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lunes, febrero 13, 2017

Los amantes anónimos, Salvador Gutiérrez Solís


Stella Maris, Barcelona, 2016. 590 pp. 19€

Eduardo Cruz Acillona

Si uno ha tardado tanto tiempo en reseñar esta novela es porque no quería dejar en evidencia al autor de la misma, que además es amigo…
Y es que cada vez que Salva, Salvador Gutiérrez Solís para los que todavía no se hayan tomado una cerveza con él, publicaba un nuevo libro, la sorpresa se sobreponía a su buen hacer a la hora de llevar a la excelencia la vieja fórmula de sujeto, verbo y predicado, o presentación, nudo y desenlace. Acostumbrados como estábamos a dejarnos llevar gozosamente por nuevos territorios, viene ahora Salva a defraudarnos con Los amantes anónimos
Y digo defraudarnos porque, después de leer las casi seiscientas páginas de esta novela, estoy convencido de que va a pasar mucho tiempo, pero mucho, hasta que Salva nos vuelva a sorprender con un nuevo registro. Este fulano ha creado un personaje tan potente, tan cautivador, tan atrayente, tan con tantas historias que contar que mucho me temo que tenemos protagonista para largo.
Se le ha acabado a Salva el truco de explorar nuevos mundos literarios. Le ha caducado ya la licencia para adentrarse en terrenos vírgenes cual explorador armado de pluma y papel. Para su desgracia, y regocijo de sus lectores, ha creado un monstruo literario en el mejor de los sentidos.
Porque Carmen Puerto no es la policía ni la detective al uso de las novelas de género negro. No. Carmen Puerto es una mujer encerrada en su casa. Su relación con el mundo exterior depende de un teléfono móvil, de un ordenador y de un montacargas a través del cual el vecino del local de abajo, que regenta una peluquería, le proporciona los recursos básicos para la subsistencia. Y bajo esas premisas debe esclarecer una serie de crímenes.
Más allá del argumento, que no vamos a comentar por no correr el riesgo de contar cosas que no debemos, lo que vulgarmente ya se conoce como “hacer un spoiler”, quiero quedarme en reseñar, porque me parece lo más destacable, las afueras del libro.
Hay autores que con seiscientas páginas te hacen una trilogía. Y en muchos casos, infumable. Y hay autores como Salva que, con el mismo número de páginas, te hacen reclamar una trilogía. Después de leer Los amantes anónimos no te queda la satisfacción del crimen resuelto sino el ansia por conocer más a la persona que durante todo un día y sin descanso (porque es lo que vas a tardar en leer el libro, ya te lo adelanto, por si tenías planes) te ha atrapado de una manera tal que te obliga a recurrir a los clásicos.
Me contaba Salva no hace mucho que con la novela negra y con Carmen Puerto estaba disfrutando escribiendo. Me contaba también que Los amantes anónimos es la tercera novela de una serie. A uno le queda la satisfacción de saber que aún están por crearse, como mínimo, las dos anteriores. Y eso compensa, con creces, el disgusto de que el autor, como nos tenía acostumbrados, ya no nos sorprenderá con una nueva propuesta en mucho tiempo.

viernes, noviembre 04, 2016

Lo que no te mata te hace más fuerte, David Lagercrantz


Trad. M. Lexell y J. J. Ortega
Destino. Barcelona, 2015. 651 pp. 22,50 €

Victoria R. Gil

Un éxito de la magnitud que obtuvo la saga Millennium, con más de 85 millones de libros vendidos en todo el mundo, no se iba a detener por algo tan nimio como la muerte de su autor, Stieg Larsson, recién terminada la tercera novela de la serie de diez que tenía previsto escribir. Ni siquiera hizo falta que todo un premio Nobel como Mario Vargas Llosa abogara por que Lisbeth Salander continuara viva, en un artículo en el que comparaba la trilogía de Larsson, pese a sus imperfecciones, con la habilidad para arrebatarnos de Charles Dickens y Alejandro Dumas. La familia y la editora del malogrado Larsson no dudaron en iniciar la búsqueda del autor que aceptara un encargo tan comprometido, ya que, aun teniendo el éxito económico garantizado gracias a la orfandad de los millones de seguidores de la saga, bien podía convertirse en la tumba narrativa del arriesgado escritor que aceptara el reto.
Lagercrantz, autor sueco conocido por sus biografías, algunas de ellas noveladas, de Alan Turing y Zlatan Ibrahimovic, entre otras, parece haber sobrevivido al difícil lance. Sin acceso a las notas escritas por Larsson para la que iba a ser su cuarta obra (la lucha por los derechos de autor entre la familia y la pareja del fallecido bien darían para otra novela), Lagercrantz va por libre y arma una trama de plena actualidad en torno a la inteligencia artificial, la seguridad nacional y el espionaje informático. Todo ello para cuestionar esta vida tecnificada y digitalizada en la que nos hemos zambullido con una feliz inconsciencia.
Y funciona. Porque si con más de 600 páginas, la acción no decae y la urdimbre policíaca no se tambalea, es que, se trate o no de la cuarta parte de Millennium, la historia engancha y el lector desea llegar al final para despejar todas las incógnitas. Éste es uno de los puntos a favor de Lo que no te mata te hace más fuerte, que cumple con las expectativas del género, lo que no es poco.
Pero siendo un mérito a reconocer, no nos engañemos, los lectores de esta novela van buscando otra cosa, o más bien, a una persona: Lisbeth Salander, el personaje más potente surgido de un libro en las últimas décadas y el verdadero motor de la saga, más allá de los grandes temas sobre los que ha puesto el foco: la violencia de género, la corrupción de los poderes públicos, la manipulación de los medios de comunicación… Y Salander se hace de rogar. Durante el primer tercio del libro, Lisbeth no aparece, lo que para algunos será un acierto, mientras que otros se morderán las uñas con impaciencia hasta que se produce el esperado reencuentro y la tensión se dispara.
Lo que no te mata te hace más fuerte nos trae de nuevo a esta joven hacker con síndrome de Asperger, obsesionada con defender a los más débiles, que en esta novela resulta ser un niño autista que guarda más de una llave en su interior. Pero también nos devuelve a un Mikael Blomkvist enganchado a esa relación de ida y vuelta con Lisbeth, que nunca sabe a dónde le llevará, y a una Erika Berger siempre luchando por el futuro de la revista Millennium. Y nos devolverá también una parte del pasado de Lisbeth que, no sería de extrañar, tomará fuerza en la futura quinta parte que seguro ha de llegar.
A los lectores les corresponde ahora opinar sobre si Lagercrantz se ha estrellado en su intento por hacer revivir a Lisbeth Salander y a Mikael Blomkvist o, si por el contrario, sale con bien del reto y ha conseguido apaciguar el mono que muchos sentíamos tras dar por concluidas las tres novelas con que Larsson se dio a conocer al mundo (Los hombres que no amaban a las mujeres, La chica que soñaba con una cerilla y un bidón de gasolina y La reina en el palacio de las corrientes de aire), en opinión de muchos, con un puñetazo en pleno estómago del lector inadvertido.

