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miércoles, junio 07, 2017

Invasiones, Ismael M. Biurrun


Valdemar, Madrid, 2017. 384 pp. 14,50 €

Ariadna G. García

Ismael M. Biurrun (1972) es, sin duda alguna, uno de los autores imprescindibles de la narrativa española actual. Y no me refiero a la novela de género, tan denostada y marginada en nuestro país. Quienes leen mis reseñas ya saben que llevo una década reivindicando que ciertos autores de la novela fantástica, gótica, prospectiva… están haciendo literatura de verdad, que publican libros de calidad exquisita, que poseen voces muy personales con las que muestran la vida desde ángulos insospechados, y cuyas historias –poderosamente atractivas– nos obligan a dar sorprendentes giros dramáticos. Me refiero a narradores que mezclan géneros, que no siguen los raíles de las convenciones ajenas, que gustan de exprimentar rutas originales, como Emilio Bueso, Jon Bilbao, Luis Manuel Ruiz, Roberto de Paz, Guillem López o el propio Ismael M. Biurrun. Este último ha publicado seis obras: Infierno nevado; Rojo alma, negro sombra (451); Mujer abrazada a un cuervo, El escondite de Grisha (ambas en Salto de Página), Un minuto antes de la oscuridad (Fantascy) e Invasiones (Valdemar). Su segunda novela le granjeó los premios Celsius y Nocte en 2009; la tercera, el Celsius en 2011. Mujer abrazada a un cuervo y El escondite de Grisha son dos novelas excepcionales, de las que se disfrutan y se releen porque gusta estar en ellas. Biurrun no ya sólo domina el ritmo del relato, sino que tiene un estilo primoroso, lírico, le encanta trabajar con las palabras y eso se nota, es un mago de la retórica y de la sugestión. Por otro lado, sabe crear personajes complejos y situaciones conflictivas que resuelve con soltura. Su última obra, Invasiones, supone un giro con respecto a estas premisas. En esta ocasión, Biurrun nos entrega tres novelas cortas en un solo volumen. Cada una nos ofrece una pesadilla distinta. La primera, Coronación, relata el asedio a Madrid de una plaga de langostas. La segunda, El color de la Tierra, describe cómo la superficie de Valencia se agriteta y se hunde. La tercera, Nebulosa, narra una lucha milenaria entre microorganismos que atraviesan la atmósfera a lomos de un asteroide. En estas nouvelles, Biurrun prescinde de las marcas de la casa (lirismo, profundidad psicológica, fina caracterización de los personajes) en pos de la contundencia de un género más breve y condensado. En su lugar, se desliza hacia la narrativa de terror, con episodios realmente macabros, de los que te dejan con mal cuerpo y prefieres borrar de la imaginación acabada la lectura. La primera historia es muy buena (también la más cercana al estilo de Biurrun). A la plaga se suman varias crisis (afectivas, familiares, económicas) que arrinconan a los protagonistas en lo alto de una edificio de lujo de la capital. La amenaza que sufre el mundo externo sirve como caja de resonancia que amplifica los dramas íntimos de los personajes. La tercera, pese a lo gore o repulsivo de alguna escena, tiene un final sorprendente, perfecto. Biurrun es un novelista al que le gustan los retos. Invasiones es un libro arriesgado, demasiado escorado –en mi opinión– hacia un público muy específico, que, necesariamente, se deleitará con sus páginas. Más aún con esta bella edición en tapa dura de Valdemar. Por mi parte, yo ya estoy deseando que Ismael recupere sus señas de identidad. Mujer abrazada a un cuervo no es una buena novela de fantasía, sino una de las mejores obras publicadas en este país en lo que llevamos de siglo.

viernes, mayo 05, 2017

La casa del álamo, Kazumi Yumoto


Trad. Rumi Sato
Nocturna, Madrid, 2017. 181 pp. 14,50 €

Santiago Pajares

Descubrí a Kazumi Yumoto con su preciosa primera novela Los amigos, publicada por Nocturna Ediciones hace dos años. Tras ella, al año siguiente, llegó la inquietante Viaje a la costa, también con Nocturna, una novela más oscura y con más carga psicológica. Cuando me llegó La casa del álamo, no podía dejar de preguntarme qué estilo habría seleccionado Kazumi Yumoto esta vez. La literatura japonesa es capaz, muchas veces, de tratar temas livianos y etéreos con una magistral sencillez. La muerte y el mundo de los espíritus, siempre entrelazada con la vida diaria de los personajes, nos da a entender que todos estamos aquí de paso, cambiando para ser otra cosa hasta al final convertirnos en nada. La casa del álamo nos habla de eso, de una niña que entabla una peculiar relación con la casera de su bloque de apartamentos, la anciana que entregaba cartas a los muertos. Una novela corta que puede ser leída tanto por adultos como por jóvenes, de ahí su gran poder, porque no hay mejor manera de tratar asuntos graves que con una voz clara y sencilla.
La historia está contada desde la voz de Chiaki, una enfermera en plena crisis existencial que es informada sobre la muerte de la casera del bloque de apartamentos donde vivió tres años de pequeña. Inesperadamente, y aunque hace décadas que no sabe nada de ella, decide ir a su funeral. En el viaje recordará todo lo que vivió allí, en la casa del álamo. Chiaki sólo tenía seis años cuando llegó allí por primera vez, sola con su madre y el recuerdo aún fresco de su padre fallecido. Pero la vida no se detiene, y la pequeña y su madre tienen que continuar con sus estudios y trabajos mientras tratan de asimilar la noticia. La ansiedad de lidiar con ello le trae a Chiaki unas fiebres tan grandes que tiene que ser hospitalizada y después guardar reposo en casa. Allí es donde conoce a la anciana, que la cuidará mientras su madre va a trabajar y le contará su gran secreto: Ella es una mensajera de los muertos. Los hombres y mujeres de la zona le escriben cartas a sus seres queridos fallecidos y ella las entregará en su ataúd al otro mundo cuando muera. Mientras, las va guardando en un cajón cada día más lleno. Cuando esté repleto, morirá. La pequeña Chiaki tiene entonces la oportunidad de escribir a su padre para contarle su día a día, y descubre lo que la anciana ya sabía, que escribir calma el espíritu y ayuda a comunicarse, más que con los muertos, con una misma a través de la letra impresa. Tras la novela Los amigos, Kazumi Yumoto vuelve a tratar los mismos temas con un nuevo enfoque. El paso de la infancia a la madurez, la relación de jóvenes y ancianos y la muerte siempre presente, como un calendario que nunca caduca.
La casa del álamo es una novela breve que se lee en dos tardes pero cuya esencia se va a quedar con nosotros mucho tiempo. Tanto como ese álamo, que con su pérdida y renacer de las hojas, nos marca las estaciones del año. También apuntar la preciosa edición de Nocturna Ediciones, que cuida tanto sus libros como a los autores que nos descubre. Quedamos a la espera de la siguiente novela de Kazumi Yumoto, una autora para apuntarse el nombre

lunes, enero 23, 2017

Solo con invitación: De la vida vulgar, Fernando Sánchez Calvo


Triskel Ediciones, Sevilla, 2016. 178 pp. 13 €

Fernando García Maroto

Aparecida casi simultáneamente junto con su segundo libro de cuentos (no olvidemos que Los nombres propios de la pared vio la luz en la primavera de este mismo año), De la vida vulgar es la primera novela, y esperemos que no la última, del madrileño Fernando Sánchez Calvo.
Dani, el singular protagonista de esta historia familiar, vive esperando la muerte de su padre, enfermo terminal; pero en su cuaderno de notas, como anticipación evidente de lo que va a suceder, y también como catarsis tal vez estéril, su padre ya ha muerto. Y es que Dani será incapaz de soportar y hacer frente a esta muerte tan crucial en su vida, como también lo es en la vida de todos.
Egoísta, misógino, quizá misántropo, despreciable e incapaz de comunicarse o entablar cualquier tipo de relación afectiva no sólo con sus semejantes (ente colectivo muy abstracto) sino también con el resto de sus familiares o amigos, Dani va cayendo por un precipicio de autodestrucción y miseria del que difícilmente podrá escapar.
Su vida real no le parece suficiente, no le parece satisfactoria; y en su cuaderno de notas es donde va teniendo lugar esa otra vida que Dani quiere llevar, sin saber, o tal vez intuyéndolo en el fondo, que ni esa vida ni otra le servirán, porque, como él mismo dice, “no es de este mundo”.
Las mujeres de su vida, que son muchas y todas más fuertes y decididas que él, no conseguirán salvarlo. Estos personajes secundarios, que para Dani no son otra cosa que satélites atrapados en su hipnótico campo magnético, orbitan alrededor del protagonista constantemente, como contrapunto indispensable a semejante personaje, del que no esperamos otra cosa que su merecido castigo (aunque habría que comprobar la capacidad y la autoridad de cada uno de nosotros para lanzar la primera piedra que dé el pistoletazo de salida), pues el gran oficio del autor consigue que el personaje principal de la historia no inspire ternura ni piedad, pero siempre queremos saber más de él.
Y todo esto, que es tan duro y doloroso, que sería complicado soportar en otras circunstancias no tan literarias, Sánchez Calvo nos lo cuenta como mejor sabe hacer: la novela fluye sin apenas darnos cuenta, con tres capítulos iniciales fantásticos que constituyen un punto de partida inmejorable; los personajes, gracias a sus palabras, parecen estar vivos, y de este modo es mucho más sencillo comprender sus motivaciones y sus penas; los guiños y los símbolos, amén de ese gusto por el juego y las reglas que le son propias; el sentido del humor (marca de la casa) trufa el texto con pinceladas justas y necesarias, como las que podemos encontrar en los delirios de Dani en varios capítulos de la novela; y los diálogos, siempre los diálogos, donde sobre todo, aunque no única y exclusivamente, nuestro autor demuestra sus tablas y su oficio.
En definitiva, una novela no tan breve ni, desde luego, tan vulgar como para que no podamos disfrutarla como se merece, con calma, con perspectiva, con la seguridad de que pasaremos un rato divertido mientras dure el viaje de la lectura y también después, porque Dani y las demás, aunque esto pueda ser casi una amenaza dadas las circunstancias, formarán ya parte de nuestra familia.


