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viernes, marzo 27, 2015

Tolkien y la Gran Guerra. El origen de la Tierra Media, John Garth

Trad. Eduardo Segura, Martín Simonson y Daniel Royo. Minotauro, Barcelona, 2014, 520 pp. 23,90 € (12,99 € libro electrónico)

Angeles Prieto Barba

En 1954 y 1955 se publicaron en Inglaterra los tres tomos de El señor de los anillos, obra que alcanzaría ventas excepcionales, pero también bastantes reseñas críticas, escritas con verdadera saña. Así, un grupo numeroso de críticos la calificó como “entretenimiento para niños” o “basura adolescente”, mientras que otros atacarían a la novela desde la perspectiva moral e ideológica, con acusaciones que iban desde su falta de compromiso social y político con los grandes problemas del siglo, calificándola de mera evasión burguesa, hasta tildarla incluso de “racista” (razas blancas en un bando y oscuras, bajo Sauron, en otro), “nazi” o “profascista” (por similitudes con el anillo de los Nibelungos). Pues bien, todas estas calificaciones extremistas, que hoy día nos hacen sonreír por su simpleza y limitada concepción de la literatura, no sólo resultaron ser falaces, sino que tampoco estaban exentas de segura villanía, cuando no de envidia. Y eso es precisamente lo que vamos a descubrir con este gran libro de John Garth, un estudio muy serio sobre la gestación de tierras, lenguaje y personajes de la Tierra Media, a la vez que un instrumento preciso para conocer quien fue John Ronald Reuel Tolkien.
Este ensayo constituye también un canto a la amistad. Pues describe y desarrolla el hermanamiento cálido y sincero de cuatro muchachos, muy distintos entre sí pero unidos por su intenso amor a la poesía, que conformarían el núcleo del T.C.B.S. (Tea Club and Barrovian Society) en el colegio King Edward de Birmingham, y que muy pronto se las tendrían que ver ante esa barbaridad absurda y evitable que conocemos como la Gran Guerra, o Primera Guerra Mundial. En concreto, la puntilla para ellos resultó ser la espantosa, larga y sangrienta batalla del Somme (julio a noviembre de 1916), auténtica máquina de picar carne de trincheras que se llevó por delante a un millón largo de jóvenes, entre ellos dos de los miembros principales del club. Sencillamente, el Horror. Tolkien sobrevivió a ella, sí, pero estuvo allí con los ojos bien abiertos para no olvidar nunca esa oscura tierra y tumba de barro que luego conoceríamos como Mordor. Perder allí a sus mejores amigos, sin tiempo ni tratamiento psicológico posible para asimilar el duelo separado de los suyos, constituyó un durísimo golpe del que no se recuperaría nunca. Es por ello que las acusaciones que recibiría más tarde de falta de compromiso con la realidad implican para el que las formula un desconocimiento absoluto de los hechos terribles que marcaron su vida. Porque haber estado en el Somme ya fue suficiente, demasiado compromiso. 
Hemos hablado de Tolkien, pero no de John Garth, el autor de este trabajo impecable. A mí me ha asombrado no sólo el conocimiento que demuestra de las obras completas de Tolkien, también el arduo y ordenado trabajo de investigación que ha realizado sobre su vida y progresivos conocimientos filológicos-literarios y, sobre todo, las capacidades que demuestra como narrador, describiendo con orden y atino lo vivido por Tolkien sin dejar de emocionarnos y conmovernos. Da en la diana cuando nos indica que la obra de Tolkien, elaborada tras un largo proceso detallado aquí perfectamente, lejos de constituir un mecanismo de evasión, supone ante todo un intento de dignificar, mediante la épica, tantas vidas perdidas en aquella Guerra. Pero además, es una obra que trasciende, que va mucho más allá, pues en la concepción de Melkor, o Morgoth (dios-abstracción del afán destructivo mediante máquinas, ejércitos e industrias), del que luego Sauron será su lugarteniente, ya estaba anticipando el totalitarismo que vendría después en Alemania, Italia y Rusia. Mientras asimismo contemplados asombrados a esos seres pequeños llamados hobbits, capaces de grandes hazañas, auténticos apóstoles o precursores de la ecología en nuestros días. 
Por supuesto, una obra como esta tenía que ser publicada en España por Minotauro, continuando fielmente con la labor de Francisco Porrúa, inteligente editor y traductor que nos dió a conocer a Tolkien allá por 1977. Y muy dignamente, sin escatimar gastos a la hora de incluir fotografías, todas las notas pertinentes, índice onomástico y un tamaño de letra adecuado.
Concluida su lectura, el lector se quedará pensando. Porque sin dudarlo también vivimos tiempos oscuros y no tan lejos de nosotros la destrucción mediante máquinas, armas mucho más complejas, ejércitos más inteligentes y medios de comunicación todopoderosos y renovados, está desarrollándose. El Terror no es que se acerque, es que tras el derrumbe de las Torres Gemelas (Tolkien visionario), ya lo tenemos encima y con nosotros. Cabe acogernos a sus palabras en boca de Faramir: «Guerra ha de haber mientras tengamos que defendernos de la maldad, de un poder destructor que nos devoraría a todos; pero yo no amo la espada porque tiene filo, ni la flecha porque vuela, ni al guerrero porque ha ganado la gloria. Sólo amo lo que ellos defienden» (El señor de los anillos II, Las dos torres, pag. 364).

jueves, enero 22, 2015

La cata, Roald Dahl

Trad. Iñigo Jáuregui. Ilust. Iban Barrenetxea. Nórdica, Madrid, 2014. 80 pp. 19,50 €

Care Santos

Aunque no descubra nada, lo diré: Roald Dahl es un fuera de serie. Uno de esos escritores que jamás decepciona, que consuela, reconcilia, hace feliz. Da igual de qué traten sus relatos, en ellos siempre hay algo interesante que merece ser sabido y un modo excelente de decirlo. Sus cuentos avanzan hacia un final con vuelta de tuerca que nunca es excesivo, y que siempre coloca las cosas -y a las personas- en el lugar exacto donde deben estar. Hay en su literatura, en toda ella, desde la infantil hasta los relatos autobiográficos, una idea de justicia subyacente, un mundo en equilibrio. Los malos lo son sin explicaciones, como en la vida misma. Los buenos juegan con la ventaja de su candidez. Da gusto volver a Dahl, por mucho que lo hayamos frecuentado antes.
La cata -Taste, en su versión original- cuenta una cena entre seis personas. El anfitrión es inglés y el escenario, una casa londinense. Entre los invitados se sienta un famoso gastrónomo, experto en vinos raros. El anfitrión es un sibarita de pacotilla, más bocazas que entendedor, deseoso de impresionar a su importante huésped. Las mujeres actúan como meras comparsas, en realidad esto no es una cena: es un duelo, una pelea de machos. Luego tenemos al narrador, discreto, en segundo plano. Un narrador-testigo, que cuenta en tercera persona, sin énfasis, sin implicación emocional, casi se diría que da fe. Típico de Dahl: mostrar con crudeza pero sin detenerse en juicios morales. No le hace falta: en tres frases ha logrado describir a la perfección a un personaje para que sepamos cómo hay que tratarle. Pratt, el gastrónomo, por ejemplo, no fuma por no estropearse el paladar y habla de los vinos como si fueran personas. ¿Qué más hay que decir? El anfitrión, en cambio, Schofield, parece avergonzarse "de haber ganado tanto dinero con tan poco talento". Habla sin parar. Es pedante, odioso, aunque nadie nos lo diga.
Una vez presentados los personajes, comienza el combate. Dahl es un autor muy teatral, aunque -que yo sepa- nunca escribió teatro. Este cuento podría convertirse en una pieza breve representable y sospecho que funcionaría de maravilla. Como ocurre en las piezas dramáticas, el diálogo es en realidad la trama misma: los dos duelistas sentados a la mesa se enzarzan en una discusión que da pie a una apuesta. Una apuesta descabellada, osada, inmoral, muy dahliana. Porque el autor siempre lleva a sus personajes un paso más allá de lo permitido. Y hecha la apuesta, claro, sólo cabe ver en qué acaba. A eso dedica unas cuantas páginas más. Páginas de diálogos fascinantes, que avanzan con una naturalidad que nos permite imaginarnos sentados a esa misma mesa, con los tres matrimonios británicos. Porque aquí, nótese, todo es muy pero que muy británico.
Los lectores de Dahl, incluso los lectores que ya conocíamos este cuento (titulado Gastrónomos en la edición de sus cuentos completos de Alfaguara), esperamos con ansia sus finales. La sorpresa que siempre llega, como si el autor esperara ese contrapunto, ese acto de justicia, esa frase que lo descabeza todo, para decidir que la historia ha terminado. Aquí llega también, servida por el único personaje de quien nada esperábamos, y es un final demoledor. Es decir, de los que consuelan, permiten firman un armisticio con el mundo y hace feliz. Si no han leído a Dahl, háganlo. Debería ser obligatorio. En todas las mesitas de noche de los hoteles debería haber un libro suyo. Y lo mismo en las cárceles, en los hospitales, en las salas de espera, en las oficinas de hacienda, en los bolsillos delanteros de los aviones.
Pero esta edición es una magnífica noticia también para los muy lectores de Roald Dahl. Es una edición exquisita, ilustrada, uno de esos libros del que uno no quiere desprenderse, que enseña a los amigos de buen gusto. Iban Barretxea ha captado a la perfección el espíritu del relato. Sus ilustraciones enfatizan el aspecto teatral y presentan la cena como un escenario a la italiana, en el que vemos evolucionar a los personajes. La acción parece mínima a simple vista, aunque el lector sabe que no es así. Las escenas, deliciosamente detallistas, acompañan al texto con exquisita perfección, mostrando el más difícil todavía de las emociones de los diferentes personajes. Añaden el paso del tiempo -ausente en el cuento- y presentan el brutal contraste entre el dramatismo de la situación y el muy burgués escenario. Son tan magníficas, tan sutiles -el detalle de mostrar al narrador de espaldas, por ejemplo-, que me atrevo a afirmar que el lector pasará más tiempo mirando las ilustraciones que leyendo el cuento de Dahl. Y hará bien, porque son ilustraciones muy poco comunes. Logran lo que no parecía posible: mejorar el cuento.

