care Santos

Me pregunto tras leer lo último de la autora belga Amélie Nothomb, hasta qué punto escribe ya para su familia de lectores, que se cuentan por miles en todo el mundo. Unos lectores que la conocemos, le reímos las gracias, le perdonamos su cada vez más acentuado esquematismo y reconocemos sus filias y fobias nada más presentirlas. Y sus temas recurrentes.
En esta nueva entrega, puntual como todos los años a su cita con las mesas de novedades españolas, hacen aparición estelar dos de sus mejores obsesiones. Y cuando digo mejores quiero decir dos de las obsesiones que más réditos literarios han arrojado en la trayectoria de la autora. Por un lado, la perversidad de una juventud con nada que perder, que se enfrenta al mundo con la misma crueldad que recibe de él y, por otro, la identidad, la búsqueda, la construcción, la enajenación de la propia identidad.
Está claro que a Amélie Nothomb le gusta hablar de adolescentes. La suya hacia los jóvenes no es ni mucho menos una mirada amable, pero tampoco despiadada. De algún modo, de vez en cuando se vale de una historia para decirle al mundo: cuidado, que éstos serán pronto mayores, y son capaces de todo: de lo mejor y también de lo más horrible. Lo hizo ya en Antichrista, tal vez su mejor novela, y lo hace de nuevo aquí, a través de la historia de Joe, un aprendiz de mago expulsado de su casa por su propia madre que se convierte en el discípulo de uno de los magos más importantes del mundo. Tiene sed de conocimiento, tiene necesidad de ser amado, tiene una enorme ambición, pero también tiene un plan. Un plan que la autora no desvelará hasta la última página, que se sacará del sombrero como una ilusionista. En ese sentido, esta novela se parece -y mucho- a un truco de magia. Por momentos nos embelesa, aunque sabemos a ciencia cierta que la narradora nos embauca. Y cuando todo ha acabado, mientras paladeamos lo leído, nos preguntamos cómo lo ha hecho, por qué no hemos visto antes el truco. 
Aunque la magia y el plan de Joe son sólo un pretexto para hablar de lo que realmente importa en esta historia: la búsqueda de la persona que habrá de convertir en alguien especial. Ya ocurría en Estupor y temblores, en la ya citada Antichrista y en varias otras obras de la autora. En esta novela, todo ocurre porque los personajes se sienten desvalidos y se aferran a su clavo ardiendo. El de Casandra, la madre de Joe, es el amante que fuerza al hijo a dejar la casa. El de Joe es el timador sin nombre. El de Norman es Joe. El de Christina, la pareja de Norman, es el propio Norman. Y así, Nothomb teje un entramado de relaciones perversas pero perfectamente verosímiles, muy bien sustentadas, que son en realidad lo mejor de esta novela breve, casi sincopada, de diálogos minimalistas y cortantes -marca de la casa-, en que las cosas se dicen que si hubiera prisa por terminar de una vez. Un estilo certero, medido, que sus seguidores valoramos y disfrutamos, pero que puede sembrar el desconcierto entre aquellos que se incorporen a estas alturas a la obra literaria de su autora.
Sea como sea, Nothomb tiene un oficio innegable y una capacidad para fabular que se mantiene intacta a pesar de su ritmo de escritura (ella confiesa escribir cinco o seis novelas al año, y elegir de entre ellas sólo una para darla a sus editores). Da lo mismo que su prosa sea autoficcional (como ocurría, de hecho, en la anterior, Una forma de vida o en la estupenda Ni de Eva ni de Adáno que sea absolutamente ajena a ella misma, porque siempre tenemos la impresión de que nos cuenta sus intimidades. Y lo hace con un dominio tan absoluto de lo narrado que deja siempre con la boca abierta. Y con ganas de más. Un problema con solución a la vista: sólo hay que esperar un año y tendremos nueva novela.

