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viernes, abril 07, 2017

El día antes de la revolución, Ursula K. Leguin


Ilust. Arnal Ballester. Trad. Enrique Maldonado Roldán
Nórdica, Madrid, 2016. 62 pp. 18 €

Eduardo Fariña Poveda

La rara sensación de sentirse parte de un pasado al observar la realidad. Aquella en que las acciones ideológicas han contribuido a cambiarla. Una anciana mujer que no logra reflejarse en los comportamientos de los jóvenes, pero que sin su lucha ideológica tales conductas más libres no se hubieran logrado. En uno de los pasajes de este fantástico relato, la protagonista explica que nunca pudo explicar a la gente lo qué significa el coraje. La valentía y la superación de la adversidad propia de los gestores del cambio parece ser explicada como una continuación de las cosas hechas, sin detenerse «Aunque ¿Qué podía hacer una sino continuar?. ¿Existe una elección verdadera alguna vez?» (p. 30).
Ursula K. Leguin (Berkeley, California, 1929). Es una de las escritoras de ciencia ficción vivas más importante de la actualidad. Más de una veintena de títulos entre los que destacan clásicos como La mano izquierda de la oscuridad (1969) con la que ganó el Premio Hugo y el Premio Nebula y Los desposeídos: una utopía ambigua (1974) con la que volvió a ganar los dos destacados premios. De esta última novela se desprenda este relato. En la novela Los desposeídos, Laia Odo es un personaje que aparece en la novela de forma implícita ya que no se encuentra viva en el desarrollo de la novela. En el prólogo, Leguin explica que la fundadora del Odonianismo merecía aparecer en un relato, en un tiempo anterior a cuando todo el mundo construido con sus ideas se materializa.
El Odonianismo es el anarquismo. Inspirado junto con ideas feministas y taoístas, Leguin nos cuenta acerca de una sociedad que ha sido posible gracias al activismo y valentía de una mujer que crítico abiertamente las ideas libertarias del capitalismo. Estas ideas critican a un Estado autoritario, sea neoliberal o socialista de corte estalinista que coaccione de forma radical las libertades individuales. El relato está dedicado a Paul Goodman, el célebre sociólogo y activista norteamericano que junto con Noam Chomsky y Perry Anderson conformaron la New Left en los años sesenta. Además, junto con Fritz Pearls, importante desarrollador de la Terapia Gestalt, adscrita a la Psicología humanista. Los enfoques teóricos de estos movimientos son perfectamente visibles en la obra de Leguin; la armonía de la vida en las ciudades el ecologismo, la defensa de las prácticas homosexuales y bisexuales, la experimentación con el inconsciente, la política económica de comunidades autogestionadas, el antibelicismo, etc.
En este relato, reflexivo y atento a los detalles, la septuagenaria revolucionaria observa la transición de su mundo. Un día de su vida en el cuál rememora los días de lucha junto a su marido fallecido y su dificultad de adaptarse a este nuevo mundo, el cual ella ha contribuido a crear. La acción está ambientada en el planeta Urra y en la nación A-lo, la que se describe de forma detallada en Los desposeídos. La narración describe el día a día de la anciana revolucionaria. Los interiores de la casa Odoniana, con habitaciones amplias donde viven cinco jóvenes y donde se práctica la vida comunitaria. Ella, por su apoplejía, dispone de una habitación propia donde junto con su secretario, trabajan. Ella recuerda los días de su marido en prisión y observa con detalle los libros, las cartas escritas, los archivos en su escritorio. Odo admite que los cambios son lentos y graduales, mientras en la prensa se informa como una región del país Thu se rebela contra el poder central.
El día antes de la revolución es un excelente relato que nos entrega la visión de una mujer líder en el otoño de su vida, la cuál hace balances de sus recuerdos y de sus experiencias vitales. Es un prólogo para acceder a Los desposeídos y nos ayuda a internarnos en el intrigante universo ficticio de la escritora californiana. Recientemente, Leguin ha sido elegida como una de los catorce miembros de la American academy of Arts and Letters junto con escritores como Junot Díaz y Ann Patchett, lo que consolida a Leguin como una de las escritoras actuales que todo buen lector debe conocer. En el espíritu de la ciencia ficción, Jan Schrella, trasunto de Roberto Bolaño, le escribe una emotiva carta a Leguin. Describe su medioambiente casi como si fuera una casa odoniana y comunica la urgencia por escribir cartas que no llegarán a destino. Una carta con preguntas que Schrella confiesa que Ursula K. Leguin ha contestado de alguna forma con la belleza de sus libros.

lunes, noviembre 07, 2016

Maleza viva, Gemma Pellicer


Jekyll & Jill, Zaragoza, 2016. 124 pp. 16,50 €

Pedro M. Domene

Sobrevivimos a cualquier movimiento, y nuestra vida se convierte en una auténtica metáfora de la mutabilidad de la existencia humana, de la apariencia y del artificio como esa cualidad intrínseca del ser. Gemma Pellicer (Barcelona, 1972) muestra una auténtica operación de búsqueda a través de los sugerentes microrrelatos que componen Maleza viva, el segundo libro de la escritora, tras La danza de las horas (2012), su primera incursión en el género que tan bien conoce. Pellicer se cuestiona la ambigua percepción humana acerca del tiempo, o el prodigio que palpita bajo lo cotidiano, que en sus textos son tratados con una sensibilidad y una lucidez asombrosa.
Un breve “Paisanaje”, auténtico prefacio, abre el libro y enuncia uno de los temas axiales del volumen: el de la mutabilidad propia de la condición humana, mutabilidad que en este primer texto toma la forma de una inquietante visión metafórica sobre el microcosmos que se agita en el interior de la maleza, esa maleza viva, o hierba mala, envuelta en el suave sonido que proporciona el ruido de la tempestad. Y lo mejor del volumen, para establecer parámetros comprensibles en el lector, la narradora divide su obra en dos grandes partes: “Puntos de luz” y “Herbolario”, y en ellas la autora se interroga con una sutileza más que notable acerca de cuestiones como el lado irracional y amenazante que esconde la realidad cotidiana, “Historia de fantasmas” y “Tiovivo enmascarado”, la caducidad de los días o el tiempo, “En caída libre”, “Consunción” y “El día mengua”, el sentimiento de vértigo y el vacío “Deseo maquinal”, “Ojos de vaca”, “Entresueño”), o la incertidumbre que encierra esa noción de una identidad “La mujer que no era”, como el mejor ejemplo de esa incertidumbre cotidiana, y no menos insólita.
En la segunda parte se acentúa ese concepto surrealista del devenir, aunque sobresale en una primera imagen, esa aguda reflexión sobre la ferocidad inextricable que late bajo la apariencia tranquilizadora de la naturaleza, “Crestas de gallo”, “Verano” y “Puesta de luna”), son escenas en las que Pellicer toma partido, aunque más que en el conjunto anterior la autora articula en esta serie de textos un discurso de tono más irónico contra los efectos de la intervención humana en el entorno natural, “Supervivencia” y “Alimaña”, dan fe de ese compromiso, pero también el mundo de las fábulas o de los mitos completan el trazado de la segunda sección: bosques, la visión del arca de Noé, Dios y el Diablo, o incluso la figura de Jesucristo, incluso ninfas y hombres-lobo, constituyen otros tantos nuevos pretextos para meditar sobre los temas apuntados. Y como puede apreciarse, en la mayoría de estos textos, los breves y/o los más extensos, se perciben esas pulsaciones de “la brevedad de la vida” y ofrecen el mejor espejo que refleja la precariedad, la inmediatez y la urgencia que caracteriza a nuestro tiempo. Quizá por este, y no otro, motivo, Gemma Pellicer se sirve de la micro-ficción porque, junto a la lírica representa nuestra capacidad para sintetizar el tiempo, incapaces de dilatar el instante vivido, y frente a la inseguridad que se presupone del futuro.
Maleza viva demuestra la potencia y el valor intrínseco de la palabra, la importancia de una comunicación calculada, y en igual proporción meditada, entre ese artefacto que se presupone entre el hecho literario y el lector que propaga con su mente y su imaginación la posibilidad de un entorno más agradable, y es así como Gemma Pellicer moldea sus presunciones recurriendo al mejor efecto lírico, microrrelato o en alguna de sus mejores líneas acercándose al aforismo, efectos de una escritura que se funden con la extrañeza de un mundo donde aun quedan resquicios de una visión donde el humor se confunde con la dureza y la incomprensión de una realidad, sin duda la nuestra que ofrece esa variedad de perspectivas de la que la autora catalana sale tan airosa porque consigue que vida y literatura se unan en una misma dirección.

viernes, septiembre 23, 2016

Estrómboli, Jon Bilbao


Impedimenta, Madrid, 2016. 272 pp. 20,95 €

Ariadna G. García

Estrómboli es el cuarto libro de relatos de Jon Bilbao. Le preceden: Como una historia de terror, Bajo el influjo del cometa y Física familiar (los tres publicados por Salto de Página). El autor asturiano no sólo ha cosechado éxitos rotundos con dichas obras (Premio Ojo Crítico de RNE y Premio Euskadi de Literatura), sino que se ha consolidado como una de las voces imprescindibles de la nueva narrativa española. El presente volumen sigue la estela de los anteriores (sobriedad estética, fondo de violencia), si bien resulta un poco más descorazonador. Es marca de la casa el tratamiento del desgaste de las relaciones de pareja o la descripción de la brutalidad humana, pero en los relatos de Estrómboli esa visión excéptica se agudiza, a veces de manera sutil (Avicularia avicularia) y en ocasiones con una contundencia incontestable (Crónica distanciada de mi último verano). El libro, en su conjunto, pinta un agrio retrato de tipos adinerados, pudientes, cuyas horas de ocio acaban siendo de pesadilla (en lo emocional o en lo físico). Nos encontramos con dueños de laboratorios químicos, arquitectos, ingenieros de centrales nucleares o de compañías eléctricas. Todos realizan viajes de placer a lugares exóticos (Reno, San Francisco, Nueva Zelanda, los Picos de Europa, Estrómboli… Todos salvo uno, que viaja obligado por su profesión) para encontrarse a sí mismos, para acompañar a alguien o para olvidar algún tropiezo. Antes o después se entrenan en gimnasios, preparan barbacoas o se van de pesca. Bilbao es inmisericorde con ellos. Una virtud del autor es que juega con nuestras expectativas. Nos lleva por donde quiere para luego dar un volantazo en el guión y chocar de frente contra nuestros prejuicios. No todos los finales son perfectos. Alguno parece precipitado. Pero el de Avicularia, por la sutileza de Bilbao de sugerirnos el infierno que vendrá por medio de una simple sonrisa, es fantástico. Otra virtud del narrador asturiano es la riqueza de su léxico: conciso, preciso, abundante (valgan de muestra estos términos: “derrubio”, farallón”). Está claro que tiene un conocimiento amplio y delimitado del mundo. Y si bien es verdad que tiene un estilo sobrio y directo, también lo es que describe algunos escenarios con una belleza lírica sobrecogedora: «un manzano silvestre crecía a la orilla. Sin nadie que recogiera los frutos, cuando estaban maduros caían al pie del árbol, en tal número que las manzanas amontonadas aspiraban a represar la achicada corriente. A lo largo de varios días, se producía un combate mudo entre las manzanas y el agua, tiempo en el que zumbaba sobre el muro de fruta una nube de avispas y de moscas de brillo acharolado, y durante el que el aire en aquel tramo de la garganta se veía invadido por un aroma en parte dulzón y en parte ácido» (pág. 54. El peso de tu hijo en oro). Estas descripciones nos curan de la incredulidad que irradia hacia las relaciones amorosas, amistosas y profesionales. La estética como antídoto contra el dolor del mundo.

