jueves, febrero 21, 2013

El cielo árido, Emiliano Monge

Mondadori, Barcelona, 2012. 211 pp. 18,90 €

Luis Borrás

Al empezar pensé que era una estrategia. Un falso prólogo. Un capítulo preliminar. El narrador se presenta e intercala presente y pretérito, va dejando pequeños anticipos, huellas para que le sigamos el rastro, insinuaciones para llamar nuestra atención. Un hombre se decide a huir de su pasado. Cruzar definitivamente una línea. Dejar atrás un turbio pasado en el que hay violencia, abuso de poder, una mujer muerta y una iglesia quemada. Algo terrible y tenebroso que no se muestra con claridad. «Un hombre puede irse de su vida pero no puede escapar de su sombra».
Pero no se trata de una estrategia. El estilo de ese primer capítulo es el de toda la novela. Una forma de narrar original y diferente con la que se hace difícil e incómodo seguir la trama pero que es una apuesta personal del autor. «La historia de un hombre que exige ser contada como una biografía discontinua». Fragmentación, ritmo alterado, analepsis, flashforward y rewind «Un relato que, como todo buen relato, se preocupa y deja testimonio únicamente de sus nudos y no de su tedioso desarrollo». Una novela que requiere un esfuerzo y que se sostiene en la intriga, en la curiosidad, en la morbosa atracción de la violencia y el horror, el destino forzado, el nacimiento, el odio y la demencia. En el recuerdo selectivo de lo realmente importante y trascendente, la reconstrucción no lineal de la memoria de un hombre. Porque «de una vida importan sólo los instantes deslumbrantes». En la virtud del inicio inaudito de cada capítulo, encontrar dentro de la novela un diálogo consigo misma; la explicación de su propio mecanismo, el know-how, cómo funciona, cómo entenderla: «Esta historia es desde aquí la disección de los instantes cuyos ecos iluminan una vida como ilumina la penumbra un faro de ojo doble: con sus halos que a pesar de iluminar sólo dos puntos irradian el espacio que los media». Lo que fue y lo que vendrá se anticipa y muestra en una sola frase demoledora e inquietante, todas las incógnitas se van aclarando una a una, cada hecho, cada pasaje, cada habitación cerrada y oscura se va abriendo, iluminando para que podamos comprender y espantarnos. Un contenido que se desarrolla en un paisaje desolador y cruel y que se apuntala con frases de rotunda belleza: «Los pastizales son de pronto azul turquesa, el cielo es ahora un manto gris y anciano y el pedregal metálico y plomizo es de golpe un hoyo negro y hondo».
Lenguaje, estilo, y, sobre todo, estructura narrativa que no es la acostumbrada y que tal vez en esa originalidad esté la explicación de su premio. Lo insólito siempre nos conquista y embriaga. Pero a pesar de los deslumbramientos y la fascinación hay varios factores que —para mí— acaban ahogando la novela. No sólo la originalidad basta. El esfuerzo y la aliteración pasan factura. La repetición acaba liando la narración en su propio ovillo: «Pero hoy, a diferencia de otros días, podría decir: del resto de los días, es decir: pero hoy, por vez primera», y esa reiteración acaba en molestia, igual que una piedra en un zapato. Y el cambio requiere sacrificio porque es la renuncia a lo acostumbrado, es como pasar del frío de la calle a la asfixiante calefacción de unos grandes almacenes, y esa renuncia —cambiar una literatura por otra— produce un desgaste, un sobreesfuerzo que si no va acompañado de una compensación acaba agotando.
Escribir diferente, con un estilo que se sale de lo habitual no es intrínsecamente bueno ni malo. Unos aciertan, otros fracasan. Y esta novela de Monge nos sorprenderá si es la primera de esa clase a la que nos enfrentamos. Es como la primera película de cine de autor que vemos. Nos marcará para bien o para mal. Pero si es algo por lo que ya hemos pasado antes surgirán las lógicas e inevitables comparaciones. Y ahí es donde otras novelas —como por ejemplo Un buen chico de Javier Gutiérrez—  le ganan la partida a El cielo árido.
El defecto —para mí— a pesar de las variaciones, de todas las alternativas de la trama es de fábrica, en origen, de nacimiento y desde el principio, cuando Monge eligió contar la historia con ese tono monocorde, repetitivo y enredado. Un tono que por coherencia no desaparece en toda la novela y que acaba produciendo hastío, agotamiento y sopor. Lo que cuenta es interesante, trágico y cruel, pero el sonido es el de un pegajoso y monótono ostinato. Un cansancio que aparece a la mitad del camino y se hace incurable. Es acabar la carrera cuando ya hace tiempo que sabemos que está perdida. Se continúa por inercia, por simple curiosidad, por llegar al final; no por disfrutar del viaje.
Una silla puede tener un inusitado planteamiento, una atrevida arquitectura, pero si después de una hora sentado en ella se hace incómoda, su diseño la convertirá en algo original, pero nada más.

1 comentario:

Mike Libros dijo...

Lleváis razón en que la originalidad no es lo único (ni siquiera lo más) importante. La verdad es que tenía curiosidad por esta novela, pero ahora me lo pensaré de nuevo a la hora de programarla en mis lecturas. Un saludo.