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martes, marzo 26, 2013

Entre paréntesis, Ana Pérez Cañamares

Trad. (al japonés) Yoshida Mitsuko. La Baragaña, Palma de Mallorca, 2013. 118 pp. 12 €

Miguel Baquero

Hace tiempo que el haiku dejó de ser un aditamento exótico entre nosotros, en la órbita castellanohablante quiero decir. Autores como Mario Benedetti han compuesto libros íntegramente sobre esta forma de poesía tradicional japonesa; y en nuestro país, a día de hoy, se imparten talleres de haiku con gran aceptación, se organizan certámenes y encuentros, han aparecido incluso revistas centradas en el género y el resultado es el surgimiento de poetas de extraordinaria calidad como la valenciana Susana Benet (recomiendo, para los aficionados a esta forma de poesía, su blog Noches blancas, donde podrán encontrar haikus tan espléndidos como este: «Nadie recoge / esa ropa tendida / bajo la lluvia»).
Con la mayor humildad, voy a aprovechar este excelente haiku de Benet para introducir la reseña de Entre paréntesis, el último poemario de la madrileña Ana Pérez Cañamares. Poeta consolidada con libros como La alambrada de mi boca o Alfabeto de cicatrices, reciente premio Blas de Otero de poesía por Las sumas y los restos, y sostenedora también de un excelente y muy recomendable blog poético, El alma disponible, Pérez Cañamares acaba de publicar, con la editorial La Baragaña, de Mallorca, un libro compuesto de diferentes haikus.
Digo que el texto de Benet me va a servir de introducción porque, como apéndice final al libro de Pérez Cañamares, se recoge la opinión de la autora sobre el género, así como algunas observaciones teóricas de los más importantes cultivadores originales del haiku (con lo cual este Entre paréntesis adquiere también una dimensión interesante para quienes quieran iniciarse o ahondar en esta forma poética). Apuntan dichos comentarios a la esencia del haiku. Ésta parte básicamente de la contemplación de la naturaleza en espera —aunque quizás sobre aquí ese componente de impaciencia—, en disposición más bien de captar ese fogonazo de lo sublime que parte de las pequeñas cosas del entorno y que durante unos instantes sitúa al hombre en concordancia con un todo superior. Mal explicado —disculpará el lector; los teóricos cuyos textos se recogen en este libro y la autora lo hacen infinitamente mejor— esa sería la esencia del haiku: captar lo sublime de un momento, aprehender con palabras una maravilla efímera.
Sin embargo, y como también se apunta en el estudio que acompaña a esta colección de haikus, la llegada y asimilación por la cultura occidental de esta forma de poesía tradicional japonesa originó ciertas «variaciones» sobre la base original. Al contacto con la cultura occidental, por ejemplo, se integró en el haiku el ingenio, cuando la principal característica de esta poesía es «la naturalidad que procede del corazón», según Bashô; se integró asimismo la reflexión, la búsqueda de un sentido en lo que se observa; y se integró la metáfora, la plasticidad del momento observado, que no existía en el original japonés pues «al escritor de haikus no le importa la belleza (…) como es concebida en Occidente». Junto con ello, y aunque se mantuvo la observación de la naturaleza como eje, también se aceptó en este lado del globo el desencadenante de elementos de la vida cotidiana y aun objetos industriales.
La propia Pérez Cañamares se acusa en el prólogo de todos estos pecados: «En mis haikus mi ego se colaba demasiado a menudo; otras veces, resultaban demasiado abstractos o rebuscados o literarios; incluían metáforas y otras figuras que los alojaban de su ideal desnudez y despojamiento de todo adorno». Pese a todo, la autora consigue llevar adelante una buena colección de estos haikus podríamos decir «occidentalizados» de cuya calidad final pueden dar fe algunos como este: «La contraseña / para entrar en la lluvia / es el silencio», o este otro: «En nuestros pechos / cabe todo el vacío / de los adioses». Algo hay también de esta combinación de lo oriental con nuestra estética en los excelentes haikus de Susana Benet, y pienso que tanto en el caso de ella como en el de Pérez Cañamares, el resultado no puede ser sino enriquecedor. En todo caso, Entre paréntesis es una excelente invitación al lector para que juzgue de las posibilidades, que al reseñista se le antojan muchas y de altísimo nivel, de esta forma digamos «refundida» de poesía.