lunes, julio 25, 2016

Piernas fantásticas, Ricardo Reques


Ilust. Soledad Velasco
Adeshoras, Madrid, 2015. 204 pp. 15 €

Pedro M. Domene

Las piernas de mujer son, sin duda, para Ricardo Reques ese imaginario lugar donde transcurren la mayoría de sus fantasías y por ese, y no otro motivo, titula su última colección de relatos, Piernas fantásticas (2015), y para alejarse de ese exclusivo mundo de la ficción, el narrador añade algunas notables reflexiones sobre el ideal de belleza. Lo más curioso de este libro, esa lírica visión del ideal femenino que deriva hacia un auténtico cuento seudopoemático porque se basa en la evocación de una emoción o un sentimiento, y se convierte entonces en una impresión fugaz y en toda una serie de emociones de carácter lírico, y además provoca una extraña fuerza evocadora; y si añadimos ese mágico poder de sugerencia, ambos conceptos se convierten en valores fundamentales de esta colección, de forma que de alguna manera muchos de estos cuentos se suavizan de esa radicalización característica que son esenciales en la temática elegida por Reques, y que desde el punto de vista técnico se concretan en historias de una asombrosa síntesis, de una calculada intensidad, de una extrema condensación y de una aguda capacidad evocadora. Otra de las características a destacar, el tratamiento elegante, imaginativo y tremendamente literario de una parte de la anatomía femenina que resulta tan fascinante como el resto. Lo cuestionable es, solo como profundiza y soslaya el autor, nuestra inequívoca obsesión por mirar y cuantificar nuestro sentido de la posesión ajena, símbolo sin embargo de la sensibilidad femenina nunca ajena al deseo masculino.
¿Es Ricardo Reques un fetichista? Según la definición académica, resultaría obvio porque un fetichista es una persona, casi siempre hombre, que se siente atraída sexualmente por esta zona de la anatomía humana, en este caso las piernas. Para un fetichista, la simple visión de un pie, de un zapato de tacón, y en el caso de escritor de una pierna desencadena un proceso de sensaciones sexuales agradables y muy estimulantes. El referente más evidente es Elmer Batters, el fotógrafo norteamericano que dedicó su labor a la fotografía erótica y/o fetichista, sobre todo las piernas femeninas, aunque su obra, construida a partir de finales de la década de los 40, no tenía cabida en la sociedad puritana estadounidense, con lo que normalmente era tachada de perversa y pornográfica. Solo así pueden entenderse los numerosos problemas que Batters sufrió con las autoridades y que sus fotografías solo tuvieran salida en revistas eróticas que el mismo fundó, y hablamos de la época del apogeo de las pin-ups.
En los diecisiete cuentos que contiene el libro, y en la mayor parte de las historias no coincide la apariencia con lo que presuntamente se describe, y más bien se reproduce el sentido de la fragilidad, de la culpa, o incluso cierta tristeza y el alivio, por añadidura, tras un acusado proceso de envidia y de celos, y nuestro consuelo o desconsuelo se hace patente, aunque finalmente se muestra el placer y un inmenso halo de felicidad a la hora de llegar al final de muchos de estos relatos. Y dos de ellos, preferentemente, justifican la colección, me refiero a “El secreto de Tramell” y “Tarde de playa”, el primero porque con su precisa y justa medida, con su técnica elaborada y consecuencia final, esboza cuanto Reques nos quiere mostrar, ese sugerente símbolo de la sensualidad femenina y el afán de posesión que confieren nuestras miradas; el segundo subraya que la belleza es una idealización sublime de una aparente realidad y más allá de esto puede, incluso, no haber nada; el tercero, “Loba” muestra el exceso de abarcar con su extensión, toda una imaginería en torno al mito de la transformación. El resto de cuentos pese a su evidente factura literaria donde lo fantástico y lo imaginario se convierte en motivo esencial de la prosa de Reques, notable por su ejecución, ofrecen al mismo tiempo reflexiones filosóficas, psicoanalíticas, referencias pictóricas y cinematográficas, en suma pequeños ensayos que confieren al conjunto la dimensión fetichista y erotómana que escritor otorga a las piernas de mujer. No dejemos de leer, “Las medias de Nicole” tan sensual como erótico, o ese ensayo seudo-psicológico que se sugiere en “Relación entre las variables morfológicas de los miembros inferiores, éxito de apareamiento y tiempo de supervivencia en humanos”.
La edición está ilustrada por la mexicana Soledad Velasco que aspira con sus dibujos a transmitir esa realidad que viene concretada visualmente por un determinado contexto tan acertado como resulta ese poder de transmitir la auténtica y verdadera realidad cotidiana.

lunes, julio 04, 2016

Cambio de rasante, Víctor Lorenzo Cinca


Editorial Enkuadres, Alcira, 2015. 112 pp. 12 €

Miguel Baquero

A finales de los 90, el Círculo Cultural Faroni, una asociación literaria formada por Luis García y Nacho Fernández inspirados por la famosa novela de Luis Landero, y que tuvo su principal vehículo en la revista, todavía existente, Literaturas.com, convocó su primer premio de hiperbreves, microcuentos o narraciones mínimas —el termino no estaba todavía bien definido—, relatos, en resumen, que tuvieran un máximo de quince líneas. De hecho, con ese título, Quince líneas, se acabaría publicando por la editorial Tusquets un libro donde se recopilaban los ganadores y finalistas de las distintas ediciones del concurso, pronto célebre entre los escritores que empezaban. Ignoro, en verdad, si antes de este certamen del Circulo Faroni hubo otros antecedentes centrados en el tipo de mininarraciones; sé que la convocatoria de este concurso coincidió con el surgimiento y auge de estas narraciones hiperbreves. Poco después, la editorial Páginas de Espuma publicó el volumen conjunto Por favor, sea breve, donde destacó la que está considerada, hoy por hoy, como una de las popes del género, Ana María Shua; años en que se difundió y se convirtió en mítico el famoso cuento de Augusto Monterroso, ese de: «Cuando se despertó, el dinosaurio…»; un cuento que, lo cierto es, tantas veces ha sido invocado, versionado, tergiversado, reescrito que ha llegado a causarme un hastío mayúsculo, y creo ser el único lector sobre la Tierra incapaz de llegar hasta el final sin cerrar antes el libro, aburrido. Pero esto es solo una opinión particular.
Contaba que empezaron a surgir libros recopilatorios, autores señalados, incluso se crearon programas-concurso de radio de bastante fama en torno a estas narraciones de sólo unas líneas, y hace unos pocos años surgió la Internacional Microcuentista, asociación-revista-grupo de escritores aficionados a y practicantes del microrrelato que acabó dando su fruto en Deantología: la logia del microrrelato, en la editorial Talentura, un volumen coordinado por Rosana Alonso y Manu Espada, otros dos nombres ya célebres del género, donde se daba cabida a casi setenta autores destacados.
Uno de estos autores, y cofundador de la dicha Internacional, era Víctor Lorenzo Cinca (Balaguer, 1980), quien ahora publica su primer libro en solitario de microrrelatos. Se trata de setenta y cinco, 75, cuentos mínimos, en ocasiones de solo un par de líneas, a veces de poco más de una página, donde se puede encontrar todo tipo de relatos. Algunos, pocos por fortuna, fronteros con esa tierra de nadie que para algunos es el chiste, la mayoría de una inteligencia, un estilo, una profundidad y, cómo no, una lirica que lo hace muy recomendable para el lector que guste de este género o quiera descubrirlo.
Lírica estremecedora como en el caso del cuento titulado “Constelaciones”, del que traigo un fragmento:

«…Cuando vi el lápiz de ojos tirado en el suelo, al pie de la cama, no pude resistirme. Lo recogí y fui uniendo con una línea, una a una, todas las pecas de su cuerpo. Trazos rectos y curvos enlazaban los minúsculos lunares […]. Poco a poco se fue formando un esbozo, impreciso, esquemático; luego pasó a ser algo más concreto…».

«…Aferra el arma antes de situarse de nuevo delante del espejo. Dos pistolas apuntándose a la sien. Un disparo. Un cuerpo que cae. Otro que huye».

