viernes, mayo 10, 2013

El tango de la Guardia Vieja, Arturo Pérez Reverte

Alfaguara, Madrid, 2012. 494 pp. 21 €

Luis Borrás

Ante esos expositores con los best-seller que montan en las librerías siempre paso de largo. Los miro de reojo con indiferencia convencido de tener muy claro lo que quiero leer y lo que no. Pero con Arturo Pérez Reverte no ha sido tan fácil. ¿Y por qué esta sí y otras no? Pues primero por la época en la que se desarrolla: siglo XX, años 20 y 30, período de entreguerras; un tiempo para mi absolutamente fascinante. Y segundo porque la parte que conozco de Pérez Reverte me gusta: sus artículos de opinión. Sí he leído y disfrutado de sus libros: Patente de corso, Con ánimo de ofender, No me cogeréis vivo y Cuando éramos honrados mercenarios. Me gusta su radical independencia, su sentido común, su lenguaje directo y sin complejos, eso de te lo puedo decir más alto pero no más claro.
Leí este tipo de literatura en mi adolescencia y primera juventud, hasta que llegaron los veinte y durante una década cambie piel por papel con dedicación radical y exclusiva. Cumplidos los treinta y recuperado el interés por la lectura descubrí un día que había otras formas más allá del mero entretenimiento, que era posible unir contenido y estilo; así que tiré un centenar de libros a la basura y empecé de nuevo, buscando el término medio entre el espectáculo de refresco y palomitas y el pedante cineclub de autor. Antes de empezar ya imaginaba lo que me iba a encontrar en El tango de la Guardia Vieja, pero las dos razones para abrirlo y leerlo ya las he explicado antes. Y lo primero que me encontré no me defraudó en absoluto. En esta novela hay una excelente y deslumbrante escenografía y ambientación, documentación, dirección artística, vestuario, decorados, mise en scène. Una película que podría ganar todos esos premios en la gala de los Óscar incluida mejor banda sonora y mejor canción. Y reconocer esto quizá sea caer y quedarse en lo aparente y superficial, como decir de una mujer que nos ha seducido simplemente por su belleza y nada más, sin abrir la boca, como en el chiste; pero esa excelente y deslumbrante escenografía es un duro, minucioso y exigente trabajo del autor que cuando está bien hecho hay que reconocer siempre.
Y aunque en este caso por la época en la que se desarrolla la novela —años 20 y 30 del siglo XX— haya una predisposición por mi parte a dejarme seducir, creo, objetivamente, que es en la descripción de los lugares y ambientes donde Pérez Reverte nos ofrece la mejor literatura; en su capacidad para, con las palabras precisas, llevarnos hasta allí; describir el lugar, el escenario, los olores y los objetos, los tipos y los nombres propios; espacialmente en la parte de la novela que transcurre en Buenos Aires: «La Ferroviaria olía a humo de cigarro, a porrón de ginebra, a pomada para el pelo y a carne humana. Como otros boliches de tango próximos al Riachuelo». «Era común encontrar a gente de la alta sociedad porteña en incursiones noctámbulas a la busca de pintoresquismo y malevaje haciendo la ronda por cabarets de mala muerte o cafetines de arrabal».
Pero llegados a cierta edad además de la belleza buscamos algo más. Y en ese sentido se puede decir que, El tango de la Guardia Vieja es, básicamente, la historia de amor entre sus dos protagonistas: Max Costa y Mecha Inzunza. Una historia de amor divida en tres partes. Una primera en la que el amor surge, se consuma y acaba. Una segunda con un apasionado reencuentro y una huída. Y una tercera con un nuevo reencuentro veintinueve años después. A cada parte se suman, a ese argumento principal y vertebrador, tres elementos en tres escenarios diferentes.
En la primera es el tango, un trasatlántico y Buenos Aires; en la segunda es Niza y un asunto de espionaje con la Guerra Civil española de fondo; y en la tercera la bahía de Nápoles y un campeonato de ajedrez. Las tres partes componen un ordenado viaje en el tiempo en el que se van mezclando pasado y presente para que conozcamos completamente toda la historia. Un estructura narrativa que es, sin duda, otro acierto de Pérez Reverte.
Hay otros aspectos positivos, pero también —a mi modo de ver— negativos. Positivo resulta la recreación del lujo y sus escenarios en el que se desarrolla la novela; el lujo de una época y una sociedad que desaparecerá con la Segunda Guerra Mundial, «una fiesta sentenciada a muerte». El personaje de Max Costa, bailarín, guapo, seductor, gigoló y ladrón de guante blanco; una especie de Arsenio Lupin —“Cyrano de la pégre”— que vivió la buena vida y acaba como chófer con gorra de plato. Acertada y tremendamente atractiva es la parte que tiene al tango como co-protagonista. Es esa primera parte la mejor de toda la novela sin que eso signifique que las otras dos sean malas, pero sí, quizás menos intensas. La parte de Niza se mantiene por el asunto del espionaje, pero hay una escena sadomasoquista sobre la que se proyecta una injusta pero inevitable sombra y otra al estilo increíble del Mike Hammer televisivo. La parte de la bahía de Nápoles tiene el valor del reencuentro y la melancolía, pero todo el asunto del ajedrez se hace aburrido y plano. Acierto es la narración en paralelo de los dos robos y sus consecuencias; una que resulta determinante y la otra frustrada en parte. Acierto es el personaje de Max Costa, el de aquel niño pobre que consigue introducirse en los ambientes ricos de la época y hacerse pasar por un perfecto caballero a base de astucia e inteligencia; y el personaje de Mecha Inzunza “niña bien” que se convierte en una Grace Kelly enamorada, viciosa y apasionada; Catherine Deneuve en Belle de jour. Historia de amor en la que hay también diálogos amanerados e imposibles, al estilo de galán de mentón cuadrado, vampiresa con boquilla de nácar y película en blanco y negro: «—¿Sabe una cosa?—comentó él—. Me gusta su forma de aceptar con naturalidad que le digan que es bella». «—Hay hombres que tienen cosas en la mirada y en la sonrisa —añadió Mecha […] Hombres que llevan una maleta invisible, cargada de cosas densas». «Sabías hacer juegos de prestidigitación con los gestos y las palabras, como si llevaras puesto un antifaz de inteligencia». Acierto es vivir el amor sin poder permitírselo, la fortuna y la suerte de la belleza esculpida en carne, huir de él por ser un juego depravado, un placentero y demencial callejón sin salida; es reencontrarlo y emborracharse en su saliva y tener que renunciar a ella por imposición, las circunstancias obligándonos a una despedida; es reencontrarlo de nuevo convertido en un anciano pero intacto el amor en las entrañas, echar la vista atrás y recordar todo lo vivido, vivir con sesenta y cuatro años la última aventura. Max Costa es un personaje del gusto de Pérez Reverte, un hombre forjado a sí mismo con audacia y honor sin medallas: «No te dejaste, amigo mío. Nunca fuiste un chico de esos. Al contrario. Tan limpio siempre pese a tus canalladas. Tan sano. Tan leal y recto en tus mentiras y traiciones. Un buen soldado». Alguien que «mirándose los ojos en un espejo» pueda decir: «no traicioné nunca, o no lo haré jamás». Un personaje capaz de un último gesto poético coherente con él, pero en el que para mi gusto Pérez Reverte cae en la sobreactuación. Ese final del hombre con los bolsillos vacíos que se aleja silbando El hombre que desbancó Montecarlo es el mismo que el de un anuncio de un coche con nombre de deporte para nuevos ricos. No voy a negar que en una valoración general haya disfrutado de esta novela, pero reconozco que lo he hecho con la misma mirada con la que hubiera visto una película, una superproducción con un buen guión y una excelente puesta en escena, filme a la antigua con todos los ingredientes necesarios para los aplausos al encenderse las luces. Literatura por la que deslizarse y dejarse llevar, literatura hacia fuera, de escenario y exteriores, visual, dialogada; largometraje que no se hará en esta España del cine subvencionado y sectario.
Seguiré leyendo con gusto los artículos de Pérez Reverte y seguiré pasando de largo ante esos expositores que venden best-seller en los supermercados. Es culpa mía. Hace ya tiempo que en la literatura busco otra cosa.

