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viernes, mayo 26, 2017

Me acuerdo, Georges Perec


Trad. Mercedes Cebrián
Impedimenta, Madrid, 2016. 176 pp. 17.95 €

José Miguel López-Astilleros

Me acuerdo de que cuando leí La vida instrucciones de uso, Un hombre que duerme, Lo infraordinario, Las cosas, Especies de espacios o La cámara oscura, tuve la impresión de que los libros de Georges Perec (1936-1982) eran semilleros literarios. No es de extrañar que goce de la máxima consideración entre escritores como Enrique Vila-Matas o Roberto Bolaño, entre otros muchos. En cambio, respecto a la obra que nos ocupa, no puede decirse que haya sido tan original como en las anteriormente citadas, puesto que la idea y el procedimiento los tomó de un libro del pintor estadounidense Joe BrainardI Remember (1970)—, del cual dijo Paul Auster «Es uno de los pocos libros enteramente originales que jamás haya leído». Su descubrimiento se lo debe al escritor, también norteamericano, Harry Mathew, amigo y compañero perteneciente como él al grupo de experimentación literaria Oulipo, quien le regaló un ejemplar que le sirvió para pergeñar su propio Me acuerdo, y a quien se lo dedica por este hecho. La diferencia fundamental entre ambos radica en que Brainard es más intimista e introspectivo que Perec, aquel incluye confesiones tan secretas como el recuerdo de sus erecciones escolares, algo impensable en el francés, cuyos “me acuerdo” pretenden sobre todo ser generacionales, aunque partiendo de evocaciones propias.
El libro contiene 480 textos muy breves de recuerdos, comprendidos entre los años 1946 a 1961, que siempre comienzan con las dos palabras del título, salvo uno. Fueron escritos entre 1973 a 1977, por tanto son remembranzas salidas de su memoria, a veces sugeridas por la contemplación de los vestigios físicos que el transcurso del tiempo ha dejado tras sí, fotografías, discos, periódicos e innumerables objetos varios, que le pueden haber ayudado a confeccionarlos. Lo autobiográfico suele estar muy presente en la obra de Perec, sobre todo en W o el recuerdo de la infancia, aunque esta última está más centrada en su infancia concreta, en la cual lo colectivo no tiene tanto peso como en Me acuerdo. La infancia y la juventud son uno de los núcleos temáticos más importantes, quizás porque la suya fue muy atribulada por pertenecer a una familia de judíos polacos emigrados a Francia, su padre murió en el frente de la Segunda Guerra Mundial hacia 1940 y su madre en el campo de exterminio de Auschwitz, cuando él contaba unos cinco años. Y quizás porque la existencia y la esencia del ser humano están ligadas indefectiblemente a la memoria, es necesario recordar, pero como el pasado no es algo estático, hay que tratar de detener su movimiento de vaivén dentro de nosotros, dejando constancia de ello, sobre todo de esos detalles cotidianos que suelen pasar desapercibidos y constituyen el grueso de lo que nos rodea en nuestras vivencias ordinarias. Por tal motivo estos “me acuerdo” deban entenderse como el yacimiento arqueológico de una generación, un tiempo y unos espacios determinados, a partir de los cuales cada uno pudiera reconstruirse a sí mismo. Recordemos que gustaba de hacer inventarios, clasificaciones y enumeraciones de lo nimio, con el propósito de fijar el tiempo, y como medio para luchar contra el olvido, contra los vacíos que va dejando la memoria cada vez que recordamos. Hay otros núcleos temáticos importantes como la música, la literatura, el cine, hechos y costumbres de aquella sociedad, así como sucesos históricos de todo tipo. Es importante señalar que los textos no están presentados cronológicamente, sino a la manera de un collage, aunque a veces pueden estar relacionados unos con otros, sugiriendo un particular crucigrama. El propio Perec nos ofrece unas claves interpretativas esenciales de su libro cuando escribe sobre el de Brainard en la edición francesa «Los Me acuerdo son pequeños pedazos de cotidianeidad que fueron vividos y compartidos y luego olvidados. Sin embargo, de repente regresan, por azar o porque han sido buscados entre amigos una noche: es algo que aprendimos en el colegio, un campeón, una canción, un cantante, un escándalo, un slogan, un traje o una costumbre, totalmente banal, que por un milagro es arrancada a su insignificancia y es reencontrada por unos instantes, provocando unos segundos de una impalpable y pequeña nostalgia.»
Tanto la obra de Brainard como esta de Perec dieron lugar a numerosos “me acuerdo” de distintos personajes y generaciones sucesivas, hasta desembocar en los que ahora se están escribiendo, porque cada grupo generacional e incluso cada uno de nosotros tenemos nuestros “me acuerdo”, de modo que podría decirse que la obra de los pioneros no sólo es la suya, sin todas las posteriores, de cuya paternidad participan, una obra que se proyecta hacia la eternidad con toda la carga de melancolía que lleva disuelta en sí la memoria. Esto es lo que hay implícito en el hecho de que, por deseo expreso de Perec, al final del libro se dejen varias páginas en blanco para que cada lector anote sus propios “me acuerdo”, que formarán parte de ese registro del devenir de la humanidad.
La primera edición y traducción al español de Me acuerdo data de 2006, que realizó magníficamente Yolanda Morató para Berenice, de la que esta nueva versión es deudora en algunos aspectos. Para los nuevos lectores, que ya no podrán acceder a aquella por estar agotada, esta de Impedimenta tiene el mérito de poner la obra a su alcance de nuevo.
Quien se acerque a este libro y no pertenezca a aquella generación, ni al entorno geográfico y cultural de entonces, se encontrará con un mundo extinto, que sólo conocerá parcialmente por la historia, el cine y la literatura en todo caso. De lo que sí estamos seguros al menos es de que su lectura constituirá el detonante para poner en marcha los recuerdos propios, en una espiral que no ha de cesar mientras haya un ser humano vivo en el universo.

viernes, noviembre 18, 2016

Tres días y una vida, Pierre Lemaitre


Trad. José Antonio Soriano Marco
Salamandra, Barcelona, 2016. 224 pp. 18 €

Ángeles Prieto Barba

Tras obtener Pierre Lemaitre en 2013 el Premio Goncourt, el más prestigioso de las letras galas, por la excepcional Nos vemos ahí arriba (Salamandra, mismo traductor), el público español ha ido conociendo progresivamente sus novelas, cuatro de ellas policíacas constituyendo un ciclo en torno al comisario Camille Verhoeven, comandante de la Brigada Criminal de París. Pero fue con Vestido de novia (Alfaguara, 2014), thriller psicológico al margen de esta serie, cuando volvió de nuevo a alcanzar el éxito y las ventas masivas, dotada como estaba dicha novela de un ritmo trepidante y adictivo, pero también de ambigüedad psicológica sin moralina, invitando al lector a sacar conclusiones propias. Y en Tres días y una vida, la novela corta que ahora presentamos, nos vamos a encontrar en buena parte con repetición de fórmula (ritmo y ambigüedad), por lo que los lectores habituales de Lemaitre deben sentirse contentos, de enhorabuena. Y los que no, también.
Tres días y una vida, no obstante, más que un thriller novelado parece un cuento largo muy bien cerrado, con personajes importantes de comportamientos inusuales que nos llamarán mucho la atención y a los que podremos encontrar explicación solo al final, acabando el relato. Se trata pues de una nouvelle muy bien planificada en tres partes, que pivota en torno al clásico Crimen y Castigo de Fiodor Dostoievsky, con la particularidad de que el crimen no es premeditado sino accidental y de que el asesino protagonista es un crío de tan solo doce años. Y hasta aquí puedo desvelar lo que sé sobre la trama, para que no decaiga el interés.
Mucho más podemos contar sobre el personaje principal y el significado final que esta narración entraña. No cabe duda de que a Pierre Lemaitre le impactaría en 1993 el caso de Robert Thompson y John Venables, dos críos británicos de diez años que, tras robar en unos grandes almacenes juguetes y dulces, decidieron atrapar a un pequeño de dos años al que torturaron hasta matarlo. Acto seguido, depositaron el cadáver sobre las vías de un tren para que este le pasara por encima y así eludir responsabilidades. Es solo que las cámaras de seguridad del centro comercial grabaron el rapto y a los culpables, a la vez que los forenses identificaban las múltiples heridas que presentaba el cuerpo cercenado del niño asesinado. Tras las detenciones, todos los medios de comunicación reprodujeron una noticia que rompía brutalmente con la imagen de inocencia, candor, esperanza y futuro que relacionamos siempre con la infancia. Y los dos niños fueron sentenciados a pena de prisión hasta alcanzar la mayoría de edad. Alcanzada esta, en junio de 2001 salieron de la cárcel, pero de 2010 a 2013 uno de ellos, John Venables, volvió de nuevo tras las rejas acusado de posesión y distribución de pornografía infantil, demostración de que hubo evidente motivación sexual patológica en aquel crimen temprano, lacra de la que el culpable no pudo sustraerse más tarde. Pues bien, de esta historia real a la ficción que nos presenta Lemaitre, un hecho nos parece incontrovertible: La inexorabilidad de nuestros actos que siempre dejan huella, mucho más en esta época (cámaras de vigilancia, testigos, móviles por doquier, restos de ADN). Y cabría otra cuestión importante para someter a discusión tras la lectura de esta novela. No ya si recibir condena por un crimen sea inevitable, sino si ese castigo impuesto, como medio de escarmiento y de redención, sirve para algo, o no. De ahí la ambigüedad moral del tema que el narrador nos presenta hábilmente en tercera persona, pero siempre bajo el prisma y la óptica del menor homicida con el que tal vez lleguemos a simpatizar. Quizá demasiado maduro, perspicaz y precavido para sus doce años. Ya veremos la evolución que sufre.
Lemaitre ha tenido la habilidad de componer una nueva novela de lectura subyugante, de esas que no podemos soltar hasta haberla terminado. Y también de proponernos otro tema psicológico serio sobre el que reflexionar. En los tiempos que corren, mucho supone. Lo suficiente para seguir incrementando el numeroso grupo de lectores, atentos y fieles, que ya posee.

miércoles, septiembre 28, 2016

No llorar, Lydie Salvayre


Premio Goncourt. Trad. Javier Albiñana
Anagrama, Barcelona, 2015. 224 pp. 16,90 €

