Mostrando entradas con la etiqueta narrativa germánica. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta narrativa germánica. Mostrar todas las entradas

lunes, mayo 09, 2016

Cosas de niños, David Wagner


Trad. Esther Cruz Santaella.
Errata Naturae, Madrid, 2015. 160 pp. 15,50 €

María Dolores García Pastor

El mundo infantil es un universo aparte que transcurre paralelo al adulto pero que se mueve en otros parámetros bien diferentes y tiene su propia y peculiar lógica. Es fascinante, a veces muy divertido y otras verdaderamente sofocante, los niños pueden ser seres entrañables y verdaderos tiranos. Cosas de niños del escritor alemán David Wagner es un retrato vívido y fresco de este universo infantil, para conseguirlo se inspira en su propia infancia pero, sobre todo, en su relación con su hija, la niña.
Escrito en 2008 toma como punto de partida diferentes objetos, lugares, rutinas… y a partir de esas cosas particulares y concretas nos muestra un mundo en el que los que somos padres nos veremos reflejados. Lo anecdótico deviene trascendental. Se trata de fragmentos breves de diferentes extensiones que van conformando una especie de diario del día a día paterno-filial. Por su forma puede recordarnos a libros como Cómo viajar sin ver. Latinoamérica en tránsito (Editorial Alfaguara, 2010) del escritor argentino Andrés Neuman, aunque el contenido es del todo diferente.
Este catálogo de pequeñas cosas, de objetos sin importancia (como los clips y gomas del pelo de la niña o sus cochecitos), lleva al autor hacia la reflexión. La infancia es el tema central pero también es un pretexto para hablar del paso del tiempo, la paternidad, los miedos que vienen aparejados a esta experiencia vital, el olvido, el origen de la vida… Wagner invita al lector a hacer un ejercicio de introspección y a pensar en su propia experiencia como padre y como hijo. Humor y nostalgia impregnan por igual las páginas de este libro. Nos reconocemos en el padre al tiempo que él se reconoce en la niña y recuerda cosas del pasado, de su propia infancia y de su relación con sus padres.
El hecho de que la protagonista infantil sea “la niña”, de forma totalmente impersonal, nos hace pensar en cualquier niña o niño, en los nuestros propios o en el niño que fuimos. Tal vez porque como decía Daniel Goldin en su libro Los días y los libros, «El nacimiento de un hijo es un re-nacimiento, uno re-vive, re-cuerda, re-gresa». El diario de anécdotas acabará siendo una especie de guía de lo que el padre aprenderá de la niña, a veces un diccionario de peculiares definiciones. La niña crece y su relación con el padre también.
Wagner se dio a conocer como escritor en el año 2010 con su novela Meine nachtblaue Hose y desde entonces ha escrito varias novelas, antologías de cuentos, ensayos…, cosechando con todo ello numerosos premios. Cuando Cosas de niños se publicó en Alemania causó sensación entre los lectores porque su autor se atrevió a destapar ciertos tabúes y ciertos temores. La maternidad es un tema ampliamente tratado en la literatura pero no sucede así con la paternidad. Wagner está considerado una de las voces más prometedoras de la literatura alemana de su generación.

miércoles, enero 06, 2016

Una historia crepuscular, Stefan Zweig


Trad. Joan Fontcuberta. Acantilado, Barcelona, 2015. 66 pp. 11 €

Miguel Baquero

Dentro de su proyecto de rescatar para el lector español la obra completa del escritor austriaco Stefan Zweig (1881-1942), uno de los autores fundamentales de la Centroeuropa de principios de siglo XX, la editorial barcelonesa Acantilado acaba de publicar Una historia crepuscular, pequeño volumen de poco más de cincuenta páginas en las que, sin embargo, pese a su brevedad, podemos encontrar muchas de las características artísticas y de la indudable calidad que distinguen al autor austriaco.
Una historia crepuscular cuenta el suceso de un joven muchacho que, estando de vacaciones, en medio de la pereza y la desidia de esas jornadas veraniegas, una noche en que pasea sin rumbo fijo de pronto es asaltado por una turbia figura femenina que le asalta con arrebatada pasión, y luego huye sin darse a conocer. A partir de ese encuentro súbito, que en un primer momento le deja anonadado, y de otros que se producen en noches posteriores, el joven protagonista se marca el propósito de descubrir quién es, entre las invitadas al lugar donde pasa las vacaciones, esa enigmática figura que le asalta por las noches, le besa y le abraza con la mayor lascivia, y luego desaparece sin decir una palabra.
A partir de una historia tan sencilla, y en último término incluso tan predecible —porque es de suponer que habrá confusión entre quien el joven supone que es la desconocida y su verdadera identidad final—, Zweig acierta a trazar una historia delicada, elegante, decadente en el cuidado de las palabras y en la contención de las situaciones, «crepuscular», en suma, como su título indica. Lo importante de esta mínima novela no es, por tanto, el descubrimiento del enigma que la sustenta, sino el planteamiento del propio enigma en sí.
En este sentido, el autor austriaco muestra de nuevo sus facultades para ir directamente al «hueso» literario sin demorarse en la ambientación. Precursor de otro escritor centroeuropeo como Kafka, que llegaría pocos años después mostrándonos castillos de imposible acceso, o tribunales que deciden sobre crímenes inconcretos a los que se ha llegado de alguna manera que nadie podría explicar, en esta novela de Zweig nos encontramos con una situación literaria lo más desnuda posible: un castillo con unos veraneantes… apenas unas pinceladas nos permiten deducir su posición social, la edad del protagonista… y poca cosa más. Lo que interesa al autor es la irrupción de esa mujer deseable, desconocida y esquiva. Todo lo demás, lo que suele acompañar a una narración, todo el «adorno» literario previo, es accesorio, y Zweig, en efecto, prescinde de él para sumergirse sin más preámbulos en el interior de su protagonista.
Novela pequeña, menor si se quiere dentro de la inmensa —por su calidad— obra de Zweig, se trata, sin embargo, de una narración de la que los admiradores del autor de Novela de ajedrez, Carta de una desconocida, El mundo de ayer o de estremecedoras biografías como la de María Antonieta, no saldrán defraudados.

martes, mayo 26, 2015

La noche del ilusionista, Daniel Kehlmann

Trad. Helena Casano. Nocturna, Madrid, 2015. 190 pp. 14,50 €

Santiago Pajares


La noche del ilusionista es la primera novela de Daniel Kehlmann, escrita en 1997. 18 años después de su publicación nos llega de la mano de Nocturna Ediciones. El autor tuvo que esperar hasta su sexta novela en Alemania en 2005 para alcanzar un exito fulgurante con La medición del mundo, el libro más vendido en el país bávaro desde el célebre El perfume de Patrick Suskind. Gracias a este éxito podemos disfrutar ahora de esta primera novela escrita cuando contaba veintidós años de edad y era todavía estudiante.
Este es un libro curioso, vivo, que fluctua de lo que parece una novela juvenil a un realismo mágico y acaba en un relato introspectivo del protagonista, casi un tratado psicológico de la magia a través de los ojos de Artur Beerholm, quien ocupa las páginas de este libro.
Artur no ha tenido una vida sencilla. Adoptado por un buen matrimonio, es mimado por una madre amorosa hasta que ella fallece a temprana edad y su padre, un tanto frío y distante, decide que es más cómodo mandarle a un internado en Suiza para poder comenzar una nueva familia. Allí, sólo, Artur tendrá a través de los libros sus primeros contactos con los trucos de cartas y el ilusionismo. Desesperanzado por una primera y fallida actuación, trata de encauzar su rumbo a través de la teología y comienza a dar los primeros pasos para convertirse en sacerdote. Un chico que ha pasado toda su vida meditando, no encuentra mejor vía que la comunicón espiritual con su creador a través de la oración y una vida sencilla y contemplativa. Pero cuando todo parecía decidido y el camino de su vida ya iluminado, la magia vuelve a cruzarse en su camino. De una forma casi casual asiste al espectáculo de unos de los mejores ilusionistas de su tiempo, Jan Van Rode. Lo que verá en ese espectáculo cambiará su vida para siempre.
¿Que es el ilusionismo? ¿Qué es un truco, en realidad? ¿Somos capaces de traspasar esa frontera para elevarlo a la categoría de arte? ¿Existe de verdad la magia?
Artur Beerholm comenzará a estudiar ilusionismo con voracidad, practicando una y mil veces hasta que sus propias manos son capaces de hacer los trucos sin necesidad de pensar. Porque si de verdad quiere engañar a los demás, primero se verá obligado a engañarse a sí mismo. Cuando todos los espectáculos de la ciudad le han hecho un hueco a sus actuaciones, él lo dejará todo para buscar al que él considera su maestro, Jan Van Rode, y le pedirá que le enseñe todo lo que sabe.
A partir de ese momento, Artur Beerholm descubrirá el precio que hay que pagar para convertir el ilusionismo y los trucos en auténtica magia.
Hermosa y cuidada edición de Nocturna Ediciones.

martes, enero 13, 2015

Walter Benjamin. Historia de una amistad, Gershom Scholem

Ed. y Trad. J. F. Ivars y Vicente Jarque. Debolsillo, Barcelona, 2014. 348 pp. 9,95 €