jueves, mayo 09, 2013

Una extraña historia al este del río, Nagai Kafū

Trad. Ruimi Sato. Satori Ediciones, Gijón, 2012. 312 pp. 23 €

Verónica Aranda

Nagai Kafū (1879-1959) es uno de esos escritores estetas que llevaron una vida consagrada al hedonismo, acorde a los ideales del bunjin (hombre de letras japonés). «En la vida no hay pasado ni futuro, sólo los placeres del día», dice uno de sus personajes, y así transcurrió la vida de Nagai Kafū, debatiéndose constantemente entre las letras y el placer. Cultivó el amor sofisticado y elegante, despreciando las convenciones, y fue uno de los escritores rebeldes que se opusieron al gobierno de Japón durante la segunda Guerra Mundial. Algunas de sus novelas estuvieron censuradas durante un tiempo. «El más libertino de los escritores japoneses», como lo denomina el maestro Carlos Rubio en el prólogo exhaustivo del libro, fue un defensor a ultranza del “arte por el arte”, regido por un código del buen gusto.
La editorial asturiana Satori, dentro su colección Maestros de la literatura japonesa que tiene el acierto de traducir a todos los autores directamente del japonés en ediciones muy cuidadas, nos trae Una extraña historia al este del río, libro compuesto de dos novelas breves muy representativas de la obra de Kafū, escritas en su etapa de madurez: Durante las lluvias y la que da título al libro. En ambas hay un protagonismo absoluto de la atmósfera sobre la acción, dibujando magistralmente estampas de los barrios de placer de Tokio y el mundo de las geishas, dos constantes temáticas del autor nipón. La primera novela transcurre en dos meses, durante un verano caluroso. Un escritor bohemio se obsesiona con Kimie, una camarera (eufemismo de prostituta sin licencia) del Café Don Juan y le tiende una serie de trampas. Cabe destacar la profundidad psicológica de Kimie, que parece extremadamente real, una mujer insegura y contradictoria, que se sirve constantemente de su poder seductor con los hombres. Kafū describe con viveza y libertad la noche tokiota de las tres primeras décadas del siglo XX. Guía al lector por los cafés y casas de citas, y con una mirada milimétrica capta pequeños detalles de “los callejones de atrás”, plasmando con sutileza el erotismo sugerente de las geishas al combinar los colores del kimono o al desatarse el obi o fajín-alegoría de la entrega física de la mujer japonesa.
La segunda obra, Una extraña historia al este del río, da muestras constantes de modernidad y un gran sentido de la estructura narrativa y del fragmentarismo. A través de la novela dentro de la novela y del pastiche, el autor intercala narraciones anteriores, haikus y poemas. En el relato principal, un escritor maduro, Tadasu Oé, álter ego de Kafū, coleccionista de antigüedades y nostálgico de la era Meiji, entabla relación con Yukiko una prostituta “ventanera” y misteriosa que se cobija en su paraguas un día de lluvia. Vestida con kimono y peinada a la vieja usanza, Yukiko representa un pasado que se desvanece y el protagonista encuentra en ella un refugio donde vivir su nostalgia y huir de la radio y de cualquier objeto que represente la modernidad. Kafū nos sumerge con su estilo elegante en un niponismo decadentista. En el calor sofocante de la época de lluvias que llena de mosquitos la alcoba de la mujer y a través de esa aventura, el protagonista busca inspiración para escribir una novela titulada “Desaparición” de la que incluye algunos fragmentos, para acabar sometiendo al lector a varios finales posibles, manteniéndole consciente de la naturaleza literaria de toda la obra.
Estamos ante dos novelas breves magistrales de un escritor que es ya todo un clásico contemporáneo en Japón y que supo amalgamar con maestría el naturalismo francés y el decadentismo con la prosa frívola de la época de Edo; Confucio y Maupassant, Ihara Saikaku y Baudelaire, para traernos un Japón ya desaparecido de geishas, camareras y actores de kabuki. Un Hoyos y Vinent a la japonesa de un refinado esteticismo.

miércoles, mayo 08, 2013

Los vecinos de enfrente, Georges Simenon

Trad. Carlos Pujol. El Acantilado, Barcelona, 2013. 168 pp. 16 €

Santiago Pajares

Cualquier novela de Georges Simenon palidece ante la vida del autor. Podría bastar decir que este escritor belga en lengua francesa declaró no sólo haber escrito más de doscientas novelas, sino haberse acostado con más de treinta mil mujeres. Cuesta no pensar de qué forma debió compaginar ambas tareas para poder llevarlas a cabo. Era tan prolífico que además de su propio nombre usó veintisiete pseudónimos para publicar otras treinta novelas. Con más de quinientos millones de libros vendidos, traducido a cincuenta y cinco lenguas, cincuenta películas basadas en sus libros y la creación de más de nueve mil personajes, su nombre se podría usar como sinónimo de prolífico. Pero también de talento. Si autores como Ágatha Christie o Arthur Conan Doyle son recordados por la creación de personajes tan emblemáticos como Hércules Poirot o Sherlock Holmes, el nombre de Georges Simenon se asocia al personaje del comisario Maigret, protagonista de más de cien de sus novelas. No Los vecinos de enfrente, sin embargo.
La novela que nos ocupa trata de la recepción y establecimiento del cónsul de Turquía en la ciudad de Batum, al sur de la unión soviética, tras el extraño fallecimiento de su antecesor. Un hombre sólo en un territorio no hostil, pero sí reservado, lleno de profundos secretos y una nueva y extraña forma de hacer las cosas. Aquí, donde conseguir lavar la ropa o comprar comida se convierte en toda una odisea de contactos, vales y favores, se desarrolla la trama de espionaje y contraespionaje alrededor de su figura. Aquí comenzará el cónsul Adil Bey a entender el porqué de la situación del país y sus ciudadanos. La duda de que el anterior cónsul pudiera haber sido envenenado empezará a crecer en su interior en la forma de sus vecinos de enfrente (que dan título al libro), los cuales cree que están vigilando todos sus movimientos. Esto no hará más que agravarse cuando el propio cónsul comienza una relación con su secretaria y hermana de estos vecinos. Sin nadie con quien hablar, sin el apoyo de la administración, irá cayendo en una espiral de desconfianza y neurosis que amenaza con acabar con él. Conocidos y desconocidos entran y salen de su pequeño círculo. Allí todo el mundo parece tener dos o tres caras y nunca llegas a saber cuál es la real, hasta el punto de que llegas a dudar no sólo quién es quién, sino quién eres tú mismo.
Algo muy impresionante de la novela es la época en la que está escrita, en 1933. Durante la lectura me venían a la cabeza imágenes que me resultaban familiares de los años ochenta de la unión soviética, cincuenta años después de que se escribiera la novela. No sé bien si la novela se adelantó a su tiempo en su juego de espías y sospechas o si la unión soviética no evolucionó demasiado en ese tiempo. La palabra que me viene a la cabeza tras la lectura es ‘Gris’. Esas grises calles que describe Georges Simenon para emplazar a los ciudadanos que van y vienen, que hacen colas para conseguir pases en el consulado o conseguir una simple lata de sardinas, las mismas que Adil Bey consume con tanto desparpajo sin saber lo que cuesta conseguirlas. Nos cuentan esa unión soviética de miseria, donde todos se vigilan mutuamente y conseguir cualquier cosa se convierte en un problema. ¿Cómo mantener la esperanza en un lugar y una situación así? ¿Cómo no contagiarse de ese pesimismo?
Como siempre la editorial Acantilado nos ofrece una preciosa y cuidada edición con un magnífico acabado. Y es que rescatar clásicos de este tipo de una forma tan cuidada nos dice mucho también de la editorial y el trabajo por la cultura que ejerce.

martes, mayo 07, 2013

El absoluto literario. Teoría de la literatura del romanticismo alemán, Philippe Lacoue-Labarthe y Jean-Luc Nancy

Trad. Cecilia González y Laura Carugati. Eterna Cadencia, Madrid, 2013. 544 pp. 29 €

José Luis Gómez Toré

Como los propios autores se encargan de recalcar en la traducción, citando precisamente un fragmento del Athenaeum, el término “Romanticismo” se ha convertido en un término inevitable y al mismo tiempo siempre inadecuado. De hecho, tanto en la antología de textos que nos presentan Lacoue-Labarthe y Nancy como en el estudio de los mismos, el Romanticismo aparece una y otra vez como una literatura del futuro que en cierta medida lleva en su esencia el ser siempre un proyecto incompleto, una literatura que está siempre a punto de llegar. Por otra parte, si en la citada introducción se destaca la dificultad de situar bajo una misma categoría fenómenos tan dispares como el primer Romanticismo alemán y el Romanticismo francés, hacer lo propio con el Romanticismo hispánico, a lo que sin duda se sentirá tentado el lector español, puede rayar en la extravagancia. En efecto, ¿cómo albergar en el mismo paraguas a los hermanos Schlegel y a José de Espronceda, o al tardío Bécquer con, por ejemplo, Novalis? Más allá de los méritos propios de nuestros denominados románticos, nos encontramos en la literatura española del XIX (una distorsión más: el temprano Romanticismo de Jena es, y no solo por sus fechas de inicio, un movimiento dieciochesco) una carencia evidente de referentes filosóficos. Por el contrario, el movimiento romántico del que nos hablan los autores (dos de las figuras más destacadas del pensamiento francés contemporáneo) es inexplicable sin la fusión, y aun la confusión, entre literatura y filosofía.
En la estela de Benjamin, Lacoue-Labarthe y Nancy insisten en la importancia de la crítica como elemento central del Romanticismo, una crítica que, al tiempo que recalca la autonomía de lo literario, abre la obra al juego infinito de la interpretación. El libro nos ofrece una recopilación imprescindible, hasta ahora de difícil alcance en su conjunto para el lector de habla española, de algunos de los textos centrales de August y Friedrich Schlegel, de Novalis o de Schelling. Se incluyen también, como no podía ser de otro modo, los Fragmentos sin autoría del Athenaeum, un anonimato que constituye precisamente uno de los elementos más destacados del primer proyecto de Jena. Esa renuncia al nombre propio, que los autores vinculados al proyecto no tardaron en traicionar, se plantea desde el ideal de una literatura colectiva, que preludia algunas de las propuestas más audaces de la vanguardia (si es que el movimiento impulsado por los Schlegel no es en sí ya una primera vanguardia, también en sus impulsos utópicos así como en sus tempranas tendencias de disgregación). La estética de Jena, en sus formulaciones más revolucionarias, se relaciona íntimamente con la poética del fragmento, pues a través de este se perfila el ideal de una escritura más allá de los géneros. En cierta medida, ocurre lo mismo con la concepción de la crítica como práctica literaria en sí misma y no como mero comentario de los textos literarios. Se trata de algo más que una cuestión formal: a través de esa literatura sin género se intenta responder, tal vez sin demasiado éxito, a la crisis del sujeto que había abierto la filosofía coetánea.
Si la selección de los textos es excelente (por cierto, hay que agradecer a las traductoras que, en las correspondientes secciones del libro, hayan partido directamente de los originales alemanes y no de las versiones al francés), no menos recomendable es el estudio que los acompaña. Es cierto que no es una lectura para todos los paladares: el lector que no tenga una cierta cultura filosófica y un conocimiento, siquiera somero, de la filosofía kantiana e idealista tendrá dificultades para seguir la brillante argumentación de Nancy y Lacoue-Labarthe. Sin embargo, todo aquel que quiera acercarse a lo que supuso, más allá de vagos tópicos, la revolución romántica no puede sino acercarse a estas páginas, también de lectura obligatoria (si se me permite la expresión) para entender lo que significa no ya la idea moderna de literatura, sino la literatura misma. Porque una de las ideas que precisamente surgen con fuerza en este libro es que la literatura es una invención moderna. Y a la que tal vez, al menos en el sentido fuerte en el que la entendieron los románticos, no le quede demasiado tiempo de vida. Si es que (recuérdese la tesis de Hegel sobre la muerte del arte) no se ha extinguido ya.