Pedro M. Domene

La bibliografía sobre nuestra Guerra Civil resulta abrumadora, excesiva y, en ocasiones, tan repetitiva como estereotipada. Lydie Salvayre (Autainville, 1948) consigue el Premio Goncourt por No llorar (2015), una novela que no se parece, salvo por el momento histórico, a ninguna otra visión sobre la contienda española, y se aleja del riesgo de aburrir a quienes hayan profundizado en el tema. ¿Por qué esta historia no nos recuerda a ninguna otra? Sin duda, por la perspectiva escogida entre otros aciertos, y porque no cae en tópico de contar el episodio aislado de una familia obligada al exilio en el país vecino tras la derrota en el 39. Admirable el desarrollo y el diálogo, con un atento intermediario, quien al mismo tiempo completa la historia ajena, entre la narradora y su hija, y además se identifica como un célebre escritor, famoso por su panfleto Los grandes cementerios bajo luna (1938); la primera en contar su experiencia, la madre de la autora, una anciana, que vive sus años juveniles y el comienzo de la guerra en un pueblecito leridano, y convierte a la hija en narradora del libro; el segundo, el católico francés Georges Bernanos, y su fugaz estancia en Mallorca,
La madre nonagenaria de Lydie Salvayre cuenta a la hija sus vivencias en aquel verano de sus quince años, a la sombra de libertad, fraternidad, revolución y anarquismo, y su fugaz escapada a una Barcelona efervescente de comienzos de julio del 36. Una vez allí, Montse se siente fascinada por los acontecimientos que se suceden en la ciudad, conoce a un francés, que acaba de enrolarse para defender la República, y queda embarazada tras una noche de amor; nada más sabrá de él, así que vuelve al pueblo para ocultar su pecado, y entonces se casa con, Diego, el jefe comunista local, defensor sin reservas de la Unión Soviética; del otro lado, en mitad de esta conversación, el fantasma de Bernanos, instalado en Mallorca, disiente pronto de las ideas del bando nacional, por las que al comienzo se había sentido atraído, hasta que presencia la sangrienta represión franquista en la isla, y decide volver a su país.
Salvayre hilvana dos visiones muy distintas, una ficción novelada o una crónica de esa revolución social y familiar, las Comunas de Aragón y la insurrección en Cataluña con la liquidación de trotskistas y anarquistas por orden de Stalin, y la victoria final fascista y su feroz represión. La narradora transcribe la historia de su madre, de su tío libertario y de su futuro padre, un joven estalinista, en una España roja que se debatía entre guerra y revolución, entre la libertad y la represión; todo en medio de mil contradicciones políticas y sociales, y con ello pretende devolverle la ilusión a su madre, y constatar que personajes como Bernanos, intelectual y comprometido, negaron la cruzada franquista y así convierte ambos testimonios en un curioso alegato en contra de la crueldad humana, y deviene su texto con un curioso lenguaje, que se completa con un acertado tono lírico.

viernes, mayo 27, 2016

Tres desconocidas, Patrick Modiano


Trad. María Teresa Gallego Urrutia.
Anagrama, Barcelona, 2016. 184 pp. 16,90 €

Miguel Carcasona


Hay quien nace con estrella y quien nace estrellado. De igual modo, hay quien vive ubicado, aunque cambie de parejas, amistades o residencias, y quien vive siempre desubicado, no importa dónde y con qué compañía asiente sus huesos. Las protagonistas de Tres desconocidas pertenecen al segundo grupo de ambas categorías. Al menos, pertenecieron durante una adolescencia que las marcará y cuyas vicisitudes nos narran desde un presente ignoto. Una época que, para todas, supuso la continuación de un páramo existencial heredado de la niñez o de un empleo alienante, no alterado por la modificación del hábitat: dos han crecido en ciudades de provincias francesas, más o menos populosas, y una viene de Londres; dos acabarán en París y otra en Ginebra.
«Nada cambiaba nunca. Todo se repetía a las mismas horas y en el mismo escenario» cuenta una de las chicas. En la mayoría de las vidas, casi todo acaba siendo tedio y rutina. Y con la expansión, a nivel mundial, de los modelos urbanos occidentales hasta los escenarios son intercambiables. Esto se acentúa si hablamos de ciudades apenas separadas por unos cientos de kilómetros. En las tres narraciones, los escenarios se asemejan y las constantes ambientales y personales se reiteran: sueños truncados, una cotidianidad gris, la ausencia de apoyo familiar o el desapego hacia ésta. «No sé qué puede ser la vida de familia», llega a confesar una de las adolescentes. La conjunción de esos factores desemboca en una indiferencia hacia los acontecimientos cotidianos semejante a la de Meursault, el protagonista de El extranjero, de Camus. Incluso los desenlaces poseen el mismo tono de frialdad, si bien cada uno se halla en el vértice de un triángulo equilátero.
Las tramas y las ubicaciones son las habituales en las novelas de Modiano: personajes jóvenes rescatados durante unas páginas del anonimato, que habitan entre sus coetáneos sumidos en una especie de bruma mental —«Pasé por ellos (los años de la adolescencia en un internado) envuelta en una niebla que borra todos los rostros y todos los detalles de mi vida. Hasta tal punto que me pregunto si no fue un sueño», relata una de las chicas—, indagación del pasado, París con una atmósfera que roza lo onírico —magnífica la escena de los caballos yendo hacia el matadero en la madrugada, invisibles a los ojos de la protagonista pero intuidos a través del sonido de los cascos sobre los adoquines, que terminarán convertidos en metáfora obsesiva de la muerte– y un modo de narrar escueto, con pinceladas a veces poéticas que nos trasladan más allá del simple nivel descriptivo. Un modo de narrar, diría, común a otros novelistas franceses contemporáneos –pienso en Echenoz y Carrere– y habitual en el cine reciente del país vecino, con preferencia en las comedias cuyos personajes son gente común, donde se diseccionan las relaciones humanas con la sutileza de un folio cuando saja la piel. Un humor fino, del que provoca un rictus de complicidad más que una sonrisa franca, también existente en esta obra. La Segunda Guerra Mundial tiene un papel secundario, pero fundamental, en una de las historias, a través de la mitificación del padre desaparecido y de una significativa herencia: la pistola que aquel usó durante el conflicto.
Tres relatos, en definitiva, que dejan un sabor agradable en lo literario y el suficiente poso para reflexionar sobre esos detalles, nimios en apariencia, que el autor ha ido colocando en los rincones de sus páginas, como las marcas sobre las piedras en una ruta senderista.

miércoles, mayo 11, 2016

Oona y Salinger, Frédéric Beigbeder


Trad. Francesc Rovira. 
Anagrama, Barcelona, 2016. 296 pp. 19,90 €

Santiago Pajares

Imagina que uno de tus libros favoritos es El guardián entre el centeno. Imagina que por casualidad descubres cuál es la casa en la que J. D. Salinger pasa sus últimos días. Imagina que subes al porche y te dispones a tocar su puerta. Y entonces te rajas, no llamas, vuelves al coche y te vas por donde has venido. Pues eso es lo que le pasó a Frédéric Beigbeder en 2007. Se rajó y se volvió al coche, pero no se quedó allí. Después volvió a su mesa y escribió una novela.
Esta es una novela de ecos. De los ecos que resuenan en los primeros años cuarenta en Manhattan mientras la guerra comienza a volverse cruenta en Europa. En esos primeros días, en un club nocturno se reúnen los jóvenes a bailar, beber y por supuesto, contar cotilleos. Hay tres chicas y un chico. Las chicas son las ricas herederas Gloria Vanderbilt, Carol Marcus y Oona O´Neill. El chico es Truman Capote, su confidente. Olvidémonos de dos de las chicas y el chico y centrémonos en Oona, hija de Eugene O`Neill, uno de los más famosos dramaturgos de Norteamérica. En el otro lado de la barra está Jerry Salinger, en ese momento un estudiante hijo de un charcutero. Los dos se conocen, se gustan y entablan una relación platónica que no llega a desembocar en nada. Pero la guerra necesita de soldados, y el incipiente escritor marcha hacia Europa para combatir y así mostrar su valor a Oona. Lamentablemente el tiro le sale por la culata, ya que ella, en vez de esperar como en cualquier buena película romántica, se casa con un hombre treinta y cinco años mayor, mundialmente famoso y millonario: Charlie Chaplin.
¿Cómo afecta esto a J. D. Salinger? ¿Cómo afecta a Oona O´Neill? Y lo que es más importante... ¿cómo afecta a Frédéric Beigbeder? Porque de la misma forma que Salinger reverenciaba a Francis Scott Fitzgerald, Beigbeder reverencia a Salinger (e incluso me aventuro a presumir que habrá alguien que reverencie a Beigbeder). La historia se basa en la existencia de unas cartas que Oona O´Neill Y J. D. Salinger se escribieron durante la guerra. Estas cartas pertenecen a la familia Chaplin, que ha decidido no hacerlas públicas. Esto, que habría detenido a un buen documentalista, no es obstáculo para el escritor, que decide recrearlas en su imaginación. Basándose en la técnica de la ficción, en la que todos los hechos y fechas son reales y comprobables, se inventa todo lo demás, llegando incluso a escribir un nueva escena que nunca existió: Cuarenta años después de aquellas cartas, cuando Oona es ya la viuda de Charlie Chaplin y Salinger un escritor mundialmente famoso, quedan a comer y hablar de lo sucedido.
Y como no podía ser de otra manera, Frédéric Beigbeder aprovecha todos estos datos para hablar de sí mismo, de su vida y sus relaciones personales. Enamorado del icono que es Oona O´Neill y de la escritura de J. D. Salinger, los usa como dos flechas que apuntan a su persona. Este es un libro que apasionará a los seguidores del autor de El guardián entre el centeno, a los amantes de los iconos femeninos y a los acérrimos seguidores de Frédéric Beigbeder. Porque como el mismo autor nos dice: Si la historia no fuera cierta, tendría una enorme decepción.