María José Montesinos

Gershom Scholem, entonces todavía llamado Gerhard, conoció a Walter Benjamin en un café del Tiergarten de Berlín una tarde de 1913. Él tenía 17 años y Benjamin, poco más de 23. Para el primero, éste era una especie de guía intelectual, un maestro admirable pese a su juventud. Sin embargo, si bien Scholem siempre vería en Benjamin a través de la admiración por su gran capacidad intelectual, la relación entre ambos no fue la de profesor y alumno sino la de amigos. Una amistad que había de durarles más de 30 años, a lo largo de los cuales ambos, cado uno por su lado, fueron creando un ingente legado intelectual. Como sabemos, Walter Benjamin se suicidó el 27 de septiembre de 1940 en la localidad española de Port Bou, ante el temor de ser devuelto a Francia e ingresado en un campo de concentración y, sobre todo, harto de luchar en un mundo que cada vez le ponía más difícil sobrevivir dedicándose al estudio de sus intereses intelectuales.
Hasta ese momento, Benjamin intercambió un volumen de correspondencia verdaderamente colosal con Scholem, lo que, unido a todas sus vivencias comunes, permite a este ofrecer la narración de esta larga historia de amistad, la de una pareja de amigos que confían el uno en el otro y se hablan con total sinceridad. Es también la historia de un gran debate intelectual porque Scholem, primero estudiante de Matemáticas y Filología, acabó decantándose por los estudios judaicos (llegó a ser el mayor experto de la Cábala en su época y académico de la Universidad Hebrea de Jerusalén), e intentó llevar a Benjamin hacia el movimiento sionista en el que él se integró desde muy joven. La defensa del materialismo por parte de Benjamin y sus años de fe comunista marcaron la mayor distancia entre ambos amigos. Una distancia que fue siempre y solo intelectual, pues ambos se profesaron un afecto cabal y sincero al que no afectaba la distancia de sus posiciones filosóficas ni la larga separación geográfica. Y Scholem no traiciona a su amigo en estas memorias, que escribió en 1975, cuarenta años después de la muerte de Benjamin. Todo su relato se construye sobre la honestidad y el respeto a la figura del amigo desaparecido, aun cuando algunas circunstancias de la vida de Benjamin nos hacen pensar que no hay nadie perfecto.
Habla Scholem del ‘secretismo’ con el escritor alemán se conducía en muchas ocasiones, juzgándolo exagerado, como así mismo le parece al lector. Cuando habla del divorcio de Benjamin de su mujer, Dora, con quien también le unía la amistad, Scholem aclara que prefiere no referirse a ese episodio si bien aclara “sólo diré que Benjamin perdió”. Conoceremos también la gran capacidad de trabajo de Benjamin, su mente privilegiada, las penurias a las que le sometió la vida y el mundo que le tocó vivir. Las posturas filosóficas, políticas, literarias… de Benjamin aparecen y aunque cueste compartir algunas interpretaciones de Scholem, como sus ideas sobre la obra de Kafka, la finura de su escritura, como corresponde al gran filólogo que fue, hace de la lectura de este libro un gran placer.

jueves, mayo 22, 2014

Berlín secreto, Franz Hessel

Trad. Eva Scheuring. Errata Naturae, Madrid, 2013. 152 pp. 14,90 €

José Miguel López-Astilleros

Es posible que Franz Hessel (1880-1941) no figure entre los escritores más relevantes de la literatura alemana del período de entreguerras, como Alfred Döblin, Hermann Hesse o Franz Kafka, por citar sólo a tres de los más grandes y coetáneos suyos, y quizás por esta razón tampoco aquí haya sido muy conocido, de hecho a día de hoy sólo se han traducido al español tres de sus obras: Romance en París (1920) y Berlín secreto (1927), ambas editadas por Errata Naturae en 2011 y 2013 respectivamente, editorial que publicará también próximamente Paseos por Berlín, de la cual existe una edición descatalogada en Tecnos, que data de 1997. Pero también es cierto que si alguien se propone completar el conocimiento del panorama literario de aquella época, no pueda prescindir de Hessel. Este juicio es deudor de las circunstancias históricas de Alemania tras la Primera Guerra Mundial y de la crisis económica (enorme inflación), social (lucha de clases) y política (ascenso del nacionalsocialismo) durante la República de Weimar, salvo el período entre 1924 y 1929 de relativa estabilidad, que alimentó la leyenda de “los dorados años veinte”, que es donde se inscribe la atmósfera reflejada en Berlín secreto.
Desde el punto de vista literario, los autores de aquel momento se dividieron entre los que asumieron en su arte un fuerte compromiso social, y los que prescindieron de todo contexto político, y entre ambas actitudes hubo un sinnúmero de matices hacia uno y otro lado. Sólo así entenderemos que a la par de las obras de denuncia de Bertolt Brecht, por ejemplo, encontremos, en el extremo opuesto, al Hessel de Berlín secreto o Romance en París.
El argumento central de esta novela consiste en el desarrollo de las relaciones amorosas entre el profesor Clemens, su esposa Karola y el joven rico y diletante Wendelin, durante las veinticuatro horas que este último pasará en Berlín antes de marcharse. Estos tres personajes están basados en la aventura que tuvo Helen, la esposa de Hessel, con el escritor Thankmar Münchhausen, que concluyó con aquella volviendo a su marido y acusándolo de pusilánime por no haberse opuesto a dicha relación con vehemencia. A pesar de ser una novela corta, el lector ha de tener paciencia al comienzo, puesto que sólo hasta después de avanzar por sus páginas, no vislumbrará con claridad quién es quién dentro del entramado de personajes que aparecen: nobles rusos exiliados, poetas, actrices, aristócratas venidos a menos, anticuarios... De todos modos, el argumento no es lo esencial, sino el escenario al que nos asomamos, al de los cabarés, que nos recuerdan a películas como El ángel azul de Josef von Sternberg con Marlene Dietrich o Caberet de Bob Fosse con Liza Minnelli, al de los elegantes salones de baile próximos al Tiergarten, al ambiente reinante entre la clase alta y media-alta de la Alemania que intentaba superar las humillantes condiciones impuestas tras su derrota en la I Guerra Mundial, cuya frivolidad dio la espalda a la situación real del país y no sospechó o no quiso ver la llegada del terrible movimiento nacionalsocialista, que tanta aflicción y dolor causó.
Aunque sólo fuera por la presencia del diálogo entre Clemens y Wendelin (págs. 107-115), ya no podríamos decir que es una novela superficial y banal. Hessel nos ofrece en éste unas memorables reflexiones sobre la naturaleza del amor, la belleza, la fugacidad del tiempo, la libertad personal y el placer y su posesión. En todo caso, esta obra constituye una parte del reflejo de un época y una clase social refinada y educada, que nunca hubiéramos pensado que pudiera contribuir con su abulia a la deriva hacia tan luctuosos acontecimientos históricos posteriores.
Franz Hessel fue quien le enseñó el personaje del flâneur a su amigo Walter Benjamín, además de haber influido en una parte de su obra, de este último es el epílogo con el que finaliza el libro, nada mejor que citar sus concluyentes y elogiosas palabras para terminar: Quien sepa leer sus libros sentirá cómo, entre los muros de las grandes ciudades que van envejeciendo, entre las ruinas del siglo pasado, conspiran los clásicos.

viernes, mayo 16, 2014

¡Abajo las armas!, Bertha von Suttner

Ed. y Trad. Olga García. Cátedra, Madrid 2014. 544 pp. 20 €

Victoria R. Gil

Bertha von Suttner, inspiradora del Premio Nobel de la Paz, galardón que recibiría en 1905, creía firmemente en la teoría darwiniana de la evolución de las especies, hasta el punto de confiar en que el progreso lógico y natural de los humanos sería el de convertirnos en una sociedad no violenta. Alfred Nobel, amigo y mecenas ocasional de Suttner, menos optimista respecto a sus congéneres, opinaba que sólo la destrucción mutua garantizada sería capaz de disuadirnos de iniciar una guerra. «El día que dos ejércitos puedan aniquilar mutuamente en dos segundos todas las naciones civilizadas, es de esperar, renunciarán a la guerra y licenciarán sus tropas», escribió a su amiga en una de sus cartas.
Bertha von Suttner moriría sin saber que la necedad humana no parece estar sujeta a más evolución que la de adaptarse a los mapas. Pensemos en Rusia y Ucrania en este 2014 que conmemora un funesto centenario y nos parecerá un déjà vu de Alemania y Polonia en 1939. Lo hizo una semana antes del asesinato en Sarajevo del heredero al trono de Austria-Hungría, Francisco Fernando, detonante de la Primera Guerra Mundial y antesala del siglo más violento de nuestra historia, cuyo marcador suma los cien millones de muertos, tirando por lo bajo.
Suttner no supo de las dos guerras mundiales, ni oyó hablar de Corea, Vietnam, el conflicto árabe-israelí, el Gofo Pérsico, el genocidio de Ruanda… pero como Martha Althaus, protagonista de ¡Abajo las armas!, vivió en un siglo XIX que tampoco se quedó corto en batallas, aunque su poder de destrucción no había alcanzado aún las terribles cotas del siglo XX que estaba por llegar.
La condesa Althaus, una aristócrata vienesa hija de militar, hermana de militar y esposa de militares, asiste como víctima y espectadora a las numerosas guerras en que Austria tomó parte entre 1859 (unificación de Italia) y 1871, cuando el fin de la contienda franco-prusiana consolidó la unificación alemana. La novela nos muestra la vida de la condesa desde la joven exaltada que a los diecisiete años escribía en su diario: «¡Oh, Juana de Arco, heroína doncella que mereciste las bendiciones del Cielo! ¡Por qué no podré yo, como tú, enarbolar el pendón, ver coronar a mi rey y morir después por mi idolatrada patria!», a la mujer que, con demasiadas pérdidas a cuestas, defiende el voto en contra de los créditos para la guerra: «Si yo pudiera, diría al uno: ¿Ves a esa madre? Tu voto le roba un hijo. A otro: tu voto arranca los ojos a ese pobre desdichado, tu voto entrega a las llamas esa biblioteca preciosa, tu voto abre el cráneo a ese poeta, que tal vez hubiese sido la gloria de su patria. Y tú has dado ese voto para que no te tachasen de cobarde».
Apasionado, intenso y revelador, ¡Abajo las armas! es uno de esos libros que, no importa la edad en que se lea, deja un poso de angustia ante el horror de los combates que Suttner no escatima en narrar en su afán pacifista. Autora de novelas, ensayos y artículos, y de vida tan comprometida como su obra con la causa de la paz, las ideas de Bertha von Suttner no fueron bien recibidas por sus contemporáneos. «Para los círculos políticos conservadores se trataba de la visión de una mujercita, según el principio general de que la guerra no es un tema de mujeres. También se la acusó de traidora a la patria y a la religión». Hasta un joven Rilke se sumaría a la campaña de menosprecio con un poema en el que advierte de que «no existe la deposición de las armas, ¡porque no hay paz sin armas!» La introducción de Olga García, responsable de esta estupenda edición que nos devuelve una novela imprescindible, moderna en su concepción y utópica en sus objetivos, no sólo nos relata las burlas y humillaciones que tuvo que sufrir Bertha von Suttner, sino también su vida, que comenzó en una familia de la más rancia aristocracia, que nunca la aceptó como una igual. Casada con un barón, en contra de la opinión de su familia política, la pareja dedicaría sus esfuerzos a sobrevivir económicamente, cosa que no les resultó nada fácil, y a escribir contra los excesos bélicos de su tiempo.
La amistad personal de Suttner con Alfred Nobel haría posible la creación de los premios que llevan su nombre, gracias a la insistencia de la autora en que destinara una parte de su fortuna, amasada gracias a un invento tan poco pacifista como la dinamita, al progreso y al entendimiento entre los pueblos.
La vida de Suttner tiene, pues, mucho que ver con la más famosa de sus obras. Una novela que, dividida en seis partes y un epílogo, es precursora de la narrativa antibelicista que surgiría tras la Primera Guerra Mundial y en la que diversos materiales (cartas, diarios, documentos históricos…) se combinan para dibujar el doble escenario de la vida familiar de la condesa Althaus y la descripción sin concesiones de las consecuencias de la guerra.
Aprovechen la oportunidad que la reedición de Cátedra nos brinda de recuperar una novela emocionante, atrevida e innovadora, tan necesaria hoy como cuando fue escrita, hace 125 años.