lunes, mayo 06, 2013

Siempre hemos vivido en el castillo, Shirley Jackson

Trad. Paula Kuffer. Minúscula, Barcelona, 2012. 224 pp. 18,50 €

Ariadna G. García

El terror puede adoptar distintas formas. Según los escritores que se acerquen al género, ese concepto abstracto podrá materializarse es una sucesión de escenas macabras o podrá sugerirse de un modo más sutil. Shirley Jackson, en la obra que la revista Time valoró entre las mejores de 1962, se decanta por el sabio manejo del terror psicológico, que evita el festival de vísceras y sangre, y en cambio, opta por la tensión escénica, por el conflicto dramático que enfrenta a los personajes. Narrado en primera persona por la adolescente Mary Catherine Blackgood, el libro acumula capas de terror y suspense como si fuera una pared varias veces pintada. La primera mano tiene un tono sombrío: nos dibuja el miedo de la joven a relacionarse con los vecinos de su pueblo, gris e insulso. La gente del colmado murmulla a sus espaldas, en la cafetería la invitan a marcharse, los niños la persiguen por la calle con tonadas burlescas. Mary Catherine, Merricat, sobrevive a este acoso recurriendo a la fantasía. Aislada en su mundo, trata de ignorar la envidia de sus vecinos; no en vano, pertenece a una familia ilustre, cuyos terrenos –cercados por una alambrada– se extienden “de la carretera al río”. La segunda capa de pintura ilustra el enclaustramiento en vida de su hermana Constance, joven delicada y hermosa. Los tonos, al principio, son cálidos como la repostería que prepara (tartas de gengibre, bizcochos al ron, pasteles), pero una mancha oscura se extiende hasta cubrir la tela del retrato: seis años atrás fue acusada del asesinato (por envenenamiento) de sus padres y tíos, y aunque fue absuelta, desde entonces le aterra salir de su casa o caminar más allá de los límites del huerto. Teme a la gente, su inquina irracional y sus prejuicios. La tercera piel que colorea el libro es gris como el vacío que trata de alimentar con su memoria el tío Julián, superviviente al crimen, pero postrado para el resto de su vida en una silla de ruedas. A él pertenece la reflexión más desgarrada de la obra, en torno a la muerte: «Es terrible ser viejo y limitarte a estar aquí sentado preguntándote cuándo va a suceder». El cuarto y último brochazo ennegrece el lienzo hasta eclipsarlo todo. Durante seis años, sobrinas y tío mantienen una vida regulada por el mismo patrón doméstico y por idénticos pensamientos mágicos (que van desde el entierro de objetos protectores, a la mención de palabras especiales), sus fronteras las delimitan los rosales y los albaricoques, del jardín para adentro, cada cual pone freno a su angustia recurriendo a una estrategia diferente: la cocina, la fantasía, la escritura. Pero su mundo cambia de un día para otro con la llegada a Blackgood de un extraño. Shirley Jackson, mientras pone una tapadera sobre sus criaturas, nos plantea interrogantes: ¿Es el miedo real? ¿Hasta qué punto somos esclavos de la mente? ¿Por qué nos paraliza el pánico? ¿Qué razón hay detrás de que cedamos nuestra autonomía a poderes externos? ¿Es maligno, por naturaleza, el corazón humano? Esta novela gótica, medio de terror, medio de fantasía, cautiva de principio a fin. La aguda mirada de Merricat, corrosiva e ingenua, que tan pronto ahonda en los abismos emocionales de su hermana y su tío como relata las divertidas excentricidades de su gato Jonás, envuelve a los lectores y los lleva, con un ritmo in crescendo (desde un punto de vista emotivo-informativo), a un final delirante. Siempre hemos vivido en el castillo se disfruta de verdad. Que nadie tema hincarle de diente al libro. Su bella cubierta no matará las expectativas de los buenos lectores.

sábado, mayo 04, 2013

Los Watson, Jane Austen

Trad. Íñigo Jáuregui. Ilust. Sara Morante. Nórdica, Madrid, 2012. 128 pp. 18 €

Ariadna G. García

Entre los años 1795 y 1799, Jane Austen escribió los manuscritos de Sentido y sensibilidad, Orgullo y prejuicio y La abadía de Northanger. Y aunque George Austen (padre de la autora) intentó que sus obras viesen la luz, no tuvo suerte. La joven Jane respondió a este rechazo editorial guardando todos sus originales en un cajón y empezando otra obra, que dejaría a medias: Los Watson (1803). Este pequeño esbozo, que con suma delicadeza ha publicado Nórdica en una bella edición ilustrada (las estampas las firma Sara Morante), nos ayuda a comprender no sólo el proceso creativo de su autora, sino su ideología y su temperamento.
Un libro es bueno cuando su voz es honesta, cuando las palabras emergen como un géiser del fondo de uno mismo y salpican el papel hasta llenarlo de oraciones, enunciados y vida. Vida. Los buenos libros tienen poros por lo que respira su autor. Por eso, con frecuencia, vemos que se repiten en algunos escritores los mismos motivos temáticos, y esto es así porque los llevan en la sangre, como la información genética. Jane Austen se encuentra entre ellos.
Los Watson comparte obsesiones con las novelas inéditas que la precedían. En esta ocasión, quienes se enfrentan a un destino aciago son las hermanas Watson (de origen humilde), cuyo padre se encuentra gravemente enfermo, motivo por el cual necesitan encontrar un esposo. La protagonista del relato, Emma, es una joven de diecinueve años que tras ser criada por su tía en un ambiente refinado regresa al hogar paterno siendo una extraña para sus familiares. Pronto, sin embargo, intimará con su hermana mayor, Elizabeth, verdadera depositaria del ideario de Austen, siendo ésta una de las posibles razones del abandono de la escritura del libro, pues recordemos que el personaje principal de Orgullo y prejuicio ya se llamaba así y desempeñaba idéntica misión. Elizabeth representa, en la teoría, un modelo de cambio que difiere de las normas sociales de su época, si bien reconoce la dificultad de aplicarlo: «ya sabes que no tenemos más remedio que casarnos. Yo me arreglaría muy bien sola; con unos pocos amigos y un agradable baile de vez en cuando me contentaría…Pero nuestro padre no puede asegurarnos el porvenir» (página 15).
La obra, que con caja pequeña, letra generosa y veinticuatro ilustraciones, apenas llega a las 122 páginas, se ofrece a los lectores como un esquema inconcluso. Su atractivo consiste en la exquisitez de su edición y en el acercamiento al proceso creativo de su autora. Austen trabaja en todas sus novelas con los mismos materiales, pero varía sus planteamientos. En este libro, el peso narrativo recae en una muchacha huérfana asediada por dos espadas: una familia desavenida e hipócrita (a excepción de Elizabeth, sus hermanos y cuñada exhiben un carácter descortés, orgulloso, traicionero y brusco), y el filo de la pobreza.
Jane Austen señala en sus obras el problema que supone para la mujer la falta de recursos económicos que garanticen su independencia. En Los Watson se apunta el conflicto que supone para la institución del matrimonio la falta de amor y la disparidad de edades entre los contrayentes. No en vano, son preocupaciones que recorren Europa a lo largo de la centuria. Pensemos en El sí de las niñas, de Leandro Fernandez de Moratín (1801), en Madame Bovary, de Gustave Flaubert (1857) o en La Regenta, de Leopoldo Alas “Clarín” (1884-1885). Ahora bien, en las novelas de Austen late siempre el planteamiento de la transgresión de la norma. Sus mujeres (aquellas cuyo comportamiento ensalza, ya sabemos que critica la ligereza de otras) se plantean un orden alterno, insubordinado al poder económico del hombre; al tiempo que hacen gala de la suficiente personalidad, independencia y arrojo como para elegir sin prisa y con paciencia, en plena posesión de su albedrío, al marido perfecto.
En definitiva, esta bella edición de Los Watson no es apta para neófitos en la obra de Jane Austen, pero deleitará a los seguidores de la célebre escritora británica.

viernes, mayo 03, 2013

Venganza, Benjamin Black

Trad. Nuria Barrios. Alfaguara, Madrid, 2013. 295 pp. 19,50 €

Ángeles Prieto Barba

Somos muchos los que esperamos cada entrega de Quirke con emoción, como quien aguarda la nueva temporada de nuestra serie favorita. Incluso que con mayor interés, si cabe, convencidos de que nuestras expectativas se verán recompensadas. Y esto lo digo incluyéndome en un grupo heterogéneo de lectores al que no creo pertenecer, el de los amantes de la novela negra, porque no disfruto en absoluto de la narración vertiginosa, el exceso de diálogos y el imperio de la trama que caracterizan a las actuales. Y es que a la hora de avanzar en una novela, saber quién fue el criminal no representa para mí acicate alguno, no quiero leer por y para eso. Ni siquiera para enterarme del motivo por el que, un concreto personaje de ficción, cometió un asesinato. Lo que me interesa de verdad es saber mucho más del mundo en el que habito y eso incluye la maldad, el crimen y el sadismo como cualquier tema más, sin necesidad de que me sobresalten a cada momento con escenas morbosas.
Por ello, escribo esta reseña para despertar la atención de todos aquellos lectores que no sean adictos a la novela negra como tal, confeccionada y en serie, para solicitarles de hecho que centren su atención en esta serie concreta. Pues, ¿qué nos ofrece John Banville/Benjamin Black a través de Quirke, el forense?
En primer lugar, clase y estilo. Un estilo propio y definido a través de unas metáforas originales, huyendo de lugares comunes, siempre deslumbrantes y certeras. Ese estilo que nos hace recordar, de forma inmediata, a los grandes clásicos del género, aquellos que sí merece la pena leerlos: Raymond Chandler, Dashiell Hammett, James M. Cain o Patricia Highsmith.
Después, contenido. Pues Benjamin Black sabe de lo que habla, no escribe por encumbrarse desde un despacho aislado del mundo. Lo que ha sentido y vivido, sabe transmitirlo. Lo que supone la muerte: «Era como si un objeto gigante hubiera sido arrojado en medio de ellos, como si una inmensa bola de piedra hubiera caído en la casa destrozando el tejado y permaneciera inamovible entre ambos, de tal manera que tenía que acordar el modo de rodearla y, al mismo tiempo, fingir que no estaba allí». O la atracción sexual: «Como si además de la propia mujer hubiera otra versión más intensa de ella misma, otro sí mismo invisible que emanara de ella y la rodeara como un aura». O el alcoholismo: «Sentía la piel de la frente alarmantemente tensa y velaba sus ojos una ligera neblina, que no conseguía eliminar por más que parpadeara. Algo le pellizcaba en el fondo de la mente, pero decidió ignorarlo. Un trago más y luego pararía». Y finalmente nos procura un fiel retrato de la sociedad irlandesa, como también unos personajes fuertes y bien definidos, pero asimismo imprevisibles como somos todos nosotros, ante las sorpresas y retos que nos procura la vida.
En esta quinta entrega observaremos como el quijotesco Quirke seguirá en tablas respecto a sus demonios interiores, cobrando un mayor protagonismo su amigo el inspector Hackett, siempre seguro y tranquilo, o su hija Phoebe, que sigue madurando como puede. Todos ellos tendrán que vérselas con los distintos miembros de dos familias muy adineradas, los Delahue y los Clancy, que comparten un mismo negocio e idénticas ambiciones de poder, sexo y dinero, la combinación perfecta para mantener durante largo tiempo odios acendrados, para que surja el mal.
Pero no es tarea del reseñista revelar la trama, sino asegurar al lector de esta novela que en modo alguno notará, entre diversos testimonios de personajes diferentes y algunos flashback, el armazón formidable que la sostiene. Señal de que nos encontramos ante una obra excelente y digna, que vamos a disfrutar.

