lunes, abril 02, 2007

El bachiller, Jules Vallès

Trad. Manuel Serrat Crespo. ACVF, Madrid, 2007. 350 pp. 18,20€

Miguel Baquero

Después de que hace unos meses saliera a las librerías, como presentación de la nueva editorial ACVF, la novela El niño, del francés Jules Vallés (1832-1885), echa a andar ahora El bachiller, la segunda parte de la llamada «trilogía de Jacques Vingtras». Se trata de una trilogía autobiográfica que hizo a su autor merecidamente famoso en su país natal, tanto por el retrato que hacía de tiempos cercanos (el Segundo Imperio francés hasta la insurrección de la Comuna) como por su altísima calidad literaria. Traducida a nuestro país en los años cincuenta, un poco a salto de mata y sin continuidad, la nueva editorial ACVF se ha trazado como objetivo publicar, por primera vez completa en español y en la misma editorial, la trilogía, y rescatar para el gran público a un autor de primera fila, de expresión fresca, de vivacidad en cada página, a un verdadero maestro de la narrativa.
En El bachiller asistimos a la llegada de Jacques Vingtras, con apenas veinte años, a París, una vez concluidos sus estudios, para labrarse un porvenir. En el aire flotan todavía los gritos de la reciente revolución de 1848 y Vingtras se siente llamado a ocupar la primera línea de las barricadas en una revolución que se anuncia inminente y para la que se preparan, él y otros jóvenes, en cafés, freidurías y tabernas. Inundados de fervor revolucionario, viven en plena bohemia, haciendo cuentas sobre cómo sobrevivir con el dinero que les mandan sus padres y lo poco que logran arrebañar aquí y allá con trabajos esporádicos. No les importa el frío, ni el hambre de vez en cuando, ni el andar descalzos y mal vestidos, ni el ser expulsados de la pensión por falta de pago. Su interior está henchido de fe en el futuro y en la nueva vida que sobrevendrá con el derrocamiento del tirano, Napoleón II.
En este primera parte de El bachiller, Vallés refleja el lado alegre de una bohemia alimentada por sueños, describe con una paleta llena de colores la juventud radiante, la camaradería alegre, el deseo impetuoso por entrar en la historia. Aunque con cierta nota de acidez, como cuando los obreros, a quienes los bohemios creen llamados a liberar de sus cadenas y a llevar a una escala superior, les miran con cierta nota de conmiseración y aun de desprecio, como a alocados calaveras que juegan a ser revolucionarios. Aquí y allá, Vallés deja caer finas perlas de humor, como cuando los fogosos muchachos deciden comenzar la insurrección el miércoles:
«—Ciudadanos, ¿os parece bien el miércoles?
—Sí, sí.
—Pues hasta el miércoles.»
Este humor, que va asomando aquí y allá para pintar, todavía con tonos amables, la bohemia parisina, adquiere mayor cuerpo y en ocasiones se desborda en la segunda parte, cuando, curiosamente, el tono de la novela cambia totalmente. Los ecos de la algarabía del miércoles, que ha acabado en una escaramuza con las fuerzas del orden bonapartistas, llegan a oídos de los padres de Vingtras, que le obligan a volver a Nantes y le amenazan con no dejarle volver a París ni ser revolucionario, al menos hasta que nos cumpla los veintiuno. Finalmente, antes del plazo, y gracias a una herencia, el joven bachiller Vingtras vuelve a París... y aquí comienza otra novela. La verdadera novela, podría decirse.
De la alegre bohemia de hace apenas unos meses, nada encuentra Vingtras. La policía de Napoleón II practica una dura política represiva. Sus antiguos compañeros de insurrección bastante tienen con no significarse mucho; las calles están silenciosas, en los bares se habla a susurros, los antiguos amigos de conspiración se han tornado huidizos. En medio de este panorama gris y triste, comienza lo que nunca hubiera sospechado Vingtras: la lucha real por la vida, la agonía diaria por comer, aunque solo sea un pedazo de pan, por dormir a cubierto, por remendar los zapatos. Pronto descubrirá que lo que antes eran elogios de sus profesores se vuelven ahora desprecios y burlas de las gentes que no entienden de griegos y latines y que solo ven en Vingtras a un holgazán que no sabe hacer nada útil. La bohemia muestra ahora su verdadera cara, lejos del romanticismo juvenil: es hambre, miseria, tristeza, frustración, esa negrura infinita que llevó a un genio como Gerard de Nerval a ahorcarse en un callejón oscuro. Y mientras la sordidez va tomando cuerpo y asfixiando a su protagonista, casi al mismo ritmo y como enrabietada reacción, el humor se va abriendo paso por la novela hasta que acaba por dominarlo todo, con capítulos verdaderamente memorables en que uno no puede por menos de reír a carcajadas mientras Vingtras se desespera por comer aunque solo sea un poco de pan con mermelada o se desloma por una simple pastilla de jabón. A mayor desesperación, mayor risotada; es la venganza última de un magnifico escritor como Vallés, su forma de dejar de manifiesto lo ridículo y, sobre todo, inútilmente triste que es eso mundo contra el que lucha.
Sin embargo, el humor no deja de ser una coraza, y al final la miseria acaba por introducirse dentro del corazón. El final de El bachiller es una auténtica explosión de rabia, de asco y de sed de justicia, en un final triste y emotivo como pocos, que logra estremecernos de verdad, sin recurso alguno a la sensiblería, y que prepara el camino para el tercer tomo de la trilogía, El insurrecto. En él asistiremos a los acontecimientos de la Comuna, a cómo las calles de París se llenan de barricadas y los jóvenes como Vingtras luchan no por un mundo mejor, ni más justo, ni por ningún otro lema altruista y agradable, sino sencillamente por reventar al Bonaparte, y acabar con la miseria, y hacer volar el mundo en mil pedazos, ¡y a tomar por culo todo!, nobilísimo sentimiento éste que, desde el comienzo de los tiempos, ha impulsado el progreso social.

2 comentarios:

Juanra dijo...

Los aspectos que más me han llamado la atención de esta novela –y que ya estaban presentes en “El niño”– son la cáustica comicidad y la crítica social y política. Este último aspecto se acentúa respecto a la primera entrega de la trilogía, a medida que el protagonista va creciendo y se va viendo envuelto en las conspiraciones republicanas para derrocar el sistema autoritario, colonialista y elitista (abolición del sufragio universal) de Napoleón III (no Napoleón II), que da un golpe de estado el 2 de diciembre de 1851 –como se revive en la novela en el capítulo 12– y posteriormente instaurará un nuevo imperio en 1852.
Por otra parte, me ha llamado la atención las dificultades para acceder al mundo laboral –realmente sobreviven con trabajos-basura– de los jóvenes con evidente preparación (bachilleres); aunque más bien habría que referirse a las dificultades de aquéllos que, como Jacques, no provienen de una familia y clase social con dinero y buenas relaciones. Es sonrojante que esto siga pasando hoy en día...

Anónimo dijo...

Una reseña a la altura de Vingtras. Salud.