viernes, noviembre 14, 2014

Cuentos de detectives victorianos, selección de Ana Useros

Trad. Catalina Martínez Muñoz. Alba, Barcelona, 2014. 630 pp. 34 €

Julián Díez

Lo de recomendar un libro que contiene material que no es bueno literariamente hablando siempre resulta algo peliagudo, siempre tiene algo de escamoteo al lector. Y sin embargo aquí estoy -de nuevo, pero esa sería otra historia- en esa coyuntura: este es un volumen que vale mucho la pena... Y que está salpicado de textos que encontraré muy comprensible que el lector deje a la tercera página algo espeluznado por un estilo melodramático, truculento o tosco. Contenidos que además chirrían todavía en forma más notable cuando llevan de vecinos a Charles Dickens y Wilkie Collins, por sólo citar los dos nombres más copetudos de los que también aquí se incluyen sus textos.
Pero este es nuestro un tanto vergonzante pasado, el de los amantes del relato policial. Un género popular que en algún momento ocupó el espacio que hoy es propiedad de la telebasura más heavy metal, pero en el que poco a poco se fueron insertando escritores de creciente calidad hasta ser desde hace ya unas cuantas décadas un reflejo vivo y dinámico de la sociedad contemporánea.
El mérito de este volumen está precisamente en suponer un testimonio destilado de la evolución del género y de su tiempo en su primera era relevante: la de la Inglaterra victoriana. Y en particular, desmentir con hechos, o mejor dicho, con historias, la impresión existente de que el relato detectivesco se fragua en ese periodo en torno al impacto de dos supernovas: Edgar Allan Poe y su Auguste Dupin, y Arthur Conan Doyle y su Sherlock Holmes.
Aquí están los demás, los buenos y los malos pero relevantes en términos puramente históricos. Por lo que hay historias que hacen suspirar por más material de sus autores, en particular los relatos de Grant Allen, M.P. Shiel, George Sims y Robert Barr; todos ellos creadores de series con detectives con características propias, concebidos evidentemente al hilo del éxito de Holmes pero con personalidades alternativas. La Lois Caley de Allen, sobre todo, fue un personaje de notable éxito en su momento del que apenas hay forma de contar hoy por hoy con material de lectura, pese a lo contemporáneo de alguna de sus características como mujer detective liberada. El relato presente aquí de la serie y que supone su inicio, "La aventura de la anciana cascarrabias", deja un irremediable deseo de saber más.
Son pues los últimos relatos de este gozosamente grueso tomo los que justifican más su adquisición para el lector medio; historias ya desprovistas de la necesidad de justificaciones, inmersas en los propios convencionalismos del género para bien más que para mal. Sin embargo, para quien alberga un puntín bizarro como el que esto escribe resultan en cambio mucho más curiosos los primeros cuentos del volumen, de los que apenas hay referencias previas accesibles en castellano. El libro se abre con "La cámara secreta", de William E. Burton, anterior por cuatro años (1837) a "Los crímenes de la Rue Morgue" y recientemente reivindicado, por tanto, como primer relato detectivesco de la historia, si bien no había estado accesible al lector español hasta el momento. El cuento es malo, pero divertido más allá de su valor histórico.
La esforzada seleccionadora, Ana Useros, incluye también numerosos ejemplos de "casebooks", relatos de "historias verídicas" precursores, para entendernos, del tipo de material que luego conoceríamos ampliamente en España en las páginas de publicaciones tipo "El caso". Sin embargo, je, aquí hay otro nivel; no hablamos de crímenes cutres de la España negra sino de la Inglaterra rural del ferrocarril primitivo y los vicarios en abadías tardogóticas, o del Londres megasiniestro de la revolución industrial acechado por la sombra del Destripador. Son, pues, historias con sus propios mecanismos de fascinación, aunque resulten estilísticamente cargantes; de las aquí presentes, mi recomendación va para los "casos verídicos" del ex policía de Edimburgo James McLevy, menos sensacionalistas.
Las opciones poco convencionales escogidas para representar a Dickens, Collins y Conan Doyle quedan perfectamente justificadas para dar cuerpo al volumen y contextualizar los textos restantes. Para mí, en suma, un libro imprescindible, y creo que también para estudiosos del tema; espero haber dado argumentos suficientes a quien lea estas líneas para que el lector sin especial curiosidad por el género determine si siente interés.

martes, octubre 21, 2014

Nobles y Rebeldes, Jessica Mitford

Trad. Patricia Antón de Bes. Libros del Asteoride, Barcelona, 2014. 318 pp. 23 €

Ángeles Prieto Barba

Sin tener que proclamarse feminista, cualquier mujer de nuestros días se indignaría ante la injusta y anárquica educación recibida por esas hermanas singulares que conocemos como las Mitford, sobre todo si la comparamos con la del único hijo varón de la familia, Thomas, que estudió en Eton. Señoras que al conocerlas parecen sacadas de la serie Dowtown Abbey, con la particularidad de que en vez de tres fueron seis, todas distintas y a su pesar, famosas. Y es que son precisamente ellas las que simbolizan y hasta encarnan valores, desgracias e injusticias del desdichado siglo veinte.
Por eso las memorias de Jessica, la penúltima, están destinadas a proporcionarnos claves y justificaciones de sus comportamientos singulares, señalando con toda propiedad como culpables a las costumbres deficientes y trasnochadas de la clase aristocrática inglesa, que se vio obligada a adaptarse mal que bien a los adelantos técnicos, la economía pujante y las ideologías extremas del pasado siglo. No obstante, una enorme curiosidad por el mundo exterior y lecturas constantes las convirtieron en unos seres atípicos, pero dueñas asimismo de una cultura extraordinaria que percibimos en sus escritos. Y no sólo en los de Nancy, la primogénita, que terminaría siendo escritora de éxito, sino también en estos apasionantes recuerdos de infancia y juventud que nos proporciona Jessica con orden, soltura y calidad literaria incuestionable.
Tras las sonrientes fotos familiares de exquisitas criaturas hermosas, altas y rubias, era evidente también que existía una constante rivalidad entre ellas, todas en busca de ese hombre brillante y fuerte que les diera lustre y que les llevó a contraer, en algunos casos, matrimonios muy desdichados. No fue el caso de Jessica (Decca) que retrata a su primer marido Esmond Romilly, sobrino de Winston Churchill y desaparecido en combate durante la Segunda Guerra Mundial, como un héroe generoso, siempre intrépido y capaz de lo que fuera por conseguir sus ideales. Un arquetipo de esposo perfecto que ya estuvo larvando durante su difícil adolescencia hasta que lo encontró, casándose muy joven tras una trepidante huida y el consiguiente escándalo a la Guerra Civil española en la que participaron tan sólo unas semanas en Bilbao como corresponsales.
La rebeldía de Decca ante su familia y su entorno se matizará cuando sobrevengan los desastres que se habían ido larvando en dos de sus hermanas mayores: la hermosa Diana que se divorciará de un Guinness para unirse a un hombre casado, Sir Owald Mosley, fundador de la Unión Británica de Fascistas, por lo cual acabarían ambos en la cárcel y Unity Valkyrie, de premonitorio nombre, quien tras declararse la guerra entre Gran Bretaña y Alemania e invitada a abandonar la segunda, escribió un carta a su admirado Hitler y acto seguido, se pegó un tiro en la cabeza dejándola en estado vegetativo hasta su muerte nueve años más tarde. Decca no puede sentir menos que compasión por Unity y mucho pesar por Diana, pues a partir de ahí se abre entre ellas el más completo silencio y un océano de distancia, ya que Decca consagraría su vida a defender en América el sueño de igualdad de su primer marido, ingresando en el Partido Comunista norteamericano junto al segundo. Frente a estas tres hermanas extremistas encontramos a la testigo escéptica, lúcida y burlona de Nancy, la mayor, que nos relatará ridiculizando estos excéntricos affaires en la novela Trifulca a la vista, también en Libros del Asteroide. Y también a las dos que se mantendrán al margen: Pamela, consagrada a la vida rural de los terratenientes ingleses y Bárbara, la pequeña, duquesa de Devonshire y gran amiga de Patrick Leigh Fermor, que acaba de morir hace unos días.
Con estos mimbres, no tendrá duda el lector de que va a encontrarse con un libro escrito con el corazón, muy interesante y que dará mucho más de lo que promete porque está muy bien redactado y ordenado, con memorables episodios que invitan a la reflexión sobre los motivos que las pudieron conducir, y nos encaminaron a todos, a tantos desastres sufridos. Un libro, en definitiva, de provechosa lectura.

martes, octubre 14, 2014

Que levante mi mano quien crea en la telequinesis y otros pensamientos para corromper a la juventud, Kurt Vonnegut