Entre el cuento anterior, “Constelaciones”, y este, “Abandonado”, cuyo final he transcrito (pero ya entenderá el lector que resultaría el colmo de lo grotesco hablar de “spoilers” en un microrrelato) ha transcurrido tan sólo una página, lo que dará prueba al lector de esta reseña de la calidad del libro y su alto nivel continuado de exigencia por parte del autor.
Entre los cuentos del libro predominan, y es muy propio del género de la minificción, los relatos podría decirse “del mundo al revés”, así como los que se retrocede en el tiempo o esos otros en que el personaje, de pronto, o sus circunstancias, se resultan ajenos a sí mismos. Se explotan de extraordinario manera estos extrañamientos y el lenguaje, igualmente, es objeto de numerosos juegos de palabras, como si el autor estuviera jugando con la realidad al completo, sin encerrarse en ninguna convención literaria.
De destacar algún relato en particular, señalaría uno sublime como “Nadie”; y de nuevo volviendo a lo personal, me ha resultado esclarecedor (y desolador también) un cuento como “Teatro”, porque yo hace muchos años escribí un relato, en el volumen Figuras de alambre, con igual escenario, casi idéntico protagonista, el mismo desenlace… Todo igual, tan igual que resulta asombroso. La única diferencia es que lo que yo hice en treinta páginas, Lorenzo lo ha hecho en treinta líneas, lo que (mucho me temo) parece señalar a una regla: a menor volumen, mayor talento.

viernes, mayo 13, 2016

Solo con invitación: Hombres felices, Felipe R. Navarro


Páginas de Espuma. Madrid, 2016. 120 pp. 14,00 €

Eduardo Cruz Acillona

Confesaba Borges en una ocasión haber cometido «el peor pecado que uno puede cometer: no he sido feliz». Sin embargo, Leon Tolstoi afirmaba que sólo hay una manera de ser feliz: «vivir para los demás». En ese sentido, deberíamos concluir que Borges sí debió ser una persona feliz pues vivió y, sobre todo, escribió para los demás. Y sin embargo…
Raro es el filósofo, el pensador, el escritor que no haya reflexionado alguna vez sobre la naturaleza de la felicidad, su alcance, su duración o la fórmula secreta para conseguirla. Hasta el más pesimista de los grandes pensadores de la Historia, el filósofo alemán Schopenhauer, escribió el famoso tratado El arte de ser feliz. También esa reflexión se cuela por entre los relatos que componen el nuevo libro de Felipe R. Navarro, Hombres felices.
Lejos de ser, ni parecer, un libro de autoayuda, no es este tampoco un catálogo completo de los diferentes modos en los que la felicidad se nos manifiesta, ni mucho menos. Es más, por sus páginas desfilan personajes a los que no se les atisba ni un simple bosquejo de felicidad. Al menos, en el instante en que son retratados por la mirada del autor.
Como cuadros de Edward Hopper (uno de ellos protagoniza, precisamente, uno de los relatos, “El modelo”), Felipe R. Navarro se detiene en un instante de la vida de sus protagonistas. Los observa, ve cómo actúan, como interactúan con su entorno y nos lo cuenta. Son pequeñas escenas dentro de una gran historia que es la vida de cada uno de ellos. Son intrahistorias que merecen la pena ser destacadas y contadas. En algunas hay felicidad. En otras, se intuye que en el algún momento la hubo. Hay un hombre que no es feliz porque le visitan fantasmas sin sábana blanca (“Soy el lugar”). Hay un hombre que es feliz empujando una gran piedra ladera abajo (“Orígenes del turismo”). Hay un hombre que no es feliz en medio de un montón de gente que festeja una celebración (“Apuntes para una celebración”). Hay un hombre que es feliz jugando al fútbol con su hijo (“Amarillo limón”). Hay, también, otros hombres cuya felicidad siempre tiene un pero, una esquina oscura que empaña la alegre vistosidad de la imagen. Así es la vida. Y de su relatividad se alimenta Felipe R. Navarro para desplegar ante nosotros una colección de sugerentes excusas para mirarnos a nosotros mismos y descubrir esas pequeñas intrahistorias que tenemos guardadas y que son las que realmente merecen la pena. Quizás no podamos ser los narradores de nuestro propio destino, pero sí tenemos el poder de contarnos una y otra vez esos momentos que conformaron una sensación muy cercana a la imbatibilidad, a la invulnerabilidad; a la efímera pero plena felicidad.
Quince años después de su primer libro de relatos (Las esperas, Ed. Renacimiento, 2000) Felipe R. Navarro regresa a la narrativa breve y lo hace, según sus propias palabras, feliz. Si en su día abandonó la literatura por una decisión personal y plenamente consciente, a ella ha vuelto despacio, “inconscientemente”, afirma. Pero lo hace por la puerta grande y, lo que es más importante, insisto, lo hace feliz.
No pretenda el lector encontrar aquí las claves para conseguir su propia felicidad. Pero atienda con especial detalle a la nota de agradecimientos con la que se cierra el libro. Encontrará allí un completo listado de hombres y mujeres felices, esos que entran por derecho propio en la categoría de “amigos” y sin cuya compañía se hace mucho más cuesta arriba terminar siendo uno más bajo el techo del título de este libro.


Felipe R. Navarro: «No entiendo lo del sufrimiento escribiendo»


Quince años después de su libro de relatos Las esperas (Ed. Renacimiento, 2000), el autor malagueño Felipe R. Navarro reúne una nueva colección de cuentos bajo el título Hombres felices.

Hizo usted literalidad del título de su primer libro y las esperas han durado quince años. ¿Por qué tanto?
—Los nombres son importantes, se dice en El Quijote. La elección del nombre define… La verdad es que en un momento de mi vida tomé una decisión personal y aparté la literatura de mi lado. Pero como soy abogado y los abogados somos gente poco honrada, he vuelto a las andadas. Empecé de nuevo de manera un tanto casual, escribiendo notas en borrador, en Facebook… Mi hermano me animó a crear un blog y a los dos meses me di cuenta de que se me estaban montando una serie de textos que no tenían nada que ver con lo que yo pretendía (puro entretenimiento) pero que estaban explicando una cosa. A partir de ahí, lo tomé en serio y me propuse ver hasta dónde podían dar de sí. Fue una decisión consciente el dejar la literatura y una decisión casi inconsciente el retomarla.

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miércoles, abril 06, 2016

Biodiscografías, Iban Zaldua


Páginas de Espuma, Madrid, 2015. 224 pp. 17 €

Jaime Valero

La música produce un efecto sobre el oyente que va más allá del goce estético, más allá de la respuesta emocional que despierta una melodía, una entonación o una sucesión de acordes. Tiene un carácter universal, puesto que nos habla en un lenguaje que no entiende de idiomas, y si hay algo que de verdad nos estremece por dentro al escucharla, es su prodigiosa capacidad para evocar recuerdos. Basta con escuchar el principio de una canción para que nuestra mente se inunde con imágenes del pasado: la primera vez que la escuchamos, aquel concierto al que fuimos en compañía de otra persona —quizá nuestra futura pareja—, y eso nos lleva a pensar en cómo éramos cuando aquella canción era nuestra favorita, cómo vestíamos, cómo pensábamos... y cómo hemos cambiado desde entonces. Pocos estímulos externos le tocan tanto la fibra a una persona como cuando enciende la radio y se topa con esa canción “de su época” que le remite a unos años que ya creía olvidados.
Esa capacidad de la música para avivar nuestros recuerdos es la base del nuevo libro de relatos de Iban Zaldua, titulado Biodiscografías. Estructurado en una serie de historias cortas, a modo de pequeños flashbacks vitales, cada uno de estos cuentos está encabezado —motivado, más bien— por un disco diferente. Estos discos se nos van presentando en orden cronológico, comenzando por el Revolver de los Beatles, que vio la luz en 1966 —coincidiendo con el nacimiento del autor—, y culminando con The Smile Sessions, de los Beach Boys, publicado en el año 2011. Entre estos dos extremos, Zaldua nos ofrece una serie de vivencias fugaces que siempre giran en torno a la música, pero que no se limitan a ella.
Buena parte del encanto de estos relatos recae sobre la selección musical, con bandas en su mayoría extranjeras tales como The Kinks, Pink Floyd, R.E.M., The Smiths, Radiohead y The Cure. Zaldua se nos revela como un melómano empedernido que salpica sus narraciones con apuntes agudos y perspicaces sobre la música y sus intérpretes. Pero en un nivel de lectura más hondo, este Biodiscografías también es un repaso de la actualidad política y social de las últimas décadas en España, y más concretamente en el País Vasco, con sus tensiones políticas y sus ideologías enfrentadas. Mi momento favorito del libro ejemplifica muy bien lo que Zaldua ofrece a lo largo de toda la obra. Se trata de un interludio en el que, en lugar de un disco, el relato gira en torno a tres conciertos. El primero de ellos se celebra en el velódromo de Anoeta en 1982, con Roxy Music y King Crimson. El segundo, diez años después y en el mismo lugar, con U2 como protagonistas. Y el tercero, otros diez años más tarde, en la plaza de toros de Ilumbe, con un cartel compuesto por Maná y Álex Ubago. ¿Qué pueden tener en común estos tres eventos, tan dispares tanto en el tiempo como en lo musical? La respuesta es una chica, a la que solo nuestro protagonista es capaz de ver. Una chica que nunca llegó a nacer por culpa de un atentado.
Como todo buen relato que se precie de serlo, los que aquí nos presenta Iban Zaldua son fotogramas de una historia mucho más grande que el lector debe completar con su propia imaginación. A su brillante capacidad de síntesis y a su claridad en el lenguaje, libre de florituras y pretensiones, hay que sumar el amor por la música que planea por toda la obra, y que convierte la labor de pasar las páginas de este libro en algo tan placentero como ojear vinilos en las cubetas de alguna de las pocas tiendas de discos que, por desgracia, quedan en nuestro país.

lunes, marzo 14, 2016

El acero y la seda, José Abad


Ilust. José Ruanco. Traspiés, Granada, 2015. 96 pp. 12,80 €

Miguel Sanfeliu

José Abad es un escritor granadino quizá más conocido por su faceta de ensayista, pese a que tiene publicadas dos novelas y un libro de relatos. Ahora, en la colección Vagamundos de la editorial Traspiés publica El acero y la seda, un volumen en el que se reúnen cuatro relatos ambientados en el Japón ancestral de los samuráis y las grandes batallas. El libro está bellamente ilustrado por José Ruanco. En estas historias nos encontramos con el Japón milenario plagado de leyendas y magia, de sucesos sobrenaturales, de épica y lances de honor, una tradición literaria no demasiado arraigada en nuestra literatura pero que, de alguna manera, apunta a nuestro corazón y nos llega muy profundo, con una carga emotiva que pareciera apuntar a algún lazo ancestral que ignorara la gran distancia y diferencia cultural que nos separa.
Me ha llamado la atención la riqueza del lenguaje y la precisión de las descripciones, así como el ritmo pausado de la narración, que acrecienta el carácter misterioso de la misma. El placer de la lectura, el gusto de esas leyendas que conectan con nuestros más atávicos miedos, ha conseguido sumirme en una ensoñación que me ha transportado a mi juventud, cuando descubría con asombro el poder de traslación de la literatura.
La indagación en la historia para averiguar cuándo comenzó la enemistad entre los clanes Azuma y Kasuga, germen de "Holocausto", el primer relato, en el que se plantea si debe uno cumplir su palabra aun cuando las circunstancias señalen lo contrario, sienta las bases de este libro. No creo que sea vano que finalice con la frase «Los caminos del escritor y el lector están destinados a encontrarse». Esa persecución sin fin en el cuento "Kagemusha", con la precisa descripción del paisaje y, sobre todo, con la potente imagen de esa cueva que ofrece un refugio seguro en una noche de tormenta, y en cuya entrada parece verse la silueta de un guerrero montado a caballo, un guerrero que parece ser el mismo protagonista, está contada de un modo admirable.
La sobrenatural historia de "El vuelo incierto de la libélula, el vuelo inquieto del gorrión" consigue mantenerte en un suspense tenso, mientras pasan los años y esperamos el desenlace de ese reencuentro entre unos amantes que esperan volver a abrazarse a pesar de la muerte, venciendo al tiempo y al destino.
El destino es sin duda el protagonista principal de este libro. Me gusta mucho la frase «el azar sólo es la máscara que usa el destino para salirnos al paso», del último cuento, el titulado "Un cerezo en flor y un charco de sangre", en el que queda claro que el desenlace es lo de menos, que lo importante es que estaba escrito y que "al abrir un libro, el lector debe estar dispuesto a correr ciertos riesgos".
Y yo animo a que corran el riesgo de abrir este libro y dejarse seducir por estas historias que consiguen activar ese imaginario en el que nos vemos como supervivientes en mitad de un bosque en cuyas sombras acechan los peligros.

