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jueves, mayo 08, 2014

El coloquio de los perros, Miguel de Cervantes

Ilustraciones de Antonio Santos. Nórdica, Madrid, 2014. 128 pp. 16,50 €

Pedro Pujante

La sola mención del nombre del autor de Don Quijote basta para convenir que estamos ante una de las más altas cotas de la Literatura Universal. Por lo tanto nos ahorraremos las inoportunas presentaciones.
De su producción las Novelas ejemplares ocupan un lugar central. Escribió doce piezas de novelas cortas, llamadas Ejemplares por su carácter moralizante, y fueron publicadas en 1613. De entre ellas, El coloquio de los perros es quizá una de las más conocidas e inusuales.
Berganza y Cipión, dos caninos del Hospital de la Resurrección de Valladolid han adquirido de repente la facultad del habla. De este modo singular, Cervantes hace que Berganza cuente a su interlocutor durante una noche, sus andanzas, sus experiencias con distintos amos.
Esta suerte de narración se convierte en una historia de corte picaresco con la originalidad de ser un animal el que vivencia y narra sus aventuras. Pero su condición canina no impedirá que el narrador sea consciente de los vicios y defectos que detenta el ser humano. Al contrario, la habilidad de Cervantes estriba en haber sabido valerse de este mecanismo fabulesco para distanciarse y adoptar un punto de vista más objetivo con respecto a la naturaleza humana.
Por distintos y variados dueños ha de pasar el perro Berganza. En sus aventuras y narraciones pintorescas desfilarán un sinfín de personajes contemporáneos de Cervantes: clérigos, estudiantes, gitanos, prostitutas, poetas, alguaciles, ladrones, gente del mal vivir y muchos otros miembros de la sociedad de su tiempo. Cervantes, en su habitual estilo vanguardista y experimentador, subversor de géneros y apropiándose de una tradición literaria a la que ha sabido revestir con su mirada ácida y peculiar, critica y analiza los defectos del género humano: su maldad, su incultura, la falsa beatitud y muchos otros que están y siempre han estado en nuestra sociedad.
Esta novela ejemplar está escrita en forma de diálogo dramático, lo que hace que su sentido de oralidad imprima cierta viveza a la narración. Además, los perros, como Sancho Panza, son grandes oradores y manejan los refranes con tal soltura que cada frase, cada sentencia suele encerrar un moraleja nada desdeñable.
Leer a Cervantes es recordar que nuestra sabiduría popular no está recién inventada. Es comprender nuestras raíces, mirarnos al espejo humilde del tiempo para sentir que los años poco nos ha mejorado. Que la vieja España de hace 400 años, aquel territorio hostil en el que el hombre había de subsistir, sigue siendo muy similar a esta España nuestra de conexiones inalámbricas y teléfonos móviles.
El libro viene acompañado por un surtido número de ilustraciones de Antonio Santos. Dibujos que embellecen y enriquecen el texto cervantino, en un diálogo magistral entre palabra escrita e imagen. Las pinturas de Santos son de una fuerza tremenda, de herencia goyesca, y muy apropiadas para refrendar la lectura.
En general la edición es muy cuidada pero se echa de menos en una publicación de este tipo que se asista el relato con aparato de notas, un prefacio o algún texto adicional para arrojar luz sobre la lectura. Porque el lenguaje de Cervantes, 400 años después, precisa de anotaciones para el lector contemporáneo si de él se pretende extraer el máximo sabor.
No obstante, siempre es un placer regresar a Cervantes, quizá el mejor escritor de todos los tiempos.

