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viernes, junio 23, 2017

Transcrepuscular, Emilio Bueso


Gigamesh, Barcelona, 2017. 278 pp. Edición Oro: 42 €; Plata: 32 €

Ariadna G. García

«Soy un explorador, un descubridor. Sólo me interesa cómo se puede llegar más lejos». Este que habla es uno de los personajes de la última novela de Emilio Bueso. A renglón seguido, rechaza el camino de retorno al hogar, mero trámite fácil y aburrido. A él le gusta el riesgo. «Es territorio desconocido prosigue más adelante, pero se puede recorrer». Esta actitud ante el trabajo la comparten criatura y creador. Un explorador acreditado y célebre. Un ingeniero de sistemas que de un tiempo a esta parte se ha convertido en el escritor más original que tenemos aquí. Hace ya seis años que preparé la reseña del magnífico Diástole (Salto de Página, 2011), a la que siguió la de una novela de culto: Cenital (Salto de Página, 2012), y después las de Esta noche arderá el cielo (Salto de Página, 2013) y Extraños eones (Valdemar, 2014). Ya desde el principio barruntaba que el novelista castellonés seduciría a los lectores gracias a su imaginación y a la fuerza de su estilo, hiptónico, a base de tropos. Y Alejo Cuervo, como antes Pablo Mazo, ha sucumbido a su talento. A lo grande. Edición especial, gamas Oro y Plata, para coleccionistas. Hasta El País de las Tentaciones le ha dedicado un monográfico. El chico lo merece. Emilio Bueso lleva una década (desde que en 2007 publicase Noche cerrada, en Verbigracia) aportando novedades a nuestra narrativa, huyendo de la zona de confort donde se repiten otros, indagando y buscando nuevos caminos por los que transitar. Su última novela forma parte de una trilogía: Los ojos bizcos del sol. Se trata de su proyecto más ambicioso. En él, Bueso ha creado un mundo. Casi nada. Si en sus obras anteriores nos mandaba de visita a bosques boreales en la taiga canadiense, a puertos pirenaicos, a ecoaldeas aisladas de la civilización o al desierto cairota, ahora nos conduce a un planetoide cuyo eje no rota. El escenario que nos pinta vuelve a ser inhabitable, inabarcable –marcas de la casa–, pero en esta ocasión se lo ha sacado de la manga. El planetoide, que no rota, está acoplado a su estrella en órbita de marea. Como resultado, presenta tres ubicaciones: la cara abrasada por el astro (El Desierto del Mediodía), la cara oculta (el Abismo del Mundo) y el único espacio que alberga vida: la frontera, el Círculo Transcrepuscular, donde comienza la historia. La aventura. Todo empieza con un robo en una ciudad estado. A la zaga de los ladrones, emprenden un viaje al Polo Negro y los confines del mundo conocido el Alguacil, la Regidora y el Astrólogo. Van buscando un cristal a lomos de sus monturas: una libélula, una avispa y un tábano. Pero el libro es mucho más. Narrada en primera persona por el primer personaje –un monje guerrero criado en un templo milenario, hierático y prudente–, la narración –necesariamente contenida, alejada del lirismo característico del autor– nos descubre formas de vida insólitas y parajes sobrecogedores. Y eso que estamos en el Ecuador, camino del “infierno helado”. Bueso nos habla de criaturas ensambladas por simbiosis, de hombres y mujeres –anfitriones– que albergan toda clase de huéspedes (babosas de combate que marcan en el hombro de los soldados amenazas, peligros y estrategias a seguir, cuando no suministran drogas para mejorar el rendimiento en la lucha; caracoles telépatas que manipulan a su transporte humano; apéndices no encefálicos diestros en el manejo de las armas y en el pilotaje de insectos…). También de accidentes geográficos imposibles: criovolcanes que expulsan hielo, torrenteras de deshielo gigantescas, montañas de hierro. Animales antiguos controlados simbióticamente: orugas de arrastre, serpientes de monta, ácaros taladradores, biostelescopios. Y toda suerte de asentamientos humanos: ciudades estado con ordenación municipal, levantadas en círculos concéntricos, con vida subterránea y espacio aéreo protegido por arqueros; refugios de tormenta donde se protegen del hielo los bandidos y parias; campamentos de pueblos mineros o templos de adiestramiento en el arte marcial. En este mundo convergen las vidas de varios personajes (a los mencionados se suman el Explorador, el “trapo”, un salteador y una minera nativa), que acaban conformando una variopinta colección de “descastados”, gentes sin ciudadanía o a punto de perderla, de proscritos de nacimiento o por coyunturas, de humanos y de seres bien distintos que habrán de colaborar para sobrevivir. Cada uno representa una manera diferente de ser y de estar en el mundo: animistas, bandidos, brujos, samuráis, cartógrafos, obreras de la mina. No faltan en la novela la acción, la aventura y el humor. Futurista y épica, de estilo magro (escasa retórica) Transcrepuscular ha puesto en marcha todo un planetoide para nosotros. Y nos ha dejado con ganas de más. Quienes aún no hayan llamado a montura para cabalgar a lomos de este libro ya están tardando. Acaba de salir en e-book, pero la edición en papel se agota.

miércoles, mayo 03, 2017

Los últimos días de Nueva París, China Miéville


Trad. Silvia Schettin Pérez
Ediciones B, Barcelona, 2017. 240 pp. 18 €

Pedro Pujante

China Miéville (Londres, 1972) es uno de los escritores de ciencia ficción y fantasía más originales y prometedores del panorama actual. Sus libros son pequeñas bombas, repletas de juegos y metáforas potentes. Cuando leí La ciudad y la ciudad me impresionó ese equilibrio perfecto entre argumento y tesis, en una ficción que rozaba lo fantástico, lo policial y lo alegórico, la construcción de una ciudad deslumbrante, el juego fronterizo de los géneros.
En Los últimos días de Nueva París vuelve a sumergirse en la construcción de arquitecturas espectrales para ambientar una ucronía bélica que va más allá de la propia realidad en un París onírico. De hecho, la historia es una explotación del universo surrealista, experimento que Miéville ha llevado hasta los límites.
Sitúa a sus personajes en dos historias paralelas, con dos cronologías que se intercalan: 1950 y 1941. Una supuesta ¿Segunda Guerra Mundial? en la que ha estallado la Bomba S. Este hecho ha desatado las fuerzas surrealistas, el imaginario de los artistas surrealistas ha traspasado las fronteras de la realidad y lo poético para materializarse en formas tangibles, terribles monstruos multiformes llamados “manifs”. Además, los nazis han abierto las puertas del infierno y han liberado fuerzas demoníacas. Los monstruos surrealistas e infernales pasean sus extrañas fisionomías por una París sombría.
La novela sería la narración de un combate bélico, entre militares y revolucionarios, si no fuese porque Miéville ha incorporado estas extrañas figuras que emergen de los versos de Éluard o Aragón, o las pinturas monstruosas de Dalí o Tanguy. La proliferación de imágenes es excesiva y recurrente. El autor ha incorporado al final de la novela, una lista con las referencias y sus debidas explicaciones.
Hay que reconocer la grandiosa imaginación de Miéville. El impacto visual, el correlato artístico de esta novela es abrumador. No obstante, el ritmo narrativo se ha descuidado, se ha abusado del fragmentarismo, haciendo que el excesivo conceptualismo lastre un argumento que a menudo se nos antoja hermético.
China Miéville ha trazado la hoja de ruta para un gran libro, pero le ha faltado desarrollo. Las ideas son geniales, la prosa del autor británico es más que solvente y su imaginación inigualable. No obstante, en esta novela echamos de menos que la masa narrativa no haya sido aglutinada, que las historias que la integran no se hayan soldado.

viernes, abril 07, 2017

El día antes de la revolución, Ursula K. Leguin


Ilust. Arnal Ballester. Trad. Enrique Maldonado Roldán
Nórdica, Madrid, 2016. 62 pp. 18 €