viernes, marzo 04, 2016

Andarás perdido por el mundo, Óscar Esquivias


Ediciones del Viento, A Coruña, 2016. 242 pp. 18,50 €

Ignacio Sanz

Qué hormigueo antes de comenzar a leer este libro de relatos de joven escritor burgalés. ¿Joven? Acaso no lo sea tanto. En todo caso prematuro porque comenzó a escribir con pulso firme hace más de veinte años; le respalda una obra con más de una docena de títulos, fundamentalmente novelas. Tras La marca de Creta y Pampanitos verdes este sería su tercer libro de cuentos. ¿Seguirá el viento favorable soplando a su espalda?, se pregunta el lector que ha seguido con atención sus entregas anteriores. De momento la foto de la portada, obra de Asís Ayerbe, muestra un ciclista pedaleando plácidamente por una pradera con pinos al fondo portando a la espalda un el estuche de un chelo, así parece augurarlo.
El título, nos aclara el autor en una nota final, procede de la maldición lanzada por Yavé contra Caín. Por mi parte, como lector pejiguero, habría preferido “Perdidos por el mundo”, más memorable, pero Yavé dijo lo que dijo. Los protagonistas de estos relatos son tipos desnortados, gente desubicada; a veces no tanto por sus viajes como por su identidad, por su inmadurez, por su menesterosidad. En cualquier caso estamos ante una variedad de personajes, algunos inolvidables, sobre todo cuando los protagonistas son niños como los dos hermanos de “Curso de natación”. Sí, nos arrebatan los niños de estos relatos, incluso los adolescentes como “El Chino de Cuatroca”, un personaje capaz de sobreponerse a situaciones extremas que, al mismo tiempo, parece sacado de una estampa barojiana de buscavidas populares madrileños del siglo XX, pero envuelto por los conflictos latentes en este principio del XXI con tantas oleadas migratorias. Pero vayamos por partes, porque no es fácil hablar de manera genérica de un libro de cuentos en el que hay un estilo poderoso, un dominio absoluto de la escritura, un fluir torrencial sin desbordamientos, pero en el que habría que distinguir los cuentos que beben en la experiencia y la memoria y aquellos que, con un salto de pértiga por medio, se sustentan en mundos exóticos o imaginarios como consecuencia de la lectura. Si tuviera que elegir me quedaría con los primeros. “Todo un mundo lejano” el cuento con el que arranca el libro sería un modelo magnífico. Si hasta parece escrito por un ex alumno de colegio muy religioso de los años sesenta, cuando el autor no había nacido. Qué bien describe el mundillo interior, las reuniones parroquiales, las catequesis, las excursiones, en fin, todo eso que fue, que acaso siga siendo un activo de la Iglesia Católica en las grandes barriadas. Maravilloso y, por supuesto, con un final sorprendente.
Con todo, si tuviera que elegir, me quedaría con “La Florida”. Ya sé que no hay que elegir, pero me ha gustado tanto, tanto, tanto. Qué maravilla de cuento. El protagonista es un niño que describe una visita a un hospital psiquiátrico en Oña, pueblo de la provincia de Burgos, para visitar a un familiar. Hasta es posible que el autor tire de su memoria, es decir, de su experiencia. Lo cierto es que el cuento resulta conmovedor por las descripciones, por el pulso narrativo, por el humor que salpica sus páginas, por el desconcierto final.
“El misterio de la Encarnación” es otro de los cuentos protagonizado por un niño. Y de nuevo asistimos a escenas tiernas mezcladas con la brutalidad descarnada que impregna la vida de los humildes. Y todo salpicado por malentendidos y por ráfagas de humor que hacen que el cuento, por desgarrador que resulte, nos lleve por momentos a la risa más desatada.
No puedo, no debo detenerme en cada cuento. Otros, escritos bajo la influencia de ambientes filarmónicos, cinematográficos, directores de orquesta, profesores maniáticos, Rusia, París, California. En fin, que en esta ocasión, Óscar Esquivias ha subido a sus lectores en aviones imaginarios para sacarlos de su territorio más ancestral, el Burgos de su niñez, el Villandiego de sus veranos o el Madrid en el que lleva viviendo casi la mitad de su vida. Se nota que la música es una de sus pasiones, es decir, que cuenta lo que cuenta con solvencia sobrada, pero a mi me sigue arrebatando el Esquivias que barrena en su memoria infantil. En cualquier caso lo que nos atrae, lo que nos subyuga es su estilo, su elegancia, su precisión. Recuerdo a este respecto lo que decía con pasión Almudena Grandes hace ya diez o doce años: que Óscar Esquivias era el joven escritor español que más la interesaba por la excelencia de su estilo. Han pasado algunos años y Óscar Esquivias sigue fiel al encanto que cautivara a la popular novelista madrileña. Es más, hay pasajes de estos cuentos en los que, tras ser leídos, uno los vuelve a leer por el goce estético que producen. Solo por eso habría que tirar cohetes cada vez que aparece en los escaparates un libro de Óscar Esquivias.

viernes, febrero 26, 2016

Cuentos completos, E. L. Doctorow


Trad. Carlos Milla, Isabel Ferrer, Jesús Pardo y Gabriela Bustelo.
Malpaso, Barcelona, 2015. 504 pp. 22 €

Salvador Gutiérrez Solís

La editorial española Malpaso tuvo la suerte de recibir del propio E. L. Doctorow la recopilación de sus Cuentos completos, ordenados por él mismo. Mucho más que una primicia, un auténtico tesoro literario que la desdicha ha convertido casi en un testamento, ya que el escritor norteamericano falleció poco tiempo después de enviar a los editores españoles su obra.
Buena parte de los lectores de Doctorow tuvimos conocimiento de su existencia gracias al cine, a la adaptación de algunas de sus novelas más célebres, entre las que destacan Ragtime y Billy Bathgate. Pero Doctorow es mucho más que es un escritor de películas, cabe considerarlo como uno de los grandes cronistas de la sociedad norteamericana de los últimos cincuenta años.
En estos Cuentos completos recorremos esas interminables carreteras que tan bien nos ha mostrado Wim Wenders, en su filmografía, que suene Ry Cooder, en compañía de mujeres y hombres abrumados por su presente, presos de su pasado y angustiados por su futuro. Parejas que fracasan, familias que se desmiembran como una muñeca rota, hijos que reniegan de sus padres y padres que no tienen respuestas que ofrecer. El relato de un país sumido por los efectos de una guerra en el corazón del odio y de las tinieblas, la corrupción estructural de su clase político y una economía que azota a la clase media.
Descarnado, vibrante, desnudo, certero, preciso, comedido en las descripciones, versátil con los silencios, despojado de cualquier calificación, Doctorow nos muestra una sociedad que se hunde en el pasado y que no atisba una luz en el final del túnel, bien porque nadie se la muestra o bien porque, sencillamente, no existe. O porque nadie la busca. Una sociedad en la indefinición.
Doctorow traslada a sus relatos el latido de su tiempo, lo que llega a provocar en el lector un estado que me atrevería a calificar como de desasosiego, ya que es tal la nitidez, la realidad, de las situaciones y de los personajes que nos muestra, que es prácticamente imposible mantenerse al margen. En la piel de estos Cuentos completos podemos encontrar nuestra propia piel, con sus cicatrices sin curar, con sus quemaduras provocadas por el paso del tiempo. Una descarnada y honesta, y por tanto real, lección de Literatura.

lunes, enero 18, 2016

El cuerpo secreto, Mariana Torres


Páginas de Espuma, Madrid, 2015. 136 pp. 14 €

David Vicente

Después de ser antologada en algunos libros colectivos como Segunda parábola de los talentos, impartir clases de escritura creativa y dirigir algunos cortometrajes, Mariana Torres se presenta en sociedad (literariamente hablando) con El cuerpo secreto. Se trata de un falso libro de relatos. Y explico lo de falso. El cuerpo secreto se compone de un buen puñado de relatos breves (algunos apenas ocupan un párrafo), pero también es un ejercicio de estilo donde las palabras se buscan las unas a las otras para fundirse en imágenes que impacten en la cabeza del lector con el objetivo de sacudirle y evocar en él sensaciones diversas. A veces de ternura, a veces de dolor, otras de crueldad… Casi siempre todas ellas unidas.
Su estética traspasa lo meramente narrativo. Desde la primera página nos enfrentamos a un híbrido, no ya entre la prosa y la poesía, que también. Sino entre un sinfín de artes, donde conviven casi a partes iguales la literatura, la fotografía, la pintura y, por qué no, la música.
El cuerpo secreto bien podría disfrutarse como una exposición de pintura, como un álbum fotográfico, o escucharse como un disco de canciones, que uno puede oír de una sola sentada, provocando un efecto psicodélico, anestésico, o seleccionar un tema concreto en el vinilo para paladearlo por separado.
Al igual que en esas otras artes, en esta ópera prima de Mariana no hace falta entenderlo todo para que nuestros sentimientos afloren. Para que nos plantemos delante del lienzo y una lágrima asome a nuestro rostro, una sonrisa se dibuje en nuestra cara, o un escalofrío nos sobrecoja. Y esa es, a fin de cuentas, la virtud del arte, que consigue explicar sin dar explicaciones, que consigue llegar donde las palabras no llegan.
Mariana Torres en su caso, en una vuelta de tuerca, trata de convertir las palabras que conforman sus historias en otra cosa: en trazos, en notas melódicas, en focos de luz (o de oscuridad)… para poder alcanzar lo que anida en nuestro subconsciente.
En lo que a la temática se refiere hay una cierta obsesión por la infancia a la menara de gótica de Mary Shelley, Edgar Allan Poe, Gustavo Adolfo Bécquer, y tantos otros. Niños atormentados, niños que se desangran en mundos oníricos con los pies amputados, o niños árboles a los que les crecen ramas desde el interior de su cuerpo y se entristecen cuando vuelven a convertirse en niños.
Mariana Torres se posiciona en su primera obra como una narradora dotada de una estética muy personal a la que habrá que seguir muy de cerca.