miércoles, marzo 09, 2016

El reverso de los demás, Kaouther Adimi


Trad. Aloma Rodríguez. Xordica, Zaragoza, 2015. 96 pp. 11,95 €

Ana Gamero Escudero

El reverso de los demás le ha merecido a Kaouther Adimi, una joven argelina de 30 años, varios premios, como el FELIV (Festival Internacional de la literatura del libro juvenil de Argel) en 2008 y el Premio Vocación en 2011. Esta joven promesa de la literatura francófona narra con tono melancólico un día en la vida de nueve habitantes de un barrio obrero de clase media, más bien baja, de Argel. Esta polifonía de voces se suceden desde la madrugada hasta la tarde de un día cualquiera, y nos cuentan los problemas y dificultades a los que se enfrentan los personajes en forma de monólogos interiores. Cada capítulo está narrado por una persona distinta: los protagonistas, que son los hermanos Adel y Yasmine, su madre, su hermana mayor Sarah, el marido y la hija de esta, Hamza y Mouna (que viven todos, los seis, bajo el mismo techo), y los vecinos, Kamel, Tarek y Hadj Youssef.
Resulta muy interesante la oportunidad que nos brinda este libro de acercarnos a la realidad contemporánea de Argelia, donde conviven varias culturas con sus diferentes ideologías, y poder observar como la más numerosa, la cultura árabe, ha sabido adaptarse (o no) al siglo veintiuno. Sorprende, desde el desconocimiento sobre este país que puede tener el público español, poder identificarse tanto con los jóvenes argelinos y descubrir que su panorama económico y social no es muy diferente al que tenemos ahora en España, sino más bien todo lo contrario: sueños rotos, emigración, desempleo, vandalismo, la lucha moral entre resignarse o luchar, irse o quedarse, tirar la toalla o tener la esperanza de que algún día se acaben las injusticias y las limitaciones. Además, los tres personajes femeninos que aparecen en el libro tienen mucha fuerza y, aunque son muy diferentes, intentan, cada una a su manera, huir del limitado papel que la sociedad musulmana les ha otorgado tradicionalmente y sueñan con un futuro mejor que, tristemente, puede que nunca llegue. Desde luego, Kaouther Adimi ha dado con todos los ingredientes para crear una interesante novela juvenil, donde encontramos diferentes perfiles de antihéroes y personajes sin rumbo que, además, representan minorías y clases desfavorecidas. Sin embargo, este libro va un paso más allá y nos provoca una sensación amarga y una reflexión profunda desde la primera página que, sin duda, no nos deja indiferentes.
Lo que interesa de la novela es el monólogo interior de los personajes, que casi no hablan los unos con los otros, y que buscan ocultar lo que verdaderamente piensan y sienten. No obstante, creo que en algunos casos no han estado del todo logradas estas voces narrativas y no sé si es un problema de expresión de la autora o de traducción del francés al español. Tal vez las narraciones se podían haber distinguido un poco más para hacer más evidentes los contrastes entre hombres y mujeres, jóvenes y mayores. Además, todos y cada uno de los personajes son muy interesantes y tienen mucha fuerza pero, al tratarse de una novela corta, casi un relato, están poco desarrollados y solo se nos presentan pinceladas de cada una de sus personalidades, lo que hace que nos quedemos con ganas de más.
En general, obviando estos problemas de expresión, El reverso de los demás es un libro que ha sabido experimentar con la forma y el stream of conciousness, que empezaron a utilizar grandes autores modernistas como Joyce y Woolf, para trasladarnos a un país cuya literatura contemporánea, sobre todo la escrita por mujeres (que hace muy poco que vienen abriéndose camino en este campo, y en muchos otros), necesita más reconocimiento. La autora ha querido llegar a ese “reverso”, desvelar la verdad individual sin filtros ni normas para contar la historia de una generación perdida, que, por desgracia, si miramos a nuestro alrededor, está más cerca de lo que creemos.

lunes, febrero 08, 2016

El ojo oye, Paul Claudel


Trad. Juan Ramón Ortega Ugena. Vaso Roto, Madrid, 2015. 256 pp. 15 €

Fermín Herrero

Los interiores de la pintura holandesa, esas estancias de recogimiento, de quietud, esas escenas íntimas donde anidan lo durativo y el silencio, el alma según Paul Claudel, congregan en sus matices de luz, de claroscuros, un algo profundo, decisivo a mi juicio en la configuración de la estética occidental que más admiro, la que eleva el instante, además cotidiano, a una categoría trascendente que nos excede. De hecho, algunos cuadros de Vermeer y Pieter de Hooch, sobre todo, pero también de Viel, Maes y tantos otros, diríase que habitan verdaderamente dentro de nosotros, de nuestro espíritu, tan amenazado en el tiempo a este respecto inclemente, sin abrigo, que nos ha tocado vivir.
Para quienes amen la gracia secreta de la pintura flamenca, su delicado candor, y hayan pasado, en consecuencia, demoradas horas de contemplación extasiada, preferentemente en el Rijksmuseum de Amsterdam, aunque también en el Prado o en el Louvre, los ensayos pictóricos, más bien disertaciones, reunidos originalmente por P. Claudel en 1946 y que ahora presenta Vaso Roto en nuestro idioma, en una de sus acostumbradas ediciones, limpia y cuidada en extremo, con ilustraciones a color en el quicio del texto, bajo el sinestésico título El ojo oye, son una gozada en todos los órdenes. El más largo, el inicial, precisamente “Introducción a la pintura holandesa” es una inmersión en lo que denomina “conjunto encantado” gracias a “la magia bátava”, recorre todas las manifestaciones pictóricas de este estilo y lo coteja con la escuela italiana hasta desembocar en los bodegones o naturalezas muertas y en el soberbio cuadro Ronda de noche de Rembrandt.
El diplomático Claudel, cuya «capacidad intelectual se vertió en el ensalzamiento religioso, con un toque finisecular», tal y como sintetiza el traductor y prologuista Juan Ramón Ortega Ugena que, por cierto, cita acertadamente a Sthendal: «La pintura no es más que la moral en forma plástica», definición que serviría como lema guía al volumen en su totalidad, es dueño de una prosa desasosegante, pero muy atractiva por lo desusado, propensa al meandro de pensamiento y al matiz, siempre con pujos poéticos que le proporcionan tersura y ductilidad. Para quienes como a mí les seduzca su dicción sinuosa, digresiva, trufada de lo reflexivo y lo espiritual, el libro es un festín.
Los ensayos, escritos a partir de los sesenta y cinco años del autor, lo que es garantía añadida de conocimiento bien asentado, se ordenan cronológicamente y van desgranando sus impresiones al examinar telas, pero también catedrales como la de Estrasburgo, obras musicales –divagaciones dedicadas a Arthur Honegger-, objetos artísticos, etc, en relación con pensamientos propios, reflejos literarios, acontecimientos históricos o vivencias de viajero, vertidos en exposiciones minuciosas que, desde lo espacial, consiguen una lectura durativa, tanto mejor cuanto más se sale de lo meramente descriptivo, del “ut pictura poesis”, para ir más allá.
A quien esto firma le ha interesado especialmente su detallado análisis de la pintura flamenca, en particular de los paisajes, en los que Claudel ve, con acierto, creo, “temas de contemplación” y “fuentes de silencio”, pero el lector atento tiene mucho donde elegir. A seguido, en el otro estudio largo, se acerca a nuestra pintura a raíz de una exposición de fondos, salvados de la amenaza de la Guerra Civil, en el Museo de Arte e Historia de Ginebra. Un gozoso paseo por Velázquez, Goya o el Greco, con especial atención a los retratos y a los enormes tapices marianos que Carlos V se llevó a su retiro en Yuste.
Y, luego, un surtido de lo más sabroso: las vidrieras de las catedrales francesas de la Alta Edad Media, de cuando las cruzadas; el motivo artístico del camino; las piedras preciosas, en especial la perla; el Museo de Anatomía Comparada; los jarrones chinos; exégesis, podríamos decir lecturas, de la composición y el sentido en pinturas de Jordaens, Fragonard, Watteau, Steen o Rubens… Para Claudel «la pintura detiene al sol». De cuando en cuando le atiza duro a buena parte del arte contemporáneo, «que no tiene nada que decir». Y, como en muchas otras apreciaciones, con razón.