Fernando Sánchez Calvo: «Una cosa es ser sentimental y otra un llorón literario»


Llega a nuestras manos la primera novela de Fernando Sánchez Calvo, De la vida vulgar(Triskel Ediciones, 2016); donde volvemos a encontrar la voz singular de este autor madrileño, así como buena parte de los temas que le son tan caros. Una vez más, y ya van dos, desde este blog, le agradecemos que nos dedicara un poco de su tiempo para responder a este breve cuestionario.

Esta novela, De la vida vulgar, supone su primera incursión en este género narrativo. ¿Se ha sentido más cómodo, ha disfrutado más con ella que con los cuentos?
—Se puede decir que he disfrutado de la incomodidad de la primera vez. Más habituado al cuento, cuya estructura y trabajo es más implosivo, parecido a un poema, me he deleitado con el “dulce sufrimiento” que supone enfrentarte a un técnica, una extensión, que en principio no dominabas. Aun así, tenía la estructura de ésta ya trazada, lo cual ayuda, y mucho. No es que el cuento no necesite una planificación, pero con que te ronde diez días por la mente es suficiente. En cambio, en la novela me he tenido que poner a dibujar, como si fuera un arquitecto, la estructura previamente.


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viernes, diciembre 16, 2016

El camino del perro, Sam Savage


Trad. Ramón Buenaventura
Seix Barral, Barcelona, 2016. 152 pp. 16,50 €

José Morella

Esta novela habla, en principio, sobre artistas diletantes y sobre el peligro del diletantismo. Dicho peligro es más sutil de lo que parece. Si un artista es honesto consigo mismo se dará cuenta de que resulta tremendamente difícil discernir si su arte se nutre de sus neurosis egóticas o de la necesidad genuina de comunicar o expresar. Por supuesto, la neurosis no es algo de lo que se salga para no sufrirla nunca más. Lo que ocurre casi siempre es que transitamos una y otra vez de la neurosis a la cordura, del deseo frívolo de ser aplaudido al trabajo serio y humilde, al trabajo digno.
El camino del perro va de eso: de la dignidad o de su ausencia. Y no solo incumbe a artistas: todas las personas, en nuestra vida cotidiana -tratando con los otros, trabajando, estando con los amigos y con la familia- somos responsables de nuestra propia dignidad, de hasta qué punto forzamos la realidad para que se adecue a nuestros deseos y nuestros miedos o hasta qué punto trabajamos dignamente con ella sin querer imponer a toda costa el "qué hay de lo mío" o el "que no me toquen lo mío".
Los que escribimos sabemos de esto un rato. Tengo la sensación de que la gente que tiene que leer este libro -los artistas megalómanos, los escritores de foto de cubierta con mano en la barbilla, los editores y marchantes de arte maquiavélicos y el resto de gente que se pasa mucho más tiempo maquinando que creando- no lo leerán, o lo leerán sin sentirse aludidos.
Harold Nivenson, el anciano protagonista, revisa su vida desde dos miradores: su cercanía con la muerte y su olímpica misantropía: «Durante los fines de semana (las personas felices) se arraciman y apretujan en los jadines traseros y en los parques, sonriendo y meneando la cola como perros». Los personajes misántropos son maravillosos. Sin ellos la literatura quedaría huérfana, severamente achicada. Una de las ventajas de los cascarrabias es la distancia con la que miran el mundo. En el caso de Savage esa distancia ofrece a la voz narrativa una objetividad tangencial y deliciosa, a la vez que triste. Harold Nivenson -por eso es un personaje tan conseguido- no reserva la misantropía a los otros: una de sus principales dianas es él mismo. Su juventud y su madurez. La absurdidad de su tenaz vocación por el éxito, por ser especial, por ser un escritor y un artista admirado, por rodearse de gente famosa y brillante.
Nivenson lleva toda la vida escribiendo anotaciones en trozos de papel que ahora encuentra por toda la casa: «No puedo abrir un libro sin que de él no caiga algún papel. No sé qué era lo que esperaba conseguir.» Habla con la perspectiva que da el tiempo: eso que esperaba conseguir, fuera lo que fuera, ya no está al alcance. De hecho, Nivenson ni siquiera recuerda qué era aquello tan deseado.
Lo que cuenta la novela es poco, porque poco es lo que Nivenson hizo con su vida: a partir de una relativa fortuna familiar que no se ganó él mismo, se dedicó a hacerse un pequeño nombre como marchante de arte y a mantener ilusiones de ser un gran escritor. Compró una casa que llenó de cuadros. La casa fue atrozmente ocupada por gente que iba allí para estar con Meininger, el gran artista a quien Nivenson admiró y esponsorizó de un modo estúpido y casi delirante. Ese pintor irresponsable y suicida hizo lo que le dio la gana con él, y él se dejó. Meininger lo usó de un modo ruin, sin contemplaciones, sin disimulos. Lo traicionó. A Nivenson lo perdió su afán de notoriedad. Ser el mejor amigo de un supuesto genio de la pintura. Así desperdició su vida. La historia no tiene nada de especial. Lo valioso del texto es la minuciosidad del narrador para analizarla y la impresionante honestidad con la que se confiesa. Impresiona tanta lucidez. Es un comentario a la propia vida repleto de avisos para que el lector no desperdicie la suya. Son avisos no siempre evidentes, pero siempre certeros. El narrador, cuando nos habla, ha mudado ya muchas pieles de serpiente. Todos las mudaremos. Nuestra identidad cambiará y sufriremos, o nos resistiremos a cambiar y sufriremos más todavía. Nivenson nos avisa de las trampas que nos hacemos a nosotros mismos. Las disecciona. Son las peores trampas que hay. Es posible, de hecho, que sean las únicas que verdaderamente existen.
Nivenson, de joven, era ingenioso. Discutía de todo en las fiestas, las animaba, las colonizaba con su presencia encantadora. Era el foco de atención. Su verborrea estaba preñada de una "listeza elevadísima". La melancolía de la voz anciana del narrador recordando aquellas fiestas es punzante porque es lúcida. En realidad, el enorme esfuerzo por lucirse del joven Nivenson era patético. Era -según el propio texto- histérico.
Nivenson vive en su casa, la casa que compró y de la que se considera esclavo, y en ella se convierte en una especie de anti-Walden. Su afilada inteligencia lo ve todo: comprende muy bien, sin necesidad de aislarse en la naturaleza como el personaje de Thoreau, en qué consiste la vida de gran parte de los habitantes de las sociedades modernas: la obsesión por el triunfo, la competitividad innecesaria, la carrera absurda hacia ningún lado.
No reventaré aquí la imagen perfecta que Savage consigue de la institución familiar a partir de la afición a hacer puzles. Es uno de los símiles más eficaces que he leído en una novela, y sirve de maravilla para explicar al personaje, o al menos para enmarcarlo en algún sitio y entender tanto su inteligencia como su amargura.
El camino del perro es una novela sobre los sacrificios inútiles. Es extrañamente hermosa, casi hipnótica, y si es leída con atención difícilmente queda uno indemne. Todos hemos hecho algún sacrificio inútil alguna vez, y algunos de nosotros tal vez estemos dedicando nuestra vida entera a uno de ellos.
«El yo no es un hombre feliz», dice Nivenson. En realidad, aunque no lo sepamos, no somos ese personaje que nos hemos creado y que va por el mundo pescando halagos o creyéndose mejor que el resto de la gente. Somos otra cosa. Ese personaje, al final, como le pasa a Nivenson, nos cansa. Nos agota.