Eduardo Fariña Poveda

La rara sensación de sentirse parte de un pasado al observar la realidad. Aquella en que las acciones ideológicas han contribuido a cambiarla. Una anciana mujer que no logra reflejarse en los comportamientos de los jóvenes, pero que sin su lucha ideológica tales conductas más libres no se hubieran logrado. En uno de los pasajes de este fantástico relato, la protagonista explica que nunca pudo explicar a la gente lo qué significa el coraje. La valentía y la superación de la adversidad propia de los gestores del cambio parece ser explicada como una continuación de las cosas hechas, sin detenerse «Aunque ¿Qué podía hacer una sino continuar?. ¿Existe una elección verdadera alguna vez?» (p. 30).
Ursula K. Leguin (Berkeley, California, 1929). Es una de las escritoras de ciencia ficción vivas más importante de la actualidad. Más de una veintena de títulos entre los que destacan clásicos como La mano izquierda de la oscuridad (1969) con la que ganó el Premio Hugo y el Premio Nebula y Los desposeídos: una utopía ambigua (1974) con la que volvió a ganar los dos destacados premios. De esta última novela se desprenda este relato. En la novela Los desposeídos, Laia Odo es un personaje que aparece en la novela de forma implícita ya que no se encuentra viva en el desarrollo de la novela. En el prólogo, Leguin explica que la fundadora del Odonianismo merecía aparecer en un relato, en un tiempo anterior a cuando todo el mundo construido con sus ideas se materializa.
El Odonianismo es el anarquismo. Inspirado junto con ideas feministas y taoístas, Leguin nos cuenta acerca de una sociedad que ha sido posible gracias al activismo y valentía de una mujer que crítico abiertamente las ideas libertarias del capitalismo. Estas ideas critican a un Estado autoritario, sea neoliberal o socialista de corte estalinista que coaccione de forma radical las libertades individuales. El relato está dedicado a Paul Goodman, el célebre sociólogo y activista norteamericano que junto con Noam Chomsky y Perry Anderson conformaron la New Left en los años sesenta. Además, junto con Fritz Pearls, importante desarrollador de la Terapia Gestalt, adscrita a la Psicología humanista. Los enfoques teóricos de estos movimientos son perfectamente visibles en la obra de Leguin; la armonía de la vida en las ciudades el ecologismo, la defensa de las prácticas homosexuales y bisexuales, la experimentación con el inconsciente, la política económica de comunidades autogestionadas, el antibelicismo, etc.
En este relato, reflexivo y atento a los detalles, la septuagenaria revolucionaria observa la transición de su mundo. Un día de su vida en el cuál rememora los días de lucha junto a su marido fallecido y su dificultad de adaptarse a este nuevo mundo, el cual ella ha contribuido a crear. La acción está ambientada en el planeta Urra y en la nación A-lo, la que se describe de forma detallada en Los desposeídos. La narración describe el día a día de la anciana revolucionaria. Los interiores de la casa Odoniana, con habitaciones amplias donde viven cinco jóvenes y donde se práctica la vida comunitaria. Ella, por su apoplejía, dispone de una habitación propia donde junto con su secretario, trabajan. Ella recuerda los días de su marido en prisión y observa con detalle los libros, las cartas escritas, los archivos en su escritorio. Odo admite que los cambios son lentos y graduales, mientras en la prensa se informa como una región del país Thu se rebela contra el poder central.
El día antes de la revolución es un excelente relato que nos entrega la visión de una mujer líder en el otoño de su vida, la cuál hace balances de sus recuerdos y de sus experiencias vitales. Es un prólogo para acceder a Los desposeídos y nos ayuda a internarnos en el intrigante universo ficticio de la escritora californiana. Recientemente, Leguin ha sido elegida como una de los catorce miembros de la American academy of Arts and Letters junto con escritores como Junot Díaz y Ann Patchett, lo que consolida a Leguin como una de las escritoras actuales que todo buen lector debe conocer. En el espíritu de la ciencia ficción, Jan Schrella, trasunto de Roberto Bolaño, le escribe una emotiva carta a Leguin. Describe su medioambiente casi como si fuera una casa odoniana y comunica la urgencia por escribir cartas que no llegarán a destino. Una carta con preguntas que Schrella confiesa que Ursula K. Leguin ha contestado de alguna forma con la belleza de sus libros.

viernes, diciembre 30, 2016

Gestarescala, Philip K. Dick


Trad. y Ed. Julián Díez
Cátedra, Madrid, 2016. 328 pp. 15.90 €

José Miguel López-Astilleros

En 1950 Ray Bradbury, escritor admirado por Philip K. Dick, publica Crónicas marcianas, tras la dedicatoria a su esposa inserta una cita que dice «—Es bueno renovar nuestra capacidad de asombro —dijo el filósofo—. Los viajes interplanetarios nos han devuelto a la infancia.» Algo así le debió ocurrir a Dick (1928-1982). El asombro constante con el que percibía el mundo y su situación personal lo llevaron hasta la frontera entre la locura y la lucidez, a frecuentar sobre todo las drogas terapéuticas, que le producían si cabe una mayor distorsión de sus percepciones. De hecho, debido al deplorable estado anímico en el que se encontraba durante la época en que escribía la novela que nos ocupa, le pidió a su esposa de entonces, Nancy, que le ocultara su pistola. Por otra parte, para crear necesitaba toda la libertad desprejuiciada con que un niño es capaz de soñar despierto, tal cauce lo encontró en el género de la ciencia ficción, ecosistema donde cualquier metáfora, alegoría o representación tiene cabida, con tal de que le sirviera para expresar aquello que pretendía —«La ciencia ficción moviliza todas sus capacidades de invención…», dice Emmanuel Carrère en la biografía del autor —Yo estoy vivo y vosotros estáis muertos—, hasta el punto de no preocuparle en absoluto la coherencia científica, como sí era el caso de muchos escritores predecesores, cuya formación en ese campo era considerable, Asimov entre ellos. Y aún más, nos atreveríamos a decir que desde este punto de vista algunas de sus obras o partes de ellas podrían calificarse de literatura fantástica sin más.
Gestarescala fue publicada en 1969. Pertenece a la fase metafísica dentro de su producción, según Julián Díez, autor también de la magnífica introducción de algo más de cien páginas, muy útil para adentrarse en la novelística de Dick, puesto que estudia aspectos decisivos de toda su producción en una primera parte, para centrarse posteriormente en dicha novela y concluir con un apéndice, donde dedica algunas palabras a las obras más recomendadas, a su juicio, de este. Sólo por este estudio introductorio ya merecería la pena el libro, sobre todo para quienes aún no hayan leído a Dick o aun habiéndolo hecho aspiren a penetrar en el complejo, a veces onírico y con frecuencia delirante mundo dickiano, y quieran tener a mano un resumen de las claves interpretativas para posteriores lecturas. En esta fase (1961-1973) ya se perfilan las principales características de su universo literario y personal, porque todo lo que escribe es una decantación alucinada y creativa de su vida, sus lecturas, sus amistades, sus amores, sus crisis, sus creencias religiosas, sus fracasos…, y tienen cumplido reflejo en cada obra, de modo que Philip K. Dick inventa mundos distópicos para hablar sobre el nuestro, sobre el poder, la relación entre los seres humanos, entre estos y las máquinas, sobre Dios, el amor, la soledad, el miedo, las drogas, el tiempo, la esencia de la condición humana, los abismos metafísicos, la entropía y el caos, sobre la inconsistencia de la percepción de la realidad, etc.
Joe Fernwright es un alfarero restaurador, que vive en una sociedad totalitaria y ha quedado fuera del sistema por obsoleto. Recibe un comunicado de Glimmung, un semidiós extraterrestre que rige el Planeta del Labrador, para que le ayude junto a otros muchos a recobrar Gestarescala, una catedral que permanece sumergida en las profundidades del Mare Nostrum, un mundo de entropía donde reina el caos. Esta es la espina dorsal del argumento por la que transitan los distintos temas de los que trata, uno de ellos nos lo suministra el prologuista de la única edición existente hasta la fecha en castellano, en la editorial argentina Intersea allá por 1970, Esteban Machalski, «Gestarescala es ante todo una novela sobre la frustración de un hombre en una sociedad alienada, y su búsqueda de una empresa que justifique su existencia». Otro es la idea de que se puede luchar contra «…la tiranía hegemónica del propio destino», se dice hacia el final de la novela.
Quizás por los problemas mentales que sufrió durante toda su vida, acompañados de episodios psicóticos y paranoicos, se interesó por la psiquis humana, que le llevó hasta la obra de Lacan y Jung, aunque fuera un descreído tanto de la psicología como del psicoanálisis. El segundo tiene una influencia decisiva en la concepción de esta obra, baste mencionar uno de los varios ejemplos que lo demuestran: el Glimmung negro que habita en las profundidades del océano es el reverso del otro Glimmung, así como el esqueleto de Joe será el reverso de Joe; es decir, ambos representarán el inconsciente contra quien ambos luchan, el alfarero para integrarlo en sí mismo. El mismo Dick afirma sobre Gestarescala «…fue la obra en la que estuve más cerca de abrazar la locura», lo califica como un libro «desesperado y aterrador». Otro elemento fundamental es la entropía y el caos, que conducen a la destrucción, una fuerza oculta a la que se opondrán el semidiós, Joe y los demás personajes, a la cual hay que añadir la sugerente creación de El libro de los Calendas, un libro terrible que predice el futuro, o más bien lo determina con sus revelaciones funestas. Las connotaciones religiosas de esta novela son decisivas, aunque no tanto como lo serán en la posterior etapa mesiánica de su producción y de su vida. Las referencias literarias, filosóficas y musicales que aparecen son numerosas, entre ellas destaca el mito fáustico, de singular importancia puesto que una entidad superior le hace una proposición a Joe, aunque con quien se compara a Fausto en la obra es con Glimmung.
Para leer a Philip K. Dick, inspirador de la legendaria película de Ridley Scott Blade Runner o Minority Report de Steven Spielberg, hace falta una buena dosis de osadía, casi tanta como la audacia creativa del escritor, dado que la exuberante imaginación y el enorme eclecticismo de sus planteamientos nos llevarán por caminos inciertos y tremendamente originales, que provocarán en el lector una epifanía asombrosa, por mucho que algunos de sus detractores se amparen para descalificarlo en el estilo ramplón de su prosa. Esta traducción y edición de Gestarescala, la única aparecida en nuestro país hasta el momento, es una buena ocasión para leer una obra inédita en España, que está a caballo entre su etapa más creativa y la espiritualidad exacerbada de la siguiente.