miércoles, enero 13, 2016

Tristeza de la tierra. La otra historia de Buffalo Bill, Éric Vuillard


Trad. Regina López Muñoz. Errata naturae, Madrid, 2015. 138 pp. 14,50 €

Nabor Raposo

Cuando uno piensa en Èric Vuillard (Lyon, 1968), lo hace en esa clase escritor multidisciplinar capaz de distinguir con claridad, al comienzo del proceso creativo, la naturaleza narrativa de sus obras y actuar en consecuencia. Hace ya más de un lustro, este redactor tuvo la oportunidad de intercambiar unas palabras con Ray Loriga con motivo de la aparición de Días aún más extraños (El Aleph, 2007): a la pregunta de si se sentía más escritor que cineasta, Loriga respondió algo así como que no se había parado a pensarlo; que sus historias tenían una manera de ser contadas y, por regla general, o mejor dicho, por pura intuición, casi desde el momento mismo de su gestación él ya sabía si eran una película, una novela o un relato.
Vuillard, que tiene prácticamente la edad de Loriga y ha escrito siete libros y dos películas (Mateo Falcone, que además dirigió, es en realidad una adaptación de la novela de Prosper Mérimée), también disfruta de esa particular bendición. Y sucede que cuando uno tiene la capacidad para expresarse en diferentes lenguajes, en diferentes registros, tiende a mezclarlos. A eliminar las barreras que los delimitan, a solaparse. El problema surge cuando el medio se convierte en fin, y los riesgos que uno adopta desdibujan la intención que se persigue. Sospechamos que, en el caso que nos ocupa, el intento por levantar el texto con técnicas cercanas a la narrativa audiovisual ha desvirtuado la fórmula.
Y la fórmula no es nueva. Hacer literatura con personajes históricos es una idea tan antigua como la propia escritura, si se piensa detenidamente. Sin embargo, de un tiempo a esta parte observamos que a la biografía tradicional, la académica, considerada tal vez un género menor, se le van acoplando distintos mecanismos que la van alejando paulatinamente de su carácter más conservador y hacen cada vez más atractiva su lectura. En Francia, últimamente, lo han venido haciendo, por poner los casos más sobresalientes, Jean Echenoz, hasta tres veces (Ravel, 2006; Correr, 2008 y Relámpagos, 2010) o Emmanuel Carrère (Limónov, 2013), con éxito aclamador de crítica y público. Tristeza de la tierra. La otra historia de Buffalo Bill parece adscribirse también a esa misma corriente. Pero es precisamente en este punto donde perdemos la pista.
Para empezar, diremos que la historia es una. La disciplina no admite atajos ni alternancias, no existe ni puede existir ‘otra’. Podemos admitir su desconocimiento, conceder lagunas de interpretación e incluso asumir los vicios en los que hemos incurrido a la hora de conformarnos una opinión sobre los hechos, pero no deberíamos crear motivos para conspirar contra la realidad que se nos describe cuando se hace con rigor y buena fe. Que Buffalo Bill fuera, cuanto menos, cómplice de asesinato, no nos extraña dadas las circunstancias; como buen hombre de negocios americano, el oportunismo era una de sus grandes virtudes, si no la mayor, y en consecuencia no le tembló el pulso a la hora de sacar tajada de la desgracia en un territorio tan vasto como lo era EE.UU. a finales del Siglo XIX, donde todo o casi todo estaba aún por descubrir. A lo largo del texto, el autor nos descubre el auge y caída de William Frederick Cody, pionero universal del show-business y primer ejemplo documentado del self made man engullido por su propio éxito, el personaje que dedicó toda su vida al engrandecimiento de una empresa –el Wild West Show– que terminó por caricaturizar y engullir a la persona. Hasta ahí todo correcto.
Las analogías de esta terna –los Estados Unidos, el mundo del espectáculo, la decadencia individual– no son casuales. Por tanto, resultan innecesarias las reiteradas denuncias al estabilishment con las que el autor se esmera de una manera tan prolija. Es precisamente ese tono acusador, moralista incluso, lo que lastra la narración: en lugar de teñir el misterio entorno a la figura del héroe y sus tribulaciones y hacer partícipe al lector de sus propias expectativas, Vuillard se sirve de la novela como una plataforma de lucimiento personal en el que se ejercita con un eficaz despliegue de metáforas ante los problemas que plantea el contexto socioeconómico actual. El lenguaje y el tono empleados a lo largo de la novela atestiguan la presencia de un escritor muy bien dotado técnicamente, pero el estilo no siempre acompaña a una arquitectura demasiado cinematográfica que se manifiesta en el carácter excesivamente inmediato de algunas descripciones y, sobre todo, a causa de la centralización del relato, incomprensiblemente frugal, en una serie de escenas concretas no tan relevantes como muchas otras sobre las que el autor pasa de puntillas u omite. La guinda la pone un desconcertante epílogo, que termina por consagrar el sentido del texto a una idea fácil de rebatir, y es que la pureza cultural de los indios como metáfora de la salvación frente al capitalismo tampoco parece la solución a ninguno de los males de este mundo, se antoja exagerada. La experiencia demuestra que los núcleos menos civilizados no son siempre los más prósperos espiritualmente. Ni tendrían por qué serlo, además.
El ensayo, no está de más decirlo, se queda cojo, a medio camino entre la realidad y la ficción y sin que la estrecha línea que los separa desaparezca. El autor entra y sale de la conciencia de Buffalo Bill sin ningún tipo de rigor, lo que hace tambalear la verosimilitud y poner en duda ante qué clase de texto nos enfrentamos; algo que Echenoz hace a vuela pluma con sus personajes, de manera natural y sin que se note el artificio. Tampoco deja de resultar llamativo ese particular interés que mantiene a lo largo de toda la novela por retratar al personaje con toda su mezquindad y vileza, sobre todo tratándose de un pobre diablo al que le bastaría consigo mismo para condenarse. La exposición distanciada y objetiva de unos hechos de los que el autor es, en parte, testigo, es lo que hace de Limónov, por seguir con los ejemplos citados al principio, una verdadera obra maestra.
¿Por qué a todo el mundo nos parecen tan atractivas las existencias legendarias y por qué ese afán de los artistas por reinterpretarlas? ¿Dónde nace esa curiosidad? Quién sabe qué clase de demonios llevan a un escritor a hacer películas, o a un cineasta a escribir libros. Habría que preguntarse, llegado el caso, qué interés tenía Éric Vuillard en contarnos los venenosos entresijos del capitalismo feroz a través de la peripecia vital de Buffalo Bill, y sobre todo, por qué escogió a Buffalo Bill para contarlo. ¿Acaso no merecía el bueno de Cody todo el protagonismo? Para finalizar, y a modo de anécdota, cabría una pequeña reflexión sobre la clase de despiste que lleva a los editores a promocionar un libro con semejante reclamo: no consta que Tristeza de la tierra. La otra historia de Buffalo Bill haya sido finalista del Goncourt en 2014, como reza en la contraportada de, por lo demás, esta esmerada edición.

viernes, noviembre 13, 2015

Para que no te pierdas en el barrio, Patrick Modiano


Trad. Mª Teresa Gallego Urrutia. Anagrama, Barcelona, 2015. 152 pp. 14,90 €


Bruno Marcos

Cuando uno lee un libro de Modiano no puede menos que preguntarse si un autor así siendo español hubiese tenido la misma atención que ha tenido siendo francés. Los ecosistemas culturales de un país y otro son todavía muy distintos aunque el francés haya sido en muchas ocasiones modelo del nuestro.
Hace tiempo una escritora que se hizo popular en los años ochenta aseguraba, con el habitual desparpajo de los de esa generación, que La montaña mágica de Thomas Mann, hoy en día, no encontraría editor. Para ella las grandes disertaciones de Mann le sobran al libro. Añadía en aquella reflexión que el pobre Thomas debió pensar, ingenuamente, que aquellos diálogos con Settembrini y Naphta le darían altura intelectual y perdurabilidad en el tiempo a su obra sin darse cuenta que el futuro los consideraría un tostón.
Sin duda esa escritora abogaba por la acción y no soportaba que a aquel Hans Castorp no le pasase prácticamente nada durante páginas y páginas, y veía que había demasiados preliminares y consideraciones para una mayoría que lo que quiere, también en literatura, es ir al grano.
Recordando esta opinión uno ve posible que a Modiano de no haber sido francés en España no solo no se le habría propuesto para el premio Nobel sino que con dificultad habría encontrado editor: Un autor que anda entre sombras, investigando enigmas de su propio pasado que casi ha olvidado totalmente. Una mínima pesquisa de algo que a nadie le importa, casi ni a él. Una indagación desganada. Una porción de nombres de calles y plazas de París. Asuntos no resueltos en clave psicoanalítica. Heridas que apenas duelen ya y un sinfín de infraleves que tejen una tela de araña que atrapa o no atrapa y que alguno dirá que hasta le duerme.
La novela nos presenta la historia de un escritor solitario que a partir de un pequeño acontecimiento como es la pérdida de su agenda llega a revivir aspectos oscuros de su infancia. Tras las primeras cuarenta páginas se entera uno de qué tipo de personajes pinta el autor. Allí se lee que el protagonista no sabe si su propia madre aún vive y, un poco después, que se arrepiente de todos esos años en los que no se había fijado ni en los árboles ni en las flores. En otro punto cita cómo se escandalizó una filósofa porque una mujer durante la guerra dijo que la contienda no modificaba su relación con una brizna de hierba. Esos detalles llovidos aquí y allá por el texto nos dan el ambiente preciso y la dimensión muy peculiar de esta literatura.
Modiano admite que es sólo un novelista y que la concesión del premio Nobel le dejó un tanto perplejo porque él no se ve como un intelectual todoterreno, capaz de intervenir en todos los aspectos de la vida social y política como lo hicieron Sartre o Camus. Lo suyo es darle vueltas a los recuerdos y los olvidos encubridores, acudir a la literatura para restañar el pasado no cicatrizado, a completar lo que nunca fue desvelado.
Libros así, nos gusten o no, son un milagro en un paisaje donde la cultura es devorada por la industria del entretenimiento. Se trata de una literatura que parece que sólo podría atraer a lectores que sean como el autor, que se identifiquen con sus derivas, aunque quién sabe, tal vez sean legión los que son tan modianos como Modiano.

