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martes, octubre 14, 2014

Que levante mi mano quien crea en la telequinesis y otros pensamientos para corromper a la juventud, Kurt Vonnegut

Trad. Ramón de España. Malpaso, Barcelona, 2014. 118 pp. 17,50 €

Care Santos

Ignoro si Kurt Vonnegut (1922-2007) y James Salter (1925) se conocían. No creo que fueran amigos. Algo me dice que no se habrían llevado nada bien. En los últimos días, sin embargo, he leído a ambos con intensidad. Sus libros han convivido con resignación en mi mesita de noche. El caso es que no he podido evitar que una cita de Salter influyera sobre mi lectura de Vonnegut. La cita es la siguiente: "El humor proviene en gran medida de la indiferencia". Que Vonnegut me perdone. O no.
Kurt Vonnegut es uno de los menos serios de los escritores serios que conozco. Siempre me ha fascinado su biografía: el éxito literario le llegó tarde, a los 47 años. A lo largo de su vida trabajó en diversas cosas, sobre todo en la compañía General Electric, hasta que pudo dedicarse a escribir. En parte, debió esa decisión a la existencia de un buen número de revistas literarias centradas en la literatura de género -ciencia ficción y terror-, para las que escribió centenares de relatos. Más tarde la televisión hundió buena parte de estos semanarios, de modo que Vonnegut tuvo que ingeniárselas como pudo. Tenía siete hijos. Escribió sin descanso. Cuando murió a los 85 años, seguía haciéndolo. 
Para muchos, Vonnegut es el autor de Matadero cinco, una de las mejores novelas que he leído en mi vida, centrada en su experiencia como combatiente en la Segunda Guerra Mundial y el traumático bombardeo de Dresde, del que fue testigo. El libro es fácil de encontrar, tanto en su traducción al castellano (Anagrama) como al catalán (Proa), de modo que quienes aún no conozcan al autor ya saben por dónde deben empezar. Lo siguiente deben ser los cuentos. Hay dos buenas colecciones disponibles: Mire al pajaritoMientras los mortales duermen, ambas publicadas por editorial Sexto Piso. Y un consejo: si pueden, lean a esta generación de autores estadounidenses formados en las revistas de género (Richard Matheson, Fredric Brown, Shirley Jackson, el propio Vonnegut..) y comprobarán que lo popular bien hecho también es un arte.
Siento el consejo. Es lo que tiene leer este libro de Vonnegut. A una le asaltan deseos de aconsejar a quien se ponga por delante. Porque esa es la intención, en teoría, de los nueve discursos que lo componen. Sólo que Vonnegut no es un consejero muy ortodoxo. Tampoco es el consejero que buscarían unos padres para iluminar el futuro de su vástago. Para entendernos: es necesario que quien le contrataba supiera de antemano a quién estaba contratando si no quería matar al rector de un soponcio.
Estamos ante un género típicamente estadounidense, hacedor de muchos textos melifluos y bienintencionados: el discurso de graduación universitario. Como broche de oro a los fastos de graduación de las nuevas promociones, las universidades invitan a una celebridad a dirigir a sus jóvenes unas palabras. Se supone que esas palabras deben animar, felicitar y aconsejar a partes iguales. Y allá va nuestro autor, armado con su sentido del humor, su ingenio, su ideología de izquierdas y su gran bagaje personal a subir a estrados de Illinois, Chicago, Syracuse, Indianápolis o Houston. Comienza a leer y les dice a los (sospecho que atónitos) graduandos cosas como éstas:

Cantad en la ducha. Bailad con la radio. Contad historias.

Comed mucho salvado.

Ser compasivo es la única buena idea que hemos tenido hasta ahora.

Tomad conciencia de la felicidad experimentada y sabed cuánta es suficiente.

Da igual la edad que tengamos: nos aburriremos y nos sentiremos solos
durante el resto de nuestras vidas.