jueves, abril 03, 2014

Confusión de sentimientos, Stefan Zweig

Trad. Joan Fontcuberta. Acantilado, Barcelona, 2014. 112 pp. 12 €

Miguel Baquero

Dentro de su muy admirable tarea de publicar en castellano la mayor parte de la obra narrativa del austriaco Stefan Zweig (Viena, 1881 — Brasil, envenenado por su propia mano, apabullado por el ascenso que entonces parecía imparable del nazismo, 1942), llega el turno de esta breve novela, subtitulada Apuntes personales del consejero privado R.v.D., publicada por primera vez en Leipzig en 1926. Hijo sensible de su tiempo, uno de los periodos más tempestuosos de la Humanidad, y de su lugar, la Centroeuropa plagada de fantasmas interiores; agudo observador de la sociedad, como puede apreciarse en su inconmensurable El mundo de ayer (Memorias de un europeo), también recuperada por Acantilado; explorador como pocos de los abismos interiores, como se aprecia en la mayor parte de su narrativa y así mismo, o quizás con mayor profundidad, en sus biografías de personajes históricos (recuerdo haber sentido con su María Antonieta ese escalofrío que te recorre la espalda, haber leído varias veces tal o cual fragmento brillante, lamentando que no hubiera más), Zweig va afianzándose con el paso del tiempo como uno de los escritores realmente imprescindibles del siglo XX. En él parecen chocar todas las corrientes literarias de su tiempo, librarse la batalla entre la tradición y el tiempo nuevo, adquirir forma cientos de tormentos interiores, incluso los inimaginables (nunca se recomienda lo suficiente Novela de ajedrez); pocas veces un autor ha estado más consagrado literariamente a la vida hasta las últimas consecuencias. Y, cómo no, (otra) prueba de ella es esta Confusión de sentimientos.
La novela comienza de manera anodina, incluso con un cierto toque pedantesco (genial caracterización de un profesor universitario a la que no duda en arriesgarse Zweig, aunque sin duda en algunos tramos el texto pase por zonas demasiado retóricas incluso para expresar los más sencillos sentimientos): al término de su carrera universitaria, un catedrático que está a punto de jubilarse echa la vista atrás en busca de quienes más han influido en hacer de él lo que es, y su vista se detiene especialmente en la figura de un antiguo profesor. Por el camino, este hombre que está recordando vuelve a los tiempos de su juventud y confiesa abiertamente que durante unos años anduvo descarriado, entregado al vicio y a las mujeres antes de ponerse en serio a hincar los codos. Es cuando surge entonces la figura del viejo maestro que dice le ha marcado sobre todas las cosas, y cuando surge esta figura todo lo anterior queda en segundo plano: incluso esos pecados que el lector en un momento dado pensó constituían el grueso de su confesión, pronto se descubre que no son más que vulgaridades comparadas con el enigma que comienza a tomar forma en torno a esa figura magistral, ora excitada, ora silente, ora derruida, ora arrebatada… esa figura que de pronto desaparece días enteros sin que nadie sepa dónde puede haber ido, y reaparece al cabo de una semana con los restos, de nuevo, de un misterio en sus ojos. Y detrás de él, la figura de su esposa, una mujer todavía joven que cuando le pasa la mano por el pelo al protagonista y le comenta algo así como “pobre, aún no sabes nada de la vida”, sentimos que ese escalofrío del misterio llega a levantar el pico de la página. A estas alturas, estamos ya ante el Zweig más admirable, atrás ya el engolamiento profesoral con que, para mejor caracterizar la novela (todo se halla al servicio de la verdad literaria), se ha disfrazado, el mejor Zweig cuando narra cómo, en la noche oscura, mientras el protagonista duerme (o se hace el dormido) el profesor sube sigilosamente, alumbrado con una vela, hasta la puerta de su cuarto…
Y luego está, por supuesto, el final. Estamos en el año 2014, tenemos, sin duda, mucho más conocimiento del mundo que (presuntamente) tenía el lector tipo de 1926. Y pese a todo, pese a toda nuestra supuesta abertura mental, a nosotros también podría pasarnos la mujer del profesor la mano por el cabello y decirnos: “pobres, cuánto os queda por aprender”. Quizás lo suponíamos (del final hablo), quizás lo viéramos venir, pero espera, lector, espera, que todavía queda un último párrafo, un último renglón… Espera que, hasta las dos últimas palabras, todavía no has captado todo el sentido del libro…

martes, diciembre 10, 2013

De la A a la Z de un pianista. Un libro para amantes del piano, Alfred Brendel

Trad. Jorge Seca. Ilust. Gottfried Wiegand. Acantilado, Barcelona, 2013. 146 pp. 12 €

Nabor Raposo

A mediados de 2012, la revista australiana Limelight (especializada en artes y música clásica) realizó una votación entre jóvenes y consagrados pianistas de todo el mundo para dirimir la lista de los diez mejores de la historia. Pese a que la crítica rigurosa suele mostrar su más enérgico rechazo a las acciones de esta índole, sabedoras de que, por norma general, poco o nada aportan a la disciplina –mas allá de generar la controversia necesaria para rellenar revistas y venderlas mejor–, lo cierto es que la clasificación resultante tras el muestreo parece que es, a juicio de los propios músicos, bastante atinada. Hay, cómo no, reproches más o menos justificados a la lista (casi todos están ya muertos, no hay ninguna mujer; por otro lado, hay compositores de piano como Liszt o Chopin, o virtuosos como Clara Schumann, que no dejaron grabaciones), pero lo cierto es que todos los que figuran en el escalafón son artistas completos y alcanzaron la celebridad. En la octava posición figura Brendel.
De vocación tardía y prácticamente autodidacta, Alfred Brendel (1931) tomó clases en su juventud con Edwin Fischer. Más tarde sería el primer intérprete en completar la grabación de los solos para piano de Beethoven, incluyendo sus famosas 32 sonatas. Retirado de los escenarios desde 2008, compaginó durante años su faceta de concertista con la de docente para dedicarse finalmente a la Literatura y las conferencias, donde hoy hace gala de un proverbial sentido del humor. Desde hace cuarenta años vive en Londres, aquejado de una sordera que avanza paulatinamente y empaña irónicamente su gloriosa senectud.
Quien busque en De la A a la Z de un pianista una especie de diccionario técnico sobre piano, tiene en sus manos el manual equivocado. “Este libro destila lo que, a mi avanzada edad, tengo que decir sobre la música, los músicos y los asuntos de mi oficio”, apunta el autor en las primeras líneas del Prefacio. Y, aunque casi con toda seguridad, sea imposible recopilar en un volumen todo lo que éste tenga que decir sobre la música, los músicos y otros asuntos, lo cierto es que el libro recoge unas cuantas claves para interpretar el universo pianístico de toda una institución como Brendel, bajo un prisma muy original y casi siempre acertado.
Este particular vademécum aborda, en resumen, una exposición crítica tanto del arte de la interpretación (que considera como «una especie de sala de espejos deformantes») en su conjunto, como de algunos aspectos puntuales de la misma («tocar las octavas con la mano izquierda es un error muy habitual»). Sin abrazar del todo aquel academicismo estricto propio de las lecciones de piano, Brendel se desliza con una elegancia sublime hacia el consejo y la sugerencia como lo haría un maestro del zen («Los acordes pueden iluminarse desde dentro»; «el piano puede cantar siempre que el pianista así lo desee y sepa cómo hacerlo»; «una apropiación mutua que puede llegar tan lejos que la pieza interprete al intérprete»). Sin embargo, no le resultará fácil al neófito comprender ciertos detalles técnicos, muy complicados de seguir para los no iniciados, en algunos pasajes puntuales de la obra (cuando explica, por ejemplo, que el tempo blanca = 138 para el primer movimiento de la Sonata Hammerklavier de Beethoven es precipitado, en alusión a las indicaciones de metrónomo de algunos compositores). No obstante, el lector también podrá emplear estas páginas como una inmejorable herramienta para complementar o acceder a una deliciosa cultura musical. El libro está plagado de referencias a los más grandes compositores de música clásica de la Historia y sus obras más importantes; no en vano, y salvo Chopin –como bien apunta Brendel–, ninguno de ellos canalizó el conjunto de su obra como una serie de escrituras exclusivas para piano. Si bien el autor nunca pierde de vista las aportaciones que los grandes genios hicieron a su instrumento, se deshace en elogios hacia los Bach («el gran maestro de la música en todos los instrumentos de teclado»), los Mozart, los Beethoven, Liszt («un soberano romántico, él –y sólo él– abre el horizonte de todo lo que puede ofrecer el piano»), Schumann (cuya Fantasía en do mayor constituye «el símbolo del alma del piano») o el propio Chopin y sus Veinticuatro preludios, «una cumbre absoluta de la música para piano». Será responsabilidad última del lector detenerse en el mera lectura del programa o, por el contrario, explorar el territorio musical que tan desinteresadamente se le despliega para cultivar un buen porcentaje de excelente crianza.
Al margen de todo lo anterior, tal vez sea necesario apuntar una circunstancia que en ningún caso puede atribuirse al descuido. A pesar de que, entre todas las palabras que se desgranan a modo de diccionario, podemos en efecto encontrar una buena nómina de compositores, se echa en falta, quizá, la presencia de algún intérprete en la lista. Cierto es que se cita a Fischer, Kempff, Schnabel o Cortot, pero únicamente para señalar las grabaciones de referencia que existen sobre las obras canónicas escritas para piano. [Nota importante: los cuatro pianistas mencionados forman parte de la lista de Limelight. No hay rastro, en el presente volumen, de quienes ocupan las tres primeras posiciones: Rachmaninov, Horowitz y Richter. Brendel votó por Cortot.]
Por último, cabe señalar que, como no podría ser de otra forma, también hay espacio en el libro para las reivindicaciones personales (el papel fundamental del humor: «a la música se le concede el suspiro, pero no la risa»); sus gustos, sus vicios, las filias y las fobias: entre éstas últimas, el lector descubrirá su manifiesto disgusto hacia los intérpretes que toman “las obras maestras como materia prima para sus propias divagaciones” o la situación de algunos pianistas jóvenes, que sólo llegarán «a alcanzar su nivel óptimo entre los cuarenta y los sesenta [años]», y cuyo peligro «consiste en una arrogancia que no se corresponde con la responsabilidad musical». Quien conozca medianamente la trayectoria del maestro, no tendrá dificultades para personalizar con nombres propios algunas de estas aversiones y antipatías.