viernes, noviembre 06, 2015

Capricho de la reina, Jean Echenoz


Trad. Javier Albiñana. Anagrama, Barcelona, 2015. 103 pp. 12,90 €

Nabor Raposo

Aunque su discreción y buenas maneras le impelen a respetar el trabajo de la crítica sin alzar apenas una palabra más alta que otra, es muy probable que el bueno de Jean Echenoz (Orange, 1947) empiece a estar un poco molesto, a estas alturas, con algunas etiquetas. La de miniaturista empieza a rebasar los límites de la poca originalidad para dirigirse directamente a los dominios del aburrimiento, de la holgazanería, de la perezosa repetición. Hay mucho donde rascar en su literatura como para detenerse únicamente en admirar lo que algunos gurús denominan el estilo Echenoz, ese virtuosismo flaubertiano en el hallazgo de la palabra exacta, el moins encombrant, plus performant.
Seguramente, el principal aludido prefiera reservarse las fuerzas para otros menesteres más importantes que el de quitarse de encima su particular sambenito, pero tal vez no esté de más extenderse un poco sobre este y otros aspectos de su peculiar escritura. Conviene recordar, cuantas veces haga falta, que todo escritor se sirve del lenguaje como principal herramienta de expresión. La elección de unos y de otros por un lenguaje determinado –reclamo que suele pertenecer en exclusiva no ya al estilo propio de cada autor, sino al carácter e intención de la propia obra– hace que las convenciones los separen en dos grandes grupos: los que se entienden y los que no. A menudo, los lectores menos aviesos incurren en el error de catalogar a un escritor como ‘sencillo’ o ‘fácil de leer’ esgrimiendo criterios meramente estilísticos, formales, y resumen la complejidad de una obra en función de la accesibilidad a su vocabulario o el tono de narración empleado. Esto no debería ser así: las dificultades planteadas por una obra literaria poco tienen que ver con ciertas superficialidades. Diríamos, para entendernos, que el valor de la misma viene marcado por el fondo, y no por la forma; el cómo siempre al servicio del qué. Y es por esta razón, y no otra, por la cual Jean Echenoz no debería considerarse como un autor fácil. Es un genio.
El laconismo lingüístico tan característico en los textos de Echenoz no contempla otra finalidad más allá de ponderar la fuerza propia de la existencia como metáfora de la locura contemporánea o el desastre. Sin alejarse por ello del compromiso estético, opera por sustracción; su desnudez estilística, aparentemente inocua, realza ese retrato de una realidad descarnada y no pocas veces fatal, que suele esconderse y tomar forma tras las familiares cortinas de lo cotidiano. Nada prolijo a descripciones accesorias, se sirve para la causa de un lenguaje limpio, preciso, bien escogido y sin arabescos, justificado. No se recrea en abstracciones. El recorrido hacia el desenlace es diáfano, no hay trampas, sino suficientes indicios por el camino para aventurar la lógica de la conclusión. La elección del punto de vista, haciendo al lector partícipe de lo que ve y poniendo el foco en lo que se deduce como el hecho trascendente de lo narrado, produce el mismo efecto que las clases particulares de un buen catedrático: leer a Echenoz es como sentarse con él en un sillón a escuchar sus explicaciones.
Este Capricho de la reina resume un compendio de textos de distinta naturaleza, publicados en formatos tan dispares como revistas de arquitectura, libretos musicales o soportes narrativos complementarios a otra serie de obras artísticas. Concebidos entre 2002 y 2014, no parecen responder a un estricto criterio de unidad –más allá del meramente formal, estilístico–; son más bien capricci, versos sueltos que, más que conformar un poema –un libro de relatos, en este caso–, cumplen la no menos interesante función de exhibir algunas de las tesis narrativas sobre las que el autor ha incidido en su obra anterior.
La primera pieza del volumen, Nelson, constituye un buen ejemplo. Al hilo de la trilogía de vidas imaginarias organizadas en Ravel (2006), Correr (2008) y Relámpagos (2010), Echenoz evoca los años finales del almirante Nelson (1758 – 1805), oficial de marina británico célebre por derrotar a las tropas napoleónicas en la batalla de Trafalgar, donde perdió la vida. Como ya hiciera con otros personajes históricos, el autor mitifica al personaje en el sentido clásico del término, esto es, confrontando su gloria al implacable destino: efectivamente, el retrato físico de Nelson acaba por parecerse más al de un pirata que al de un lord, y la repatriación de su cadáver en circunstancias tan poco decorosas no hace sino enfatizar el carácter incongruente de un porvenir en gran medida predecible. Todas estas maravillosas extravagancias de la providencia las relata el autor con una ironía vagamente melancólica, más fascinado por las consecuencias que por los hechos, marcados siempre por la casualidad y el azar y la extraña lógica que los sustenta.
El segundo relato, el que da título a la colección, describe con precisión cinematográfica la campiña de la región de los Países del Loira a través de un paneo de 360º. De nuevo, la aparente sencillez con que el autor despacha el texto deja margen suficiente para la exploración, y lo que podría llegar a entenderse como un mero ejercicio de estilo sin pretensiones e irrelevante, acaba por convertirse en una lectura sujeta a una interpretación descaradamente marxista, apelando a algunos de los estamentos más revolucionarios de la crítica literaria posterior al formalismo. Con el siguiente cuento, En Babilonia, el autor regresa a los personajes históricos (en esta ocasión escoge la figura de Heródoto de Halicarnaso; 484 – 425 a. C.) para (des)mitificar el progreso y la decadencia de una civilización, la humana, en la que el conocimiento y la información juegan un papel capital. Tomando en consideración muchos de los riesgos narrativos que en su día asumiera el historiador griego en sus tratados, éstos son finalmente equiparados a los vicios adquiridos por las nuevas tecnologías de la información, que tanto peligro entrañan para una sociedad en las que priman cada vez con más fuerza las perniciosas urgencias y esa desaprensiva necesidad de inmediatez por encima del rigor. A continuación, Veinte mujeres en los Jardines de Luxemburgo y en el sentido de las agujas del reloj se presenta como un anecdótico pero curioso inventario de personalidades femeninas no necesariamente limitado a sus protagonistas, y que a pesar de su carácter incompleto (véase Le Luxembourg, Sophie Ristelhueber; Paris-Musées, 2002) podría funcionar como una especie de breviario pintoresco, prólogo a un tratado psicológico mucho más ambicioso e inabordable.
Llegamos, por fin, a Ingeniería civil, la masterpiece del volumen. Veinticuatro páginas divididas en tres actos –la catástrofe en la que se enmarca el relato parte de un hecho real– que condensan magistralmente las tesis narrativas a las que hacíamos alusión al principio: la manera en que Echenoz nos conduce, a través de un puñado de frases calibradas con absoluta precisión, hacia lo inevitable, hacia ese destino ante el cual es inútil revelarse. El proyecto del ingeniero de puentes Gluck retoma el anhelo de lo imposible como eje temático central, aquella constante búsqueda de la perfección gratuita que ya cercenara los sueños de Bartlebooth en La vida instrucciones de uso (Georges Perec, 1978). Ambas empresas, consagradas al fracaso desde su mismo punto de partida, también guardan similitudes con los propósitos de Max Delmarc en Al piano (2003), truncados en el último momento tras una concatenación de sucesos donde la esencia de la lógica y de lo sobrenatural convergen en la fatalidad. Podemos añadir, además, otra particularidad a la causa: tanto en Ingeniería Civil como en Al piano o Me voy (1999) el amor es esquivo a los protagonistas en el último momento: «[…] cualquiera puede dar fe de que las cosas no tienen por qué ser así, de que buscar una compañera es la mejor forma de no encontrar ninguna, de que el azar es mejor aliado que la obcecación». He aquí otra constante del particular universo del autor, extrapolable también a nuestro tiempo.
Por último, el libro culmina con Nitrox, una historia de espías ambientada en el fondo marino que se escucha como el contrapunto perfecto al motivo instrumental de Rubias peligrosas (1995), y Tres bocadillos en Le Bourget, otra pieza sumamente interesante, cautivadora y nostálgica, donde el autor, transfigurado en sí mismo, decide embarcarse en una inocente aventura con visos de convertirse en trascendente o, por lo menos, digna de ser narrada. Sin la pretensión de alcanzar una epopeya digna de los paseos de Leopold Bloom por las calles de Dublín o emular las proezas deportivas de Ned Merrill en las piscinas de sus vecinos, serán sus propios recelos, más adecuados a un escritor que a un ciudadano sensible y vigilante a los cambios, los que le llevarán a visitar un punto aleatorio del extrarradio de París para descubrir, con curiosidad y extrañeza, que su presencia en el mundo obedece a un aspecto anacrónico donde ya apenas se reconoce, donde el pasado se desdibuja a la velocidad de un tren de cercanías moderno.
En suma, puede que este Capricho de la reina no destaque por encima de la notabilísima producción del autor, pero constituye, sin asombro de duda, una inmejorable ocasión para tomar un primer contacto con su literatura. Quien haya sido fascinado por Ingeniería civil o Tres bocadillos en Le Bourget encontrará motivos suficientes para su deleite en 14 (2012), su inmediatamente anterior y exitosa creación narrativa. Echenoz se ha ganado, por derecho propio y al igual que Javier Marías o Peter Handke, con quienes comparte mucho más que una mera tradición, su presencia en la nómina de los primeros grandes clásicos europeos del siglo XXI.

miércoles, octubre 07, 2015

El lector del tren de las 6:27, Jean-Paul Didierlaurent


Trad. Adolfo García Ortega. Seix Barral, Barcelona, 2015. 195 pp. 17,50 €

Ignacio Sanz

Tuve noticia de este libro a través de un artículo de periódico que se hacía eco de su aparición en castellano como si de un acontecimiento se tratara, una de esas noticias que, de cuando en cuando, estremecen los cimientos del mundo editorial. Su autor era un novato desconocido, aunque había ganado en dos ocasiones el Premio Hemingway de cuentos. De hecho no tenía ningún libro publicado pese a que ya había pasado la barrera del medio siglo. Y, sin embargo, esta primera novela era un acontecimiento porque incluso antes de salir en francés en una pequeña editorial ya había comprometido sus derechos de traducción para 25 países. En fin, en fin, habrá que leerla, me dije.
La novela se deja leer, por supuesto. Rezuma ternura en cada página. Los malos, que los hay, se llevan su pequeño castigo y eso complace siempre al lector que espera su porción de venganza. Pero también es cierto que recuerda un cuento edulcorado, aunque para ser más exactos, me ha recordado a Amélie, aquella plácida película francesa que no nos cansamos de ver encerrados en casa una de esas tardes de frío que anuncian la Navidad.
El protagonista es un hombre soltero que vive solo al que le gusta leer, aunque se dedica a destruir libros con una máquina monstruosa para convertirlos en pasta de papel. Boumil Hrabal escribió una novela con un tema parecido titulada si no recuerdo mal Una soledad demasiado ruidosa protagonizada por un maquinista que maneja una máquina parecida y que se encarga de salvar cada día un libro de su destrucción definitiva.
Pero en la novela de Didierlaurent, además del maquinista que lee en alto cada día en el vagón del tren que le lleva al trabajo, aparece otro personaje gemelo: la cuidadora de los lavabos de un gran centro comercial. Ambos llevan una vida gris y ramplona, pero en ambos destella un punto de luz que les llega respectivamente a través de la lectura y de la escritura.
Con mucha habilidad Didierlaurent va llevando al lector a ese punto de luz en el que convergen los dos personajes centrales. Pero la novela cuenta además con curiosos personajes secundarios que han pasado por experiencias peliagudas y que, pese a todo, no han tirado la toalla y miran con ilusión hacia adelante.
Al final, el lector, este lector al menos, tiene la sensación de haber leído un precioso cuento de Navidad, un cuento que, por otra parte, se puede aplicar a la vida de un escritor sin relieve que, de pronto, es arrancado del anonimato porque su obra, su primera obra, llega a través de una fábula al corazón de miles de lectores en las más diversas lenguas del mundo.
Supongo que si el cuento sigue creciendo, y tiene muchas papeletas para hacerlo, acaso algún día no lejano lo veamos trasladado a la pantalla y, en consecuencia, podamos verlo en la tele de nuestra casa mientras caen los copos de nieve a través de la ventana. Acaso ese día recordemos la tarde placentera de verano que nos proporcionó su lectura.

