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jueves, enero 22, 2015

La cata, Roald Dahl

Trad. Iñigo Jáuregui. Ilust. Iban Barrenetxea. Nórdica, Madrid, 2014. 80 pp. 19,50 €

Care Santos

Aunque no descubra nada, lo diré: Roald Dahl es un fuera de serie. Uno de esos escritores que jamás decepciona, que consuela, reconcilia, hace feliz. Da igual de qué traten sus relatos, en ellos siempre hay algo interesante que merece ser sabido y un modo excelente de decirlo. Sus cuentos avanzan hacia un final con vuelta de tuerca que nunca es excesivo, y que siempre coloca las cosas -y a las personas- en el lugar exacto donde deben estar. Hay en su literatura, en toda ella, desde la infantil hasta los relatos autobiográficos, una idea de justicia subyacente, un mundo en equilibrio. Los malos lo son sin explicaciones, como en la vida misma. Los buenos juegan con la ventaja de su candidez. Da gusto volver a Dahl, por mucho que lo hayamos frecuentado antes.
La cata -Taste, en su versión original- cuenta una cena entre seis personas. El anfitrión es inglés y el escenario, una casa londinense. Entre los invitados se sienta un famoso gastrónomo, experto en vinos raros. El anfitrión es un sibarita de pacotilla, más bocazas que entendedor, deseoso de impresionar a su importante huésped. Las mujeres actúan como meras comparsas, en realidad esto no es una cena: es un duelo, una pelea de machos. Luego tenemos al narrador, discreto, en segundo plano. Un narrador-testigo, que cuenta en tercera persona, sin énfasis, sin implicación emocional, casi se diría que da fe. Típico de Dahl: mostrar con crudeza pero sin detenerse en juicios morales. No le hace falta: en tres frases ha logrado describir a la perfección a un personaje para que sepamos cómo hay que tratarle. Pratt, el gastrónomo, por ejemplo, no fuma por no estropearse el paladar y habla de los vinos como si fueran personas. ¿Qué más hay que decir? El anfitrión, en cambio, Schofield, parece avergonzarse "de haber ganado tanto dinero con tan poco talento". Habla sin parar. Es pedante, odioso, aunque nadie nos lo diga.
Una vez presentados los personajes, comienza el combate. Dahl es un autor muy teatral, aunque -que yo sepa- nunca escribió teatro. Este cuento podría convertirse en una pieza breve representable y sospecho que funcionaría de maravilla. Como ocurre en las piezas dramáticas, el diálogo es en realidad la trama misma: los dos duelistas sentados a la mesa se enzarzan en una discusión que da pie a una apuesta. Una apuesta descabellada, osada, inmoral, muy dahliana. Porque el autor siempre lleva a sus personajes un paso más allá de lo permitido. Y hecha la apuesta, claro, sólo cabe ver en qué acaba. A eso dedica unas cuantas páginas más. Páginas de diálogos fascinantes, que avanzan con una naturalidad que nos permite imaginarnos sentados a esa misma mesa, con los tres matrimonios británicos. Porque aquí, nótese, todo es muy pero que muy británico.
Los lectores de Dahl, incluso los lectores que ya conocíamos este cuento (titulado Gastrónomos en la edición de sus cuentos completos de Alfaguara), esperamos con ansia sus finales. La sorpresa que siempre llega, como si el autor esperara ese contrapunto, ese acto de justicia, esa frase que lo descabeza todo, para decidir que la historia ha terminado. Aquí llega también, servida por el único personaje de quien nada esperábamos, y es un final demoledor. Es decir, de los que consuelan, permiten firman un armisticio con el mundo y hace feliz. Si no han leído a Dahl, háganlo. Debería ser obligatorio. En todas las mesitas de noche de los hoteles debería haber un libro suyo. Y lo mismo en las cárceles, en los hospitales, en las salas de espera, en las oficinas de hacienda, en los bolsillos delanteros de los aviones.
Pero esta edición es una magnífica noticia también para los muy lectores de Roald Dahl. Es una edición exquisita, ilustrada, uno de esos libros del que uno no quiere desprenderse, que enseña a los amigos de buen gusto. Iban Barretxea ha captado a la perfección el espíritu del relato. Sus ilustraciones enfatizan el aspecto teatral y presentan la cena como un escenario a la italiana, en el que vemos evolucionar a los personajes. La acción parece mínima a simple vista, aunque el lector sabe que no es así. Las escenas, deliciosamente detallistas, acompañan al texto con exquisita perfección, mostrando el más difícil todavía de las emociones de los diferentes personajes. Añaden el paso del tiempo -ausente en el cuento- y presentan el brutal contraste entre el dramatismo de la situación y el muy burgués escenario. Son tan magníficas, tan sutiles -el detalle de mostrar al narrador de espaldas, por ejemplo-, que me atrevo a afirmar que el lector pasará más tiempo mirando las ilustraciones que leyendo el cuento de Dahl. Y hará bien, porque son ilustraciones muy poco comunes. Logran lo que no parecía posible: mejorar el cuento.

lunes, marzo 25, 2013

Te prometo un imperio, Juan Vilches

Plaza y Janés, Barcelona, 2013. 576 pp, 19,90 €

Ángeles Prieto Barba

Hace unos años contemplé cómo en el documental Edward sobre Edward (1996), el actual príncipe Eduardo de Inglaterra, hijo menor de la reina Isabel II, tras desclasificar algunos documentos e imágenes de archivo, proclamó en él la total inocencia de su tío abuelo ante las insistentes sospechas de un posible pacto con Hitler, para firmar un armisticio y volver a ocupar el trono. Me resultó extraño contemplar cómo salía a la palestra por primera vez un miembro de esta familia tan distante para defender a otro, y me empecé a preguntar hasta qué punto podemos aceptar la imagen negra de Wallis Simpson (“serpiente del Potomac” para la reina madre Isabel, aquella rechoncha abuelita sonriente de nuestros recuerdos, o directamente “La Puta” según Winston Churchill), frente a la leyenda blanca y amorosa de Eduardo VIII. Complicado. Quizá porque los personajes con sangre real (y no señalo) nunca se enteran de nada, ni hacen jamás nada malo.
En cualquier caso, Juan Vilches compone esta entretenidísima novela con una percepción psicológica y un olfato histórico extraordinario, situándola precisamente en un momento y lugar clave, a la hora de determinar las intenciones y suerte final de la pareja: su estancia en el hotel Ritz de Madrid entre el 20 de junio y el 3 de julio de 1940. Dado que acogerse bajo la férula y control del Caudillo español, en esos días especialmente críticos para la suerte de los aliados en la Segunda Guerra Mundial y con Serrano Suñer (adalid de la política pronazi) en la cúspide del poder, no parece, ni parecerá nunca un gesto casual e inocente.
No lo fue. Pues Edward (David en la intimidad) y Wallis, nunca ocultaron su admiración por la Alemania de Hitler, su íntima relación con los Mosley, ni sus afanes constantes de popularidad, títulos, gloria y fortuna infinita de los que se vieron privados tras la obligada abdicación. Pero es que además, consiguieron destrozar su idílica imagen de enamorados por encima del poder con esa vida plena de frivolidades y gastos suntuosos, mientras la población civil británica sufría los estragos de la guerra, asunto que les pasó irremediablemente factura. La novela reproduce además el contenido de un famoso informe elaborado sobre Wallis, previo a la renuncia al trono de Eduardo, con revelaciones que hubieran determinado la imposibilidad de que en esa época precisa hubiera podido ser coronada como Reina (infertilidad tras aborto clandestino, posibles labores de espionaje).
Compone así Vilches un más que brillante estudio sobre estos dos personajes principales, donde logran moverse con idéntica verosimilitud otros, como el ministro Beigbeder, Francisco Franco o un más que conseguido Ramón Serrano Suñer, ya citado. En una novela donde una doble trama, brillantemente urdida, reina mucho más que Wallis y nos mantiene absortos en ella hasta el final, con el hábil recurso de componer esta obra mediante capítulos cortos e impactantes. Sólo un lunar puedo señalar en su redacción y es la utilización de lugares comunes muy trillados y perfectamente prescindibles (listo como el hambre, astuto como un zorro) para el desarrollo de la trama. Defecto que podrá subsanar en un futuro y que no impedirá el éxito y venta masiva que, pese a la crisis económica, espero que consiga esta novela, prometedora de otras propuestas inteligentes que su autor debe seguir suministrándonos. Yo ya me he comprado su anterior novela y espero seguir leyendo próximas entregas sin dudarlo.

