martes, mayo 01, 2007

Villa Amalia, Pascal Quignard

Trad. Ascensión Cuesta. Espasa, Madrid, 2007. 240 pp. 19,90 €

Care Santos

Decía el propio Pascal Quignard en la solapa de El nombre en la punta de la lengua (Arena libros, 2006): «En 1992 dejo la prensa y los jurados literarios. En 1993 dimito de la presidencia del Concierto de las Naciones. A finales de 1994 disuelvo el Festival de Ópera Barroca de Versalles y a últimos de abril dimito de Ediciones Gallimard. Desde abril de 1994 no hago sino leer y escribir».
Rebelde e hipercrítico con el mundo editorial, hace algunos años, Quignard decidió abandonar la novela. Escribió algunas obras que muchos leerían como ficciones, pero las llamó «tratados» o «pequeños tratados». La más famosa tal vez sea Vida secreta (Espasa, 2004), aunque también El nombre en la punta de la lengua podría considerarse como tal o, sobre todo, La frontera (Funambulista, 2006), una verdadera filigrana literaria que nadie debería perderse, que novela los degraciados amoríos de Luisa de Alcobaça en el Portugal del siglo XVII.
Con la aparición de esta Villa Amalia en Espasa, la que ha sido con más frecuencia su editorial en España en los últimos tiempos (Terraza en Roma, Las tablillas de Boj de Apronenia Avitia, Vida secreta) los habituales de Quignard no podemos dejar de sorprendernos: es una novela y como tal la presenta. La escribe tras interrumpir la escritura —y la publicación, en editorial Grasset— de su obra más o menos memorialística y ensayística Último reino, de la cual lleva cinco volúmenes —uno de ellos Premio Goncourt—, y lo hace, afirma, para celebrar su regreso a Gallimard y a la ficción de largo aliento.
Curiosamente, en Villa Amalia habla Quignard (¿podía ser de otro modo?) de la desaparición. Su protagonista, Ann Hidden ("escondida", en inglés) decide dar un cambio de rumbo absoluto a su vida después de descubrir la infidelidad de su marido. Lo consigue después de soltar todas las amarras con su vida anterior: casa, relaciones personales y recuerdos. Al fin, libre de lastres, Ann emprende un viaje hacia la isla de Ischia donde conocerá a algunas personas y convivirá con ellas en un lugar alejado de toda civilización: un casa en lo alto de un cerro, Villa Amalia.
Pero Villa Amalia, al contrario de lo que podría haber ocurrido, no es un lugar idílico libre de todo mal. No es un útero que protege contra el mundo. Todo lo contrario: allí conocerá la protagonista un dolor nuevo, un olvido nuevo, y la nueva necesidad de una huida impostergable. Es como si Quignard nos quisiera aleccionar al respecto, diciéndonos al oído: Es inútil huir. La vida siempre te da motivos para volver a alejarte. En ninguna parte estarás a salvo, ingenuo lector que te asomas a estas páginas con el corazón sobrecogido.
Porque lo que cuenta Quignard —y cómo lo cuenta— sobrecoge. Lo hace por su impresionante capacidad de sacar oro de cualquier anécdota, de extraer material novelable de los más nimios detalles. Y también por regalarnos un estilo armado a partir de pequeños fragmentos —se percibe en esta novela también, a pesar de no ser la mejor muestra de ello— en el que sorprende la belleza de ciertas construcciones, ciertas ideas, ciertas metáforas. La narración de Quignard está sembrada de regalos para el lector, y recolectarlos es un placer al que pocos nos tienen acostumbrados. Puede aparecer cualquier cosa. Desde dedos «más delgados que las patas de las nécoras» a un dolor que resulta más insoportable desde que se nos describe como «totalmente simple» o esta profunda y sencilla reflexión sobre la soledad: «Hay un placer no en estar solo, sino en ser capaz de estarlo». O pequeñas cápsulas independientes como la que sigue:
«Dicen que la tela, según su superficie, su forma, su solidez, sus señuelos y su belleza, teje la araña que le es necesaria.
Las obras inventan al autor que precisan y elaboran la biografía adecuada.»
Si seguimos el juego de Quignard, podemos deducir, pues, que han sido sus novelas y sus ensayos quienes han inventado al narrador que conocemos. Su magnífico ensayo sobre el erotismo en tiempos del emperador Augusto, El sexo y el espanto (Minúscula, 2005), sería acaso el responsable del amante del mundo romano que aflora en cualquier esquina. En Villa Amalia, por ejemplo, le reconocemos en cuanto comienza a detallar la implicación de diversos emperadores romanos con la isla de Ischia, la elegida por Ann para su huida. Todas las mañanas del mundo, la que es su novela más conocida —ispiradora de la película del mismo título de Jordi Savall— sería la responsable del melómano y estudioso de la música, del Quignard organista, violoncellista y consejero del Centro de Música Barroca o del Concierto de las naciones de París. Y el de sus muchos ensayos y obras de difícil clasificación genérica conformarían el autor prolífico, autor de más de una cincuentena de obras, curioso, erudito, elegante y descreído del mundo literario.
Es cierto que se le ha traducido poco y sin mucho concierto en España. Pero también que disponemos de magníficas traducciones y ediciones que aguardan en las librerías. Para muchos es el mejor autor vivo de Francia, aunque haya tantos aquí que aún no le conocen. El año que viene cumplirá 60 años. No es mal momento para regalarnos una lectura de alguna de sus obras. Para quien no sepa por dónde empezar, Villa Amalia no es mal principio. Aunque mejor La frontera para dejarse deslumbrar por el talento y la sencillez de este autor tan difícil de etiquetar.
En El nombre en la punta de la lengua, Quignard escribe:
«Creo en el tribunal absoluto en donde los ineptos serán separados de los llenos de mérito, en donde se distinguirá a los veraces de los impostores.»
Así sea.

1 comentario:

paayala dijo...

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