lunes, marzo 31, 2014

Inquieto, Kenneth Goldsmith

Trad. Carlos Bueno Vera. La Uña Rota, Segovia, 2014. 160 pp. 12 €

Rubén Romero Sánchez

«Introduce. Tira. Ata. Un. Dos. Tres. Cuatro. Cinco. Seis. Arriba. De pie. Paso. Cae. Tira. Clic. Tira. Sopla. Camina. Tira. Gira. Gira. Recto. Extiende. Desliza. Estira. Achucha» (p.98). Ya dijo Wittgenstein, en su Tractatus logicus-philosophicus, que de lo que no se puede hablar más vale callar, pero algunos autores siempre le han negado la mayor al buen filósofo, empezando por Joyce, que creó un entramado aparentemente ininteligible al que tituló Finnegans Wake, y terminando por el grupo Oulipo y su manía de escribir novelas sin determinadas letras, por no hablar de los juegos dadaístas de Tristan Tzara armado con un periódico y unas buenas tijeras.
Y hete aquí que llega Kenneth Goldsmith (Nueva York, 1961), autor de varias obras englobadas en el pavoroso y difuminado término de vanguardia y primer poeta galardonado por el MoMA de Nueva York, y escribe una novela de 130 páginas consistente en registrar por escrito todos los movimientos de su cuerpo un día concreto. Ni que decir tiene que, como buen discípulo, Goldsmith venera a sus mayores y escoge el día 16 de junio de 1997 (“Bloomsday”). El autor, en una carta a Marjorie Perloff, autora del epílogo de este arriesgado libro de la siempre interesante La Uña Rota, le confiesa que un buen día se atrincheró en su casa con una grabadora dispuesto a registrar todos los movimientos de su cuerpo, y que luego se dedicó (allá cada cual con sus aficiones) a transcribir y dar forma a su discurso. Ríete tú de la manía de Stendhal de leer fragmentos del código napoleónico antes de escribir para imbuirse de la sequedad de su estilo. Fantasía poética desbocada, al lado de este señor.
Leyendo a Goldsmith me asaltó la duda de si el propio autor se tomaba en serio su propuesta. Ya la nouvelle roman trató de crear pretendidas obras objetivas, sobre todo en la figura de Alain Robbe-Grillet y su famosa La celosía. Pero este movimiento, y esta obra en particular, adolecían de autocrítica y se demoraban en una jactanciosa condescendencia con ellos mismos que en nada les favorecía. La objetividad en el arte, y por extensión en la literatura, es imposible. Todo acto implica elección. Y más aún cuando lo que se pretende es una narración de hechos. ¿Por qué un hecho y no otro? ¿Por qué Goldsmith registra algunos movimientos involuntarios de algunas partes de su cuerpo, como el estómago, y no registra cada latido de su corazón o la circulación constante de la sangre por sus venas y arterias? Goldsmith, como cualquier narrador “convencional”, opta por un punto de vista. Y es aquí donde veo yo la diferencia con otras propuestas. En Inquieto el narrador aparece, no es omnisciente, forma parte de la narración («Por tanto, la lengua no consigue encontrar el laberinto. Yo creo que dentro está calentita», p. 104); además, el gran acierto de Goldsmith es que, a pesar de lo farragoso de las primeras páginas, según transcurre el día el narrador se libera y da rienda suelta a sus instintos poéticos, alentado, también, por la botella de whisky que el personaje se mete por la tarde y que le hace agarrarse una melopea de las de no te menees que le suelta la lengua de modo tal que ni laberintos ni zarandajas que valgan («Así articula palabras el índice. Pela la cresta afilada. Forzado y simétrico y el último al sonido. Deja que los movimientos sigan su curso», p. 102). El autor, de este modo, se refugia en la ironía para evadirse de la pedantería y se las ingenia con un artefacto que se vuelve juego donde al principio sólo había algo ya visto, manoseado y devuelto.
Más cercana a lo lírico que a lo puramente narrativo, esta novela precisa de un lector sin complejos para el que la palabra “argumento” no signifique gran cosa, un lector que sepa lo que se va a encontrar y sepa, además, sacarle rendimiento. El libro está trufado de pasajes paródicos, como la masturbación, la borrachera o, más formalmente, la disposición tipográfica al revés (al más puro estilo Leonardo da Vinci) del último capítulo, y eso es su gran punto a favor. Así, hay que leerlo, como dijo Joyce de Ulises, como una broma, pues casi seguramente nada esté escrito en serio.