martes, diciembre 11, 2012

Los misterios de los números, Marcus du Sautoy

Trad. Eugenio Jesús Gómez Ayala. Acantilado, Barcelona, 2012. 368 pp. 26 €

Fernando Sánchez Calvo

De cómo algunas cigarras utilizan los números primos para no coincidir con sus depredadores. De por qué hay una sinfonía de sonidos ilimitados que (si queremos) nunca repetirá una secuencia. De cómo contaban los babilonios hasta sesenta tan sólo con las dos manos. De por qué los números en la milenaria China tenían sexo masculino o femenino. De qué le pasó a Eratóstenes por la cabeza para ser el primero que intentara en encontrar todos los números primos habidos y por haber. De cómo la naturaleza (perezosa por naturaleza) siempre tiende a manifestar su belleza en forma de esfera. De la triste historia de aquel padre de familia que, obsesionado con un 7 que llevaba sin salir más de dos años en la primitiva italiana, apostó toda su fortuna a aquel número sin saber que cualquier combinación, una vez devueltas las bolitas al bombo de la suerte, vuelve a ser tan probable como cualquier otra combinación. Del rey que perdió toda su fortuna por doblar un grano de arroz en la segunda casilla del ajedrez. De cómo el 0 ni fue importante ni fue hasta que los árabes, por medio de los indios, descubrieron que resolvía y facilitaba mucho las operaciones matemáticas y, por lo tanto, la vida.
Son algunos ejemplos de lo que nos podemos encontrar en esta edición que, publicada a partir del famoso programa de la televisión británica, Eugenio Jesús Gómez de Ayala traduce al español para la editorial Acantilado. Dividido en cinco partes (más amenas a mi entender las dos primeras, cuyos protagonistas son los números primos y la geometría) el gran acierto del libro y autor es llevar de manera práctica y divertida a la vida real conceptos matemáticos que suelen ser bastante arduos para el público general. ¿El tipo de víctima al que va dirigido, pues?: intuyo que curiosos, fans del picoteo libresco o lectores que, lejos de la especialización temática, tratan con el mismo respeto la poesía completa de Szymborska como este libro de obvio carácter divulgativo. Supongo que para cualquier profesor de matemáticas las historias o casos contados aquí serán más que manidos, pero es de agradecer que, de vez en cuando, algo así salga al mercado para refrescar la memoria a los que no jugamos con los números desde el Bachillerato. Además, la interacción y los vínculos con Internet, donde uno puede descargar juegos basados en los diversos capítulos que componen, en palabras del autor, esta odisea de las matemáticas en la vida cotidiana, completan esa función pedagógica vital en disciplinas tradicionalmente tan temidas por los alumnos y por los que alguna vez fueron alumnos.
Al fin y al cabo, no todo va a ser alta literatura.

jueves, abril 26, 2012

Relatos, Henry James

Varios traductores. De Bolsillo Clásica, Barcelona, 2012. 695 pp. 11,95 €

María Dolors García Pastor

Algunos autores resultan imprescindibles. Ese es el caso de Henry James, una de las grandes figuras de la literatura transatlántica de todos los tiempos, uno de los grandes maestros de la ficción moderna, renovador en el arte de escribir de finales del siglo XIX. Para aquellos que lo han disfrutado en su faceta de novelista se hace necesario, también, conocerle como cuentista. Siempre he creído que a cualquier autor se le aprecian nuevos matices y se intima con él de otra manera en las distancias cortas, o lo que es lo mismo, leyendo sus relatos. Es en ellos cuando se le pone más a prueba o, parafraseando aquel anuncio publicitario, en las distancias cortas es donde un escritor se la juega. Aunque en el caso concreto de James a veces no tenemos demasiado claro si lo que leemos es una novela breve o un relato largo.
Once son las piezas que componen este volumen y fueron concebidas entre 1883 y 1920. Se trata de historias que se articulan sobre cuatro ejes: En sociedad, Entre artistas, Entre muertos y En la desolación. En sociedad recrea contextos sociales de clase alta, burguesa o aristocrática, apoyándose en la tradición naturalista-realista; en mi caso, consigue traerme a la memoria las obras de Jane Austen. Los textos que se agrupan bajo el epígrafe "Entre artistas", nos sitúan también en ese mismo contexto social, y podría decirse que constituyen un subgénero en el que se hace especial hincapié en la vida de esos profesionales con los que James tiene tanto en común. En los relatos de "Entre muertos" se sumerge en una temática en la que cosechó gran éxito con su novela breve (o relato largo) Otra vuelta de tuerca. Acaba con "En la desolación", considerado por algunos un relato fuera de todo género. De entrada y a simple vista observamos muchas temáticas recurrentes en su obra como cuentista que se hacen extensivas a su faceta de escritor de novelas. El drama interno, la alienación, las contraposiciones entre el Viejo y el Nuevo Mundo o el contraste entre la experiencia corruptora y la inocencia son algunas de ellas. El hecho de ser un americano en la vieja Europa dejó una importante impronta en su obra. James fue un autor que comenzó siendo realista pero que, como puede verse en sus relatos de fantasmas, también se dejó llevar por su lado más oscuro.
Además de su evidente dominio del lenguaje, James es un maestro a la hora de realizar análisis psicológicos de unos personajes que brillan por su profundidad. La detallada descripción que acostumbra a hacer de sus vidas interiores permite que sea considerado por muchos como un precursor del monólogo interior. También se luce cuando recrea y nos regala pasajes enormemente descriptivos. Y no podemos pasar por alto su discreto pero recurrente sentido del humor. A lo largo de estos relatos podemos apreciar el cambio que sufrió su estilo literario. Cuentan que debido a una dolencia en su mano derecha, lo que él llamó “calambre de escritor”, James tuvo que recurrir a la ayuda de una mecanógrafa. Hay quienes opinan que el hecho de dictar en voz alta, de manera coloquial, hizo que su estilo pasara a ser más láguido y prosaico, con frases más largas, que hacen que el ritmo de la escritura sea más lento, lejos de su estilo inicial mucho más sencillo y dinámico. El uso de oraciones largas y su prosa, que en ocasiones se torna barroca, hacen que leerle se vuelva a veces un poco complicado, que por momentos uno se pierda en la lectura. Pero es inevitable regresar.
Esta recopilación no solo reúne la mejor selección de relatos del autor sino también algunas de las mejores traducciones que se han hecho de ellos al castellano. Publicado por primera vez en 2001, hace más de diez años, vuelve para convertirse en un volúmen imprescidible para los seguidores de Henry James y para los amantes de la buena literatura en general.

jueves, abril 05, 2012

El muñeco, Daphne du Maurier

Trad. Marian Womack. Fábulas de Albión, Madrid 2011. 288 pp. 20 €

Victoria R. Gil

Para quien disfrute con el escalofrío que esconden las obras de Daphne du Maurier, y de forma muy especial sus relatos, la decisión de Fábulas de Albión o, lo que es lo mismo, Nevsky Prospects, de publicar en castellano los cuentos inéditos de la autora inglesa es una de las mejores noticias literarias de los últimos tiempos. Con el mismo buen gusto con que James y Marian Womack editan sus pequeñas joyas de la narrativa rusa en Nevsky, la rama británica de esta familia editorial se ha estrenado con El muñeco, una historia de juventud que nunca vio la luz y que fue descubierta hace sólo un par de años por una librera del pueblo en el que residió la famosa escritora.
Se aprecian en éste y en los otros relatos que integran este volumen la incipiente pluma de la Du Maurier y el efecto del tiempo transcurrido desde que se escribieron, lo que les proporciona una cierta ingenuidad. Pero eso no impide que también lleven dentro el embrión de lo que será el personal estilo de su autora: el análisis psicológico de los personajes, la narración demorada y minuciosa, y la creación de oscuros ambientes donde las emociones fluyen soterradas y nada consigue calmar los anhelos más secretos.
En este libro de cuentos disfrutamos ya de la habilidad de Daphne du Maurier para encontrar el horror en lo que en un primer momento se nos antoja trivial y cotidiano. Nadie que haya leído Los pájaros (o visto la versión cinematográfica que rodó Alfred Hitchcock) ha vuelto a mirar del mismo modo el aparentemente inofensivo aletear de un ave a su alrededor; ni un vaporetto que surja de las brumas de un canal de Venecia podrá dejar de estremecernos si nos hemos adentrado en las páginas de No mires ahora, otro de sus cuentos llevados al cine, en este caso por Nicolas Roeg (Don't Look Now, 1973).
Asegura la escritora Pilar Adón en el interesante prólogo a esta edición, que «con una manifiesta habilidad para retorcer los argumentos y llevarlos hasta las más altas cotas de lo grotesco, Du Maurier mezcla en sus historias los ambientes más aristocráticos y selectos con lo más bajo lo más sórdido; el comportamiento más puritano enfrentado al más sensual; las almas castas combatiendo a las pecaminosas. (…) Y es que ningún personaje de Daphne du Maurier se libra de las sombras (…) y en todas sus tramas, adopten éstas la forma que adopten, sean exitosas novelas u oscuros relatos, las cosas nunca son lo que parecen».
Aunque los trece cuentos reunidos para esta ocasión por el matrimonio Womack dejan su poso de malestar y zozobra, el relato que da título al conjunto no sólo es el mejor, sino que libera una compleja carga difícil de soslayar: sexualmente provocador y ambiguo, describe un amor obsesivo en medio de un triángulo morboso que nos perturba más por lo que intuimos que por lo que nos cuenta. Los seguidores de la autora británica disfrutarán, además, al descubrir que el personaje central de esta historia se llama Rebeca y es tan bella y seductora como la enigmática mujer que diez años más tarde daría fama mundial a su creadora.
Quizás las sombras que pueblan novelas como La posada de Jamaica, Mi prima Raquel o Rebeca, por citar sólo las más famosas, sean las mismas en las que vivió la propia autora, de quien se ha dicho que podría haber mantenido una relación incestuosa con su padre, el prestigioso actor Gerald du Maurier; que la amante de su marido sirvió de inspiración para crear el personaje que la hizo famosa, Rebeca de Winters, y que ella misma habría mantenido una relación extra marital con la actriz Gertrude Lawrence, ex amante de su padre, y a quien convertiría en protagonista de su novela más original y sorprendente: Dios salve a Inglaterra, con una Gran Bretaña invadida por el ejército de los Estados Unidos.
A la luz de su obra, Daphne du Maurier nos resulta de pronto muy semejante a esas mujeres que encandilaban a Hitchcock (el director que mejor supo traducir a imágenes sus inquietantes historias), rígidas y educadas en su impecable exterior, pero dueñas de un perverso y turbio interior. Y en ambos, cineasta y escritora, encontramos igual interés por revelarnos el fondo más siniestro de la normalidad. Ese que nos fascina con la misma intensidad con que nos asusta.