viernes, julio 26, 2013

Sonetos, William Shakespeare

Trad.: Bernardo Santano Moreno. Acantilado, Barcelona, 2013. 321 pp. 22 €

Ariadna G. García

Pensaba Richard, el célebre personaje de La señora Dalloway, que «ninguna persona debía leer los sonetos de Shakespeare porque era como escuchar detrás de las puertas» (Virginia Woolf). El bardo inglés, siguiendo los consejos literarios de Hugo de San Víctor (siglo XII), escribió sus poemas al dictado del corazón. Como Lope de Vega —dos años mayor que él—, vertió su propia vida en sus escritos, se desnudó en sus versos, dejando en cada palabra el testimonio sincero de sus preocupaciones y alegrías. El uso de endecasílabos (pentámetros yámbicos) propiciaba dicha introspección psicológica, en la medida en que generaban un ritmo cadencioso y lento, adecuado para el delicado análisis de la intimidad. Y es que los 154 sonetos del escritor británico nos revelan no ya sólo los lugares comunes de todo autor a caballo entre el Renacimiento y el Barroco (los tópicos latinos del Tempus fugit, el Ubi sunt?, el Carpe diem, la imprecación a la diosa Fortuna –de bienes fugaces–; o los asuntos trovadorescos de la muerte por amor, el servicio amatorio y el desdén –en este caso, del amado–), sino también motivos originales que poco o nada tienen que ver con los asuntos que trataban sus contemporáneos. Así, leemos en los primeros sonetos su obsesión por permanecer en el tiempo a través de la obra («con tu arte dulce vives al pintarte» –soneto 16–) y de la descendencia. Este deseo irreprimible, angustioso, de prolongación biológica apenas tiene parangón en la historia de la literatura, aunque lo encontramos en otro gigante del drama y de la lírica: Federico García Lorca (Yerma, Así que pasen cinco años). En estos poemas encontramos algunos de los versos más amargos y potentes de Shakespeare: «sin un hijo su imagen es baldía» (7), «Será tu viuda el mundo y llorará/ la imagen que de ti se habrá perdido» (9), «Su sello en ti esculpió para que fuera/ impresor de otra copia y que no muera» (11).
Los Sonetos (1609) del bardo siguen la moda de las colecciones del siglo XVII (volvemos a Lope de Vega, que recogió sus sonetos en varios volúmenes: Rimas –1602–, Rimas sacras –1614– y Rimas humanas y divinas del licenciado Tomé de Burguillos –1634–; recordemos también las composiciones de Francisco de Quevedo: Heráclito cristiano –1613– y Canta sola a Lisi), así como de los cancioneros petrarquistas del siglo XVI (Garcilaso de la Vega, Pietro Bembo…). La diferencia formal con respecto a los sonetos de los poetas mediterráneos estriba en el esquema métrico (tipo de estrofa y distribución de la rima), que en lugar de tener dos cuartetos y dos tercetos, posee tres serventesios y un pareado (y no tres cuartetos, como dice Bernando Santano –sin duda, es una errata– en su nota preliminar).
William Shakespeare demuestra en los Sonetos que es uno de los grandes poetas líricos de su época. Su producción amorosa alcanza altas cotas de plasticidad y analiza minuciosamente los distintos estados emotivos que atraviesa un amante.
La edición que ha preparado Santano Moreno para el Acantilado presenta dos versiones de cada poema, una en prosa, literal; y otra en formato soneto de cuño italiano. Esta segunda revela un gran virtuosismo poético por parte del traductor, que es digno de aplaudir.

lunes, junio 24, 2013

De rerum natura. De la naturaleza, Lucrecio

Present. Stephen Greenblatt. Trad. Introd. y Notas Eduard Valentí Fiol. Acantilado, Barcelona, 2012. 606 pp. 33 €