jueves, mayo 02, 2013

Bajo el sol. Las cartas de Bruce Chatwin, Selecc. y Ed. Elizabeth Chatwin y Nicholas Shakespeare

Trad. I. Attrache y C. Mayor. Barcelona, Sexto Piso, 2013; 556 pp. 28 €

Pedro M. Domene

Bruce Chatwin experimentó, inagotablemente, a lo largo de su vida, su punto de partida fue siempre el desplazamiento. En ese constante movimiento pasó los últimos años de su existencia, de tal manera que su nomadismo literario ha servido para destruir los límites que él mismo había puesto a su escritura. El incansable viajero fallecía, prematuramente, en Niza a los cuarenta y ocho años y dejaba una obra, breve en número, aunque densa en contenido, ampliamente traducida en varios idiomas. El año 1975 marcaba el punto de partida de una febril actividad de un jovencísimo Chatwin, que en un escueto mensaje aseguraba, “me voy a la Patagonia por seis meses”, y así comenzaba para él el itinerario de un autodescubrimiento, puesto que el propósito inicial fue seguir las huellas de muchos de los viajeros del Imperio que, solidarios o no, habían partido de una tremenda desigualdad. Iba anotando, en pequeños cuadernos, sus impresiones, cuando, entre otras cosas, descubrió la miseria de estos desheredados de la Tierra de Fuego, aquellos que hoy son los descendientes o los restos de quienes, novelescamente, fueran los protagonistas más conocidos: un oscuro francés, Philippe Boiry, nombrado rey de la Araucaria y de la Patagonia, o los famosos forajidos, sacados del Oeste Americano, Butch Cassidy y Sundance Kid. Después vendrían, Colina negra, Los trazos de la canción, o ¿Qué hago yo aquí?
No hay escritura más inmediata, señala Elizabeth Chatwin en el Prefacio de la reciente edición de Bajo el sol. Las cartas de Bruce Chatwin (2013), que la que encontramos en las cartas. Su madre conservó las misivas que él le mandaba todas las semanas desde la escuela secundaria, en las que ya se aprecia cuántas cosas le interesaban y le entusiasmaban. Una labor de más de veinte años esconde esta edición que ha recopilado su viuda, en la que como en su libros se aprecian saltos en el tiempo y en el espacio, tal y como Chatwin solía hacer en su crónicas de viajes por la extensa Patagonia o la desértica Australia. Nicholas Shakespeare, a lo largo de una esclarecedora Introducción apunta que el libro recoge el testimonio de Chatwin desde su infancia, su paso por Sotheby’s, su estancia en Edimburgo, su labor en el Sunday Times o sus últimos días, en lucha con el sida que le quitaría la vida en 1989. Sus principales corresponsales fueron sus padres, Charles y Margarita que, a principios de los 60, se instalaron en Stradford-upon-Avon, donde pasaron el resto de sus vidas, Elizabeth Chabler, con quien estuvo casado veintitrés años, aunque tuvieron una pequeña crisis a principios de los 80, la madre de su esposa, Gertrude Chanler, que vivía en Geneseo, en el estado de N.Y., Cary Welch, un coleccionista de arte casado con Edith, prima de Elizabeth, Ivry Freyberg, hermana de su mejor amigo en Malborough; John Kasmin, un marchante londinense con quien viajaría a África, Katmandú y Haití; Tom Maschler, su editor en Jonathan Cape; Diana Melly, su anfitriona en Gales, el escritor Francis Wyndham que colaboraba con él la revista The Sunday Times, y al primero a quien dejaba ver sus manuscritos; algunos escritores australianos, Murria Bail, Ninette Dutton y Shirley Hazzard, o el director de cine, James Ivory, y finalmente el periodista indio Sunil Seti a quien conoció mientras seguía la campaña de la señora Gandhi.
Las relaciones sentimentales no parecen interesarle excesivamente al autor, y solo observamos un Chatwin atento con personas a quienes conoce brevemente, faltan algunas dirigidas a Werner Herzog, Gita Mehta y las referidas a los archivos de Sotheby´s o la revista The Sunday Times, durante los años que trabajó en ambos sitios. No quedan rastros de las enviadas a Donald Richards o Jasper Conran, en otro tiempo amante suyo y en cuya casa, en el Sur de Francia, falleció el 18 de enero de 1989. Shakespeare sostiene que, tanto a Elizabeth como a él, poco o nada les ha importado presentar un Bruce Chatwin favorable o desfavorable en esta correspondencia personal, su intención ha sido recopilar un material interesante y revelador. La corrección de errores, actualización de direcciones, o fechar los variados documentos ha sido una comprometedora tarea con resultados desiguales. Una colección de cartas como las que recoge Bajo el sol, podrían convertirse en el resultado de una auténtica autobiografía, señala Nicholas Shakespeare, y se pregunta hasta qué punto podría parecerse a este libro si Chatwin si hubiera vivido para ello, o cuántas partes hubiera reescrito, omitido o nunca sacado a la luz, pero pese a todo el lector percibirá una versión fascinante de la vida del escritor que, en alguna medida, completa los libros escritos y los no escritos, desde que desde el colegio Old Hall, de Shropshire, escribiera a sus padres, allá por mayo de 1948.
Las cartas de Bruce Chatwin, divididas en esclarecedores capítulos, doce en total, reproducen ese continuo aprendizaje que a lo largo de los años materializaría en una acumulación de datos sobre los más variados temas, antropológicos, arqueológicos, filosóficos, geográficos, históricos, científicos, personales e, incluso, metafísicos que contribuyeron a afianzar su particular visión de la vida y su condición de escritor.

miércoles, mayo 01, 2013

Las lágrimas de San Lorenzo, Julio Llamazares

Alfaguara, Madrid, 2013. 193 pp. 18 €

Ignacio Sanz

Julio Llamazares es un novelista lento, pero esencial. Cada novela suya es como una piedra lanzada a un lago que no deja de producir ondas y más ondas. Acaso la de mayor alcance, una novela mítica por tantos motivos, sea La lluvia amarilla. En el Museo Etnográfico de Sabiñánigo la vi hace unos años multiplicada en diversas lenguas ocupando un altar. Allí se lee con devoción. Pero no se pierda el lector curioso Escenas de cine mudo, tan extremadamente original en su construcción y tan penetrante al hurgar en el recuerdo de la infancia del autor. Además de novelas ha escrito relatos, libros de viaje, crónicas y, en sus comienzos, dos libros de poesía memorables. Las lágrimas de San Lorenzo también destila poesía en estado puro. Se trata de la quinta de sus novelas y es un libro que tiende a la redondez porque va envolviendo al lector, arrullándolo poco a poco, como esas abuelas que suben al nieto en el halda y le van contando un cuento hasta fascinarle. Por ello se trata de una novela narcótica que te arrastra poco a poco sin dejarte escapar.
En esta ocasión el escenario sobre el que pivota la acción es Ibiza donde el narrador, un profesor universitario que ha rodado por diversas universidades europeas carente de ambiciones académicas, pasó algunos años de su loca juventud. Allí regresa con su hijo Pedro de doce años, un hijo con el que apenas convive, para hacerle partícipe de un rito iniciático: la lectura del cielo en la noche de San Lorenzo, cuajada de estrellas fugaces. Y, al hacerlo, recuerda, una noche parecida cuando él era un niño originario de un Bilbao sombrío y lluvioso y su padre, en plenas vacaciones, le mostró el cielo tendido en la eras del abuelo, en León.
Entre esas dos noches, el narrador, capítulo a capítulo, va desgranando recuerdos casi siempre amargos o dolientes sobre personajes desaparecidos fundamentales en su vida. A veces no, a veces, apoyado en los versos epicúreos de Catulo, el narrador se engolfa en los días felices de su juventud ibicenca y nos relata episodios distantes de los sucesivos amoríos en las dunas de la playa. Pero el tono dominante es melancólico. Como la noria de una huerta que gira y gira con monotonía para extraer el agua que ha de fertilizar la tierra. También podría ser considerada una carta de amor, un testamento vital para ese hijo con el que apenas convive y que quiere saber de su padre.
Lo que importa, en cualquier caso, es la atmósfera que crea, una atmósfera muy cercana al misterio, una atmósfera que va empujando levemente al lector, envolviéndolo, turbándolo, como si el novelista se hubiera transformado en un narrador oral que va soltando pequeñas claves aquí y allá para luego, capítulo a capítulo, ir cerrando para consuelo del lector. Estamos ante un Llamazares destilado, esencial, poético. Su gozo nos regocija y su dolor nos hiere.