lunes, marzo 07, 2016

Cuentas pendientes, Susana Hernández


Alrevés, Barcelona, 2015, 287 pp. 17 €

María Dolores García Pastor


La escritora catalana Susana Hernández vuelve a la carga con un nuevo título de su serie de las detectives Santana y Vázquez que ya empiezan a ser familiares para los amantes de la novela negra. Primero fue Curvas peligrosas (Odisea Editorial, 2010), después Contra las cuerdas, finalista a la mejor novela Festival Valencia Negra 2013, (Alrevés Editorial, 2012) y la última, de momento, es Cuentas pendientes (Alrevés Editorial, 2015) nominada al Premio Ciudad de Santa Cruz Noir. Algo tiene que estar haciendo bien para contar con la buena acogida de los lectores por tres veces ya.
El tándem de detectives que ejercen de contrapunto uno del otro le va bien a la novela negra, es un hecho, sobran los ejemplos desde los míticos Holmes y Watson, hasta otros mucho más cercanos como Petra Delicado y Fermín Garzón de la escritora Alicia Giménez Bartlett o Bevilacqua y Chamorro de Silva. En el caso de Vázquez y Santana, y a diferencia de lo que suele ser habitual, las dos son mujeres y no desempeñan papeles secundarios como ayudantes del detective protagonista ni ejercen de femme fatal o damisela en apuros, roles reservados a las féminas en la novela negra clásica. Las mujeres de Hernández son de rompe y rasga, tanto las dos protagonistas como Malena, la pareja de Santana. No cabe duda de que parte de la culpa del éxito de la serie la tienen sus protagonistas. Tanto es así que Santana obtuvo el Premio LeerMisterio al mejor personaje femenino de novela negra en 2012. En esta tercera parte se observa una evolución en el personaje a quien parece que el amor le ha dulcificado el carácter y la va alejando de sus muchos fantasmas del pasado.
Pero hay más. La trama se desarrolla en la ciudad de Barcelona, escenario noir donde los haya y los capítulos llevan por títulos nombres de películas, canciones o fragmentos de las mismas. La autora sigue fiel en esta nueva entrega a su estilo ágil y dinámico que viene potenciado por la profusión de diálogos. No se prodiga en descripciones, unas cuantas pinceladas precisas son suficientes para situarnos. Ocurre lo mismo con los personajes para los que nos presenta con unos pocos rasgos y que acaban de caracterizarse gracias a sus conversaciones con los demás. Sólo un pero en este apartado, los personajes infantiles que son las víctimas del nudo central de la trama, no acaban de parecerme creíbles. En cuanto a las protagonistas, en esta nueva entrega evolucionan como personajes, las conocemos un poco más a fondo y Malena cobra entidad para convertirse en algo más que una secundaria de lujo, lo cual se agradece.
En Cuentas pendientes se resuelven algunas cuestiones de la vida personal de las protagonistas que quedaron en stand-by en Contra las cuerdas. Esta vez, además, la autora desarrolla varios hilos argumentales paralelos: el caso de tráfico de menores, la desaparición de la madre de Santana, el caso de Malena, la vida privada de Vázquez… Tramas y subtramas se entretejen, todo ello sin que decaiga el ritmo y encajándolo a la perfección para llegar a la resolución final. Pese a ello, da la sensación de que al menos tres de las tramas darían por si solas para una novela independiente y al unirlas todas en la misma pierden un poco de intensidad en los finales que quedan un poco difuminados. Con todo, no tengo otro remedio que declararme fan incondicional de Santana y Vázquez. Acción, crítica social, alto voltaje en las escenas de sexo… estoy deseando que llegue la próxima entrega.

miércoles, junio 10, 2015

El misterio del carruaje, Fergus Hume

Trad. Rosa Sahuquillo y Eva María González. Editorial dÉpoca, 2015. 352 pp. 23,50 €