viernes, noviembre 08, 2013

El Leviatán, Joseph Roth

Trad. Miguel Sáenz. Acantilado, Barcelona, 2013. 80 pp. 11 €

Pedro Pujante

Es Joseph Roth (1894-1939) uno de los escritores centroeuropeos más valorados del siglo XX. Su obra, de un estilo sencillo y directo, suele aproximarse al tema de la expulsión de los judíos y a la evocación nostálgica del mundo de los Habsburgo. El Leviatán se publicó póstumamente en 1940. A pesar de que estamos ante una novela corta o relato extenso (no excede las ochenta páginas) se podría considerar El Leviatán de Roth como una pequeña obra de orfebrería, pequeña pieza como las que encontraremos en la narración interior, hechas de coral auténtico y resistentes al tiempo. Y es que la autenticidad es uno de los asuntos que se tratan en esta historia, entre otros.
El argumento de El Leviatán nos transporta a un tranquilo pueblo llamado Progody en el que vive Nissen Piczenik, judío y comerciante de coral muy respetado por su comunidad. Su vida transcurre con sosiego en el comercio de estos animalitos ornamentales que para Piczenik simbolizan lo hermoso y profundo, la pureza y la belleza, en definitiva, su vida. Considera los corales su único mundo y se olvida de todo lo demás. No obstante, la cotidianidad se va lentamente tornando ante los ojos del comerciante Nissen pálida y deslucida. Un sueño obsesivo comienza a florecer en su corazón: viajar al mar para conocer de cerca el universo marino en el que habitan sus preciados corales. Poco a poco su mundo aburrido de vendedor de corales va perdiendo fuerza y el sueño abisal y mágico se intensifica. Emprenderá travesía al mar. A la vuelta un inesperado vendedor de corales artificiales se ha establecido en un pueblo vecino. Y con él la amenaza de perder su hegemonía en el comercio de coral. Pero lo peor no es esa amenaza mercantil sino que este vendedor mefistofélico le tentará con traficar con corales falsos. De este modo Piczenik sucumbirá seducido por el diablo y comenzará a pervertir su honradez y excelencia, en un acto de traición hacia sí mismo y hacia sus corales. En este cuento hay una pasión, un renacer y un viaje al fondo de los deseos. Una fábula en la que encontrará el lector un hombre sencillo, que podría ser cualquiera de nosotros, y que reniega de sus valores. También es Piczenik el perseguidor de sueños que convertirá su vida en una singladura iniciática que le conducirá al fondo insondable de su propia alma. Deseos insatisfechos y cumplidos, traición a uno mismo, nostalgia, honor y miedo a que los sueños nos embarguen. En esta breve novela, transcrita en una prosa natural y sin artificios, sincera y limpia, encontramos una profusa enredadera de emociones y sentimientos que nos hacen reflexionar y contemplar la vida desde otra perspectiva.
Nunca he sido partidario de literaturas moralizantes pero en este el exceso de didactismo no es tal, sino que recibimos de forma indirecta una ‘verdad’ a través del espíritu atribulado y confuso del propio personaje. Tal vez ahí, en la complejidad y contrariedad del alma sencilla de Piczenic esté la grandeza de El Leviatán.

sábado, mayo 18, 2013

María Estuardo, Stefan Zweig

Trad. Carlos Fortea. Acantilado, Barcelona, 2012. 416 pp. 26 €

Miguel Baquero

Además de excelso novelista —¿cómo?, ¿qué todavía no has leído su Novela de ajedrez?— Stefan Zweig fue un biógrafo de primera línea; de hecho, muchas de sus biografías han servido de modelo a otros autores a la hora de relatar la vida de un personaje histórico con perspicacia psicológica, atención al detalle significativo, un profundo toque lírico en los momentos cruciales y, en el fondo y como remate de todo, una capacidad genial para captar el fondo social y humano de la época a través del protagonista de la biografía. El libro dedicado a María Antonieta, dentro de las figuras históricas tratadas por Zweig, es sin duda todo un clásico en este sentido; y en todo caso, es una narración impresionante tanto por su amenidad, como por su estilo narrativo, como por su calado psicológico.
Dos años después de la publicación de María Antonieta, en 1934, Zweig publicó la biografía María Estuardo, que ahora reedita Acantilado en una magnífica edición. No es, sin duda, una narración tan límpida y contundente como la que el autor austriaco trazó de la reina de Francia, pero ello no ha de achacársele al escritor sino a la figura biografiada y a las múltiples luces y sombras que la rodearon (luces y sombras que incluso hoy, siglos después, aún no han sido desveladas del todo y siguen manteniendo la realidad entre penumbras).
Convertida en piedra de choque, en plena época de la Contrarreforma, entre los partidarios del protestantismo (Inglaterra en especial, con su reina Isabel a la cabeza) y los defensores de la vieja Iglesia papista (Francia y España, sobre todo), es comprensible que la verdad en torno a María Estuardo, reina católica de Escocia, se haya desvirtuado y tergiversado en función de los intereses de unos y otros. Tanto más cuanto los avatares de su vida la hicieron perder el trono, ser apresada por los ingleses y finalmente llevada al cadalso tras un juicio (o remedo de) cuya resolución llegó a convertirse en “casus belli” entre Su Graciosa Majestad Isabel I y Su Muy Católica Alteza Real Felipe II, quien llegó a fletar toda una armada para conquistar la isla y poner fin a la ofensa intolerable cometida contra la vida de toda una reina ungida, con el resultado creo que ya de todos conocido.
Sabe Zweig, por tanto, que se está moviendo por un territorio resbaladizo, sembrado en su día de mentiras interesadas, exageraciones y ocultamientos. Sin embargo, desde la perspectiva del tiempo transcurrido, el escritor austriaco no tiene miedo de cotejar, por ejemplo, los documentos que se mostraron como inculpatorios para la Estuardo con sus características psicológicas, para concluir si tales documentos, o esas otras argumentaciones, son ciertos o tienen visos de haber sido manipulados. La biografía, así, pasa en muchos momentos a convertirse en una verdadera novela sobre las argucias de unos y otros, sus comadrejeos por las cortes europeas, la venalidad y la hidalguía de estos y aquellos… Al fondo, dando forma al cuadro completo, la persona de María Estuardo, compleja como todo ser humano, inteligente en ocasiones, de comportamiento estúpido a veces, imbuida de su majestad y al mismo tiempo cubierta de dudas. Y más al fondo aún de la reina de Escocia, como una presencia amenazadora, su Némesis, la reina Isabel de Inglaterra —¡sublime personaje!—, que de igual manera la tema, la odia, la admira…