miércoles, noviembre 09, 2016

Cada día es del ladrón, Teju Cole


Trad. Marcelo Cohen
Acantilado, Barcelona, 2016. 143 pp. 16 €

Ignacio Sanz

Tengo un desconocimiento oceánico de la literatura africana. Claro que la literatura se ve cada vez más sometida a influencias internacionales. Pero no, pese a todo, cada país tiene unos rasgos, una idiosincrasia que le diferencia. Leí en su día algún libro de Wole Soyinka, el combativo caballero Soyinka, nigeriano como Cole y, como él, muy vinculado con Estados Unidos. Por eso no sabría decir si estamos ante un autor nigeriano o ante un autor norteamericano que nació en Nigeria. Algunos de los capítulos de este libro dejan un aroma que recuerda los relatos descarnados del realismo sucio. Tampoco sabría decir si estamos ante un diario de vacaciones, ante un libro de viajes o ante una novela que rezuma picaresca y bandidaje a pequeña escala. El autor, médico de profesión, tras casi veinte años fuera de su país, vuelve a casa para encontrarse con sus familiares. Antes de regresar, en las oficinas del consulado donde acude para agilizar el papeleo, comienza el calvario, es decir, los pequeños sobornos, las mordidas que prácticamente ya no abandonan el libro hasta el último capítulo. Y todo se produce con cierta normalidad. Como se producían en la España en tiempos de Franco. Los funcionarios ponen la mano porque cobran unos sueldos miserables y todo el mundo acepta que hay que sobrevivir con los pequeños sobornos que tanta desconfianza crean en el ambiente porque nunca se sabe dónde está el tope. Desde el funcionario de aduanas, hasta el oficial del ejército o el guardia municipal. Todo el territorio es un campo minado. Por supuesto que tienen también grandes corruptos como los nuestros, pero esos, cuando se extralimitan en su codicia y les pillan, van a dar con sus huesos a la cárcel. Robar sí, pero en sus justas proporciones.
Me ha venido muy bien leer este libro porque, sin salir de casa, me ha trasladado a Nigeria, a sus costumbres, a su modo de vida, a alguna de sus ciudades superpobladas, especialmente a Lagos que casi alcanza los 13 millones de habitantes, a sus cíclicos accidentes de avión, a sus sistemas de transporte terrestre, a sus comidas, a su hospitalidad, a su religiosidad, a sus ladrones despiadados, de la misma manera que En la Patagonia, de Bruce Chatwin, me llevó a conocer de primera mano una de las regiones más desoladas y literariamente más atractivas del cono sur americano.
Y todo escrito a lo largo de 27 capítulos en los que el autor se hace eco de su vida cotidiana, de sus movimientos, sus paseos por los museos, sus reencuentros con los viejos amigos y familiares. Algunos de estos capítulos podrían funcionar como cuentos breves. Ahí está la gracia para no caer en el costumbrismo, para trasladar al lector la emoción y la sorpresa. Además de escribir, Teju Cole se dedica a la fotografía de manera que intercaladas entre los capítulo del libro ha ido dejando unas cuantas imágenes que nos ayudan a completar la visión de este rompecabezas caótico en trance de transformación que es Nigeria. Sorprende por la amenidad y la eficacia narrativa, pese a que a veces resulte descorazonador saber que hay mucha gente en el mundo que, más allá del clima tropical, no acaba de salir de los pequeños infiernos en los que, por mor del subdesarrollo, se han convertido sus países.

miércoles, septiembre 07, 2016

Los papeles de Aspern, Henry James


Trad. Catalina Martínez Muñoz
Alba minus, Barcelona, 2016. 168 pp. 10 €

Ana Gamero Escudero

Con motivo del centenario de la muerte de Henry James, han salido a la luz nuevas ediciones de sus obras, como es el caso de Los papeles de Aspern de Alba minus, que nos dan la oportunidad de revivir al aclamado escritor americano a quienes lo hemos leído y lo acercan a quienes todavía no han disfrutado de su lectura. Henry James (1843-1916) nació en Nueva York, aunque la mayoría de su vida la pasó en Europa e incluso llegó a convertirse en ciudadano británico en 1915, justo después del comienzo de la Primera Guerra Mundial y un año antes de su muerte. En su carrera literaria, James escribió narrativa romántica con personajes redondos y llenos de contrastes, brillantes ensayos políticos y sociales (sobre todo centrados en temas de clasismo y estatus), y exploró a fondo ideas como la libertad personal, el feminismo y la moralidad. En cuanto a su estilo, aunque en sus obras encontramos influencias de maestros del realismo y el naturalismo como Balzac, Dickens y Hawthorne, a James se le considera un escritor de transición entre el final del movimiento Victoriano y el principio del Modernismo, mayormente por el gran desarrollo que hace de sus personajes y sus ideas en innovadores monólogos interiores.
La novela corta que nos concierne, Los papeles de Aspern, no es una de las más conocidas del autor americano, aunque merece situarse entre sus mejores obras de ficción. Publicada en 1888, ya que fue escrita durante la estancia de James en Florencia, es una muestra de la enorme habilidad que el escritor poseía para crear dramas psicológicos, a través de la intriga y la seducción. Tiene como argumento la aventura de un editor que se propone recuperar unas cartas del fallecido (y ficticio) poeta Aspern. Llega a sus oídos que las inéditas cartas están en posesión de su antiguo amor y, sin dudarlo, se presenta en su mansión veneciana, aún sabiendo que su tarea no será nada fácil. Las descripciones sobre la decrépita mansión y la reclusión de sus inquilinas, Juliana Bordereau y su solterona sobrina, recuerdan al halo de melancolía y polvo que envuelve a la señorita Havisham y a su protegida Estella en Grandes Esperanzas de Dickens. James consigue mantener el interés de quien lee la novela de dos formas: primero, a través del argumento externo que ocupa la búsqueda de los papeles de Aspern (los concienzudos planes del editor, la amistad que poco a poco surge entre él y Tina, las trabas que Juliana les pone…), y segundo, mediante la lucha interna y el declive moral del protagonista, de las que el autor nos hace partícipes con un magnífico uso de la primera persona y el monólogo interior. A principios de verano, el editor bromea para sí sobre qué está dispuesto a hacer para conseguir los papeles, y a lo largo de la historia presenciamos el claro cambio de tono en sus pensamientos y la sucesiva corrupción de sus valores.
El interés de James por cuestiones como la identidad nacional y el contraste entre Europa y Norteamérica, que desarrolló en la mayoría de sus novelas, se materializa en esta obra en la figura de Jeffrey Aspern. Y es que sus personajes estadounidenses tienden a representar el progreso y la evolución, en contraposición a los personajes europeos. Sin embargo, James no alababa sin criterio a sus compatriotas, también los consideraba vacíos culturalmente y materialistas, lo que se refleja en el carácter de conocidos personajes como Daisy Miller o, en el caso de Los papeles de Aspern, de Juliana y del propio poeta. Por eso, aunque algunas de las teorías más extendidas defienden que tras el nombre de Aspern se oculta el poeta romántico Shelley, que vivió y murió en Italia, o incluso su contemporáneo Lord Byron, todo apunta a que, en realidad, James se refería al americano Edgar Allan Poe. De hecho, varios críticos apoyan esta hipótesis en la existencia de Sarah Whitman, una anciana que estuvo prometida con Poe y cuya historia es muy parecida a la de la señorita Bordereau. Además, también sustenta esta teoría el hecho de que James no se llevara demasiado bien con Poe y quisiera hacerle una crítica velada con esta obra, un poco al estilo Quevedo-Góngora.
Los papeles de Aspern es una novela corta, pero en la que Henry James no escatimó en demostrar sus mejores habilidades, aquellas que lo han situado entre los escritores y estudiosos más prestigiosos de su época. En general, esta es una historia sobre manipulación y codicia, un debate entre ambición y moralidad que nos hace preguntarnos: ¿hasta dónde se puede llegar?, ¿cuánto pueden cegarnos el egoísmo y el orgullo?, ¿qué precio estamos dispuestos a pagar por nuestro beneficio personal? James captura magistralmente ese diálogo interno que nos hace convencernos de una cosa, excusarnos para cambiar de opinión una y otra vez, e incluso llegar a proyectar nuestros sentimientos en la forma en la que vemos a las personas que nos rodean. Porque, al final, esta no es solo la historia de un editor buscando unos interesantes papeles, sino el intento de entenderse y conocerse a sí mismo.

viernes, septiembre 02, 2016

Un amor que destruye ciudades, Eileen Chang


Trad. Anne-Hélène Suárez y Qu Xianghong
Libros del Asteroide, Barcelona, 2016. 120 pp. 17,95 €

