viernes, enero 03, 2014

El parque prohibido, Andrés Ibáñez

Nube de Tinta, Barcelona, 2013. 320 pp. 15,95 €

José Miguel López-Astilleros

El parque prohibido es una novela de género fantástico y de aventuras, destinada a lectores de diez a doce años, o «entre once y ciento once», como señala el autor. Originalmente se había publicado en 2005, ahora se nos ofrece una reedición a cargo de la editorial Nube de Tinta, que ha tenido el acierto de rescatarla, sobre todo porque es una buena historia que trata temas muy actuales y cercanos, además de presentarlos con una buena dosis de ternura, pero sin ñoñería.
Un buen argumento tiene capital importancia en una novela de este género, pero en esta hay algo más: emoción, conocimiento y un propósito moral edificante. Frido es un niño que vive en la ciudad de Fléroe con su padre, su madre y una hermana más pequeña. Un día descubre que su padre es alcohólico y no trabaja, y que por esta causa habrá de abandonar la familia. La trama central consiste en cómo conseguirá que deje de beber, y por tanto volver a reintegrase en el núcleo familiar y en la vida. Para ello deberá penetrar en el misterioso Parque de las Lilas, cerrado desde hace mucho tiempo y custodiado por militares para que no entre nadie. Frido y cuatro amigos más (Roto, Abbás, Rina y Amapola) se internan en él desde una puerta secreta, y allí se enfrentan a los muchos peligros que encierra tan singular paraje, hasta que encuentran lo que buscaban, el árbol Bo, un manzano mágico al que se le pueden pedir tres deseos o del que se puede comer uno de sus frutos para alcanzar la inmortalidad.
La creación más original es el Parque de las Lilas, cuya característica más sobresaliente consiste en que cambia de aspecto constantemente, de acuerdo con quien lo transite, siendo así que jamás se puede volver por el mismo lugar, y por si fuera poco en él sólo existe el presente, ¿una metáfora de la vida, quizás? Está lleno de animales salvajes y fantásticos, y además crece sin parar hacia dentro. Es un espacio onírico que está sujeto a la imaginación de quien lo pisa. Su origen está, según Ibáñez, en la “zona” de la película Stalker de Tarkovsky y las historias de Carlos Castaneda.
Los cinco niños que penetran en el parque pertenecen a la cultura occidental, hindú y árabe. Poseen una personalidad muy diferente, que irá cambiando conforme vayan cosechando experiencias sobre todo a lo largo de la segunda parte. Nos recuerdan a Los Cinco de Enid Blyton, cuyas aventuras solía leer Andrés Ibáñez de niño. Otro personaje fundamental es Hugo Bonpensat, el padre, representa el fracaso, del que será redimido por su hijo, cuando le hace ver que el oculto motivo por el que comenzó a beber, en realidad no fue un fracaso, sino todo lo contrario, el amor a su familia.
La amistad y la tolerancia son ingredientes básicos, que se convierten en definitivos para sobrevivir dentro del parque hostil, de tal modo que el mensaje transmitido es que la salvación será colectiva o perecerán todos. Algo que se podría entender como una metáfora de la humanidad frente a los problemas como el medio ambiente o la paz mundial. Hay alusiones o guiños indirectos a cuentos como La bella durmiente o libros como Alicia en el país de las maravillas. En el primero cuando Frido despierta a Amapola del sueño de la muerte con un beso, y en el segundo cuando persiguen a un conejo. El amor por los cuentos tradicionales queda patente desde el arranque de la novela: «Había una vez…».
La intriga y el misterio están presentes en todo su desarrollo, bien dosificados, mantienen el interés hasta su conclusión, a pesar de que se pueda sospechar el final feliz obvio. Tampoco hay que olvidar el humor, recordemos la recreación irónica del mito bíblico de Adán y Eva. El lenguaje es sencillo, pero exigente, con descripciones muy enriquecedoras.
El parque prohibido es un libro ameno, imaginativo y sorprendente, que nos sumerge en las procelosas aguas del alma humana, haciendo reflexionar al lector sobre el fracaso, la amistad, el amor, la familia, el miedo o el concepto de realidad y ficción. Todo ello sin renunciar a pasar un buen rato.