Victoria R. Gil

Especializada en literatura decimonónica, la editorial dÉpoca se dedica a recuperar a escritores desconocidos u olvidados en nuestro país, centrándose sobre todo en la novela victoriana. A esta categoría pertenece Fergus Hume, precursor de Conan Doyle y del detective más célebre de la ficción, Sherlock Holmes, y dueño de un saludable sentido del humor, a juzgar por el epílogo que acompaña a esta obra, un auténtico bestseller del siglo XIX cuya publicación fue costeada por el propio Hume ante la falta de interés de los editores. En él, describe Hume del siguiente modo el inesperado éxito de su primera novela «Contrariamente a las expectativas de los editores, y debo añadir que a las mías propias, toda la edición quedó agotada en tres semanas y los lectores demandaron una segunda». Y la fama que alcanzó en Inglaterra fue tal que «muchas personas han asumido la autoría de mi libro; un caballero llegó tan lejos como para amenazarme con pegarme un tiro si yo afirmaba ser su verdadero autor. Me complace decir que hasta el momento sus intenciones no han sido llevadas a cabo».
Aunque nacido en Inglaterra, Fergus Hume creció en Nueva Zelanda y se instaló después como abogado en Australia, donde se empeñó sin éxito en convertirse en dramaturgo hasta que descubrió que se le daba mejor escribir (y se vendían más) novelas de misterio. Todos los ingredientes del género que empezaba entonces a definirse, muchos de los cuales aún le son propios, están presentes en El misterio del carruaje: el melodrama, los amores trágicos, el abismo social que separa la mejor sociedad de los barrios más marginales, los personajes de pasado misterioso, la incansable investigación, las cartas secretas, el inocente falsamente culpado, la sorprendente revelación final… Reúnan todo ello en una novela coral, con sus toques de ironía y crítica social, y entenderán por qué a la muerte de Hume en 1932 las ventas de esta obra en todo el mundo superaban los 750.000 ejemplares.
Todo comienza cuando Oliver Whyte es asesinado en el interior de un carruaje de alquiler mientras éste recorre, con su cochero en el pescante, las calles nocturnas de Melbourne. La noticia primero de la aparición del cadáver, el relato después de las extrañas circunstancias que rodearon el crimen y la posterior detención de un sospechoso, el hasta entonces intachable caballero Brian Fitzgerald, mantienen en vilo a la ciudad, espantada por el suceso, pero ansiosa por conocer todos los detalles hasta el punto de agotar una tras otra las sucesivas ediciones de los periódicos.
No falta tampoco la heroína, en este caso, la joven heredera Madge Frettlby, que entre desmayo y desmayo encuentra tiempo suficiente para buscar las pistas que han de salvar a su enamorado de la horca. Porque en El misterio del carruaje no hay un único y sagaz policía que lleve el peso de la investigación. Al contrario, al menos tres personajes (además de la hermosa Madge) se reparten ese papel: el detective Gorby, el investigador Kilsip y el propio abogado del protagonista, convencido de su inocencia y de que sólo descubrir al verdadero culpable le hará recobrar la libertad. Seguramente por eso he disfrutado tanto de esta novela de misterio, ya que, quizás por alguna tendencia latente hacia la delincuencia, mis pasiones literarias siempre se han decantado más por Arsenio Lupin, Raffles y Rocambole que por Sherlock Holmes o Hércules Poirot.
Las investigaciones que siguen los diversos personajes conducen al lector desde la alta sociedad acomodada en su hipocresía y sus secretos a la delincuencia y la prostitución de los arrabales, donde lo que cuenta es sobrevivir al precio que sea. Hume describe no sólo el ambiente degradado en que se mueven personajes como La Reina o la Abuela Raterilla, sino que traslada a la novela los diferentes modos en que se expresan, en contraste con la cuidada dicción de las mejores familias de la ciudad.
Este entorno geográfico e histórico que resulta ajeno al lector actual se vuelve más cercano gracias a las notas a pie de página que facilitan el contexto necesario para comprender citas y alusiones propias de la época y el lugar en que fue escrita la novela. Y no es éste el único elemento a destacar del trabajo editorial realizado por dÉpoca. Por lo que se refiere al aspecto material, el libro al completo está lleno de detalles para disfrutar: tapa dura con una sobrecubierta ilustrada, al igual que los dibujos interiores, por C. Sedano; una cinta de raso como punto de lectura, un marcapáginas y una lámina que reproduce la ilustración de cubierta.
En cuanto al contenido, además de las notas aclaratorias, el prefacio de la editora Susana González nos da las claves necesarias para conocer a Fergus Hume, que a su vez nos contará las particularidades de su trabajo en un epílogo que fue escrito como prólogo por el propio autor para la reedición de la novela en 1896.

viernes, mayo 15, 2015

Una última cuestión, Carmen Moreno

Cazador de Ratas, El Puerto de Santamaría, 2015. 331 pp. 15 €

Salvador Gutiérrez Solís

Prosigue la jovencísima editorial gaditana Cazador de Ratas ofreciendo nuevos y sugerentes títulos, con un denominador común: la calidad. Una última cuestión, de Carmen Moreno, es el mejor ejemplo para ilustrar la afirmación. Una autora que conocimos gracias a su vertiente poética, donde no tardó en mostrarse como una personalísima y sugestiva voz a tener muy en cuenta. También la hemos conocido en su faceta de dinamizadora y comunicadora cultural, merced a su colaboración con multitud de eventos e instituciones, en muy diferentes actividades, todas ellas llevadas a cabo con gran eficacia y pasión. Y desde hace pocos meses, Carmen Moreno nos muestra una nueva faceta: narradora.
Su debut se produjo en 2014 con Principito debe morir, una relectura futurista del clásico de Saint-Exupéry, en el que esta autora gaditana demuestra no temer los riesgos y, sobre todo, no estar encasillada en un género en concreto, como tampoco en las técnicas y lenguajes a emplear. Y así, en Una última cuestión, el título que nos ocupa, se adentra en la novela negra. Pero, tal y como exhibió en su primera obra narrativa, Carmen Moreno asume riesgos y se aleja de la “novela negra al uso”, esa a la que nos estamos acostumbrando con tanta frecuencia, en los últimos tiempos, desgraciadamente, donde se repiten tramas y personajes. En Una última cuestión, Carmen Moreno se abraza al género, demuestra en cada línea que no le es un lugar extraño, no transita de puntillas, temerosa de caer en cualquiera de sus trampas, todo lo contrario. Cumple con lo que podríamos definir como ‘decálogo’ del género, es respetuosa, pero esto no impide que aborde un sinfín de temas, como son la actualidad de nuestros días, las nefastas consecuencias de esta interminable crisis, la obsesión por la fama y el dinero fáciles y, sobre todo, la desigualdad de género.
Carmen Moreno visibiliza esas mujeres coraje, que no se amedrentan ante las adversidades, y que suelen ser invisibles en nuestras vidas y, por tanto, también en la Literatura. Verónica Lago, la indiscutible protagonista de la novela, y que tanto nos recuerda a una célebre actriz de los años dorados, representa en gran medida a ese prototipo de mujer invisible que Carmen Moreno coloca sin pudor bajo los focos. Igualmente, Una última cuestión rezuma cotidianidad. Y es que lejos de esa novela negra que nos muestra secuencias y personajes que escapan del decorado de nuestros días, Moreno no duda en incorporarnos a su trama, consiguiendo que desde el principio, sin artificios, de manera natural, nos sintamos identificados con lo que leemos.
En Una última cuestión hay multitud de referencias cinematográficas, esencialmente, musicales y literarias, que la autora emplea, más allá del homenaje, como comodines sobre los que asentar la trama. Un ejemplo muy concreto es el de la protagonista, Verónica Lago. Y también hay grandes dosis de humor, que nace de esas escenas que nos son tan familiares, que tan bien nos definen, y que son habituales en nuestras vidas. Humor, en muchos casos, que también funciona como denuncia, ya que nos muestra ese lado grotesco que cada uno de nosotros poseemos y que descubriremos si le dedicamos unos minutos a contemplarnos en nuestro espejo interior.
El que Una última cuestión se trate de una historia coral no se traduce en la indefinición de los personajes. Definidos perfectamente, todos juegan un papel esencial en el conjunto de la historia, como precisas teselas en el mosaico humano que Carmen Moreno consigue componer. En definitiva, una novela repleta de matices, sustentada sobre una trama muy sólida e inteligente, que consigue captar nuestra complicidad desde el primer instante y que nos muestra que la novela negra puede transitar, sin resentirse, por espacios muy diferentes a los que nos tienen acostumbrados.