Fermín Herrero

Es de congratularse que la espléndida colección de narrativa de Libros del Asteroide llegue a su número 167 y lo haga con Un amor que destruye ciudades, primera obra traducida a nuestro idioma de Eileen Chang, escritora imprescindible de la literatura china del s.XX. Esta nouvelle se une a otras tres obras fundamentales, muy importantes además para conocer la convulsa y dramática historia del siglo anterior, de la novelística del gigante asiático publicadas previamente por la misma editorial: Familia de Ba Jin, El pequeño guardia rojo de Wenguang Huang y Vientos amargos de Harry Wu.
Un amor que destruye ciudades –que se completa en la edición con el cuento Bloqueados, sobre un encuentro casual en un tranvía que puede derivar en relación amorosa- bajo una apariencia de novelilla ligera y sentimental tiene su aquél. El tempo narrativo se desarrolla de manera lineal, con leves y necesarios flashbacks. La acción transcurre entre 1940 y 1941, año en el que, a finales, llega la guerra mundial a Hong Kong –junto a Shanghai, los dos escenarios de la historia y a su vez los dos lugares donde vivió la novelista antes de exiliarse a Estados Unidos- y con ella los tiempos de zozobra.
El ámbito inicial en el que nos sumerge Chang es la mansión de los Bai, donde todo marcha a la antigua usanza y la vida se regula según ritos y maneras tradicionales, a favor de «los principios naturales que rigen las relaciones humanas», es decir, de las cinco virtudes “constantes”, a saber: humanidad, justicia, decoro, sabiduría y fidelidad a la palabra dada, que guiaban desde tiempos inmemoriales el código ético chino, con las que arrambló la Revolución Comunista, como mostraba con maestría David Kidd en Historias de Pekín, otra narración indispensable en torno a lo que venimos hablando y también editada en su día por Libros del Asteroide. Por tanto, contraria a la amenaza legislativa moderna, tan arbitraria como tornadiza en ocasiones, «La ley hoy dice una cosa y mañana otra».
El desastre venidero lo intuye, lo presagia tal vez, el protagonista: «Algún día nuestra civilización quedará completamente aniquilada; todo habrá acabado, habrá ardido, estallado, habrá quedado derruido». Y tanto, por eso, como hemos anticipado, El pequeño guardia rojo de Wenguang Huang y Vientos amargos de Harry Wu, son dos lecturas complementarias de primera magnitud. Todavía recuerdo la impresión que me produjo en su día esta última, veinte años de humillaciones y horror bajo la represión criminal maoísta; y posteriormente la anterior, con el espanto de la Revolución Cultural y el caos de los tiempos que la siguieron. Aunque sea con Familia de Ba Jin, situada dos décadas antes, con la que más se relaciona, en cuanto en ambas la indolencia apática de generaciones, los matrimonios concertados y demás tradiciones atávicas, peligran por el empuje de las nuevas ideas que traen los jóvenes.
Al comienzo del relato, esa especie de “morada de inmortales” de los Bai, con el tiempo detenido, transmite un sosiego ancestral, una mansedumbre de mujeres bordando con esmero y de hombres tocando en la penumbra de “un balcón ruinoso” una cadenciosa melodía con el chirriante y melancólico huqin, típico violín de dos cuerdas, mientras se dialoga en torno a unas tazas de té “zarcillo de jade primaveral” o “pozo del dragón”, entre platillos de incienso. Pero la calma chicha, amasada por secretos familiares asumidos o bien impuestos, se rompe cuando aparece una reputada casamentera y la protagonista, divorciada y aun así sujeta a la opresión del clan, se rebela contra su ostracismo al entrar en relación con un pretendiente occidentalizado.
A partir de ese momento, por encima de los líos domésticos provocados por mujeres dominantes enfrentadas, del vil metal y de la caída de una clase social privilegiada que sólo puede mantener su nivel de vida vendiendo posesiones, Chang hilvana con mucho acierto una trama que se inclina hacia lo romántico, manteniendo el suspense, pues no se sabe si las vicisitudes del cortejo o lucha amorosa que se muestran sobre todo en una composición de diálogos de una finura psicológica ejemplar, terminarán con la protagonista de amante, querida o esposa, incluso despechada y repudiada.

lunes, julio 18, 2016

Fuimos amigos, Mills Fox Edgerton


Ediciones Irreverentes, Madrid, 2015. 138 pp. 13 €

Pedro Pujante

La literatura actúa a veces como catalizador de emociones. A más de un escritor se le ha escuchado aquello de que no buscaba hacer pensar sino describir un paisaje emocional. A través de un texto se consigue explosionar un cúmulo de recuerdos, que al final, no son imágenes racionales de lo que hemos vivido, sino de lo que hemos sentido. La memoria es sentimental, es esa magdalena degustada por la emoción que nos convierte en viajeros mentales del tiempo.
Estas reflexiones me ha sugerido la novela Fuimos amigos de Mills Fox Edgerton (EEUU, 1931), políglota e hispanista, con una abundante obra en castellano. Esta historia, que parece haber sido escrita por un español hijo de la dictadura, combina dos espacios y los superpone para construir una ficción seductora e íntima. Por un lado, el dibujo preciso y acertado de la España de posguerra; por el otro, la geografía sentimental de un hombre que vivió este tiempo gris pero luminoso.
Como si hablase en voz baja, el narrador de Fuimos amigos desgrana historias y anécdotas en primera persona, sobre su propia realidad pero que convocan los fantasmas de un período de nuestra España: el franquismo, la censura, la penuria. Pero, no nos equivoquemos, este no es un libro político, o al menos, no es solo un libro en el que la política está presente. Esta pequeña historia es una sincera interrogación sobre la amistad, sobre el amor, sobre los borrosos límites de ambos sentimientos, sobre la propia tarea de VIVIR.
Novela-monólogo, de carácter testimonial, Fuimos amigos nos hace transitar el pasado, y nos devuelve estampas vívidas de nuestro país, pero siempre filtradas por la mirada tierna de un niño, de un joven, de un hombre de carne y hueso. De su curiosidad, de sus deseos de aprender de la vida, de la experiencia. Sus viajes a París, a Argentina, a otras ciudades de España. La cultura como puerta de libertad individual en una sociedad cerrada y, hasta cierto punto, angustiosa pero que consigue transformar el lodo de los años en arcilla existencial.
Quizá el mayor acierto de este libro esté en contar una historia leve, sin estridencias, pero con un gran peso emocional. Una historia –contada sin patetismo ni efectos especiales- sobre un tiempo duro y oscuro, pero iluminado por la mirada inocente de un narrador en busca de la belleza.
Un viaje por la memoria que te hará reflexionar.

viernes, julio 15, 2016

Marienbad eléctrico, Enrique Vila-Matas


Seix-Barral, Barcelona, 2016. 128 pp. 16,50 €

Pedro M. Domene

Enrique Vila-Matas convierte cada uno de sus proyectos narrativos en un experimento de autenticidad absoluta, y entonces explora las múltiples posibilidades que ofrece contar historias, y aun afianza ese propósito cuando convierte sus textos en auténtica literatura y se vislumbra así una mayor visión de su obra que se confunde con esos muchos autores que durante décadas han conformado una praxis literaria propia, y leyéndolo no resulta nada raro encontrar la huella de Samuel Beckett, Roberto Bolaño, Marcel Duchamp o Arthur Rimbaud que, en esta nueva entrega, Marienbad eléctrico (2016), rastreamos página a página, y que, como él, fueron autores que generaron formas distintas de un mismo discurso.
En un texto como Marienbad eléctrico, la literatura se convierte en el elemento central, puesto que, entre otras, ofrece perspectivas móviles, y nos invoca para disfrutar de citas y apropiaciones textuales que derivan a un formato válido y tan ensayístico como narrativo, y/o en el mejor los casos a una suerte de diario-progresivo que se ha venido ejecutando durante años, y en lugares distintos, aunque el café Bonaparte de París se convierte en el escenario donde ese intercambio de ideas, sin ninguna inhibición, conforma y afianza la amistad entre la artista de vanguardia francesa Dominique Gonzalez-Foerster fascinada por las realidades paralelas y las conexiones invisibles, sensible por las distancias relativas en el arte o el mundo de la imaginación, y celebrada porque experimenta con procesos distintos que abarcan disciplinas muy originales: diseño e instalación, escritura y fotografía, o proyecciones de video, siempre con una indagación constante del espacio y el tiempo para convertir su arte en materia literaria; y el escritor español, Enrique Vila-Matas, el autor de numerosos paradigmas en torno a esa nueva forma de “escribir novelas” que proyecta su obra a una dimensión tan plástica como universal, maestro de la autoficción, la metaliteratura, y dueño de un especial sentido del humor y de la ironía que caracteriza y se extiende por el conjunto de su obra, y aun añade numerosas reflexiones sobre el arte y esos lugares de una geografía reconocida como los que ensaya en sus textos. Y, en esta ocasión, el título, sin que eso signifique una obligada deuda, alude a la extraña fascinación del narrador por la película El año pasado en Marienbad, que dirigió Alain Resnais en 1961, con un no menos extraño e incompresible guión de Robbe-Grillet; pero, sin duda, es el recuerdo de la curiosa visión que tuvo el narrador durante los días que pasó en dicha ciudad.
Un libro como Marienbad eléctrico pone de manifiesto la extraña energía creativa que el paso de los años ha generado, tanto en Dominique como en Enrique, su incansable intercambio de ideas, y convierte el texto en un suerte de diario entre el narrador EVM y su interlocutora DGF cuyos comentarios sobre arte y existencia postulan a ambos en esa suerte de equívoco preconcebido sobre la vanguardia y los paradigmas que rodean al concepto universal de la creación artística. Y, por añadidura, muestra el delicado testimonio de esa perfecta relación de admiración, el recuento de una amistad que acoge tanto la incertidumbre como el desencuentro, incluso la objeción como ingredientes indispensables en sus respectivas obras.