Ángeles Prieto Barba

De los grandes libros de no ficción publicados en España el pasado año destacó El giro de Stephen Greenblatt, un ameno estudio merecedor del Pulitzer que, preciso en detalles, nos narró las circunstancias y consecuencias del hallazgo azaroso, durante el siglo XIV, de este título extraordinario. Es por ello que con buen criterio, una editorial distinguida sin duda por la calidad de su catálogo, el Acantilado, determinó publicarlo. Decisión que no podemos menos que aplaudir, porque quien se hubiera tropezado con El Giro, indudablemente deseó luego leer o repasar De la naturaleza de las cosas, como fue mi caso.
Pero en esta reseña no nos toca hablar del Giro, ya comentado en la Tormenta, sino de esta exquisita edición bilingüe, la que nos suministra el Acantilado, de la mano del que fuera uno de los grandes latinistas españoles: Eduard Valentí, nacido en Pals en 1910, y autor de una Gramática latina de enorme claridad, que permitió el acceso de generaciones de estudiantes a la morfología y sintaxis del latín con eficacia. De hecho, Valentí fue comparado en su día con E. R. Curtius y nos legó traducciones brillantes, no sólo ésta de Lucrecio, sino también las de Cicerón, César o Séneca. Y por supuesto, en su buen hacer Valentí es fiel a la edición filológicamente impecable del alemán Carl Lachmann.
Con Lucrecio estamos ante una de las mentes más agudas e interesantes de la Antigüedad pero de la que poco sabemos, tan sólo los datos precisos que nos legó San Jerónimo. Según éste, nació en el 94 a.C. y se suicidó 43 años después, a consecuencia de la dolencia mental que padeció toda su vida, agravada tras tomar un filtro amoroso. Parece ser que también frecuentó a Cicerón en vida y que por eso éste se haría cargo del manuscrito a posteriori, revisando su poema y editándolo. Hombre de extensa cultura, escribiría este avanzado, increíble y contemporáneo poema en 7.400 hexámetros divididos en seis libros, tal vez la obra poética más grande e importante del latín clásico.
Y cuyo contenido busca ante todo disipar toda duda y temor del hombre ante la muerte, los dioses y la posible vida de ultratumba, demostrando con razonamientos lógicos que sencillamente no existen. Sólo podemos conocer a la Naturaleza y sus infinitas divisiones: el atomismo, las «semillas de las cosas». Lucrecio de hecho identifica toda idea de religión como superstición, por eso los rayos de Júpiter caen en lugares desérticos, dejando de ser así castigo divino, o no pueden existir Centauros porque a los tres años un humano no alcanza la lozanía que luce ya un brioso caballo.
Por otra parte, nos llama poderosamente la atención la belleza increíble y el tono felizmente elevado con el que empieza este poema brillante, en contraste con su final, con esa terrible y desoladora descripción de una epidemia de peste que se desarrolló en Atenas muchos años antes de que Lucrecio naciera, en el 430 a.C., transmitida por Tucídides. Cuestión que ha llevado a muchos investigadores a cuestionarse si el poema encontrado estaría o no completo. En cualquier caso, esta disparidad responde históricamente al medio siglo agitado en que se desarrolló la vida de Lucrecio, y de su contemporáneo Catulo, autor no menos extraordinario: un periodo apasionante con guerras civiles, revueltas de Mario y Sila, conjuración de Catilina y ascenso de Julio César que sugiero conocer con tiento y despacio.
Aconsejar la lectura de un clásico imprescindible como éste no hace falta. El gran Montaigne ya lo citó bastante y eso sí que ayudó a que fuera un texto a lo largo de la Historia frecuentado, llegado su influencia hasta nuestros días, hasta el mismo Einstein. Lo que sí recomiendo es la impecable edición por la que ahora llega a nuestras manos.

sábado, mayo 04, 2013

Los Watson, Jane Austen

Trad. Íñigo Jáuregui. Ilust. Sara Morante. Nórdica, Madrid, 2012. 128 pp. 18 €

Ariadna G. García

