lunes, marzo 03, 2014

Las cien vidas del filósofo Sócrates, Yan Marchand

Trad. Sara Álvarez Pérez. Errata Naturae, Madrid, 2013. 64 pp. 15,50 €

Ángeles Escudero

Arriesgada me parece la colección en general y este título en particular. Hace falta mucho atrevimiento para  continuar con un proyecto editorial cuya finalidad es empujarnos a pensar desde nuestra más tierna infancia. Aunque, ironías aparte, calificaré la iniciativa de valiente.
Que es un libro especial se intuye desde el primer momento. Errata Naturae intenta este camino de iniciación a la filosofía a través de un texto interesante, bien sostenido por una ilustraciones sugerentes de gran fuerza evocadora, aunque contundentes. Tampoco olvidaría mencionar la traducción, a cargo de Sara Álvarez porque comunicar ideas poco comunes y con un vocabulario tan específico no ha debido ser fácil y se aprecia el trabajo serio de la traductora.
La edad recomendada (de 9 a 99 años) creo que nos muestra que el libro puede ser leído, y disfrutado, a distintos niveles de comprensión o desde perspectivas vitales diferentes. Porque, eso sí, la profundidad de las ideas que se exponen nos obligan a una lectura atenta que, en cierta medida, escaparía a la capacidad de abstracción en la infancia. Pero los niños y las niñas, de mentes abiertas e inquietas, encontrarán en la lectura de esta historia, la fuerza que le piden a todo cuanto leen y a todo cuanto ven. Yo no subestimaría su capacidad para comprender.
La máxima de Kant de animarnos a pensar por nosotros mismos, cristalizan en este título dedicado al filósofo Sócrates. El gran desconocido si su discípulo Platón no se hubiese atrevido a parafrasear y explicar sus ideas antes de aventurarse a postular sus propias tesis.
La historia, además de narrar el periplo de reencarnaciones, o transmigración del alma, del propio Sócrates (se convierte en tábano o en perro de Homero), es un viaje iniciático hacia los especiales confines de la filosofía. Reflexiona sobre diversos temas, entre los que destacaría el asumir la pregunta sobre cuál es la función o tarea de la clase política. Sócrates, ya polemizó sobre esto en el Ágora, dando vida al corazón mismo de la polis griega con sus apasionados diálogos en los que utilizando la Mayéutica y la Dialéctica (el arte de razonar que permite mirar la realidad de frente), intentaba desvelar una verdad que sigue resistiéndosenos. Porque hoy en día seguimos debatiendo los mismos temas: Estado justo o injusto, interés de quién realiza la actividad política, o la eterna dicotomía individuo-ciudadano. Las cien vidas de Sócrates aborda, incluso, el espinoso tema de cómo si quienes formen parte de la clase política no tiene posesiones propias, se evitarían los males mencionados como la corrupción. La propiedad privada sería exclusivamente de la clase trabajadora.
Otra interesante cuestión que aborda es cómo nuestras acciones retratan lo que realmente somos que, por cierto y aunque nos pese, no siempre coincide con lo que decimos que somos o con lo que creemos ser. Algo tendría que decir Stanley Milgran sobre este particular, tras realizar interesantísimos estudios sobre la obediencia, en los que comprobó cómo debidamente alentados por una autoridad somos capaces de hacer cosas que hasta ese momento afirmábamos con pasión que jamás haríamos. O sea que, en situaciones en las que la persuasión nos afecta de forma especial, podemos dejar de lado los preceptos morales que creíamos respetar. O el caso de Kitty Genovese (citado por Lauren Slater en el libro Cuerdos entre locos. Grandes experimentos psicológicos del siglo XX, publicado por Alba), que abrió el debate sobre la moral nacional al preguntarse por la compasión, o la ausencia de ella. ¿En qué nos hemos convertido? Se preguntaron entonces los ciudadanos e investigadores como John Darley y Bib Latané. Éstos últimos, idearon entonces una serie de experimentos para estudiar las condiciones en las que el ser humano pasa por alto la demanda de auxilio, así como las condiciones en que se impone la compasión. Intentaron buscar alguna explicación lógica a porqué ninguno de los casi cuarenta testigo hizo nada por socorrer Catherine a la que en tres ataques consecutivos, fue asesinada. La omisión del deber de socorro sentó, además, jurisprudencia.
Volviendo a nuestro texto, como no podía ser de otro modo, hay también una reflexión sobre la Justicia como principio moral, comenzando por cuestionar la llamada Ley del más fuerte y profundizando en matices como la equidad. Otra cuestión que en la actualidad nos obliga a replantearnos el modelo de convivencia y de sociedad en la que vivimos y nos relacionamos. Como, por ejemplo, sólo nos hacemos conscientes de las injusticias cuando éstas nos afectan.
En uno de los pasajes con más enjundia filosófica, se nos explica la creencia en el alma y en su tripartición, abogando por la idea de que el ser humano es su alma, «yo soy el hombre que habita en ti». También hoy seguimos preguntándonos, como entonces, qué nos gobierna y cómo son las pasiones, y no la razón, quién dirige nuestra acción. En este sentido cobra especial relevancia la cuestión de la educación. Dentro de los parámetros socráticos y platónicos, conocer el bien, es hacer el bien. Pero el intelectualismo moral parece hoy poco menos que una utopía. Aunque Platón, saliéndose ya de las enseñanzas de su maestro, concibe la educación más que como un instrumento de igualdad, como una herramienta de rentabilización o eficacia conforme a la cual se establecería la división del trabajo en su Principio de especialización funcional. Que cada uno realice la tarea para la que tiene más aptitud. Lo malo será, una vez más, quién determina las virtudes que tenemos y la catadura moral de quién reparte.
Y, no podemos terminar sin hacer alusión al celebérrimo Mito de la caverna, donde Platón realizó una sublime metáfora para explicar los grados de la realidad y del conocimiento tal y como él los concebía. Esta alegoría es una profunda reflexión sobre cómo lo que creemos realidad es sólo apariencia. También Saramago, en su Caverna, afrontó esta reflexión, desde otro punto de vista. Es difícil enseñar la verdad porque estamos cómodos en nuestra ignorancia y, como todo cambio supone conflicto, no queremos ser liberados de nuestras cadenas. Una vez más, y como diría Sastre, la condición humana arrastra “la condena” de la libertad.