miércoles, mayo 25, 2016

Vidas frágiles, noches oscuras, Hiromi Kawakami


Trad. Marina Bornas Montaña. 
Acantilado, Barcelona, 2015. 176 pp. 18 €

Santiago Pajares

No sé bien qué lleva a una profesora de biología a escribir novela, como es el caso de Hiromi Kawakami. Quizá, habituada a estudiar a los seres vivos decidiera dar el salto a los más complejos emocionalmente, los seres humanos. Lo que sí sé es que bajo el microscopio que son sus novelas, podemos ver todas las fibras de sus personajes, sus motivaciones y dudas. Y es que a lo mejor, para ella todos seamos lo mismo. Descubrí a Hiromi Kawakami con El señor Nakano y las mujeres (Acantilado, 2012) y desde entonces he leído casi todas sus novelas, como al parecer el resto de los japoneses, que la han convertido en una de las escritoras más leídas. Es bueno saber que hay vida más allá de Murakami.
De todas sus novelas Vidas frágiles, noches oscuras es la que más se centra en las relaciones sentimentales, que ocupan la totalidad del libro. Escrita en tercera persona, cada uno de los capítulos esta contado desde el punto de vista de uno de los personajes, que verá a los otros desde su personal perspectiva. Así el libro se acabará convirtiendo en un pequeño juego de ventanas desde donde poder atisbar vidas ajenas: La vida de Lili. La de Yukio. La de Haruna. La de Akira. La de Satoru. Las nuestras.
Lili está casada con Yukio. Yukio tiene una amante, Haruna. Haruna tiene otro amante, Satoru. Lili conoce a Akira en el parque y tras un breve encuentro comienzan a verse de forma regular. Akira resulta hermano de Satoru. Y lo que podría parecer un pentágono amoroso resulta una detallada lista de arquetipos de relaciones sentimentales, cada uno de ellos con sus problemas y virtudes, ninguno de ellos carente de tristeza y momentos de felicidad. Todas ellos, bajo el pincel de Hiromi Kawakami, resultan nítidos, perfilados y a la vez etéreos, flotando en un mundo lejano y al mismo tiempo tan reales como es Japón.
En este libro no existen relaciones perfectas y todos tratan de compensar de un modo u otro las faltas de sus propias y frágiles vidas. En las noches oscuras piensan qué podría ir mejor, cómo alcanzar esa alegría que su día a día les niega. Hablar de este libro, su historia y los personajes es hablar también de Japón, de la ya famosa dificultad para relacionarse sentimentalmente allá, ya que a la indecisión de sus personajes se une la dificultad que parece suponerles amar a la persona que te ama, como esa búsqueda de perfección acaba por arruinarlo todo. Una novela que hará las delicias de los aficionados a la literatura japonesa, donde se huye de las grandes aventuras y se centran en las cosas pequeñas, en los detalles que marcan una existencia. La de Lili. La de Yukio. La de Haruna. La de Akira. La de Satoru. La nuestra.
Como siempre, mención aparte la cuidada edición de la editorial Acantilado, que siempre cuida hasta los últimos detalles. Y es que Hiromi Kawakami no merece menos.

lunes, mayo 23, 2016

Esta noche moriré, Fernando Marías


Alrevés, Barcelona, 2016. 160 pp. 14 €

Juan Laborda Barceló

Si el poder del cine reside en decir sin decir, en mostrar lo que la pantalla no explicita, y emocionar con ello; el de la literatura se centra en la sugerencia total. La capacidad de generar imágenes subyugantes, marcando a fuego la retina con el recuerdo de lo no vivido, es la esencia de las letras. Así, el lector podrá recorrer mundos, vidas y sentimientos ignotos o cercanos y, si las palabras se ajustan a un orden determinado, a una musicalidad, cadencia, ritmo y propósito concreto, quedará prendado para siempre de las vivencias que allí se narran.
La editorial Alrevés reedita ahora Esta noche moriré de Fernando Marías. Una obra tan necesaria como cumplidora de los dogmas anteriormente señalados. La novela tiene, además de diversas capas, tintes cinematográficos en sus formas y contenidos, pero mucho más de esencia literaria.
La brevedad de la extensión no impide la terrible crudeza de la venganza que aquí se narra. Es más, su explosiva contundencia, como el incisivo empuje de los tacos de un velocista, hollará nuestra mirada de lectores (en caso de no haberlo hecho ya en alguna de las ediciones previas).
Delmar, un exitoso policía, es el objeto de una terrorífica, coreografiada y milimetrada revancha. El delincuente Corman, miembro de una misteriosa “Corporación”, verá cumplido su plan dieciséis años después de suicidarse en prisión. Cómo es posible tal alarde de técnica narrativa (y conspirativa) es un preciso mecano que tendrán que descubrir ustedes mismos al adentrarse en esta novela breve. Sí les diré, sin embargo, que el descenso a los infiernos del policía no desmerece al de Dante, con la salvedad de que éste funciona en términos mucho más realistas y no tan alegóricos como los de la Divina comedia.
Marías afina el catálogo de crueldades para impactarnos, para zaherir sensibilidades, con una doble semiótica. Por un lado, el uso del lenguaje, aceradísimo, cuidado hasta el extremo de hacer verosímil a un demente brillante que describe con detalle sucesos que aún no han ocurrido. Género epistolar de frases largas, destiladoras de un veneno intenso y evocador, pero en el sentido más oscuro del término, pues se desean horrores al protagonista que, con ligeras variaciones, se irán cumpliendo. Una vez sembradas las hieles, el camino al averno es en línea recta.
Por otro lado, este estilo preciso y sugerente parece el trasunto, trazado con tiralíneas, de los maléficos y concisos planes de Corman. Fondo y forma caminan paralelos en una valiente y singular prosa epistolar.
Si la literatura es, y debe ser, un ejercicio de estilo cuyos contenidos lleguen a incomodar, emocionar o conmover, en esta obra, Fernando Marías, lo consigue plenamente. Pocas veces se ha dicho más con menos, y se ha afilado tanto la vertiente malvada del ser humano con una mayor economía de medios. Los trazos, los fondos del paisaje, el sabor que nos deja esta “película dentro de una película” es el desamparo absoluto.
Si aún no la han leído, no se la pierdan.

miércoles, mayo 18, 2016

Los idiotas prefieren la montaña, Aloma Rodríguez


Xordica, Zaragoza, 2016. 104 pp. 11,95 €

Ignacio Sanz

Hace unos años cayó en mis manos un libro de cuentos de Aloma Rodríguez. Y, por su frescura, me dejó con un excelente sabor de boca. Tan joven y con una personalidad tan marcada en el estilo. Cuenta sin retórica ni imposturas, como si estuviera conversando en la calle con una amiga. De manera que ese buen sabor de boca fue lo que me llevó a seguir el rastro de esta novela que, en puridad tampoco es una novela, más bien un homenaje, una biografía fragmentada, una catarata de recuerdos para mitigar el golpe de la muerte de un amigo al que quiere y admira.
No conocía a Sergio Algora, un cantante y escritor de Zaragoza destinatario del homenaje. La narradora trabajó en el bar de Algora, es decir, era su empleada. La muerte súbita, mientras dormía, dejó desarmados a sus amigos y admiradores. Resulta que Sergio era un tipo de los que dejan huella, un hombre con carisma no sólo cuando subía al escenario, también en su vida cotidiana. Dicho en plata, Sergio era un poeta en el amplio sentido de la palabra. Sus libros de poesía, las letras de sus canciones, su novela inacabada reflejan sus inquietudes, su amor por la bohemia, su pasión por el champán. Un tipo loco con un serio problema de corazón. Como Boris Vian, músico y escritor, que murió precisamente a los 39 años y que acaso influyera fuera uno de los referentes de Sergio. Por las páginas fragmentarias aparece una parte de la gente del mundillo cultural y noctámbulo zaragozano, actores, poetas, novelistas, ilustradores. Incluso el padre de la escritora, Antón Castro, un celebérrimo escritor y periodista. Resulta curioso observar las sombras del recelo que se despiertan a veces entre unos y otros, así como lo poco que duran los grupos. En los flases del rompecabezas se va mezclando todo para dar visibilidad a Sergio Algora, incluso se utilizan fragmentos de su blog, correos y canciones. Se trata de recomponer un retrato de una persona admirable. Y la autora nos los cuenta, como nos cuenta que, en algún momento estuvo tentada a escribir la tesis sobre él, pero por vaguería se decidió por este trabajo más creativo e informal. Creo que los lectores hemos salido ganando porque, al final, quienes no conocíamos a Sergio Algora, nos hemos percatado de de dimensión creativa, de su potencial y de su halo de maldito. Un poco en la línea de Félix Romeo, otro zaragozano ilustre, que moriría unos años después, también mientras dormía, precisamente en la casa de Aloma en Madrid. Felix Romeo que era uno de los clientes asiduos al bar en el que Aloma trabajaba de camarera. Qué curioso es todo, casi una novela. De hecho, como soy ignorante y desconfiado, en un momento dado, mientras leía, tecleé en Google para cerciorarme de que Sergio Algora no era, como sospechaba, un personaje de ficción.
A los amigos que mueren no los podemos resucitar. Pero su muerte resulta menos amarga si rescatamos fragmentos de su vida y la mostramos a los ojos de los demás para tratar de salvarles un poco del abismo. Eso es lo que hace Aloma Rodríguez con técnica machacona, a base de recuerdos que retratan a Sergio Algora en sus múltiples facetas profesionales, pero sobre todo le retratan en su condición más resbaladiza, como poeta de la vida que se desliza por una cuerda floja. En ese sentido resulta un precioso homenaje a la amistad y a la humanidad desbordante del poeta.