Entre los años 1795 y 1799, Jane Austen escribió los manuscritos de Sentido y sensibilidad, Orgullo y prejuicio y La abadía de Northanger. Y aunque George Austen (padre de la autora) intentó que sus obras viesen la luz, no tuvo suerte. La joven Jane respondió a este rechazo editorial guardando todos sus originales en un cajón y empezando otra obra, que dejaría a medias: Los Watson (1803). Este pequeño esbozo, que con suma delicadeza ha publicado Nórdica en una bella edición ilustrada (las estampas las firma Sara Morante), nos ayuda a comprender no sólo el proceso creativo de su autora, sino su ideología y su temperamento.
Un libro es bueno cuando su voz es honesta, cuando las palabras emergen como un géiser del fondo de uno mismo y salpican el papel hasta llenarlo de oraciones, enunciados y vida. Vida. Los buenos libros tienen poros por lo que respira su autor. Por eso, con frecuencia, vemos que se repiten en algunos escritores los mismos motivos temáticos, y esto es así porque los llevan en la sangre, como la información genética. Jane Austen se encuentra entre ellos.
Los Watson comparte obsesiones con las novelas inéditas que la precedían. En esta ocasión, quienes se enfrentan a un destino aciago son las hermanas Watson (de origen humilde), cuyo padre se encuentra gravemente enfermo, motivo por el cual necesitan encontrar un esposo. La protagonista del relato, Emma, es una joven de diecinueve años que tras ser criada por su tía en un ambiente refinado regresa al hogar paterno siendo una extraña para sus familiares. Pronto, sin embargo, intimará con su hermana mayor, Elizabeth, verdadera depositaria del ideario de Austen, siendo ésta una de las posibles razones del abandono de la escritura del libro, pues recordemos que el personaje principal de Orgullo y prejuicio ya se llamaba así y desempeñaba idéntica misión. Elizabeth representa, en la teoría, un modelo de cambio que difiere de las normas sociales de su época, si bien reconoce la dificultad de aplicarlo: «ya sabes que no tenemos más remedio que casarnos. Yo me arreglaría muy bien sola; con unos pocos amigos y un agradable baile de vez en cuando me contentaría…Pero nuestro padre no puede asegurarnos el porvenir» (página 15).
La obra, que con caja pequeña, letra generosa y veinticuatro ilustraciones, apenas llega a las 122 páginas, se ofrece a los lectores como un esquema inconcluso. Su atractivo consiste en la exquisitez de su edición y en el acercamiento al proceso creativo de su autora. Austen trabaja en todas sus novelas con los mismos materiales, pero varía sus planteamientos. En este libro, el peso narrativo recae en una muchacha huérfana asediada por dos espadas: una familia desavenida e hipócrita (a excepción de Elizabeth, sus hermanos y cuñada exhiben un carácter descortés, orgulloso, traicionero y brusco), y el filo de la pobreza.
Jane Austen señala en sus obras el problema que supone para la mujer la falta de recursos económicos que garanticen su independencia. En Los Watson se apunta el conflicto que supone para la institución del matrimonio la falta de amor y la disparidad de edades entre los contrayentes. No en vano, son preocupaciones que recorren Europa a lo largo de la centuria. Pensemos en El sí de las niñas, de Leandro Fernandez de Moratín (1801), en Madame Bovary, de Gustave Flaubert (1857) o en La Regenta, de Leopoldo Alas “Clarín” (1884-1885). Ahora bien, en las novelas de Austen late siempre el planteamiento de la transgresión de la norma. Sus mujeres (aquellas cuyo comportamiento ensalza, ya sabemos que critica la ligereza de otras) se plantean un orden alterno, insubordinado al poder económico del hombre; al tiempo que hacen gala de la suficiente personalidad, independencia y arrojo como para elegir sin prisa y con paciencia, en plena posesión de su albedrío, al marido perfecto.
En definitiva, esta bella edición de Los Watson no es apta para neófitos en la obra de Jane Austen, pero deleitará a los seguidores de la célebre escritora británica.