viernes, octubre 02, 2015

Sumisión, Michel Houellebecq


 Trad. Joan Riambau. Anagrama, Barcelona, 2015. 288 pp. 19,90 € 

Nere Basabe

La coincidencia en el tiempo el pasado mes de enero del lanzamiento en Francia de Sumisión, la última novela de Michel Houellebecq, y del atentado terrorista al semanal satírico Charlie Hebdo, que precisamente había dedicado su última portada al escritor caricaturizado de mago adivino, fue menos una aciaga casualidad que otra prueba más de que Houellebecq se ha convertido en el escritor europeo que mejor está sabiendo dar testimonio de nuestra contemporaneidad y diagnosticar las enfermedades del espíritu de esta parte del mundo. Acostumbrado de largo a la polémica, en esta ocasión las circunstancias sobrepasaron al fenómeno literario: el mismo día en que la novela, donde se fabula sobre una Francia sometida al Islam, tomaba las mesas de novedades de las librerías, un par de integristas armados abatían en la redacción de un periódico a un puñado de humoristas y periodistas, y su famoso autor se veía compelido a cancelar la promoción y abandonar París, para continuarla después fuertemente escoltado. Así que la pregunta se hace inevitable: ¿tan peligroso puede llegar a ser un libro?
El punto de partida de Sumisión, al que se podría ubicar en el género de la distopía política, constituye un dilema que no podría resultar más sugestivo e inquietante: en una hipotética segunda vuelta en las elecciones presidenciales a las que han llegado como favoritos, tras el colapso de los partidos tradicionales, el partido ultra de Marine Le Pen y un nuevo partido moderado musulmán, ¿a quién votarías? Es una de las constantes de la narrativa de Houellebecq fabular sobre futuros más o menos inminentes (más cerca de la ciencia-ficción en el caso de Las partículas elementales o La posibilidad de una isla, coletazos de presente en Plataforma o El Mapa y el territorio), que en esta ocasión nos lleva al año electoral de 2022, con un contexto guerracivilista en las calles (nunca explicado, siempre insinuado) y un protagonista, François, solitario profesor de literatura en la Sorbona cansado de todo y de todos. Indiferente a la política y a cuanto ocurre en su entorno, consagra sus horas de estudio y reflexión, desde los tiempos de doctorado, al escritor decadentista Joris-Karl Huysmans, del que ahora prepara la edición definitiva de sus obras completas, y en el que pretende encontrar las claves a su crisis también personal.
El escritor clásico del siglo diecinueve, autor de títulos nihilistas como Al revés y reconvertido en ferviente católico a edad tardía, se convierte así en modelo o trasunto del protagonista, del mismo modo que el profesor universitario (hombre blanco de mediana edad exitoso en lo suyo pero malhumorado y en plena crisis existencial en medio de un mundo que se derrumba) no es sino una réplica, otra más, del autor Houellebecq, capaz de transfigurarse en sus novelas en científico, artista plástico, cómico mediático o historiador de la literatura para construir después el mismo personaje siempre idéntico a sí mismo. Buena prueba de ello son esas relaciones deslavadas que de forma polifónica entabla con mujeres jóvenes, hermosas e indistintas, las escenas de sexo (felaciones epifánicas incluidas) mil veces leídas o las reflexiones tan lúcidas como cínicas e incómodas que se han convertido en la impronta personal del autor aupándolo hasta el star system literario. Los lectores incondicionales se regocijarán en el reencuentro íntimo con su escritor de cabecera, otros muchos experimentarán cierto dejà-vu.
Si mi tesis es que, descreído como es Houellebecq, la cuestión del humanismo es aun con todo la que impregna y preocupa toda su obra, en esta novela, personalísima adaptación del choque de civilizaciones hunttingtoniano, se hace más explícita que nunca, invocándose en varias ocasiones. ¿Cómo puede sobrevivir una civilización que, en su madurez otoñal, ha prescindido de la fe y los valores? Así se explica cómo la Francia cuna de la Ilustración, la Francia revolucionaria y socialista se rinde con tanta facilidad a las reconfortantes seguridades de la sharia −ayudada por los petrodólares arábigos que acuden a rescatar y regar instituciones culturales tan renombradas como la Sorbona, al fin nuevamente floreciente. La islamización de Europa sería así un proceso suave, sin rupturas traumáticas, y también un asunto de supervivencia en el que, siguiendo una lógica individualista perfectamente congruente con el desarrollo desplegado hasta ahora por el liberalismo, hay más por ganar que por perder. Si existe angustia en las búsqueda y evolución de este personaje, tan anclado en el acervo de la cultura occidental, se ve amainada por el humor que ya asomaba en la anterior entrega de Houellebecq, El mapa y el territorio, y que, tras su incursión cinematográfica en forma de autoparodia (El secuestro de Michel Houellebecq), se desata ahora sin cortapisas. La otra gran novedad residiría en que, en esta ocasión, y por una vez, el escritor maldito se salva y la historia acaba bien, por consternador que esto nos pueda resultar, tras comprender y aceptar que la felicidad reside en la total sumisión (clave que no le ofrece Huysmans, sino la Historia de O de Pauline Réage) –entendida como sumisión de la mujer al hombre y de éste a Dios. Tan controvertido como coherente según el esquema de esta novela de tesis.
Pero si como novela de ideas Sumisión es seguramente uno de los productos más logrados y estimulantes de los últimos años, y la obra toda de Michel Houellebecq una radiografía incisiva de los males de nuestra sociedad occidental, tal vez resulte malograda en su despliegue narrativo y estrictamente literario: Houellebecq introduce el dedo en la llaga pero pareciera que luego no sabe qué hacer con él. Sumisión tiene una estructura y desarrollo simple, lineal, alejado de construcciones más ambiciosas como Las partículas elementales o La posibilidad de una isla, una vuelta a la sencillez de Ampliación del campo de batalla o El mapa y el territorio pero sin resultados tan logrados. Los tres planos de la narración (las vicisitudes personales del protagonista, el contexto político-social revolucionario y su gran tema de estudio, la obra de Huysmans) se engarzan con calzador, tan solo se superponen en un paralelismo tan prometedor como desperdiciado. Los personajes secundarios entran en escena cual Deus ex machina para informarnos del terremoto político que se está viviendo y desaparecer después: el lector que no esté familiarizado con la actualidad del mundo político y mediático francés probablemente se aburrirá en estos pasajes. No hay trabajo de personajes, ni siquiera del protagonista como ya hemos apuntado, porque no es eso lo que a Houellebecq le interesa; François deambula a lo largo de la novela buscando una respuesta pero sabemos desde el primer momento hacia dónde se encamina, lo que desarma todo potencial de conflicto. Demasiados aspectos apuntan pues en este libro a una intuición brillante desarrollada después de forma apresurada o desabrida. Y con todo, sin ser su cumbre literaria, muchas circunstancias y urgencias del presente hacen de esta novela una lectura imprescindible hoy.

miércoles, mayo 20, 2015

Domingos de agosto, Patrick Modiano

Trad. María Teresa Gallego Urrutia. Anagrama, Barcelona, 2015. 162 pp. 14,90 €

Ignacio Sanz

Otra novela de Modiano, es decir, otra novela enigmática, opresiva. En este caso publicada originalmente hace treinta años, en 1986 y que ahora, al rebufo del premio Nobel que le acaban de conceder, sale en España en uno de los sellos que con más constancia se ha ocupado de difundir su obra. Por cierto, la traducción magnífica, ya que consigue mantener el halo de misterio y neutralidad que uno supone en la obra original.
Como en otras novelas de Modiano lo que predomina aquí es la atmósfera de misterio envolviendo a unos personajes desconfiados, espantadizos, temerosos, unos personajes de los que sólo a cuentagotas vamos sabiendo de su verdadero pelaje. Parece que en cada página puede ocurrir algo trágico, algo sorprendente en medio de un laconismo invernal. El lenguaje tiene la virtud de descubrir pero también de ocultar, de presentar los hechos envueltos por una veladura.
Modiano es un maestro de la novela policíaca. Aunque nada más escribir la palabra uno se pregunta: ¿es verdaderamente policíaca Domingos de agosto? Y es que también en los géneros Modiano se mueve en terrenos resbaladizos por más que en la contraportada se aluda a Simenon. Podría ser considerada una extraña novela de amor escrita bajo la influencia del cine negro americano. Aparecen referencias a un actor muerto por una bala perdida, pero en realidad se tratan de referencias lejanas al cogollo argumental, aunque alguna pista nos dan sobre la procedencia de un diamante conocido como la Cruz del Sur, cuya posesión codician todos los personajes. Lo que no cabe duda es que estamos ante una novela redonda o si se quiere circular que nos va arrastrando en medio de una atmósfera desangelada y fría.
El narrador, un fotógrafo enamorado de Sylvia, se ve envuelto en una espiral de acontecimientos que lo van arrastrando, como a nosotros, los lectores, por callejones oscuros en medio de la grisura invernal por más que la historia cronológicamente comience en pleno agosto como refleja el título. Pero no, lo característico, lo que deja una huella profunda en el lector es el invierno, la habitación desabrida en una pensión en Niza que obliga a la pareja a buscar refugios habitables en cafés heladores, en cines sórdidos, mientras esperan el acontecimiento definitivo que les libere y les lleve lejos, por ejemplo a Roma, una ciudad hospitalaria donde la pareja sueña una vida ajena a las preocupaciones mundanas. Pero, ah, las trampas, los engaños, las sutilezas de los hampones… No, creo que no puedo seguir, que aquí, que aquí debo poner punto final a la reseña de esta novela que describe con tanta maestría la sordidez y la codicia del género humano. Por algo, digo yo, los sabios de Estocolmo, le han tocado con su varita mágica a este escritor francés tan sobrio y penetrante.