miércoles, noviembre 25, 2015

Challenger, Guillem López


Aristas Martínez, Badajoz, 2015. 508 pp. 25 €

Luis Manuel Ruiz

De un tiempo a esta parte, venimos oyendo que la ciencia ficción española goza de una salud que no había conocido en todos los días de su vida. No es sólo que el número de lectores parezca haberse ampliado, con nuevas colecciones y editoriales consagradas a la causa, sino que por fin la contribución nacional a un género eminentemente anglosajón hasta la fecha comienza a ser reconocido y no es raro encontrar apellidos castizos rubricando argumentos sobre agujeros de gusano y máquinas del tiempo, entre otras cosas raras. Un último indicio, quizá más esperanzador, es el relevo generacional: hay una nueva hornada de escritores fantásticos que ha venido a coger la vez de quienes iniciaron nuestras letras, hace un par de décadas o tres, en cohetes, robots y galaxias remotas. Todos los críticos coinciden en los lazos que emparientan a estos recién llegados: la falta de complejos y moldes fijos, el gusto por la transgresión de géneros y estilos, la referencia continua a iconos literarios, audiovisuales y de otra índole que patenta la cultura de masas. Por lo general, los nuevos fantásticos (y aquí estamos asumiendo, entre otros y por citar sólo a quienes publicaron algún título en el último año, a Jesús Cañadas, Ángel Luis Sucasas o Colectivo Juan de Madre) no cuentan entre sus fuentes de inspiración (o no sólo) la literatura exclusivamente de género, sino que están abiertos a otra clase de influencias que permean claramente sus trabajos y les dan un matiz muy característico: el de una suerte de calidoscopio o teatro de variedades, el de un montaje cinematográfico o televisivo donde se superponen imágenes que se anulan o complementan, generando un relato menos por el método tradicional del desarrollo que por la yuxtaposición de fragmentos de distinta procedencia. El efecto es un caos ordenado; esto es, una anarquía de personajes, coyunturas y símbolos que alcanza un sentido cósmico (donde cosmos significa estructura) una vez que el lector sabe ensamblar sus distintas piezas.
En principio, Challenger, de Guillem López, un nombre que acaba de situarse con un relampagueo en el centro de la nueva ciencia ficción española, no es más que eso, un caos. Un conjunto deslavazado de instantáneas, cada una de ellas con su propio protagonista y marco espacial y temporal delimitado, que un dios irónico, en este caso el narrador, ha tomado en los alrededores de Miami Beach el 28 de enero de 1986. Ni el lugar ni el día son casuales. Los ochenta agitan todo un viento de nostalgia y reconocimiento entre quienes nacimos durante la década previa, porque fueron los años en que transcurrió nuestra educación sentimental y se fijaron nuestros conceptos del infinito, de la aventura, del amor y del pánico: la era de Luke Skywalker, de Indiana Jones, de Reagan y Robert Zemeckis y el imperio del mal que empezaba en Berlín y los dibujos animados a la hora de la sobremesa. En cuanto a Miami, constituye, aparte de una metáfora de esa parte del sueño americano asociado a palmeras, playas y coches cromados, el punto de contacto entre el universo de las series de televisión (Don Johnson) y ese otro, hispanohablante y doméstico, con el que un lector de los nuestros podría identificarse con mayor facilidad. El 28 de enero de 1986, el transbordador espacial Challenger despegaba de Cabo Cañaveral rumbo a una misión orbital que nunca llegó a materializarse: porque no tardó en estallar a pocos pisos de la estratosfera, cubriendo el cielo de vistosas espirales azules y blancas y llevándose con él el sueño de millares de niños que algún día pretendíamos convertirnos en astronautas. Sintomáticamente, la novela arranca con un niño que contempla la masacre por televisión, acompañado de una lacónica advertencia del narrador: «Los niños no deberían conocer la muerte».
Challenger es el intento de convertir ese suceso catastrófico de nuestras infancias en el ángulo central del universo. Reflejados en ese aleph, la explosión sobre el cielo tropical del sur de América, las vidas aparentemente inconexas de hasta setenta y tres criaturas (no sólo personas) encuentran una dirección y un sentido, forman un tejido coherente. En medio de una jungla de existencias anodinas, de héroes de barrio, científicos locos, maridos con cuernos, policías, adivinas, extraterrestres, escritores de culto, saltos multidimensionales y universos paralelos, se insinúa una suerte de trama, de andamiaje general: aquel que articula el narrador omnisciente al concatenar las distintas historias de cada uno y presentarlas como parches en el tapiz común. La moraleja, si cabe usar esa palabrota antipática, es la de la matemática del caos: si todo sistema guarda en su seno una entropía, también todo desorden cobija, o sirve de reflejo, a una estructura superior. Como el yin y el yang, el universo y el torbellino del que surgió viven en un eterno equilibrio y en cualquier momento uno puede detonar el contrario. Parece que vivimos en un mundo horizontal y bien distribuido, pero el vacío acecha en los bordes: «Puede ser ridículo —leemos en la página 124—, pero siempre hay un punto de inflexión, un lugar en que el equilibrio se vuelve caos y los resultados, las fórmulas, la lógica, se va al garete; es el desagüe del universo, un remolino que gira y arrastra al vacío de la incomprensión cualquier supuesto, cualquier norma». Desde este punto de partida, Guillem López ha elaborado un mito cosmogónico de singular potencia, amparado, aparte de por la variedad temática de cada situación y personaje, por un lenguaje salpicado de impactos que llena la lectura de picos y hondonadas, que aletea bajo la página como un insecto escondido: algo vivo, inquieto y rebelde, que se adivina con las yemas de los dedos.
El Big bang, dicen los físicos, dio origen a la realidad que conocemos. Un estallido diferente sólo en magnitud al que podría producir una nave que se eleva en el aire, a la que un fallo mecánico condena a la desintegración y la leyenda.

martes, marzo 03, 2015

Pangea, Adrián Tejeda

Ediciones Irreverentes, Madrid, 2015. 174 pp. 14 €

Pedro Pujante

Pangea es la primera novela que publica Adrián Tejeda (Badajoz, 1979) bajo el sello de ciencia ficción 2099 de Ediciones Irreverentes. ¿Una utopía o una distopía? Quizá los dos subgéneros se entrelazan en esta fábula moral de factura futurista.
La narración, en capítulos alternos nos dibuja dos realidades distintas que al final de la novela habrán de confluir, a través de la presencia de un aventurado héroe anónimo que encontrará su propio destino, y quizá el de todos. Por un lado está el relato de un mundo distópico, mecanizado, hiperindustrializado y totalitario en el que la población humana se ha dividido en castas. Un antiutopía orwelliana y gris, muy similar a El talón de hierro, de London, que parece alertarnos sobre la dirección que está tomando este mundo materialista en el que vivimos.
En los capítulos pares, Tejeda, recurriendo al artificio del manuscrito encontrado, ha construido una suerte de documento testimonial, casi un ensayo o un Atlas, en el que nos detalla minuciosamente una sociedad utópica, ancestral, que todavía basa su fuerza en las energías primordiales. Con reminiscencias de la cultura zen y que nos remite a las utopías clásicas de Moro o Campanella y a las epopeyas vetustas de Gilgamesh.
El mundo tecnificado y estratificado están en guerra. Su objetivo es controlar a la población y acumular todas las reservas de Locker, un recurso muy valioso que funciona como metáfora de la codicia, del materialismo.
A diferencia de otras distopías que nos sumergen en un mundo totalmente creado, Tejeda, en Pangea nos explica su génesis, nos pone en antecedente haciéndonos ver no solo la parte ficcional de su propia novela, sino las problemáticas reales que nuestra sociedad acarrea en su desarrollo amoral y cada vez más materialista.
Con ecos de la novela clásica de distopía (Bradbury, Huxley), de Gilgamesh (Summer, Eanna) y algunas pinceladas de política y economía, Pangea funciona como una ficción futurista y demoledora, y a la vez sugiere un paseo autocrítico por nuestro propio presente. Tiene algo de relato épico, aventuras y muchos elementos de la filosofía zen o contracultural, que aspira a remodelar el mundo desde dentro, desde nuestro propio ser. Una sátira social que a través de la ciencia ficción nos coloca frente al doloroso espejo de la realidad.
La prosa de la parte menos narrativa goza de mejor suerte, siendo la construcción de la historia la que adolezca en algunos tramos, sobre todo en la primera mitad, de una mejor dicción. El autor ha descuidado algunas construcciones gramaticales, y una más detenida revisión hubiese beneficiado al conjunto de la obra. No obstante, nos hallamos ante una primera novela peculiar, interesante y que nos anuncia a un escritor con algo distinto que contar.

lunes, octubre 06, 2014

Legión y El alma del emperador, Brandon Sanderson

Trad. Rafael Marín. Fantascy, Barcelona, 2014. 238 pp. 14,90 €

Julián Díez

Es un hecho poco conocido fuera del propio género que la novela corta ha tenido un protagonismo decisivo en el desarrollo de la literatura fantástica y de ciencia ficción. Sin embargo, el devenir del mercado ha convertido al tocho y la serie de tochos en el formato más habitual en el que estos géneros llegan al lector, ocultando una producción interesante y que resulta absolutamente decisiva en este campo. Iniciativas como la de unir dos novelas cortas en un volumen, como es este caso, resultan por tanto dignas de aplaudir.
Brandon Sanderson, que aún no ha cumplido los 40, se ha convertido en apenas una década en uno de los principales nombres en la literatura fantástica pura. Y precisamente haciendo lo que más arriba comentaba: elaborando gruesos volúmenes de fantasía épica, e incluso consagrándose a terminar una de las series más longevas y exitosas en términso comerciales del género, La rueda del tiempo, al firmar los tres últimos volúmenes que su creador, Robert Jordan, no pudo concluir en vida.
Si esto suena poco prometedor, es tal vez porque a mí mismo me lo parecía de igual forma y he visto en la distancia el progresivo prestigio de Sanderson sin atreverme a catar su obra. Sin embargo, esta presente edición de dos novelas cortas independientes de sus sagas se presentaba como una inmejorable ocasión para poner remedio a mi desconocimiento y tengo que decir que ha valido la pena. Sanderson es un artesano eficiente: ameno, de estilo diáfano, y cierto vuelo imaginativo. Una de las cosas que me prevenían en contra suya era la similitud de su trayectoria vital con la de uno de los dominadores de este campo en los últimos años, Orson Scott Card; pero lo que se ve en las dos novelas cortas de este volumen son, precisamente, las cualidades con las que Card (en sus, ay, ya casi olvidados momentos de acierto) consiguió un notable prestigio en el arranque de su carrera antes de entregarse sin paliativos en brazos de la comercialidad y el proselitismo religioso mormón.
“Legión”, el primero de los contenidos del volumen, presenta a un curioso personaje: Stephen Leeds, un hombre que sufre alucinaciones tan vívidas que de hecho los personajes que imagina se conviertan en sus auxiliares para aportarle sus propias cualidades, desde la de ser un experto hacker hasta la de hablar en distintos idiomas. En esta intriga, Leeds es reclutado para buscar a un inventor que vendió a una empresa la idea de una máquina que permite tomar fotos del pasado, pero ha desaparecido con el prototipo una vez acabado. La resolución de la trama no resulta del todo satisfactoria, y tiene un cierto regusto a profesionalidad americana de “curso de escritor”, pero el personaje tiene tanta chicha que sostiene el juicio final positivo del relato, que por lo demás es entretenido.
En cuanto a “El alma del emperador”, se trata de una obra de fantasía heroica con bastantes más puntos de interés, que consiguió ganar el premio Hugo del pasado año. La protagonista es Shai, una maga falsificadora, capaz de copiar “el alma” de personas y cosas, de rediseñar o de copiar prácticamente lo que se le antoje. La suya es una habilidad considerada como blasfema, pese a lo cual los poderes fácticos del Imperio Rosa la apresan para que reconstruya la personalidad del emperador, que fue víctima de un atentado.
Aunque en el espacio de una novela corta no hay lugar para la creación intensiva y original de un mundo de fantasía, las pinceladas ofrecidas por Sanderson tienen muchos matices interesantes, al igual que los personajes; no sólo Shai, sino el anciano consejero Gaotona, que consigue eludir el tópico en que podría sustanciarse. Sanderson se las apaña para eludir algunos tópicos del género; por ejemplo, he tenido ocasión de leer comentarios suyos en los que rechaza la clásica fórmula del relato de viaje como esqueleto de las historias de fantasía, y efectivamente “El alma del emperador” se desarrolla prácticamente de forma íntegra entre cuatro paredes sin por ello dejar de resultar una historia entretenida y de satisfactorio vuelo imaginativo. Las gotas de heroísmo, traición y magia que salpimentan el relato consiguen darle verdadero cuerpo épico, sin por ello caer en lo trillado.
Tanto Shai como Stephen Leeds parecen personajes llamados a protagonizar más historias de Sanderson, que confiemos en que sepa sacarles partido con las mismas herramientas que lo hace aquí. Veremos si este juicio se consolida más adelante o, como en tantas ocasiones en el género, los formatos extensos y la tentación de deslizarse hacia la fórmula deja estas novelas cortas en un preludio sin continuidad.