lunes, enero 30, 2012

Londres para niños, Jindra Çapek

Trad. Mª Teresa Ruiz Camacho / Katja Wirth. Nórdica, Madrid, 2011. 32 desplegables. 11,50 €

Ángeles Prieto

Me resulta muy grato reseñar, por primera vez, un libro infantil con su correspondiente toque de magia. Porque ese es precisamente el placentero resultado que obtendremos tras disfrutar de Londres para niños, una joyita ilustrada perteneciente a la colección “Soñando ciudades”, que la editorial Nórdica ha tenido el buen gusto de editar y distribuirlos.
Magia que reside en sus fantásticos dibujos, empezando por la propia portada y en todas y cada de sus páginas que, además, son todas despegables, para solaz del niño que lo reciba. Así, en este libro nos encontraremos, lógicamente de forma sintética y con un lenguaje adaptado a críos de 8 a 12 años, plano, historia, cultura y costumbres de los principales lugares londinenses, los más característicos: Piccadilly Circus, Trafalgar Square y su Nacional Gallery, la catedral de St. Paul, Buckingham Palace, Westminster y su Big Ben, la Torre de Londres y su puente.
Es sólo que aparecen también lugares menos emblemáticos, pero mucho más interesantes para nosotros en nuestro afán educativo, como es la Tate Modern. Un fantástico lugar, ideal para que iniciemos a nuestros hijos en la comprensión y disfrute del arte contemporáneo. O la Battersea Power Station, una enorme central térmica hecha de ladrillos para que les podamos explicar la importante cuestión de la revolución industrial y su posterior desarrollo, a la que sin duda debemos nuestro actual nivel de progreso técnico.
Pero además, como los buenos libros de viaje, esta guía aunque breve procura ser lo más completa posible, y es impagable la página final donde incluye información sobre los principales museos (imprescindible visita al de Historia Natural) y los lugares de diversión y entretenimiento, incluso poco destacados en los principales manuales para adultos, como el Pollock’s Toy, con juguetes, marionetas y teatros en papel para aquellas, donde los niños podrán disfrutar de lo lindo. Los parques, el zoo y el Acuario completarán esta guía, con el fantástico consejo de cómo evitarles los establecimientos de comida rápida en otros sitios más sanos, y con decoración especial para ellos.
En definitiva, un libro pequeño, precioso, sintético, donde los niños son tratados como adultos a la hora de emprender (y aprender) la aventura de viajar, sacándole partido a todo cuanto nos encontremos. Una buena opción, esta cuidada y encantadora colección, para iniciarlos en algo que después realizarán el resto de su vida sin nosotros, por lo que animo a los lectores de esta reseña a conocerlos. Y a adquirir esta guía concretamente en el caso de que decidan viajar, con niños, a la increíble Londres.

miércoles, septiembre 14, 2011

El ocupante, Sarah Waters

Trad. Jaime Zulaika. Anagrama, Barcelona, 2011. 536 pp. 23,50 €

Ariadna G. García

Sarah Waters es, sin duda, uno de los grandes genios de la literatura británica de los últimos tiempos. Aclamada por la prensa internacional desde su primer libro (El lustre de la perla, 1998), ha ido creando una obra crítica y testimonial tanto de la sociedad victoriana, como de la Inglaterra que vivió y padeció las consecuencias de la Segunda Guerra Mundial. Sus personajes ven la realidad desde la frustración civil y la afectiva, desde la ambigüedad y el caos de un mundo siempre en movimiento. Ni siquiera ellos mismos son lo que parecen, se van transformando hasta encontrarse o perderse. Quizás por eso, porque Waters susurra sus historias (hermosas, desgarradas) a nuestros deseos más ocultos, a la máscara que llevamos para vivir en comunidad, sus novelas arrasan en las listas de ventas. Sus argumentos sólidos, sus tramas bien urdidas, las sórdidas y complejas redes sentimentales que atrapan y, en ocasiones. asfixian a sus personajes, han cautivado, además, a los productores de la BBC, que han llevado a la pequeña pantalla casi todos sus libros. Afinidad (1999) fue adaptada al cine en 2008.
El ocupante, como su predecesora (Ronda nocturna, 2006), está ambientada en la Inglaterra de 1947, es decir, en el año que marca el fin del imperialismo británico, con la independencia de la India. Estamos en la época del declive nobiliario, del auge del laborismo y de la clase obrera. En cierto sentido, la obra recuerda a Los restos del día (Kazuo Ishiguro, 1989). En ambas, un narrador en primera persona nos describe el deterioro de una mansión victoriana, y en contraste, gracias a la memoria individual y colectiva, relata su antiguo el esplendor en los Felices Años 20. Darlington Hall y Hundreds Hall comparten, pues, un mismo significado: son símbolos imperiales y de decadencia.
Hasta aquí, el libro de Waters podría pasar por una novela histórica. Pero El ocupante es mucho más que eso.
La obra gira en torno a la familia Ayres, compuesta por la Señora Ayres, apesadumbrada por la muerte de su primera hija; Roderick, su primogénito, veterano de la Royal Air Force; y Caroline, antigua enfermera de la Royal Navy, en edad de buscar esposo. El narrador, el doctor Faraday, de origen humilde (su madre fue sirvienta de la casa) acude a Hundreds Hall para curar las dolencias de Betty, la criada de hogar, aunque con el pretexto de sanar la rodilla maltrecha del joven hacendado, poco a poco se convertirá en un asiduo de la mansión.
Pero a su alrededor, entre las paredes, detrás de los objetos cotidianos, y en el techo, parece que habitase otra presencia. Los golpes, los ruidos, las extrañas marcas que se empiezan a ver, y el progresivo trastorno mental de cada miembro de la familia, inducen a pensarlo. De manera que pronto, contienden en el libro dos actitudes para resolver el misterio: una científica (avalada por Faraday) y otra supersticiosa (sostenida por Betty).
Escrita con un estilo elegante, minucioso y detallista, la obra revela la maestría de Sarah Waters para construir escenas y para desarrollar la psicología de sus personajes. Éstos, a su vez, se explican a sí mimos y a su momento histórico. A través de ellos vamos siendo testigos de los cambios que introdujo en el país el Partido Laborista, tras su triunfo en las elecciones de 1945: la creación de un servicio nacional de salud pública, y la implantación de la Seguridad Social, entre otros. También asistimos con ellos a la crisis financiera del Estado. La obra finaliza en 1948, año de los Juegos de Londres, que pasaron a la historia del movimiento olímpico con el sobrenombre de Juegos de la Austeridad. Y no era para menos, los atletas, a falta de otro sitio, dormían en los antiguos barracones militares.
Quien no haya leído El ocupante, está de enhorabuena. Se va a enfrentar a la lectura de unas 530 páginas terroríficas, enigmáticas y extremadamente manipuladoras. Una delicia para los amantes de la buena literatura.

viernes, julio 22, 2011

Trilogía de Alejandro Magno: Fuego del Paraíso, El muchacho persa, Juegos funerarios, Mary Renault

Trad. Miguel Ángel Salas, María Antonia Menini y Rafael Urbino. Edhasa, arcelona, 2011. 576, 576 y 384 pp. 80 €

Julián Díez

No tengo suficientes conocimientos sobre la evolución de la novela histórica para saber si el tipo de perfil que realiza Mary Renault de Alejandro Magno responde a una técnica convencional. Para mí, que leí por primera vez Fuego del paraíso hace ya un par de décadas, Renault me aparece como pionera en esta idea de reflejar a un personaje con una mirada lateral; no a través de su retrato directo, sino a manera de puzzle recogiendo facetas esclarecedoras de su vida que dan el contorno de la figura retratada. En este caso, a través de su infancia y adolescencia —Fuego del paraíso—, la mirada de su amante —El muchacho persa— y su endeble legado —Juegos funerarios—.
Evidentemente, sólo un personaje de la talla del conquistador de Asia podría merecer un esfuerzo tan exhaustivo como el realizado por Renault a lo largo de décadas. Y también es cierto que el retrato es fuertemente partidista y favorable; este Alejandro frágil pero capaz de sobreponerse a sus debilidades para resulta mucho más heroico que el personaje de una pieza retratado previamente, o que el títere de las circunstancias que retrataría más tarde Valerio Evangelisti. Ante sus fallos, Renault es comprensiva o sabe encontrar justificaciones en el legado de una madre castrante y un padre ausente.
Los otros dos elementos importantes que subyacen en la trilogía son sendos mensajes progresistas y que preocupaban de forma personal a Renault. El primero es el de la defensa de la homosexualidad, en el contexto siempre un tanto idealizador del mundo griego. Aunque no llegue a la brillantez de una Yourcenar en Memorias de Adriano, el retrato que hace Renault de las relaciones de Alejandro, en particular con su amante persa Bagoas, es sensual, elegante y cercano; una idealizada mezcla de camaradería y amor con la que resulta fácil empatizar desde cualquier posición sexual.
El segundo es la reivindicación de la multiculturalidad, plasmada en el éxito del proyecto de Alejandro, no excluyente hacia los pueblos asiáticos conquistados, y que contrasta con el posterior afán purificador, helenista, de los sucesores que disputan y destrozan su proyecto conquistador. Renault no fue sólo lesbiana y activista a favor de los derechos de los homosexuales, sino también contra el apartheid en Sudáfrica, y conociendo el dato no es difícil encontrar subrayados de sus ideas en la obra.
Literariamente hablando, la trilogía quizá peca de un leve descenso de su calidad con el paso de los libros, incluso en términos puramente estilísticos, si bien el conjunto resulta al final más que la suma de las partes. Fuego del paraíso, con su retrato de una sociedad macedonia semibárbara, un tanto inescrutable para los más sofisticados griegos, añade a las cualidades de los otros libros matices inquietantes: el entorno del pequeño Alejandro es de continuo amenazante y algo difícil de comprender, el retrato de su madre Olimpia resulta francamente ominoso, y la evolución del pequeño protagonista de niño interesado por sus cosas a joven embarcado en un destino más grande que la leyenda va creciendo en convicción y brío épico.
El tono unas veces intimista, otras grandioso de El muchacho persa resulta un interesante contraste, pero la novela termina por pecar del mismo problema que la práctica totalidad de la obra artística sobre el conquistador: hay demasiada acción fuera de cámara. No niego que tal vez la acumulación de batallas resultaría monótona, pero Renault no acaba de engatusarme como lector cuando se dispone a hacer una elipsis que le evite detallar alguna que otra batalla que decidió el curso de la historia. Aunque cuando la autora se pone en faena, como en el cruce del desierto, resulte más que convincente.
Juegos funerarios es, en comparación, algo más bélica y dinámica, también necesariamente más apresurada dada la amplitud de los acontecimientos que quiere reflejar, pero a cambio reduce sensiblemente la dosis de introspección, dejando a parte de sus personajes, por ejemplo Pérdicas, en mero esbozo. Deja un sabor de epílogo agridulce para toda la época retratada, de oportunidad perdida, que redondea bien el conjunto y encuadra perfectamente el peso de Alejandro en la historia.
Con las salvedades expuestas, esta trilogía es sin duda una de esas gratas lecturas veraniegas que combinan pasión y reflexión, y sin duda lo mejor en materia de ficción que se ha escrito sobre uno de los personajes más apasionantes de la historia universal. La actual reedición de Edhasa es definitiva, casi fastuosa en cuanto a sus calidades materiales.