martes, abril 30, 2013

Idilio con perro ahogándose, Michael Köhlmeier

Rayo Verde, Barcelona, 2012. 96 pp. 12,95 €

Arcadio García

Esta novela constituye la confesión pública de un dolor espantoso: la muerte prematura de una hija, y el esfuerzo de unos padres por racionalizar, en la medida de lo posible, el sufrimiento que provoca semejante tragedia. Narrada en primera persona por el propio Michael Köhlmeier, autor austriaco cuya hija, Paula, perdió la vida con 21 años de edad, en 2003, durante un paseo por la montaña. La historia tienen lugar tres años después del accidente, durante el desapacible invierno de 2006. El editor de Köhlmeier, el Dr. Beer, decide trasladarse inopinadamente desde Fráncfort al domicilio de Köhlmeier, en la pequeña ciudad austriaca de Hohenems, con objeto de trabajar, junto al escritor, en la última obra inédita del autor. Durante los tres días en que se prolonga la estancia del Dr. Beer, Köhelmeier y su esposa Monika, también escritora, comparten su vida con este singular personaje, un editor excéntrico, asocial, maniático, experto en la fenomenología de Husserl y amante de Joseph Conrad.
Mientras leía Idilio con perro ahogándose me ha asaltado el recuerdo de unas palabras que le leí una vez a Ricardo Piglia: «Las escenas de los libros leídos vuelven como recuerdos privados». Y es que el narrador revela que desde la muerte de su hija ha dejado de soñar con ella, y se diría que confía en la habilidad fascinante de la literatura para volver a hacerlo, echando mano de la capacidad que posee la literatura de incorporar a nuestro inconsciente historias que no han ocurrido nunca como si fueran episodios privados de nuestra propia experiencia vital, y, en consecuencia, la de incorporar a nuestra nómina de amistades y parientes personajes de ficción, y hacerlo como si se tratara de cualquiera de los seres reales con las que convivimos a diario. A partir de esa certidumbre, esta novela también constituye una búsqueda contumaz del autor —y padre— para tratar de recuperar el recuerdo de su hija, para tratar de volverla a soñar con la ayuda de la literatura y el lenguaje, de prolongar su vida mucho más allá de las circunstancias abruptas en las que se vio interrumpida y hacerlo con la misma intensidad con la que a menudo persiste en nuestro inconsciente el personaje de ficción.
Hay pasajes de esta breve novela que son realmente conmovedores. El narrador, mediante la ironía y el humor, lleva a cabo un esfuerzo apreciable y exitoso para evitar que prevalezca lo sensiblero, a pesar del cual el lector advierte la presencia permanente de un dolor inconsolable, por más esfuerzos que haga el autor para no expresar ese dolor de forma explícita, para evitar caer en lo lacrimógeno, para que la narración no acabe siendo, en suma, «una mierda rimbaudiana», expresión que empleaba la propia Paula para describir los textos excesivamente sentimentales. Se trata, pues, de un relato autobiográfico en el que posiblemente haya importantes elementos de ficción, aunque no sabemos en qué medida. No sabemos —yo no sé— si el Dr. Beer es un personaje real, y no sabemos —yo no sé— si el episodio final con el perro tuvo lugar en realidad o constituye un recurso metafórico mediante el que poner fin al duelo.

viernes, abril 12, 2013

El viaje del rector Florian Fälbel. Vida del risueño maestrillo Maria Wutz, Jean Paul

Trad. Isabel Hernández. Nórdica, Madrid, 2013. 137 pp. 15 €

José Miguel López-Astilleros

Jean Paul (1763-1825) es uno de los autores alemanes menos traducidos en España. Hay que felicitar a la editorial Nórdica Libros por poner a nuestra disposición dos de sus mejores nouvelles, con motivo del 250 aniversario de su nacimiento. No obstante, desde el año 2010 se han venido publicando algunas de sus obras, entre las que destaca Elogio de la estupidez (2012), en las editoriales Ediciones Sequitur y Cómplices Editorial; mientras que La edad del pavo, editada en 1981 por Alianza Editorial, permanece agotada. Esperemos que los editores españoles no tarden en poner en circulación otros títulos, como Titan.
Su verdadero nombre era Johann Paul Friedrich Richter, pero adoptó el pseudónimo de Jean Paul en homenaje a su admirado Jean-Jacques Rousseau. Fue un hombre controvertido y marginado dentro de los ambientes literarios de su época, junto con Heinrich von Kleist y Hölderlin. Jean Paul era de origen humilde, su infancia y juventud estuvieron determinadas por una educación muy estricta y por el hambre, algo que tendría una influencia decisiva tanto en su personalidad como en su obra. Comenzó estudios de teología, que abandonó en desacuerdo con todo el entramado universitario imperante. Tras alcanzar el éxito con su novela Hesperus, fue invitado por Schiller y Goethe a Wiemar, pero pronto surgieron las desavenencias entre ellos; del segundo llegó a decir “El carácter de Goethe es horrible: el genio sin la virtud es perecedero”. Su obra gozó de gran popularidad (llegó a contar con 300.000 lectores, una cifra enorme teniendo en cuenta que sólo el 15 por ciento de la población sabía leer). Swift, Sterne, Richardson y Rousseau fueron sus modelos y lecturas favoritas. Ha influido a su vez en escritores como Arno Schmidt y Günter de Bruyn, ya en el siglo XX.
Hay una literatura que sólo pretende entretener, pero hay otra que además de esto aspira a enseñar, a analizar la sociedad de un modo crítico y a mostrar las profundidades del ser humano, todo ello sin renunciar a una cuidada propuesta estética. A esta última pertenece la literatura de Jean Paul. En El viaje del rector Florian Fälbel se nos cuenta un viaje escolar de unos alumnos tutelados por el rector Fälbel, un personaje cómico, ridículo a veces. A través de él se critica los programas educativos de los liceos y sus métodos basados en la memorización, los viajes escolares tan de moda entonces o la falta de una formación sólida del mismo Fälbel, así como la pedantería y la utilización excesiva de las citas eruditas, muy presentes en esta obra, pero que gracias a las notas de Isabel Hernández nos facilitan la comprensión del texto y la interpretación satírica de las mismas.
En el protagonista de Vida del risueño maestrillo Maria Wutz se pueden distinguir dos dimensiones: la social y la intelectual. En la primera, Wutz es un maestro con una formación deficiente, condenado a ejercer su profesión en un pueblo con un sueldo mísero, a esto se une el no poder aspirar a un puesto mejor, porque el noble del lugar designa a su arbitrio quienes los deben ocupar, siendo normalmente desempeñados por gente incapaz y sin preparación alguna. Por otra parte, intelectualmente tampoco podrá progresar debido a sus carencias formativas. A pesar de todo ello, Wutz no deja de ser feliz en todo momento, y este hecho es el que dota a la obra de una ácida crítica, debido a la diferencia que hay entre su concepción subjetiva de la vida y la realidad exterior. Hay que hacer notar que algunas de las situaciones a las que se enfrenta el maestro son autobiográficas, no en vano Jean Paul también ejerció como tal, aunque el autor se encarga de que no lo identifiquemos con su personaje, del que lo separa su actitud vital. Y finalmente, la narración de la muerte de Wutz está llena de un sentido lirismo conmovedor, que nos hace reflexionar sobre la naturaleza de la muerte y la felicidad.
El humor, la sátira, la parodia y la ironía son procedimientos muy habituales y estimados por Fälbel para ejercer la crítica ingeniosa y mordaz de su tiempo. Estas dos singulares nouvelles son un buen ejemplo, y harán las delicias de quien sienta curiosidad intelectual. El libro concluye con la inclusión de un magnífico epílogo de Isabel Hernández.

lunes, noviembre 12, 2012

En mi país desconocido. Diario de la cárcel, 1944, Hans Fallada

Trad. Christian Martí-Menzel. Seix Barral, Barcelona, 2012. 377 pp. 19,50 €

Ángeles Prieto Barba

Adentrarnos en un personaje tan curioso como este autor alemán, conlleva no pocas sorpresas literarias agradables debidas a su agudeza, pero además, este diario nos va a proporcionar una disección del nazismo social impecable. Sin duda, de todas las obras que a mansalva se están traduciendo y publicando, del hasta ahora desconocido escritor por estos lares, como las novelas Pequeño hombre, ¿y ahora qué?, Sólo en Berlin y la autobiográfica El bebedor, este libro es el que más información histórica contiene. Porque el contenido del libro, en definitiva, es un juicio moral al nazismo, un grito de protesta, un ajuste de cuentas frente a una sociedad donde buena parte de sus individuos no es que estén enfermos, es que son abyectos.
Un libro coetáneo a los hechos que fue escrito en unas circunstancias muy especiales, pues Fallada, quien durante todo el III Reich estuvo dando tumbos (alcoholismo, deudas, depresiones, crisis matrimonial, frecuentes traslados, pleitos continuados) finalmente terminó, en el periodo que va de septiembre a diciembre de 1944, ingresado en una cárcel psiquiátrica, lugar donde conseguió redactar milagrosamente este texto, junto con El bebedor, en 92 folios redactados con letra pequeña, en apenas inteligibles microgramas, y lleno de abreviaturas. Todo un reto para la traductora irlandesa del mismo que necesitó, para poder realizarla, disponer de todo un año sabático.
Muy interesante nos resulta que Fallada pisó en esta ocasión la cárcel no por delitos políticos, sino por la sospecha de haberle pegado un tiro a su mujer, durante una fuerte discusión, tras haberse divorciado. Pero parece ser que no fue así y, aunque la propia exesposa pretendió exonerarlo, no fue posible librarlo de la cárcel dadas las inquinas y desconfianzas que este autor había ido acumulando por donde pasaba. Diferencias con sus vecinos, jefes y allegados que Fallada nos detalla con suma amargura, salvo honradas excepciones que terminan emigrando, proporcionándonos crueles retratos que van desde la rentista anciana SP, quien lo denuncia a la SA por diferencias económicas, hasta el hipócrita alcalde Stork, un apasionado militarista que se libraba del ingreso en el ejército cada vez que podía, en uno de los episodios del libro más irónicos y conseguidos.
Pero sin duda, el mayor interés del libro, desde el punto de vista historiográfico, reside en el impecable retrato que efectúa del ministro de Cultura y Propaganda, Joseph Goebbels, dado que a raíz del éxito de unas de sus novelas se pretendió llevar a cabo una película que finalmente no fue realizada, motivo por el cual este escritor primero fue encumbrado y luego no pudo encontrar sitio artístico en el III Reich, al ser víctima de la competencia por el control cultural entre Rosenberg y Goebbels. Una relación de hechos muy interesante que despeja toda duda sobre la absoluta honestidad de Fallada, sobre todo al confesar cómo, al ser un escritor con cierto prestigio, se libró, por una falsa disfunción del corazón, de participar en el frente ruso.
En definitiva, nos encontramos con un texto muy valioso e interesante que ilumina más, aún más si cabe, toda la degradación moral que supuso el nazismo, culpas que en modo alguno quedaron redimidas con los Juicios de Nuremberg, pues se extendieron a la sociedad entera, incluso al propio Fallada quien decidió quedarse, encontrándose más cerca del dominio cultural de Goebbels de lo que quisiera. El amor a ese pueblo que regaló al mundo sonidos imperecederos, según sus propias palabras, bien caro tuvo que pagarlo.