martes, mayo 20, 2014

La cuarta señal, José Carlos Somoza

Minotauro, Barcelona, 2014. 478 pp. 19,95 €

Luis Manuel Ruiz

Habrá gente a la que le guste más o menos, pero lo cierto es que debe reconocerse que José Carlos Somoza es uno de los principales renovadores de la literatura de género en este país. Más problemático parece definir el género que ha venido a remozar: porque lo que él practica tiene pies, tentáculos o antenas en diversas orillas y se inclina con idéntico ángulo del lado de la literatura policíaca, la fantástica, la filosófica (yo tampoco sé lo que es), la culta (y esto menos), la ciencia ficción. Igual un breve recorrido por su trayectoria sirve para aclararnos algo: Somoza obtuvo sus primeros éxitos con una personal mezcolanza de novela de suspense y juguete metatextual, que halló cristalización, en primer lugar, en Dafne desvanecida (Finalista del Premio Nadal en 2000), y, sobre todo, con La caverna de las ideas (2000), una fantasía sobre la Academia de Platón y la irracionalidad griega que constituye todavía una de las cimas sin hollar de la narrativa detectivesca de este lado del castellano. A partir de ese culmen, comenzó a desarrollar su interés por otro tipo de temática, afín a la primera pero más libre y oscura, como bien documenta La dama número 13 (2003), fábula, inspirada en Dante, sobre el vigor de la poesía y la magia terrible que subyace a las palabras. Desde Clara y la penumbra (2001), continuada en Zigzag (2006) y La llave del abismo (2007), ya conocemos al autor tal y como ha quedado retratado en los prontuarios de género fantástico: dueño de un thriller potente, interdisciplinar, internacional, con un especial cuidado en las enroscaduras de la trama y los vaivenes emocionales de los personajes, que amplía los territorios de la ciencia ficción patria a la vez que repinta la carrocería de viejos tópicos de la cultura libresca.
Lo primero que suele destacar en el arte de Somoza es la elección del tema. Si todo relato nace de una idea matriz que luego va desanudándose, y creciendo, y enredando otras cosas y atrapando otros tobillos, es de justeza admitir que él tiene el talento de saber reconocerla y elegirla bien. Identifica como pocos las posibilidades fantásticas de un postulado, sea éste filosófico, científico o de otra índole, y lo exprime hasta hacerle rendir todo su jugo: La dama número 13 es una narración de terror extraído de antiguos conceptos antropológicos sobre la magia del verbo; Clara y la penumbra desarrolla hasta el límite los peligros de la deshumanización que planean sobre el arte contemporáneo; en Zigzag, el horror procede de ciertos márgenes sin anotar de la teoría de cuerdas, uno de los modelos más avanzados de explicación de la realidad física; y la trama de El cebo (2010), el más redondo de sus últimos títulos, especula sobre la significación auténtica del teatro y las posiciones relativas de verdad y mentira en la vida de cada individuo. A esta virtud primera, la de saber quedarse con la mecha que mejor arde, Somoza añade la segunda de distribuir bien la carga de los explosivos. A día de hoy, existen pocos escritores españoles capaces de armar un argumento de mayor rigor, con un esqueleto mejor trabado o más elástico, que responda con mayor flexibilidad al empuje de las expectativas del lector. Entrenado sobre todo en la escuela del best seller anglosajón (porque tenemos tanto que aprender todavía del best seller), Somoza sabe embrujar a quienes ingresan en sus páginas con las cantidades justas de nervio, introspección, diálogo y drama, lo cual suele convertir sus ficciones en experiencias altamente satisfactorias para cualquier aficionado, independientemente de sus inclinaciones. La calidad de los explosivos también importa: el mimo y la atención invertidos en modelar a cada personaje para hacerlo reconocible sobre el fondo del resto, en especial los secundarios y los opositores al héroe, los afluentes en que la acción principal se disgrega para dar cuenta de estas otras existencias traseras, sirven para acrecentar la sensación de espacio y dotan de profundidad al conjunto.
Lo antedicho sobre las destrezas de Somoza puede aplicarse con comodidad a su nueva criatura, La Cuarta Señal. El punto de partida son los riesgos de la realidad virtual y la vida divorciada en que nos ha sumido la tecnología, donde nuestra existencia de todos los días se ve desbordada y desplazada por las redes sociales o el ocio digital hasta el punto de suplantarla. En un giro típico del autor, el sistema Órgano, que vertebra esta segunda dimensión paralela, está construido sobre la música de Bach, y es la interpretación, o la alteración, adición o sustracción de notas a los pentagramas del genio de Eisenach lo que puede provocar alteraciones insospechadas en su modo de funcionar. Para describir los recovecos de este nuevo mundo, imaginado hasta detalles que duelen, se nos invita a una trama de cuenta atrás, de avance progresivo del apocalipsis, que dos héroes que pasaban por allí se ven forzados a frenar a través de peripecias y cambios de dirección que, alcanzada cierta altura, pueden inducir un tanto a la confusión. Pero que culminan en un desenlace donde vuelve a mostrarse la valía de Somoza como novelista y la sabiduría de artesano que le han permitido adquirir sus muchos años de pulir thrillers y encajar tuercas para que funcionen al nivel de los más finos engranajes. En cuanto a los personajes, refrendando lo dicho en el párrafo anterior, el lector hallará aquí media docena que sumar al bestiario impagable de títulos previos: la cariñosa asesina Misaki; Hyp Grost, también criminal, envuelta en pieles y con caderas de niña; el albino Oswald Morpurgo, de quien depende un imperio que no ocupa lugar en los mapas. En fin, todo un manantial de pretextos para seguir leyendo a José Carlos Somoza y recomendándolo a los amigos.

jueves, julio 11, 2013

Pioneros de la ciencia ficción rusa, VV. AA.

Selección, traducción y notas Alberto Pérez Vivas. Alba, Barcelona, 2013. 352 pp. 19,50 €