lunes, marzo 25, 2013

Te prometo un imperio, Juan Vilches

Plaza y Janés, Barcelona, 2013. 576 pp, 19,90 €

Ángeles Prieto Barba

Hace unos años contemplé cómo en el documental Edward sobre Edward (1996), el actual príncipe Eduardo de Inglaterra, hijo menor de la reina Isabel II, tras desclasificar algunos documentos e imágenes de archivo, proclamó en él la total inocencia de su tío abuelo ante las insistentes sospechas de un posible pacto con Hitler, para firmar un armisticio y volver a ocupar el trono. Me resultó extraño contemplar cómo salía a la palestra por primera vez un miembro de esta familia tan distante para defender a otro, y me empecé a preguntar hasta qué punto podemos aceptar la imagen negra de Wallis Simpson (“serpiente del Potomac” para la reina madre Isabel, aquella rechoncha abuelita sonriente de nuestros recuerdos, o directamente “La Puta” según Winston Churchill), frente a la leyenda blanca y amorosa de Eduardo VIII. Complicado. Quizá porque los personajes con sangre real (y no señalo) nunca se enteran de nada, ni hacen jamás nada malo.
En cualquier caso, Juan Vilches compone esta entretenidísima novela con una percepción psicológica y un olfato histórico extraordinario, situándola precisamente en un momento y lugar clave, a la hora de determinar las intenciones y suerte final de la pareja: su estancia en el hotel Ritz de Madrid entre el 20 de junio y el 3 de julio de 1940. Dado que acogerse bajo la férula y control del Caudillo español, en esos días especialmente críticos para la suerte de los aliados en la Segunda Guerra Mundial y con Serrano Suñer (adalid de la política pronazi) en la cúspide del poder, no parece, ni parecerá nunca un gesto casual e inocente.
No lo fue. Pues Edward (David en la intimidad) y Wallis, nunca ocultaron su admiración por la Alemania de Hitler, su íntima relación con los Mosley, ni sus afanes constantes de popularidad, títulos, gloria y fortuna infinita de los que se vieron privados tras la obligada abdicación. Pero es que además, consiguieron destrozar su idílica imagen de enamorados por encima del poder con esa vida plena de frivolidades y gastos suntuosos, mientras la población civil británica sufría los estragos de la guerra, asunto que les pasó irremediablemente factura. La novela reproduce además el contenido de un famoso informe elaborado sobre Wallis, previo a la renuncia al trono de Eduardo, con revelaciones que hubieran determinado la imposibilidad de que en esa época precisa hubiera podido ser coronada como Reina (infertilidad tras aborto clandestino, posibles labores de espionaje).
Compone así Vilches un más que brillante estudio sobre estos dos personajes principales, donde logran moverse con idéntica verosimilitud otros, como el ministro Beigbeder, Francisco Franco o un más que conseguido Ramón Serrano Suñer, ya citado. En una novela donde una doble trama, brillantemente urdida, reina mucho más que Wallis y nos mantiene absortos en ella hasta el final, con el hábil recurso de componer esta obra mediante capítulos cortos e impactantes. Sólo un lunar puedo señalar en su redacción y es la utilización de lugares comunes muy trillados y perfectamente prescindibles (listo como el hambre, astuto como un zorro) para el desarrollo de la trama. Defecto que podrá subsanar en un futuro y que no impedirá el éxito y venta masiva que, pese a la crisis económica, espero que consiga esta novela, prometedora de otras propuestas inteligentes que su autor debe seguir suministrándonos. Yo ya me he comprado su anterior novela y espero seguir leyendo próximas entregas sin dudarlo.