jueves, abril 30, 2015

Talco y bronce, Montero Glez

VIII Premio Logroño de Novela. Algaida, Sevilla, 2015. 312 pp. 18 €

Miguel Baquero

Galardonada con el VIII premio Logroño, la sexta novela del madrileño Montero Glez (1965) ahonda en su estilo característico, que en cierta ocasión dio en llamar “folklore cósmico”: una manera peculiar y muy genuina de narrar que le ha ganado gran número de adeptos y ha hecho de él un escritor con una voz propia, bien definida y reconocible, que al fin es una de las mayores aspiraciones de un escritor.
Ambientada en esta ocasión en los primeros años de la Transición, y con el fondo de las celebres películas, estilo El pico o Navajeros —hacia las que se suceden los homenajes— que en los 80 llegaron a convertirse en una auténtica subcultura quinqui y autóctona, Talco y bronce cuenta la historia de una banda de atracadores de medio pelo pero grandes ambiciones, liderada por el Chuqueli, que en un determinado momento consiguen hacerse con un buen montón de colorao, en lingotes de oro, tras al asalto a una joyería. A partir de ese momento, comienza un febril pulso entre la banda, que intenta vender lo robado, y la policía, al mando de un turbio inspector, de apellido Perkins, que trata de capturarlos, aunque bien pronto se advierte que sus intenciones no son, desde luego, todo lo limpias que se supone en unos agentes de la ley.
Apoyada en un uso magistral del argot de la época, y en un dominio apabullante de los diálogos —siempre frescos, espontáneos y naturales—, Talco y bronce está estructurada como un cristal roto en decena de pedazos, donde las situaciones del pasado se entrecruzan con las del presente novelístico, un recuerdo conduce a otro, y este a su vez remite a uno anterior, para volver en la página siguiente al momento de los hechos. Pero todo ello sin perder el hilo de la trama principal: el de la huida con el botín en lingotes. Una carrera que apenas da respiro al lector y a lo largo de la cual se nos muestran personajes tan bien construidos como el brutal inspector ya dicho, el joyero “chota” (chivato), el aristócrata de buenas maneras y las peores intenciones, los miembros de la banda que se observan entre sí, siempre dudando unos de otros…
Y para acabar de dar riqueza a la novela, al fondo de toda esta huida hacia ninguna parte late la historia de amor entre el jefe de la banda, y la Malata, apenas una niña a la que el Chuqueli ha enseñado a conducir para que le espere a la salida, montada en un coche con el motor en marcha y dispuesta a “salir de naja”.
Con toda la brutalidad, a veces, que conlleva una narración de este tipo, Talco y bronce es una novela que introduce de un empujón al lector en la trama y le mantiene suspenso de ella, como en un coche conducido a “toda pira” mientras en torno suenan las sirenas, hasta la misma última página, en un final que deja sin aliento.

miércoles, abril 08, 2015

Donde nunca pasa nada, Elena Casero

Talentura, Madrid, 2014. 246 pp. 15,97 €

Miguel Sanfeliu

Elena Casero es una escritora que ya tiene una obra muy personal e interesante a sus espaldas. Hasta el momento ha escrito las novelas Tango sin memoria (Mira, 1996; Talentura, 2012), Demasiado tarde (Mira, 2004), Tribulaciones de un sicario (Policarbonatados, 2009), y el libro de relatos Discordancias (Talentura, 2011). Ahora se acaba de publicar su último trabajo, la novela Donde nunca pasa nada, editada también por Talentura, y en la que recupera algunos personajes de Tribulaciones de un sicario, una obra con la que Elena se adentraba en un género a mitad de camino entre el detectivesco y el humorístico.
Soy consciente de que resaltar el humor en una obra literaria, en este momento y en este país suele ser considerado más un lastre que un valor. Sin embargo, no siempre fue así. Las vanguardias literarias españolas enarbolaron el humor como arma arrojadiza en el pasado siglo XX, donde encontramos autores como Jardiel Poncela, Gómez de la Serna, que defendía que "el humor es ingrediente indispensable de toda buena novela moderna", Mihura, el prolífico Álvaro de La Iglesia, Julio Camba, Rafael Azcona o Francisco García Pavón y su entrañable policía Plínio, sin olvidar a Eduardo Mendoza y las novelas protagonizadas por un improvisado detective escapado de un centro penitenciario para delincuentes con trastornos mentales: El misterio de la cripta embrujada, El laberinto de las aceitunas, La aventura del tocador de señoras y El enredo de la bolsa y la vida. El humor sobrevive a cualquier adversidad y es capaz de colarse por las rendijas de las más duras tiranías, de ahí su eficacia. Quizá por eso suele ser denostado, y temido.
Donde nunca pasa nada nos sumerge en una historia llena de personajes bien caracterizados, inmersos en una situación que poco a poco se va enrareciendo. Seguimos al variopinto grupo formado por Anselmo de la Rúa, curioso personaje al que parecen seguirle los problemas; doña Celia, la compañera de Anselmo; Elpidio, un jubilado que parece saberlo todo sobre el pueblo y sus habitantes; doña Presencia, una anciana en silla de ruedas con un carácter endiablado; Katia, la mujer rusa que la cuida; Marian, la prostituta, y tantos otros que van formando el dibujo del pequeño pueblo Losantes, cuya existencia se ve alterada por la inauguración de un local de alterne llamado La Dama Verde. Y, al poco tiempo, ocurre un asesinato. Sucesos dramáticos y extraños que contribuyen a enrarecer aún más la atmósfera esperpéntica en la que se desarrolla esta historia que intriga y divierte a partes iguales.
Donde nunca pasa nada consigue hacerte sonreír, interesarte con su historia y abstraerte por completo del entorno. Elena Casero ha escrito un libro cuyas páginas desprenden vida, donde hay misterio, también crímenes, y las sospechas pueden recaer sobre cualquiera. Como dice Elpidio en un momento dado: «En este pueblo donde nunca pasa nada, donde la vida se transmite de manera subterránea como si fuera imposible que los acontecimientos salieran a la luz, se está mascando la tragedia». Elena Casero tiene una indiscutible maestría para reflejar los caracteres y singularidades de sus personajes, sus virtudes y ambigüedades, los recelos y la solidaridad que se respira en este pequeño pueblo en el que, de pronto, suceden un asesinato, dos intentos de homicidio y las cosas empiezan a complicarse cada vez más.
Parece detectarse en la literatura actual una especie de vuelta al mundo rural: Elena Casero se decanta también por ambientar su historia de tintes policíacos en un lugar en el que se respira una aparente calma y tranquilidad pero donde circulan pequeñas y grandes rencillas, rencores que vienen del pasado, rivalidades históricas, enfrentamientos familiares, historias ocultas y silenciadas que irán poco a poco desvelándose, en una trama muy bien urdida. Una novela negra a la que no le falta el suspense, los giros inesperados y una adecuada dosis de crítica social.