jueves, junio 09, 2011

Wakefield, Nathaniel Hawthorne

Trad. María José Chuliá. Nórdica, Madrid, 2011. 80 pp. 15 €

David Vicente

La editorial Nórdica celebra sus cinco años de vida, lo que, en un mercado (el del libro) a veces selvático y quizá sobre saturado en relación con el número de lectores existentes, ya es todo un mérito en sí mismo. Aunque no el único, desde luego.
Junto con otras, no muchas, Nórdica se ha convertido en una editorial de referencia en lo que a libros ilustrados para adultos se refiere. Se agradece que en un negocio donde parece que el debate se ha desviado en torno a si es mejor leer en papel o mejor leer en “tableta”, obviando cuestiones de mayor envergadura y transcendencia para el convento, alguien apueste por deliciosas ediciones casi de coleccionista.
Para celebrar este lustro sus editores rescatan Wakefield de Nathaniel Hawthorne, ilustrado para la ocasión por Ana Juan, Premio Nacional de Ilustración 2010.
Para quien no conozca el relato (imprescindible para cualquier lector con un mínimo de interés más allá del bestseller de turno), Wakefield es un inquietante cuento sobre un marido que en el Londres victoriano decide tomar una decisión extravagante e incomprensible: abandonar su hogar y a su esposa e instalarse en la casa de enfrente, pasando completamente desapercibido, con el único objetivo de observarla sin que ella sea consciente de ello y apartarse del mundo.
El tiempo va pasando y ambos se van haciendo más viejos en soledad, pero apenas distanciados por unos cuantos metros. Wakefield será testigo de cómo la pena de su esposa por su desaparición se va amortiguando con el paso del tiempo, mientras su desasosiego va en aumento.
Tras veinte años y, gracias a una tormenta que le coge justo enfrente de la que fue su casa, Wakefield decide entrar de nuevo en ella buscando refugio, como si nada hubiese pasado, para así reencontrarse tras dos largas décadas con su esposa.
Un breve relato que tiene la virtud, como los grandes textos, de prolongarse más allá de sus páginas durante mucho tiempo en la cabeza de sus lectores, obligando a cada uno de ellos a sacar sus propias conclusiones. Esta, sin duda, podría ser una de ellas:
[En medio de la aparente confusión de nuestro misterioso mundo, las personas están tan pulcramente adaptadas a un sistema, y los sistemas engarzados entre sí y a un todo, que si una persona se ausenta por un momento, se expone al aterrador riesgo de perder su puesto por siempre, pudiendo llegar a convertirse, como le sucedió a Wakefield, en el Desterrado del Universo.]
Nórdica recupera a un autor, Nathaniel Hawthorne, de una prosa ágil y elegante, que construye una literatura, más que actual, atemporal, que ha superado con creces el tamiz del paso de los años.
Pero sería injusto poner aquí el punto y final, sin destacar el otro 50% de esta edición: las ilustraciones de la valenciana Ana Juan. La prestigiosa ilustradora y autora de cuentos infantiles que ha colaborado con publicaciones de la talla de Time o New Yorker, ha creado para la ocasión unas láminas que retratan a la perfección los dos mundos paralelos y completamente diferenciados de los que consta el relato: el del Sr. Wakefield y el de su esposa, la Sra. Wakefield. Uno, sombrío y turbador, el otro, aunque sosegado, cargado de una resignada melancolía.
Según Borges, uno de los mejores cuentos de la historia de la literatura. Lo que ya es motivo suficiente, máxime si tenemos en cuenta que él no pudo disfrutar de los maravillosos dibujos de Ana Juan cuando lo leyó.

jueves, marzo 03, 2011

Después del Reich, Giles MacDonogh

Trad. José Luis Gil Aristu. Galaxia-Gutenberg. Barcelona, 2010. 975 pp. 30 €

Julián Díez

2.250.000 muertos, 16 millones de desplazados y 200.000 niños nacidos como fruto de violaciones es el balance de la posguerra alemana que muestra Después del Reich. El británico Giles MacDonogh, especialista en historia alemana, lleva a cabo un balance exhaustivo, creo que no realizado hasta la fecha por su amplitud y objetividad, sobre los acontecimientos que se produjeron en Europa Central después de la caída del régimen nazi, y que no creo muy conocidos para el lector medio con curiosidad por la divulgación histórica.
Sería fácil dar de lado el trabajo de MacDonogh buscándole intencionalidades ocultas; en una época en que vemos que la sensibilidad sobre el tema sigue a flor de piel, como muestran recientes batallas twitteras, presentar a los alemanes de posguerra en víctimas puede ser interpretado como un intento de ocultar o relativizar las atrocidades que cometieron previamente. Sin embargo, el autor es claro desde el principio al respecto: «Este libro no pretende excusar a los alemanes, pero no duda en poner en evidencia a los Aliados victoriosos por el modo en que trataron a los enemigos en tiempos de paz, pues en la mayoría de los casos no se violó, mató de hambre, torturó o apaleó hasta la muerte a los culpables sino a inocentes. Los verdaderos asesinos murieron con demasiada frecuencia en la cama».
MacDonogh cuenta con una documentación abundante y es capaz de presentarla de manera organizada y fácil de consultar, lo que resulta todo un logro hoy en día cuando abundan textos de este tipo que se deslizan hacia el descontrol narrativo. Su prosa es clara y directa, de obvia inspiración periodística -para bien, de cuando este calificativo significaba precisión y sobriedad-. Los relatos de hechos interesantes y apenas conocidos se suceden: la ocupación de campos de concentración para ser empleados como nuevos campos de prisioneros, los desplazamientos masivos de una escala incomprensible para los parámetros actuales, en particular en Europa; la corrupción, la pobreza y la violencia generalizadas en ambos bandos.
Que Alemania fuera capaz de sobreponerse a situaciones tan extremas como la atroz miseria moral del nazismo y la posterior represalia de sus vencedores supone una reflexión final tras la lectura del libro que ofrece, una vez más, un triste contraste con la realidad que nos rodea.