sábado, marzo 23, 2013

Solo con invitación: PLAY, Javier Ruescas

Montena, Barcelona, 2012. 506 pp., 16,95 €

Carmen Fernández Etreros

Una de las novelas que más me ha sorprendido de las últimas novedades del panorama de la literatura juvenil es PLAY de Javier Ruescas, la primera parte de su nueva trilogía. Un autor que rompe totalmente en esta novela con el registro fantástico de sus novelas anteriores, Tempus Fugit, Ladrones de Almas (Alfaguara) y la trilogía Cuentos de Bereth (Versátil). PLAY es una novela sobre el complejo mundo de la música, los peligros de la fama y los nuevos fenómenos musicales juveniles.
PLAY nos cuenta la historia de dos hermanos que tienen dos personalidades radicalmente diferentes. El mayor Leo es atractivo, sarcástico y prepotente y el menor Aaron es sin embargo buena gente, tímido y posee un gran potencial creativo. Los dos hermanos se odian y se quieren a la vez, como todos los hermanos, pero en esta novela se ven obligados a formar un improvisado equipo. El hermano mayor Leo graba unos vídeos musicales con las canciones de su hermano y los sube a You Tube. Inesperadamente el vídeo se convertirá en pocos días en un fenómeno musical en Internet y Leo convencerá a su hermano para que sigan con la farsa cuando una discográfica les hace una buena oferta: grabar las canciones en su estudio de Nueva York y convertirse en la estrella de moda. Pero para ello tendrán que engañar a sus seguidores ya que Aaron pondrá la música y Leo su planta de cantante de éxito.
Uno de los aciertos de la novela es que el autor intercala durante la historia las voces y los pensamientos de los dos hermanos que cuentan la historia en primera persona, con lo que conocemos de primera mano lo que piensan ambos personajes.
Destacan los diálogos entre los personajes como Emma, Sarah o el señor Gladstone y los guiños a películas y series juveniles. El amor, la amistad o la ilusión de los jóvenes son otros de los temas que aparecen en la novela.
En suma, PLAY es una novela juvenil diferente, ágil y dinámica en la que Javier Ruescas que nos sumerge en el complicado camino de la música para las jóvenes estrellas y los peligros del éxito fácil en una industria que te puede encumbrar en un instante y a los dos minutos olvidarte.


Javier Ruescas: «Cuando escribo, ni el hambre me saca de mi torre de cristal»

Entrevista de Care Santos

Javier Ruescas aún no ha digerido la noticia de que su primera novela realista para jóvenes, Play (Montena), vaya a ser adaptada a la televisión, y ya calienta motores para la salida de la segunda parte de su trilogía: el 9 de mayo llegará a las librerías Show, la continuación de las aventuras de Leo y Aarón, dos hermanos muy especiales, en el mundo de la música y el éxito. En esta entrevista, exclusiva para La Tormenta en un Vaso, el autor nos revela algunos secretos de su cocina de escritura, su relación actual con la literatura fantástica y sus planes de futuro.

—Primera y obligada parada: ¿Por qué el mundo de la música?
—En realidad el mundo de la música fue bastante inesperado, el que yo conocía principalmente era el del cine y el de las estrellas del celuloide. Sin embargo, cuando me puse a plantear con calma la historia me di cuenta de que el universo de la música y de YouTube podían darme mucho más juego ya que han sido menos explotados en la literatura juvenil y por lo tanto son más desconocidos. Además, soy un melómano incontrolable y me pareció una buena excusa para rendir un pequeño homenaje a mis grupos y artistas favoritos.