Luis Manuel Ruiz

Todos recordamos el frenético episodio de Dostoievski en que el diablo se le aparece a Iván Karamázov sobre un diván con la intención de desquiciarle. O aquel terrible abuelo de ojos inyectados en sangre que se asoma a través de una ventana en la historia de vampiros de mayor eficacia antes del advenimiento de Drácula, La familia Vourdalak, de Alexis Tolstoi. O las infinitas casas encantadas, ogros, ninfas y genios en forma de esqueleto que Vladímir Propp recoge del folklore popular y glosa en su Morfología del cuento, el libro al que Lévi-Strauss le rezaba todas las noches. Son ejemplos evidentes, creo, de que el alma rusa siempre ha propendido, amén de a una introspección psicológica que a menudo se asoma a las aristas más estomagantes de la condición del hombre, a la fantasía: una fantasía onírica, hermanada con lo grotesco, de ambientación eminentemente rural y vinculada con los grandes tormentos del alma, esos que suelen alimentarse de la clarividencia del insomnio.
Amantes como son de los otros mundos (es dudoso que ninguna otra nación les supere en el censo total de visionarios, reformadores, mesías, suicidas y escritores patológicos), parecía poco menos que natural que los rusos saltaran sin inconveniente la tenue barrera que separa la literatura tradicionalmente fantástica, la de bosques, colmillos y cadenas, de la ciencia ficción, que es lo mismo pero con las sábanas del fantasma convertidas en escafandras. No entraremos aquí en el berenjenal de qué es lo que distingue a la c/f como género por encima o frente a otras manifestaciones de ámbito semejante, notoriamente el fantástico; baste con reconocer que ambos comparten un presupuesto común que hace los productos de una prolongaciones espontáneas del otro a través de un sucinto cambio de decorados: la exploración de un más allá, de un universo aparte, de un reino extraordinario donde las leyes conocidas de la naturaleza no conservan su vigencia. El marciano es el fantasma vestido de aluminio; el astronauta es el caballero que en lugar de espada blande un rayo láser; los conjuros han sido reemplazados por las frías fórmulas del laboratorio. Pero algo se mantiene: eso de ahí es otra cosa, algo que nos aterra y nos atrae porque no podemos explicarlo, y nosotros somos quienes somos porque no somos eso.
Sabíamos ya que el género puede escribirse en cirílico porque a finales de los sesenta Bruguera publicó en su colección de bolsillo un Lo mejor de la ciencia ficción rusa reunido nada menos que por el inefable Jacques Bergier. Simple traducción de la versión francesa, tenía al menos la virtud de presentar al lector en castellano autores que forzosamente debía ignorar y que seguirían siendo desconocidos por aquí hasta hace bien poco, como Iván Efremov, Alexander Beliáiev o los hermanos Strugackij, la mayoría de ellos de etapa soviética. El volumen que ahora presenta Alba, Pioneros de la ciencia ficción rusa, debería entenderse como una especie de entrega anterior o precuela de la colección de Bergier, al remontarse hasta los inicios del cultivo del género por literatos rusos de finales del siglo XIX y principios del XX. Si no por novedad, la edición de Alba cuenta con una serie de méritos que la colocan sobre aquella de Bruguera: la traducción directa del ruso por Alberto Pérez Vivas; la calidad del papel, que no parece arrancado de un periódico; el esmero en la presentación de cada relato, cada página y, no en último lugar, de la propia portada; la feliz ausencia de prólogo.
La c/f europea, notoriamente la concebida en los antiguos países de la órbita comunista, exhibe una serie de rasgos propios que ya se insinúan de algún modo en esta recopilación primeriza. Si tomamos como representante paradigmático al enorme Stanislaw Lem, veremos que muchas de sus interrogaciones, atisbos y derroteros están presentes de una forma netamente reconocible en sus antepasados de casi medio siglo atrás: están el humanismo, el interés por la psicología antes que por la tecnología; el sentido del humor, a menudo crítico y paródico; está el cuidado en la escritura, como si no se resignasen a entender la fantasía como un plato de consumo masivo que no precisa de saliva ni incisivos; está el terror, sugerido de un modo indirecto y como cósmico, sin concretar en tentáculos ni charcos de sangre. De un modo u otro, las cinco narraciones que componen la antología de Alba ilustran alguno de estos aspectos. “Entre la vida y la muerte” (1892), de Alexéi Apujtin, describe con mucha sorna una especie de trance visionario inmediatamente anterior a la muerte de un príncipe, incidiendo a la vez en la vieja teoría de la transmigración de las almas. “En otro planeta” (1896), de Porfiri Infántiov, entronca con las utopías filosóficas de Moro, Campanella, Voltaire o Emerson, y nos detalla un planeta Marte habitado por virtuosos monstruos con cola, trompa y un solo ojo en el centro de la frente. En cuanto a “El misterio de las paredes” (1906), de Serguéi Mintslov, se trata de una fantasía voyeurística en torno a un aparato capaz de rescatar, a través de ondas electromagnéticas, la memoria adherida a las paredes de los edificios. Como la curiosidad acaba por liquidar a cualquiera, gato o no, la cosa acaba en incendio.
Pero lo mejor de la selección lo constituyen, sin duda, los dos relatos de Valeri Briúsov, uno de los padres fundadores del simbolismo ruso, dotado de una perturbadora imaginación sembrada de presagios y amenazas. Si “La Montaña de la Estrella” (1899) anticipa sorprendentemente algunos de los postulados de Lovecraft y sabe aliñar con extraño acierto a Allan Quatermain con John Carter, “La República de la Cruz del Sur” (1905) es una fábula kafkiana en torno a un imaginario estado de la Antártida en que encontramos ecos proféticos de la dictadura soviética, entre otros elementos. En total, la antología rebasa con mucho la mera curiosidad bibliográfica para excitar el interés de cualquier aficionado al género: y hacerle comprobar que para inventar futuros lejanos o volar a través del vacío de las estrellas no es imprescindible la presentación del pasaporte británico o americano. Faltaría más.

viernes, junio 21, 2013

La cabeza del profesor Dowell, Aleksandr Beliáiev

Trad. Alberto Pérez Vivas. Ed. Alba, col. Rara Avis. 358 pp. 19,50 €

Julián Díez

Durante años la literatura fantástica anglosajona nos ha contagiado su propia visión endogámica del género, su sensación de hegemonía originada en los años treinta en la creación de un mercado de literatura pulp al que salía más barato pagar originales que traducciones. Es curioso, sin embargo, que el propio Isaac Asimov se refiera en sus memorias de muchacho neoyorquino a su visión de la producción cultural extranjera como referente futurista en su infancia: desde Metrópolis, que fue para él lo que Star Wars para mi generación, hasta Julio Verne.
El hecho ha sido especialmente injusto con la tradición rusa del género, castigada por problemas adicionales: la dificultad de las traducciones, acentuada por un estilo bastante más exigente que el de los contemporáneos anglosajones, y la carga ideológica de buena parte de sus trabajos.
En España, la obra del más prolífico de los autores rusos de ciencia ficción anteriores a la Segunda Guerra Mundial, Aleksandr Beliáiev, fue bastante traducida en los años sesenta, cuando esa hegemonía anglosajona no estaba aún tan consolidada. Sin embargo, llevaba sin publicarse uno de sus trabajos en España cuatro décadas hasta que ahora lo hace Alba, en una labor obviamente inspirada por las ediciones de Nevsky Prospects de otros clásicos del género ruso como Aleksandr Bogdánov o Alekséi Tolstói.
Beliáiev publicó cerca de cuarenta novelas de proto ciencia ficción, que le han proporcionado de manera recursiva el calificativo de “Julio Verne ruso”. Sin embargo, hay en su obra matices más próximos a H.G. Wells; sí que tiene en sus propósitos una fidelidad a los conocimientos científicos de la época una proximidad al francés, pero su vuelo imaginativo muestra un mayor atrevimiento propio del británico. En su trabajo, por cierto, no hay casi rastros de propósitos políticos, ni panegiristas de la grandeza soviética como los citados Bogdánov y Tolstói, ni críticos como en el caso de Zamiatin o luego, con matices —y seguramente el mejor resultado de todos desde el punto de vista literario—, los hermanos Strugatski. Beliáiev es, en realidad, una especie de Michael Crichton: escribe novelas amenas de aire internacional para todos los públicos usando como excusa un punto de partida científico. A la larga, esa línea divulgativa terminó siendo la principal en la ciencia ficción soviética de postguerra, con otros autores que merecerían ser más conocidos por el público español como Yefrémov o Dneprov.
Aunque es una obra bastante conocida y con adaptación cinematográfica en su país, La cabeza del profesor Dowell nunca había sido vertida al castellano, tal vez porque su punto de partida resultara pronto demasiado inverosímil para los lectores: la posibilidad de mantener una cabeza viva apartada del cuerpo, algo que los científicos soviéticos de la época se jactaban de haber conseguido con animales. Hoy, sin embargo, y Futurama mediante, es un concepto bien conocido y con un simpático regusto camp que posiblemente haya impulsado su edición.
La protagonista es Marie Laurane, una enfermera contratada para mantener con vida a la citada cabeza, correspondiente a un científico implicado en el tema que pronto descubriremos que fue traicionado por su asociado. Marie será nuestros ojos para descubrir toda la historia, conocerá al hijo de Dowell y se implicará en la lucha por remedar la injusticia cometida.
El volumen se completa con una novela corta de mayor originalidad, El día del Juicio Final, con un tono más liviano que contrasta con el melodramatismo en ocasiones excesivo de la novela previa. Aquí seguiremos a un periodista francés desplazado a Berlín que asiste a un suceso extraordinario: la ralentización de la velocidad de la luz, que hace que los personajes sean capaces de verse a sí mismos unos segundos antes, en la primera consecuencia de las imaginadas por el autor. Aunque no se sostenga mucho con las posteriores evoluciones de la teoría de la relatividad, es una historia de un notable vuelo imaginativo, que redondea la impresión que brinda el volumen en su conjunto de la capacidad de su autor.
Posiblemente este no sea un libro para todos los paladares; exige la misma simpatía, el mismo retorno a la ingenuidad del lector desprejuiciado, que se requiere hoy para poder disfrutar con Verne o Wells, o con el reciente homenaje que César Mallorquí hizo a ambos en la excelente La isla de Bowen. Sin embargo, no les faltan a estos clásicos lectores actuales que, como yo, encontrarán en el trabajo de Beliáiev una vuelta de tuerca adicional más que atractiva.

martes, junio 18, 2013

Atrapadioses, Marco Herreras

LcL Libros, Madrid, 2013. 333 pp. 3,99 € (eBook)