lunes, mayo 09, 2016

Cosas de niños, David Wagner


Trad. Esther Cruz Santaella.
Errata Naturae, Madrid, 2015. 160 pp. 15,50 €

María Dolores García Pastor

El mundo infantil es un universo aparte que transcurre paralelo al adulto pero que se mueve en otros parámetros bien diferentes y tiene su propia y peculiar lógica. Es fascinante, a veces muy divertido y otras verdaderamente sofocante, los niños pueden ser seres entrañables y verdaderos tiranos. Cosas de niños del escritor alemán David Wagner es un retrato vívido y fresco de este universo infantil, para conseguirlo se inspira en su propia infancia pero, sobre todo, en su relación con su hija, la niña.
Escrito en 2008 toma como punto de partida diferentes objetos, lugares, rutinas… y a partir de esas cosas particulares y concretas nos muestra un mundo en el que los que somos padres nos veremos reflejados. Lo anecdótico deviene trascendental. Se trata de fragmentos breves de diferentes extensiones que van conformando una especie de diario del día a día paterno-filial. Por su forma puede recordarnos a libros como Cómo viajar sin ver. Latinoamérica en tránsito (Editorial Alfaguara, 2010) del escritor argentino Andrés Neuman, aunque el contenido es del todo diferente.
Este catálogo de pequeñas cosas, de objetos sin importancia (como los clips y gomas del pelo de la niña o sus cochecitos), lleva al autor hacia la reflexión. La infancia es el tema central pero también es un pretexto para hablar del paso del tiempo, la paternidad, los miedos que vienen aparejados a esta experiencia vital, el olvido, el origen de la vida… Wagner invita al lector a hacer un ejercicio de introspección y a pensar en su propia experiencia como padre y como hijo. Humor y nostalgia impregnan por igual las páginas de este libro. Nos reconocemos en el padre al tiempo que él se reconoce en la niña y recuerda cosas del pasado, de su propia infancia y de su relación con sus padres.
El hecho de que la protagonista infantil sea “la niña”, de forma totalmente impersonal, nos hace pensar en cualquier niña o niño, en los nuestros propios o en el niño que fuimos. Tal vez porque como decía Daniel Goldin en su libro Los días y los libros, «El nacimiento de un hijo es un re-nacimiento, uno re-vive, re-cuerda, re-gresa». El diario de anécdotas acabará siendo una especie de guía de lo que el padre aprenderá de la niña, a veces un diccionario de peculiares definiciones. La niña crece y su relación con el padre también.
Wagner se dio a conocer como escritor en el año 2010 con su novela Meine nachtblaue Hose y desde entonces ha escrito varias novelas, antologías de cuentos, ensayos…, cosechando con todo ello numerosos premios. Cuando Cosas de niños se publicó en Alemania causó sensación entre los lectores porque su autor se atrevió a destapar ciertos tabúes y ciertos temores. La maternidad es un tema ampliamente tratado en la literatura pero no sucede así con la paternidad. Wagner está considerado una de las voces más prometedoras de la literatura alemana de su generación.

lunes, mayo 02, 2016

Sacrificio, Alberto R. Torices


Gadir, Madrid, 2015. 162 pp. 15,50 €

Ignacio Sanz

Esta novela, premiada por la Fundación Monteleón, es el cuarto libro del autor, tras otra novela corta y dos libros de relatos. Pero el autor, que ha superado los cuarenta, y a quién conocí personalmente en la presentación de la novela, llevaba siete años de silencio editorial. Confesó que estuvo tentado a tirar la toalla, es decir, a dejar la literatura, una actividad tóxica como el tabaco, una actividad que le hacía daño, tanto a él como a los que tenía a su alrededor. Pudo superar la adicción al tabaco, pero con la literatura no lo consiguió. El premio ha resultado un estímulo. Porque el problema en tantos escritores en nuestros días es que cavan pozos, con lo pesado que resulta cavar pozos, para que luego el terreno devenga estéril, es decir, para no sacar ni una gota de agua. Y, pese a todo, insisten porque acaso no sepan hacer otra cosa. Ese veneno del que no pueden desquitarse. Contra viento y marea. Así es la literatura. Pienso en Faulkner escribiendo contra una carretilla volteada mientras cumplía su horario laboral como vigilante nocturno de una fábrica. O en Bolaño, también vigilante nocturno en un camping catalán. O en los rusos condenados en los campos de Siberia. Por eso resulta reconfortante que, al final, Alberto Torices haya obtenido su pequeña recompensa, el estímulo de un premio que le ha permitido, antes que nada, recobrar la fe en sí mismo, saber que, pese a tantas horas de soledad y concentración, el esfuerzo ha sido recompensado.
Sacrificio es una novela de aprendizaje. El chico protagonista se va a enfrentar por primera vez a una experiencia gozosa y traumática. Y digo el chico porque el lector no dispone de nombre. Durante las vacaciones en una urbanización al lado de una playa, el chico conoce a Diana, una chica un año mayor que él, pero infinitamente más experimentada. Diana le va a mostrar los caminos tortuosos del amor. Y los gozosos. Entre los dos se va tejiendo una relación que, en el caso del chico, va a resultar deslumbrante.
El conflicto, larvado durante buena parte de la novela, aparece en todo su esplendor cuando Julio, el hermano mayor, se incorpora a la casa de vacaciones. Ahí comienza a romperse ese mundo idílico que el chico, por primera vez en su vida, sin sospecharlo, había descubierto. Julio le saca tres años a su hermano y, además, resulta arrollador, desenvuelto, seductor, descarado. Con su llegada se rompe la armonía y el embrujo que se había creado entre los dos adolescentes. Con Julio llega el dolor y el desgarro. Porque Diana se deja seducir por él. El lector asiste entonces al rompimiento de un chaval vulnerable, tembloroso, inseguro, carente de herramientas para enfrentarse a las mareas del corazón. La novela está contada con pulso y delectación, recreándose en los detalles, en las evoluciones, en las minucias sicológicas, como si el autor estuviera dotado de una sensibilidad especial para mostrarnos en carne viva la fragilidad de los adolescentes.
Los lectores hemos de alegrarnos del que el último premio Monteleón de novela haya recaído sobre Alberto Torices, un escritor que a punto estuvo de tirar la toalla. Ahora solo esperamos que los manuscritos que fue acumulando durante los años de sequía editorial vayan viendo la luz para goce de los lectores que, gracias a esta novela, hemos descubierto a un escritor sutil y riguroso.

miércoles, marzo 09, 2016

El reverso de los demás, Kaouther Adimi


Trad. Aloma Rodríguez. Xordica, Zaragoza, 2015. 96 pp. 11,95 €

Ana Gamero Escudero

El reverso de los demás le ha merecido a Kaouther Adimi, una joven argelina de 30 años, varios premios, como el FELIV (Festival Internacional de la literatura del libro juvenil de Argel) en 2008 y el Premio Vocación en 2011. Esta joven promesa de la literatura francófona narra con tono melancólico un día en la vida de nueve habitantes de un barrio obrero de clase media, más bien baja, de Argel. Esta polifonía de voces se suceden desde la madrugada hasta la tarde de un día cualquiera, y nos cuentan los problemas y dificultades a los que se enfrentan los personajes en forma de monólogos interiores. Cada capítulo está narrado por una persona distinta: los protagonistas, que son los hermanos Adel y Yasmine, su madre, su hermana mayor Sarah, el marido y la hija de esta, Hamza y Mouna (que viven todos, los seis, bajo el mismo techo), y los vecinos, Kamel, Tarek y Hadj Youssef.
Resulta muy interesante la oportunidad que nos brinda este libro de acercarnos a la realidad contemporánea de Argelia, donde conviven varias culturas con sus diferentes ideologías, y poder observar como la más numerosa, la cultura árabe, ha sabido adaptarse (o no) al siglo veintiuno. Sorprende, desde el desconocimiento sobre este país que puede tener el público español, poder identificarse tanto con los jóvenes argelinos y descubrir que su panorama económico y social no es muy diferente al que tenemos ahora en España, sino más bien todo lo contrario: sueños rotos, emigración, desempleo, vandalismo, la lucha moral entre resignarse o luchar, irse o quedarse, tirar la toalla o tener la esperanza de que algún día se acaben las injusticias y las limitaciones. Además, los tres personajes femeninos que aparecen en el libro tienen mucha fuerza y, aunque son muy diferentes, intentan, cada una a su manera, huir del limitado papel que la sociedad musulmana les ha otorgado tradicionalmente y sueñan con un futuro mejor que, tristemente, puede que nunca llegue. Desde luego, Kaouther Adimi ha dado con todos los ingredientes para crear una interesante novela juvenil, donde encontramos diferentes perfiles de antihéroes y personajes sin rumbo que, además, representan minorías y clases desfavorecidas. Sin embargo, este libro va un paso más allá y nos provoca una sensación amarga y una reflexión profunda desde la primera página que, sin duda, no nos deja indiferentes.
Lo que interesa de la novela es el monólogo interior de los personajes, que casi no hablan los unos con los otros, y que buscan ocultar lo que verdaderamente piensan y sienten. No obstante, creo que en algunos casos no han estado del todo logradas estas voces narrativas y no sé si es un problema de expresión de la autora o de traducción del francés al español. Tal vez las narraciones se podían haber distinguido un poco más para hacer más evidentes los contrastes entre hombres y mujeres, jóvenes y mayores. Además, todos y cada uno de los personajes son muy interesantes y tienen mucha fuerza pero, al tratarse de una novela corta, casi un relato, están poco desarrollados y solo se nos presentan pinceladas de cada una de sus personalidades, lo que hace que nos quedemos con ganas de más.
En general, obviando estos problemas de expresión, El reverso de los demás es un libro que ha sabido experimentar con la forma y el stream of conciousness, que empezaron a utilizar grandes autores modernistas como Joyce y Woolf, para trasladarnos a un país cuya literatura contemporánea, sobre todo la escrita por mujeres (que hace muy poco que vienen abriéndose camino en este campo, y en muchos otros), necesita más reconocimiento. La autora ha querido llegar a ese “reverso”, desvelar la verdad individual sin filtros ni normas para contar la historia de una generación perdida, que, por desgracia, si miramos a nuestro alrededor, está más cerca de lo que creemos.