viernes, enero 08, 2016

Los atacantes, Alberto Chimal


Páginas de Espuma, Madrid, 2015. 120 pp. 14 €

José Miguel López-Astilleros

Alberto Chimal (1970) es un escritor mexicano no muy conocido aún en España, donde sólo se han publicado tres de sus libros, a pesar de poseer una nutrida obra, principalmente narrativa. Ha cultivado la novela, el ensayo, las minificciones y sobre todo el cuento, además de haber hecho incursiones en otros géneros. Se le considera un especialista en literatura fantástica y en la red, donde es muy activo, sobre todo en su muy recomendable página http://www.lashistorias.com.mx/
Vivimos en un mundo donde los poderes ocultos campan a sus anchas, somos vigilados constantemente, los desórdenes mentales son frecuentes, se ejerce todo tipo de violencia contra otros seres humanos… en definitiva, donde tenemos que cuidarnos del acoso de atacantes de muy diversa naturaleza. De todo esto y más tratan los siete cuentos que conforman este libro: las leyendas urbanas, el aislamiento, la alienación, el sexo, la identidad, la suplantación de la personalidad, la corrupción, las redes sociales, los narcos, etc. Para tratar estos temas Chimal parte de la realidad y la cuestiona sin abandonarla, pero lo hace desde el género de lo fantástico, así dice Antonio Jiménez Morato en el prólogo de la antología de cuentos del mismo autor titulada Siete (Salto de Página) «Chimal trabaja desde la ficción como un género o un recurso más para hablar de cosas muy reales y reconocibles, no para escapar de ellas [...] Lo maravilloso como recurso y no como finalidad, podría decirse», esto le permite crear atalayas aéreas y subterráneas desde las que observar perspectivas insólitas y ocultas a ese otro procedimiento tradicionalmente realista, para referirse con profundidad a esa terrible actualidad cambiante y huidiza de cualquier lugar y no sólo mexicana, aunque obviamente la delicada situación por la que atraviesa su país es determinante en su creación, de hecho ha manifestado en alguna ocasión que estos relatos parten del testimonio de experiencias suyas y de sus amigos, como por ejemplo haber sido víctima en propia carne de acoso mediante correo electrónico por parte de una perturbada. No obstante, ya H. P. Lovecraft en El Horror Sobrenatural en la Literatura advertía «Los cuentos sobrenaturales modernos, por su perfecta consistencia y fidelidad a la naturaleza son intensamente realistas, excepto en la única desviación mágica que se permite el artista», aquí es donde se sitúan los siete cuentos de Los atacantes, en un espacio sólo apto para escritores audaces, donde la verdad que interesa es la literaria, la narrativa, al modo en que su admirado Mario Levrero declaraba sobre su propia obra, pero no confundamos esta última con la verosimilitud, que radica en la coherencia interna y no se opone a lo fantástico, como apunta Tzvetan Todorov en Introducción a la literatura fantástica, coherencia interna que estos textos resistirían ante cualquier embate crítico.
Dada la frágil cuerda sobre la que se mueve y se confunde lo fantástico con lo maravilloso y lo extraño, Chimal prefiere hablar de “literatura de la imaginación” para liberarse de costuras empobrecedoras sobre todo a la hora de inventar sin trabas clasificatorias. Pero volviendo al libro, hay algo común a todas las historias que es el terror, son por tanto cuentos de terror, de horror, en los que aparecen elementos de la cultura popular como zombis, vampiros, locos, asesinos, catástrofes apocalípticas, etc. El tratamiento de estos elementos es una de las contribuciones de Chimal a la renovación del género, puesto que estos personajes y circunstancias han sido sometidos a una actualización, a una nueva contextualización de la que se obtiene una lectura más contemporánea, lejos quedan esos apolillados, aunque maravillosos, zombis de las películas La legión de los hombres sin alma de Víctor Halperin o Yo anduve con un zombie de Jacques Tourneur, por ejemplo, que nada tienen que ver con los del excelente cuento Los salvajes, donde el escritor desaparecido Roberto Bolaño es uno de ellos. El miedo, el temor, aunque no es un ingrediente necesario de lo fantástico, según Todorov, en estos relatos sí es un componente fundamental, que depende del efecto que tenga sobre el lector, como señala Lovecraft, para lo cual la atmósfera inquietante, el desasosiego y la incertidumbre creada por Chimal en la indefensión ante la amenaza (difusa en muchas ocasiones) de unos atacantes que son los que tienen el poder, es capital («Qué daño puede haber si de todas formas puede usted hacerle lo que quiera a quien quiera?», se puede leer en Connie Mulligan), pero acaso ¿no son estructuras de poder las empresas donde trabajamos, las relaciones que establecemos con los demás o cualquier entorno donde haya más de un ser humano?, por eso a los atacantes a veces cuesta verlos, son indefinidos, porque con frecuencia están a nuestro lado («¿Cómo va a saber la gente que debe tener miedo si los monstruos no son como los que ya conoce?», se dice en Tú sabes quién eres).
La violencia impregna todos y cada una de las piezas de este libro. La clave se nos ofrece en el relato central Aquí sí se entiende todo, que cumple una determinante función donde está situado, del cual se puede deducir que la violencia en la realidad no es admisible, pero sí en la ficción, porque la violencia real termina siendo asumida, por eso buscamos otras formas de violencia en la ficción que nos conmuevan y hasta nos diviertan, y que parezcan amenazas reales. Como vamos viendo estos cuentos están formados por un conglomerado de ideas que se repiten y que sirven de amalgama entre ellos, aun siendo historias independientes, cuyo ambiente opresivo y negativo, como dice el mismo autor, nos deja sumidos en un profundo pesimismo fruto de la reflexión sobre el poder o los poderes a la que nos aboca la lectura de cada uno de ellos. No son cuentos complacientes y fáciles de leer, quizás, pero cuando se penetra en ellos, en su estructura narrativa de precisión y en sus significados, adquieren proporciones artísticas y hasta morales enormes. Sin contar lo divertidos que son por la ironía y el gran sentido del humor, negro con frecuencia, que derrocha su autor. Si del principio de indeterminación de Heisenberg se puede colegir que el observador siempre modifica lo observado, será el propio lector, en todo caso, quien con su lectura determine hasta qué punto estas historias revelan y desenmascaran una realidad imposible de conocer en su totalidad. Pero no querríamos dejar de mencionar uno de los relatos que particularmente, junto con Los salvajes, nos ha llamado particularmente la atención por su juego metaliterario y de perspectivas, se trata de Arte. En estas narraciones mayormente breves pero densas se pueden atisbar algunos referentes literarios del autor como Mario Levrero, Borges, Francisco Tario, Cortázar o Arreola, entre otros.
Alberto Chimal es un escritor con una poderosísima y exuberante imaginación, que dedica no poco esfuerzo a trabajar los aspectos formales. El resultado son cuentos como los de Los atacantes, de una formidable originalidad. Es de agradecer que una editorial como Páginas de Espuma se sume a la difusión en nuestro país de la obra de este creador, que no deja de sorprender y hacernos gozar con cada una de sus nuevas obras.

miércoles, diciembre 30, 2015

Cuentos de Navidad. De los Hermanos Grimm a Paul Auster, VV.AA.