Miguel Baquero

De las variadas formas en que se puede mantener la tensión a lo largo de una novela, Marco Herreras, en esta su primera obra, ha elegido, sin duda, una de las más inusuales: a través de la ciencia, y más en concreto, a través de la física molecular. Suena, lo sé, extraño, e incluso increíble, pero quizás se comprenda con unas ligeras pinceladas sobre el argumento de Atrapadioses.
Un profesor de Matemáticas —perfectamente caracterizado, dicho sea, de paso, en lo que supone un acierto narrativo—; un tipo bastante asocial, un pelín cínico, contemplador irónico y sarcástico de lo que acontece a su alrededor, comienza a sufrir unos extraños sueños, al fondo de los cuales cree vislumbrar una figura opresiva, terrible, un inconcreto pero ferocísimo ente que parece acecharle para darle muerte. La recurrencia de esas pesadillas hace que busque una explicación, y solo al cabo de un cada vez más angustioso vagar por libros y documentos acaba encontrando algo parecido a una respuesta: desde el principio de los tiempos, esa aterradora presencia de sus sueños, El Cazador, ha asaltado a algunos individuos, y su presencia cruel asoma al fondo de numerosos cuentos y leyendas —todas de final trágico, no hace falta decir—. Pronto infiere que El Cazador es una presencia depredadora de otra dimensión, ante la que quizás sólo quede actuar de una forma: acudir —cada vez con más apremio— a ese punto de la realidad subatómica, esa partícula, la más mínima del universo, en que parecen confluir todos los espacios y por donde, quizás, accede de su mundo al nuestro…
A menudo se ha establecido, en torno a las novelas de ciencia-ficción, el debate sobre si han tener más de ficticio que de científico, o viceversa; sobre si, en resumen, el componente “técnico” es básico a la hora de contar, o simplemente accesorio, prescindible o incluso molesto. Pues bien, como en su novela, Marco Herreras parece haber dado con una posible respuesta para comunicar perfectamente las dos dimensiones: la científica y la novelística, sin necesidad de tener que irse a tiempos futuros, ni perderse por space-operas, ni recurrir a sagas grandilocuentes de eco medieval.
Atrapadioses es un relato de aquí y ahora, de este momento, inscrito en un entorno cotidiano fácilmente reconocible; y es al mismo tiempo una novela donde se manejan los últimos conceptos matemáticos y físicos, como son los bosones, las Supercuerdas o los espacios de Calabi-Yau, sin recrearse en las complejidades. De una forma ágil, dinámica —e inevitablemente didáctica para el lector—, Herreras trenza su argumento en torno a estos conceptos científicos con la mayor naturalidad, sin necesidad de ponerse la bata blanca y sin el prurito de engolar la voz. Tampoco sin engolfarse en largos meandros explicativos que inevitablemente entorpecerían el desarrollo de la novela; dicho esta que el autor no renuncia a lo narrativo.
El resultado es un libro vivaz y ameno que —quién lo diría— envuelve al lector en la tensión de un argumento sobre elementos físicos y conceptos matemáticos. En la línea de los mejores narradores de ciencia-ficción norteamericanos —de los que el autor se declara admirador, desde Neil Stephenson a Tim Powers o William Gibson, y en general los autores del cyberpunk— y de la fastuosidad imaginativa del gran Philip K. Dick. Atrapadioses es una pequeña, curiosa y muy literaria especie dentro del panorama narrativo.

martes, abril 16, 2013

El evangelio de las aves, Adam Novy

Trad. Carles Andreu. Seix Barral, Barcelona, 2012. 448 pp. 20 €

Julián Díez

¿Verdad que a veces se lee un libro que no es bueno-bueno, que simplemente está bien aunque repleto de peros, y sin embargo se sienten muchas ganas de recomendarlo? Porque hay otros factores en juego, por ejemplo los que inciden en El evangelio de las aves: la sensación de descubrimiento, pongamos por caso. La de estar ante una obra singular que puede ser la puerta a más. La originalidad de los mejores momentos. La ambición, el impulso, el buen tono global.
La cuestión que no puede ocultarse, por otra parte, es que esa misma ambición ha hecho que tal vez Adam Novy haya intentado en su primera novela dar un bocado más grande del que podría tragar. Y no ha podido escapar en algunas páginas a los mismos defectos que acechan al resto del new weird, el movimiento al que se aproxima este trabajo. En resumen, hay páginas en las que lo extraño de lo que ocurre resulta un punto caprichoso, definitivamente ajeno, y el lector siente cierta fatiga por la incesante —y a veces, ay, incoherente— creatividad del autor. Sin mencionar la certeza, ya asumida en este tipo de fantasía contemporánea, de que no habrá una explicación, una conclusión lógica, una concesión a la narrativa tradicional como cierre.
Dicho esto, ole por Novy.
El evangelio de la aves se desarrolla en un escenario catastrofista, cuyo origen no se determina en toda la novela. Está contado desde el punto de vista de un narrador posterior a los hechos, que se intuye que los recopila como si pretendiera crear un texto sagrado; sin embargo, el tono bíblico no es sino ocasional y no estorba especialmente el relato, sino que sirve para ocasionales subrayados solemnes. Según el propio autor en una entrevista, quería “sonar como Gandalf si Gandalf estuviera lleno de mierda, como un genocida que se compadeciera de sí mismo, pero siguiera siendo Gandalf con toda su mística y demás”.
El escenario no es un mundo reconocible postatómico a la manera de La carretera de McCarthy, la novela con la que se la ha comparado -y a la que sólo alcanza en sus mejores momentos-. Es un lugar en el que Oklahoma y Hungría son lugares fronterizos enzarzados en guerras endémicas, los gitanos forman una especie de sociedad alternativa y los pájaros han decidido atacar a la humanidad. Entre otras —muchas— cosas.
La ciudad sin nombre donde se desarrolla la acción está bajo el tiránico control de un juez al que Zvonimir, un hombre capaz de controlar a los pájaros, rinde interesada fidelidad. Sin embargo, su hijo Morgan, que multiplica sus habilidades, termina por rebelarse; pronto sabremos que es el nuevo Mesías que anuncia este evangelio, aunque en su historia haya también amor, brutalidad y remolinos shakespearianos.
La novela funciona como fábula oscura, como retorcida parábola de algunos aspectos de nuestro tiempo, aunque menos frecuentemente como ficción. Resulta sorprendente que su modesto éxito en el circuito indie estadounidense le haya conseguido una traducción al castellano, si bien uno no puede sino envidiar la edición original que Seix Barral, que ha hecho una impecable pero convencional, no ha querido imitar: dos tomos pequeños en papel biblia, de cantos redondeados, a la manera de los evangelios tradicionales.
Pese a todo lo dicho, lo cierto es que el veredicto sobre El evangelio de las aves va a seguir pendiente por un tiempo. Es posible que se quede en una rareza singular, una explosión de raro colorido. Pero también es el tipo de libro —esta es mi apuesta— al que una segunda obra más redonda por parte de su autor, que parece al alcance de Novy, convertirá en un clásico menor de culto.

jueves, marzo 21, 2013

El sanador, Antti Tuomainen

Trad. Ursula Ojanen y Rafael García Anguita. Mondadori, Barcelona, 2012. 212 pp. 16 €

Julián Díez

Tapani Lehtinen, un poeta fracasado, recorre las calles de la Helsinki en llamas de dentro de diez, quizá quince años. En unas ocasiones va solo, en otras le lleva en su taxi un inmigrante magrebí que considera que esa ciudad de vagabundos hacinados en antiguos estadios, epidemias de gripe y bandas de seguratas imponiendo el terror es una tierra de oportunidades en comparación con su país de origen. Tapani busca a su esposa, periodista, que sigue la pista de un asesino que pretende castigar a los promotores del desastre ecológico: capitalistas sin escrúpulos, oligarcas, los supuestos triunfadores de pocos años atrás, ahora refugiados en urbanizaciones acorazadas o de camino hacia el círculo polar ártico, donde todavía el clima es soportable.
En su alucinado peregrinaje, el poeta visita repetidamente a personajes que definen su futuro, nuestro futuro: una pareja de amigos suyos que quiere escapar de la ciudad, él un abogado que sabremos que puso su granito de arena en el armagedón; un policía que sigue luchando por inercia, a sabiendas de que no hay forma de detener el derrumbe, pero que es honesto casi por eliminación, por falta de alternativas; el redactor jefe de un periódico que se aferra a la supervivencia de su medio, aunque lo que haga ya no tenga nada que ver con el servicio a la sociedad, sino sólo con la fidelidad a su propio sueldo («Tengo redactores que quieren contar la verdad. Siempre les pregunto qué es la jodida verdad. Y no pueden darme una respuesta en condiciones. Excepto, naturalmente, que la gente tiene que saber. Y yo les pregunto si realmente la gente quiere saber. Sobre todo, si están dispuestos a pagar para saber más»).
El amor de Tapani es sólido, creíble, pese a que asistiremos al descubrimiento de las fisuras en su relación. Su fidelidad, ciega, es un contrapunto con la reconocible debacle de su entorno. Como corresponde a una distopía actual, sobre un futuro plausible ante el que no parece que seamos capaces de dar ninguna solución, Tapani no será capaz de encontrar una salida y no hay ninguna clase de horizonte. Aunque al menos seguirá fiel a sí mismo. Tuomainen no es capaz de ofrecer mucha más esperanza que la individual, pero tiene la compasión suficiente hacia sus personajes como para no dañarles más de lo imprescindible en su contexto. Quizá lo más eficaz de la novela es que no es tremendista: lo que ocurre en ella es duro, pero lo más inquietante es seguramente que deja claro que lo peor está aún por llegar.
Su estilo es seco, eficaz, mucho más en la tradición de la novela negra americana que en la de la nórdica o la literatura distópica. Respecto a la primera, da un giro de tuerca al trasladarse del retrato social a la especulación. En cuanto a su dimensión como distopía, ya ni siquiera resulta llamativo que la mejor obra al respecto publicada el año pasado, la única que se ocupa de lo que el ciudadano medio teme que esté por venir, haya aparecido en una colección que no es de ciencia ficción. Un libro, en suma, relevante, necesario, que parece mentira que nadie haya escrito antes y que resulta increíble que pueda pasar inadvertido.