lunes, marzo 23, 2015

¿Quién mató a la cantante de jazz?, Tatiana Goransky

Cazador de Ratas, El Puerto de Santa María, 2015. 135 pp. 13 €

Miguel Baquero

Establecer quién pudo matar, estrangulándola con una cuerda de piano, a esa subyugante mujer que interpretaba como nadie canciones de jazz, subida a un escenario, embutida en un vestido rojo, y amputada de una pierna, por lo que había de usar una de palo, es el tema de esta novela de la argentina Tatiana Goransky (Buenos Aires, 1977). ¿Quién mató a la cantante de jazz? es la tercera novela en la carrera de la autora, y desde su publicación por vez primera en su país, en 2008, ha pasado por diversas reediciones antes de desembarcar ahora en España de manos de la joven editorial Cazador de Ratas. Una editorial que, con esta obra, afianza su intención de publicar obras emparentadas con «lo negro» o policiaco pero distintas y originales, como en su momento fue Descenso brusco, del también argentino Juan Guinot.
La de Goransky es una novela breve que, al hilo del asesinato arriba dicho, hace un recorrido por el ambiente jazzístico no solo de Buenos Aires sino de los diversos locales míticos y festivales célebres dentro del mundo del jazz. De igual manera, el lector en general y en especial el aficionado a este género encontrará referencias a los temas imprescindibles en todo repertorio de una banda, y hallará formuladas esas leyes casi secretas que emplean los músicos entre actuación y actuación, como, por ejemplo, la que en determinado momento expone la cantante del vestido rojo y la pierna de madera: «no vale la pena estar con músicos de la sección rítmica, porque una vez que se acaba el romance la banda deja de sonar bien».
Un antiguo músico, Martínez, promesa en su día pero al que un infortunado desliz con una menor de edad postergó a las bandas que animan los cruceros, antes de encerrar definitivamente la trompeta en una caja e ingresar como policía, es encargado de la investigación. Parece ser el único, según sus superiores, que puede comprender ese código medio secreto «y bohemio» del jazz. Alternando capítulos en que este policía, Martínez, va poniendo orden en sus investigaciones con otros tomados del diario que, hasta el último momento, llevaba la víctima, y otros que proporciona un narrador externo, el enigma en torno a la muerte de la cantante de jazz va tomando forma y va mostrándonos a esas figuras que se hallan detrás del telón, o medio ocultas por la cantante que, en primera fila, modula sensualmente las canciones ante un público fascinado. Tipos que sueñan, por ejemplo, con llegar un día a ejecutar ese mítico «solo de su vida», que algunos ya han tocado, a veces para sorpresa propia, en mitad de una actuación, inesperadamente, y saben que ya nunca lo volverán a repetir; o cantantes que sueñan con alcanzar esa «voz transparente» que en sus mejores momentos ha lucido la difunta cantante de jazz antes de ser estrangulada con la cuerda de un piano.

