miércoles, marzo 19, 2014

Ciudad del Sol, David Levien

Trad. Óscar Palmer Yáñez. Mondadori, Barcelona. 2013. 352 pp. 20,90 €

Julián Díez

Llegué a Ciudad del Sol por el típico runrún que se ve correr a veces entre los lectores especializados de un determinado género: antes de Navidades, ésta era la novela negra de la que se empezaba a hablar en foros y librerías. Me puse a la tarea y la terminé casi al momento; es esa clase de libro absorbente de los que hay media docena al año en este género, es un trabajo profesional y delicado de los que dejan un recuerdo intenso.
Lo difícil es analizar cuáles son los elementos que le diferencian de otros thrillers. Porque con el mismo argumento, con las mismas herramientas, los artesanos habituales habrían conseguido bastante menos que Levien. Ahí reside la magia de la literatura: aunque algunos forofos del policiaco se hayan hartado durante años a decir que lo valioso es la naturaleza del misterio presentado, aunque ocurra lo mismo en la literatura fantástica con respecto a la necesidad de novedades, al final lo que marca casi siempre la diferencia es el talento. La suma de buenas prácticas que diferencian la buena literatura de la narrativa convencional.
En Ciudad del Sol, el elemento que salta inmediatamente a la vista como distintivo es el dibujo de personajes. Estamos una vez más, como ya es casi inevitable en el género en la actualidad, ante una novela con detective que protagonizará una serie. Sin embargo, el Frank Behr de Levien tiene algunas características muy singulares. La principal es que se trata de un hombre herido. Seriamente. No parece haber camino alguno para que alcance la redención, especialmente ante sus propios ojos. Tal vez sí para que sea capaz de convivir consigo mismo, pero nunca para abandonar la melancolía. El viejo tópico del investigador que sigue adelante simplemente porque no es capaz de hacer otra cosa, porque es la única forma en la que puede olvidarse de su propio dolor, sigue funcionando eficazmente en el retrato de Behr, grande, honesto, duro, roto.
El detective reside en Indianápolis,una ciudad estadounidense corriente que también enriquece el conjunto de la novela. La de esa ciudad es retratada como una corrupción de baja estofa, triste, corriente, clavada como una sanguijuela que devora sin cesar el sueño americano, pero sólo lo justo para que los bienintencionados sigan creyendo en él.
Un niño que reparte periódicos por uno de esos suburbios de garaje y jardín sin vallas desaparece una mañana. El retrato de sus padres, en particular del marido necesitado de una respuesta y de una reivindicación de su papel protector para la familia, es el otro pilar sobre el que se apoya la novela. La relación entre ambos, su forma de transpirar dolor, respira una autenticidad pocas veces vista en el género en los últimos tiempos.
Esa sensación global de veracidad, de crudeza sin alharacas, falta de la truculencia de estética tarantiniana que ha terminado por inundar a buena parte del policiaco de los últimos años, acaba por pegarse a la piel del lector e impulsar el paso compulsivo de las páginas. He leído en algunos lugares que el desenlace no está a la altura, que precisamente le falta ese realismo que ha sido el mejor aliado de Levien hasta llegar a ese punto. Es posible, pero a veces se agradece un guiño, un alivio, un atisbo de compasión.

1 comentario:

Alonso Barán dijo...

Buena reseña. Me encanta la novela negra...