viernes, abril 06, 2007

A ciegas, Claudio Magris

Trad. José Ángel González Sainz. Anagrama, Barcelona, 2007. 376 pp. 19,50€

Marta Sanuy

Salvatore Cipico, el protagonista de esta historia, habla, cuenta ininterrumpidamente. Con frecuencia su interlocutor es un psiquiatra, pero otras veces le habla a una grabadora o cuenta en un chat en Internet: la incontinencia verbal le permite traspasar los límites del tiempo y los de su individualidad, y nos cuenta en estas páginas, en presente y primera persona, una biografía que abarca dos siglos y alberga otras vidas y otras voces que confluyen en la suya.
Cipico es un militante comunista que lucho en la guerra civil española y más tarde fue prisionero en Dachau. En la posguerra se va con otros trescientos mil italianos a Yugoslavia, el país comunista más cercano, van entusiasmados con la posibilidad de contribuir a su construcción, pero terminan en el campo de trabajo de Goli Otok después de la ruptura de relaciones de Tito con Stalin.
El otro protagonista de esta novela es Jorgen Jorgensen, «el rey deportado», cuya voz Cipico asimila, «quizá por tratarse de un perdedor como él con quién se identifica». Jorgensen, personaje que realmente existió, después de atravesar todos los mares y fundar una ciudad en Tasmania, Howart Town, fue deportado a esta misma ciudad condenado a cumplir trabajos forzados. «Debió ser un marinero extraordinario, porque, cuando la nave inglesa que lo lleva, con los grilletes puestos, de Islandia a Londres, está por naufragar en una terrible tempestad, el capitán ingles lo libera, lo pone en el puente de mando y él salva el barco, llevándolo a puerto, donde nuevamente le ponen los grilletes y es llevado a prisión».
La minuciosidad de Magris logra que esta novela sea atravesada por muchas otras, el lector escucha también a Conrad, a Faulkner, a Melville, porque el autor conoce y sabe hacer suyas con maestría muchas lecturas, como nos demostró en El anillo de Clarisse, en El Danubio o en Microcosmos. Como él mismo dice, la voz de Cipico se convierte en una voz coral porque «cada uno de nosotros en los momentos más significativos de nuestra vida, siempre es un coro (...). Ciertamente si la experiencia que le cayo encima es demasiado pesada, lo tritura, lo hace delirar, como le sucede a mi protagonista».
Pero no todos sus protagonistas son humanos, se convierten también en personajes, en símbolos ricos, iluminadores de nuestro presente, el Vellocino de Oro o Jasón y Medea: «la historia de Jasón y Medea es la historia de ese combate, de este trágico nexo entre portar civilización y destruir civilización», dice Magris. También se convierten en esenciales para esta obra los mascarones de proa, la figura femenina que preside una novela que trata del mar, y que evoca a unas mujeres inalcanzables para los protagonistas, y por lo tanto siempre ausentes: «Figura femenina puesta en la proa como para ser la primera en recibir los golpes de las tempestades, expuesta en primera línea al choque de la historia».
Otra imagen potente, que se convierte en hilo conductor, es la que origina el titulo de esta obra y contiene su intención. Porque A ciegas explora, para poder entenderlas, historias en las que se hace el mal a ciegas, sin saber, sin querer. Y cuenta la ceguera del Teniente Nelson: en una batalla contra las tropas danesas estás se rindieron y sacaron la bandera blanca, pero Nelson continuó bombardeando durante dos horas porque no la vio. La ceguera de los Argonautas: van a visitar a los Dolinos con quienes comparten una tarde de fiesta, cuando se marchan una tempestad los hace retroceder y, desorientados, atacan a sus anfitriones creyéndoles enemigos, estos se defienden y, quienes esa tarde merendaban y reían juntos, ahora se asesinan. La ceguera de los comunistas y anarquistas españoles durante la Guerra Civil. Y claro, la ceguera la de sus dos protagonistas. Porque Magris «quería contar los valores humanos que se han realizado incluso bajo banderas y en nombre de ideas que rechazamos. Creo que es un libro en el que el desencanto refuerza la utopía, el sentido de la necesidad de cambiar el mundo».
A ciegas no es, por supuesto, un libro ligero, absténganse aquellos que se han acostumbrado a las novelas que se leen en media tarde, aquellos que buscan personajes con afecciones comunes y claras que se solucionan o se estropean en cien páginas, los que huyen aturdidos de la subordinación.
Se lo recomiendo, enérgicamente, a los que conviven durante meses con un libro y vuelven a él, más para perderse que para encontrarse, es un libro solo para quienes tienen la suficiente paciencia, o tiempo, para leer y releer, para pensar, para anotar, para los que creen, como Claudio Magris, «que en la literatura todo lo que es claro y confortante es falso». O bien «que la claridad no basta».