martes, abril 30, 2013

Idilio con perro ahogándose, Michael Köhlmeier

Rayo Verde, Barcelona, 2012. 96 pp. 12,95 €

Arcadio García

Esta novela constituye la confesión pública de un dolor espantoso: la muerte prematura de una hija, y el esfuerzo de unos padres por racionalizar, en la medida de lo posible, el sufrimiento que provoca semejante tragedia. Narrada en primera persona por el propio Michael Köhlmeier, autor austriaco cuya hija, Paula, perdió la vida con 21 años de edad, en 2003, durante un paseo por la montaña. La historia tienen lugar tres años después del accidente, durante el desapacible invierno de 2006. El editor de Köhlmeier, el Dr. Beer, decide trasladarse inopinadamente desde Fráncfort al domicilio de Köhlmeier, en la pequeña ciudad austriaca de Hohenems, con objeto de trabajar, junto al escritor, en la última obra inédita del autor. Durante los tres días en que se prolonga la estancia del Dr. Beer, Köhelmeier y su esposa Monika, también escritora, comparten su vida con este singular personaje, un editor excéntrico, asocial, maniático, experto en la fenomenología de Husserl y amante de Joseph Conrad.
Mientras leía Idilio con perro ahogándose me ha asaltado el recuerdo de unas palabras que le leí una vez a Ricardo Piglia: «Las escenas de los libros leídos vuelven como recuerdos privados». Y es que el narrador revela que desde la muerte de su hija ha dejado de soñar con ella, y se diría que confía en la habilidad fascinante de la literatura para volver a hacerlo, echando mano de la capacidad que posee la literatura de incorporar a nuestro inconsciente historias que no han ocurrido nunca como si fueran episodios privados de nuestra propia experiencia vital, y, en consecuencia, la de incorporar a nuestra nómina de amistades y parientes personajes de ficción, y hacerlo como si se tratara de cualquiera de los seres reales con las que convivimos a diario. A partir de esa certidumbre, esta novela también constituye una búsqueda contumaz del autor —y padre— para tratar de recuperar el recuerdo de su hija, para tratar de volverla a soñar con la ayuda de la literatura y el lenguaje, de prolongar su vida mucho más allá de las circunstancias abruptas en las que se vio interrumpida y hacerlo con la misma intensidad con la que a menudo persiste en nuestro inconsciente el personaje de ficción.
Hay pasajes de esta breve novela que son realmente conmovedores. El narrador, mediante la ironía y el humor, lleva a cabo un esfuerzo apreciable y exitoso para evitar que prevalezca lo sensiblero, a pesar del cual el lector advierte la presencia permanente de un dolor inconsolable, por más esfuerzos que haga el autor para no expresar ese dolor de forma explícita, para evitar caer en lo lacrimógeno, para que la narración no acabe siendo, en suma, «una mierda rimbaudiana», expresión que empleaba la propia Paula para describir los textos excesivamente sentimentales. Se trata, pues, de un relato autobiográfico en el que posiblemente haya importantes elementos de ficción, aunque no sabemos en qué medida. No sabemos —yo no sé— si el Dr. Beer es un personaje real, y no sabemos —yo no sé— si el episodio final con el perro tuvo lugar en realidad o constituye un recurso metafórico mediante el que poner fin al duelo.

lunes, abril 29, 2013

Vida y opiniones del perro Maf y de su amiga Marilyn Monroe, Andrew O'Hagan

Trad. Pilar Vázquez. Alba, Barcelona, 2012. 309 pp. 22 €

María Dolores García Pastor

Maf es un perro de alta cuna, descenciente de los nobles canes de la mismísima María Antonieta y ha sido criado en la casa de Vanessa Bell, la pintora británica hermana de Virginia Woolf. Con esos antecedentes, como no podía ser de otra manera, tenía que estar predestinado a ser alguien en el mundo canino. Así que por esas cosas achacables al destino o al azar este pequeño terrier abandona su hogar en la campiña inglesa para viajar hasta los Estados Unidos. Lo llevará hasta allí la madre de la actriz Natalie Wood que a su vez se lo venderá a Frank Sinatra que lo comprará para regalárselo a la mismísima Marilyn Monroe, ahí es nada. Y como el que no quiere la cosa el pequeño Maf, diminutivo de Mafia Honey, se convierte en el ser más cercano a la mítica actriz durante los dos últimos años de su vida.
No es esta la primera vez que un escritor convierte a un perro en el protagonista de su historia, en la voz que la narra. Algunos hasta les han dado una personalidad bastante humana. El primero que me viene a la cabeza es Mister Boones, el perro vagabundo del Tombuctú de Paul Auster en el que vivimos en primera persona el día a día de los sin hogar, la dureza de la calle. O Stella, la protagonista de Te daba por muerto de Pet Nelson, uno de los ejemplos más recientes, auque en esta ocasión ella más que un perro pensante es la conciencia de su humano. Tampoco es la primera vez que un autor hace hablar a perros, moscas, hormigas y otros seres vivos en un universo paralelo que transcurre en la misma dimensión que la vida humana pero en una frecuencia acústica diferente: los animales se comunican entre ellos pero el oído humano no es capaz de entender lo que dicen.
Pero, aunque no es el primero, el perro de Marilyn es diferente a todos ellos. Maf es un perro muy pero que muy cultivado, con grandes conocimientos sobre arte, literatura, filosofía y demás parcelas del saber humano. Tiene una personalidad fuerte y arrebatadora, un verbo prodigioso, un excelente sentido del humor y un encanto físico que enamora. Pero no es eso lo que lo hace tan especial, en realidad su mayor encanto es ser el acompañante de una de las mujeres más hermosas, sexys y misteriosas del siglo XX. Y es que todo lo que tenga que ver con la Monroe nos resulta extremadamente atractivo a muchos. Eso y la inmersión del can en el faranduleo hollywoodiense de la época que nos lleva a conocer desde su prespectiva a famosos actores y directores de cine y hasta a algún que otro escritor, como la controvertida Carson McCullers.
La voz canina sirve al autor para reflexionar sobre temas tan trascendentes como la condición humana o la soledad, casi siempre con humor no exento de una profundidad que hace pensar. Maf se entrega a largas e interesantes disquisiciones que a veces son tan largas que acaban dejando de ser interesantes. Este es un libro entretenido, con un ritmo bastante ágil, pero que en ocasiones se atasca porque descoloca un poco que el perro Maf suelte sus discursos sobre Freud o Nietzche sin ton ni son, en medio de una reunión informal de actores antes o después de haber mordido a uno de los invitados, por poner un ejemplo. Las notas a pie de página, del propio perro, resultan un poco incómodas aunque también es cierto que nos hacen ver con claridad que Maf es un poco repelente.
Me llama la atención la frase de John Banville que aparece en la contraportada comparando este libro con grandes obras maestras como Lolita o El gran Gatsby porque, según dice, la “novela es un canto a la inocencia” como estas otras dos. Como que no. El libro está bien pero tampoco hay que pasarse. Para los que busquen saber algo más sobre la vida de la Monroe en este libro, desengáñense, ella es sólo un señuelo, el verdadero y único protagonista es el perro.

sábado, abril 27, 2013

La muerte de Iván Ilich, Lev Tolstói

Trad. Víctor Gallego. Ilust. Agustín Comotto. Nórdica, Madrid, 2013. 160 pp. 18 €

Fernando Sánchez Calvo

Iván Ilich, alto funcionario de la administración zarista, está a punto de morir. Como el resto de su vida, la causa de su inminente fallecimiento es triste, anodina y ridícula de pura cotidiana que es. No menos triste y anodina que su velatorio, con el cual da comienzo esta pieza breve de uno de los grandes que Nórdica, una vez más, acierta a rescatar e ilustrar con la mano de Agustín Comotto.
Iván Ilich, como ya hemos dicho, está a punto de morir, y no lo sabe. Estudia, asciende, prospera, se casa, tiene hijos, se convierte en un tipo respetable y disfruta en ocasiones sabiéndose una buena persona que, sin embargo, cuando quisiera, podría ser temido por cualquier ciudadano que tuviera un problema con la justicia. Eso le hace sentirse bien, sentirse pleno, aunque sus compañeros de trabajo (envidiosos por naturaleza) y su mujer (egoísta por burguesa) no aporten gran cosa a dicha plenitud.
Iván Ilich está a punto de morir y de repente sí lo sabe. Ese hecho, como era de esperar, provoca que el protagonista se replantee algunas cuestiones que hasta entonces no se había replanteado. A saber:
-que la muerte es individual e intransferible y el dolor que siente uno por sí mismo no lo puede sentir nadie más por mucho que te quieran;
-que la muerte de uno puede convertirse en una oportunidad para otros y si en algún momento de tu vida sientes que empiezas a sobrar, a lo mejor es porque sobras;
-que el cariño es la única manera de vencer al dolor de la muerte pero esto sólo lo aprendemos justo cuando nos estamos muriendo.
Lev Tolstói escribió esta novela con cincuenta años. Al igual que otros compañeros de generación o incluso al igual que toda persona que entre en la última etapa de su vida (compárese por ejemplo con el Galdós de Misericordia), el interés por retratar de manera realista las miserias e injusticias de la sociedad fue desplazado por una de esas crisis espirituales que te llevan a preguntarte cosas como “para qué tanto esfuerzo” o “después de esto, qué” en lugar de preguntarte “qué hay de comer para hoy” o “cuándo morirá mi superior para que yo pueda ocupar su puesto”. Ni exagero ni personalizo: lo he aprendido de manera natural, cruda y realista al leer los pensamientos, los temores y las certezas de Iván Ilich
Nabokov dijo en su día que esta novela era la mejor novela de la literatura rusa. Mahatma Gandhi lo repitió. Parece demasiado aventurado afirmar esto incluso si fuiste o eres una gran personalidad teniendo en cuenta otros títulos gigantes de gigantes rusos del siglo XIX que por gigantes no hace falta ni mencionar, pero sí se debe reconocer aquí que las escasas ciento cincuenta páginas que componen esta historia podrán ser leídas hoy, mañana y dentro de cien años en Rusia, en Asia o en futuras civilizaciones. Hablan de manera sincera de la obsesión más vieja del hombre: desaparecer. Supongo que eso, entre otros ingredientes, convirtieron a esta pequeña joya en un clásico.