jueves, febrero 12, 2015

Los cuerpos extraños, Lorenzo Silva

Destino, Barcelona, 2014. 346 pp. 18,50 €

Salvador Gutiérrez Solís

La pareja de la Guardia Civil creada por Lorenzo Silva, Bevilacqua y Chamorro, se ha convertido, por merecimientos propios, también por veteranía, en una referencia ineludible de lo que hoy llamamos Novela Negra. Y lo es desde mucho antes de esta avalancha que hoy nos asola, como si hubiera aparecido un nuevo género a partir de la nada, como por arte de magia. Bevilacqua y Chamorro vienen de lejos, y sus lectores los hemos visto ascender, investigar, aprender y casi crecer, a un ritmo similar al de la Literatura de Lorenzo Silva, siempre en una continuada evolución ascendente.
No me cabe duda de que esa es unas de las habilidades de Lorenzo Silva, ha conseguido a lo largo de las entregas que Bevilacqua y Chamorro, Vila y Virginia, el brigada y la sargento protagonistas, formen parte de lo que podríamos definir como nuestra “familia literaria”. Un conocimiento que, hablemos incluso de intimidad, hemos alcanzado poco a poco, ya que Silva ha sido habilidoso, paciente y constante a la hora de ofrecernos la información más adecuada sobre la pareja. Y lo sigue haciendo, propiciando que la capacidad para sorprendernos permanezca intacta, en cada nuevo título.
Vila y Chamorro se adentran en esta nueva entrega de la saga, Los cuerpos extraños, en un tema de candente actualidad: la corrupción política. Un tema que, desgraciadamente, es habitual en las portadas de los periódicos y en las escaletas de los informativos y que Silva introduce en la novela con esa terrible cotidianidad con la que nos hemos acostumbrado a ella. Una alcaldesa de una localidad del levante español aparece muerta en una playa cercana. A partir de ahí, con su habitual pericia, Lorenzo Silva nos muestra las habilidades investigadoras del brigada y la sargento.
Pero hay más que corrupción, en sentido estricto, Los cuerpos extraños también nos ofrece una visión, tan realista como descarnada, de las interioridades de los partidos políticos, de sus laberínticas entrañas, de los codazos y de los empujones, de los ascensos y las traiciones, de la guerra por alcanzar las cuotas de poder en esos bandos o “familias” que siempre existen en todas las formaciones. Una peculiaridad que utiliza Silva para adherir nuevos matices, otras “pieles”, a la trama original. Como indicaba anteriormente, el que conozcamos sobradamente a Vila y Chamorro no es obstáculo para que nos sigan sorprendiendo. En Los cuerpos extraños, Silva es más explícito que en anteriores entregas en la intimidad de la pareja, nos aporta desconocidos detalles, más elementos de información y de percepción. El paso de los años, las ausencias y carencias, los deseos no satisfechos y los alcanzados, fabrican nuevas aristas en las personalidades de los investigadores.
Y como en anteriores títulos, en Los cuerpos extraños volvemos a disfrutar con esa capacidad casi poética de Bevilacqua para enfrentarse a los casos, el inalterable metodismo de Chamorro, así como de un sinfín de brillantes diálogos y descripciones psicológicas, tan perfiladas y acertadas, que dotan a la obra de una inteligencia y coherencia que no son, desafortunadamente, rasgos habituales en el género negro actual.

lunes, febrero 09, 2015

Vestido de novia, Pierre Lemaitre

Trad. María Teresa Gallego Urrutia y Amaya García Gallego. Alfaguara, Madrid, 2014. 291 pp. 18,50 €

Care Santos

No hace mucho le pregunté a un psicólogo forense de qué somos capaces las personas. Quiero decir, cada uno de nosotros, por separado. ¿Algún estudio puede asegurar, por ejemplo, si en mi cabeza hay algo que pueda convertirme en asesina? Su respuesta fue: "Todos somos capaces de todo, sólo deben darse las circunstancias adecuadas". Esta novela reflexiona largo y tendido sobre cuáles deben de ser esas circunstancias. Qué debe ocurrir para que una chica normal se convierta en una asesina a sangre fría. O qué otras causas son las responsables de la génesis de una mente criminal, capaz de planificar con frialdad y no detenerse hasta conseguir su objetivo.
Sólo he leído un libro de Pierre Lemaitre, pero ya sé que es un fenómeno. Hasta su última novela, de la que enseguida me ocupo, era reconocido como autor de novela negra. Autor de novelas como Alex, o de esta Vestido de novia. Novelas que se caracterizan por sorprender al lector con giros inesperados. Aunque, cuidado, porque hay muchos modos de hacer que la acción desconcierte al lector, y Lemaitre escoge uno de los más literarios y menos fáciles. Lo tiene todo previsto, como el asesino del ejemplo, desde antes de empezar. Y es estupendo encontrar narradores como él, que saben a dónde van y por qué, y te llevan con ellos. 
En su última obra, sin embargo, el autor ha dado un giro absoluto a su trayectoria como escritor, como si su carrera fuera otra de sus novelas. Nos vemos allá arriba, ganadora del último premio Goncourt, es una novela social, histórica y de costumbres, que nada tiene que ver con el registro que sus lectores le conocían. No me extraña: un hombre capaz de las profundidades psicológicas que demuestra en Vestido de novia, además de la complejidad argumental de esta historia, es sin duda capaz de escribir de cualquier cosa. Seguramente él sentía necesidad de demostrarlo del mismo modo que a los lectores nos bulle la curiosidad. Es maravilloso que lo haya hecho, y muy pronto hablaré de ello en este mismo lugar. Porque con sólo un libro me ha bastado para convertirme en fiel lectora de Lemaitre
Poco debe decirse de este Vestido de novia. Es una de esas tramas en que cualquier detalle resulta importante y casi todo lo que se cuenta revela un final que no debe ser revelado. Digamos, eso sí, que en la historia se alternan dos voces: una tercera persona sigue a la protagonista femenina. El personaje masculino escribe un texto memorialístico que se nos presenta en la segunda parte. Luego, ambos destinos se unen en la conclusión de la trama, que en estos casos suele ser siempre la menos interesante, aunque aquí se enriquece por los detalles psicológicos y patológicos de los protagonistas. También cabe advertir que la primera parte parece una narración más o menos convencional, incluso deslavazada, en que una chica, Sophie, vive atormentada por los olvidos que no puede evitar cometer y que en ocasiones la llevan incluso a perpetrar crímenes aberrantes. Se nos presenta como una criatura odiosa, sin redención posible. 
Es al llegar a la segunda parte y retroceder en la historia de Sophie cuando comenzamos a descubrir la verdadera dimensión de este teatro. Nos quedamos fascinados, página a página, al avanzar en la redacción en primera persona del segundo protagonista, que nos transporta al pasado para presentarnos la génesis de una historia que sólo hemos conocido al final. Y es aquí cuando todo cambia: el autor sabe, con ese giro, desmontar todo lo que su lector daba por sabido hasta ahora. Sabe incluso desequilibrar las emociones que los personajes nos habían despertado. Juega con nosotros, con nuestros sentimientos, a su antojo. Primero dudamos de lo que nos inspiraba la malsana protagonista. Más tarde la querremos. Al final, lloraremos con ella. Y ya he dicho mucho más de lo que, creo, Lemaitre me hubiera dejado decir si en este momento estuviera mirando por encima de mi hombro.
El libro termina, pero la pregunta permanece: ¿de qué somos capaces las personas? ¿Qué circunstancias nos transforman en monstruo? ¿Qué carencias, qué dolor insufrible nos lleva al punto de no retorno? Creo que le daré vueltas mucho tiempo a estas cuestiones. Gracias, señor Lemaitre.