viernes, febrero 18, 2011

Robin Hood, el proscrito, Angus Donald

Trad. Francisco Rodríguez de Lecea. Edhasa, 2010. 446 pp. 24 €

Cesar Mallorquí

Probablemente, el más popular escritor británico (en activo) de novela histórica sea Bernard Cornwell. Sus obras más conocidas, las que le lanzaron a la fama, son las pertenecientes a la saga de Sharpe (un fusilero en las guerras napoleónicas), pero ha escrito varias series más, como la saga de los Arqueros del Rey, la saga de la Guerra de Secesión Americana y la saga Sajones, Vikingos y Normandos. Aparte de esto, cuenta con varias novelas independientes y con lo que quizá sea su obra maestra, las Crónicas del Señor de la Guerra (El rey de invierno, El enemigo de Dios y Excalibur), una revisión del mito artúrico en clave de realismo histórico.
Cornwell posee varias características que lo singularizan frente al resto de sus colegas. En primer lugar, siempre contempla los grandes hechos históricos a través de la óptica de un personaje secundario. En segundo lugar, suele emplear un tratamiento naturalista. Una de las peculiaridades (y defectos) de la novela histórica es que sus personajes parecen hablar con mayúsculas, como si fueran conscientes de que están haciendo HISTORÍA. Por el contrario, los personajes de Cornwell, sean reyes o plebeyos, perjuran y maldicen como carreteros; sólo son seres humanos en circunstancias extraordinarias. Además de esto, Cornwell es un maestro en la descripción de acciones bélicas. Por último, pese a que el autor fue educado en el seno de una comunidad protestante sumamente estricta (o precisamente por ello), en su obra –sobre todo en la ambientada en la Edad Media- hay un fuerte componente anticristiano, situándose siempre el narrador del lado pagano.
Supongo que el lector de esta crítica se preguntará por qué hablo tanto de un autor y unas obras que no se corresponden con el autor y la obra que debo criticar. La respuesta es sencilla: jamás me he encontrado con un caso de mimetismo literario como el que nos ocupa. Angus Donald escribe –o intenta escribir- exactamente igual que Cornwell. Tanto es así que durante un tiempo corrió el rumor de que se trataba de Cornwell escribiendo bajo seudónimo.
Veamos. La Edad Media británica nos ha brindado dos mitos universales: el rey Arturo y Robin Hood. El primero, de origen celta, fue adoptado por las monarquías normandas que reinaron en Inglaterra a partir de 1066 y es una exaltación del feudalismo, mientras que el segundo es un personaje sajón que representa la resistencia frente a los normandos. De hecho, existen muchos paralelismo entre ambas leyendas. Por ejemplo, el arma de Arturo es el arma de los nobles, la espada, mientras que la de Robin es el arco, el arma de los plebeyos. Arturo conoce a su mano derecha, Lanzarote, cuando éste le impide cruzar un vado sin luchar con él antes, y lo mismo ocurre con Robín y Pequeño Juan. Antes de morir, Arturo arroja su espada a un lago y es enterrado en una isla allí situada; Robin, por su parte, lanza una flecha y pide que le entierren donde ésta caiga.
No obstante, hay dos diferencias sustanciales: la leyenda de Arturo, de origen oral, fue finalmente compuesta por algunos de los mejores escritores de la época, mientras que la de Robin Hood proviene de baladas populares. En segundo lugar, es muy posible que Arturo existiera realmente, mientras que no hay el menor rastro histórico de ningún Robert de Huntington, apodado Robyn Hode. Probablemente, las baladas de Robin Hood se basan en diversos personajes; incluso es posible que “robin” fuera un sinónimo de “ladrón”.
Volviendo a Robin Hood, el proscrito, Angus Donald debió de pensar que, si su maestro Cornwell había versionado la leyenda de Arturo, ¿por qué no hacer lo mismo con la de Robin Hood? Dado que Cornwell despojó al mito de Arturo de todo rastro de “sociedad cortés” y le añadió la violencia propia de la época, Donald ha hecho lo mismo convirtiendo a Robin y los alegres compañeros del bosque en una especie de sombríos mafiosos medievales. Puesto que Cornwell narró la historia de Arturo desde el punto de vista, en primera persona, de uno de sus capitanes menos conocidos, Donald le imita eligiendo como narrador a un muchacho, el último en incorporarse a la banda de Robin. Así como Cornwell presenta un Arturo pagano, Donald hace que Robin participe en una sangrienta ceremonia dedicada a Cernunos. ¿Un sajón implicado en ritos celtas? Curioso.
En fin, como decía antes, un caso extremo de camaleonismo literario. ¿Y qué podemos decir del resultado? Pues que se trata de una novela entretenida, con excelente ambientación histórica, personajes correctamente trazados, un buen sentido de la narración... pero sin alma, sin poesía, sin auténtica emoción.
Arturo no sólo es una exaltación del feudalismo, sino también el símbolo de la civilización y la justicia frente al caos y el salvajismo. Cornwell humanizó el arquetipo manteniendo su esencia, pero Donald no ha sabido hacerlo. Porque Robin Hood no es únicamente el paradigma del “ladrón generoso”, sino también una representación de las fuerzas de la naturaleza, la personificación de lo salvaje, de la alegría de vivir. En el fondo, Robin es un avatar del dios Pan. Y nada de eso aparece en la novela de Donald; el Robin Hood que nos presenta, oscuro y un tanto siniestro, nada tiene que ver con el arquetipo. Es otra cosa, otro personaje. Algo lícito, literariamente hablando; pero decepcionante desde el punto de vista mitológico.
En resumen, podríamos decir que lo mejor de Robin Hood, el proscrito, se lo debemos a Bernard Cornwell; el resto, lo menos interesante, pertenece exclusivamente a su autor. Aunque, dado que se trata del inicio de una serie, seamos condescendientes y esperemos a ver adónde conducen las siguientes entregas.

jueves, febrero 03, 2011

El gran diseño, Stephen Hawking y Alexander Mlodinow

Trad. David Jou i Mirabent. Crítica, Barcelona, 2010. 228 pp. 21,90 €

Deni Olmedo

Como licenciado en ciencias que soy, además de voraz seguidor de las últimas novedades científicas, el nombre de Stephen William Hawking ha sido un constante compañero de viaje. Si el concepto de agujero negro les es conocido, es porque este científico de ánimo incombustible (hace más de cuarenta años que, según los médicos que le diagnosticaron esclerosis lateral amiotrófica, debería estar muerto) se ha encargado de hacer de él algo cotidiano. Y conseguir esto de algo que nadie ha visto (aunque científicamente existen pruebas indirectas de su existencia) habla muy bien no ya de su indudable genialidad (y es que estamos ante uno de los grandes pensadores del último cuarto del siglo XX, junto con Richard Feynman o Roger Penrose —este último compañero de andanzas matemáticas durante unos cuantos años—), complementado por una más que notable capacidad como divulgador científico. Títulos como Breve historia del tiempo (Grijalbo, 1988) que consiguió acercar a un tema tan (en apariencia) arduo como es la astrofísica al gran público, y que incluso inspiró Chronologie, uno de los últimos grandes trabajos de Jean Michel Jarre; El universo en una cáscara de nuez (Crítica, 2002) o Brevísima historia del tiempo (Crítica, 2005) en el que ya colaboró con el físico, divulgador científico y guionista de Hollywood Leonard Mlodinow (responsable de la serie Star Trek: The Next Generation).
Ya en Brevísima historia del tiempo, Hawking y Mlodinow retomaban el anterior Breve historia del tiempo, con la intención de condensarla y, a la vez, actualizar el texto con los últimos descubrimientos en el campo de la astrofísica. En El gran diseño han pretendido seguir esta línea marcada en su primera colaboración, e invitarnos a un recorrido por la física y las matemáticas desde los albores de la civilización hasta la teoría de los multi-universos, de una manera más que asequible, sin utilizar ni una sola fórmula matemática (un estilo que contrasta con otro de los grandes divulgadores de la física más actual, su colega Roger Penrose, y su Ciclos del tiempo, en el que apuesta por un estilo más arduo, más matemático y más profundo).
En el primer capítulo intentan retener al lector —¿o quizá provocarlo?— afirmando que «la filosofía ha muerto. La filosofía no se ha mantenido al corriente de los desarrollos modernos de la ciencia, en particular de la física. Los científicos se han convertido en los portadores de la antorcha del descubrimiento en nuestra búsqueda del conocimiento». Fuegos artificiales para enganchar al receptor. ¿O quizá pretenden abrir un debate sobre el papel de la filosofía en la era del conocimiento científico? En cualquier caso, poco prolongan esta reflexión —un primer capítulo— para centrarse enseguida en lo que esperamos de un libro de Hawking: física. Así, el autor nos deleita con su particular punto de vista sobre las reglas que rigen el universo: nos pesenta la teoría del big-bang no ya como punto de partida de nuestro universo, sino como precursor de lo que se ha dado en llamar "Teoría de universos alternativos"; o la tan buscada (y aún no encontrada) "Teoría del todo", de una manera amena y sencilla de entender incluso para los profanos en la materia que se acerquen a este libro llevados por simple curiosidad. Algo a lo que seguramente ha contribuido Alexander Mlodinow, que ha conseguido hacer realidad ese objetivo que persiguen (casi) todos los escritores divulgativos, que es que el libro se lea como una novela. Y en el caso que nos ocupa, una novela coral, con muchos protagonistas que reclaman el interés del lector y que, como un buen agujero negro, una vez que le han atrapado ya no tle dejan escapar.