Trad. Ramón de España. Malpaso, Barcelona, 2014. 118 pp. 17,50 €

Care Santos

Ignoro si Kurt Vonnegut (1922-2007) y James Salter (1925) se conocían. No creo que fueran amigos. Algo me dice que no se habrían llevado nada bien. En los últimos días, sin embargo, he leído a ambos con intensidad. Sus libros han convivido con resignación en mi mesita de noche. El caso es que no he podido evitar que una cita de Salter influyera sobre mi lectura de Vonnegut. La cita es la siguiente: "El humor proviene en gran medida de la indiferencia". Que Vonnegut me perdone. O no.
Kurt Vonnegut es uno de los menos serios de los escritores serios que conozco. Siempre me ha fascinado su biografía: el éxito literario le llegó tarde, a los 47 años. A lo largo de su vida trabajó en diversas cosas, sobre todo en la compañía General Electric, hasta que pudo dedicarse a escribir. En parte, debió esa decisión a la existencia de un buen número de revistas literarias centradas en la literatura de género -ciencia ficción y terror-, para las que escribió centenares de relatos. Más tarde la televisión hundió buena parte de estos semanarios, de modo que Vonnegut tuvo que ingeniárselas como pudo. Tenía siete hijos. Escribió sin descanso. Cuando murió a los 85 años, seguía haciéndolo. 
Para muchos, Vonnegut es el autor de Matadero cinco, una de las mejores novelas que he leído en mi vida, centrada en su experiencia como combatiente en la Segunda Guerra Mundial y el traumático bombardeo de Dresde, del que fue testigo. El libro es fácil de encontrar, tanto en su traducción al castellano (Anagrama) como al catalán (Proa), de modo que quienes aún no conozcan al autor ya saben por dónde deben empezar. Lo siguiente deben ser los cuentos. Hay dos buenas colecciones disponibles: Mire al pajaritoMientras los mortales duermen, ambas publicadas por editorial Sexto Piso. Y un consejo: si pueden, lean a esta generación de autores estadounidenses formados en las revistas de género (Richard Matheson, Fredric Brown, Shirley Jackson, el propio Vonnegut..) y comprobarán que lo popular bien hecho también es un arte.
Siento el consejo. Es lo que tiene leer este libro de Vonnegut. A una le asaltan deseos de aconsejar a quien se ponga por delante. Porque esa es la intención, en teoría, de los nueve discursos que lo componen. Sólo que Vonnegut no es un consejero muy ortodoxo. Tampoco es el consejero que buscarían unos padres para iluminar el futuro de su vástago. Para entendernos: es necesario que quien le contrataba supiera de antemano a quién estaba contratando si no quería matar al rector de un soponcio.
Estamos ante un género típicamente estadounidense, hacedor de muchos textos melifluos y bienintencionados: el discurso de graduación universitario. Como broche de oro a los fastos de graduación de las nuevas promociones, las universidades invitan a una celebridad a dirigir a sus jóvenes unas palabras. Se supone que esas palabras deben animar, felicitar y aconsejar a partes iguales. Y allá va nuestro autor, armado con su sentido del humor, su ingenio, su ideología de izquierdas y su gran bagaje personal a subir a estrados de Illinois, Chicago, Syracuse, Indianápolis o Houston. Comienza a leer y les dice a los (sospecho que atónitos) graduandos cosas como éstas:

Cantad en la ducha. Bailad con la radio. Contad historias.

Comed mucho salvado.

Ser compasivo es la única buena idea que hemos tenido hasta ahora.

Tomad conciencia de la felicidad experimentada y sabed cuánta es suficiente.

Da igual la edad que tengamos: nos aburriremos y nos sentiremos solos
durante el resto de nuestras vidas.

Me doy cuenta de que este comentario que estoy escribiendo sería mucho mejor si me limitara a copiar algunas de las citas que he recopilado en estas páginas. Por ejemplo, aquellas en las que Vonnegut alude al arte y al cometido de los artistas:

Es tremendamente difícil aprender a leer y escribir. Puede ser la tarea de toda una vida.

La función del artista consiste en que a la gente le guste más la vida.

La única prueba que necesito de la existencia de Dios es la música.

Toda la literatura gira en torno a cuán tedioso es ser un ser humano.

Los artistas (...) escogen una pequeña parte del mundo
y la convierten en lo que debería ser.

La ignorancia absoluta es la madre de la originalidad.

Todo esto sin dejar de ser él mismo. Es decir, siendo en todo momento mordaz, inteligente, hipercrítico con el mundo que le ha tocado vivir, con la raza humana y con los poderosos. Vonnegut no deja de ser un antisistema, una molestia para el american way of life, un niño de campo que sigue celebrando la vida sencilla, recordando a su tío Álex, reivindicando el presente y atacando a lo más sagrado para los estadounidenses, desde Obama a Roosevelt pasando por el petróleo o el dinero. En sus palabras:

No existe la más mínima posibilidad de que América se convierta en humanista y razonable. Ello se debe a que el poder nos corrompe y a que el poder absoluto nos corrompe por completo. Los seres humanos somos chimpancés borrachos de poder.

No sé qué hacen leyendo fascinados sobre Vonnegut. Lean a Vonnegut. Otro día hablaremos de James Salter.


* Postscriptum. Es justa una referencia a la maravillosa edición de Malpaso. Vonnegut dice que le gusta el naranja, que es un color "cargado de vitamina C" y de asociaciones alegres. Imagino que esa es la razón por la que los cortes de este libro, y su faja, sean de color naranja. Se agradece el detalle. Me gustan los libros hermosos y los editores detallistas. Pero hay algo más. Siguiendo unas sencillas instrucciones que el editor facilita en la última página, podemos adquirir gratuitamente el e-book. Es decir, que por el precio del libro tenemos ambas versiones: digital y en papel. Por fin. Por fin un editor que entiende cómo hacer las cosas.

viernes, mayo 23, 2014

Bloody Miami, Tom Wolfe

Trad. Benito Gómez Ibáñez. Anagrama, Barcelona, 2013. 617 pp. 24,90 €

Salvador Gutiérrez Solís

Siempre he encontrado similitudes entre la cinematografía de Martin Scorsese y la literatura de Tom Wolfe. A su manera, ambos creadores, llevan varias décadas mostrándonos el esplendor, la gloria, el lado oculto, las miserias y bajezas, y, sobre todo, los excesos de su querido y detestado país. Maestros en la “radiografía documental”, a través de sus palabras e imágenes nos han mostrado y analizado los últimos años de los Estados Unidos sin alabanzas gratuitas, desde la asepsia en algunos casos, sin esconder las heridas, la bilis y el veneno, observadores privilegiados de la realidad cotidiana, más allá de las alfombras rojas, las sonrisas nacaradas y los estereotipos de cartón piedra.
Esta similitud que yo aprecio ha coincidido en el tiempo, al menos aquí en España, con la publicación de Bloody Miami, la última novela de Tom Wolfe y el estreno de El Lobo de Wall Street, en fechas relativamente cercanas, en las salas de cine. En ambas obras nos muestran desde el exceso, visual y literario, los excesos de un mundo que se derrumba, como consecuencia directa, y perdón por la repetición, de una época excesiva. Una época que ahora sabemos que fue mentira, o que fue la mentira que construyeron entre unos pocos para quitarnos prácticamente todo.
Lo primero que desprende Bloody Miami es pulso, tensión, ese contar situaciones que parecen anodinas pero que nos sirven para comprender y asimilar el gran fresco, la gran fotografía, que nos ofrece su autor. Es decir, Bloody Miami nos muestra al Tom Wolfe de siempre, el que nos deslumbró con su Hoguera de las vanidades, y que no dejaba de ser una actualización de Las ilusiones perdidas de su adorado e idolatrado Balzac. Porque Tom Wolfe tiene mucho de Balzac, en esa desmitificación de la literatura como ente sagrado, en encontrar en la rutina de hombres rutinarios el argumento de sus novelas, en elevar la realidad como indiscutible hecho narrativo.
El homenaje, por tanto, de Wolfe a Balzac continúa en Bloody Miami, más allá de los guiños, de los nombres que le adjudica a diferentes locales y personajes: en la intención, en los modos, en la estrategia. Empeñado en radiografiar la sociedad que le ha tocado vivir, como ya hizo en sus anteriores “paradas” en Nueva York y Atlanta, ha encontrado en Miami la concepción de esa nueva América mestiza, alocada, trasnochada, carente de valores, obsesionada en la posesión, el poder y el dinero como los auténticos méritos y signos que te reportan el deseado status social.
En este Miami de Wolfe el gringo blanco, conservador y estricto es una especie en vías de extinción, y desde luego ya no es el gran protagonista. Ha sido desbancado, incluso arrinconado, por los magnates rusos, los latinos plenamente instalados que han hecho de la ciudad su propia ciudad, los nuevos hombres de negocios que manejan un lenguaje que no se parece en nada al del pasado y el lujo versallesco y canalla que se desparrama como la espuma de un champán que solo se encuentra al alcance de los elegidos.
A pesar de la avalancha de onomatopeyas, excesivas en algunos pasajes, Bloody Miami nos muestra a un Wolfe empeñado en contradecir a su propia biología, actual, certero, brillante, cruel por momentos, siempre irónico e inteligente. Fotografía de un realismo atroz, definición precisa del exceso y de sus inventores.