viernes, enero 09, 2015

Ofrenda a la tormenta, Dolores Redondo

Destino, Barcelona, 2014. 544 pp. 18,50 €

Jaime Valero

En el plazo de apenas dos años, Dolores Redondo se ha convertido en un referente de la novela negra contemporánea, tanto dentro como fuera de nuestras fronteras. Este éxito se ha debido a la magnífica acogida que ha tenido entre críticos y lectores su Trilogía del Baztán, que arrancó su andadura en enero de 2013 con la novela El guardián invisible y que recientemente ha culminado con la publicación de Ofrenda a la tormenta. Esta trilogía recibe su nombre del valle del Batzán, la región situada en la Comunidad Foral de Navarra donde tienen lugar los acontecimientos descritos en los tres libros, cuyo folklore y tradición juegan un peso fundamental en el desarrollo de la trama. La trilogía está protagonizada por una inspectora de policía llamada Amaia Salazar, a la que acompañamos a lo largo de estas páginas no solo en el curso de la investigación, sino también en los diversos vaivenes que se producen en su vida personal. En El guardián invisible se nos dan a conocer algunos terribles pasajes de su pasado, que planea sobre su cabeza de forma amenazante durante toda la trilogía. En Legado en los huesos, asistimos a las dudas y los desvelos que le supone su recién estrenada maternidad, y en esta Ofrenda a la tormenta compartimos con ella los momentos más difíciles de su relación con su marido, James. El carácter vulnerable y profundamente humano del personaje de Amaia convive con su faceta de policía perspicaz y obstinada, en continuo roce con muchos de sus compañeros, y con una sagacidad que nos recuerda a la de otros memorables personajes femeninos del género como Sarah Linden (The Killing) y Clarice Starling (El silencio de los corderos); de hecho, la autora incluye un guiño a esta última bautizando con ese nombre a la suegra de Amaia.
Queda claro que nos encontramos ante un personaje protagonista cargado de carisma que, aun así, no alcanzaría a justificar por sí solo el éxito que ha tenido esta trilogía. La razón por la que tantos lectores han quedado prendados de la saga hay que buscarla en su ambientación, en la pericia de la autora al construir una intriga policial sirviéndose de las leyendas que corren por este valle navarro. Así, los lectores de la Trilogía del Baztán han podido añadir a su propio vocabulario personal términos como basajaun (el señor del bosque, según la mitología vasca), tarttalo (el gigantesco cíclope con tendencias antropófagas) e inguma (el genio maléfico que arranca las vidas de sus víctimas durante la noche, arrebatándoles su respiración). Estos tres seres mitológicos se personan entre estas páginas bajo la forma de asesinos en serie que siembran el terror por el Baztán y sus alrededores. Cada uno es objeto de una investigación que culmina con cada libro, pero cuyos hilos se extienden hasta quedar unidos cuando la autora cierra con maestría todos los cabos sueltos en Ofrenda a la tormenta, demostrándonos que todo estaba relacionado. Sin necesidad de forzar los acontecimientos, Dolores Redondo consigue que los diversos asesinos, el rastro de víctimas y el pasado de Amaia converjan en un punto con el que al fin se arroja luz sobre los misterios que nos han mantenido enganchados desde el inicio de la saga. Por ello, Ofrenda a la tormenta dejará buen sabor de boca a quienes ya disfrutaran con los anteriores libros, dejando clara la importancia de una buena planificación previa por parte del escritor.
Resulta difícil destacar en un género tan cultivado y tan en auge hoy en día como es el noir. Dolores Redondo lo ha conseguido gracias al personaje de Amaia y a su reinterpretación de los mitos y leyendas del norte de nuestro país. Además, sorprende lo bien que sabe construir la intriga al tratarse de una autora novel —novel, al menos, en el momento de iniciar esta trilogía—, así como su forma de llevar el ritmo de la narración y de dosificar las sorpresas y los giros que van dando forma a una trama compleja que nunca cae en lo rocambolesco, pese a que en algunos pasajes lo fantástico parezca fundirse con la realidad. Gracias a lecturas como esta, el noir español ya puede mirar sin complejo alguno a los países que han dominado el género durante las últimas décadas, como EE.UU., Francia y los países nórdicos. Confío en que esta no sea la última vez que nos encontremos con Amaia Salazar, y los lectores que aún no se hayan acercado a sus peripecias, harán bien en abrir las primeras páginas de El guardián invisible para embarcarse en un viaje plagado de intriga, crudeza y miedos ancestrales de los que parece imposible escapar.