martes, diciembre 14, 2010

Ciclos del tiempo, Roger Penrose

Trad. Javier García Sanz. Debate, Barcelona, 2010. 292 pp. 21,90 €

Deni Olmedo

Quien más, quien menos, está familiarizado con el concepto de entropía. A todos alguna vez nos han explicado el ejemplo del huevo que cae de una mesa o de la copa que se rompe en mil pedazos. Es decir lo que al principio era un orden más o menos definido se transforma en desorden. La Segunda Ley de la Termodinámica nos justifica esto: la cantidad de entropía (o desorden) del Universo tiende a incrementarse con el tiempo. Y esto es aplicable a cualquier objeto o sistema en estudio. Y a quien se le ha roto una copa, se le habrá venido a la cabeza que la copa se recomponga y salte del suelo al lugar del que se cayó. Imposible, ¿verdad? Pues no. Físicamente es posible. Pero estadísticamente es tan improbable que terminamos por aceptar que no puede suceder. Y así es: nadie ha visto a la copa o al huevo estrellados saltar del suelo y recomponerse.
Así comienza Sir Roger Penrose (1931, Colchester, Essex, Inglaterra) su ensayo Ciclos de Tiempo: poniéndonos en la pista de lo que significa la entropía para distintos sistemas referenciales, desde lo microscópico a lo infinitamente grande (y es que, al fin y al cabo, algo tan vasto como el Universo mismo debe sus propiedades y las leyes que lo rigen a las de las partículas elementales que lo componen). Y, atendiendo a lo que nos explica esta Segunda Ley, si retrocedemos en el tiempo, tenemos que llegar a un estado inicial, el Big Bang, en el que el valor de la entropía tenía que ser, por fuerza, extraordinariamente mínima. Pero, ¿esto no se contradice? O, como se pregunta en voz alta el propio Penrose: «¿Cómo un suceso tan increíblemente violento y tórrido puede representar un estado de entropía extraordinariamente minúscula?». Aunque, lo realmente curioso, es comprobar cómo los restos de esa gran explosión, la llamada radiación cósmica de fondo, siguiendo todos los modelos inflacionarios clásicos conocidos, llevan a la misma conclusión: esa radiación (que no olvidemos, es el resto de un estado de entropía mínima) lleva asociada el mayor valor de entropía del Universo. Algo hay, y Penrose así lo señala, que no cuadra. Aunque los resultados macroscópicos se empeñen en decir lo contrario. El error es tomar como base la mecánica newtoniana y no la de Einstein. Si nos basamos en esta última, el estado de “equilibrio térmico” que, se supone, existía en la radiación de fondo, no existe. Pero entonces, ¿de dónde proviene esta entropía? Aquí entran en juego los agujeros negros, la mayor fuente de entropía del Universo actual, como el que existe en el centro de la Vía Láctea. Frente a la entropía creada por tales objetos, la del fondo de radiación de microondas, que se pensaba era la que contribuía mayormente a la entropía del Universo, resulta casi despreciable.
Pero —otra vez pero— cuando nos detenemos a ver qué condiciones tenía que tener la singularidad previa al Big Bang, nos encontramos de nuevo con otra contradicción: estas condiciones, o bien era especiales y únicas para nuestro Universo, o bien esta singularidad previa era de entropía máxima. A esta conclusión se llega a través de un modelo de colapso en el que se incluye un tremendo amasijo de agujeros negros. Eso nos lleva a un estado de singularidad muy complicada y de entropía enormemente alta que es muy distinta a la singularidad altamente uniforme y de baja entropía que parece haber tenido nuestro Big Bang real.
Penrose propone lo siguiente: en un futuro remoto, en que la única actividad del Universo será la evaporación de agujeros negros supermasivos, existirá (y quien esté interesado en saber cómo, tendrá que sumergirse en la lectura de Ciclos del Tiempo), una manera de pasar de esta situación —en apariencia de lenta agonía, y llegando al final de su eón— a un nuevo comienzo (a un nuevo Big Bang y a un nuevo eón) y a un nuevo Universo, tan lleno de vida como sus antecesores. Un eón, para los no iniciados, es el término acuñado por su autor para denominar el periodo de tiempo transcurrido entre dos big bang. Y todo ello, sin violar la Segunda Ley de la Termodinámica, auténtico eje central de este trabajo.
La pregunta que inmediatamente se le formula al lector más ávido es: ¿Cuántos eones previos han existido? ¿Es un proceso infinito? ¿Hay pruebas de la existencia de eones anteriores? Tanto para el lector que sólo pretenda satisfacer la parte más “filosófica” de esta nueva teoría (porque, no lo olvidemos, es simplemente una teoría, que necesita confirmación física) como para el lector que pretenda ir un poco más allá (y que se encontrará con dos apéndices repletos de desarrollos matemáticos que dan sentido a todo lo formulado por el autor), este es un trabajo indispensable, de una de las mentes más sobresalientes de la física actual y de todos los tiempos.

viernes, julio 09, 2010

Nocturnos, Kazuo Ishiguro

Trad. Antonio-Prometeo Moya. Anagrama, Barcelona, 2010. 256 pp. 17 €

Guillermo Busutil

La música es tiempo. La literatura también. De hecho un escritor ha de tener buen oído, saber moldear el sonido, construir campos de resonancia y componer con cierto ritmo lírico. Siempre ha sido así: Al menos cuando hablamos de buena literatura. Y si hacemos memoria es fácil encontrar la antigüedad de esta relación, más estrecha, más habitual, si se trata de la poesía y de la música. Los Cancioneros del medievo son un excelente ejemplo. Igual que la música popular es un largo venero de inspiración que atraviesa la poesía de los Machado o de Federico García Lorca. También hay novelas en las que la música forma parte del lenguaje. Igual que si fuese una atmósfera interior o el pentagrama sobre que el se sucede la historia. Ahí están las obras de Proust y de Henry James para dar testimonio. Tampoco hay que olvidar magistrales novelas como La consagración de la primavera de Alejo Carpentier, algún que otro relato de Borges, los famosos cuentos El Perseguidor y Las Ménades de Julio Cortázar, donde el concierto de Stravinsky, el tango, el jazz de de Charlie Parker o la música barroca son los personajes de la historia o la estructura que sujeta el argumento. Más recientemente podemos citar a Alejandro Baricco con su ensayo El alma de Hegel o la nouvelle Novecento, la leyenda del pianista del océano.
Con estos referentes, que no excluyen la amplia documentación que existe entres ambas disciplinas que se alimentan, es más fácil adentrarse en un exquisito volumen de cuentos. El primero del japonés Kazuo Ishiguro, el reconocido autor de novelas como Pálida luz de las colinas o Un artista del mundo flotante. Ishiguro demuestra ahora que en el cuento también se mueve como un pez azul. Nocturnos, cinco historias de música y crepúsculo, publicado por Anagrama, lo certifica. También demuestra que la sensibilidad si es oriental es más sensibilidad. Al menos, en el caso de Kazuo Ishiguro, un auténtico maestro de la melancolía como también lo son Baricco, Tabucci o Ian McEwan. Que curioso, escritores del mismo sello editorial. La cuestión es que el autor japonés ha compuesto un hermoso libro. Cinco pequeñas historias que enhebran la romántica voz de un crooner, la magia de la guitarra, la penumbra del saxo y la fragilidad poética del violencelo. Cinco instrumentos, cinco tipos de música, cinco personajes. Cinco conciertos de cámara en los que la música es tiempo y la vida, también. Cada una de estas piezas exige al lector que las escuche despacio, que se recree en sus atmósferas, en la melodía que suena entre líneas. En la sonoridad exterior de las historias aparece la comedia, un humor inteligente, escenarios que van desde una plaza veneciana a un hospital, pasando por la casa de unos yupies o un refugio en las montañas. Pero lo importante, la música que llega al corazón, es la que Ishiguro ejecuta dentro de la historia y que vienen a ser fugas, esfumatos, adagios acerca del paso del tiempo, de la juventud pasada, del racismo, de la infidelidad, de la exploración del éxito y del fracaso en el amor, en el matrimonio, en la amistad y en el sueño de alcanzar la perfección. Sus protagonistas son hombres en el ocaso de sus carreras o que sobreviven entre la aceptación de la derrota y la frontera de la libertad. Hay relatos de exquisita sentimentalidad como El cantante melódico, protagonizado por un croner fuera de época dispuesto a regalar un canto del cisne con el que renunciar a una amor. Junto a él un músico ambulante, un admirador del cantante que salvó a su madre del desamor. Ambos aprenderán qué significa el paso del tiempo, la renuncia, la derrota que sólo se acepta como sacrificio. Hay también otros excelentes relatos sobre la reinvención y la belleza de las apariencias como Nocturno. Es el relato más divertido, con algunos pespuntes de crueldad acerca del amor, de la necesidad de reflejarse en los ojos de los demás con la esperanza de ser aceptados. En cada uno de estos relatos, el amor, la soledad, el desengaño, conllevan un pellizco intimista. Sin duda, Nocturnos, es un bello libro que debería ser redondo, que girase bajo el sutil peso de una vieja aguja y escucharse con ese crujido peculiar de los vinilos que salvaban a otras generaciones de la melancolía que se transformaba en una curativa serenata.

lunes, mayo 31, 2010

Bucanero, Tim Severin

Trad. Juan José Llanos. Editorial La Factoría de Ideas, Madrid, 2010. 345 pp. 20.95 €

Amadeo Cobas

Recupera Tim Severin varios de los personajes participantes en su novela Corsario, transcurriendo esta acción dos años después de ser secuestrados por corsarios argelinos. En efecto, el principal de aquéllos, Hector Lynch, vuelve a convertirse en dueño y señor de esta continuación de la saga, y nuevamente nos encontramos con una acción trepidante, sin apenas respiro para el lector, aventura en diversos planos, con un recorrido de vértigo por las costas americanas en ambos océanos, Atlántico y Pacífico, sorteando los peligros incesantes que amenazan en diversas ocasiones con dar al traste a la recién iniciada carrera de bucanero del osado Lynch.
Hay personajes muy arquetípicos, como el protagonista bondadoso al que la fortuna semeja serle esquiva, el indio que sabe hacer de todo, entiende de todo y dispone de unos exacerbados sentidos, el fortachón que impone a los malos con su simple y colosal presencia; a la vera contraria, malos muy malos, es ocioso comentarlo, como el pirata capitán Coxon y sus secuaces…
Nos toparemos con amplios conocimientos de historia, vistiendo la narración del ornato justo para no volverla pesada ni dejarla desnuda, siendo en ocasiones muy conciso el autor y en otras explayándose para explicar conceptos inmersos en el diálogo, de forma que no enturbien las aguas de la ilación narrativa. Mansas, con la interrupción provocada por alguna tormenta tropical o unos bajíos que arañan el casco de la nave…
A la luz sale el día a día del bucanero, un ser definido como «un depredador hambriento en busca de tesoros que saquear». Pero que nadie se asuste porque no hay pasajes desentrañados de forma escabrosa, y los que indefectiblemente han de figurar lo hacen de forma velada, sin hacer sangre con descripciones brutales. Y es que «en medio de tanta barbarie, de los saqueos inclementes, de las horribles represalias que toman los bucaneros si el botín no satisface sus expectativas, hay tiempo para los actos de honor, inclusive entre enemigos, respetando la letra no impresa firmada en un pacto verbal, salvando la tropelía del pirata que no respeta nada, ni tiene palabra ni más conciencia que la de obtener el rédito mayor». Hay que ver, hasta los pérfidos más abyectos tienen su corazoncito…
Y aún un espacio queda para ser rellenado por el escritor, y lo hace, aunque quizá de una forma poco lograda, con un soslayo que puede alejar a un cierto extracto de los posibles lectores: el amor. Se anuncia aquí como una instancia secundaria, un imposible que luego se transforma y vuelca… no diremos cómo para despertar interés sin desvelar nada, aguántense, caramba, no sean ansiosos.
En resumen, literatura de aventuras en general bien construida, con generosos aportes históricos (el pirata Henry Morgan, ahora vicegobernador, incluido) para pasar el rato este verano que ya casi se anuncia…