lunes, enero 27, 2014

Hic Sunt Dracones: Cuentos imposibles, Tim Pratt

Trad. Silvia Schettin. Fatalibelli.com, Madrid, 2013. 145 pp. 4,90 €

Julián Díez

Inmersos en la avalancha de tomos interminables que siguen con desigual fortuna la senda de El Señor de los Anillos, o actualmente de Canción de Hielo y Fuego, los grandes editores han olvidado que la esencia de la literatura fantástica está en sus formas cortas. Es como si para las librerías españolas sólo se hubieran publicado relatos fantásticos hasta el día en que se marcharon Cortázar y Borges, para luego dejar paso únicamente a las reediciones de los distintos clásicos y las novedades en forma de tochos de fantasía heroica o, por usar la terminología todoroviana, literatura maravillosa. Por eso es más que laudable la intención de una joven editorial de libros electrónicos, Fata Libelli, de ponernos al día con la producción internacional de relato de este género.
Entre los cuatro libros que han publicado hasta ahora, he elegido empezar por esta antología de cuentos de Tim Pratt, un autor joven (37 años) que ya ha conseguido notables premios especializados y que en los siete relatos aquí presentes da una notable muestra de versatilidad. Algo especialmente destacable para poner fin a esa dualidad que señalaba más arriba: sus historias son cortas, son buenas, y son actuales.
Hay fantasía urbana en cuentos como “Sueños imposibles”, en el que un friqui del cine accede al videoclub de un universo paralelo, repleto de maravillas; homenajes al folklore estadounidense como en “Hart y Boot”, con una forajida del Oeste que encuentra un insólito compañero de correrías o en “El pez limpiafondo”, una especie de breve Moby Dick amargo, contemporáneo y sureño; new weird combinado con notas artúricas y conspiranoicas en “La copa y la mesa”; una caza de dragón pasada por el tamiz de la amargura amorosa en “El sótano del mundo”; notas de mitología clásica en ambiente contemporáneo en “Vida con la arpía”; y una redefinición de los parámetros de la fantasía heroica en “Vida petrificada”. Por lo que leo en reseñas anglosajonas, varios de ellos están relacionados con novelas de Pratt, aunque todos resultan redondos y satisfactorios por sí mismos.
Si sumamos estos relatos al otro que ha sido traducido hasta el momento en castellano, el francamente repleto de mala leche “Otro final del imperio”, podemos llegar ya a conclusiones bastante claras sobre qué cabe esperar de Pratt: relatos originales y frescos, escritos con la cantidad justa de artificio para no presentarse de forma plana, y en los que sistemáticamente parece afrontar los temas habituales de la fantasía desde un punto de vista nuevo, como de soslayo, con una mirada moderna infrecuente en su originalidad. Y casi siempre amarga.
Casi se podría caer en la tentación de decir que Pratt afronta procesos de deconstrucción de los elementos tradicionales del fantástico, aunque lo más probable es que simplemente tenga la cabeza ordenada de la forma necesaria para mirar a su alrededor y encontrar la rendija por la que trasladar a ese entorno sus propios sueños y obsesiones.
Aunque “Sueños imposibles” es su relato más conocido hasta el momento, y abre bien la antología por ser tal vez el más efectista, lo cierto es que en el conjunto del volumen es quizá el relato menos sorprendente para un lector algo curtido del género, dentro de un tono medio alto. Hic Sunt Dracones es, en su conjunto, una excelente noticia para los aficionados, que tanto echamos de menos la emoción que supone el descubrimiento de un relato original, el vértigo de la inmersión en todo un mundo nuevo creado y desvanecido en solo unas pocas páginas. 

lunes, diciembre 30, 2013

Una pesadilla con aire acondicionado, Henry Miller

Trad. José Luis Piquero. Navona, Barcelona, 2013, 336 pp. 19 €

Ángeles Prieto Barba

Nacer en el distrito 14, en Brooklyn, Nueva York, marca por completo la vida de un Henry Miller nómada, curioso, deseoso de alcanzar sus propios límites imbuyéndose en otras culturas. Por ese camino único, esta apuesta personal de búsqueda, era de esperar una reacción antagónica, profundamente refractaria hacia la actitud puritana y consumista de sus compatriotas, marcados todavía por la religión dominante que enaltecía el trabajo duro, los logros materiales gracias a éste y la represión sexual. Esta rebeldía firme frente a sus orígenes y el destino que le espera, asunto que trata en su Primavera negra (1936), hace que en los años treinta no sólo sobreviva a duras penas en la bohemia de París, donde estuvo a punto de morir de hambre, sino que también componga allí la que será su obra más conocida, Trópico de Cáncer (1934), que le supuso en su país un proceso por obscenidad manifiesta, permaneciendo censurada esta obra en Estados Unidos hasta los años sesenta.
En la siguiente década, marcada por la Segunda Guerra Mundial, escribirá libros de distinto volumen y calidad, sin abandonar su característico tono autobiográfico, directo y franco. En esa época publicó El coloso de Marusi, canto lírico a la vida mediterránea que él siempre consideró su mejor obra y hoy es libro de culto, pero también, y en claro contraste, esta pesadilla de aire acondicionado, metáfora evidente a través del automóvil de la sociedad de consumo, que hoy comentamos. Libro que publicó en 1945 pero que concibió y redactó durante un largo viaje por su país durante los años 1940 y 1941, antes del ataque de Pearl Harbor. Cuestión que debemos tener en cuenta y de la que él hace constancia en el prefacio, pues nos llamará la atención que el autor apenas realizara correcciones en el texto antes de la publicación, cinco años después. De hecho estamos ante un libro irregular, en absoluto ordenado, en modo alguno un manual o libro de viajes centrado en los lugares que visita, sino más bien contundentes testimonios enlazados por el periplo, con numerosos flashbacks o recuerdos de su anterior vida en Europa. E incluso nos vamos a encontrar con interlocutores inconscientes de lo que la alianza germano-japonesa iba a suponer luego, decididamente partidarios de Charles Lindberg, y de su oposición manifiesta a entrar en guerra. El tono del libro, amargo e irónico al principio, evolucionará a medida que el autor se adentre en el viejo Sur y luego se dirija al Oeste. Trayecto en el que podemos contemplarlo como un visionario, un adelantado a su época, porque aborda todas las cuestiones clave de los años sesenta: el rechazo al consumismo, el respeto hacia las minorías negra e india, la liberación de la mujer, la revolución sexual, el pacifismo o la atracción hacia las filosofías orientales. No es de extrañar que luego se convirtiera en un gurú para la generación beat, ni tampoco que venciera ese frontal rechazo a su país, residiendo allí hasta el fin de sus días. Un camino que recorrería no tanto por adaptación a la sociedad existente, sino por el encuentro con determinadas personas afines, presentadas a lo largo del libro, que le hace concebir esperanzas de transformación, iluminación y cambios. También constatamos un progresivo alejamiento de la literatura conforme aumenta su atracción hacia la pintura, que se convertirá en su afición más recurrente en las próximas décadas.
Me hubiera gustado que esta traducción magnífica de una obra inédita, e imprescindible para conocer a su autor, hubiera estado acompañada de una introducción o prólogo de acercamiento al personaje y a su obra, que hubiera ayudado al lector a entenderla mejor, dado que la información de las solapas no me parece suficiente. Al margen de esta cuestión, el libro tiene doble valor, literario e histórico. Necesario para entender al siglo XX. Pues no debemos olvidar que las sonoras revoluciones europeas de los años sesenta no dieron frutos sociales constatables, algo que sí ocurrió en esta América vilipendiada, postrada ante el Becerro de Oro capitalista, pero también muy capaz de conseguir igualdad jurídica para sus minorías explotadas gracias al Movimiento por los Derechos Civiles. Que costó sangre, pero sus resultados ahí los tenemos. Por eso esta obra nos va a proporcionar una lectura inteligente, muy provechosa y reflexiva. Necesaria, en definitiva.

miércoles, diciembre 04, 2013

Para acabar con todas las guerras, Adam Hoschschild

Trad. Yolanda Fontal y Carlos Sardiña. Ed. Península, Barcelona, 2013. 615 pp. 34,90 €

Julián Díez

El año que viene se cumple el centenario del comienzo de la Primera Guerra Mundial, así que prepárense para una avalancha de títulos sobre el tema. Especialmente porque, como descubrimos un creciente número de curiosos, la verdad es que la Gran Guerra... es genial. Dado que en los últimos tiempos están en alza los movimientos retrofuturistas, la guerra del 14 tiene un obvio atractivo con sus bombardeos de zepelines, sus primitivos tanques enfrentando cargas de caballería, sus escritores entregados al combate —Hemingway, Wittgenstein, Chandler, Kipling...— y sus soldados con máscaras de gas.
Dicho esto, la Gran Guerra tiene un problema a la hora de ser convertida en libro: es aburrida de contar. Aunque sea visualmente espectacular, cuente con historias de heroísmo magníficas y resulte el punto clave de la historia del siglo XX —porque a la consideración tradicional de prólogo de la Segunda Guerra Mundial bien puede oponérsele la idea de que es el origen y la razón de ser del conflicto posterior—, lo cierto es que en cuanto a batallas y al relato en sí del devenir histórico es bastante aburrida: mucha trinchera, mucho movimiento mínimo, y un desprecio de los mandos por la vida de sus propios soldados como no se ha visto ni antes ni después. Quien haya leído por ejemplo el plomizo La Primera Guerra Mundial de Martin Gilbert, el volumen más exhaustivo de los disponibles ahora mismo para el lector español medio, sabrá a qué me refiero.
Adam Hoschschild opta por otra línea de trabajo más interesante, que desafortunadamente la editorial española nos escamotea en su presentación del volumen: explicar esta guerra a través de los ojos de una serie de personajes concretos, todos ellos británicos, alrededor de cuyas vivencias se va estructurando el relato del conflicto. Además, los personajes escogidos tienen relación con movimientos pacifistas o de oposición al conflicto bélico. A diferencia de la Segunda Guerra Mundial, en la Primera hubo no pocos críticos y objetores de conciencia, algunos de ellos tan distinguidos como Bertrand Russell en Gran Bretaña o Albert Einstein en Alemania.
Este no es, por tanto, un libro para conocer en detalle la Primera Guerra Mundial (al respecto, y a falta de algún tomo grueso de algún divulgador tipo Beevor que seguro llegará en los próximos meses, la mejor opción disponible en las librerías españolas es Breve historia de la Primera Guerra Mundial, de Álvaro Lozano). Aunque sí ofrece una panorámica lo suficientemente amplia para un lector con interés circunstancial, sobre todo sirve para dar cuenta de un movimiento poco conocido y de un gran caudal de personajes dignos de interés: sufragistas pacifistas como las Wheeldon, intelectuales como Stephen Hobhouse o aspirantes a revolucionarios como Keir Hardie.
La formación periodística de Hoschschild le invita a un acercamiento objetivo pero humanizado a las vidas de los citados y de otra veintena de vidas rotas por la guerra, así como un acercamiento compasivo y conciso al propio conflicto con sus inconcebibles cifras de bajas, daños y costes, y sus dramáticas consecuencias. La conclusión es clara: como nos ocurre cien años después, las ambiciones de unos pocos son sufragadas por el esfuerzo y el dolor de los demás, sin que parezca haber forma de que la humanidad aprenda lecciones.

