viernes, enero 17, 2014

Esta noche arderá el cielo, Emilio Bueso

Salto de Página, Madrid, 2013. 272 pp. 17,10 €


Elia Barceló

Lo primero, confesar que me gustan las novelas de Emilio Bueso, así, en general. Lo vengo siguiendo desde la primera: Noche cerrada (2007), y me encanta ver cómo con cada paso que da se vuelve más salvaje, más irreverente, más pirotécnico, más potente.
Me gusta –y sé que no es necesariamente algo que deba gustarle a todo el mundo– esa curiosa mezcla de garrulería y ternura; esa alternancia de registros entre lo más vulgar y lo más literario, entendiendo literario por una elegancia de expresión que le hace crear imágenes y metáforas desacostumbradas y hacernos ver la realidad desde otros ojos, con una mirada que no es la nuestra pero que reconocemos como real, como una de las realidades posibles, en cuanto Bueso nos hace enfrentarnos con ella.
Con Esta noche arderá el cielo, Emilio Bueso no nos ofrece una novela postapocalíptica como está casi de moda últimamente, sino una novela apocalíptica, aquí y ahora, donde el desquiciamiento de nuestra sociedad está en pleno proceso y en la que, por muy exagerada que parezca en ocasiones, se transparenta la verdad de la locura en la que nos estamos metiendo y que acabará por destruirnos, si no nos destruyen antes las leyes naturales que gobiernan nuestra existencia y que parecemos haber olvidado en la hybris de creer que podemos dominarlas. La peripecia de la novela es fácil de resumir: un par de moteros pirados –Mac y Perla–, canadienses francófonos, que en el pasado fueron pareja y quizá vuelvan a serlo, están recorriendo la Tras-taiga, una de las carreteras más desoladas del planeta, por el puro placer de hacer kilómetros y de dejar atrás todo lo que ha sido su vida hasta el momento. La mala suerte hace que lleguen al final de la nada justo cuando va a haber una entrega de mercancía ilegal extremadamente peligrosa, y se vean envueltos en un desastre de proporciones épicas que recuerda a un western de los más chungos y a la vez a una novela de Wells que no voy a nombrar para no dar pistas que puedan estropear el placer del descubrimiento.
Es una novela donde hay fracaso vital –mucho–, rock and roll del cutre, motos gordas, talleres de mecánico, alcohol y pastillas, ataques de pánico, hijos de puta –muchos–, falta de perspectivas, futuro cero.
Pero sobre todo, Esta noche arderá el cielo es una novela violenta y sobre la violencia: La violencia de los humanos entre sí, de la naturaleza sobre los humanos y de los humanos sobre la naturaleza, de las madres sobre sus hijos, de las parejas, de la casualidad, de los animales contra los humanos, de los humanos contra los animales, del estado sobre el individuo, hasta del Sol sobre la Tierra. Es también una novela sobre monstruos de todo tipo, desde los que lo parecen nada más verlos hasta los que sólo demuestran que lo son cuando se les conoce un poco, cuando empiezan a actuar frente a nosotros y nos damos cuenta de su malignidad, o de su falta de empatía, o de la brutal ignorancia que los hace más peligrosos todavía. Y es una novela sobre el miedo, sobre todo tipo de miedos, desde los más antiguos, los que arden a fuego lento en nuestro cerebro de reptil hasta los miedos sociales que acabamos de inventar y aún arden a llamaradas, destrozándonos la vida emocional y dejándonos solos frente al vacío de la existencia.
Los personajes son, más incluso que marginales, gente al borde. Al borde de todo: del colapso psíquico, de la desesperación, del sinsentido, de la huída definitiva. Es difícil identificarse del todo con ellos y precisamente por eso uno va leyendo, asombrado (pero convencido) de que pueda haber gente así, y de que pueda haber lugares como ese páramo dejado de la mano de Dios, atravesado por una carretera de 666 kilómetros que no lleva a ninguna parte. Eso no es nuevo en Emilio Bueso; los protagonistas de Diástole son de la misma filiación. Sólo que aquí el elemento fantástico ha dejado paso a un elemento extrapolativo similar al que conocemos de Cenital y eso lo hace más cercano, más preocupante, porque tenemos la sensación de que todo esto que leemos aquí puede estar pasando en este mismo momento en uno de esos lugares que no salen en Google Earth, y muy pronto empezará a afectarnos, aunque cerremos los ojos y no queramos verlo.
Porque antes o después no vamos a tener más remedio que verlo: a la luz del día o de la aurora boreal o de las fogatas en plena noche o de las explosiones que matan o de los fuegos artificiales.
El motivo de los fuegos artificiales recorre las páginas de esta novela, las escenas de esta historia desquiciada, en las que la pólvora y todo lo que es capaz de explotar brilla y estalla frente a nuestros ojos de lector, desde las violentas auroras boreales que iluminan las noches de la taiga hasta las armas de fuego más convencionales, pasando por los fuegos de artificio que animan las fiestas y simbolizan también, en ocasiones, el clímax, el paraíso particular, los Private Fireworks del taller de Mac, su pequeño éxito como cantante, pero también el fracaso, la futilidad, su vida vacía y solitaria. Estamos hablando de una novela potente, brutal, narrada en presente convivencial, como si todo estuviera sucediendo en este mismo momento delante de nosotros, en tiempo real, pero con un narrador que sabe muy bien lo que está pasando y, cuando le conviene, como buen manipulador, nos permite ver en el interior de los personajes, en su pasado e incluso en su futuro, mientras que otras veces nos deja a oscuras a propósito; un narrador que siente cierta ternura por sus personajes, sobre todo por Mac, pero eso no significa que vaya a arreglar la situación para que le salgan bien las cosas.
Ahora que Stephen King se está volviendo políticamente correcto y cada vez más suave, parece que Emilio ha recogido el cartucho de dinamita con la mecha prendida y ha decidido usarlo para hacer explotar el mundo, condensado en un par de personajes desquiciados por la falta de sentido de la sociedad en la que les ha tocado vivir y sin demasiado futuro por delante.
Hay muchas cosas originales y destacables en la novela que, sin embargo, no puedo destacar para no pisar ciertas sorpresas al lector. ¡Qué lástima! Me habría gustado hablar de guiños, de influencias, de detalles que establecen la deliciosa complicidad con el lector habitual de cierto tipo de géneros. No puedo hacerlo porque una reseña no debería destripar una novela. Lo que sí puedo hacer es aconsejarla.
Por eso creo que lo mejor es que se la compren y se dejen llevar por la cabalgada enloquecida hacia el fin del mundo que nos propone Emilio Bueso en Esta noche arderá el cielo. Termino con una advertencia: no es una novela simpática para regalar por Navidad, pero tampoco tenemos ya cuatro años y creemos en los Reyes Magos, de modo que ahora que se acerca el momento de tener un paquetito para la familia y los amigos, a mí me parece un excelente regalo (siempre que los regalados tengan, eso sí, buen estómago, buenos nervios, y un cierto amor por la violencia literaria y por las visiones apocalípticas).