Me doy cuenta de que este comentario que estoy escribiendo sería mucho mejor si me limitara a copiar algunas de las citas que he recopilado en estas páginas. Por ejemplo, aquellas en las que Vonnegut alude al arte y al cometido de los artistas:

Es tremendamente difícil aprender a leer y escribir. Puede ser la tarea de toda una vida.

La función del artista consiste en que a la gente le guste más la vida.

La única prueba que necesito de la existencia de Dios es la música.

Toda la literatura gira en torno a cuán tedioso es ser un ser humano.

Los artistas (...) escogen una pequeña parte del mundo
y la convierten en lo que debería ser.

La ignorancia absoluta es la madre de la originalidad.

Todo esto sin dejar de ser él mismo. Es decir, siendo en todo momento mordaz, inteligente, hipercrítico con el mundo que le ha tocado vivir, con la raza humana y con los poderosos. Vonnegut no deja de ser un antisistema, una molestia para el american way of life, un niño de campo que sigue celebrando la vida sencilla, recordando a su tío Álex, reivindicando el presente y atacando a lo más sagrado para los estadounidenses, desde Obama a Roosevelt pasando por el petróleo o el dinero. En sus palabras:

No existe la más mínima posibilidad de que América se convierta en humanista y razonable. Ello se debe a que el poder nos corrompe y a que el poder absoluto nos corrompe por completo. Los seres humanos somos chimpancés borrachos de poder.

No sé qué hacen leyendo fascinados sobre Vonnegut. Lean a Vonnegut. Otro día hablaremos de James Salter.


* Postscriptum. Es justa una referencia a la maravillosa edición de Malpaso. Vonnegut dice que le gusta el naranja, que es un color "cargado de vitamina C" y de asociaciones alegres. Imagino que esa es la razón por la que los cortes de este libro, y su faja, sean de color naranja. Se agradece el detalle. Me gustan los libros hermosos y los editores detallistas. Pero hay algo más. Siguiendo unas sencillas instrucciones que el editor facilita en la última página, podemos adquirir gratuitamente el e-book. Es decir, que por el precio del libro tenemos ambas versiones: digital y en papel. Por fin. Por fin un editor que entiende cómo hacer las cosas.