miércoles, mayo 26, 2010

Los mecanismos de la ficción. Cómo se escribe una novela, James Wood

Trad. Ana Herrera. Editorial Gredos, Madrid, 2009. 200 pp. 23 €

Elvira Navarro

El realismo (entiéndase aquí su variante tradicional, que es con la que usualmente se le identifica) lleva más de un siglo recibiendo palos y certificados de defunción, y desde esta muerte perpetua, pareja a la de la forma que lo encarna por antonomasia, la novela de estirpe decimonónica, su potencia se renueva. Aunque la repetición lleva al agotamiento y al lugar común, el sagaz crítico literario y novelista James Wood (1965) sostiene que el hecho de que algunas metáforas se gasten no quiere decir que la metáfora, como mecanismo, haya muerto. Sustituyamos “metáfora” por “convención”: eso es lo que se hace en Los mecanismos de la ficción, y no desde la mera teoría literaria, que tantas tentaciones tiene de convertirse en platonismo escolástico cuando se empeña en no ver más que lo que ella misma genera, sino dando ejemplos de la potencia de los narradores realistas a día de hoy. Wood se sitúa en la línea contraria a los opositores de la ficción convencional, que tienen a Roland Barthes (de quien Wood aprovecha ciertas ideas para ponerlas, precisamente, a favor de lo que el autor francés criticaba) como referente. Citando un texto del finado («La función de la narrativa no es “representar”, es constituir un espectáculo todavía muy enigmático para nosotros, pero en cualquier caso, no de orden mimético […] “Lo que tiene lugar” en la narrativa es, desde el punto de vista referencial (realidad), literalmente, nada, “lo que ocurre” es sólo un lenguaje, la aventura del lenguaje, la incesante celebración de su llegada»), Wood desarticula los argumentos que tradicionalmente se esgrimen en contra del realismo, a saber:
a) Que el realismo es una ingenuidad por suponer que el texto “representa” literalmente la “realidad”. Sin entrar en el estatuto problemático de esta última, así como del concepto de “representación”, cuestiones ambas que la filosofía lleva siglos discutiendo, Wood nos dice que ya con Flaubert esa creencia se desactiva, por lo que resulta absurdo acusar al realismo de seguir instalado ahí. El realismo no es más que un código, tan ficticio como la ciencia ficción.
b) Que el realismo es convencional. Cierto es que, por repetidas, las convenciones decimonónicas (trama, desarrollo lineal, personajes fuertes, narrador omnisciente) sobre las que se asienta la praxis más habitual del realismo acusan el desgaste; ahora bien, y en palabras de Wood: «Toda la ficción es convencional de una manera o de otra, y si se rechaza un cierto tipo de realismo por ser convencional, entonces habrá que rechazar por el mismo motivo el surrealismo, la ciencia ficción, el postmodernismo autorreflexivo, las novelas con cuatro finales distintos y así sucesivamente. La convención está en todas partes, y triunfa como la vejez: una vez se ha llegado a cierta madurez, o bien mueres de ella o con ella». Puesto que todas las convenciones huelen a podrido, la única manera de sortear el hedor es procurar el hallazgo, no (o no necesariamente) en lo grande (maneras de articular los discursos), sino en lo pequeño, en el detalle: el diálogo, la metáfora o el estilo indirecto libre, entre otros elementos. Es ahí donde, según Wood, sigue jugándose la potencia y la pertinencia de un texto literario.
A pesar de lo dicho, para el crítico el realismo no es un modo más de hacer ficción, sino su aspiración fundamental, pues, aunque el vínculo entre las palabras y las cosas esté roto desde la perspectiva de la referencia directa o literal, de lo que las ficciones nos hablan, utilicen el realismo, el surrealismo o el realismo histérico, es de un exterior: la “vida”. Y es que Wood, obviamente, rechaza la postura de que el texto sólo refiere al propio texto. Se le podría objetar, desde un punto de vista epistemológico, lo problemático que resulta eso de la “vida”, aunque desde luego no lo es más que la afirmación de que “todo es texto”. En ambos casos se acaba haciendo metafísica.

jueves, mayo 06, 2010

La hija de Robert Poste, Stella Gibbons

Impedimenta, Madrid, 2010. 368 pp.22,75 €

Recaredo Veredas

La intención que motivó la escritura de La Hija de Robert Poste no fue otra que ironizar, burlarse con ligereza de los melodramas rurales de la época (los primeros años del pasado siglo). Es decir, es una obra dependiente de otras. Sin embargo, como ocurre tantas veces —solo tenemos que mirar hacia la más insigne de nuestra novelas— los libros ridiculizados han pasado al olvido mientras la caricatura permanece. Ocurre así porque La hija de Robert Poste mantiene, casi 80 años después de su escritura, su capacidad para divertir con inteligencia a casi cualquier lector.
El conflicto que abre esta novela y provoca su crecimiento es bien simple: una mujer —la hija de Robert Poste— rechaza rotundamente la posibilidad de trabajar y quiere vivir de las rentas de su familia. Para conseguirlo no duda en escribir a todos sus parientes, incluso a los más lejanos. Lógicamente, ya que se trata de una comedia, recibe respuestas inesperadas e inesperada también es su decisión. El planteamiento no es delirante en absoluto: más bien podría considerarse una práctica común incluso en nuestros tiempos. Lo que sí resulta peculiar es el desparpajo de la protagonista, la soltura con que asume una situación en principio vergonzante.
La hija de Robert Poste es una buena comedia por el maravilloso uso del azar que realiza Stella Gibbons y, sobre todo, por la seriedad de su prosa, que en ningún momento remarca o subraya las peripecias de su personaje (no le hace falta) ni fuerza nuestra carcajada. Simplemente acompaña sus hazañas y combina, con esa ligereza que suele acompañar a lo más difícil, lo informativo y lo expresivo. Además utiliza un lenguaje refinado y fácil a un tiempo, que contiene notables aciertos poéticos: «El amanecer se extendía sobre la región de los Downs como un animal blanco y siniestro…».
Stella Gibbons consigue que Flora —la hija de Robert Poste— sea una excelente protagonista: posee una pintoresca mezcla de buena intención y caradura. Uno de sus grandes aciertos es su brillante y colorida gama de secundarios que, si bien no poseen una profundidad abisal, sí resultan adecuados y sumamente amenos.

miércoles, marzo 24, 2010

Clarke Street 64, Andrew Holmes

Trad. Julia Osuna Aguilar. 451 Editores, Madrid, 2009. 438 pp. 19,50 €

Sofía Castañón

Tropezamos con personas cuyo futuro nos hace cavilar un rato. A veces, ese encuentro es puntual, pequeño, un despiece en el periódico que cuenta la historia de un tipo que tras ser acusado de algo terrible y pasar por la cárcel se descubre que era inocente de todos los cargos. Piensas en cómo seguirá la vida de aquel a quien el juicio público apuntó con el dedo, del que, además de no recuperar su tiempo perdido, nadie devolverá su presunción de inocencia. Un momento. Otras veces no es tan breve, como las noches, con miedo de volver al instituto o al colegio, elucubrando qué depararía el destino a ese terrorista emocional, matón de centro de estudios, que tanto molestaba a todos y tanto alimentaba la recién descubierta angustia. Y aun tiempo después, recordando viejos tiempos con los amigos, pensaréis qué habrá sido de ese niñato horrible, y en un momento en el que vuestra humanidad no mire, le desearéis lo peor.
Clarke Street 64 no elucubra, recoge los destinos. Aunque quizás “destino” sea una palabra que invite a pensar en epopeyas, en graves escenas clásicas, en sacrificios, parricidios y cosas importantes. En la novela de Holmes, destino es una idea más de los suburbios, del Londres desfavorecido por el que no pasan autobuses rojos de dos pisos, el que no sale en las postales porque sería retratar a un ecosistema que se devora hambriento. Lo que sí se mantiene respecto al concepto clásico es lo que tiene éste de inevitable.
Nadie escapa a su mala estampa, parece decir Holmes con humor mordaz. En una narración rebosante de ironía, el escritor británico no hace concesiones a nada que no sea para colocarse en la perspectiva de cada personaje. Una novela coral, que no lo es. Una novela hiriente que es tierna (la ternura de la carne poco hecha sometida al cuchillo de sierra mínima y que sorprendentemente cede): un desgarro —light , eso sí— a nuestras buenas conciencias.
Como un trilero, juega con el tiempo y nos altera las secuencias, nos adelanta para luego rebobinar y poner otra cinta. Todo sin más artificio que un despiece que rápido amalgama. Con la boca tan sucia como los bajos fondos. Tan despierta y ágil como la de un lazarillo postmoderno.
Igual que el fundido aditivo del montaje cinematográfico, Andrew Holmes va superponiendo las tramas, la vidas de unos personajes que, con la ropa sucia, intenta buscar jabón y acaban por hacer mucho más grande la mancha.