viernes, octubre 12, 2012

El pueblo traicionado, Alfred Döblin

Trad. Carlos Fortea. Edhasa, Barcelona, 2012. 563 pp. 37,50 €

Angeles Prieto

Acabada la Segunda Guerra Mundial, Alfred Döblin emprendió la ambiciosa trilogía denominada “Noviembre 1918”, de la que este volumen, El pueblo traicionado, constituirá una primera entrega de la segunda parte tras Burgueses y soldados. Y no es complicado aventurar el motivo por el cual Döblin, consagrado ya tras Berlín Alexanderplatz, inició esta obra verdaderamente monumental, si pensamos en el impacto que sufrió la opinión pública mundial tras los Juicios de Nuremberg.
Y es que nos encontramos ante una novela que directamente no es posible disfrutar si no tenemos conocimientos previos de la época, ni de su autor. Pues confeccionada con retales, instantáneas de los terribles impactos sociales que sufrió Alemania durante la República de Weimar (larga etapa de la historia alemana que va desde el final de la Primera Guerra Mundial hasta la proclamación del III Reich), en diferentes escenarios, con escasos y esporádicos personajes protagonistas (lo que haría Cela muchos años más tarde en La Colmena, pero con mayor complejidad) y empleando un estilo que guarda no pocas semejanzas con el Ulysses de Joyce, podemos afirmar que esta obra de interés académico e histórico no está destinada a un público mayoritario sino curioso y preparado que se preguntará, a lo largo de toda la obra, cómo el pueblo alemán terminó por encumbrar al partido nazi.
Por ello Döblin intentará buscar respuestas retrotrayéndose a los meses finales de 1918, que es donde espera encontrar el germen: con el regreso de las tropas del frente, el protagonismo del mariscal Hindenburg y el general Ludendorff, la firma del ignominioso Tratado de Versalles y sus imposibles compensaciones económicas, el apego a toda costa del socialista Ebert al poder y los asesinatos del católico Matthias Erzberger y sobre todo, de los dos grandes líderes espartaquistas e interesantes pensadores, llamados a traer la Revolución rusa a Alemania, que fueron Karl Liebknecht y Rosa Luxemburgo. Y la atroz crisis económica que vino después, esa que arruinó a toda la clase media y que acabó por dar la puntilla a esta sociedad sorprendentemente creativa que trajo también no pocos avances sociales.
Aunque se nos olvida un hecho capital para nuestro autor: ese odio al judío bien arraigado, presente en estas páginas en forma de esporádicos episodios de aislamiento social, progromos y violencia, que ya entonces, en 1918, los incita a una emigración sin esperanza. Porque es evidente que Hitler no creó el antisemitismo, sólo lo condujo a extremos inhumanos e inimaginables.
El placer en la lectura de El pueblo traicionado lo obtenemos gracias a la anécdota, a esos cortos pero fieles retratos sociales, también mediante los eficaces discursos que retratan a los dirigentes políticos del periodo. Pero vamos mucho más allá si hacemos nuestros esos interrogantes que plantea Döblin y en medio de nuestra propia crisis económica, de liderazgo y de valores, reflexionamos sobre los extremismos y sus consecuencias. En este volumen se echa de menos prólogo, notas y glosario: el lector los necesita.

viernes, septiembre 21, 2012

Todo está tranquilo arriba, Gerbrand Bakker

XIII Premio Llibreter 2012. Trad. Julio Grande. Rayo Verde Editorial, Barcelona, 2012. 288 pp. 20 €

José Morella

Una vez el maestro budista Tanzan viajaba a pie por un camino lleno de barro acompañado de un monje joven llamado Ekido. En un cruce se encontraron con una chica —muy guapa— que quería pasar al otro lado del camino pero temía enfangar sus zapatos y su kimono de seda. Tanzan se la subió a hombros, cruzó el charco y la dejó al otro lado. Ekido estuvo mordiéndose la lengua durante horas, pero al anochecer ya no aguantaba más: nosotros somos monjes, protestó, y tenemos prohibido el contacto con mujeres, sobre todo tan jovenes y guapas como esa. ¿Por qué lo ha hecho, maestro? Tanzan le contestó: yo la he dejado allí. Pero tú, después de tantas horas, todavía estás cargando con ella. Esta introducción un poco larga viene a cuento porque creo que Todo está tranquilo arriba habla de eso constantemente, incluso cuando parece no hacerlo. De las cosas que cargamos en la mente y en el corazón no sólo durante horas, sino durante meses, años o la vida entera. Helmer es un granjero que no eligió serlo. Si su hermano gemelo Henk, el preferido de su padre, no hubiera muerto 35 años antes, seguramente Helmer habría terminado su carrera universitaria y tal vez sus verdaderos deseos —así como su homosexualidad, latente durante toda la novela—, ya se habrían podido manifestar. Pero eso tampoco lo sabemos, y no es lo que interesa. Lo que interesa es qué se hace cuando ya no hay tiempo; o si es verdad que ya no hay tiempo. Lo que interesa en esta novela es cómo mirarnos con honestidad y decirnos lo que no nos hemos atrevido a decir antes, por muchos años de retraso que llevemos en lo que a honestidad se refiere. Es una novela sobre el despertar a la propia vida. Sobre el darse cuenta de que cargamos sobre los hombros a una señorita con kimono desde hace mucho. Los lectores del libro que no piensen sobre sus propias muchachas japonesas y lo mucho que pesan con el paso del tiempo, o bien no cargan con ninguna o es que no se atreven todavía, ni aun con la ayuda de la novela, a mirarlas y a reconocerlo. Al morir Henk, el granjero van Wonderen obliga al hijo que le queda vivo a heredar varias cosas que en principio no eran para él: la granja, la tarea de ordeñar a las vacas a diario sin un sólo día de vacaciones en su vida y la obligación de hacerse cargo de sus padres en su vejez. La novela empieza cuando Helmer, o habría que decir el resentimiento de Helmer, exilia a su padre al desván de la casa. Helmer van Wonderen, un hombre de 55 años, está tan sólo empezando a verbalizar el rencor que siente por quien le arruinó la vida y le trató siempre con desprecio. Perdonarle queda aún más lejos. Un pelín tarde, diría yo. Pero la tesis de la novela es optimista: nunca es tarde para eso. El libro está escrito con una precisión que se disfruta mucho: los diálogos son tan buenos y económicos que no parece que pudieran haber ocurrido de ningún otro modo. Los nombres de los animales, el conocimiento milimétrico del campo, de la vida en la granja, de la naturaleza: uno no cree que existan todavía cosas así, gente así. De hecho la novela cuenta, en parte, el proceso de extinción de esa gente. Gerbrand Bakker, el novelista, también parece un animal en vías de extinción. He leído alguna entrevista suya y le he visto en youtube: no se distingue en él ni un ápice de exageración o vulgaridad. Para nada la creencia molesta y falsa —ni explícita ni implícita— de que escribir o publicar o recibir premios (el último, el Premi Llibreter 2012) te hacen interesante, importante o mejor. Ninguna tensión, ningún alarde. Cuando habla de David Colmer, su traductor al inglés y clave en su proyección internacional, dice: él me hizo darme cuenta de que el libro era un libro y de que yo era un escritor. Bakker es jardinero profesional. También es, en invierno, monitor de patinaje. Si se presentara a algo, yo le votaba. Volviendo al texto, el personaje de Riet es clave para entender a Helmer. Riet era la novia de su hermano Henk. Ella conducía el coche en el accidente que le mató. Riet se casó con otro y vivió su vida. Ahora, cuando han pasado tantos años y su marido ha muerto, vuelve a comunicarse con Helmer y le pide que albergue y dé trabajo en la granja a su hijo. Riet también carga cosas a sus espaldas. Carga rabia desde hace años por no poder haber sido la granjera de esa granja. Es muy inconsciente: juzga a Helmer injustamente y no ve más que lo que ella quiere. No tiene ninguna empatía con nadie. Está enfadada con todos. Sus maniobras para conseguir algo más de esa familia, de la que sólo quedan ya Helmer y el moribundo señor van Wonderen, son una nueva explicación, una nueva oportunidad para que Helmer comprenda. El puede hacer lo de siempre —vivir en función de los otros y olvidarse del deseo propio por miedo o comodidad— o soltar de una vez a la niña del kimono y no volver a pensar en ella. Lleva treinta y cinco años ordeñando vacas y dándoles de comer a los burros. Ahora podría tomarse unas vacaciones. Nunca es tarde.