martes, marzo 05, 2013

El jinete de la onda del shock, John Brunner

Trad. Antonio Rivas. Gigamesh, Barcelona, 2012. 331 pp. 20 €

Fernando Ángel Moreno

Acercarse por primera vez a reediciones como esta aporta una intuición hermosa: revivir el nacimiento de la gran ficción prospectiva mientras se gestaba. Aquellos relatos fueron los del movimiento de los años sesenta y setenta denominado New Wave. A pesar de las numerosas excelentes obras anteriores a este movimiento, la dignidad de esta mirada diferente, de esta distinta actitud de la New Wave, cambió el género para siempre.
John Brunner fue un clarísimo representante de este fenómeno con cuatro novelas fundamentales: la trilogía del desastre (Todos sobre Zanzíbar, El rebaño ciego y Órbita inestable) y la que Gigamesh reeditó recientemente: El jinete de la onda del shock. Es representativa por su compromiso social y por su compromiso literario.
Lo primero quizás sea lo más impresionante mientras se lee. Seguramente el autor no profetizaba sobre el futuro 1975, sino que hablaba de dos presentes con el mismo problema: el suyo y el nuestro. Por eso parece anticipar el futuro, porque la constante falta de interés de los políticos occidentales por corregir una trágica deriva de la política y la economía ha incrementado hasta hoy el gravísimo problema de la falta de éticas política y económica. En este sentido, el texto de Brunner no impacta tanto por su crítica al capitalismo por sí misma, sino como desenmascaramiento de la maldad humana, que un capitalismo descontrolado incentiva si no se le ponen barreras.
El propio argumento de la obra ya implica este pensamiento: un hombre educado en una institución para superdotados se sumerge en una lucha personal contra la corrupción a todos los niveles. Para ello se sirve de un espacio virtual que intuye admirablemente lo que sería el mundo de internet y de las transacciones electrónicas.
Sin embargo, lo interesante de la New Wave estuvo en su tratamiento literario experimental, con la combinación de diferentes recursos narrativos e incluso a menudo paratextuales con un mayor cuidado del lenguaje y el diseño de personajes. Como buen hijo del movimiento, en El jinete encontramos un gran trabajo intratextual sobre utopías y distopías. Se apoya para ello en una estructura episódica atrevida que combina pequeños diálogos (a menudo sin interlocutor ni referencias) con largas unidades de acción o con descripciones espaciales sugerentes. Por si fuera poco, se acompañan estos episodios con títulos desconcertantes, poéticos, irónicos o agresivos según el caso, que obligan al lector a reflexionar sobre el subtexto, las conexiones intelectuales o, al menos, a ahondar en sus intuiciones sobre lo que está ocurriendo. Además propone una acertada defensa de los límites del intervencionismo estatal, tanto desde un punto de vista ético como desde otros prácticos y sociales.
Por si fuera poco, se nos presenta a un personaje problemático en cuanto a sus delirios de personalidades múltiples autoinducidas y sus tormentosas relaciones con otros individuos y con la sociedad.
Así, ninguna conclusión inmediata es del todo correcta durante la lectura ni se encuentra un sentido único con poco que se reflexione sobre el discurso que Brunner construye. Sin embargo, en cuanto uno se acostumbra al extravagante desarrollo novelístico, crece el interés por la trama y la facilidad de lectura hasta dejar, al menos en mi caso, con grandes ganas de una relectura para percibir multitud de sutilezas.
Pumas como mascotas, programas de televisión límites, manipulación de información sanitaria-empresarial, resignación ante la corrupción del sistema, situaciones deslumbrantes, emociones escondidas bajo emociones, dudas existenciales… Con detalles de todo tipo se levanta una sociedad extravagante y complicada, pero cuyas coordenadas parecen separarse de las nuestras solo por falta de imaginación de los gobernantes y de los grandes empresarios.
Con todo ello Brunner logra una buena introducción a las posibilidades de lo prospectivo por encima de los tópicos más usuales en torno a la ciencia ficción. El lector podrá disfrutar de una obra compleja, original, con mil posibilidades de lectura y con una inquietante sensación de que, entre las metáforas, las exageraciones, los juegos narrativos… entiende el presente con alarmante lucidez.

jueves, enero 31, 2013

Zendegi, Greg Egan

Trad. Carlos Pavón. Ed. Bibliópolis, Madrid, 2012. 303 pp. 21,95 €

Julián Díez


Greg Egan es uno de los personajes más curiosos del género de ciencia ficción actual. En la era de la comunicación, un escritor que destaca por sus miradas más osadas hacia el futuro es un anacoreta sin presencia mediática alguna, en un contraste absoluto con buena parte de sus colegas. No hay fotos suyas, no acude a ningún acto, y reside en Perth, una localidad australiana a miles de kilómetros de cualquier otra con aeropuerto internacional: el mejor lugar posible para que nadie le busque jamás. Tal vez ni siquiera exista, y sea una dirección de correo electrónico respondida por algún otro notable. Incluso recuerdo haberle preguntado directamente al respecto a Ted Chiang, otro de los autores del momento: se limitó a decir que ya le gustaría.
No sabemos a ciencia cierta, por tanto, de donde proceden los conocimientos multidisciplinarios que respaldan los argumentos de Egan, plasmados hasta hoy en once novelas y seis colecciones de cuentos publicadas durante los últimos veinte años. Personalmente, admito que prefiero hasta ahora con diferencias sus relatos sobre las novelas. En el formato corto, como le pasa a otros escritores del género, Egan va al grano y no puede acumular sus despliegues de tecnología y especulación científica, con querencia hacia complejos desarrollos de lo que se da en llamar ToE (Theory of Everything, “teorías sobre todo”) que terminan por convertir sus novelas en gigantescos constructos metafísicos. O, por decirlo más directamente, la verdad es que no tengo las herramientas necesarias para seguirle cuando se pone realmente estupendo y se imagina un cosmos entero a su medida.
Zendegi, su novena novela, viene a romper esa línea genérica de trabajo al desarrollarse sobre tecnologías más cercanas y en un escenario más cortoplacista: el Irán de pasado mañana, en su primera parte, y el de dentro de quince años en la segunda. La elección del lugar ya es de por sí curiosa, porque los países islámicos han sido muy raramente objeto de las especulaciones del género. Aunque en los últimos tiempos se acumulen buenas novelas que miran el futuro fuera del marco europeo y estadounidense, caso de La chica mecánica de Paolo Bacigalupi o Brazyl de Ian McDonald
En ese entorno de relativamente baja tecnología, Egan nos viene a mostrar los primeros pasos que podrían dirigir al mundo post o transhumano que retrata en la mayor parte de sus novelas previas. Los protagonistas son por un lado el periodista Martin Seymour, enviado al país para seguir una revolución contra el régimen islamista, y por otro la programadora Nasim Golestani, que trabaja para el entorno virtual Zendegi ("vida", en farsi). Sus historias terminarán por confluir en ruta hacia el primer mapeo cerebral de la historia: la conversión de la inteligencia y la individualidad humana en incontables bits de información que reproducen el pensamiento, con todas las posibilidades que eso supone.
Releyendo lo que llevo escrito hasta el momento, reconozco que la novela puede tener un aspecto bastante temible, pero en esta ocasión no hay para tanto. Egan parece haber hecho el esfuerzo de dirigirse a un público más amplio, y todo coincide para que esta sea no sólo su obra más asequible hasta la fecha, sino una novela francamente recomendable para cualquiera interesado por un futuro “realista” y sin especial preparación científica
A diferencia de lo que ocurre en otros de sus trabajos, el autor australiano introduce aquí personajes capaces de despertar empatía en el lector, en lugar de protagonistas inmersos en futuros complejos que obligan a un esfuerzo de comprensión. El hecho de que el relato se desarrolle en Irán, retratado con una cercanía de detalles que habla seguramente de algún viaje de Egan al país, le permite introducir detalles de ambiente muy interesantes, y mantener sus especulaciones dentro de un territorio más accesible. Incluso es obvio su esfuerzo por incluir explicaciones científicas a través de personajes fuera de su línea de trabajo -muy curioso por ejemplo un futbolista estrella convertido en bits- y algún elemento de humor para desengrasar antes de un final agridulce, algo escéptico, pero perfectamente justificado.
Zendegi es una excelente introducción al trabajo de uno de los escritores que están diseñando el futuro, y que ya había demostrado que podía llevar a cabo especulaciones más cercanas en buena parte de sus cuentos. Es una novela osada en el contexto de la obra de su autor, que deseo fervientemente que encuentre eco para continuar en esta línea.

viernes, diciembre 28, 2012

Mundos de exilio e ilusión, Ursula K. Le Guin

Trad. Rafael Marín. RBA, Barcelona, 2012. 492 pp. 19 €

Julián Díez

Fallecidos J. G. Ballard y Stanislaw Lem, la única esperanza razonable que nos queda a los lectores de ciencia ficción de contar con un Nobel que nos brinde definitivamente la tan soñada como superflua respetabilidad es Ursula K. Le Guin. Es una esperanza tenue, puesto que si llega pronto un Nobel estadounidense tras veinte años de sequía no faltan nombres con tantos méritos para recibirlo como los de Philip Roth, Cormac McCarthy y Paul Auster. Ya que les menciono, tres autores con excelentes novelas de temática de ciencia ficción, por cierto, como también hay frecuentes practicantes de la literatura prospectiva entre ganadores previos como Doris Lessing, William Golding o José Saramago. Dicho esto, quede claro que Le Guin no desmerece en este listado, y que si no ha leído hasta ahora ninguna de sus obras es simplemente por esa longeva anomalía del mercado literario español dando de lado a los géneros.
El presente volumen viene a hacer justicia con tres buenas novelas de Le Guin, en rigor las primeras de su producción, que andaban esparcidas en castellano por ediciones descatalogadas y aquí se recogen en un ómnibus que abre, de manera inmejorable, la colección del literatura fantástica que ha arrancado RBA. Son novelas con nexos comunes: escritas de manera sucesiva, comparten el escenario del llamado ciclo Hainish. Es una historia del futuro, elaborada de forma poco sistemática por la autora, en la que la humanidad se ha integrado en una sociedad galáctica compuesta por otros planetas con ancestros comunes.
El mundo de Rocannon tiene un lugar en la historia del género por haber servido para crear el término “ansible”: un aparato que sirve para comunicarse de manera instantánea entre estrellas separadas por años luz. En el ciclo Hainish, el viaje más rápido que la luz no existe, pero sí es posible la transmisión de información. El hecho de que por un efecto relativista los viajes interestelares duren horas para los pasajeros pero años para quienes permanecen en un planeta es uno de los ejes para el desarrollo poético de una historia ripvanwinkleriana que sustenta la novela; porque, en efecto, con las herramientas temáticas de la ciencia ficción puede hacerse poesía, como ya demostrara antes Ray Bradbury.
El Rocannon del título es un antropólogo que visita un atrasado mundo extraterrestre, poblado por tres razas humanoides distintas, y en el que se desarrolla una historia que mezcla elementos de la fantasía heroica con los de la ciencia ficción. Le Guin se anticipa por poco a una de las obras clave de la ciencia ficción europea, Qué difícil es ser dios, de los hermanos Strugatski; si no llega tan lejos en sus conclusiones como los rusos, al menos consigue una primera novela sustanciosa.
La segunda es El planeta de exilio, que se extiende con más amplitud sobre el tema del mestizaje entre una cultura evolucionada y otra en desarrollo, muy del gusto de los años sesenta y el proceso de descolonización. De extensión breve, también sirve para presentar al pueblo mestizo que será protagonista de la última novela incluida, Ciudad de ilusiones, quizá la primera obra de gran jerarquía de Le Guin: una historia de la rebelión de la decadente población terrestre contra sus invasores, protagonizada por un personaje sin memoria que desempeñará un papel preponderante en el alzamiento, y en la que brillan ya los temas característicos de la autora. Desde el concepto taoísta de los opuestos complementarios, hasta el impacto de la soledad, pasando por el valor de la verdad y, de nuevo, los retratos de civilizaciones alternativas llevados a cabo con coherencia antropológica.
Ciudad de ilusiones sería seguida un par de años después por La mano izquierda de la oscuridad, una de las cinco o seis novelas que generalmente se disputan el título del mejor libro de ciencia ficción de la historia; para mí, una de las dos o tres que en verdad se lo merecen de las habitualmente citadas. En Mundos de exilio e ilusión ya hay síntomas serios de la grandeza que Le Guin alcanzaría en los años setenta, y este volumen hace justicia a estos trabajos pioneros con una edición y traducción irreprochables