lunes, enero 25, 2016

Ciudad de caníbales, Alexander Drake


Lupercalia, Alicante, 2015. 112 pp. 12,95 €

Miguel Baquero

La segunda novela de Alexander Drake (San Sebastián, 1974; también cuentista, y ganador con su libro Vorágine del Premio Internacional Vivendia-Villiers) está ambientada en la ciudad en Hollywood en los años 80 y, como es de imaginar, gira en torno a la industria del cine, o por mejor decir, a la presión, la tensión, la prisa que impera en el mundo de las producciones cinematográficas, donde que las películas resulten rentables y hacer cada vez más pasta no es lo fundamental, sino lo único en que puede pensarse las veinticuatro horas.
El protagonista de la novela es un coordinador de producción y representante de actores que a cada momento se encuentra más angustiado porque se van cumpliendo los plazos y aun no tiene protagonista ni director para una inminente película. Dibujado con una veracidad y una sutileza sorprendentes, excepcionales, podemos advertir en el fondo de él un sentimiento humano que constantemente pugna por ocultarse a sí mismo, en aras de continuar en el negocio. Entre autores hace cinco minutos famosos y convertidos ya, irremediablemente, en juguetes rotos, guiones de cine de una calidad excepcional pero que cualquiera entiende que no se adaptan a las exigencias comerciales de la industria, actores a lo que se les va yendo la juventud sin que consigan, ni conseguirán, ese papel que lance su carrera, Ciudad de caníbales es no solo un espléndido friso del universo de Hollywood, sino, al mismo tiempo, un magnífico retrato, excepcional, de la sociedad de nuestros días, sumergida también en la prisa y la ganancia y donde a menudo nos vemos obligados a reprimir nuestras sensaciones si queremos seguir metidos en la rueda.
«Esta era la esencia de Hollywood: la encarnación de un sueño, el estandarte de una burda mentira que ellos habían llegado a creer con fe ciega». Ese "ellos" se refiere al público, a nosotros, a los que nos hacen creer que somos soberanos, que no se nos puede engañar, que somos en último caso los que determinamos la valía de un producto, pero en Ciudad de caníbales (vale por Hollywood y seguramente por todas la manifestaciones de la sociedad) se demuestra varias veces que por supuesto que se nos engaña, faltaría más, y que se intenta a cada hora: que las campañas, la insistencia, la repetición (a tanto, por supuesto, el espacio publicitario) es lo que determina el gusto del «respetable», al extremo de persuadirlo de que es artístico y bueno lo que en el fondo es despreciable. «Esos idiotas terminaban adorando a cualquier actor de mierda».
Con unos diálogos sencillamente impecables, con una capacidad para crear atmósferas sutiles pero extraordinariamente tensas que lleva a pensar, en un ambiente muy parecido al narrado, en los imprescindibles capítulos de Mad Men, con una dureza de fondo y un cinismo soterrado que remite asimismo a las mejores páginas de Beigbeder o incluso de Easton-Ellis y su retrato salvaje de la sociedad actual, Ciudad de caníbales es una novela densa, pese a su fácil y rápida lectura, y, pese a sus poco más de cien páginas, cargada de preguntas sobre quién maneja nuestra sensibilidad. Un libro extraordinario. Todo un descubrimiento.

miércoles, enero 06, 2016

Una historia crepuscular, Stefan Zweig


Trad. Joan Fontcuberta. Acantilado, Barcelona, 2015. 66 pp. 11 €

Miguel Baquero

Dentro de su proyecto de rescatar para el lector español la obra completa del escritor austriaco Stefan Zweig (1881-1942), uno de los autores fundamentales de la Centroeuropa de principios de siglo XX, la editorial barcelonesa Acantilado acaba de publicar Una historia crepuscular, pequeño volumen de poco más de cincuenta páginas en las que, sin embargo, pese a su brevedad, podemos encontrar muchas de las características artísticas y de la indudable calidad que distinguen al autor austriaco.
Una historia crepuscular cuenta el suceso de un joven muchacho que, estando de vacaciones, en medio de la pereza y la desidia de esas jornadas veraniegas, una noche en que pasea sin rumbo fijo de pronto es asaltado por una turbia figura femenina que le asalta con arrebatada pasión, y luego huye sin darse a conocer. A partir de ese encuentro súbito, que en un primer momento le deja anonadado, y de otros que se producen en noches posteriores, el joven protagonista se marca el propósito de descubrir quién es, entre las invitadas al lugar donde pasa las vacaciones, esa enigmática figura que le asalta por las noches, le besa y le abraza con la mayor lascivia, y luego desaparece sin decir una palabra.
A partir de una historia tan sencilla, y en último término incluso tan predecible —porque es de suponer que habrá confusión entre quien el joven supone que es la desconocida y su verdadera identidad final—, Zweig acierta a trazar una historia delicada, elegante, decadente en el cuidado de las palabras y en la contención de las situaciones, «crepuscular», en suma, como su título indica. Lo importante de esta mínima novela no es, por tanto, el descubrimiento del enigma que la sustenta, sino el planteamiento del propio enigma en sí.
En este sentido, el autor austriaco muestra de nuevo sus facultades para ir directamente al «hueso» literario sin demorarse en la ambientación. Precursor de otro escritor centroeuropeo como Kafka, que llegaría pocos años después mostrándonos castillos de imposible acceso, o tribunales que deciden sobre crímenes inconcretos a los que se ha llegado de alguna manera que nadie podría explicar, en esta novela de Zweig nos encontramos con una situación literaria lo más desnuda posible: un castillo con unos veraneantes… apenas unas pinceladas nos permiten deducir su posición social, la edad del protagonista… y poca cosa más. Lo que interesa al autor es la irrupción de esa mujer deseable, desconocida y esquiva. Todo lo demás, lo que suele acompañar a una narración, todo el «adorno» literario previo, es accesorio, y Zweig, en efecto, prescinde de él para sumergirse sin más preámbulos en el interior de su protagonista.
Novela pequeña, menor si se quiere dentro de la inmensa —por su calidad— obra de Zweig, se trata, sin embargo, de una narración de la que los admiradores del autor de Novela de ajedrez, Carta de una desconocida, El mundo de ayer o de estremecedoras biografías como la de María Antonieta, no saldrán defraudados.