jueves, junio 05, 2014

Pobre blanco, Sherwood Anderson

Trad. José Antonio Bravo. Barataria, Sevilla, 2013. 320 pp. 17 €

José Miguel López-Astilleros

Sherwood Anderson (1876-1941) es un escritor norteamericano a quien se le conoce en España fundamentalmente por la celebérrima colección de cuentos Winesburg, Ohio (1919), cuyo éxito lo persiguió de un modo hasta casi cruel, podríamos decir, al no ser superada esta obra por las posteriores, juicio que nos parece injusto con el resto de su producción, debido a la gran calidad de su prosa, por lo cual damos la bienvenida a la edición en español de su mejor novela.
Quizás sea conveniente hacer una precisión aclaratoria sobre el titulo, ya que se denomina “pobre blanco o blanco pobre” (Poor White) a un grupo social descendiente de europeos, que provenían del Sur de Estados Unidos y de los Apalaches, formado por jornaleros blancos y sin recursos que no poseían tierras. La justificación del título es la pertenencia del protagonista principal a dicho grupo, como queda patente nada más comenzar la novela. El contexto en el que transcurre la acción (entre 1870 y 1910) es importante para comprender la dimensión de lo que se nos cuenta: durante la Guerra de Secesión el norte del país había comenzado a industrializarse para hacer frente a las necesidades propias de la contienda, y tras concluir el conflicto en 1865 el proceso se aceleró, transformando las ciudades rurales y toda la sociedad en general, dando lugar a su vez al sueño americano, con sus luces (prosperidad y bienestar) y sombras (pobreza de los obreros, mayormente inmigrantes, y corrupción tanto política como económica). Hugh, el protagonista, al morir primero su madre y después su padre, se marcha de su pueblo natal en busca de una mejor vida, finalmente llega a Bidwell, donde terminará trabajando como inventor (una figura muy común y reverenciada en aquellos tiempos) de maquinaria agrícola y relacionándose con la emergente clase empresarial; pero no sólo perseguirá sus ambiciones profesionales, sino el afecto de los demás y el amor, encarnado en Clara, la hija de uno de los dos mayores magnates del pueblo. El carácter tímido, solitario y reservado de Hugh será determinante en sus éxitos y fracasos, sobre todo sentimentales. Todo lo que ocurre en Bidwell es representativo de aquella sociedad rural en tránsito hacia una industrial, con todos los cambios de mentalidad que ello conlleva, donde lo artesanal se enfrenta a lo confeccionado por las máquinas, es más, dicho enfrentamiento se concretará simbólicamente en un crimen, con lo cual Sherwood Anderson nos sitúa frente a la pérdida de la inocencia de un mundo ancestral y agrícola, y a la progresiva desaparición de todos sus valores más nobles, víctimas de la codicia. Los personajes principales están caracterizados con toda la profundidad que requiere un período tan convulso, triunfadores en unos casos y derrotados en otras, conviviendo con ellos hay un pléyade de secundarios, que completan la riqueza humana de aquel entorno.
El autor no se limita a desarrollar un argumento de una manera realista con tintes autobiográficos, también refleja la efervescencia de aquellos tiempos, y por contra nos muestra la miseria de los antiguos campesinos en las fábricas, la explotación, las primeras huelgas, la corrupción económica y los trapicheos empresariales, así como el nuevo papel de la prensa en manos de estos nuevos ricos, destinada a crear los mitos de una nueva era, en una tierra ya de por sí proclive a la mitificación, o quizás deberíamos decir a la mistificación. Pero no se nos puede quedar en el tintero el valor que Anderson, dado que la novela fue publicada en 1920, demuestra al incluir el germen de lo que sería el movimiento feminista, que habría de luchar por los derechos de la mujer, representado por Kate, la amiga con la que se relaciona Clara cuando su padre la envía a Columbia a casa de unos tíos, en una época en la que el papel de la mujer estaba relegado a la crianza de los hijos y a las labores del hogar.
Pobre blanco es la historia de una ciudad, de un país y de unos personajes fundadores de una sociedad capitalista, en un camino que va desde la ingenuidad a la descomposición de lo tradicional, al envilecimiento por una ambición económica desmedida y sin principios, a la vez que el progreso técnico no se corresponde en la misma medida y a la misma velocidad con el ético, nada más actual en los tiempos que corren aquí y ahora.

