jueves, abril 05, 2007

De profundis, José Cardoso Pires

Trad. Carlos Manzano. Libros del Asteroide, Barcelona, 2006. 96 pp. 11,95€

Guillermo Ruiz Villagordo

La primera vez que me topé con el nombre de Cardoso Pires fue en un artículo hermoso como pocos que António Lobo Antunes escribió a su muerte, titulado A José Cardoso Pires, al oído y recogido posteriormente en su Segundo libro de crónicas. Animo a todo el que me esté leyendo que vaya en su busca y deje cuenta aquí de si también logró ponerle al borde de las lágrimas. Este bello homenaje sirvió de acicate para aproximarme a un par de obras suyas que me sorprendieron por esa aguda mezcla de experimentación y cercanía propia de alguien afable a la par que curioso: El Delfín y, sobre todo, la novela corta Celeste y Làninha, en la que se aborda tangencialmente la guerra de Angola a través de una niña, Celeste, que es trasladada a un campo de refugiados de Lisboa con su inseparable muñeca negra, Làlinha. Y, tras un lapso de tiempo considerable desde aquellas lecturas, he aquí que Libros del Asteroide edita este librito.
Antes que nada advertir que el Lobo Antunes encargado del prólogo que promete la portada no es el inconmensurable António sino su hermano Joao, médico eminente de su país y últimamente escritor. Es evidente que su elección se debe, aparte de a la amistad personal, a su profesión, ya que De profundis es el testimonio de una enfermedad. No importa: su presentación rebosa cariño por su amigo y proporciona datos curiosos y anécdotas que forman un encantador cajón de sastre. Gran parte de éstos se refieren a la relación entre enfermedad y literatura, que, a poco que uno se percate, ha dado frutos muy interesantes, a veces geniales. Pensemos en el asmático Proust dejando la vida en cada página de su monumental En busca del tiempo perdido, en el sifilítico Nietzche iluminando para siempre el panorama filosófico moderno o en el tuberculoso Hans Castorp que Thomas Mann creó como reflejo de su mente hipocondríaca. Son pocos los casos, sin embargo, en que se da testimonio personal, y aún menos en los que se consigue insuflarle un espíritu artístico que suele perderse en beneficio de la narración pura y dura de unos síntomas. La excepción que representa este librito ya debería llamar la atención sobre él, pero lo que le da aún más relevancia es que la enfermedad de la que trata es una isquemia cerebral que le hizo perder la memoria y le dejó impedido para comunicarse. Obviamente superó tan tremendo trance, puesto que nos lo pudo contar.
Pero en realidad la clave del interés que pueda suscitar su experiencia estriba en que, al perder la memoria, perdió también toda conciencia de sí mismo. Lo explica mejor el mismo Cardoso Pires: «Sin memoria, se desvanece el presente, que simultáneamente es ya pasado muerto. Se pierde la vida anterior… y la interior, claro está, porque sin referencias del pasado, mueren los afectos y los lazos sentimentales, y la noción del tiempo, que relaciona las imágenes del pasado y que les da luz, y el tono que las data y las vuelve significativas: eso también». Por tanto, a través de su enfermedad experimenta aquello que muchos consideran el objetivo principal de la literatura: ser otro, ser «el otro». Ya que no tiene memoria, se ve a sí mismo como a un extraño, alguien cuyas acciones no le pertenecen y a quien no le hacen mella las del exterior. Lo que conseguirá con su restablecimiento será recuperar su propia identidad.
La brevedad del texto sólo permite reflejar instantes a modo de fogonazos de aquellos días, transfigurados con frecuencia mediante artificios literarios. De hecho no dedica más que una pequeña parte a los efectos de la enfermedad, que inteligentemente trata en forma de micro-ensayo. El resto trata de la actitud entregada de su mujer Edite, de los médicos y en general del ambiente hospitalario. Es de destacar el abundante espacio (en relación con la extensión total) que dedica a sus dos compañeros de habitación desde el momento que se recupera, unos Ramires y Martinho que con sus diálogos recreados no tienen nada que envidiar al mejor teatro del absurdo.
El aura poética que envuelve el texto lo hace volátil, poco concreto, lo que puede decepcionar a los que esperaban un documento con abundante documentación y ejemplificaciones exactas, pero qué duda cabe que el resultado es sugestivo y mueve a la reflexión sobre muchos aspectos vitales asentados demasiado plácidamente en nuestras conciencias.