Varios trad. Alba, Barcelona, 2015. 624 pp. 34 €

Ángeles Escudero

«Si no puedes vencerlos únete a ellos». No es casual comenzar esta reseña con esta sentencia de Sun Tzu. Su libro El arte de la guerra inspiró a grandes figuras históricas como Napoleón o Maquiavelo (quizás por ello a ambos se le atribuye la autoría de este pensamiento). En mi caso, se trataba de decidir si huía del tópico para evitar el oportunismo, o todo lo contrario. Acerté cuando me decidí a ver esta novedad editorial como una oportunidad, dadas las fechas navideñas en las que estamos.
Bajo el título Cuentos de Navidad. De los hermanos Grimm a Paul Auster, se nos ofrece en esta preciosista edición, una compilación de cuentos que tratan sobre una época del año que ejerce sobre la humanidad, a partes iguales, atracción o rechazo, pero que a nadie deja indiferente. Lo cierto es que podríamos considerarlo un regalo. Este libro es un objeto bello. Así que para los que queremos libros, compramos libros y regalamos libros, la Navidad es una excusa tan buena como cualquier otra para aferrarse a este ritual placentero de abrirlo, olerlo y tocarlo antes de enfrascarnos en la lectura.
    Alba Editorial lo publica dentro de su cuidada y exquisita colección Clásica Maior, que Luis Magrinyà dirige con criterio desde hace más de veinte años. La presentación corre a cargo de Marta Salís. Ella misma nos cuenta como, quizás, el primer cuento que trató sobre la Navidad, fuese el de Celsio. Este filósofo neoplatónico escribió una versión que dista bastante del imaginario popular sobre la natividad de Jesucristo. La escribe en el siglo II, cuando los cristianos empezaban a celebrar el nacimiento del hijo de Dios. En su interpretación del hecho sagrado, el redentor nace en Judea y es hijo de una campesina adúltera y de un soldado romano llamado Pantero. No obstante, la propuesta selectiva de Alba es bastante posterior. Así, Salís, señala dentro de las intenciones, que la selección de los treinta y ocho relatos navideños pretende abarcar dos siglos de literatura navideña, procedente de las distintas tradiciones occidentales, desde la anglosajona hasta la mediterránea, pasando por la eslava, la nórdica y la germánica.
    Lo que hace atractiva esta recopilación es que en el recorrido casi cronológico, en cuanto a fecha de publicación de los relatos, se nos ofrecen historias que consiguen barrer un amplio espectro de temáticas que sin duda la enriquecen. Los ángulos desde los cuales los diferentes autores y autoras se posicionan para contarnos historias sobre la Navidad, así como sus estilos y tonos, son tan diversos como sugerentes. El recorrido por las distintas vivencias, paisajes, sentimientos y tradiciones, comienza por Jacob Wilhelm Grimm y termina con Paul Auster. La calidad del resto de autores, es incuestionable: E.T.A. Hoffmann, Nathaniel Hawthorne, Hans Christian Andersen, Fiódor Dostoievski, Charles Dickens, Theodor Storm, Bret Harte, Zacharias Topelius, Alphonse Daudet, Anthony Trollope, Guy de Maupassant, August Strindberg, Nikolái S. Leskov, Robert Louis Stevenson, Amalie Skram, Antón P. Chéjov, Thomas Hardy, Gustav Wied, Sarah Orne Jewett, Arthur Conan Doyle, Léon Bloy, Wladyslaw Reymont, Clarín, Saki, Ramón María del Valle Inclán, Grazia Deledda, O. Henry, G. K. Chesterton, James Joyce, Emilia Pardo Bazán, Dylan Thomas, Ray Bradbury, Dino Buzzati, Truman Capote.
    Es de agradecer que se incluyan cuentos clásicos, como Canción de Navidad de Dickens o La niña de los fósforos de Andersen. Pero, no menos acertado es incluir relatos menos conocidos, o autores a quienes no esperaríamos encontrar aquí. Este último sería el caso del dramaturgo y Premio Nobel (1934) Luigi Pirandello, mucho menos conocido como cuentista aunque fue escribiendo poemas y relatos cortos durante toda su vida. Por eso, su propuesta: Navidad en el Rin, publicado en 1896 nos parece doblemente interesante. La historia alude a un suicidio y utiliza la visión del árbol de Navidad como imagen del recuerdo y del sentimiento de pérdida que se hace más intenso y doloroso en la época navideña. 
    La tristeza como la otra cara de la Navidad, como elemento nada ajeno a esta celebración, aparece también, y de qué manera, en el cuento de Andersen. Su madre, de confesión protestante, inspiró el personaje del cuento, debido a su extrema pobreza. La niña de los fósforos (también llamado La pequeña cerillera) es uno de los cuentos más breves y más tristes de este volumen. Sucede en la última noche del año y hay poco consuelo para la muerte de la niña. Quizás, que con ella, se ve liberada de las miserias y que, durante el tránsito a la otra vida, es feliz.
    Es importante hacer mención de la tradición anglosajona de contar cuentos de fantasmas en Navidad al calor del fuego. En este sentido es obligado mencionar como ejemplo imprescindible Cuento de Navidad de Dickens. Su relato, publicado seis días antes de la Navidad de 1843, fue un éxito desde que viese la luz (las 6.000 primeras copias habían sido vendidas antes de la víspera navideña). Pero, los expertos coinciden en que además del atractivo incuestionable de su personaje principal y de un final esperanzador que reconforta casi siempre, el secreto a voces de su éxito ha sido la magistral utilización de los fantasmas de la Navidad pasada, presente y futura.
    El escritor y especialista británico L. P. Hartley describía este tipo de narración fantástica como «la forma más exigente del arte literario», quizás porque, como dice May Sinclair: «Los fantasmas tienen su propio ambiente y su propia realidad; tienen también su propio escenario dentro de la realidad diaria que conocemos…». La dificultad reside en manejar dos realidades al mismo tiempo.
    Arthur Conan Doyle, es otro deudor de esta tradición. El cuento escogido es La aventura del carbunclo azul, uno de los doce relatos incluidos en Las aventuras de Sherlock Holmes. La manera en la que la trama detectivesca y la Navidad se aúnan en este relato es original y también algo esperpéntica. Un ganso, un sombrero perdido, un diamante que da título al relato, y una investigación a modo de reto deductivo en el que la genialidad de Holmes brillan con luz propia cegando al propio Watson, dan cuerpo a este relato que finaliza con una acción magnánima muy propia de estas fechas.
Dentro también de la tradición dickensiana, encontramos el relato seleccionado de Sarah Orne Jewett, La nochebuena de la señora Parkins. Es un cuento sutil, sin estridencias, donde conocemos a los personajes por detalles tan sencillos como esclarecedores. La señora Parkins va a ingresar dinero al banco la víspera de Navidad y hace una visita a su prima Mary Faber. Se siente incómoda en su humilde casa, e interpreta como un reproche la felicidad ajena ya que, pese a una situación de carencias, allí hay bienestar y bondad. Ella, en cambio, es rica y tacaña pero disfraza su condición con el pensamiento altruista de hacer de la necesidad virtud. Esa noche, tras no aceptar el ofrecimiento de su prima de quedarse a dormir, sola y en medio de una tormenta de nieve, se replanteará su vida. Es el pastor de la comunidad y su mujer, quienes le dan cobijo. Paradójicamente ella declinó dar esa misma mañana un pequeño donativo como era costumbre. Ahora su mezquindad se le antoja insoportable y la demuestra su cambio con generosidad. ¿Lo mejor? La sutileza con la que autora da fin a este relato.
   De la Premio Nobel Grazia Deledda, se nos propone Mientras sopla el levante, un relato poco común del que me ha sorprendido conocer creencias italianas como la que da comienzo al relato: «Según una antigua leyenda sarda, los cuerpos de los nacidos la víspera de Navidad seguirán incorruptos hasta el final de los tiempos». También nos ofrece datos poco conocidos como el respetar la vigilia de comer carne las horas previas a la Nochebuena, por empatía y respeto hacia la Virgen María que, en esos momentos y siglos antes, estaría sufriendo los dolores del parto.
   En cuanto a los autores españoles, los relatos de Emilia Pardo Bazán, Valle Inclán y Clarín, están en esta antología por méritos propios. El último, del que se selecciona El Rey Baltasar, por tratar de la festividad de los Reyes Magos, de tanta importancia y tradición en España. Se cuenta la historia de Don Baltasar Miajas, que hará de Rey Mago para su hijo Marcelo que ha quedado sin su juguete por estar su padrino muerto. Como padre siente tristeza ante el agravio, y ante la desconsideración egoísta con la que sus otros hijos alardean de una suerte a la que no están acostumbrados. Aturdido por la emoción de quien quiere hacer justicia, compra un monumental regalo sin reparar en gastos. Piensa que hallará la forma de pagarlo. Y ciertamente la encuentra pero con su solución de urgencia, perderá además del trabajo, la honra.
    La estrella blanca, de Emilia Pardo Bazán, nos da una interpretación nada convencional -deudora de la tradición medieval- sobre los Reyes Magos, personajes siempre misteriosos y literarios. De los tres, dibuja a Baltasar como al más sabio. Interesado en estudiar las estrellas se consume en su ansia de sabiduría. Gaspar aparece como un guerrero intocable y dotado del don de la adivinación. El último, Melchor, reina sobre los etíopes. Hombre apasionado y celoso, rodea sus propiedades con un muro inexpugnable para proteger lo que él considera su mayor tesoro: sus bellas concubinas. Ellas, consumidas por el recuerdo de tierras lejanas y de amantes verdaderos, le transmitían una tristeza que él, ni entendía ni lograba superar. Buscando paz para su alma atormentada de melancolía, carga camellos con polvo de oro y mirra. En su camino a los dominios del Rey Baltasar, encuentra a Melchor, consumido por otro mal, el ansia de gloria. A su llegada, y advertidos del aviso que el sabio Rey ha leído en los cielos, seguirán la estrella blanca que aparece en los cielos.
    Que Valle Inclán muriese la noche de Reyes, es sólo una circunstancia anecdótica pero sugerente. Su cuento Nochebuena también lo es. Un estudiante, vencido por las conjugaciones latinas, llora impotente sobre la gramática de Nebrija. Este inicio le da pie a hablar de las costumbres del clero ya que su maestro es el arcipreste de Céltigos. Cenan en la rectoral, con su sobrina Micaela, a la que pueblo canta con sorna dudando de su parentesco.
   Especialmente interesante me parece el relato de Nathaniel Hawthorne Las hermanas, en el que durante la noche de fin de año se ofrece una peculiar personificación femenina de Año Nuevo y Año Viejo. Ésta última se nos presenta como una viajera que llega al final de su trayecto, fatigada y hastiada del mundo. Esperando las campanadas de media noche, conocerá la esperanza, la alegría y la ilusión de todo comienzo. Llega ella, Año Nuevo. Hawthorne nos ofrece una bellísima interpretación de su parentesco ya que, aunque no se conocen hasta ese instante, ambas son nietas del Tiempo. Se entabla entonces un diálogo lleno de emoción y sentimiento donde la ilusión debe vencer a la desesperanza, pero donde tienen cabida desde las reflexiones políticas o la aparición del ferrocarril, hasta un final que no deja de ser un baño de realidad. Esta metáfora, casi existencialista, del paso del tiempo se entiende mejor si conocemos algunos datos de su biografía. El padre de Hawthorne murió de fiebre amarilla cuando él tenía cuatro años y, desde entonces, su madre lo recluyó en su cuarto junto a los dormitorios de sus hermanas Luisa y Elizabeth durante doce años. Se pasaba el día solo, envuelto en la antinatural atmósfera de su habitación, escribiendo cuentos fantásticos, y, como no podía de ser otra manera, llenó el espacio de visiones y fantasmas. Quizás por ello, tampoco parece extraño que más tarde terminase formando parte del movimiento de los “trascendentalistas”, un movimiento de gran influencia en los círculos intelectuales de Nueva Inglaterra, que creían que la existencia humana trasciende el mundo de lo sensible.
    Otra reflexión sobre el tiempo es, sin duda alguna El cuento de Navidad de Auggie Wren de Paul Auster. Cuento de encargo publicado por primera vez en el New York Times, fue llevado al cine por Wayne Wang en Smoke. La historia es conocida: el encuentro entre un escritor y el peculiar dueño de un estanco, basado en la propia relación de Auster con un quiosquero neoyorquino. Su relación se intensifica cuando el Auggie conoce el oficio de su cliente. Es entonces cuando le hace partícipe de la obra de su vida. Desde hace doce años, cada mañana, a la misma hora y en el mismo sitio hace una única fotografía. Tras el desconcierto inicial, se le desvela la genialidad, Auggie está fotografiando el tiempo. Es el propio Wren el que le ayudará a llevar a cabo el encargo del periódico de realizar un “cuento de navidad”. Le regala la historia de Robert, quién sabe si la suya propia. Y a nosotros, además del cuento, una frase a modo de máxima para la ficción: «Mientras haya una persona que se la crea, no hay ni una sola historia que no pueda ser verdad».
   La pregunta que se hace Auster cuando debe escribir el cuento por encargo: «¿Qué se yo de la Navidad? ¿Qué es la Navidad?», tiene en este volumen treinta y ocho respuestas diferentes. Quizás por eso Ortega y Gasset nos puede ayudar. Su teoría del Punto de vista nos ofrecería una solución atendiendo al perspectivismo. La Navidad sería la suma de todas las miradas. Ninguna sería la única, ninguna puede excluirse. Acercarnos a la verdad consiste en conocer el máximo número de perspectivas posibles. Que cada cual elija la suya.