jueves, enero 03, 2013

Historia verdadera de la conquista de la Nueva España, Bernal Díaz del Castillo

Edición, estudio y notas de Guillermo Serés. Galaxia Gutenberg, Barcelona, 2012. 1529 pp. 29,95 €

Alberto Luque Cortina

A mediados del siglo XVI un hombre que se acercaba a la vejez comenzó a escribir una historia increíble: la historia de su vida, la de los hombres que conoció y las empresas imposibles que realizaron juntos. Necesitó dieciséis años para redactarla, adquiriendo con el tiempo proporciones gigantescas. La obra se publicó casi cincuenta años después de su muerte con el título Historia verdadera de la conquista de la Nueva España (1632). Para entonces ya nadie se acordaba de él. Ese hombre era Bernal Díaz del Castillo, uno de los aventureros que acompañaron a Cortés en la delirante conquista de México (1521).
La conquista de América es tan apabullante como complejas sus consecuencias. Aquí casi todo es desmedido, persistiendo un buen número de tópicos que oscilan entre la glorificación de los capitanes que la hicieron posible y el descrédito de una empresa con funestas consecuencias para los nativos. Uno de esos tópicos se afana en imaginar a aquellos soldados regresando a España ricos y victoriosos o bien dueños de extensos y productivos territorios (las encomiendas) cultivados por esclavos indígenas y negros. La realidad, como siempre, es más compleja: este tipo de aventuras exigía inversiones muy costosas no siempre reembolsadas; muchos de los conquistadores murieron en el intento o lo hicieron más tarde entre penalidades; y en cuanto a la recompensa, esta se materializaba a través del reparto del botín y de las encomiendas, pero los encomenderos fueron perdiendo paulatinamente sus derechos merced a leyes como las de 1542, no siempre eficaces.
En resumen, del mismo modo que los veteranos de la guerra de Vietnam se sintieron rechazados y olvidados por sus compatriotas, los conquistadores españoles debieron sentirse estafados al comprobar cómo sus reclamaciones se estrellaban contra el sólido muro de nuestra sempiterna burocracia. En muchos casos no se les trataba como a “gloriosos descubridores” sino como a viejos veteranos zascandiles incapaces de adaptarse a los nuevos tiempos, incapaces de entender la “brillante” historia que nuestra “gloriosa” monarquía estaba escribiendo en Europa con la tinta roja de ultramar.
En 1552, treinta años después de la conquista, Francisco López de Gómara, quien nunca estuvo en América, publicó su Historia General de las Indias. Se trataba de un panegírico de Cortés, en quien hacía recaer todos los méritos de la empresa. Su lectura debió de indignar a los veteranos supervivientes y desde luego a Díaz del Castillo, que decidió escribir la historia “verdadera”, poniendo a cada cual en su sitio, sin adornos ni exageraciones: «Pues de aquellas grandes matanzas que dicen que hacíamos (…) harto teníamos con defendernos no nos matasen (…) que aunque estuvieran los indios atados, no hiciéramos tantas muertes» (pág. 71). Es cierto que de este modo buscaba ensalzar sus méritos y justificar sus pretensiones ante la Corona, pero no puede despreciarse su afán por recuperar del negro fondo de la desmemoria los nombres y los rostros de quienes hicieron posible esa empresa colectiva.
Podrá aducirse que esos mismos soldados para los que Bernal pide justicia perpetraron masacres e innumerables tropelías: esto es cierto, pero el juicio histórico no puede oscurecer esta obra absoluta de nuestra literatura, como igualmente sucede con otros clásicos como Los comentarios a las guerras de las Galias, de Julio César, no menos cruenta y no por ello menos apreciada. Quien se adentre en la narración de Díaz del Castillo con estos prejuicios se perderá la lectura de un libro conmovedor y apasionante, porque en el fondo trata de aquellos que no tuvieron sitio en la Historia: para ellos y para sí Bernal pide el reconocimiento que, aunque tardío, es un peldaño necesario para alcanzar la gloria.
La obra incluye los viajes de exploración por el Yucatán, la conquista de México, el viaje a Honduras y las esperanzas no cumplidas. Un lapso aproximado de sesenta años concentrados en más de 1.000 apasionantes páginas.
El libro comienza con la salida al Yucatán en febrero de 1517, cuando Bernal cuenta apenas veinte años, y ya las primeras páginas nos muestran un texto vigoroso y emocionante, pleno de aventuras. El secreto está en la prolijidad de detalles que sitúan al lector en medio de esta barahúnda de personajes a cada cual más peculiar, con sus miedos, sus historias personales, su desconcierto y su intrepidez rayana en la inconsciencia. Por ejemplo, dirigiéndose los conquistadores a la capital azteca, divisaron un volcán que estaba arrojando “mucho fuego”. En estas, «un capitán de los nuestros que se decía Diego de Ordás tomole cobdicia de ir a ver qué cosa era» (pág. 269). Solicitado el permiso Ordás y otros dos soldados ascendieron hasta la misma boca del volcán, y casi no lo cuentan. Lo hicieron porque al tal Ordás le entró curiosidad. Este volcán, el Popocatépetl, tiene una altura de 5.465 metros. Quien haya estado en Puebla ya sabe a qué me refiero. Estos eran los hombres que hicieron la conquista.
Enseguida el lector se ve inmerso en un universo mágico, en un Macondo total de situaciones disparatadas o bien en una selva de pesadilla con grandes semejanzas al universo onírico de Apocalipsis Now (Coppola, 1979), como cuando los expedicionarios se enteran de que los aliados indios que les acompañan se están comiendo a otros indios rezagados que les sirven de fresca despensa (pág. 849). En cierto sentido parece que los años transcurridos en aquellos lugares remotos y cuasi fantásticos han calado en el autor, en cuyas descripciones se observa una mirada distante, casi autista, donde lo imposible es lo cotidiano, y sin que por ello los hechos narrados carezcan de veracidad pues Bernal, hombre de acción, es poco dado a lo fantasioso.
La escritura, a veces tosca, fascina por su franqueza y vivacidad. Pareciera que las cosas estén ocurriendo en el momento en que se leen. Es un gustazo para el lector paciente relamer ese castellano antiguo. Sobresale además una ironía mordiente que alcanza distintos grados de sutileza. Por ejemplo, cuando creyendo que los indios portaban hachas de oro, los conquistadores pasaron tres días cambiándolas con alborozo por baratijas (cuentas) (pág. 66): «Y todo salió en vano, que las hachas eran de cobre puro y las cuentas un poco de nada». O cuando se refiere con fingida ingenuidad a las encomiendas que admite crueles en algunos casos porque «los hombres no somos todos muy buenos, antes hay algunos de mala conciencia».
Lo más interesante de todo es que, al margen de la descripción de la conquista o de la intrahistoria de los soldados, hay un aliento literario sorprendentemente moderno. El hombre que escribe mira al pasado con nostalgia, y al presente con desencanto: es un libro que habla de las esperanzas perdidas. Así, resulta conmovedor contemplar en el capítulo CCV el esfuerzo titánico de Bernal por rescatar de ese pasado arenoso los nombres y apellidos de todos sus compañeros, de los que deja una breve biografía como si de este modo pudiera inmortalizar los cadáveres humildes que quedaron perdidos en la selva.
Gestas impensables, traiciones a mansalva, codicia desmedida y ansia de gloria: eviten juicios apriorísticos y simplemente paladeen el genuino castellano de Bernal Díaz del Castillo; comprobarán que estamos ante uno de los grandes clásicos de la literatura española.