jueves, diciembre 18, 2014

La entrega, Dennis Lehane

Trad. Magdalena Palmer Molera. Salamandra, Barcelona, 2014. 192 pp. 15,00 €

Victoria R. Gil

Si La entrega pudiera medirse con la escala de Celsius, su temperatura estaría siempre bajo cero. No sólo por el frío de ese Boston invernal que atraviesa los huesos y entumece el alma (quien la conserve), sino también por su geografía humana, troquelada en hielo, y su estilo de escritura glacial y seco como un whisky escocés.
Dennis Lehane demuestra en esta historia que es un auténtico experto en retratar la cara más sucia y mísera de la sociedad. Sus bares son mugrientos, sus ladrones, estúpidos y sus putas, feas. La vida, en las novelas de Lehane, apesta. Y lo peor es que Bob, Nadia, el primo Marv, el detective Evandro Torres y, sobre todo, el misteriosamente desaparecido Richie Whelan, lo saben mejor que nadie. Por eso vivir les importa poco. Lo que cuenta es sobrevivir.
Y a eso se dedica Bob Saginowski, un insignificante camarero del Cousin Marv´s, el bar que antes fuera de su primo y ahora es la tapadera donde la mafia chechena blanquea el dinero de sus apuestas ilegales. Bob se aplica con esmero en cumplir la única ley que puede mantenerlo a salvo: vive y deja vivir. Hasta que el hallazgo de un cachorro de pitbull en la basura hará saltar por los aires ese mantra y vendrá a demostrar que la estupidez humana no tiene límites y que lo mejor que puedes hacer es no fiarte ni de tu madre. Si supieras quien es.
Lehane no necesita de extensas parrafadas para mostrarnos el paisaje suburbial de las clases bajas que habitan su novela: «Bob había perdido la cuenta de todas las caras que subían al metro, demacradas por la angustia, con ofertas de empleo estrujadas en los puños sudorosos. Hacía cola en Cottage Market mientras ellos contaban sus vales de comida y en el banco mientras cobraban los cheques del subsidio. Algunos tenían dos trabajos, otros sólo podían permitirse una vivienda gracias a los subsidios y otros cavilaban las penas de su vida en el Cousin Marv’s, la mirada perdida, los dedos aferrados a sus jarras de cerveza».
En este barrio obrero de Boston el fracaso te viene en los genes. Fracasan los negocios, fracasan los criminales y hasta fracasa la Iglesia, que anuncia el cierre de la parroquia que visita Bob semanalmente, arruinada por el coste de las indemnizaciones que los casos de pederastia le obligan a pagar. El propio Marv, líder de una antigua banda respetada en el barrio, perdió el bar, la banda y el respeto cuando la violencia de las nuevas mafias llegadas de un lugar aún más frío que Boston le demostró que no daba la talla mínima en brutalidad.
En ese bar traspasado por la ley del más fuerte, se reúnen ahora desempleados con el subsidio recién cobrado y alguna vieja fugada de la residencia para fumarse un cigarro y dejar a cuenta unos Tom Collins. Cualquier plan que se organice aquí, por fuerza ha de torcerse. Pero hay quien se empeña en no verlo.
Bob no. Bob lo ve todo y se lo calla todo. Bob es ese «buen tipo con quien se podía contar para que quitara la nieve del camino o invitase a una ronda, un tío legal, pero tan tímido que la mitad de las veces ni siquiera oías lo que decía, así que desistías, asentías educadamente con la cabeza y te volvías para hablar con otro». Y es el que un día salva a un pobre perro apaleado y se cree que, tal vez, con el chucho se salven otras cosas. Como la cordura. O la esperanza.
Con La entrega, Dennis Lehane ha reincidido hasta tres veces. Nació primero como relato, lo reescribió como guión de cine y finalmente lo transformó en esta novela corta, tan densa y amarga que la contundencia del golpe que propina es inversamente proporcional a su número de páginas. Precisamente el Festival de Cine de San Sebastián concedió este año a Lehane su premio al mejor guión por esta historia que se convirtió en la película póstuma de James Gandolfini, un primo Marv que seguramente soñaba en secreto con ser Tony Soprano.

jueves, noviembre 13, 2014

Galveston, Nic Pizzolatto

Trad. Mauricio Bach Juncadella. Salamandra, Barcelona, 2014. 282pp. €

Salvador Gutiérrez Solís

Para una legión de serieadictos, la primera temporada de True Detective ha sido el gran acontecimiento del año. En mi caso particular, tras la vacía orfandad que sentí a la conclusión de Breaking Bad, gracias a la nueva propuesta de HBO recuperé mi posición/opinión frente a la pequeña pantalla. True Detective, más allá de su trama, con evidentes brechas en su desarrollo –el dislate del capítulo número 4 es el mejor ejemplo-, nos ofreció una espectacular pareja de policías, llamativos por sus oscuras personalidades, por la degradación que nos ofrecen, por sus peculiares tics, las más propicias criaturas para desenvolverse en ese universo pantanoso, sudado y húmedo por el que la serie transcurría.
Pero hablemos hoy de Galveston, la primera novela del guionista de True Detective, Nic Pizzolatto. Publicada originalmente en 2010, años antes que la emisión de la serie en nuestro país, muchos hemos sido los que hemos acudido, como moscas a la miel, al reclamo de la solapa, “del guionista de…”, y que ciertamente ha funcionado, tal y como indican las listas de libros más vendidos. Puede que muchos de los lectores se hayan acercado a la novela esperando más truedetectives, y también los habrá que hayan leído Galveston atrapados por el lenguaje que su autor, Nic Pizzolatto, desplegó en la aclamada serie de televisión. Puede que unos y otros se hayan sentido decepcionados, al no encontrar lo que esperaban. En cualquier caso, acudamos a una frase hecha: las comparaciones son odiosas, sobre todo cuando se comparan elementos completamente diferentes, que emplean soportes, técnicas y vocabularios completamente diferentes. Por tanto, aunque cueste trabajo olvidar, porque es realmente brillante, leamos Galveston sin tener en cuenta que Pizzolatto es el guionista de True Detective.
Desde este punto de vista, que es el lógico, y coherente, delimitadas las fronteras, considero que Galveston es una estupenda –y a ratos sublime- novela, por diferentes motivos. Es más, me atrevería a calificarla como una inusual y soberbia ópera prima. Es intensa, nos ofrece una trama redonda, circular, sin descensos apreciables, fulgurante en determinados pasajes, eléctrica y punzante. Es hipnótica, adictiva, Pizzolatto te atrapa desde la primera línea, te agarra de la mano y no permite que te separes hasta el punto y final. Y es coherente, nada de lo que sucede en Galveston es gratuito o vacío, todo es necesario, incluso crucial, para asimilar y comprender la historia en su integridad.
La mayoría de los lectores habrán encontrado decenas de evidentes referencias en la novela de Pizzolatto: Hammet, Ellroy, Eastwood, Wenders, Peckinpah, Tarantino, Huston, Ford… Es más, en el arranque de Galveston nos encontramos con una serie de personajes y situaciones que ya hemos leído y contemplando en multitud de ocasiones, como uno de esos estribillos que creemos haber escuchado con frecuencia en el pasado, como un eco de la infancia. Pizzolatto se entrega a los tópicos, a los símbolos, para posteriormente interpretarlos a su manera. Demostrándonos el autor que tal vez ya estén contadas todas las historias, pero que aún es posible contarlas de diferentes maneras, transformándolas en nuevas historias. Y, sobre todo, Pizzolatto consigue que nos sintamos dentro de sus personajes. Que nos duelan los golpes que reciben, que padezcamos con semejante frialdad la soledad, la distancia, el desprecio, el desapego… Esta capacidad para introducirnos y secuestrarnos en su juego es la gran habilidad que Pizzolatto despliega en Galveston. Complicidad, emoción, tensión a raudales, en una primera novela que marcará, sin lugar a dudas, el comienzo de una brillante trayectoria literaria.