miércoles, diciembre 23, 2015

La ciudad de las desapariciones, Iain Sinclair


Trad. Javier Calvo. Alpha Decay, Barcelona, 2015. 288 pp. 22,90 €

Daniel Sánchez Pardos

En el breve prólogo que encabeza esta selección de textos de Iain Sinclair, Javier Calvo, compilador y traductor del volumen, reflexiona sobre la extraña suerte que hasta el momento ha corrido en España la obra de este –para nosotros– casi secreto escritor inglés. En su país, Iain Sinclair es una figura de culto que ha alcanzado también, en los últimos años, un inesperado éxito comercial con una serie de libros que combinan la psicogeografía y el activismo político, la historia secreta y el comentario social, la poesía y el periodismo, y cuyo vehículo de expresión es una prosa obsesiva y circular que fluye con la cadencia alucinante de un viejo ritual pagano. Su imaginario personal, construido libro a libro desde principios de los años 70, ha influido profundamente en autores bien conocidos en nuestro país como Peter Ackroyd, Will Self, A. S. Byatt o Alan Moore, cuya novela gráfica From Hell deriva directamente de la relectura que Sinclair hiciera en clave mítica y simbólica de los asesinatos de Jack el Destripador en su libro White Chappell, Scarlet Tracings. Las ideas de Iain Sinclair no nos son, por tanto, desconocidas, aunque hayan tenido que llegarnos de segunda mano o reformuladas por autores de mayor vocación popular; y sin embargo, La ciudad de las desapariciones es el primer libro suyo que tenemos ocasión de leer en español.
Una posible razón de este extraño olvido al que ha sido sometido el autor en nuestro país es, tal vez, la naturaleza estrictamente local de su obra. Todos los textos que conforman este volumen tienen por motivo central a la ciudad de Londres, y los referentes que se manejan en ellos son, indefectiblemente, una serie de personajes y asuntos ingleses que con frecuencia pueden resultar ajenos a un lector no particulamente anglófilo. La disposición topográfica de las iglesias de Nicholas Hawksmoor en la City, el cortejo fúnebre de uno de los gemelos Kray por las calles del East End, la gentrificación forzosa del barrio de Hackney y de los distritos afectados por la remodelación olímpica de 2012 o las implicaciones socioculturales del gran proyecto de autopista orbital M25 no son, a primera vista, temas que deban interesar necesariamente a un lector español, del mismo modo que la tradición literaria en la que Sinclair se inserta orgullosamente –la tradición de los grandes visionarios londinenses, desde William Blake y Thomas De Quincey hasta Arthur Machen o el T. S. Elliot de La tierra baldía– dota a su escritura de unos ritmos y una ambiciones que también nos son en buena parte ajenos.
Y sin embargo, basta con leer el primero de los textos que componen esta colección para comprender que el proyecto de Iain Sinclair no sólo es absolutamente relevante para cualquier lector, no importa cuáles sean su nacionalidad o sus referentes culturales: también es un reto intelectual de primer orden, una fiesta para los sentidos y una provocación continua a la reflexión. Ese texto inicial se titula "Nicholas Hawksmoor: sus iglesias", y sus treinta páginas escasas contienen el germen de todo lo bueno que Sinclair es capaz de ofrecernos: sensibilidad histórica, imaginación desbordada, firme conciencia social, un surtido inagotable de erudiciones caprichosas y de intuiciones abracadabrantes, un don infalible para la asociación inédita de ideas y para la observación inesperada y, sobre todo, un talento verbal al alcance de muy pocos escritores. La prosa de Iain Sinclair, en efecto, no se parece a la de ningún otro autor contemporáneo. Los ritmos de su frase, como los de su pensamiento, parecen acompasarse de forma natural a los vagabundeos dirigidos que están en la base de todos sus textos, esas expediciones interminables por las calles de Londres que le llevan a descubrir en cada piedra, en cada esquina, en el rostro de cada transeúnte, el peso acumulado de una historia milenaria –la historia de Londres: la historia del mundo– que explica nuestro presente y profetiza nuestro futuro y que conforma nuestro más íntimo ser. Desde los viejos cultos mistéricos en honor a Mitra hasta los modernos obeliscos de cristal que hoy se alzan en la City, desde las corrientes de los ríos subterráneos que circulan bajo el suelo de Londres hasta los platos de las antenas parabólicas que apuntan hacia su cielo: todo cabe en un solo párrafo, en una sola frase de Iain Sinclair.
No es exagerado afirmar que la obra entera de Peter Ackroyd, el gran biógrafo moderno de Londres, está en esencia contenida en este breve ensayo inicial, cuya idea central –la relectura en clave esotérica de las iglesias de Nicholas Haksmoor y su disposición sobre el plano de la City– es la misma que alimentó la primera novela importante de Ackroyd, La sombra de Hawksmoor, y cuya tesis profunda, la continuidad inquebrantable de la historia sobre un terreno esencialmente sagrado, es la misma que alienta cada página de la monumental Londres: una biografía. Pero los siguientes textos que componen La ciudad de las desapariciones resultan igualmente fascinantes. No se pierdan, por ejemplo, "El perro y la parabólica", con su relectura simbólica de la historia de violencia de la capital inglesa a través de la peripecia de los mafiosos gemelos Kray y de la fascinación nacional por los perros de pelea, o "Toros, osos y desalineamientos mitraicos: la intemperie de la City", donde se ponen en contacto la profunda historia sagrada de la Milla Cuadrada con su presente regido por el flujo continuo del capital, o "Mis Olimpiadas", el breve artículo que cierra el volumen, en el que Sinclair ofrece una espléndida lección de prosa de combate dirigida contra la última gran operación especulativa llevada a cabo en Londres.
Un último apunte para destacar el asombroso trabajo de Javier Calvo, compilador y traductor de este libro. Resumir cuatro décadas de escritura compulsiva en un volumen de menos de trescientas páginas parece un reto casi tan demencial como tratar de verter al castellano la prosa hipnótica y retorcida de Iain Sinclair. Increíblemente, Javier Calvo ha superado ambos retos con matrícula de honor. La ciudad de las desapariciones ofrece una panorámica completa de la obra de Iain Sinclair sin dejar de leerse a la vez como un volumen unitario, una narrativa continua que avanza en el tiempo sin perder coherencia ni desviarse de su objetivo inicial. Y su traducción de la prosa de Sinclair es sencillamente magistral: rica en matices, profundamente visual, misteriosa en ocasiones, siempre elegante, compleja y sinuosa como el trazado milenario de las calles de Londres. Una maravilla que no se deberían perder.

viernes, octubre 16, 2015

Siete casas vacías, Samantha Schweblin


IV Premio Internacional de Narrativa Breve Ribera del Duero.
Páginas de Espuma, Madrid, 2015. 128 pp.14 €

Cecilia Frías

Al adentrarnos en las casas vacías de Samanta Schweblin (Buenos Aires, 1978) hay que hacer un ejercicio de confianza y dejarse llevar por la inquietante mirada de la autora, capaz de escarbar en una serie de escenarios de apariencia inocente hasta que aquellos fragmentos de vida logran que nos revolvamos en nuestros cómodos asientos avivados por el desconcierto. Pues, ¿quién podría imaginar que por los elegantes barrios porteños se pasean una madre y una hija como dos furtivas empeñadas en enderezar los detalles de las casas que consideran fuera de lugar?, ¿que esas existencias de fachada irreprochable se pueden ir al garete si este neurótico tándem decide atascar su gastado coche sobre el césped o apropiarse de la azucarera heredada? O acaso… ¿no se nos cambiaría el semblante si tras la cristalera de otra residencia de verano descubriéramos a dos abuelos desmemoriados jugando en pelotas junto a sus nietos? La normalidad no es más que un mero consenso cultural −ha insistido Schweblin en repetidas ocasiones−, y no hay más que bucear por el interior de estos personajes para constatar que en ellos está la clave que convierte la casa en jaula −como sucede en el relato de esa conversación pendiente con la pareja, tan insoportable que hace que la mujer se eche a la calle en albornoz y encuentre la complicidad en un solitario taxista con el que pasea de noche, sensación claustrofóbica que igualmente se destapa en el extenso cuento protagonizado por Lola, la anciana que vive prisionera de un cuerpo vencido que se resiste a morir y de esas paredes conocidas, una suerte de celda protectora para que los recuerdos no se le sigan deshilvanando.
En la mayoría de los casos la autora saca a sus personajes de casa, los expulsa del refugio para que lejos sus muros protectores experimenten el vértigo. Lo sufre en carne propia la joven que vuelve a un Buenos Aires extraño y, buscando aspirinas para su suegra por una ciudad nocturna y casi onírica, ve cómo le va ganando la angustia cuando repara en que no tiene ni una caja en las que meter sus pertenencias y, por ende, no posee nada salvo el menguado espacio que ocupa su propio cuerpo. Cajas que Lola arma y desarma sin cesar en un intento de ordenar esa realidad que la desconcierta a cada rato y que funcionan como metáfora del ser cuando la anciana, en su afán por desaparecer, intenta adelgazar sus posesiones. Cajas, en definitiva, que conllevan una carga emotiva adicional porque preservan del olvido las ropas del hijo muerto –en “Pasa siempre en esta casa”− o porque, como apuntaba Schweblin, “En la clase media argentina, casi todos somos nietos de inmigrantes, y los inmigrantes tienen afán por guardar todo. Luego he visto familias desarmarse porque se van los hijos, se divorcian, no hay dinero, etcétera. Y eso significa clasificar, desechar".
Pero no solo el personaje sino también el lector, como decíamos al principio, es expulsado de su zona de confort y debe estar atento para escuchar lo silenciado, reconstruir historias edificadas sobre el terreno de la ambigüedad y replantearse posturas. La escritora lo bordó en Distancia de rescate, esa novela corta publicada este mismo año que tensaba la cuerda para que no se nos relajara ni un músculo y lo vuelve a conseguir con Siete casas vacías. Pues no solo empatizamos con la actitud sin contaminar de los nietos que disfrutan estampando el culo contra la vidriera junto a sus abuelos desnudos sino que, en un “Un hombre sin suerte”, compartimos la complicidad de una niña que confía en un desconocido para ir a comprarse unas bombachas mientras sus padres permanecen en urgencias al lado de su hermana, e incluso sentimos cierta lástima cuando la policía detiene al “presunto pederasta” ante los ojos decepcionados de la pequeña.
Siete relatos hermanados por espacios, personajes desubicados y, ante todo, la original mirada de Schweblin que afila su estilo austero para ahondar en los recovecos de la normalidad y demostrarnos que las apariencias engañan. Sin duda, uno de los Premios de Narrativa Breve Ribera del Duero más merecidos.

