lunes, abril 30, 2007

La vuelta al mundo de un novelista (3 vols.), Vicente Blasco Ibáñez

Madrid, Alianza, 2007; 3 vols.; 352, 352 y 384 pp. respect.; 9,90 € (c.u.)

Pedro M. Domene

Vicente Blasco Ibáñez (1867-1928) fue un viajero infatigable, unas veces lo hizo por necesidad y raramente por placer.
Obligado por sus compromisos, tanto políticos como literarios, una controvertida personalidad le llevó a escribir sobre los aspectos convencionales y circunstanciales de ciudades y países o sobre arte, arquitectura, escultura, costumbres o leyendas.
En la extensa bibliografía del autor valenciano este tipo de libros apenas si son mencionados. La fama de sus novelas eclipsaría los centenares de páginas dedicadas a otra de sus pasiones, en cierto modo, unas crónicas viajeras que al margen del interés literario aún pueden despertar otro paralelo, el informativo y esa serie de pistas que nos pueden aclarar algunas de las actitudes del escritor sobre las más variadas circunstancias de su personalidad. Países como Francia y ciudades como París o Italia, retratada en las crónicas, En el país del arte (Tres meses en Italia), con los detalles de sus visitas a Florencia, Roma, la musical Milán, Nápoles, la Florencia de las flores o las estampas espléndidas sobre la visión que le produce una carnavalesca Venecia; y, nuevos viajes, más literarios, como el dedicado a Oriente (1908), con un amplio repaso a la Europa Central, los Balcanes y una Turquía, entonces tan cosmopolita como occidental.
Pero, indiscutiblemente, La vuelta al mundo de un novelista, puede hoy contarse entre los mejores y más interesantes de los libros de viaje de Blasco Ibáñez, por la extensión de los países visitados, por la variedad de su contenido y la riqueza y el interés que despierta aún un texto pese a la abundancia de datos. Se publicó en tres volúmenes, los dos primeros en 1924 y el tercero nada más comenzar 1925. Divididos en tres libros, hoy se siguen publicando con el mismo formato, el primero dedicado a Estados Unidos, Cuba, Panamá, Hawai, Japón, Corea y Manchuria; el segundo a China, Macao, Hong-Kong, Filipinas, Java, Singapur, Birmania y Calcuta; y el tercero a la India, Ceilán, Sudán, Nubia y Egipto.
Casi una vuelta al mundo porque Blasco se dejó en esta ocasión aquellas partes que había descrito en anteriores libros como América del Sur, Europa Central y África, continente que nunca despertó el interés del novelista, a excepción de Egipto que visitaría en esta ocasión. A diferencia de algunos de sus textos anteriores, parece que el autor preparó, con mucho cuidado, la materia de su viaje, no solo los objetivos, tan variados como sorprendentes, sino la experiencia que mediaba entre sus libros anteriores y estos. El entusiasmo con que Blasco planea su viaje responde también a esa voracidad lectora que siempre había sido característica en él, tenía pues a su favor los conocimientos adquiridos sobre historia, política, economía o cualquier otro aspecto social de los países visitados y así con esos amplios conocimientos su condición de periodista le facilitó aún más las cosas.
Cuando uno lee estos tres volúmenes que se parecen tanto a ese tipo de encargos que se le hacen a escritores de cierto renombre, pero que no llegan a la profundidad del escritor valenciano, uno percibe que por encima de ese placer por viajar sobresalen dos conceptos: los conocimientos que ha ido adquiriendo en todo tipo de fuentes y su visión particular, su mirada crítica, los intereses humanos que despiertan en él, el tono personal que sabe infundir a estas páginas. Y, una vez metido de lleno en su lectura, no resulta una obra de erudición, sino un reportaje ameno, muy variado en su tratamiento, con anécdotas que se van sucediendo y emociones que al paso va sintiendo al autor.
En un mundo de tecnología tan avanzada como el nuestro, donde desde nuestra casa podemos acceder a museos, ciudades, monumentos o cualquier aspecto que despierte nuestro interés, la lectura de estos tres volúmenes nos puede ofrecer esa larga lista de noticias de infinidad de asuntos que, de otra manera no percibiríamos. Otra de las características de este texto, es ese deseo de estudio que pareció provocarle el viaje a Blasco Ibáñez, esa necesidad de aprender porque el final del volumen tercero, el escritor afirma:
«Lo que he aprendido es que debemos crearnos un alma nueva, y entonces, todo será fácil. Necesitamos matar el egoísmo; y así, la abnegación y la tolerancia, que ahora sólo conocen unos cuantos espíritus privilegiados, llegarán a ser virtudes comunes en todos los hombres».
En esta obra Blasco se desdobla y su alter ego y él hablan sobre esa necesidad de realizar el viaje, además de otra serie de cuestiones como las molestias, los peligros, los inconvenientes, aunque el novelista desea comprobar si todo aquel caudal leído durante años acerca de ciudades y países, continentes y maravillas, es verdad, una verdad que se parece tanto a la suya. En realidad, esta sería otra forma de verlo, también era un novelista, un excelente narrador, y en esta obra ese acento, personal e intransferible, se mezcla con esa objetividad que le otorga a su relato o a su descripción de cuanto ve. Sigue siendo ese escritor naturalista que deja entrever en estas páginas lo que le gusta o le desagrada, porque examina y describe con esa tranquila serenidad que otorga la enumeración de un inventario, de aquellas cosas que le emocionan: la luz, el color o los paisajes de una realidad vivida.
Se trata, en suma, de una arriesgada vuelta al globo porque cualquier selección que hiciera el autor sobre sus anotaciones supondría desorientar al posible lector. La información es tan amplia y variada que la enumeración de las cosas que Blasco Ibáñez vio y visitó nos llevaría a una reseña mucho más amplia, aunque sirva de muestra el detalle con que describe el papel jugado por Panamá en el movimiento colonizador, la majestuosidad de la ciudad de Acapulco y su importancia comercial, hoy convertido sólo un destino turístico más, su paso por las costas norteamericanas, su visión de China o la mención que hace al Gran Hotel de Calcuta y su pintoresca servidumbre o la más hermosa descripción del Nilo calificado «de nácar bajo los fuegos lejanos de la aurora».