viernes, mayo 23, 2014

Bloody Miami, Tom Wolfe

Trad. Benito Gómez Ibáñez. Anagrama, Barcelona, 2013. 617 pp. 24,90 €

Salvador Gutiérrez Solís

Siempre he encontrado similitudes entre la cinematografía de Martin Scorsese y la literatura de Tom Wolfe. A su manera, ambos creadores, llevan varias décadas mostrándonos el esplendor, la gloria, el lado oculto, las miserias y bajezas, y, sobre todo, los excesos de su querido y detestado país. Maestros en la “radiografía documental”, a través de sus palabras e imágenes nos han mostrado y analizado los últimos años de los Estados Unidos sin alabanzas gratuitas, desde la asepsia en algunos casos, sin esconder las heridas, la bilis y el veneno, observadores privilegiados de la realidad cotidiana, más allá de las alfombras rojas, las sonrisas nacaradas y los estereotipos de cartón piedra.
Esta similitud que yo aprecio ha coincidido en el tiempo, al menos aquí en España, con la publicación de Bloody Miami, la última novela de Tom Wolfe y el estreno de El Lobo de Wall Street, en fechas relativamente cercanas, en las salas de cine. En ambas obras nos muestran desde el exceso, visual y literario, los excesos de un mundo que se derrumba, como consecuencia directa, y perdón por la repetición, de una época excesiva. Una época que ahora sabemos que fue mentira, o que fue la mentira que construyeron entre unos pocos para quitarnos prácticamente todo.
Lo primero que desprende Bloody Miami es pulso, tensión, ese contar situaciones que parecen anodinas pero que nos sirven para comprender y asimilar el gran fresco, la gran fotografía, que nos ofrece su autor. Es decir, Bloody Miami nos muestra al Tom Wolfe de siempre, el que nos deslumbró con su Hoguera de las vanidades, y que no dejaba de ser una actualización de Las ilusiones perdidas de su adorado e idolatrado Balzac. Porque Tom Wolfe tiene mucho de Balzac, en esa desmitificación de la literatura como ente sagrado, en encontrar en la rutina de hombres rutinarios el argumento de sus novelas, en elevar la realidad como indiscutible hecho narrativo.
El homenaje, por tanto, de Wolfe a Balzac continúa en Bloody Miami, más allá de los guiños, de los nombres que le adjudica a diferentes locales y personajes: en la intención, en los modos, en la estrategia. Empeñado en radiografiar la sociedad que le ha tocado vivir, como ya hizo en sus anteriores “paradas” en Nueva York y Atlanta, ha encontrado en Miami la concepción de esa nueva América mestiza, alocada, trasnochada, carente de valores, obsesionada en la posesión, el poder y el dinero como los auténticos méritos y signos que te reportan el deseado status social.
En este Miami de Wolfe el gringo blanco, conservador y estricto es una especie en vías de extinción, y desde luego ya no es el gran protagonista. Ha sido desbancado, incluso arrinconado, por los magnates rusos, los latinos plenamente instalados que han hecho de la ciudad su propia ciudad, los nuevos hombres de negocios que manejan un lenguaje que no se parece en nada al del pasado y el lujo versallesco y canalla que se desparrama como la espuma de un champán que solo se encuentra al alcance de los elegidos.
A pesar de la avalancha de onomatopeyas, excesivas en algunos pasajes, Bloody Miami nos muestra a un Wolfe empeñado en contradecir a su propia biología, actual, certero, brillante, cruel por momentos, siempre irónico e inteligente. Fotografía de un realismo atroz, definición precisa del exceso y de sus inventores.