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viernes, marzo 22, 2013

El hombre caja, Kōbō Abe

Trad. Ryukichi Terao. Siruela, Madrid, 2012. 160 pp. 15,90 €

José Miguel López-Astilleros

Kōbō Abe (Tokio, 1924-1993) es un escritor japonés, cuya obra no ha gozado de mucha atención por parte de los editores españoles, pues sólo han publicado cuatro de sus novelas, tres en la editorial Siruela (La mujer de la arena, El rostro ajeno y la que nos ocupa, la primera traducida por Kazuya Sakai y las otras dos por Terao) y una en la editorial Candaya, Idéntico al ser humano (escrita al mismo tiempo que El hombre caja, con quien comparte temática), traducida también por Terao y prologada magníficamente por Gregory Zambrano, tándem este último que se ocupa tambén del volumen de relatos Cuentos siniestros, publicados por la editorial bonaerense Eterna Cadencia. Es posible que dicha dejación, que poco a poco va subsanándose, se deba posiblemente al riesgo que comporta encontrarse con una obra que exige un lector dispuesto a tomar parte activa en su desarrollo, como demanda un texto con propuestas narrativas alejadas de la literatura más convencional, además de pertenecer a unas latitudes culturales y geográficas muy distantes a nosotros, aunque cercanas en sus planteamientos. Abe es un escritor que no representa al clásico escritor japonés que defiende los valores tradicionales, como lo puedan ser por ejemplo Soseki o Tanizaki dentro del siglo XX; por el contrario, se inscribe en una modernidad que tiene como influencia a Kafka o Beckett, entre otros, aunque no por ello su literatura haya surgido de la más absoluta orfandad dentro de su país, así podríamos citar como antecedente a Akutagawa, y tal vez no sería descabellado aludir al “género fantástico” de Ueda Akinari, por encontrar, en algún sentido, cauce a esa distorsión en la manera de reflejar la realidad para dar cuenta de ella.
El hombre caja posee un argumento definido, a diferencia de otras obras experimentales o surrealistas, aunque no sea fácil seguirlo, porque nos encontramos con que el narrador miente, de modo que tenemos que estar ojo avizor al desarrollo del mismo, a pesar de que en ocasiones nos da la impresión de estar ante la parodia de una novela negra, debido a la misteriosa búsqueda que se persigue, aunque no sepamos con claridad qué o a quién. Un hombre caja se instala bajo la ventana de un apartamento, su inquilino decide dispararle con una escopeta, pero el veneno ya le ha sido inoculado, puesto que tiempo después decide colocarse sobre la cabeza la caja de la nevera que ha recibido, convirtiéndose así mismo en otro hombre caja. Ya tenemos dos hombres caja, cuyas personalidades se confundirán y nos confundirá, provocando una reflexión sobre la identidad del ser humano, tema central de la obra y recurrente en la obra de Abe. Estas dos identidades, por tanto, quedan escindidas en el hombre caja y en un falso hombre caja, como en sus respectivos oficios de médico y falso médico, que a su vez escriben sendos cuadernos, de los cuales, obviamente, uno es falso. A partir de este planteamiento tan inestable como la nitroglicerina líquida, el autor nos lleva hacia mundos oníricos, como el sueño en el que el hombre caja sueña que es un pez falso con conciencia de su propia falsedad, lo que deviene en una falsa conciencia de sí mismo que no le permite conocer su verdadera identidad. Así como hacia un suicidio simulado o la pasión insana por una enfermera que nos enfrenta a un concepto exclusivamente fisiológico e instintivo del amor, o hacia un delirio antropofágico, o a situaciones grotescas y absurdas, o hacia disquisiciones sobre la relación entre el autor y sus personajes, entre la realidad y la ficción, nebulosas de pesadilla, perspectivas insólitas que en ningún momento somos capaces de imaginar, porque Abe siempre elige el itinerario menos complaciente y más acorde con sus obsesiones, además del más efectivo para contarnos el extraño mundo que habitamos.
La caja a la que se ha practicado una abertura a la altura de los ojos para ver, pudiera entenderse como el símbolo de la apariencia del hombre, y de cómo este disfraz modificaría nuestra percepción de lo contemplado, así como la del espectador ante ella desde fuera. Pero… ¿quién podría decir que no lleva puesta una caja encima, para mirar o ser mirado? La lectura de esta novela tan inquietante es toda una osadía para lectores audaces y reflexivos.

jueves, marzo 21, 2013

El sanador, Antti Tuomainen

Trad. Ursula Ojanen y Rafael García Anguita. Mondadori, Barcelona, 2012. 212 pp. 16 €