viernes, abril 26, 2013

Los bigotes de la Gioconda, Blas Matamoro

Tres rosas amarillas, Madrid, 2012. 176 pp. 15 €

Óscar Esquivias

Sherlock Holmes y Watson apuntan sus sueños en sendos cuadernos y luego se los leen el uno al otro. Sin embargo, pueden pasar semanas enteras en las que no intercambian sus fantasías oníricas. Pese a su larga amistad, han llegado al acuerdo tácito de no confiarse los sueños eróticos o escabrosos. De este modo, el silencio los delata: lo que se calla acaba siendo tan significativo –o más– que lo que se cuenta. El secreto da alas a la imaginación y, por ello, puede ser muy perturbador.
Esto sucede en uno de los cuentos de Los bigotes de la Gioconda de Blas Matamoro, un autor con una larga carrera literaria a quien, sin embargo, yo hasta ahora sólo conocía por sus ensayos y sus numerosos artículos sobre música clásica. Esta condición de melómano se refleja en las páginas del libro: los personajes escuchan (o tocan) obras de Sibelius, Bach, Mendelssohn, Haydn o Nielsen; además, Matamoro tiene una prosa muy musical que fluye con naturalidad, sin ninguna afectación (y, por supuesto, también sin sonsonete ni ritmos cantarines, que es lo que otros entienden por «musicalidad» en la literatura). Su excelente oído para el idioma se refleja en el estilo y hasta en el argumento de los relatos: casi todos los personajes son muy conscientes de las palabras que emplean, alguno intenta averiguar la procedencia de otras personas a través de su acento y otros señalan los españolismos o argentinismos que se cuelan en su conversación. La arquitectura de sus relatos es muy variada y original. Muchos de ellos parecen construidos con sucesivas oleadas de energía, como las que escuchamos en la Fantasía de Schumann o en ciertos pasajes de Wagner o Mahler (además, el estilo de Matamoro tiene una sensualidad y una suntuosidad casi orquestales). El propio autor nos declara su poética en una breve nota final: «El cuento es como una cadencia musical, tiene una tensión y una resolución. No importa su tamaño sino su estructura».
El oficio de este escritor es extraordinario. Destaca especialmente en el uso de la elipsis y tiene la sabiduría de los narradores que saben elegir sus materiales literarios y los exponen de la manera más elocuente y expresiva. A mí, personalmente, me gusta mucho su capacidad para crear atmósferas mórbidas, a veces casi irrespirables, en consonancia con la psicología de los personajes (el autor tiene querencia por los estados de perturbación mental y a menudo nos describe la irrupción de la locura –o de lo inexplicable, lo extraño, lo mágico– en la vida cotidiana). Matamoro aborda con naturalidad relaciones personales muy complicadas: no sólo las de pareja o las paternofiliales, sino también las incestuosas, los tríos sentimentales y hasta los quintetos (que ambientan sus orgías –quién lo hubiera esperado– con música de Brahms).
De todos los cuentos incluidos en el libro, mis favoritos son el citado «Querido Watson», «Una carta peligrosa» (una potentísima historia de misterio, fantasmas y locura), «Rapsodia del viudo» (que trata sobre la relación entre una secretaria y su nuevo jefe) y «La batalla del Brénnero» (un divertido laberinto erudito al modo de Borges o Buzzati).
Me asombra que los relatos hayan permanecido totalmente inéditos hasta hoy. ¿Cómo es posible? Según se nos informa en el propio libro, los cuentos fueron escritos entre 1985 y 1995, y corregidos en 2003. Los ha seleccionado y editado José Luis Pereira, que también es el propietario de «Tres rosas amarillas», la única librería de España dedicada en exclusiva al cuento. Supongo que cuando Pereira conoció estos relatos sintió una emoción parecida a la del arqueólogo que descubre una magnífica escultura antigua y la saca a la luz. Más que la Gioconda, este libro es (por no salir del Louvre) una Victoria de Samotracia, una imagen alada, llena de misterio, bellísima.

jueves, abril 25, 2013

Algún día este dolor te será útil, Peter Cameron

Trad. Jordi Fibla. Libros del Asteroide, Barcelona, 2012. 246 pp. 18,95 €

Guillermo Ruiz Villagordo

«Relacionarme con los demás no es algo natural para mí sino que me tensa y me exige un esfuerzo y, como no lo vivo de una manera natural, como hago ese esfuerzo no tengo la sensación de ser yo mismo.»
Ésta es una de las impresiones que comparte con nosotros James, un chaval de dieciocho años encantadoramente marisabidillo que detesta a los chicos de su edad y prefiere confraternizar con los adultos que forman parte de su pequeño mundo, integrado por una madre sentimentalmente inestable que pasa por su tercer divorcio, el incompetente jefe de la galería de arte propiedad de ésta, un altivo padre ejecutivo lleno de prejuicios, una hermana mayor de espíritu rebelde y una abuela autosuficiente que representa su único refugio en medio de la confusión que le rodea. Ninguno de ellos constituye un verdadero ejemplo, no comparte sus gustos ni empatiza con su forma de ser, y todos pueden considerarse fracasados en algún sentido, pero para James ejercen una extraña fascinación que le permite que pase más rápido el tiempo mientras espera que se cumpla su sueño de comprar una casa en el campo y leer montañas de libros en la soledad y tranquilidad más absoluta, renunciando a Nueva York y al futuro universitario que se cierne sobre él. Pero tras protagonizar un episodio preocupante en una excursión de su instituto, deberá asistir a terapia en la consulta de la doctora Adler, que poco a poco y a regañadientes logrará acceder a ciertas zonas privadas de su existencia, incluyendo alguna relacionada tangencialmente con el 11 de setiembre, aunque tenga que ser él mismo quien descubra con sus propios actos hacia dónde quiere dirigir su vida y si todo lo que cree tiene verdadero fundamento. La novela de Peter Cameron se inspira claramente en el clásico El guardián entre el centeno, de la que supone una actualización fresca y estimulante (sin que esto implique dejar de reconocer que la novela de Salinger sigue siendo plenamente actual), y de hecho hay ciertas situaciones paralelas en los dos libros, como la interacción con el adulto homosexual (tema gay recurrente y principal, por otra parte, en otras de sus obras como Año bisiesto, Un fin de semana y algunos relatos de De un modo u otro), que se resuelven de distinta manera. Pero aunque se realiza una sátira feroz de ciertos asuntos como la impostura del arte moderno o las relaciones sociales a través de internet, el tono general de las confidencias que James nos dirige en primera persona es, a diferencia de las vitriólicas y directísimas observaciones de Holden Caulfield, de una certera ironía fina y amable que junto a la recreación de unos diálogos ágiles y vibrantes nos implican aún más en su deriva existencial postadolescente y nos hacen reírnos, sorprendernos y emocionarnos a la vez que él. Porque el mejor resumen de este libro se encuentra en su propio título, que como la magnífica y entrañable novela de iniciación que es nos recuerda que crecer significa asumir las dosis de sufrimiento que se nos van presentando, y que las dificultades bien enfocadas ensanchan nuestro universo particular y aumentan nuestra sensibilidad y sabiduría.

miércoles, abril 24, 2013

Casi tan salvaje, Isabel González

Páginas de Espuma, Madrid, 2012. 152 pp. 14 €

Marta Fernández-Caparrós

Casi tan salvaje como la pintura negra de Goya o el cine de Todd Solondz. Así son los cuentos con los que Isabel González (1972) debuta en la escritura: grotescos, exagerados, asombrosos e hirientes. Salvajes, como el acertado título de la obra pone en preaviso al lector. Y su salvajismo se acentúa porque no encontramos en ellos guerras, hambrunas, dictadores, políticos corruptos, armas de destrucción masiva o tsunamis. Salvaje es una madre que, pese a su pésima voz, se empeña en cantar y registra doscientos casetes y esconde su mediocre legado en una caja de cartón del desván de su casa; salvaje es una mujer enferma de cáncer que se apunta a un grotesco curso de maquillaje para ocultar los estragos de la enfermedad, salvaje es un padre deambulando por un poblado de chabolas en el empeño de comprar a un donante de órganos para su hijo o una esposa que por complacer a su marido ha dejado de distinguir entre la verdad y la mentira. Eso sí, no hay atisbo de conmiseración, ni de ternura al contar estos pequeños dramas: si salvaje es el mundo narrado, también es la manera de contarlo. Y ese es el eje que vertebra la propuesta de González: el equilibrio y el juego continuo, tanto en la forma como en el contenido, entre lo corriente y lo bizarro, lo anodino y lo salvaje.
Corriente y anodino es el mundo narrado. Por el libro desfila, como decíamos, un buen puñado de tipos enfrentados a problemas que en algunos casos ponen en juego la enfermedad, el incesto y la muerte, pero que en otras ocasiones son simples anécdotas del día a día. Sin embargo, bajo el prisma de González, esta galería de gente común intentando sobrevivir resulta tan familiar como el vecino del quinto piso, y al mismo tiempo, auténticos marcianos de otro planeta. Para ello González se sirve de una técnica de distanciamiento que consiste en que, o bien ella como narradora, o bien sus criaturas en primera persona, van contando sus sinsabores con humor ácido y muy muy negro, o simplemente con la frialdad con la que lo haría el presentador de un noticiero televisado. “Compré todo lo necesario para amarte. Una pelota hinchable y siete alcayatas”, confiesa la protagonista de Cuna. Igualmente sorprendente es la manera en la que la narradora relata el drama de unos padres en la lucha por salvar a su hijo en Trasplante: “Tenían que buscar donantes. Pegarían octavillas a la salida de los colegios: “Cruzad las calles sin mirar”. En los columpios: “Más divertido sin manos”. En las pastelerías: “El veneno de los ratones sabe a fresa”. Se le ocurrían infinidad de ideas con que obtener repuestos: un corazón, dos riñones, un hígado”. González incluso se atreve con los temas políticamente correctos y les da un giro mordaz, como en el relato Una dirección: “La octava vez que mi marido me hizo daño, lo denuncié. Mi autoestima era tan baja que llamé a la asociación protectora de animales”.
Corriente es también el estilo con el que se narra ese mundo. González huye de la floritura, del estilo premeditadamente literario, prescinde de toda descripción que pueda resultar superflua y sus relatos se resuelven en tres, cuatro páginas. Pero ese estilo sencillo en apariencia, es sumamente complejo en su desnudez. Un pueblo, un barrio de la periferia, un hospital, nombrados de esta manera genérica, son algunos de los escenarios de estos cuentos, los paisajes minimalistas en los que los protagonistas esperan que les reformen el salón, que llegue un amante, que el jefe les llame a su despecho, si bien pareciera que estuviesen esperando a Godot. Tampoco hay rasgos físicos y morales para describir a unos personajes que se sitúan en un eterno presente, pero sin ninguna referencia temporal. Pocos detalles, y cuando los hay, suministrados a través adjetivos punzantes para describir un entorno grotesco y hostil y unas acciones sorprendentes. González corta sus historias con un cuchillo bien afilado en frases escuetas y potentes, y se diría que su estilo resulta poético por su concisión y por la cuidada elección de cada palabra en su preciso lugar.
Decía Julio Cortázar que en la novela el escritor debe ganar asalto tras asalto, mientras que en el relato corto la victoria debe ser conquistada por K.O. Isabel González se ha tomado muy en serio la máxima y efectivamente sus relatos narrados a quemarropa y en un abrir y cerrar de ojos dejan sin aliento. Su arriesgada propuesta, en la mayoría de los casos consigue atrapar en su tela de araña, pero en otras ocasiones cunde el desánimo. Como lectora acepto el juego que González propone, y desde el segundo relato abandono la idea de puerer “entenderlo” todo, o de captar la intención de la autora. Pero a veces, la imposibilidad de seguir el hilo, la obligación de tener que releer un párrafo tres veces y aun así haber perdido de vista los asideros a los que todo lector se agarra en el curso de la lectura (quién está hablando, dónde se encuentra, en qué tiempo), me sacan fuera de la narración. No es un libro de fácil lectura, y aunque Isabel González dice que sus relatos son buenos para leer en los trayectos, resulta inimaginable encontrar la concentración que exige su escritura en un autobús o en un vagón de metro. Sin embargo es un libro aconsejable para aquellos que no quieran matar el tiempo entre viaje y viaje, sino esforzarse por viajar a otro lugar, por ver la realidad cotidiana de una manera insólita. En mitad del libro, este microrrelato titulado “Lo normal” pone de manifiesto la pirueta a la que nos invita Isabel González: “Porque lo normal es perder un guante, fue encontrar tres en mi bolso y volvérseme el mundo una incógnita, un planeta sin leyes, un abismo sin baranda hasta que hallé a la mujer de tres manos y se los regalé”. Absténganse los lectores amantes de las mujeres con dos manos.

