lunes, marzo 24, 2014

Oh, America, Marcella Olschki

Trad. Francisco de Julio Carrobles. Periférica, Cáceres, 2013. 186 pp. 16,75 €

Care Santos

La anécdota de la que parte este libro autobiográfico puede parecer una más de las típicas historias de búsqueda de oportunidades en Estados Unidos. Nos encontramos en 1946, Europa está arrasada después de la Segunda Guerra Mundial, de Nápoles parte un barco americano cargado con esposas de guerra: chicas italianas que contrajeron matrimonio durante el conflicto bélico con oficiales del ejército de Estados Unidos. Ahora van a reunirse con sus maridos a la tierra prometida. Conmueve este primer relato de desvalimiento e ilusión, a bordo del desvencijado carguero Vulcania. Conmueve la primera impresión de la ciudad de los rascacielos, que es también la ciudad de la opulencia. Las opiniones de la autora acerca de las tiendas atiborradas de comida, ropa y lujos impensables en la Europa de aquel tiempo, dice mucho acerca de la gran distancia que existía entre ambos continentes por aquel entonces, pero también de cómo todos, sin excepción, hemos acabado pareciéndonos a los estadonidenses, importando un modo de vivir y de entender el mundo. En ese sentido, es revelador lo que la autora cuenta acerca de su primera Navidad en Nueva York. Está aterrada por la fiebre del consumismo salvaje que tiene que presenciar. Le asustan las multitudes en los grandes almacenes, se pregunta qué sentido tiene la Navidad reducida a una espiral de gastos, regalos y prisas. Incluso llega a añorar las navidades de la guerra, que define como auténticas a pesar de las grandes necesidades y privaciones sufridas. En cierto modo, en todo tiempo nos recuerda que puede haberse confundido con ese nuevo mundo al que llegó, pero su personalidad no se ha desintegrado en él. Hay algo que no termina de encajar, pese a todo.
La historia de Marcella Olschki, sin embargo, nos sorprende nada más comenzar. Sólo llegar a Nueva York y reencontrarse con su flamante marido, a quien dice querer y añorar, descubre que él no la quiere. Algo ha ocurrido en la vida de aquel soldado con quien se casó -la autora le echa la culpa a cierto tratamiento psicológico freudiano, a saber-, el caso es que dista de ser el marido que deseaba encontrar. Comienza aquí un via crucis para Olschki, quien deberá primero asumir la humillación y la derrota y más tarde comenzar a plantearse su futuro en una ciudad donde aparentemente ya no tiene nada que hacer. Pasa unos meses de absoluto calvario, hasta que decide disfrutar de las muchas oportunidades que ese nuevo mundo puede ofrecerle. Se codea con la clase más adinerada, comparte pisos con personas de lo más excéntrico, se da a conocer en la prensa americana, escribe, ejerce de intérprete, intenta una aventura empresarial en el mundo de la moda. La tierra de promisión parece serlo para ella en aquel tiempo, y enseguida queda claro que con ganas de trabajar es fácil prosperar en América. La autora lo vive con entusiasmo: escribe a casa -poco a poco les contará su realidad sentimental, en la que en ningún momento ahonda mucho-, hace amigos y tiene planes. Hasta que decide divorciarse, viajar, conocer diferentes capitales y al fin regresar a casa.
El libro, aunque no se estructura así, se divide en los meses de la desesperación y los meses de la alegría. Durante los segundos, la narradora se limita a dejar constancia de su fascinación hacia su país de acogida, una fascinación alegre que la lleva a conocer, viajar, curiosear, investigar en la forma de vivir de la gente y maravillarse ante todo. Incluso ante lo que no entiende o desaprueba, como el racismo, tan en auge en los últimos cuarenta, o el conservadurismo febril. Al fin, se impondrá la nostalgia, la necesidad de la familia, el regreso. Y en el último párrafo del libro, Italia abre los brazos a la hija pródiga, tan curtida de experiencia.