Julián Díez

Tapani Lehtinen, un poeta fracasado, recorre las calles de la Helsinki en llamas de dentro de diez, quizá quince años. En unas ocasiones va solo, en otras le lleva en su taxi un inmigrante magrebí que considera que esa ciudad de vagabundos hacinados en antiguos estadios, epidemias de gripe y bandas de seguratas imponiendo el terror es una tierra de oportunidades en comparación con su país de origen. Tapani busca a su esposa, periodista, que sigue la pista de un asesino que pretende castigar a los promotores del desastre ecológico: capitalistas sin escrúpulos, oligarcas, los supuestos triunfadores de pocos años atrás, ahora refugiados en urbanizaciones acorazadas o de camino hacia el círculo polar ártico, donde todavía el clima es soportable.
En su alucinado peregrinaje, el poeta visita repetidamente a personajes que definen su futuro, nuestro futuro: una pareja de amigos suyos que quiere escapar de la ciudad, él un abogado que sabremos que puso su granito de arena en el armagedón; un policía que sigue luchando por inercia, a sabiendas de que no hay forma de detener el derrumbe, pero que es honesto casi por eliminación, por falta de alternativas; el redactor jefe de un periódico que se aferra a la supervivencia de su medio, aunque lo que haga ya no tenga nada que ver con el servicio a la sociedad, sino sólo con la fidelidad a su propio sueldo («Tengo redactores que quieren contar la verdad. Siempre les pregunto qué es la jodida verdad. Y no pueden darme una respuesta en condiciones. Excepto, naturalmente, que la gente tiene que saber. Y yo les pregunto si realmente la gente quiere saber. Sobre todo, si están dispuestos a pagar para saber más»).
El amor de Tapani es sólido, creíble, pese a que asistiremos al descubrimiento de las fisuras en su relación. Su fidelidad, ciega, es un contrapunto con la reconocible debacle de su entorno. Como corresponde a una distopía actual, sobre un futuro plausible ante el que no parece que seamos capaces de dar ninguna solución, Tapani no será capaz de encontrar una salida y no hay ninguna clase de horizonte. Aunque al menos seguirá fiel a sí mismo. Tuomainen no es capaz de ofrecer mucha más esperanza que la individual, pero tiene la compasión suficiente hacia sus personajes como para no dañarles más de lo imprescindible en su contexto. Quizá lo más eficaz de la novela es que no es tremendista: lo que ocurre en ella es duro, pero lo más inquietante es seguramente que deja claro que lo peor está aún por llegar.
Su estilo es seco, eficaz, mucho más en la tradición de la novela negra americana que en la de la nórdica o la literatura distópica. Respecto a la primera, da un giro de tuerca al trasladarse del retrato social a la especulación. En cuanto a su dimensión como distopía, ya ni siquiera resulta llamativo que la mejor obra al respecto publicada el año pasado, la única que se ocupa de lo que el ciudadano medio teme que esté por venir, haya aparecido en una colección que no es de ciencia ficción. Un libro, en suma, relevante, necesario, que parece mentira que nadie haya escrito antes y que resulta increíble que pueda pasar inadvertido.

miércoles, marzo 20, 2013

El sentido de un final, Julian Barnes

Trad. Jaime Zulaika. Anagrama, Barcelona, 2012. 192 pp. 16,90 €

Inés Matute

A veces uno tiene la certeza —demasiado tarde, frecuentemente— de que la vida que ha llevado poco o nada tiene que ver con lo que fantaseaba para sí en su juventud. Pero, ¿qué ocurre si en pleno retiro uno descubre que la vida que creyó vivir tampoco fue tal y como se recuerda? ¿Qué ocurre si un acontecimiento inesperado nos desvela un gran secreto que cambió para siempre el curso de los sucesos y el destino de uno de nuestros mejores amigos?
Tony Webster, el protagonista y narrador de los hechos, rememora su adolescencia desde la pacífica y próspera atalaya de su madurez. Ante sus ojos, cansados quizá de no haber vivido, sino de haberse dejado vivir, uno participa de sus años de instituto, de una pandilla de tres chicos a la pronto se unirá Adrian, una criatura inteligentísima y sorprendentemente lúcida; seguramente la persona menos indicada para escoger para sí la salida aparentemente absurda y cobarde del suicidio. Sus amigos, con los que había compartido chicas, primeros años de universidad y la promesa de seguir unidos para siempre, olvidaron este suceso o simplemente se esforzaron por que la tragedia no les afectase. Pero un buen día Tony recibe una carta de un abogado; Sarah Ford, la madre de Verónica, su primera novia, le ha legado quinientas libras y un sobre con un manuscrito. Por no desvelarlo todo ni quitarle miga a la historia, no contaré aquí el contenido de dicho manuscrito (en realidad los diarios de Adrian), pero sí puedo decir que esas páginas son el núcleo central de una espléndida novela que se nos hace corta, que nos embriaga de suspense antes de estallar en un apocalipsis íntimo de una lucidez que sólo puede llevar la firma de Barnes.
Admito que cuando empecé a leerla esperaba una segunda parte de Nada que temer, comentado en esta misma revista semanas después de su publicación en el año 2010, pues su título hace una referencia directa a la muerte y parece indagar (no tanto como ensayo, sino como novela) acerca de su sentido, su interpretación, su posible lectura. No contaba yo con un suicidio y su repercusión en las personas que de algún modo participaron de él o pasaron el resto de su vida especulando sobre sus razones, su grado de culpa o de implicación directa en lo acontecido. «La vida es la historia que nos contamos sobre ella» afirmó Barnes el pasado mes de diciembre en un viaje relámpago a Barcelona. También nos dijo que uno tarda demasiado en descubrir que el tiempo no actúa como un fijador sino más bien como un disolvente, siendo el material a disolver los recuerdos.
Con esta novela, magníficamente editada por Anagrama y ganadora del prestigioso premio Man Booker, es una honda reflexión sobre la fiabilidad de la memoria personal, entendida como una distorsión o reconstrucción ideal del pasado. Curiosamente, llega a nosotros al mismo tiempo que La viuda embarazada de Martin Amis, con quien mantiene un histórico tira y afloja y un argumento parecido (y lamento daros esta pista) pero Barnes sigue fiel a su estilo trufado de guiños al lector, cuya complicidad busca dentro de la nostalgia de quienes entendemos la adolescencia y primera juventud como un tiempo luminoso e irrepetible, malgré tout. Si alguna pega pudiera yo ponerle a esta novela es que peca de esquemática, y que Verónica, el personaje catalizador de toda la trama, no está demasiado elaborada. Pero, ¿quién soy yo para criticar la obra de uno de los mejores escritores ingleses vivos? No dejéis de leerla. Sobre todo si vuestras lecturas de adolescencia fueron Enid Blyton y Richmal Crompton. Aquí no hay cerveza de jengibre ni emparedados de pepino engullidos en la cueva del contrabandista, pero sí hay misterio, desconcierto, andanzas adolescentes y un gran final que nos pilla por sorpresa y nos lleva a replantearnos si las cosas son siempre lo que son, o simplemente lo que parecen.