viernes, octubre 19, 2012

Boneshaker, Cherie Priest

Trad. Álvaro Sánchez-Elvira Carrillo. La Factoría de Ideas, Madrid, 2012. 318 pp. 20,95 €

Julián Díez

El steampunk lleva ya más de una década consolidándose como uno de los subgéneros de referencia de la literatura fantástica. Para quien no lo conozca, se trata de una fantasía inspirada en un posible desarrollo de la tecnología decimonónica: máquinas de vapor, mecanismos de relojería, carbón y acero... Una especie de sueños de Julio Verne o H. G. Wells pero hipervitaminados por descubrimientos posteriores que bien podrían, en parte, haberse realizado en esa época.
Beneficiado sobre todo por un poder iconográfico obvio, en parte por su triunfo en el cómic de la mano de Alan Moore y algunas adaptaciones cinematográficas más vistosas que efectivas, el steampunk produce regularmente una decena larga de novelas interesantes en el panorama anglosajón cada año, pocas de las cuales llegan a traducirse. Boneshaker en castellano es una excelente sorpresa, propiciada por el hecho de que haya conseguido algunos premios y sea obra de una escritora joven a la que cabe augurarle un futuro, si no sabemos aún si brillante, al menos digno de seguimiento.
Por si no ha quedado suficientemente claro por lo escrito hasta ahora, el steampunk es básicamente un género... digamos que molón: hay chismes fascinantes, mujeres de acción en corsé y un permiso tácito para emplear malos de una pieza, chapados a la antigua. Y todo ello usando para la construcción de las innovaciones una tecnología fácilmente comprensible para el lector medio, a diferencia de los desarrollos muy avanzados de buena parte de la ciencia ficción contemporánea.
El acierto de Cherie Priest es que en su coctelera argumental suma a esa base steampunk otro buen puñado de elementos molones: en esta novela se juntan los zepelines con los piratas, los zombis, las drogas de diseño y los científicos locos. Si a esto le añado como breve resumen introductorio que está razonablemente bien escrita... Bueno, si con esto no les tienta al menos un poquito leerla, es que realmente no compartimos la misma sintonía vital.
La protagonista principal de la historia es una atractiva madre coraje, Briar Wilkes. Es viuda del hombre que destruyó hacia 1850 un Seattle paralelo al probar una tuneladora gigante, el Boneshaker del título, creado para extraer las riquezas de Alaska. El resultado fue la salida a la atmósfera de un extraño y denso gas que dejó la ciudad  convertido en un erial, habitado por una suerte de muertos vivientes y aislado por un alto muro que sólo patibularios contrabandistas se atreven a cruzar, puesto que del gas puede extraerse una extraña sustancia alucinóngena.
Además de esposa del inventor, Briar era hija de un policía que se convirtió en leyenda entre los supervivientes al ayudar a la gente durante el desastre. La sombra de esa figura es la que hace que el hijo adolescente de Briar, Zeke, se atreva a entrar en la ciudad, a la que accede también la madre para su rescate. La novela es básicamente su aventura en un entorno alucinado, en el que Priest dosifica las sorpresas y la acción. Los dos personajes protagonistas, si bien de armazón convencional, están bien retratados por la autora, que luego construye una galería de secundarios de fondo con interés suficiente para enriquecer la trama, en particular el capitán Cly.
Boneshaker se lee de entrada con sensación de placer culpable, pero es algo más: una divertida muestra de imaginación e ingenio. Anotado por mi parte el nombre de Cherie Priest como autora a seguir.

miércoles, junio 27, 2012

Cenital, Emilio Bueso.

Salto de Página, Madrid, 2012. 278 pp., 18 €.

Julián Díez

¿Y cómo vengo yo a recomendar este libro? Con la que está cayendo, con el mal cuerpo que se le pone cada día a cualquier ciudadano medianamente consciente cuando repasa las noticias, y les pido encarecidamente que lean Cenital. Un libro en el que Emilio Bueso se pone el disfraz de profeta apocalíptico sin concesiones, en el que recoge todos los fantasmas que entrevemos con el rabillo del ojo y los combina para producir casi 300 páginas demoledoras, sin fisura para la esperanza.
Pero mi recomendación tiene dos anclajes sólidos: en primer lugar, el libro es bueno. Tal vez una de las cinco mejores novelas españolas de ciencia ficción de la historia, aunque con el veredicto en parte pendiente a causa de la estrecha relación con la realidad actual de la historia. En segundo, creo que es positivo que, en el contexto actual, todos seamos ciudadanos lo más conscientes posible. De lo que nos jugamos, de quiénes somos en el fondo de nuestras tinieblas, de donde podemos ir si un buen día se terminan todas las razones para que los ricos den trabajo a los obreros, los bancos presten dinero a los ciudadanos o los gobiernos cuiden de los desvalidos. Vale, quizá no debería haber escrito esto.
La novela se estructura en capítulos de distinta naturaleza: unos son simples discursos que su protagonista, Destral, fue colocando en su web en el proceso hasta la creación de su ecoaldea independiente, Cenital, en busca de socios que compartieran su visión de la caída de la sociedad por la crisis económica y el agotamiento del petróleo. Otros capítulos son descripciones de esos compañeros, todos conocidos por sus nicks de internet, y cómo se fueron incorporando al proyecto. Finalmente, se intercala un argumento central, que en rigor apenas ocupa un tercio del relato: un posible ataque exterior para hacerse con los modestos recursos acumulados por el poblacho de Cenital, que nos sirve también para conocer la forma de vida sostenible, pero repleta de limitaciones, que desarrollaron sus miembros.
Bueso se arma para todo ello de una documentación amplia que distribuye sin fatigar, y exhibe con inquebrantable convicción. Sus personajes protagonistas son sólidos y guardan secretos para el final que les enriquecen aún más en el recuerdo; los secundarios demasiado tremendistas los dosifica para no perder verosimilitud por sus excesos. Y es en particular encomiable que para la resolución guarde una bomba de cinismo que aleje cualquier tentación de señalar su discurso como maniqueo, cuando es sobre todo misántropo, nihilista.
Debo reconocer que una y otra vez, como lector, se me planteaba la comparación de Cenital con la mejor novela sobre el fin del mundo jamás publicada: La carretera, de Cormac McCarthy. No cometeré el exceso de poner a Bueso a la altura de un libro que, posiblemente, sea el más relevante que se ha publicado en lo que va de siglo en cualquier género literario. Sin embargo, me gustaría señalar que los aciertos principales de McCarthy —a sugerencia, la incertidumbre, el intimismo— son cualidades que han sido deliberadamente desdeñadas en la elaboración de Cenital, convirtiendo su redacción en un tour de force con dificultades adicionales.
Cenital es un documento en el que, cosa infrecuente en la ciencia ficción, todo está explicado, y en el que por tanto no conseguimos la magia de McCarthy de temer visceralmente por los personajes, sino que lo hacemos sobre todo por nosotros mismos como eventuales protagonistas de los mismos acontecimientos. Tal vez las dos novelas se desarrollen en el mismo mundo, en distintos lugares y momentos; pero McCarthy buscó —y obtuvo— sobre todo un efecto literario gracias a un escenario, mientras que Bueso se arriesga a resultar menos sofisticado al ser más explícito, y alcanza con ello un objetivo totalmente distinto.
El problema ante una novela tan demoledora como Cenital es que resulta tentador recibirla con una risita nerviosa y apartarla de la vista con el gesto que reservamos a los orates. Es insensato pensar que la literatura prospectiva puede tener una función profética; pero sí forma parte de su naturaleza, en el caso de sus obras más trascendentes y socialmente pertinentes, el carácter admonitorio, que estaba en el trasfondo de 1984 o Todos sobre Zanzíbar como lo está en el de Cenital. Si lo que aquí va a leer le resulta exagerado, envíese un email a su yo de 2007 con un pequeño informe de la situación en las últimos semanas. A lo mejor, desde esa perspectiva, ya hemos recorrido una cuarta parte del camino, tranquilamente. Y para evitar los accidentes, nada mejor que tener una visión clara de las posibles rutas que aguardan por delante, ya que los medios de comunicación y los políticos se empeñan en cambiar la señalización a cada soplo de viento de los auténticos poderes.