martes, abril 23, 2013

Después del terremoto, Haruki Murakami

Trad. Lourdes Porta. Tusquets, Barcelona, 2013. 192 pp. 17 €

David Vicente

Cuando le preguntaron a Bob Dylan en una entrevista por la extrañeza de haber hecho comulgar con sus composiciones tanto a los críticos como al público en general, por toda respuesta ofreció un lacónico: “Sí, me he debido de equivocar en algo”.
Algo parecido ha debido sucederle a Haruki Murakami en su carrera literaria. Murakami es un autor traducido a numerosos idiomas, publicado en multitud de países, que goza de ventas millonarias y que, sin embargo (o más bien a pesar de todo esto), no es defenestrado por la crítica. Incluso llegó a liderar las apuestas para la concesión del premio Nobel de 2012 en la casa británica Ladbrokes. Un premio que a buen seguro llegará más tarde o más temprano. Y si no, a quién le importa.
Además, por si fuera poco, haciendo uso de una metáfora suya, es capaz de jugar con igual efectividad de segunda base (autor de relatos) que como bateador de home run (autor de novelas). Algo de lo que no todo el mundo puede presumir, aunque lo intente.
En Después del terremoto ejerce como segunda base (autor de relatos) y lo hace como una maestría al alcance de pocos narradores. Se trata de seis relatos que tienen como nexo común (a veces utilizado como punto de partida, y otras como punto de llegada) el terremoto acaecido en la ciudad japonesa de Kobe (ciudad en la que Murakami pasó la mayor parte de su juventud) en enero de 1995 y que costó la vida a más de seis mil personas.
Pero como tantas otras veces sucede con las colecciones de relatos, este hilo conductor no es más que un envoltorio que sirve de adorno, y si me apuran hasta suprimible, pues todos los cuentos están cosidos entre ellos con hebras bastante más resistentes que las que proporcionan la ubicación geográfica y temporal. En todos ellos podemos encontrar de algún modo cada uno de los temas presenten en las obras del autor de Norwegian Wood (traducido al castellano como Tokio Blues, solo Dios y sus editores saben por qué) y que parecen obsesionarle a lo largo de su dilatada trayectoria. Como por ejemplo: la soledad, el abandono, la desubicación emocional, la huida… Aunque también el humor, la ironía, la difusa línea que separa la realidad de los sueños o del surrealismo…
En definitiva Después del terremoto es otro gran título para seguir disfrutando del autor oriental más occidental de todos. Y para quien no lo haya leído todavía, una buena oportunidad de subsanar un error y dejarse de bestseller insustanciales o “folletines culturetas” pretenciosos. No siempre ocurre que dos genios como Bob Dylan o Haruki Murakami se equivocan, así que no desperdiciemos la oportunidad de disfrutar de ellos.

lunes, abril 22, 2013

Las ventajas de ser un marginado, Stephen Chbosky

Trad. Vanessa Pérez-Sauquillo. Alfaguara, Madrid, 2012. 264 pp. 14,50 €

Santiago Pajares

Llegué a este libro a través de la película. La vi y al descubrir que estaba basada en una novela intuí que en sus páginas habría más cosas de las que había visto en imágenes. Y tenía razón. Creo que la película es una muy buena adaptación del libro, y es que está escrita y dirigida por el propio autor, que tuvo diez años entre la publicación del libro y el estreno para pensar qué hacer, cómo convertir líneas de texto en fotogramas. El libro contiene las cartas que Charlie escribe a un amigo imaginario narrando el que será su primer año de instituto. Todos los miedos que conlleva ir a un nuevo colegio, hacer nuevos amigos y enfrentarse a nuevos retos. Y es que Charlie, de 15 años, es un chico especial provisto de una extraordinaria sensibilidad y una portentosa inteligencia. Uno de esos chicos que piensan demasiado, que le dan vueltas a las cosas hasta que todo acaba haciéndose un barullo en su cabeza. Además de esto tiene que sobrellevar la convivencia con su familia y el recuerdo de su tía Helen, la única que supo darle cariño cuando era un niño y que murió hace años en un accidente de tráfico, lo que obligó a Charlie a reposar en un hospital psiquiátrico para detener la maquinaria de su cabeza. En sus primeros días de instituto conoce a Sam y Charlie, dos hermanastros también socialmente marginados pero que han llegado a aglutinar a su alrededor a un buen grupo de otros chicos raros. Aunque son dos años mayores que Charlie le acogen en su grupo y le incitan y apoyan con sus primeros escarceos con el sexo opuesto y las drogas. Por fin Charlie se siente parte de algo, ha encontrado una nueva familia. Uno podría pensar que ha visto muchas historias de este estilo, chico marginado se junta con otros chicos marginados, pero hay algo hermoso y delicado en la manera en que Charlie cuenta su propia historia y la de los que le rodean. Su profesor de literatura intuye su potencial y trata de nutrirle con la lectura de buenas novelas, de las que se ve obligado a escribir una redacción. Este profesor es el que suelta para mí la frase del libro, el resumen perfecto de la novela que alumbra todo a su alrededor: «Aceptamos el amor que creemos merecer». Y es que Charlie, enamorado de Sam, no se atreve a reclamar ese amor porque cree no merecerlo. Y en ese acto podemos ver tantas acciones de nuestra propia vida, tantas tardes al lado de un amigo hablando de tonterías, hablando de nuestro futuro y de las cosas que deseamos que nos ocurran. Cuando todo está aún por venir y todavía no existen hechos sino posibilidades. Cuando todavía somos infinitos, como dice el propio protagonista del libro. La novela es de 1999 y nos llega ahora propiciada por el éxito de la película. El autor, guionista y director Stephen Chbosky fue tutelado en su adolescencia literaria por Stewart Stern, guionista de la película Rebelde sin causa. También es creador de la serie de televisión Jerichó, emitida hará un par de años por la cadena Cuatro.
Las ventajas de ser un marginado es una novela llena de sensibilidad que gustará a todos aquellos que recuerdan esos días confusos de instituto regidos por unas normas todavía incomprensibles. Una novela de estilo epistolar en la que un chico encuentra un par de buenos amigos donde apoyarse. Porque todos, en algún momento, necesitamos apoyarnos en algún amigo. Porque todos en algún momento nos hemos sentido un poco marginados, ¿o no?.

sábado, abril 20, 2013

Las Eternas, Victoria Álvarez

Versátil, Barcelona, 2012. 352 pp. 17,90 €

Carmen Fernández Etreros

Una de las novedades que más me han sorprendido de literatura juvenil es la última novela Las Eternas de Victoria Álvarez, que ya me había gustado en Hojas de dedalera. Una novela diferente que sorprende en un universo literario juvenil bajo la moda de las novelas distópicas o la última hornada de novelas románticas. Victoria Álvarez combina con gran habilidad en Las Eternas el amor, la fantasía e incluso el horror con un ritmo peculiar e hipnótico.
Victoria Álvarez nos traslada en esta novela a la decadente Venecia de 1908, con sus canales sucios, sus góndolas negras y sus casas húmedas, a la que un día llegan un misterioso juguetero  llamado Gian Carlo Montalbano y su hija Silvana. Ambos se instalan en una casa en ruinas, que reforman, y abren una juguetería, "La Grotta della Fenice". El problema es que enfrente se encuentra la antigua y emblemática juguetería de los Corsini, de Venecia. En la juguetería de los Montalbano las mariposas vuelan sin hilos ni mecanismos aparentes y las muñecas hablan y se mueven, incluso son tan perfectas que parecen de carne y hueso.
Ante la llegada de este nuevo rival para su negocio Mario Corsini decide a averiguar los secretos del arte de los Montalbano e intenta entablar amistad con el juguetero y su hija, la bella y extraña Silvana. Pero Mario sin querer descubrirá que su secreto y sus cualidades artísticas superan los límites de la ciencia y la realidad y no podrá a escapar al misterio de los Montalbano.
Además de una trama diferente y original, que entronca con la historia de Mary W. Shelley y su Frankestein y quizás también con las aventuras del inolvidable Pinoccio, del también italiano Carlo Collodi, destaca el ágil ritmo con que dota la historia la autora, ya logra mantener al lector pegado a las páginas hasta que termina la novela. También los personajes Mario y su hermano Andrea, los dueños de la juguetería Corsini y la hija de Montalbano, una fémina extraña y complicada para las mujeres y los hombres de la época. Silvana sorprende tanto por su belleza como por su extraña actitud, ya que vive recluida en el taller de su padre trabajando en los innumerables juguetes que ambos crean.
El pilar de la novela es el amor entre Mario y Silvana, una pasión incondicional que está lejos de toda lógica y realidad. Uno de esos sentimientos que traspasan las fronteras de la realidad y por el que ambos personajes luchan durante toda la novela y que surge en contadas ocasiones. En suma Las Eternas es una novela juvenil ágil y dotada con una historia y unos personajes originales que atrapa al lector desde el primer momento y que es uno de los grandes aciertos de esta temporada.