martes, marzo 19, 2013

Danzas de guerra, Sherman Alexie

Traducción: Daniel Gascón. Xordica, Zaragoza, 2012. 224 pp. 17,95 €

María José Montesinos

¡Cuántas veces una metáfora no es sino el recurso más simple y directo para vestir literariamente una historia! Eso nunca sucede en el caso de Sherman Alexie. El paralelismo que establece entre el oficio de montador cinematográfico del protagonista del primero de los relatos de este libro y la forma fragmentada de contar la historia, con flashbacks, cambios de plano y de puntos de vista, resulta una brillante muestra de cómo este autor maneja la escritura al más alto nivel. No es del todo extraño porque la de montador es una profesión de la que ha estado muy cerca Alexie que, además de escritor de relatos y novelas, es también poeta y guionista cinematográfico.
Aparte de lo dicho, es un indio spokane y cour d’alene, dos tribus cercanas cultural y genéticamente de las que apenas quedan unos cientos de miembros en la actualidad. Creció en la reserva de Wellpinit, en Washington, estado en cuya capital, Seattle, sigue viviendo y en cuyas universidades ha estudiado.
Pese a que provenga de una cultura tan singular, no se instala en la excepcionalidad, antes bien posee (y utiliza) una voz universal, tanto por la profundidad y anchura de su mirada sobre el mundo, como por el tratamiento de sus temas y la riqueza de sus recursos estilísticos. Alexie puede narrar en primera persona con igual competencia las reflexiones de una madre soltera, los pensamientos del homófobo hijo de un senador republicano, o los percances emocionales de un infiel comerciante de ropa vintage. Y lo hace con la misma credibilidad que cuando aborda circunstancias más cercanas a su biografía, como las cavilaciones de un padre de familia nativo americano preocupado por la reaparición de una grave enfermedad padecida en la infancia. La prosa poética de Alexie puede hablar de las cosas más lejanas al lector y hacer que éste las sienta como propias. Es capaz de convertir en literatura un cuestionario médico o hacer un tratado de tres páginas sobre la pérdida, tras caer en la cuenta de que el americano medio expresa sus emociones recurriendo a las canciones de las listas de éxito radiofónicas.
El libro va intercalando los relatos con la poesía. Las novias de las ciudades pequeñas le sirven para evocar la complicidad humana ante las adversidades, las disputas infantiles entre hermanos para una defensa de las tradiciones culturales indias, la visión del intento de atropello en un perro para preguntarse «¿Por qué creen los poetas que pueden salvar el mundo? La única vida que puedo salvar es la mía».
La extrema humanidad que aparece en sus creaciones le hace sonar como un clásico aun cuando componga melodías radicalmente contemporáneas.Se trata, a mi parecer, de uno de los mejores escritores de nuestra época. Por eso es muy de agradecer que una editorial pequeña, como la aragonesa Xordica, publique estos relatos, ya lo hizo con su anterior recopilación Diez pequeños indios; ambos con la sobresaliente traducción de Daniel Gascón.
Pese a que Alexie es un escritor viajado y de gran erudición, muchas de estas narraciones cortas se sitúan en el mundo de los nativos americanos. Tal vez porque, como dice, «no es que uno elija su cultura, sino que tropieza y cae sobre ella», o porque una simple anécdota familiar puede resultar más reveladora que un documental de denuncia social. En el relato que da título al libro, un hombre busca por todo el hospital una manta india para su anciano padre, helado de frío bajo las gélidas sábanas de la sala de postoperatorio, cercenado por la diabetes y por lo que en las reservas se considera causa de muerte natural: el alcoholismo.