lunes, octubre 28, 2013

Cómo vivimos y cómo podríamos vivir. Trabajo útil o esfuerzo inútil. El arte bajo la plutocracia, William Morris

Trad. Federico Corriente. Pepitas de calabaza, Logroño, 2013. 192 pp. 10 €

Pilar Adón

William Morris (1834-1896) ha quedado para la mayoría de nosotros como el diseñador de telas y tapices del que podemos comprar postales cada vez que ponemos un pie en el Victoria & Albert Museum de Londres. Un esteta minucioso y maestro de las artes decorativas. Pero para sus contemporáneos fue, ante todo, un poeta y un pensador de tintes renacentistas que tuvo la mala fortuna de ir a vivir en un tiempo cuyo espíritu aborrecía: el de la Inglaterra que coincidió con el apogeo del orden capitalista. Hijo de la revolución industrial, Morris despreciaba la frialdad y la crueldad del sistema económico de su época (que, en sus propias palabras, amenazaba con destruir «la belleza de la vida») y abogó por la búsqueda de la perfección y por un auténtico disfrute de la existencia por medio de una reciprocidad social al estilo de los gremios de artesanos de la Edad Media. Quiso huir del arte elitista, trascendente, y ennoblecer la grandeza del trabajo diario. De este modo, junto con otros miembros de la hermandad prerrafaelita, como Dante Gabriel Rossetti y Edward Burne-Jones, fundó una empresa inspirada en las técnicas de las artes y los oficios de la época medieval, en la que primarían, sobre las frías prácticas industriales, unas relaciones laborales armoniosas basadas en los principios del trabajo artesanal. La idea de crear esta empresa de artes decorativas surgió de manera espontánea cuando Morris contrajo matrimonio con la serena y elegante Jane Burden, musa de los prerrafaelitas, y tuvo que decorar la casa que construyó para ella: su Red House. Más tarde, se haría con la titularidad exclusiva de la sociedad y sus trabajos tendrían un enorme éxito entre la alta burguesía, hecho que produjo en él un sentimiento de profunda contradicción interna, pues sus principales clientes eran justamente aquellos a los que despreciaba por ignorantes e irresponsables y a los que, precisamente, había querido enfrentarse con la creación de esa misma empresa.
Morris ensalzó con vehemencia unos valores opuestos a los que imperaban en su época. Sus opiniones políticas viraron hacia posturas que propugnaban la creación de un socialismo en el que poder llevar a la práctica su sueño de una vida distinta, en la que primaran la armonía frente a la competencia, la colaboración frente al aplastamiento. Y en estos aspectos de índole más política y económica, no tanto estética, inciden las tres conferencias que se reúnen en este volumen y que fueron pronunciadas en los años 1883 y 1884. Unos textos de un vigor y una actualidad sorprendentes, que parecen haber sido escritos por un contemporáneo nuestro, tal es su vigencia. Donde Morris veía miseria, oponía a ella la nobleza del trabajo. Donde primaba el capitalismo industrial, propugnaba valores de igualdad. Donde observaba fealdad, insistía en el derecho de todos los hombres a la belleza. Contrario a la hipocresía de un sistema de producción que consideraba vulgar y esclavizante, a su fundamento y desarrollo, y muy influido por las teorías del crítico y esteta John Ruskin, Morris se convirtió en un auténtico agitador que sostenía que la única manera de llegar a la revolución socialista era «haciendo socialistas». De modo que, llevado por la certeza de que su sistema era realizable y en ningún caso utópico, se dedicó personalmente a la educación y formación de sus conciudadanos. Buen ejemplo de ello lo encontramos en estas tres conferencias que ahora publica Pepitas de calabaza. En ellas se nos habla de los inicios de un mal que ha derivado en la situación que conocemos tan bien en la actualidad: la búsqueda del máximo beneficio a cualquier precio. También de la competencia como un estado de guerra en el que se busca el lucro propio a costa del perjuicio de los demás; de los vicios de la especialización en el trabajo que hace que, cuando un puesto se pierde, el trabajador no tenga los conocimientos necesarios para ocupar otro; de la suciedad y el feísmo imperante en las ciudades; del poco cuidado que se presta al entorno; del miedo a los cambios drásticos… No obstante, Morris no se limita a enumerar problemas: también sugiere soluciones prefigurando, por ejemplo, la creación de un sistema similar al del mercado común europeo, en el que «todas las naciones civilizadas formaran una gran comunidad, acordando en común todo lo referente a la calidad y cantidad de producción y de distribución necesarias; ocupándose de producir los bienes allí donde mejor pudieran ser producidos e impidiendo el despilfarro por todos los medios».
En este brillante volumen, cuya pertinencia es indudable, se nos habla asimismo del amor innato del hombre por la belleza, de la eterna vocación de felicidad que posee el espíritu humano, del arte como «ayuda y solaz en la vida diaria», de la preponderancia del individuo frente a las máquinas y de que el auténtico progreso solo se puede alcanzar en armonía con la naturaleza. Esta idea de Morris acerca de volver la mirada hacia soluciones más naturales y menos industrializadas y de considerar que el hombre forma parte del espacio natural y no del tecnológico es, en realidad, relativamente joven, pero el mundo se ha transformado a tal velocidad, nos hemos convencido de tal manera de que el beneficio y la rentabilidad mandan, que hoy se nos puede antojar no ya una utopía, sino un absurdo, volver los ojos hacia semejantes planteamientos.
No quiero dejar de hacer mención al elaborado trabajo preliminar de Estela Schindel y a la traducción y notas de Federico Corriente, que facilitan la lectura de este magnífico libro sobre el trabajo, sobre cómo considerarlo y sobre cómo enfrentarnos al imperio que ejerce en nuestras vidas. En esta época que parece haberse olvidado de la belleza y de las humanidades para centrarse en las omnipresentes diosas de la economía y la política, es necesario leer a Morris y descubrir, de manos de un autor del siglo XIX, cómo vivimos y cómo podríamos vivir en el siglo XXI.

viernes, octubre 11, 2013

El plantador de tabaco, John Barth

Trad. Eduardo Lago. Sexto Piso, Barcelona, 2013. 1176 pp. 34 €

José Morella

Confieso que el último libro que pedí a los administradores de este blog lo elegí, en parte, por su brevedad. Poco más de cien páginas que interferían lo mínimo posible en mi repleta agenda del verano. Pero claro, tampoco era cualquier libro: una sátira sobre Mussolini escrita por Curzio Malaparte. Me lo pensaba zampar en una o dos tardes, disfrutándolo mucho. Una mañana llegó por correo un paquete que no cabía dentro del buzón. La cartera tuvo que llamarme por el interfono para que bajara a buscarlo. Eso no podía ser Malaparte. Sería otra cosa, pensé, alguna compra compulsiva online hecha en estado catatónico o algo parecido. Y vaya tochazo. Con 10000 de esos te haces una casa y que les den a los bancos. 1175 páginas. Era El plantador de tabaco, de John Barth. Alguien se había equivocado, claro: o en La Tormenta o en Sexto Piso. Nada, nada, me dije: lo devuelvo y santas pascuas. Pero luego lo abrí, claro. Sólo era para echarle un vistazo al prólogo. Es de Eduardo Lago y es fantástico, como lo es su traducción, cuyo elogio necesitaría una reseña aparte tan larga como esta. Cuando quise darme cuenta, iba ya por la página 100.
La novela cuenta la historia de Ebenezer Cooke, personaje real del que apenas se sabe que escribió un poema a Maryland y que quiso ser el primer poeta que cantara las alabanzas de la nueva provincia del Imperio Británico en el nuevo continente. Entremezclada en el fabuloso torrente de historias y aventuras disparatadas, delirantes y sobre todo escatológicas en las que participan Ebenezer y el resto de personajes, se nos ofrece también una revisión del origen mitológico de los Estados Unidos.
Creo que el valor del libro se nutre de la tensión entre la tremenda fuerza de las ideas expuestas por Barth y la parodia de la que él mismo lo va bañando todo: esas mismas ideas, su evidente talento y el vigor narrativo de su prosa quedan a ratos apagados y a ratos iluminados por la parodia. Es un texto postmoderno al que se ve la tramoya narrativa todo el rato. De hecho, Barth es autor de influyentes ensayos sobre la postmodernidad (como The literature of exhaustion) en los que habla sobre el fin del realismo literario. Como muy acertadamente señala Lago en el prólogo, A Barth le interesa más lo que ocurre en el terreno de la lectura que el carácter de lo escrito. De qué modo el lector digiere, por ejemplo, la burla de los grandes mitos nacionales sobre la conquista americana. Barth se da el lujo de atribuir el nacimiento de los Estados Unidos a algo tan supuestamente indigno como la pornografía. Sí, exacto: el capitán John Smith salvó el pellejo a cambio de regalar pornografía de la época a los nativos que iban a matarlo. Ese proto-porno es el lubricante que favorece la violencia conquistadora de los blancos. Esta sola idea da para decenas de artículos y tesis universitarias de esas que no se lee nadie jamás. Los salvajes, pues, son igual de degenerados que quienes los conquistan. Todos nos igualamos en la lascivia y los deseos más abyectos y escatológicos. En cuanto se nos pone alguien a tiro —parece decir el texto—, perdemos el mundo de vista: lo más sagrado, nuestras tierras, nuestra cultura, nada queda a salvo. Esta visión negativa de la pornografía puede molestar a más de uno, pero hay que comprender que cuando Barth escribía no se hablaba aún del postporno. No quiero estropearle al lector nada, así que sólo diré que la Pocahontas y el John Smith de El plantador de tabaco no se parecen en nada a los de Disney. La palabra que me viene a la cabeza es “cachondos”. Son definitivamente unos cachondos. Todo el libro está lleno de chistes verdes y escatológicos. La expansión de Europa y la evangelización del nuevo mundo se deja en manos de la gente más deleznable que uno pueda imaginarse. De hecho, parece por momentos que ese traspaso de defectos e indignidades no sea el carácter de la conquista o la forma de hacerla, sino la conquista misma. Conquistar es literalmente violar, insultar, engañar, ensuciar, montar a hombres y mujeres, cagar, mear, poseer, agredir.
Tampoco está nada mal que la marylandíada o poema a las tierras nuevas de Maryland la desee escribir un neurótico pelagatos, un niño de familia rica mimado y culto que sabe de todo pero que no sabe de nada, incapaz de cualquier decisión en la vida por pequeña que sea. Un niño grande y pedante que se proclama poeta y virgen para siempre, y que cree que la virginidad es la clave de su fuerza creativa. Su obra triunfa precisamente porque nadie es capaz de creerse tal ingenuidad, y todo el mundo la interpreta como paródica. Su éxito le certifica como gran tonto: no ha entendido nada. Es la parodia dentro de la parodia.
El personaje clave en la novela es Henry Burlingame, tutor de Ebenezer y su hermana melliza Anna cuando ambos eran niños. Va entrando y saliendo de la vida del poeta virgen, y por momentos parece que la controla como un marionetista a su títere. En su juventud, para poder medrar en el mundillo académico londinense, Burlingame flirteó con dos viejos profesores universitarios pedófilos, ambos salidos como el pico de una plancha, que se enamoraron de él y a los que les sacó lo que quiso: son nada menos que Isaac Newton y Henry More. Barth no respeta nada, y eso nos gusta mucho. Burlingame es el el arquetipo de personaje postmoderno en tanto que, igual que les pasa a los dos venerables científicos, los lectores no podemos fiarnos de él en absoluto. Nos dice de todo y no nos dice nada. Representa lo literario mismo, la magia de lo dicho pero también de lo sugerido, de todo aquello que las historias señalan sin contarlo. Burlingame sostiene, por ejemplo, que lo mejor que puede enseñar un profesor es algo sobre lo que no tenga la más mínima idea: "Elige algo que tengas un gran interés por aprender e inmediatamente proclámate erudito en la materia", le aconseja a Ebenezer. Lo valioso no es que nos explique que la barrera entre enseñar y aprender es arbitraria y se cruza todo el tiempo desde los dos lados. Eso ya lo sabemos. Burlingame dice algo más: dice que hay que mentir. El profesor que no sabe nada podría ser perfectamente el político de cualquier tendencia que nos habla de libertad de mercado o de igualdad de clases: no tiene ni idea de lo que dice, pero lo que dice sostiene completos sistemas políticos y económicos. Ese dejar ver la mentira —la arbitrariedad, mejor dicho— es lo típico postmoderno en el texto. Barth sería, si es que eso existe, un postmoderno de pura cepa.
Tengo que reconocer que a ratos me aburrí y leí en diagonal. Ha sido una buena forma de refrescar esa habilidad. Creo que la novela sería redonda de ser más corta. Me acordé de Neguijón, de Fernando Iwasaki, que comparte cierta manera de revisar los mitos del pasado desde una ironía estructural, pero imponiendo menos trabas a la lectura. De todas formas, para nada puedo decir que no me haya gustado. El humor a veces finísimo y casi siempre procaz y guarro, y sobre todo esa forma de ser un artefacto raro del que resulta difícil emitir juicios coherentes, o siquiera juicios, valen sin duda la pena. Si alguien tiene veinte horitas sueltas con las que no sabe qué hacer y quiere una experiencia potente, gamberra y algo rara que recuerda al Quijote y a Tristram Shandy pero a la vez no se parece a nada, este es su libro. Gracias por a Sexto Piso, a la Tormenta o a quien sea por el error, o sea, quiero decir, por el descubrimiento.