Victoria Álvarez: "Los libros son la máquina del tiempo más poderosa que existe»


Con Hojas de dedalera, su primera novela, Victoria Álvarez sorprendió a un buen puñado de lectores, y no sólo aficionados al género fantástico. Ahora lo hace de nuevo con la segunda, Las eternas, una historia de mujeres artificiales, ambientada en Venecia, en que la búsqueda del amor perfecto mueve a los personajes a aventuras sin fin. En esta entrevista, exclusiva para La tormenta en un vaso, su autora nos desvela los secretos de esta nueva y esperada entrega.

Las eternas nos evoca de inmediato el mundo de Hoffman y sus mujeres artificiales. ¿Forma parte este autor de sus referencias literarias o es mera casualidad?
—La verdad es que fue una casualidad. Cuando estaba acabando de escribir la novela una de las amigas a las que les conté a grandes rasgos en qué consistía la trama me recomendó que leyera El hombre de arena porque creía que me resultaría interesante, y efectivamente me llamó mucho la atención, sobre todo por ciertas similitudes que existen entre Olimpia, la protagonista de Hoffmann, y la que yo había creado para Las eternas. De hecho, después de haber leído aquel relato decidí incluir un pequeño homenaje al comienzo del capítulo VII mencionándolo como uno de los numerosos libros que Silvana Montalbano tiene acumulados en su habitación. Dado que nuestros gustos literarios se parecen mucho estoy segura de que le habría fascinado tanto como a mí.



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viernes, abril 19, 2013

Señoría, Jaume Cabré

Trad. Daniel Royo. Destino, Barcelona, 2013. 480 pp. 19,50 €

Fernando Sánchez Calvo

Hace más de año y medio, concretamente el 17 de noviembre de 2011, descubrí gracias a una reseña de Care Santos a uno de mis escritores preferidos. Fue, y creo que es, una de las reseñas más apasionadas y visitadas que se han escrito en este blog sobre un libro. Entonces, la obra llevada a examen y crítica fue la monumental Yo confieso, también publicada en Destino. A partir de ahí, tanto Care Santos como todos aquéllos que descubrimos a Cabré ese 17 de noviembre empezamos a devorar otros títulos del autor como Las voces del Pamano, Viatge d`hivern o Señoría. Ni siquiera sabíamos entonces que ya había sido traducido en más de quince países.
No sé qué ocurre ni qué me ocurre con Cabré y no me importa que se deba a una moda de ésas que corre de boca en boca y que muchas veces inflan el prestigio de los escritores desconocidos gracias a certeras estrategias editoriales. Lo único que sé o creo que sé es que dicho prestigio no se va a desinflar en mucho tiempo. Psicología del personaje y estructura, suspense y reflexión, crítica social e intimismo, ambición formal y un “hablar llano” que tanto defendió en su día Cervantes: todo o todo lo que yo acierto a ver es equilibrio en la última novela publicada del autor catalán, y ya son muchas. Además, con Señoría nos vuelve a regalar una novela histórica de verdad, con su rigor, con su estudio de las costumbres de una época, con su vocabulario; en resumen: con su documentación, parte o paso previo que se le olvida a muchos que incurren en este subgénero narrativo tan de boga hoy en día.
El argumento de Señoría es sencillo: Rafael Massó, regente civil de la Audiencia de la Barcelona del siglo XVIII, contempla preocupado cómo el asesinato de una famosa cantante francesa en sus dominios jurídicos puede acarrear la propia caída de su prestigio y poder. Sin tiempo que perder, se detiene a un joven poeta como chivo expiatorio que además, sin saberlo, porta ocasionalmente unos documentos secretos de los que depende gran parte de la decadente aristocracia borbónica, entre ellos su señoría Rafael Massó.
Todo sale bien para el poderoso y mal para el pobre, tal y como la vida misma, pero la bendita ficción de esta obra quiere que una pasión tan vieja como los hombres, el deseo hacia las mujeres hermosas, pueda servir como última esperanza para hallar al verdadero culpable del asesinato y de esta manera reconciliar al lector con la justicia.
Corrupción + poder + miserias humanas + historia catalana + amor platónico contra el sexo más sucio e interesado. Todo ello aderezado por la melomanía ya conocida del autor. En definitiva, los mismos temas que podíamos encontrar en Yo confieso, Las voces del Pamano y otros títulos. Hay quien dice que cuanto más pequeño es el mundo de un escritor, mejor es el escritor. En ese sentido ése es el acierto de Cabré, quien, escriba una novela ambientada en la Edad Media, en la casi pseudoilustrada España borbónica o en la actualidad, siempre te habla de lo mismo y consigue que tú, como lector, quieras que te hable de lo mismo, pero de distinta manera.

jueves, abril 18, 2013

El paraíso de los gatos y otros cuentos gatunos, VV.AA

Trad. Íñigo Jáuregui. Nórdica. Madrid, 2012. 112 pp. 15 €

Victoria R. Gil

Cuatro escritores: Émile Zola, Mark Twain, Rudyard Kipling y Saki, y cuatro ilustradores: Ana Juan, Elena Ferrándiz, Adolfo Serra y Javier Olivares, son los que ha reunido la Editorial Nórdica en este delicioso libro donde los gatos son protagonistas absolutos de otras tanta narraciones con apariencia de cuento y corazón de fábula. Ignoro si esta hermosa edición responde a la necesidad, cada vez más presente, de que el libro en papel ofrezca algo más que un atrayente contenido que marque distancias con el ebook o se debe sólo al buen gusto de sus responsables, pero El paraíso de los gatos y otros cuentos gatunos se disfruta tanto por su lectura como por su cuidada presentación, hermosas ilustraciones, acogedora tipografía y cómodo formato.
Si el exterior resulta exquisito, el interior no lo es menos, y no únicamente para esos apasionados de los felinos, entre los que me incluyo, que los creen poseedores de juicio y belleza en la misma proporción, sino para cualquier lector dispuesto a conocer su naturaleza, nunca del todo domesticada. Y permite descubrir, de paso, algunos textos menos conocidos de sus muy conocidos autores.
Desde su portada, El paraíso de los gatos… lanza un guiño al lector atento con la absorta figura que, rabo en alto y sentada sobre un cojín, lee El gato negro, de Edgar Allan Poe, quizás, junto con el de Cheshire, el felino más famoso de la literatura. El ilustrador Juan Olivares nos presenta así a Tobermory, ese gato pajizo de gustos sibaritas y humanas habilidades, al que el autor británico Héctor Hugh Munro, Saki, convierte en azote de la hipocresía social.
«—¿Qué opinas de la inteligencia humana?—preguntó sin convicción Mavis Pellington.
—¿La de quién en particular? —dijo fríamente Tobermory.
—Pues… la mía, por ejemplo— dijo Mavis soltando una risita.
—Me pone usted en una situación embarazosa —dijo Tobermory, cuyo tono y actitud ciertamente no sugerían el menor embarazo—. Cuando se habló de invitarla a esta reunión, sir Wilfried dijo que es usted la mujer más estúpida que ha conocido, y que hay una gran diferencia entre la hospitalidad y la atención a los deficientes».
Si “Tobermory” pasea su dignidad felina por los salones victorianos, “El gato que andaba solo”, de Kipling, nos traslada a las cavernas y a un tiempo en que todos los animales vivían salvajes y el hombre aún no había aprendido a utilizarlos. Con un estilo que evoca antiguas leyendas de tradición oral, descubriremos el modo en que nuestros antepasados domesticaron al perro o al caballo, y el pacto al que tuvieron que llegar con los gatos, motivo por el que aún conservan su independencia, sin sentirse nunca propiedad de quienes se creen sus dueños.
Esta sabiduría, siempre pragmática, la vamos a encontrar también “El paraíso de los gatos”, de Zola, cuento que abre el volumen y donde un más que orondo gato de angora se enfrentará a una disyuntiva tan vigente en nuestro mundo de hoy como es la de elegir entre seguridad y libertad. ¿Su conclusión? «La verdadera felicidad, el paraíso, mi querido amo, consiste en ser encerrado y golpeado en una habitación donde haya carne». Zola sólo habla de los gatos, claro.
En “El gato de Dick Baker”, por último, vamos a conocer a dos duros mineros, buscadores de oro y de lo que haga falta: Dick Baker y su gato, en el que no falta, como es habitual en Mark Twain, un punto de humor para aliviar la esforzada labor que ambos realizan. Y peligrosa, como descubrirá Tom Cuarzo (el felino protagonista del relato), tras sobrevivir a un inesperado accidente y terminar con «una oreja en el cogote, la cola en punta, las pestañas chamuscadas, negro de pólvora y humo, y cubierto de cieno y barro».
Un espléndido trabajo el de Nórdica que nos hace lamentar, únicamente, su brevedad, y una lectura que no siendo propiamente infantil, hará disfrutar a cualquier niño, además de acercarlo a los grandes nombres de la literatura universal.