lunes, marzo 18, 2013

Disparos en el armario, Eva G. Vellón

Amargord, Colmenar viejo, 2012. 114 pp. 10 €

Miguel Baquero

Seguramente, una de las cosas más difíciles a la hora de construir un relato es encontrar esa mirada justa en que las cosas se sugieren mas que se dicen, en que mediante un pequeño detalle se vierte la luz sobre todo el conjunto. Pese a tratarse de su primer libro de cuentos, Eva G. Vellón (Madrid, 1978) se muestra en Disparos en el armario toda una experta en ese sentido. Modélico es, por ejemplo, el comienzo del relato “Ahogadas”, donde muy poco a poco, detalle a detalle, sin necesidad de largos, rimbombantes y decimonónicos discursos de presentación, sino con leves pinceladas, se nos va disponiendo una atmósfera alrededor:
«La mujer de blanco ha vuelto a entrar en mi cuarto, donde a escondidas trato de escribir. Aquí no nos dejan tener cuadernos. No al principio, dicen. Hoy es la tercera vez que entra en mi habitación: la misma bandeja, pandillas de distintos colores…»
Se trata de una forma de narrar (que utilizará la autora en diferentes relatos, como en el magnífico “Sala de espera”, el más largo del volumen y armado de la misma forma minuciosa) moderna, actual, desprendida de todo artificio retórico. Una forma de escribir, se podría decir, impresionista, si no estuviera tan manido el término, una escritura que pretende iluminar la oscuridad con pequeños fogonazos aquí y allá, y para la que es preciso tener, como se ha apuntado, un gran dominio de la técnica de escritura, en especial de la capacidad de contención para no apabullar al lector con detalles que pudieran ser intrascendentes y al mismo tiempo no dejar nada significativo sin decir. En este sentido, no resulta extraño que la autora, como se indica en la presentación, sea profesora de escritura creativa.
Pero al fin, y señalado este dominio de la narración, ¿cuál es el cuadro que se pretende iluminar con estos destellos? En Disparos en el armario, Eva G. Vellón parece haberse acercado al máximo a esa frontera entre la realidad común, la corriente, la mayoritaria, y lo que pueda haber al otro lado. Esa falla entre dos territorios en cuyo fondo borbotean miedos, complejos, fantasmas… Y la mejor pasarela, por lo que se muestra en estos cuentos, para pasar de una escena a la otra, es el sexo. Al menos es el recurso más frecuente. La mayoría de los relatos que componen Disparos en el armario están protagonizados por individuos digamos molientes que de pronto, y casi sin saber por qué, se internar en un club de intercambio de parejas, o en una cita a ciegas sin preámbulos románticos, o en un chat de encuentros, o experimentan con la dominación. Otras veces también es la locura la que nos pueda hacer saltar, una mañana de playa, de una dimensión a la otra, o la que nos amenaza continuamente con dar ese salto hasta que un día, pasado el tiempo, lo hace.
Son relatos, los de este primer y muy recomendable libro de cuentos de Eva. G. Vellón, que parecen, en fin, discurrir en el borde. Un ejercicio de equilibro que no hubiera sido posible sin el empleo de esa forma precisa, contenida, muy certera, de decir las cosas.