jueves, septiembre 26, 2013

Walden, Henry David Thoreau

Trad. Marcos Nava García. Errata Naturae, Madrid, 2013. 360 pp. 18,50 €

Pilar Adón

El 4 de julio del año 1845, coincidiendo con la celebración del Día de la Independencia estadounidense, el filósofo, escritor, agrimensor y carpintero («tengo tantos oficios como dedos») Henry David Thoreau se fue a vivir cerca del lago Walden, a una cabaña de madera que él mismo había construido. Su propósito era el de «vivir deliberadamente […] y ver si podía aprender lo que la vida tenía que enseñar, no fuera que cuando estuviera por morir descubriera que no había vivido». Pasó allí dos años y dos meses solo, con alguna visita esporádica de curiosos y amigos, escribiendo, extrayendo el máximo de los pequeños sucesos, atendiendo a los sonidos de la naturaleza, odiando el ruido que hacía el paso del ferrocarril, cuyas vías se extendían a poca distancia de su cabaña, y, sobre todo, viviendo y disfrutando de cada segundo de vida, de cada descubrimiento, de cada lectura y de su soledad. Vivió con pocas cosas, llevando a la práctica la que fuera la norma principal de su filosofía: «¡Simplicidad, simplicidad, simplicidad!», aunque siempre consciente de que su proyecto no era el de convertirse en un ermitaño aislado del mundo (él mismo declaraba que no era ese su carácter), por lo que acudía con frecuencia a la casa familiar para comer y a la ciudad para pasear y enterarse de las últimas noticias acaecidas cerca y lejos.
«Cuando escribí las páginas que siguen, o más bien la mayoría de ellas, vivía solo en los bosques, a una milla de distancia de cualquier vecino, en una casa que yo mismo había construido, a orillas de la laguna de Walden, en Concord, Massachusetts, y me ganaba la vida únicamente con el trabajo de mis manos…» Así comienza Walden, y con esa misma claridad expositiva, con ese mismo ánimo relajado pero vigoroso, continúa la propuesta que Thoreau nos plantea en su libro más célebre e influyente, que en los últimos meses ha dado pie en nuestro país a una importante sucesión de comentarios y reseñas en lo que ha venido a ser una «fiebre Thoreau» propiciada por la publicación por parte de distintas editoriales de, entre otras obras, sus diarios y su biografía en forma de novela gráfica. Una propuesta basada en la búsqueda de la verdad y la plenitud, una vida sencilla que ha de tener como fundamento la naturaleza y la contemplación de la misma, la lectura y la independencia de los modelos sociales imperantes, acompañada de una acentuada crítica al sistema económico de su época («El costo de una cosa es la cantidad de vida que hay que dar a cambio de ella»), al desarrollo industrial y al enriquecimiento a toda costa. «Disfruta de la tierra, pero no la poseas», decía Thoreau en clara alusión a su teoría de que son las cosas las que poseen a su propietario y no a la inversa.
La suya era una ciencia que requería de una práctica inminente, y el lago Walden se convirtió en la representación real y a pequeña escala, a una escala accesible para el escritor y sus lectores, de su doctrina. El lago fue el tazón en el que Thoreau dejó flotar sus ideas y, a la vez, la imagen perfecta y personal a partir de la que empezar a conocer y a teorizar. Además, Walden viene a ser la metáfora perfecta de los parajes naturales y vírgenes de todo el mundo. La adoración con que Thoreau contempla su paisaje, sus minuciosas observaciones, el máximo cuidado que pone en la descripción de las dimensiones del lago, de su extensión, su fauna, su fondo, etc., y las críticas a las posibles explotaciones de sus aguas vienen a preconizar la figura del conservacionista auténtico, reacio a consumir alimentos de origen animal porque ofenden su imaginación, que vive entre lo que ama y que lo defiende como algo que forma parte de sí mismo. Aquello de lo que proviene y a lo que está destinado.
A pesar de que muchos de sus pensamientos derivan de Emerson (no hay más que leer el emersoniano Naturaleza, que Thoreau había estudiado en Harvard, para comprobar que muchas de las ideas de este último derivan de las que ya expusiera Emerson en su famoso ensayo, como, por ejemplo, las referidas al origen del lenguaje o a la relación entre un solo día y las estaciones del año: «La noche es el invierno, la mañana y la tarde son la primavera y el otoño, el mediodía es el verano»), existe un factor esencial en Thoreau que no aparece en los escritos de su mentor. Y no se trata de su común estilo expositivo, en ambos más literario que filosófico, alejado de los formalismos y rigores académicos (Borges consideraba a Emerson uno de sus escritores de cabecera), sino de la pasión y de las dosis de franqueza y autenticidad que salpican cada línea de Walden. El fervor de Thoreau por los árboles, por los pájaros, por los hombres libres y, sobre todo, por la verdad, es un fervor descomunal, adictivo. Fascinante y cautivador. Tanto que resultó enormemente influyente en decenas de jóvenes que, atrapados años después por esa poética de la salvación, la sencillez y la autenticidad, decidieron dejarlo todo y perderse en lo salvaje, a veces con consecuencias trágicas como en el caso de Christopher McCandless, que pareció olvidar que Thoreau vivía en unas tierras que pertenecían a Emerson y que podía ir a su propia casa a comer cuantas veces quisiera.
Walden es un libro adictivo también para los amantes del subrayado: cada frase alude a un pensamiento elaborado y cada párrafo conduce a la pausa y a la reflexión. Además, esta excelente edición anotada de Errata naturae, con una magnífica traducción, invita aún más a una lectura de vocación lenta y concentrada. Leamos Walden una y otra vez. Subrayemos sus páginas y sus frases en forma de aforismos («Nunca es demasiado tarde para renunciar a nuestros prejuicios»). Revisemos lo subrayado cuantas veces creamos necesario y recordemos de dónde venimos («¿No soy en parte hojas y materia vegetal?») y a qué tipo de ideal de vida deberíamos poder aspirar.