viernes, febrero 27, 2015

Cuentos completos de la Comedia Humana, Honoré de Balzac

Ed. y Trad. Mauro Armiño. Páginas de Espuma, Madrid, 2014. 765 pp. 35 €

Salvador Gutiérrez Solís

No sé si Balzac es el mayor creador que nos ha ofrecido la historia de la Literatura. Que ha sido el más ambicioso, no me cabe duda. Su Comedia Humana es el proyecto más amplio, global y complicado que un escritor se haya planteado hasta la fecha. Y no es solo eso; es algo, mucho, más. Primera rueda del automóvil en el que circula la narrativa que conocemos, chispa, llama, punto cardinal, faro, guía. Origen. Y es que con Balzac la novela se ocupa de la vida, de lo rutinario, de los mortales, con sus miserias y grandezas, baja a la tierra, se abraza a lo real. Balzac, además, extendió esta naturalización de lo literario a su propia existencia: “profesionaliza” la vocación o convierte el talento, la Literatura en su caso, en una manera de ganarse la vida, en un oficio. A Balzac le puedes dedicar media vida lectora, y no es una exageración, y tener la sensación de que no lo has leído todo. Con toda probabilidad, no se trate de una sensación, sino de una certeza. A pesar de no concluir con la tarea que se autoimpuso, arcadia utópica, la obra de Balzac es amplísima, un interminable océano de historias y personajes, que aún seguimos descubriendo, como si se tratara de un torrente inagotable.
Torrente, una magnífica imagen para referirnos al título que nos ocupa, los Cuentos completos de la Comedia Humana. Me atrevería a afirmar que la edición que Páginas de Espuma ha llevado a cabo es uno de los grandes acontecimientos literarios de los últimos años. Por la calidad del autor, incuestionable; por la detallada información adicional que nos ofrece; por las anotaciones, por el objeto libro en sí mismo. En este punto, la felicitación es extensible, como no podía ser de otra manera, al magistral trabajo realizado por Mauro Armiño, responsable de la edición y de la traducción.
En el prólogo de estos Cuentos completos, se compara la obra de Balzac con el alzado de una catedral. Un más que acertado ejemplo, tengamos en cuenta que nos encontramos ante un autor y una obra de dimensiones colosales, inmensa, como también se indica en el mismo prólogo, que indudablemente se trata de la palabra más adecuada en este caso. Catedral, con sus correspondientes naves laterales, donde cabría situar esta colección de relatos de Balzac.
27 textos en total, si las cuentas no me fallan, en los que encontramos al Balzac que nos retrata la soterrada vida de la provincia, las –frecuentemente- turbias intenciones de los que acceden a la corte, las interioridades del estamento militar, las alcantarillas de la nobleza, los desdenes de los matrimonios, la obsesión por la posesión o la corrupción. Temas candentes en la primera mitad del siglo XIX y que siguen estando vigentes, igualmente candentes, en la sociedad actual, casi 200 años después. Otra de las características de la obra de Balzac: la permanencia. Universalizó la narrativa, al abordar los grandes temas desde una posición atemporal, situándose en el verdadero epicentro.
Como en sus obras más célebres de mayor extensión, Papa Goriot, Ilusiones Perdidas o Eugenie Grandet, estos Cuentos Completos arrancan a partir de situaciones comunes, banales en algunos casos, que Balzac consigue perfilar y transformar en un estudio pormenorizado de los hechos y sus protagonistas gracias a sus extraordinarias dotes para la descripción, tanto de los elementos materiales como de la psicología humana. En definitiva, estos Cuentos completos de Honoré de Balzac son una obra inmensa y fundamental, una verdadera catedral de la Literatura que no podemos dejar de visitar y disfrutar.

lunes, febrero 09, 2015

Vestido de novia, Pierre Lemaitre

Trad. María Teresa Gallego Urrutia y Amaya García Gallego. Alfaguara, Madrid, 2014. 291 pp. 18,50 €

Care Santos

No hace mucho le pregunté a un psicólogo forense de qué somos capaces las personas. Quiero decir, cada uno de nosotros, por separado. ¿Algún estudio puede asegurar, por ejemplo, si en mi cabeza hay algo que pueda convertirme en asesina? Su respuesta fue: "Todos somos capaces de todo, sólo deben darse las circunstancias adecuadas". Esta novela reflexiona largo y tendido sobre cuáles deben de ser esas circunstancias. Qué debe ocurrir para que una chica normal se convierta en una asesina a sangre fría. O qué otras causas son las responsables de la génesis de una mente criminal, capaz de planificar con frialdad y no detenerse hasta conseguir su objetivo.
Sólo he leído un libro de Pierre Lemaitre, pero ya sé que es un fenómeno. Hasta su última novela, de la que enseguida me ocupo, era reconocido como autor de novela negra. Autor de novelas como Alex, o de esta Vestido de novia. Novelas que se caracterizan por sorprender al lector con giros inesperados. Aunque, cuidado, porque hay muchos modos de hacer que la acción desconcierte al lector, y Lemaitre escoge uno de los más literarios y menos fáciles. Lo tiene todo previsto, como el asesino del ejemplo, desde antes de empezar. Y es estupendo encontrar narradores como él, que saben a dónde van y por qué, y te llevan con ellos. 
En su última obra, sin embargo, el autor ha dado un giro absoluto a su trayectoria como escritor, como si su carrera fuera otra de sus novelas. Nos vemos allá arriba, ganadora del último premio Goncourt, es una novela social, histórica y de costumbres, que nada tiene que ver con el registro que sus lectores le conocían. No me extraña: un hombre capaz de las profundidades psicológicas que demuestra en Vestido de novia, además de la complejidad argumental de esta historia, es sin duda capaz de escribir de cualquier cosa. Seguramente él sentía necesidad de demostrarlo del mismo modo que a los lectores nos bulle la curiosidad. Es maravilloso que lo haya hecho, y muy pronto hablaré de ello en este mismo lugar. Porque con sólo un libro me ha bastado para convertirme en fiel lectora de Lemaitre
Poco debe decirse de este Vestido de novia. Es una de esas tramas en que cualquier detalle resulta importante y casi todo lo que se cuenta revela un final que no debe ser revelado. Digamos, eso sí, que en la historia se alternan dos voces: una tercera persona sigue a la protagonista femenina. El personaje masculino escribe un texto memorialístico que se nos presenta en la segunda parte. Luego, ambos destinos se unen en la conclusión de la trama, que en estos casos suele ser siempre la menos interesante, aunque aquí se enriquece por los detalles psicológicos y patológicos de los protagonistas. También cabe advertir que la primera parte parece una narración más o menos convencional, incluso deslavazada, en que una chica, Sophie, vive atormentada por los olvidos que no puede evitar cometer y que en ocasiones la llevan incluso a perpetrar crímenes aberrantes. Se nos presenta como una criatura odiosa, sin redención posible. 
Es al llegar a la segunda parte y retroceder en la historia de Sophie cuando comenzamos a descubrir la verdadera dimensión de este teatro. Nos quedamos fascinados, página a página, al avanzar en la redacción en primera persona del segundo protagonista, que nos transporta al pasado para presentarnos la génesis de una historia que sólo hemos conocido al final. Y es aquí cuando todo cambia: el autor sabe, con ese giro, desmontar todo lo que su lector daba por sabido hasta ahora. Sabe incluso desequilibrar las emociones que los personajes nos habían despertado. Juega con nosotros, con nuestros sentimientos, a su antojo. Primero dudamos de lo que nos inspiraba la malsana protagonista. Más tarde la querremos. Al final, lloraremos con ella. Y ya he dicho mucho más de lo que, creo, Lemaitre me hubiera dejado decir si en este momento estuviera mirando por encima de mi hombro.
El libro termina, pero la pregunta permanece: ¿de qué somos capaces las personas? ¿Qué circunstancias nos transforman en monstruo? ¿Qué carencias, qué dolor insufrible nos lleva al punto de no retorno? Creo que le daré vueltas mucho tiempo a estas cuestiones. Gracias, señor Lemaitre.