lunes, marzo 24, 2014

Oh, America, Marcella Olschki

Trad. Francisco de Julio Carrobles. Periférica, Cáceres, 2013. 186 pp. 16,75 €

Care Santos

La anécdota de la que parte este libro autobiográfico puede parecer una más de las típicas historias de búsqueda de oportunidades en Estados Unidos. Nos encontramos en 1946, Europa está arrasada después de la Segunda Guerra Mundial, de Nápoles parte un barco americano cargado con esposas de guerra: chicas italianas que contrajeron matrimonio durante el conflicto bélico con oficiales del ejército de Estados Unidos. Ahora van a reunirse con sus maridos a la tierra prometida. Conmueve este primer relato de desvalimiento e ilusión, a bordo del desvencijado carguero Vulcania. Conmueve la primera impresión de la ciudad de los rascacielos, que es también la ciudad de la opulencia. Las opiniones de la autora acerca de las tiendas atiborradas de comida, ropa y lujos impensables en la Europa de aquel tiempo, dice mucho acerca de la gran distancia que existía entre ambos continentes por aquel entonces, pero también de cómo todos, sin excepción, hemos acabado pareciéndonos a los estadonidenses, importando un modo de vivir y de entender el mundo. En ese sentido, es revelador lo que la autora cuenta acerca de su primera Navidad en Nueva York. Está aterrada por la fiebre del consumismo salvaje que tiene que presenciar. Le asustan las multitudes en los grandes almacenes, se pregunta qué sentido tiene la Navidad reducida a una espiral de gastos, regalos y prisas. Incluso llega a añorar las navidades de la guerra, que define como auténticas a pesar de las grandes necesidades y privaciones sufridas. En cierto modo, en todo tiempo nos recuerda que puede haberse confundido con ese nuevo mundo al que llegó, pero su personalidad no se ha desintegrado en él. Hay algo que no termina de encajar, pese a todo.
La historia de Marcella Olschki, sin embargo, nos sorprende nada más comenzar. Sólo llegar a Nueva York y reencontrarse con su flamante marido, a quien dice querer y añorar, descubre que él no la quiere. Algo ha ocurrido en la vida de aquel soldado con quien se casó -la autora le echa la culpa a cierto tratamiento psicológico freudiano, a saber-, el caso es que dista de ser el marido que deseaba encontrar. Comienza aquí un via crucis para Olschki, quien deberá primero asumir la humillación y la derrota y más tarde comenzar a plantearse su futuro en una ciudad donde aparentemente ya no tiene nada que hacer. Pasa unos meses de absoluto calvario, hasta que decide disfrutar de las muchas oportunidades que ese nuevo mundo puede ofrecerle. Se codea con la clase más adinerada, comparte pisos con personas de lo más excéntrico, se da a conocer en la prensa americana, escribe, ejerce de intérprete, intenta una aventura empresarial en el mundo de la moda. La tierra de promisión parece serlo para ella en aquel tiempo, y enseguida queda claro que con ganas de trabajar es fácil prosperar en América. La autora lo vive con entusiasmo: escribe a casa -poco a poco les contará su realidad sentimental, en la que en ningún momento ahonda mucho-, hace amigos y tiene planes. Hasta que decide divorciarse, viajar, conocer diferentes capitales y al fin regresar a casa.
El libro, aunque no se estructura así, se divide en los meses de la desesperación y los meses de la alegría. Durante los segundos, la narradora se limita a dejar constancia de su fascinación hacia su país de acogida, una fascinación alegre que la lleva a conocer, viajar, curiosear, investigar en la forma de vivir de la gente y maravillarse ante todo. Incluso ante lo que no entiende o desaprueba, como el racismo, tan en auge en los últimos cuarenta, o el conservadurismo febril. Al fin, se impondrá la nostalgia, la necesidad de la familia, el regreso. Y en el último párrafo del libro, Italia abre los brazos a la hija pródiga, tan curtida de experiencia.


miércoles, marzo 19, 2014

Ciudad del Sol, David Levien

Trad. Óscar Palmer Yáñez. Mondadori, Barcelona. 2013. 352 pp. 20,90 €

Julián Díez

Llegué a Ciudad del Sol por el típico runrún que se ve correr a veces entre los lectores especializados de un determinado género: antes de Navidades, ésta era la novela negra de la que se empezaba a hablar en foros y librerías. Me puse a la tarea y la terminé casi al momento; es esa clase de libro absorbente de los que hay media docena al año en este género, es un trabajo profesional y delicado de los que dejan un recuerdo intenso.
Lo difícil es analizar cuáles son los elementos que le diferencian de otros thrillers. Porque con el mismo argumento, con las mismas herramientas, los artesanos habituales habrían conseguido bastante menos que Levien. Ahí reside la magia de la literatura: aunque algunos forofos del policiaco se hayan hartado durante años a decir que lo valioso es la naturaleza del misterio presentado, aunque ocurra lo mismo en la literatura fantástica con respecto a la necesidad de novedades, al final lo que marca casi siempre la diferencia es el talento. La suma de buenas prácticas que diferencian la buena literatura de la narrativa convencional.
En Ciudad del Sol, el elemento que salta inmediatamente a la vista como distintivo es el dibujo de personajes. Estamos una vez más, como ya es casi inevitable en el género en la actualidad, ante una novela con detective que protagonizará una serie. Sin embargo, el Frank Behr de Levien tiene algunas características muy singulares. La principal es que se trata de un hombre herido. Seriamente. No parece haber camino alguno para que alcance la redención, especialmente ante sus propios ojos. Tal vez sí para que sea capaz de convivir consigo mismo, pero nunca para abandonar la melancolía. El viejo tópico del investigador que sigue adelante simplemente porque no es capaz de hacer otra cosa, porque es la única forma en la que puede olvidarse de su propio dolor, sigue funcionando eficazmente en el retrato de Behr, grande, honesto, duro, roto.
El detective reside en Indianápolis,una ciudad estadounidense corriente que también enriquece el conjunto de la novela. La de esa ciudad es retratada como una corrupción de baja estofa, triste, corriente, clavada como una sanguijuela que devora sin cesar el sueño americano, pero sólo lo justo para que los bienintencionados sigan creyendo en él.
Un niño que reparte periódicos por uno de esos suburbios de garaje y jardín sin vallas desaparece una mañana. El retrato de sus padres, en particular del marido necesitado de una respuesta y de una reivindicación de su papel protector para la familia, es el otro pilar sobre el que se apoya la novela. La relación entre ambos, su forma de transpirar dolor, respira una autenticidad pocas veces vista en el género en los últimos tiempos.
Esa sensación global de veracidad, de crudeza sin alharacas, falta de la truculencia de estética tarantiniana que ha terminado por inundar a buena parte del policiaco de los últimos años, acaba por pegarse a la piel del lector e impulsar el paso compulsivo de las páginas. He leído en algunos lugares que el desenlace no está a la altura, que precisamente le falta ese realismo que ha sido el mejor aliado de Levien hasta llegar a ese punto. Es posible, pero a veces se agradece un guiño, un alivio, un atisbo de compasión.