viernes, julio 26, 2013

Sonetos, William Shakespeare

Trad.: Bernardo Santano Moreno. Acantilado, Barcelona, 2013. 321 pp. 22 €

Ariadna G. García

Pensaba Richard, el célebre personaje de La señora Dalloway, que «ninguna persona debía leer los sonetos de Shakespeare porque era como escuchar detrás de las puertas» (Virginia Woolf). El bardo inglés, siguiendo los consejos literarios de Hugo de San Víctor (siglo XII), escribió sus poemas al dictado del corazón. Como Lope de Vega —dos años mayor que él—, vertió su propia vida en sus escritos, se desnudó en sus versos, dejando en cada palabra el testimonio sincero de sus preocupaciones y alegrías. El uso de endecasílabos (pentámetros yámbicos) propiciaba dicha introspección psicológica, en la medida en que generaban un ritmo cadencioso y lento, adecuado para el delicado análisis de la intimidad. Y es que los 154 sonetos del escritor británico nos revelan no ya sólo los lugares comunes de todo autor a caballo entre el Renacimiento y el Barroco (los tópicos latinos del Tempus fugit, el Ubi sunt?, el Carpe diem, la imprecación a la diosa Fortuna –de bienes fugaces–; o los asuntos trovadorescos de la muerte por amor, el servicio amatorio y el desdén –en este caso, del amado–), sino también motivos originales que poco o nada tienen que ver con los asuntos que trataban sus contemporáneos. Así, leemos en los primeros sonetos su obsesión por permanecer en el tiempo a través de la obra («con tu arte dulce vives al pintarte» –soneto 16–) y de la descendencia. Este deseo irreprimible, angustioso, de prolongación biológica apenas tiene parangón en la historia de la literatura, aunque lo encontramos en otro gigante del drama y de la lírica: Federico García Lorca (Yerma, Así que pasen cinco años). En estos poemas encontramos algunos de los versos más amargos y potentes de Shakespeare: «sin un hijo su imagen es baldía» (7), «Será tu viuda el mundo y llorará/ la imagen que de ti se habrá perdido» (9), «Su sello en ti esculpió para que fuera/ impresor de otra copia y que no muera» (11).
Los Sonetos (1609) del bardo siguen la moda de las colecciones del siglo XVII (volvemos a Lope de Vega, que recogió sus sonetos en varios volúmenes: Rimas –1602–, Rimas sacras –1614– y Rimas humanas y divinas del licenciado Tomé de Burguillos –1634–; recordemos también las composiciones de Francisco de Quevedo: Heráclito cristiano –1613– y Canta sola a Lisi), así como de los cancioneros petrarquistas del siglo XVI (Garcilaso de la Vega, Pietro Bembo…). La diferencia formal con respecto a los sonetos de los poetas mediterráneos estriba en el esquema métrico (tipo de estrofa y distribución de la rima), que en lugar de tener dos cuartetos y dos tercetos, posee tres serventesios y un pareado (y no tres cuartetos, como dice Bernando Santano –sin duda, es una errata– en su nota preliminar).
William Shakespeare demuestra en los Sonetos que es uno de los grandes poetas líricos de su época. Su producción amorosa alcanza altas cotas de plasticidad y analiza minuciosamente los distintos estados emotivos que atraviesa un amante.
La edición que ha preparado Santano Moreno para el Acantilado presenta dos versiones de cada poema, una en prosa, literal; y otra en formato soneto de cuño italiano. Esta segunda revela un gran virtuosismo poético por parte del traductor, que es digno de aplaudir.

lunes, julio 22, 2013

El rey oso, James Oliver Curwood

Trad. Manuel Hortoneda. Ediciones Barataria. Sevilla, 2013. 192 pp. 17 €

Victoria R. Gil

Quién sabe por qué motivo mi hermana decidió pedir como regalo de su quince cumpleaños las obras completas de James Oliver Curwood que la Editorial Juventud publicó entre 1965 y 1974, y que ambas releíamos cada verano como si estuviéramos dispuestas a ingresar en la Policía Montada del Canadá en cuanto alcanzásemos la edad exigida. Y es que si algo poseen las historias de este escritor norteamericano, bisnieto de una india mohawk y sobrino del capitán Frederick Marryat, uno de los primeros autores en novelar la vida marinera, es la capacidad de hacerte sentir el más rudo de los tramperos o el mejor de los cazadores. Aunque no distingas un Mauser de un Winchester.
El cine ha recurrido a él a menudo y al menos una veintena de películas se han inspirado en sus libros, desde la más famosa, El oso, de Jean-Jacques Annaud, a otras menos conocidas, que contaron con la presencia de actores como John Wayne (El largo camino, 1934) o Rock Hudson (Vuelta a la vida, 1953), entre otros. Pero la más apasionante de sus novelas debió ser su propia vida. Periodista, explorador, aventurero, cazador arrepentido… Durante su adolescencia se escapaba de todo colegio al que se empeñaran en mandarle y sólo después de la más prolongada de sus fugas regresó al hogar familiar, en Michigan, con el dinero suficiente para costearse la universidad. Ganado a tiros, literalmente, gracias a su habilidad como cazador. De este pasado nacería, como una penitencia autoimpuesta, una tenaz defensa de la naturaleza y varias obras protagonizadas por animales. En el prólogo que escribió precisamente para El rey oso, reconoce que estos libros «constituyen, en cierto modo, una reparación que me esfuerzo en llevar a cabo, y he procurado hacerlos no solamente interesantes en grado sumo, dotándolos de romántico interés, sino que sean también tan exactos, por lo que se refiere a sus hechos, como ha sido posible. Al igual que en la vida humana, hay en la vida selvática tragedias, comedias y sentimientos; hay en ella hechos que merecen ser descritos y que son tan verídicos que no es necesario recurrir a la fantasía.».
También hay en estas historias otro objetivo evidente: humanizar a los que creemos salvajes y bestializar a quienes demasiadas veces no tienen nada de humano. Gracias a su amplio conocimiento de la naturaleza y de los animales, con los que convivió en los Grandes Lagos, primero, y en el norte de Canadá y Alaska, después, logra Curwood ese propósito desde las primeras páginas de El rey oso, que se afianzará cuando Thor, un enorme ejemplar de oso pardo, y Muskwa, un osezno sin madre, compartan una arriesgada aventura de incierto desenlace.
La novela, basada en un hecho vivido por el propio Curwood, según explica en el prefacio, se centra en la relación que establecen ambos animales cuando son perseguidos por dos cazadores a través de la Columbia Británica, en plenas Rocosas canadienses. El viaje de supervivencia es a la vez de aprendizaje para el pequeño Muskwa, quien se instruirá no sólo sobre las mejores bayas con que alimentarse, la pesca de la trucha, el cortejo y la fuente de medicamentos naturales que son los pinos, sino también sobre cómo vivir en armonía con un entorno donde la muerte se acepta como moneda de cambio únicamente para sobrevivir y nunca por simple diversión. Una lección que aprenderá también el cazador que no les da tregua.
Escrita en 1915, El rey oso fue publicada un año después con el subtítulo de A romance of the wild, una acertada definición para esta novela sobre la naturaleza, cuya lectura quizás sea más necesaria hoy que un siglo atrás, y que describe, al fin y al cabo, un auténtico romance, el que unió a James Oliver Curwood con la vida salvaje que lo convirtió en escritor.

lunes, junio 17, 2013

Mi hermana y yo, J. R. Ackerley

Trad. Andrés Barba. Sexto Piso, Barcelona, 2013, 287 pp. 23 €

Ángeles Prieto Barba

Irrita que todavía sigan existiendo estudios, congresos y hasta cónclaves para determinar características literarias diferentes según el sexo de los autores. Y no sólo porque intentamos establecer separaciones en un asunto donde la propia Naturaleza no es tajante en absoluto, sino también porque en ellos se cae en generalizaciones o tópicos ilógicos, que sólo demuestran un gran desconocimiento sobre el desarrollo y evolución de la producción literaria. Como intentar separar la literatura de acción de la literatura de sentimientos, o para los detractores de estos últimos, de mesa-camilla.
Pues bien, esta obra que comentamos sería un ejemplo excelente de esa literatura de mesa-camilla, aunque escrita por un hombre. Abiertamente gay, alegarán algunos. Pues sí, un escritor gay que aquí sin duda nos transmite una visión sesgada y muy masculina (tópicamente masculina), de su vida rodeada de mujeres: su querida perra Queenie, su anciana tía Bunny y su insoportable hermana Nancy. Y es necesario avisar de que adentrarse en estas páginas, bastante impúdicas por cierto, supondrá al lector un pequeño infierno emocional, pues el texto en sí produce bochorno ajeno, ganas de liarse a bofetadas con la hermana o cerrar el libro para siempre, acciones que no realizaremos porque Ackerley además, es un seductor impresionante, hasta el punto de seguir leyéndole tan sólo por averiguar cómo termina arreglándose con ellas, verdugos y víctimas a su vez del escritor que las retrata de forma tan implacable.
Debemos tener presente en todo momento de que en este libro no nos encontramos ante el diario completo, preparado y dado a imprenta por su autor, sino ante una selección del mismo, realizada póstumamente por su amigo Francis King y centrada en torno a un episodio dramático, como será el intento de suicidio de Nancy, la hermana. Y de que, antes de abordarlo, sería muy conveniente disponer de algunos datos básicos sobre la vida, obra y milagros de este escritor, posiblemente uno de los mejores diaristas de todos los tiempos por su descarnada honestidad, su estilo y sus circunstancias familiares.
Para presentar a Ackerley (1896-1967), hijo de un adinerado empresario, británico y bananero, nada mejor que sus propias palabras en el inicio de Mi padre y yo, su obra más conseguida: «Yo nací en 1896 y mis padres se casaron en 1919» Un buen principio para una historia familiar nada convencional en la época en que se desarrolla, esa sociedad británica, rígida y victoriana, enfrentada a un siglo XX inaudito, que Ackerley estrena con un padre mujeriego y hasta bígamo, muy capaz de mantener perfectamente a dos familias sin que nadie se enterara hasta su muerte. Y a quien Joe (Joseph) culpará de buena parte de sus males posteriores, aunque también sea la persona a la que debió su buena posición económica y sus estudios en Cambridge. Amigo íntimo de Forster, descubridor de grandes escritores como W. H. Auden, Christopher Isherwood o Philip Larkin, consiguió mantenerse durante veinte años como editor literario de la revista de la BBC, “The listener”, a la vez que disfrutó de una vida sexual intermitente, intensa, onerosa y tormentosa con marineros y obreros, prácticamente analfabetos.
Y en esas circunstancias tan especiales, Ackerley en la recta final de su vida, recogió a las tres mujeres mencionadas, manteniéndolas económicamente aunque todos sus afectos se centraron en una sola: la perra Queenie, protagonista asimismo de este libro, a la que quiso Joe sin medida, como bien se refleja en otro de sus libros, Mi perra Tulip y yo.
Volviendo a Mi hermana y yo, y para animar a un lector curtido y no convencional, muy alejado del que sólo busca emociones en la trama, puedo asegurar que en este libro nos encontraremos al final con un sentimiento inesperado: la compasión que nos hace más sabios. Como asimismo constatar cuánta grandeza podemos encontrar en esa literatura de mesa-camilla denostada, tan alejada de las imposiciones frívolas y consumistas del mercado.