jueves, diciembre 31, 2009

Los papeles de Aspern, Henry James

Trad. Catalina Martínez Muñoz. Alba, Barcelona, 2009. 166 pp. 16 €

Coradino Vega

El realismo norteamericano se fraguó en la segunda mitad del siglo XIX de la mano de escritores como Mark Twain, William Dean Howells o Henry James. Pero mientras al primero le interesó el mundo rural del sur y el oeste, y al segundo el ambiente industrial y urbano del norte, Henry James parece que no prestó demasiada atención a la honda transformación del país surgido de la Guerra Civil (1861-1865), sino a la vieja Europa, territorio que contenía —según él— las condiciones necesarias que permitieran el desarrollo de la cultura y la imaginación que carecía la nueva América. Su máxima aportación se centró más bien en el orden técnico o formal. El control del punto de vista, como manera de superar la narración omnisciente, facilitó la profundización del análisis psicológico de sus personajes y las complejidades que habitan el alma humana. De él al stream of consciousness, experimentado por Virginia Woolf, Faulkner o Joyce, había sólo un pequeño e inevitable paso.
Henry James fue un auténtico maestro de la novela larga, el relato corto y la nouvelle. A este tercer tipo pertenece Los papeles de Aspern. Un joven editor y crítico descubre que aún vive una de las musas y amantes de Jeffrey Aspern, idolatrado poeta sobre quien está escribiendo un libro. La anciana señorita Bordereau vive encerrada en un palazzo veneciano con la única compañía de su sobrina Tina. El editor decide entonces convencerlas para que le acepten como inquilino a la espera de poder acceder a los misteriosos papeles de Aspern que Juliana Bordereau guarda con impenetrable celo. (Por lo visto, la historia tiene su origen en una noticia que llegó a oídos de Henry James cuando pasaba una temporada en Florencia: allí seguía viviendo Claire Clairmont, amante de Byron y amiga de Shelley, y cierto investigador había intentado trabar amistad con esta anciana y su sobrina con el objetivo de obtener unas cartas privadas del poeta.) Pero la ambigüedad e hipocresía iniciales irán adquiriendo una tensión dramática in crescendo en la que nada acabará siendo lo que parece que es. ¿Hasta dónde será capaz de llegar el editor para conseguir los preciados papeles?
La novela transcurre en un ambiente entre encantador y decadente (un verano en la Venecia de los canales y las fondamenta), pero que también tiene algo de fantasmagórico (el tipo de vida que llevan las señoritas Bordereau clausuradas durante tanto tiempo); y la temática del libro, junto a las sombras de la casa donde transcurre la acción, hace que nos acordemos de otras dos novelas cortas de Henry James como son La lección del maestro y la archiconocida Otra vuelta de tuerca. Su lectura es agradable a la vez que inquietante, ya que el magistral manejo del suspense, unido a la inteligencia de los giros de la trama y de los diálogos, hace que esta nouvelle sea una auténtica breve obra maestra. El amable editor ¿es un idealista o un ser sin escrúpulos? ¿Quién se supone que está engañando a quién? ¿Qué significa todo ese contexto paródico de jardines tapiados: la inaccesibilidad del pasado? Hay algo de fábula moral en esta novela: la reflexión sobre los límites de la privacidad unida a una cómica contraposición entre el pasado romántico y la mediocridad del presente. Y como en otras obras de James, está latente (en este caso, centrado en la figura de Tina) la pérdida de la inocencia americana ante el peso cultural de la resabiada Europa.
Leer a Henry James es una verdadera delicia: la ironía, la sutileza y la elegancia de su prosa siempre esconde algún secreto que hace que el lector no pueda parar hasta descubrirlo.

viernes, diciembre 11, 2009

Los años, Virginia Woolf

Trad. Andrés Bosch. Lumen, Madrid, 2009. 491 pp. 22.90 €

Pilar Adón

Existen tantas maneras de enfrentarse en un texto al hastío, a la decadencia, al dolor y a la recurrente rebelión contra ese dolor como escritores han sido y serán. Habrá quien opte por describir el decaimiento y la pérdida de la esperanza de una manera abierta, sin grandes florituras, porque no le parecerá al autor que sean necesarias las florituras o el adorno para representar la angustia de sus personajes y, quién sabe, tal vez de forma velada también la suya, y habrá quien decida que nada mejor que los hermosos circunloquios para que el lector aprecie que, más allá de tanta retórica, de tanta divagación, no hay más que vacío y tristeza en el ánimo de sus protagonistas.
Esta segunda opción es por la que parece optar Virginia Woolf (1882-1941) en sus escritos de ficción y, de manera muy especial, en Los años (1937). Por ese motivo, tras haber leído y releído párrafos y páginas de una belleza verbal casi enajenante, tras haber paseado por unas calles de Londres invadidas por el viento del otoño, tras haber asistido al inicio de la temporada social, con sus prisas y sus pretensiones, tras estar en cada fiesta y contemplar los colores de cada vestido, y tras volver a sentir en la cara el sol de la primavera inglesa, el lector termina con la media sonrisa gentil que le produce la impresión de haber devorado un precioso manual de buenas maneras (cómo servir el té, cómo sentarse a la mesa para cenar, cómo sonreír con discreción, cómo devolver el saludo), y, a la vez, con la media sonrisa mordaz de haber dejado atrás a un montón de personajes hundidos en sus miserias y en el desengaño que produce la contemplación del paso del tiempo, que tanto promete y que, finalmente, nada nuevo aporta.
Precisamente, ese paso del tiempo va a ser el personaje principal de Los años, última novela que Virginia Woolf publicara en vida y que resultó ser su obra más popular aunque, también, la que menos elogios obtuviera por parte de la crítica, tal vez debido a una factura más clásica y menos experimental que la de obras anteriores. Partiendo de 1880 y hasta llegar a “nuestros días” (primeros años de la década de 1930), rastreamos la historia de tres generaciones de la familia Pargiter, formada por un grupo de individuos perfectamente burgueses y perfectamente educados que se encuentran y desencuentran a lo largo de esos cincuenta años por un Londres omnipresente. De su mano asistimos a las transformaciones que va sufriendo la ciudad, a los cambios en las costumbres, a las expectativas por lo que podría deparar el cambio de siglo y a ciertos episodios que sacudieron las vidas y las conciencias de los ingleses: la muerte de Parnell en 1891; la muerte del rey Eduardo VII en 1910; las manifestaciones de las sufragistas en 1911, el inicio de la guerra… Todo ello envuelto de una exquisita y deliciosa minuciosidad en las descripciones, de un regodeo en el empleo del lenguaje, que hace de la lectura una experiencia hipnótica y poco centrada en el devenir histórico. Así, las páginas se suceden en una especie de hechizo y al final lo que menos importa es si Parnell ha muerto o si esa circunstancia va a implicar modificación alguna en la vida de los personajes, porque sabemos que la narración seguirá siendo tan exquisita y pausada como hasta el momento.
¿Quiere esto decir que todo es forma y nada es fondo? No. Lo que quiere decir es que la forma es tan magnífica que el lector puede entregarse a ella como quien se entrega a la contemplación de la Ofelia de Millais, sabiendo que detrás de toda esa atención por los detalles y de esa belleza hay una gran complejidad y una enorme tragedia. Habrá, por tanto, diferentes niveles de lectura, y cada lector podrá dedicar más atención al que mejor le parezca.
Siguiendo con el tiempo, pero en esta ocasión con el meteorológico, las pequeñeces y las fatigas de los miembros de la familia Pargiter aparecen precedidas en cada capítulo (que viene, a su vez, marcado por un año) de una exhaustiva descripción del clima. Por poner unos pocos ejemplos, los primeros capítulos de la novela empiezan como sigue: 1880: “Era una primavera vacilante”; 1891: “El viento del otoño soplaba sobre Inglaterra”; 1907: “Era mediados de verano y las noches eran calurosas”; 1908: “Corría el mes de marzo y soplaba viento”; 1910: “En el campo era un día bastante normal”; 1911: “Salía el sol”. Se nos ofrece así un pormenorizado análisis atmosférico y, tras él, un rápido paso hacia las meditaciones de los personajes, que bucean en sus ensoñaciones de una manera bastante aleatoria al saber que, de no haberlas cazado al vuelo, podrían haberles pasado completamente desapercibidas, sustituidas por otras en el inagotable flujo habitual de reflexión y memoria. No obstante, dada la tendencia de la familia Pargiter hacia la introspección, resulta bastante sencillo que sus opiniones y juicios queden atrapados en la mente de cada personaje, y que a partir de ahí fructifiquen y se expandan. Los protagonistas de Virginia Woolf se aferran a sus pensamientos y los contemplan como si sólo así pudieran sentir que aprovechan la vida. Como si de ese modo lograran reconocer la esencia de lo que les rodea y, a la vez, reconocerse a sí mismos.
Las conversaciones que se celebran en medio de todo este ensimismamiento son casi siempre de una frialdad desgarrada, reflejo del descreimiento y de la apatía que caracteriza la manera de ser y de comportarse de ciertos miembros de los Pargiter. Otras veces, en cambio, aparecen bajo un signo más comprensivo y frágil:
«- El alma, el ser íntegramente considerado… –comenzó a explicar Nicholas. Ahuecó las palmas de las manos, como si entre las dos quisiera encerrar una esfera–. Desea su expansión, desea la aventura, desea formar… nuevas combinaciones, ¿verdad?
- Sí, sí –dijo Eleanor como si quisiera confirmarle que sus palabras eran correctas.
- En tanto que ahora –Nicholas se enderezó; juntó los pies; parecía una vieja señora atemorizada por un ratón– vivimos así, tensos, atados en un nudo pequeño y prieto, ¿verdad?
- En un nudo, un nudo, sí, es verdad. –Asintió con la cabeza.
El miedo y sus mil formas. En esta ocasión, bajo el aspecto de un nudo que ata y aprieta.»
Habrá quien piense que sobre Virginia Woolf ya está todo escrito y publicado, y que no queda mucho por descubrir en sus obras. Yo, por mi parte, discrepo, y creo que hay que felicitar una vez más a Lumen por su Biblioteca de autores y, en concreto, por ésta dedicada a Virginia Woolf. Siempre es satisfactorio leer y releer sus obras. Ese dominio del lenguaje y de la técnica, ese amor por la literatura que se percibe en cada página, son impagables.