miércoles, diciembre 16, 2015

Los difuntos, Jorge Carrión


Ilust. Celsius Pictor. Aristas Martínez Ed., Badajoz, 2015. 107 pp. 19 €

Pedro Pujante

Esta breve novela podría pasar desapercibida en las mesas de novedades si no fuese porque tras ella se esconde un proyecto narrativo de gran envergadura emprendido por Jorge Carrión (Tarragona, 1976). Como epílogo, Los difuntos es la cuarta novela que se añade a la ya conocida y bastante comentada trilogía Huellas, aunque también funciona como un relato independiente. No obstante, conocer el universo de Los muertos ayuda a comprender mejor el significado y la acción de Los difuntos.
Temáticamente está más próxima a Los muertos, aquella extraña novela en forma de serie televisiva en la que Carrión perfilaba un contexto narrativo donde los personajes ficticios cobraban vida, se materializaban de la nada y acababan buscándose para crear redes vitales a las que pertenecían. Una especie de reencarnación cuya existencia anterior se correspondería con la vida literaria. De hecho, el personaje principal de Los difuntos, casi al final del relato, en una suerte de anagnórisis, declara respecto a su naturaleza previa: «La mía fue la muerte de un concepto. No fui vida, descubro ahora, fui texto.»
En Los difuntos Carrión retoma las mismas premisas que en Los muertos y nos sitúa desde el prólogo inicial en un proyecto metaficcional en el que mediante un supuesto taller de escritura creativa se ha procedido a novelar una serie de televisión: Ciudad de máquinas y sombras, titulado en España Los difuntos. Que precisamente es el spin-off de Los muertos.
Y a partir de ahí nos sumerge de lleno en la ficción de un extravagante Oeste americano de factura steampunk. Robots, máquinas para recordar la vida pasada, globos voladores, vaqueros y edificios con la forma de un elefante. Como siempre, Carrión consigue crear mediante cierta economía verbal una narración nutrida de imágenes impactantes, debido sobre todo a su recurrencia a modelos extraídos del cine, la literatura, la filosofía y sobre todo, las series televisivas. Por ejemplo, esta nouvelle podría recordar vagamente a aquellas máquinas que recorrían la saga de Wild Wild West, o a los paisajes desérticos poblados de circos ambulantes, frikis y predicadores de la serie televisiva Carnivale; o a ese futuro distópico descrito en el film Children of men en el que la natalidad era imposible. En este sentido, cabe apuntar que en la narrativa de Carrión se aprecia una excelente textura visual, que con sus escasos y breves diálogos y con descripciones concisas y muy esquemáticas, logra hacer de la narración una especie de película contada con palabras. Además, que el tiempo verbal elegido sea el presente también coadyuva a comunicar esa inmediatez, proximidad y viveza al relato haciendo que fluya con solvencia.
Los difuntos narra la historia de un universo ficticio y retrofuturista de la Norteamérica decimonónica en el que ‘aparecidos’ surgen de la nada y son empleados como mano de obra barata, esclavos o sirvientes. Una especie de western de ciencia ficción en el que las máquinas de vapor y los cowboys conviven con artefactos extraños, motocicletas, etc.
Hasta que aparece Dionisio-Apolo, un ser distinto, que rápidamente demuestra cualidades que superan a los de su especie y que consigue levantar a los suyos –a los renacidos provenientes del mundo de la ficción- y provocar una revolución mítica, de la que se seguirá hablando muchos años después. En cierto sentido se podría entender que el autor haya querido plantear, en clave fantástica y mesiánica, los problemas de la inmigración ilegal, de la colonización e incluso los dilemas en los mundos esclavistas de los pasados siglos.
Las señas de identidad que subyacen en esta nouvelle son el pastiche y también la ecfrasis, es decir, la traslación de imágenes a palabras. Se aprecia el interés del Carrión por construir de un modo deliberado un relato contemporáneo, su capacidad para absorber los viejos modelos de la literatura tradicional –la novela clásica, la crónica, el ensayo, la historia o el poema- y las formas actuales de la cultura popular –la serie televisiva, el guión, la publicidad, la metaficción-.
Esta anfibología narrativa también está presente en las imágenes, en los personajes rescatados y en el propio lenguaje. De hecho, la novela a pesar de su brevedad está cargada de guiños, símbolos y citas más o menos explícitas que conectan su lectura, como si de un intertexto se tratase, con otros autores, con filósofos y con elementos reconocibles de la historia o con la propia obra narrativa del autor.
Su estilo limpio y despojado de manierismos muestra a un autor ya en la madurez de su estilo, que sabe combinar la prosa de calidad con elementos de la ciencia ficción, la reflexión filosófica y literaria; y que elabora su obra con mimbres del mundo audiovisual. Que apuesta por una literatura comprometida con su tiempo y que, como ya ha demostrado en sus anteriores novelas, ha construido un universo muy personal, original, sugerente y compacto.

viernes, noviembre 27, 2015

Noches blancas, Fiódor Dostoievski


Trad. Marta Sánchez-Nieves. Ilust. Nicolai Troshinsky. Nórdica, Madrid, 2015. 125 pp. 18 €

Ariadna G. García

Fiodor Dostoievski apenas tenía 27 años cuando escribió su novela corta Noches blancas, obra heredera de motivos y temas románticos, aún alejada –en lo estético y en lo ideológico– de sus grandes novelas, Crimen y castigo (1866), El idiota (1868) y Los hermanos Karamazov (1880). En esta nouvelle, sin embargo, el joven escritor ruso adelanta algunos de los rasgos característicos de sus futuras obras, como el fino y detallado análisis de la psicología de cada personaje, en contraste con la escasez de datos plásticos que pudiesen retratarlos físicamente. Dostoievski delega la responsabilidad enunciativa en un narrador en primera persona que carece de nombre, pero que denomina a sí mismo un soñador. Se trata de un personaje de diseño romántico, hermano del Manrique de El rayo de luna pergeñado por Bécquer. Ambos comparten el gusto por los largos paseos solitarios, sus enamoramientos de damas irreales o su pereza vital para el desempeño de grandes trabajos. Desde el comienzo de la obra, el lector empatiza con él, con sus ansias de totalidad y con su frustración. En esto somos hijos del Romanticismo. Este soñador, por otra parte, se nos revela un personaje moderno, consciente de su estatus ontológico. No sin cierta ironía, se considera un tipo, un carácter, al que falta desarrollo, quizás porque no ha vivido lo suficiente, porque le falta un cúmulo de experiencias para acabar de hacerse. Dostoievski, con estas aprecaciones metaliterarias (tan actuales hoy), juega con las convenciones de la novela aristocrática rusa. En su monólogo –de estilo delicado y elegante–, este soñador relata a los lectores su única aventura sentimental, hito que transcurre a lo largo de tres noches blancas –en las que el sol no acaba de ponerse– en la ciudad de San Petersburgo. Esta ambientación fantástica –por lo peculiar y lo extraordinario de un fenómeno natural que sólo se registra en las inmediaciones de los Polos– avecina la obra al Romanticismo, confiere un halo de misterio a las dos criaturas que se encuentran, por azar, bajo el sol de medianoche. ¿Será verdad lo que el narrador nos cuente bajo el embrujo del solsticio de verano, o será un devaneo de su alma soñadora? Lo cierto es que, si bien la atmósfera es romántica, los monólogos que intercambian ambos protagonistas nos describen, con detalle, la miseria y estrecheces de unas vidas bastante apegadas al mundo real. Junto al canal del río, el soñador entabla un diálogo con un dama melancólica y triste. La pareja pacta confesarse sus secretos con la intención de acompañarse mientras llega –o no– el prometido de ella, tras un año de viaje. Estas largas intervenciones, junto a las réplicas cortas que se dirijan, serán las encargadas de caracterizar a cada personaje. A Dostoievski no le interesan las transiciones entre las tres noches, ni la escenografía, se centra en los diálogos. Por ellos iremos conociendo las complejidades afectivas de dos individuos que nos representan a todos con sus dudas, anhelos y contradiciones.
La edición del libro que ha preparado Nórdica es una delicia. Si la maquetación es impecable y la traducción amena, las ilustraciones del joven Nicolai Troshinsky (por la viveza de su colorido, por lo sorprendente de sus perpectivas y por la habilidad del trazo) justifican las ansias de posesión del volumen que enciendan a todo buen amante de la lectura y de la pintura.

viernes, noviembre 13, 2015

Para que no te pierdas en el barrio, Patrick Modiano


Trad. Mª Teresa Gallego Urrutia. Anagrama, Barcelona, 2015. 152 pp. 14,90 €


Bruno Marcos

Cuando uno lee un libro de Modiano no puede menos que preguntarse si un autor así siendo español hubiese tenido la misma atención que ha tenido siendo francés. Los ecosistemas culturales de un país y otro son todavía muy distintos aunque el francés haya sido en muchas ocasiones modelo del nuestro.
Hace tiempo una escritora que se hizo popular en los años ochenta aseguraba, con el habitual desparpajo de los de esa generación, que La montaña mágica de Thomas Mann, hoy en día, no encontraría editor. Para ella las grandes disertaciones de Mann le sobran al libro. Añadía en aquella reflexión que el pobre Thomas debió pensar, ingenuamente, que aquellos diálogos con Settembrini y Naphta le darían altura intelectual y perdurabilidad en el tiempo a su obra sin darse cuenta que el futuro los consideraría un tostón.
Sin duda esa escritora abogaba por la acción y no soportaba que a aquel Hans Castorp no le pasase prácticamente nada durante páginas y páginas, y veía que había demasiados preliminares y consideraciones para una mayoría que lo que quiere, también en literatura, es ir al grano.
Recordando esta opinión uno ve posible que a Modiano de no haber sido francés en España no solo no se le habría propuesto para el premio Nobel sino que con dificultad habría encontrado editor: Un autor que anda entre sombras, investigando enigmas de su propio pasado que casi ha olvidado totalmente. Una mínima pesquisa de algo que a nadie le importa, casi ni a él. Una indagación desganada. Una porción de nombres de calles y plazas de París. Asuntos no resueltos en clave psicoanalítica. Heridas que apenas duelen ya y un sinfín de infraleves que tejen una tela de araña que atrapa o no atrapa y que alguno dirá que hasta le duerme.
La novela nos presenta la historia de un escritor solitario que a partir de un pequeño acontecimiento como es la pérdida de su agenda llega a revivir aspectos oscuros de su infancia. Tras las primeras cuarenta páginas se entera uno de qué tipo de personajes pinta el autor. Allí se lee que el protagonista no sabe si su propia madre aún vive y, un poco después, que se arrepiente de todos esos años en los que no se había fijado ni en los árboles ni en las flores. En otro punto cita cómo se escandalizó una filósofa porque una mujer durante la guerra dijo que la contienda no modificaba su relación con una brizna de hierba. Esos detalles llovidos aquí y allá por el texto nos dan el ambiente preciso y la dimensión muy peculiar de esta literatura.
Modiano admite que es sólo un novelista y que la concesión del premio Nobel le dejó un tanto perplejo porque él no se ve como un intelectual todoterreno, capaz de intervenir en todos los aspectos de la vida social y política como lo hicieron Sartre o Camus. Lo suyo es darle vueltas a los recuerdos y los olvidos encubridores, acudir a la literatura para restañar el pasado no cicatrizado, a completar lo que nunca fue desvelado.
Libros así, nos gusten o no, son un milagro en un paisaje donde la cultura es devorada por la industria del entretenimiento. Se trata de una literatura que parece que sólo podría atraer a lectores que sean como el autor, que se identifiquen con sus derivas, aunque quién sabe, tal vez sean legión los que son tan modianos como Modiano.