martes, mayo 14, 2013

La saga del sagú de Slattery, Flann O’Brien

Trad. Antonio Rivero Taravillo. Nórdica, Madrid, 2013. 96 pp. 12,50 €

María José Montesinos

Flann O’Brien, seudónimo de Brian O’Nolan, también conocido como Myles na Gopaleen y que firmó igualmente como Cruiskeen Lawn, es para algunos el más grande escritor irlandés después de James Joyce, quien leía sus novelas con lupa. Casi ciego como estaba, el autor de Ulises no quiso perderse El tercer policía, probablemente la mejor de las obras de O’Brien (y cuyo sofisticado ingenio creativo confesaron haber copiado los guionistas de la serie ‘Lost’) y siempre recalcó la admiración que sus libros le producían. El ingenio y la maestría en el uso del lenguaje, así como su profunda ironía son las principales características de este dublinés que, como trabajador del Estado, utilizó numerosos seudónimos para publicar sus novelas o sus colaboraciones periodísticas, conocidas por su causticidad.
En toda su obra, pero sobre todo en esta de La saga del sagú de Slattery, O’Brien me recuerda a otro ilustre irlandés, Jonathan Swift, por su humor y el atrevimiento humorístico. El clérigo Swift publicó, durante el enfrentamiento entre campesinos y los terratenientes por los usureros alquileres sobre las tierras que estos imponían a aquellos, un opúsculo (‘Una modesta proposición para impedir que los hijos de los pobres de Irlanda sean una carga para sus padres o para el país’) en el que sugería que los campesinos dieran sus hijos a los propietarios para que se los comieran y así los padres no sufrían por no poder alimentarlos. Este arranque de humor negro, y de denuncia social, se me viene a la cabeza cuando en La saga del sagú de Slattery la mesiánica Crawford MacPherson llega, desde Estados Unidos, a los lares del potentado Ned Hoolihan (un apellido tan parecido a ‘hooligan’) con una misión trascendental: sustituir la patata (“el cultivo de los gandules”) por el sagú, una planta oriental, fecunda y muy saciante. El objetivo: evitar que el hambre y la pobreza lleven más irlandeses a América. La señora MacPherson da buenas razones para ello: más de un millón de esos “pícaros” irlandeses escaparon a Estados Unidos durante las hambrunas del XIX y a punto estuvieron “de arruinar América. Crecieron y se multiplicaron e infestaron todo el continente, empapándolo de crimen, alcoholismo, licor ilegal, atracos a bancos, asesinatos, prostitución, sífilis, políticas poco limpias y el catolicismo romano”.
Hoolihan da todo su apoyo a estos planes (al punto de encontrarse incluso sospechosamente casado con la extravagante MacPherson) porque anteriores proyectos suyos de vender a los campesinos unas semillas manipuladas por él genéticamente no fueron nada bien acogidas por ellos. El debate transgénico es uno de los modernos argumentos que encontramos en este libro, en el que también se habla de los la instalación de casinos como muestra de progreso. Gracias a esta iniciativa conoceremos a otro personaje extravagante: el honorable doctor Eustace Baggeley, quien anda preparando su mansión para esta industria del ocio. El médico vive entregado al refinamiento y a las drogas, que no duda en prescribir y administrar a sus asalariados, y la perspectiva de un casino le parece que añadirá grandes alicientes a su vida, además de incrementar su fortuna. Contra todo pronóstico, hace buena migas con la señora MacPherson que incluso, con gran remango y sagacidad cual precuela de Jessica Fletcher, encuentra a un operario desaparecido, librándolo de una muerte cruel causada por el descuido, la borrachera y el trabajo, que siempre han sido males muy graves. Las escenas jocosas se suceden en este libro, además de reflexiones sobre las especies invasoras, la globalización… y muchos otros asuntos ‘modernos’ que aparecen esbozados en este libro aunque, lamentablemente, O’Brien murió en 1966, antes de poder acabarlo. Sin embargo, el mejor O’Brien está presente en cada párrafo y sus devotos agradecemos mucho a la editorial Nórdica poder disfrutar de él.

miércoles, abril 17, 2013

Como amigo, Forrest Gander

Trad. Pura López-Colomé. Sexto Piso, Barcelona, 2013. 135 pp. 16 €

Mario S. Arsenal

Hay veces que la literatura opera negativamente huyendo de la amabilidad que se le supone y actuando de manera opuesta estéticamente a los cánones tradicionales. En cierto modo, así crece la literatura en el tiempo. Este no es ni mucho menos el primer caso, pero Forrest Gander (1956), claro ejemplo de poeta en la sombra en los circuitos europeos y –sin equivocarnos demasiado– desconocido casi por completo en lengua española, se ha ganado los elogios nada desdeñables por parte de sus compañeros de profesión. Amén de encontrarse en el candelero editorial por ser finalista del pasado Premio Pulitzer de 2012, este autor es un perfecto adalid de ese tipo de escritores a los que se les valora por su originalidad (se me vienen a la mente nombres como Faulkner o Pynchon) y entre los que se degusta un amor por la vida literalmente integral. Valgan las palabras que el mismísimo John Ashbery le dedica a propósito de su poemario Libreto para Eros (Amargord, 2010): que es uno de los más fascinantes libros de poesía que había visto en mucho tiempo. Que el autor de Autorretrato en un espejo convexo (Visor, 1990) despliegue estos elogios hacia Gander, un escritor desconocido, debería chocarnos a priori. Claro que nuestra estupefacción se desvanece igualmente nada más adentrarnos en su prosa.
Este peculiar personaje, nacido en el Desierto Mojave, parlante de un español roto del que se congratula y devoto de Antonioni, nos relata una intensa y demoledora historia en Como amigo (Sexto Piso, 2013). Nos sitúa en un marco inusual que arranca con el nacimiento de Les, su peculiar protagonista, a través de un parto difícil y angustioso, a trompicones, teñido por el dolor y el sufrimiento. Partiendo de la crudeza de este momento tan crucial en la vida de cualquier ser humano, Gander tiene la virtud de hilvanar belleza y fealdad a un mismo tiempo, y sin por ello desarmonizar el conjunto. Nuestro protagonista es un niño marcado por lo fenoménico que se vanagloria de eclipsar por entero la vida de sus más allegados, creando así una red emocional de vínculos complejos con los que genera distintas situaciones, en ocasiones violentas y desagradables. La manera de estructurar la narración es un acierto de Gander, el cual nos arroja, a través de las diferentes voces, por recovecos que de otro modo son imposibles de percibir. Llegado a este punto, posiblemente yo no he tenido una sensación tan similarmente desgarradora como cuando leí por primera vez La balada del café triste de Carson McCullers (Anagrama, 2001). En este caso Sexto Piso se atreve a publicar de nuevo, en una genial locura, una obra arriesgada desafiando los cánones establecidos por el gran público: encomiable labor. Porque quizás lo más poderoso de la novela no sea otra cosa que el deliberado afán del autor por sumergirse en las contradicciones de la condición humana, en esas obsesiones que se tragan la realidad para dar esperanza, pero que al final del camino y por su propia naturaleza, al no poder nosotros asimilar la confusión, se convierten en ingredientes amargos y a la vez especiales.
Les posee una cultura elevada, ha leído a los grandes autores, habla con orgullo de sus héroes; menciona a Poussin; cita a François Villon, Gide o Camus con soltura; escucha obsesivamente a Charlie Parker o Miles Davis: se sabe cultivado. Pero de nada le sirven a Gander estos datos como para desarrollar la que sería una novela complaciente, antes bien, ellos son el apunte disuasorio del relato, en ellos coloca el autor la contradicción y acaba de un plumazo con la máxima platónica de la bondad del arte. Aquí está lo magistral: quiebra la tradicional estética positiva para abrigar un nuevo orden de cosas encarnado en el caos. Forrest Gander se ha ganado de este modo un pedestal en la que es la escena experimental norteamericana, equiparándose a nombres tan ignotos como singulares.
Este libro escrito con una inspiración indiscutible, se detiene en la dualidad de la vida como pocos han conseguido hasta el momento, hablando sin cortapisas de los escondrijos más oscuros del alma humana; de la aniquilación devastadora de los tópicos; de las capacidades benefactoras del arte; de nuestra incapacidad por entender el devenir del mundo; de la libertad que sólo las vidas apresadas pueden conocer; del alcance del amor más allá del cuerpo; de cómo el castillo de naipes no debe desmoronarse tras la muerte; de lo fatídico en ocasiones del recuerdo; de los límites de la amistad; del carácter de las ideas; de la magia de la cultura.
Su amante, acaso quizás el personaje que más profundiza en Les, se detiene ante su recuerdo y rememora una cita de Raleigh que dice: “El verdadero amor es un fuego perdurable en el pensamiento”. Este libro habrá de perdurar en la memoria de sus lectores del mismo modo.