lunes, junio 01, 2015

Miradas, Guido Finzi

ACVF Editorial, Madrid, 2015. 164 pp. 11,86 €

Miguel Baquero

Siempre se ha dado por supuesto que entre los escritores hay mucha «pose», dicho siempre también con ánimo peyorativo. Lo cual no pienso, en realidad, que esté tan mal, si lo tomamos como esfuerzo para mantener una actitud, sostener una propuesta estética que en ocasiones debe trasladarse también a la indumentaria, al comportamiento, a la manera de hablar del autor. En realidad, y pensándolo mejor, la tan denostada «pose» (crearla y sostenerla) sería más bien un merito… a condición de que parta de la honradez y de la verdad. Porque cuando parte de una campaña de marketing en que se han establecido las últimas tendencias a seguir por quien quiera vender libros, o de unos asesores que obligan a un determinado autor a ser juvenil y desenfadado, o de una reflexión casera y anticuada que identifica el «escriturismo» con ser un estrafalario o un «snob», entonces es cuando el concepto «pose» referido a un escritor (más bien a uno que dice que escribe) resulta de lo más grotesco.
No es este el caso de Guido Finzi, me apresuro a afirmar, un escritor hispanoargentino a quien muchos conocimos por su primera colección de relatos: Rumbo sur, editada por primera vez en digital, y que, dada su buena acogida, pronto conocerá la edición impresa. Entretanto este acontecimiento (pequeño pero «acontecimiento» para quienes desde el primer momento conectamos con su estilo) se produce, se publica en estos días Miradas, su segunda colección de relatos.
Sería larga y un poco absurda tarea desmenuzar aquí críticamente los casi treinta cuentos que componen este volumen. Baste decir que se podrían agrupar en tres temáticas: las historias de amor, surgidas o recordadas a partir de encuentros casuales en cafés de Madrid o de Buenos Aires; las historias que tienen como protagonistas a antiguos nazis huidos o a viejas víctimas del Holocausto; y los que sirven como pretexto para verter una mirada crítica sobre el clima actual que nos rodea cuando se supone hablamos de cultura, un ambiente bastante estúpido en general.
Y es en este punto cuando vuelvo a lo de la «pose». Guido Finzi (se aprecia enseguida en cada uno de los renglones tanto de este libro de relatos como del anterior) ha querido en todo momento «actuar de escritor» y escribir buenos cuentos, hacer un libro serio (no confundir ni mucho menos son solemne), donde la literatura tal como la solemos entender tenga la importancia debida. Nadie entienda con esto que su estilo sea florido, rimbombante (como ay, muchos enseguida se figuran hoy en día cuando se dice de una obra que es «literaria»); muy al contrario es una prosa fluida, trabajada para que suene con naturalidad (que no, como también se confunde, dejada caer desde lo alto), que acompaña a unas historias que buscan incluir a personajes verdaderos.
En todos sus relatos, Finzi busca, en último caso, la elegancia, la clase. No busca reconstruir esa vida común y ordinaria de la que, al final, con la excusa de reivindicarla, están llenos libros, y películas, y series de televisión; ni emplea lo soez al expresarse, con la coartada de que «es lo que hay». Finzi quiere, desde el primer momento, asentarse lejos del mundo cotidiano (para acceder al cual, quizás, no necesitamos libros, sino simplemente bajar a la calle) e invitar a sus lectores a ingresar en un mundo diferente donde la gente habla con «propiedad» (esa extraña facultad que los personajes literarios han perdido), cuentan historias interesantes, aspiran a enriquecerse intelectualmente, huyen del lugar común, abominan la obviedad, son de trato educado y correcto. No se ríen a carcajadas, según las acotaciones de los malos libros, ni fuman un cigarrillo detrás de otro (de nuevo las acotaciones) sin pedir permiso a quienes tienen alrededor, ni salen a la calle «a la carrera» sin antes prestar siquiera un segundo de atención a su aspecto.
Son, en suma, personajes con clase e historias con elegancia, que son lo que Guido Finzi está convencido que un escritor debe proponer a sus lectores. El resultado es un libro exquisito, para leer con calma, con sosiego (qué pintan esas prisas y esos «tirones» con los que ahora, al parecer, tienen que leerse todos los libros), quizás junto a una taza de buen café y pasando las páginas sin atropellarse.

miércoles, mayo 27, 2015

La caída de la Casa Usher, Edgar Allan Poe

Trad. Francisco Torres Oliver. Nórdica, Madrid, 2015. 88 pp. 16,50 €

Victoria R. Gil

Hay libros que da gusto leer en papel y los pertenecientes a la colección ilustrada de Nórdica son de los que nunca defraudan. Las obras de esta editorial consiguen siempre esa conjunción perfecta entre dibujo y texto que demuestra su buen gusto y, sobre todo, la pasión que impulsa su trabajo y que se aprecia en cada nueva publicación. La caída de la Casa Usher no es una excepción y con este libro logra además que miremos con nuevos ojos uno de los cuentos más famosos de Edgar Allan Poe, analizado, desmenuzado y hasta psicoanalizado desde que viera la luz por primera vez en el número de septiembre de 1839 del Burton's Gentleman's Magazine.
La historia que narra es más que conocida para el aficionado a este autor norteamericano de vida azarosa: Un hombre del que ignoramos su origen, su ocupación y hasta su nombre responde a la llamada de socorro de un viejo amigo al que hace tiempo que no ve, Roderick Usher, quien, aquejado de «una postración física aguda, de un desarreglo mental que le agobiaba», reclama su presencia como el único alivio posible para su mal. Un mal, por cierto, cuya naturaleza ni el protagonista ni el lector llegarán a descubrir.
Narrado en primera persona por el amigo que responde a esa petición de ayuda, el relato comienza con su llegada a la residencia familiar de los Usher, una decrépita mansión que se alza sobre un lago en el que se reflejan sus «troncos desmembrados y ventanas de mirada vacía» como un personaje más con vida propia en un lugar donde queda ya muy poca vida.
El deterioro físico y mental del amigo sorprende al recién llegado, que durante días tratará de animarlo a salir del estupor en el que parece inmerso, provocado tanto por ese desconocido mal que lo aqueja como por la angustia que le causa la salud de su hermana gemela, Lady Madeline, cuyo estado físico es aún peor que el suyo.
En este universo aislado y sin contacto con el exterior, Poe describe la mansión con igual minuciosidad que dedica a presentarnos al último de los Usher. Es fácil creer que acaso los siglos de historia familiar, cargados de insania y oscuras pulsiones se han quedado prendidos de sus muros y supuran de tal modo que su influencia sobre cada nueva generación es inevitable. Porque «la estirpe de los Usher (…) no había dado nunca ramas duraderas; en otras palabras, la familia entera se prolongaba por línea directa de descendencia y, salvo breves e insignificantes variaciones, había sido siempre así».
El relato entero se nutre de la misma ambigüedad con la que Poe describe esta particularidad familiar, origen quizás de la tara que afecta a todos los descendientes sin que nunca se conozca cuál es, pero que apunta directamente a la endogamia e incluso al incesto entre los propios hermanos. Pero nunca lo sabremos con certeza.
Su inconcreción es uno de los principales aciertos de este relato angustioso, donde el lector irá de la curiosidad a la inquietud para llegar al sobresalto y el terror. Un camino que recorrerá también el protagonista antes de aceptar que el destino de la familia Usher estaba escrito desde hacía generaciones sin que nadie ajeno a ella pudiera evitarlo. Nada sabremos de las conclusiones a las que él llegará tras abandonar la mansión condenada. Poe prefiere dejar en nuestras manos la tarea de buscar más allá de la lánguida apariencia de los hermanos Usher, de su sensibilidad extrema y de los casos de catalepsia que padecen, las razones que oculta la familia, generación tras generación. Tal vez un incesto repetido, sí, pero quizás no sólo eso. ¿Existen los no muertos? ¿Se hereda el vampirismo como el color del cabello? ¿Provoca la enajenación mental un mal físico o, más bien al contrario, es la enfermedad del cuerpo la que termina por destruir el espíritu? Las turbadoras ilustraciones de Agustín Comotto que dan vida a La caída de la Casa Usher ganan fuerza cuando representan la mansión familiar y el desolador paisaje que la circunda; pero es con los dibujos de Roderick y Lady Madeline, con su apariencia espectral y acompañados en el caso de ella con ese puñado de ramas secas de un árbol genealógico que se ha quedado sin frutos, donde el artista logra su mayor escalofrío.
Afirma el editor en la contraportada del libro que ésta es una de las obras de Edgar Allan Poe más alabada por la crítica, considerada incluso por el propio autor como la más lograda entre todas las suyas. Esto, como todo, es cuestión de gustos. Entre la variada y magnífica colección de cuentos fantásticos que Poe nos ha dejado habrá quien prefiera El corazón delator, El gato negro o a la hermosa y fantasmal Ligeia. En mi caso, el mejor Poe siempre será el que alumbró a Auguste Dupin, pero sean cuales sean nuestras preferencias, esta nueva publicación de Nórdica es de las que merece la pena no perderse para seguir disfrutando del estremecimiento que siempre nos causa uno de los mejores cuentistas de todos los tiempos.