viernes, octubre 31, 2014

La hierba de las noches, Patrick Modiano

Trad. María Teresa Gallego Urrutia. Anagrama, Barcelona, 2014. 168 pp. 14,90 €

Nere Basabe

La última novela de Patrick Modiano, La hierba de las noches (publicada en Francia en 2012), ve la luz en nuestro país en este mismo año en el que recibe, no sin cierta sorpresa para propios y extraños, el Premio Nobel de literatura. Sonaban otros nombres, pero no cabe duda de que el francés Modiano ha sabido construir, durante casi medio siglo y con una veintena de títulos a sus espaldas, una de las obras más personales y coherentes de la narrativa europea actual, volviendo una y otra vez, de manera obsesiva, sobre el tema de la memoria y la identidad escurridizas.
En esta ocasión regresa con la forma (y adelanto, sólo la forma) de una novela negra, como ya hiciera por ejemplo en la Calle de las tiendas oscuras, creando una atmósfera de intranquilidad e inquietud (palabras que se repiten a menudo en el libro), falsas identidades, conversaciones a media voz y cortinas corridas, en torno a “un asunto muy feo” del que el protagonista Jean (alter ego de Patrick, personaje ya conocido para sus lectores asiduos) fue más o menos testigo indirecto en su juventud y cuya verdadera naturaleza intenta escrutar ahora, pasado el tiempo. Pero, ¿acaso podemos conocer realmente aquello que vivimos?
«Es curiosa la forma en que algunos detalles de la existencia que no vemos al momento, los descubrimos veinte años después», anota Modiano; y en otro momento, repite: «qué impresión tan rara notamos siempre cuando nos llegan aclaraciones, veinte años después, acerca de personas con las que nos cruzamos… Por fin desciframos, gracias a un código secreto, lo que vivimos equivocados, sin entenderlo bien…». Y es que el pasado es, según dos bellas metáforas equiparables que aparecen en el libro (motivos de la novela que se repiten una y otra vez, como en una sinfonía), algo inasible, un tren que pasa demasiado rápido por una estación cuyo cartel no nos da tiempo a leer, por lo que apenas retenemos algunos detalles periféricos como el campanario de una iglesia o una vaca que pasta bajo un árbol, y es igualmente como «un trayecto en coche, de noche, sin faros, y por más que pegábamos la frente a la ventanilla no dábamos con ningún punto de referencia (…). Veinte años después va uno por la misma carretera, de día, y por fin puede ver todos los detalles del paisaje. Pero ¿para qué?».
Y aunque el objetivo de semejante indagación no esté claro, el protagonista, consciente de la falibilidad de la propia memoria, compuesta de desorden y mentiras, mezcla al mismo nivel recuerdos y sueños en los que puede completar los hechos, plantear las preguntas que no se atrevió a pronunciar entonces. Y, sobre todo, busca con insistencia lo que él llama “puntos de referencia”; un informe policial incompleto al que tuvo acceso años después y una agenda negra que llevaba por aquel entonces siempre consigo y cuyas páginas están pobladas de nombres anotados, números de teléfono en los que ya nadie responde, fechas, citas de las que nada recordamos ya, títulos de libros o películas, frases exactas que alguien dijo en algún momento. En esos papeles incompletos, prácticamente indescifrables, Jean encuentra ahora “señales que llegan con interferencias”, un mensaje en morse que viene desde lo más hondo del pasado, anotaciones fugaces que son el único material fiable con el que cuenta para reconstruir su historia, saber qué sucedió, quiénes eran aquellos de los que se rodeó en un momento de su vida, «esas personas cuyos nombres me esfuerzo en repetir para que no se me vayan de la memoria».
Porque Modiano sabe desde el principio que esa búsqueda será infructuosa, y aún así se obsesiona con los detalles, las repeticiones, para tener una pista, algo a lo que aferrarse; Jean apunta metódicamente en su libreta, y se reconforta con ello, los nombres y letreros de almacenes a punto de ser derribados, las costumbres por ejemplo de su vecina por entonces, actriz de teatro, que cada noche a la misma hora pronunciaba sobre el escenario la misma frase, como único rastro arqueológico de «gestos que eran cotidianos y ya han quedado abolidos, obra de teatro que nadie volverá a ver, risas y aplausos perdidos, y el propio teatro derribado ya…».
Esa sensibilidad que confiesa el protagonista «en lo tocante a las personas y las cosas a punto de desaparecer» es lo que le lleva, en otro rasgo omnipresente del universo de Modiano, a dar paseos y más paseos como “una forma de luchar contra el olvido”: ir a determinadas zonas de París donde uno no ha vuelto desde hace treinta o cuarenta años y quedarse por allí una tarde entera, «como si estuviera de vigilancia». Regresar a los mismos cafés, volver a recorrer el Boulevard Jourdan de la ciudad universitaria, las calles del Barrio Latino o de ese distrito de Montparnasse que “se apagó al final de la guerra”, la esquina donde se levantaba aquel cine que olía a metro, los lugares que ya no existen, las ventanas iluminadas con «las lámparas que se nos olvidó apagar en habitaciones a las que nunca volvimos». E incluso, en un último intento por cartografiar la memoria, recorrer con el dedo índice sobre un mapa la ruta de un viaje que se hizo hace décadas, y que finalmente resulta como “remontar el curso del tiempo”, volverlo transparente, finalmente abolirlo.
Abolir el tiempo porque, además de una pretendida novela noir, La hierba de las noches es también una historia de amor, cuyo sentido se nos escurre entre las manos, y con todo esto Jean sólo busca reencontrar a una mujer. No es esta vez a la época de la Ocupación y el colaboracionismo, que tanto ha marcado su literatura, hasta donde nos arrastra para rescatarla y traerla al presente como a una Eurídice, sino a los años sesenta y la época de estudiantes, teniendo como trasfondo algún capítulo igualmente oscuro de la historia francesa de entonces, en el que se mezclan los servicios secretos y las actuaciones en Argelia y Marruecos. Pero Dannie, la mujer que utilizaba tantos nombres que nunca sabremos cuál era el verdadero, sencillamente desapareció un día. A veces cree reconocerla entre la multitud, pero nunca es ella; resulta más fácil encontrarse por ejemplo, en una librería de lance de Odéon, con Jeanne Duval, la prostituta mulata amante de Baudelaire convertida ahora en pequeña ratera, uno esos personajes de ficción que también poblaban su libreta de entonces, sus obsesiones literarias, y que a veces parecen tener más entidad que los de carne y hueso.
Y aunque poco acaba descubriendo, en esta pesquisa cuasipoliciaca sobre aquellos hombres siniestros reunidos en el Hôtel Unic o sobre quién era realmente esa mujer a la que amó, menos aún sabemos, sabe él, finalmente, de sí mismo, de ese “otro yo que rondaba por la inmediaciones” y que ahora intenta recordar, entre la niebla, en las ruinas de una vida clandestina, y que no es más que un «interlocutor misterioso» que envía al futuro señales confusas, recibidas «como si oyese la voz de otro»; ese hombre que es el mismo cuya genealogía ya intentó rastrear en Un pedigrí y que varias novelas después sigue concluyendo, pese a todo: «en aquellos años yo no estaba seguro ni de mi propia identidad».
Hemos bromeado estos días entre amigos, al hilo de la noticia del premio Nobel, con que Modiano siempre escribe el mismo libro, y que lleva cuarenta años buscándose y todavía no se ha encontrado. Los detalles a los que se aferra para saber quién es, quién fue, como el de que el espacio que ocupa ahora el supermercado Monoprix de la rue de Rennes, calle cuyo horizonte no tapiaba aún la torre de Montparnasse, era un jardín abandonado refugio de gatos vagabundos, puede interesar al lector o no: a mí particularmente me interesa muchísimo, porque me veo parada en esa misma esquina y me completa algo de mi propia historia. El libro casi idéntico que escribe siempre Modiano, igualmente, puede gustar o no, pero seguramente su prosa, a medio camino entre la disección y la cadencia hipnótica, hará que el lector no deje de seguirlo. Como quien revisita un lugar del pasado en el que una vez fue feliz.

jueves, octubre 09, 2014

La fiesta de la insignificancia, Milan Kundera

Trad. Beatriz de Moura. Tusquets, Barcelona, 2014. 144 pp. 14,90 €

Care Santos

Milan Kundera tiene 85 años. Ha tardado 14 en volver a publicar después de La ignorancia. Es razonable pensar que ésta será su última obra. También lo es sospechar que en ella Kundera nos está entregando una especie de declaración de últimas voluntades. Un texto en el que nos entrega sus conclusiones, después de permanecer en el mundo durante ocho décadas y media. Pero antes de entrar a analizar cuáles pueden ser esas conclusiones, hay dos detalles que creo importantes. El primero es la solapa izquierda del libro, allá donde normalmente se imprime la biografía del autor, cargada de méritos, países a los que ha sido traducida su obra y títulos de sus obras anteriores, todos muy leídos y laureados. Todo esto podría haber aparecido en esta solapa, y habría podido continuar -por falta de espacio- en la otra. Pero no. Kundera sólo ha querido que figurara lo siguiente: "Milan Kundera nació en Brno (Repúbllica Checa) en 1929". De modo que un ignorante podría pensar que se trata de un autor debutante entradito en años. ¿O sólo es una broma? Una muy seria, que tiene que ver con el contenido del libro: en él, Kundera declara la irrelevancia de todo lo destacado, empezando por sus propios laureles. O tal vez es que le disgusta que todo el mundo dé tanta importancia a estas cosas, igual que le disgustan las entrevistas, los periodistas, el modo fácil de ver las cosas desde los titulares, las lecturas epidérmicas. Kundera lleva años protegiéndose del mundo, como quien se protege de un virus muy contagioso. Esa lacónica presentación de sí mismo es una defensa más.
El otro detalle a destacar es el idioma. Kundera ha escrito esta novela en francés. Es su décima obra en francés, después de las novelas La lentitud, La identidad y La ignorancia, de la obra de teatro Jacques y su amo y de cuatro ensayos sobre literatura. A mí me pareció, en su momento, percibir una evolución hacia la desnudez cuando el autor dejó de escribir en checo y comenzó a escribir en francés. Puede ser esa la intención, como parece que fue también la de Samuel Beckett: acercarse más al disfraz, a la impostura, escribiendo en un idioma que no era su lengua materna. El idioma de su transformación, de su pérdida -pretendida- de identidad. O puede que sólo sea otro juego. Hablar un idioma que no te pertenece es como jugar a nombrar el mundo de un modo nuevo, diferente. Renombrar es reiventarse.
Pero vayamos con el libro. La historia es la siguiente: cuatro amigos que viven en París tienen pequeños encuentros en los que afloran las grandes cuestiones de la vida y, al mismo tiempo, algunas de las nimiedades más cotidianas. Uno de ellos acaba de recibir la noticia de que no morirá de cáncer, aunque lo oculta a su amigo sin saber muy bien por qué. Otro está preocupado por la inminente muerte de su madre. Un tercero ha convertido la ausencia de la figura maternal en una obsesión por los ombligos de las mujeres. Alguno quiere visitar una exposición de Chagall, pero no lo consigue jamás porque detesta guardar cola. Todos los temas son tratados con naturalidad de sobremesa, el autor nos habla, nos increpa, confiesa sus errores y nos lleva de la mano de peripecia en peripecia. Todo es como un enorme divertimento, donde lo que ocurre y se nos cuenta no es lo más importante. Lo importante es lo que podría ocurrir. Un juego de espejos, de referentes, de sobreentendidos que subyace en el texto. Cuando el autor habla de Stalin, y le recrea contando anécdotas difíciles de creer, que pueden ser tomadas por un chiste, nos dice que reír puede ser muy peligroso para quienes escuchan. De igual modo, la interpretación errónea de una broma traía muy serios problemas a uno de los personajes de la primera novela del autor checo, la magnífica La broma (1967). Milan Kundera lleva casi 50 años escribiendo la misma historia. La historia de un mundo que se toma a sí mismo demasiado en serio.
Es cierto que aquí todo admite interpretaciones, que todos los personajes son susceptibles de ser analizados desde la filosofía, desde la ética, desde la historia, porque al autor le divierte la ambigüedad, porque no le gustan las interpretaciones fáciles. En cierto modo, es Kundera concentrado, esencia del Kundera que lleva medio siglo encandilándonos con ese modo tan suyo de ver lo pequeño antes que lo grande. Mejor: de mostrarnos cómo lo pequeño es siempre el lugar donde lo grande palpita y se muestra. Es analizando las pequeñas reacciones de Stalin al bromear con sus invitados como podremos entender de verdad cómo era el dirigente ruso. Es sabiendo por qué ríe la mujer que acaba de perder a su compañero de toda la vida como de verdad comprenderemos su fortaleza y su entrega. Un juego -uno más- fascinante, porque nos adentra en las profundidades del alma humana, que el autor conocer mejor que ningún otro territorio.
Aunque debo hacer también una confesión: durante la lectura de esta obra breve, de apariencia y lectura fáciles, no pude quitarme de la cabeza ni un momento las grandes obras de su autor. El Kundera de La vida está en otra parte, de La broma o -sobre todo- de El libro de la risa y el olvido, mi favorita.  Un Kundera vigoroso, tal vez no tan sabio como el actual, más apasionado. El Kundera que escribía en su lengua materna, descreía menos de la humanidad y no utilizaba el lenguaje como un escudo protector.