martes, marzo 06, 2012

Siete años, Peter Stamm

Trad. José Aníbal Campos. Acantilado, Barcelona, 2011. 272 pp. 20 €

Ariadna G. García

En la última década, el Acantilado ha tenido el gusto y el acierto de editar a uno de los novelistas europeos más interesantes, ambicioso en sus temas y de lenguaje sutil. Nacido en Suiza en 1963, Peter Stamm ha creado una obra de sello inconfundible, marcada por la soledad en que viven sus personajes, así como por el carácter redentor de la naturaleza.
Siete años narra, en primera persona, la biografía de Alex, un arquitecto de éxito que confiesa a una amiga de su esposa, durante la visita que les hace por motivo de una exposición de pintura que inaugura en Múnich, los pormenores de su vida afectiva y profesional. La obra, pues, alterna dos tiempos: un presente en el que el matrimonio formado por Alex y Sonja parece haber resuelto sus problemas (conyugales, económicos); y un pasado que, si bien se remonta a sus años de estudiantes (1989), avanza progresivamente hasta alcanzar el momento actual (2008). Con cada flashback, el protagonista va purgando un fiero sentimiento de culpa con su interlocutora, Antje, pese a que ésta rechaza, por principios éticos, ser la albacea de esa memoria llena de vejaciones.
El relato de Alex, sin embargo, más que cauterizar heridas, las crea. Su testimonio no ya sólo desvela sus años de infidelidades, sino que pone al descubierto la podredumbre de su personalidad (cobarde, oportunista). La humillación constante a la que el protagonista somete a su amante polaca, inmigrante irregular cuya vida transcurre entre un sinfín de oficios mal pagados, en ocasiones recuerda a La cinta blanca (Michael Haneke). El egoísmo individual de Alex, por otro lado, se convierte en un egoísmo de clase cuando el acaudalado matrimonio recurre a razones materiales (dinero y posesiones) para forzar a Ivona a un sacrificio.
Peter Stamm ha escrito una novela espléndida tanto por su estructura y elegancia, como por las preguntas que arroja sobre nuestras consciencias. La obra comienza con la caída del Muro de Berlín, pero la libertad que tanto deseaban los europeos de uno y de otro lado se convierte en una quimera. El poder adquisitivo reduce los sueños, los mengua, los aplasta, y acaba estratificando a la ciudadanía («Esta Gran Muralla del Capital que separa docenas de países ricos de la mayoría sobre la tierra, convierte el Telón de Acero en una insignificancia». Mike David).
La obra, además, plantea incómodos interrogantes sobre el concepto de la felicidad. El matrimonio alemán no la consigue nunca, ni la roza: «Con Sonja me sentía construyendo algo que jamás quedaba terminado del todo. Pretendíamos construir una casa, tener un hijo, contratábamos empleados, comprábamos un segundo coche. Apenas alcanzábamos un objetivo, ya se perfilaba el otro, y jamás conseguíamos estar tranquilos». Ivona, en cambio, se conforma con las pequeñas alegrías que salen a su encuentro: una tarde en el cine, una conversación con las amigas, y, ante todo, el pálpito en el pecho de su amor. Frente a la muerte en vida de las personas alejadas del fuego del cariño o el enamoramiento, se alza la plenitud de quienes aman. No lejos de Stamm se encuentran los poemas de Carl Sandburg, Antonio Machado, Cernuda o nuestros místicos.
El intenso caudal de Siete años tiene meandros que pasan por muchos otros temas sinuosos, complejos, que Peter Stamm aborda con destreza: el libre albedrío, el azar, la dicotomía acto-potencia, la abulia, los mundos paralelos, la decepción o el sentido del Arte.
Sin duda alguna, Siete años es una novela de violentos contrastes, cuya lectura voltea. Y esa clase de efectos sólo están al alcance de los mejores libros.

viernes, septiembre 30, 2011

En línea. Trece historias a la manera antigua, Ingo Schulze

Trad. Carles Andreu. Destino, Barcelona, 2011. 368 pp. 20 €

José Morella

El sociólogo polaco Zygmunt Bauman viene hablando hace tiempo de lo líquido. El poder líquido ya no se ejerce en la esfera de lo político. Es sólo económico y está en manos de unos centenares de tipos y contadísimas mujeres que pueden decidir sobre las vidas de miles de personas echando una simple firma. Todo cambia en minutos, nada solidifica. Tienes que estar preparado para perderlo todo en cualquier momento. El amor según Bauman también es líquido: hoy en día nos cuesta mucho decantarnos por la seguridad de una pareja estable (sólida) y olvidar la libertad de encamarnos con quien nos apetezca. Mucha gente añora la experiencia de lo afectivamente seguro pero, en cuanto se acerca a ello, le brota la angustia opuesta. En muchos de estos cuentos Ingo Schulze hace presente este falso dilema que vivimos como si fuera auténtico. Hombres —todos los narradores son hombres, y tengo mucha curiosidad por saber qué les parece este libro a las mujeres— que tratan infructuosamente de mantener su identidad sin quiebres. Hombres que no saben aceptar, que no saben rendirse a las experiencias que tienen. Los cuentos están llenos de parejas europeas de clase media. La "liquidez" de la vida trasluce en la cotidianidad de esas personas, cuyas experiencias consisten en ver cómo se les desmoronan todas las experiencias. Cualquier cosa que Schulze nos señale (porque no habla de nada concreto, más bien señala) tiene que ver con la realidad desmoronándose: el turismo, el empleo, la lealtad de la pareja, la amistad, el miedo a los vecinos y a los extranjeros, e incluso la literatura. Todo parece poder irse al garete con una gran riada. Lo bueno es que uno no saca necesariamente de los cuentos una visión pesimista. Hay algo nuevo, una posibilidad que reconocemos. Algo que está pasando y de lo que todavía el arte sólo empieza a dar cuenta. Hay esperanza. No sé localizarla en los cuentos, como tampoco sabría localizar la desesperanza, pero la leo en ellos. Son, por cierto, una gozada de lectura. Frescos como la vida. Como el siguiente gesto que ves al levantar la mirada del libro, o el rostro de la persona que entra justo ahora en tu vagón de metro, o la discusión que estalla cuando nadie se lo espera. Leer a Schulze da la sensación algo siniestra pero fabulosa de que no hay trampa ni cartón, y para eso hay que ser un maestro de todas las trampas. Schulze te las pone todas, tú caes en todas, y luego las quita y el edificio sigue en pie, como Ferran Adrià cuando hace un ravioli sin pasta de raviolis. Es imposible hablar de todos los cuentos aquí, pero no puedo resistirme con alguno, como el cuento de las tres mujeres. El narrador lleva años locamente enamorado de una de ellas. Con otra se casó y llevan juntos un negocio próspero. Y la tercera es una que hace una fiesta en la que coinciden todos y con la que el narrador se lía en el baño a pesar de que no le cae muy bien. Schulze sabe que dentro de la mente tenemos varias voces contradictorias, todas apremiándonos a cosas distintas. La mujer con la que se casó resulta de la voz que nos pide seguridad. La mujer a la que ama encarna la voz que nos exige ternura. La tercera mujer no es ninguna voz: es lo real, lo que te pasa por sorpresa mientras estás oyendo voces en tu mente como un gilipollas. Estamos perdidísimos. También se ve esta desorientación cuando algún personaje hace turismo, o eso que hace Schulze cuando le invitan a congresos de escritores para que se engañe creyendo que no es un turista. Cuando viajamos por placer queremos que nos hagan sentir mimados pero sin que nos demos cuenta de que se están ganando la vida con ello. Que me hagan sentir libre y seguro al mismo tiempo, pero sin que me dé cuenta de que lo están escenificando a cambio de mi dinero. Qué puñeteros somos. La hospitalidad no se reserva online ni se paga con visa. Schulze muestra cosas que a menudo quedan ocultas o que, mejor dicho, preferimos no ver en nosotros. Otro ejemplo de actitud falsaria sería la del machismo camuflado, como el del tipo en paro que se enfada con su mujer porque ella no se fija en lo bien que él hace las tareas domésticas. El enfado del hombre no es más que la prueba de que limpiar para él es rebajarse, y para no sentirse humillado necesita que la mujer se lo valore sin falta.
Creo que el mejor cuento es el del oso en Estonia, pero aquí habría debate porque hay tres o cuatro más que son fabulosos. Un crítico serio diría que ese cuento trata de la economía postcomunista, y es verdad, pero con Schulze tengo la impresión de que hay algo un poco ridículo en preguntarse por la temática de la obra. Suena a bachillerato casposo y antiguo. Todo es tan fresco en sus cuentos, tan vivo, que cerrar el sentido hablando de los temas me parece un manoseo que la obra no merece. Pero a lo que estamos, el cuento del oso: Aarne quiere venderles una casa de campo en Estonia a unos finlandeses que creen que allí podran cazar osos. Pero ya no hay osos en la zona, así que le compra un oso medio famélico a un circo que se ha ido a la quiebra y lo deja rondando cerca de la casa para engatusar a los finlandeses. Salto mortal sin red: dos elementos ya casi del pasado como los osos en esa zona de Estonia y el decadente circo tradicional que maltrata animales, son usados como recurso para que fructifique un negocio real en el presente. Es una especie de econeoliberalismo, que podría definirse como un aprovecharlo todo, no tirar nada, reutilizar hasta los últimos restos de la mentira vendida como bienestarismo europeo (un oso moribundo, unos finlandeses atontados por el exceso de dinero con el que no saben qué hacer, la caza como entretenimiento fatuo y superficial, el desequilibrio natural de la fauna y la flora), todo para sobrevivir un tiempo más. La vida que nos recicla.

miércoles, febrero 17, 2010

La nave de los muertos, B. Traven

Trad. Roberto Bravo de la Barga. Acantilado, Barcelona, 2009. 352 pp. 22 €

Julián Díez

Escribir sobre un libro de B. Traven sin caer en la tentación de mencionar que se trata de uno de los narradores más misteriosos del siglo XX es casi imposible. Sin embargo, se trata de algo especialmente relevante cuando hablamos de La nave de los muertos, su primera novela, tal vez autobiográfica, sin duda reveladora de su ideologíao, y de las razones por las que el desconocido autor, escritor en lengua alemana, tal vez nacido en Estados Unidos, seguramente muerto en México, merece una cierta leyenda.
Porque hay indicios extraliterarios que señalan que la desventura de Gerard Gales, marinero estadounidense que queda abandonado sin documentación ni posesiones en el puerto de Amberes, es al menos en parte la de Traven durante una fase temprana de su vida. Y desde luego el posterior deambular del personaje por toda Europa, sin encontrar donde asentarse ni cómo lograr un trabajo para salir de su difícil condición, es un reflejo de las inquietudes políticas de Traven, de su desengaño de la sociedad que le hizo no sólo convertirse en un fantasma, sino defender posiciones nihilistas y pro anarquistas en el resto de su obra.
No hay esperanza para los desposeídos como Gales, que termina por recalar en un barco, el Yorikke, que tal vez sea una alegoría del capitalismo, con una situación que podría resultar chocante entonces pero que hoy es extremadamente familiar: es un buque que resulta preferible hundir, para cobrar el seguro, que utilizar. Y por tanto recalarán en él otros desgraciados como Gales, los últimos deshechos de la sociedad, incapaces ni tan siquiera de tener una identidad demostrable.
Si en El tesoro de Sierra Madre, la obra más conocida de Traven, el pesimismo se destilaba en gotas de humor negro, en esta novela es un golpeteo constante y abrumador. Empezando por la voz narrativa de la obra, una primera persona aturullada, en la que el autor se encarna en un Gerard Gales incapaz de salir de su propio desastre tanto por su entorno como por sus propias limitaciones, y que a mí recuerda por muchos motivos la demoledora narración de Knut Hamsun en su magistral Hambre.
En la segunda parte, ya en el Yorikke, la voz narrativa se asienta un tanto, pierde buena parte de los modismos en distintos idiomas que le daban sabor y brilla en cambio el relato crudo de la vida marinera, alejada de cualquier romanticismo para deslizarse en cambio a un naturalismo que acentúa el efecto dramático de los detalles siniestros.
La nave de los muertos es de esas novelas que se leen con preocupación e incomodidad, pero que no pueden dejarse por lo que supondría de traición a nuestra condición de lectores activos. No sé si la disfruté; no me arrepiento en absoluto de haberla leído.

jueves, enero 21, 2010

Musicofilia, Oliver Sacks

Trad. Damián Alou. Anagrama, Barcelona, 2009, 464 pp. 21 €

Sofía Rhei

Quizá haya alguien que aún no conozca la obra del neurólogo norteamericano más famoso del mundo. Si así fuera, esa persona tiene la suerte de poder descubrir al hombre que confundió a su mujer con un sombrero, al tío Tungsteno, un antropólogo en Marte o una isla entera de ciegos al color.
¿Por qué nos resulta tan endemoniadamente fascinante cualquier cosa que salga del procesador de textos de Oliver Sacks? Pues porque nos habla de nosotros mismos. Hace una especie de realismo mágico de la pura realidad. Nos habla de los trastornos mentales desde una serie de puntos de vista que nos hacen cambiar nuestras concepciones acerca de numerosos aspectos de la mente, y por tanto, de la percepción, y por tanto, de la realidad.
«En los primeros días que pasé en casa hubo algo que me incomodó enormemente. Ya no me interesaba escuchar música. Oía la música. Sabía que era música, y también sabía lo mucho que me gustaba escuchar música. […] Sólo que ahora no significaba nada. Me resultaba indiferente. Algo malo me ocurría.»
A menudo reconocemos experiencias personales, o ecos de ellas, en los casos clínicos descritos por el doctor Sacks. Por una parte, existe una sensación de fragilidad al darse cuenta de lo sencillo, gratuito o inesperado que puede ser adquirir un grave trastorno mental, pero, como contraposición, también nos quedamos con la certeza de que hay muy pocas cosas que no tengan algún tipo de solución.
«Toda la gente que padece el síndrome de Williams adora la música.»
El autor menciona diversos casos relacionadas con la música que ya aparecieron en libros anteriores, especialmente los primeros. Menciona la percepción musical de los sordos como ya hiciera en Veo una voz. Habla, como siempre, de sinestesia. Y sin embargo, no importa en absoluto que se repitan los datos cuando lo que importa es el discurso, un arrojar luz sobre lo impensable del pensamiento. Aunque presta atención a todas las fronteras de la mente humana, a Sacks le interesan las mentes brillantes, las peculiaridades meritorias, las excepciones por arriba. Buscando las causas del genio o del talento encuentra que a veces la enfermedad está en el origen de estos, o viceversa.
Puede que este sea el menos lírico y esperanzador de sus libros, y a cambio, uno de los más científicos. Profundiza más que divulgar. Sin embargo, no deja de contener una serie maravillosa de ideas y descubrimientos, como esta fascinante canción sobre la tabla periódica de cuyo autor, Tom Lehrer, me he hecho automáticamente fan:






miércoles, octubre 14, 2009

Los anillos de Saturno, W. G. Sebald

Trad. Carmen Gómez García y Georg Pichler. Anagrama, Barcelona, 2008. 330 pp. 19,50 €

Eduardo Fariña Poveda

Sucesos que conforman una mixtura. El proceso específico en donde el deseo abandona su condición para transformarse en un sueño. En Los Anillos de Saturno, narración en primera persona, Sebald nos guía en un viaje donde ese sueño de mezclas y situaciones nos ofrece una rica posibilidad de abordar diversos temas humanísticos que parecieran hallar sus orígenes en los diversos lugares y construcciones que observa el narrador. Publicada originalmente en 1995, Los Anillos de Saturno ha sido observada como un ejemplo paradigmático de narración capaz de extraer su energía de una condición fragmentaria y que logra huir del lugar destinado a la ficción. El escritor alemán, que residió en Inglaterra desde los 21 años, ha sido comparado reiteradamente con otros escritores europeos como Claudio Magris, Peter Handke y Enrique Vila-Matas.
El protagonista, que, como en la mayoría de sus historias, es el mismo Sebald, decide realizar un viaje al condado de Suffolk. En esta localidad de la costa este de Inglaterra Sebald inicia extensas caminatas en las que, de alguna forma, busca reposo ya que ha concluido hace poco un trabajo importante. Dando lugar a varias historias y personajes que emergen de la Literatura, la Historia, la Ciencia, etc. el autor fusiona con audacia y vertiginosidad la autobiografía, el ensayo, el reportaje periodístico, el artículo científico, la poesía y el relato breve. La historia nos hace cómplices de auténticas multiplicidades documentales donde los recuerdos y los datos son siempre acompañados de una cuota astuta de misterio.
De manera discreta pero decisiva, encontramos algunos escritores que figuran como personajes. El arranque se lo adjudica Thomas Browne, el célebre médico al cual Borges consideró el mejor prosista en lengua inglesa. Browne estuvo influido por las ideas de Francis Bacon y vio probablemente en los muertos el estético fracaso humano por superar al tiempo: «El médico, que ve cómo las enfermedades crecen y devastan los cuerpos, comprende mejor la mortalidad que el florecimiento de la vida (…) contra el opio del tiempo que transcurre, escribe (Browne) no ha crecido hierba alguna» (p. 33). Aparece un pequeño Joseph Conrad que en su infancia observa como su familia utiliza los salones de su casa para las reuniones del comité nacional ilegal polaco que, años más tarde, tendría momentos decisivos en la selva congoleña con un cónsul británico que revelará los crímenes que sufre la población autóctona: «Ante los ojos de quien navegue por la parte superior del Congo río arriba (…) se revela la agonía de un pueblo entero en todos sus pormenores que desgarran el corazón y dejan sumidas en las sombras las historias bíblicas del sufrimiento» (p. 144). También figuran Flaubert, Chautebriand, Swiburne y Borges, del cual Sebald realiza una cuidada observación del relato Tlön, Uqbar, Orbis tertius.
Para Sebald, el mundo parece ser una suma de elementos que conforman sugestivas alianzas. La narración nunca parece detenerse, por eso, de pronto le vemos caminando por la playa de Lowestof hablando de los arenques, que pueden mantener la luminosidad de su cuerpo después de muertos, o rememorando las leyendas funerarias que oyó a los trabajadores de una agencia, para finalmente recordar la salvación de todo un anfiteatro, sucedida en Tlön Uqbar Orbis tertius, gracias a dos pájaros. Los anillos saturninos que rodean al individuo son inversamente proporcionales a los anillos que se encuentran en la corteza de un árbol. Por eso Sebald no intenta abrumarnos con toneladas de situaciones y descripciones supuestamente hechas al azar. El narrador alemán consigue transmitir datos y hechos concretos de interés gracias al fraseo de su sintaxis y la delicada melancolía impregnada en ellos. Se nos adhiere todo lo que sucede en el espacio y en el tiempo y es ahí donde Sebald entiende la grandeza de las cosas simples y duraderas: recuerdos que giran a través de los anillos que nos rodean y nos hacen encarnar el milagro que veía Browne en los seres vivos, lo increíble que le parecía que los organismos pudieran mantenerse en pie un día.
Rodrigo Fresán ofreció 7 razones en un ensayo que explicaban el éxito de “El caso Sebald”, cuando el autor alemán moría en 2001 en pleno auge de su trayectoria. La quinta de éstas explicaba que Sebald había inventado un novedoso método donde combinaba lo plástico de las fotos (unas 70 fotos en Los Anillos de Saturno) con otra sensación heredada del documental: —"ficción-no-ficción”— Un método donde se funde lo autobiográfico con lo biográfico —con fotos, mapas, dibujos, etc.— en el que se podía competir y ganar con una libre asociación de ideas, que genera un aparente compendio documental rígido pero que, atención, estaba lleno de erratas adrede para el placer narcisista de connaisseurs y happy few con la educación necesaria para detectarlas”.
Al igual que Roberto Bolaño, comenzó a publicar tardíamente y el éxito le llegó poco antes de la muerte. Circunstancia que propicia que una serie de incondicionales construyan en el escritor muerto un absolutismo que sólo busca ver el punto final de la literatura, algo que Fresán crítica en el mismo ensayo respecto a cierto culto surgido en la figura de Sebald. Los anillos de Saturno es, ante todo, una invitación a librar una aventura en el interior de la memoria gracias a una oficiosa mezcla de géneros, algo que el autor, evidentemente, no inventó pero realizó de una manera interesantísima. Esta novela es una gran parada en el trayecto de una obra de uno de los escritores contemporáneos más influyentes.