viernes, marzo 14, 2014

La banda de la casa de la bomba, Tom Wolfe

Trad. J.M. Álvarez Flórez y Ángela Pérez. Anagrama, Barcelona, 2013. 276 pp. 17,90 €

Julián Díez

Como profesional del ramo, mis sentimientos hacia el Nuevo Periodismo americano son ambivalentes. Básicamente, la parte negativa es la envidia que me produce que se pudiera trabajar así. Tom Wolfe, Jimmy Breslin (¿para cuándo su recuperación ante el público español?) o Gay Talese se tiraban semanas, meses conociendo a gente para escribir textos que hoy en España son escritos después de encuentros de minutos, horas como mucho.
Este libro es, por tanto, un doble testimonio. El fundamental es, por supuesto, de una época: los años sesenta, cuando había gente capaz de irse a Hawaii en un avión literalmente sin un dólar en el bolsillo sólo para poder surfear, las tribus urbanas eran auténticas y no fruto de un laboratorio de cool hunters, y Marshall McLuhan nos anunciaba que la tecnología de la información, huy, iba a cambiarlo todo. Cuando todavía se podía ser original sin tener que hacerse el raro. Pero para mí no es menos relevante el testimonio profesional, el de la era del periodista curioso y con hambre de material distinto al que pagaban no por ajustarse a los parámetros requeridos por los anunciantes o los convencionalismos supuestamente no ofensivos para los lectores, sino por ser diferente. Y por escribir bien. Porque el texto importaba.
Fin de la parte de lamentos; cualquier lector suficientemente espabilado sabrá comparar entre lo presente en este volumen, o los otros de artículos de Wolfe, y lo que se encuentra en las revistas españolas actuales, esas de fotos enormes y textitos de la medida adecuada para su consumo íntegro en una visita al retrete; o lo que se ve en las webs de supuestos reportajes supuestamente modernos tan en boga, que incluso se permiten dar lecciones periodísticas con un cinismo digno de perplejidad, pese a no pagar a sus colaboradores y alimentarse en realidad de refritos de material extranjero o reflexiones de salón. Pasemos al libro en sí, que como casi todo Wolfe, es en casi todo magnífico y en una pequeña parte grimoso.
La elección de personajes y el retrato que se hace de la sociedad por parte del periodista es absolutamente impecable. La teoría que sustenta el armazón del libro sólo puede calificarse como profética: la creación de estatusferas en las que el individuo que sea puede adquirir relevancia es algo que se ha multiplicado con el paso de los años. Los personajes que recorren los distintos reportajes, sean pijos londinenses, estrellas de Hollywood o Hugh Hefner en batín de seda, son todos de una verosimilitud, de una carnalidad impecable. No hay foto, no hay documento gráfico que pueda transmitir con la misma intensidad la sensación de “haber estado allí” que un reportaje de Wolfe.
La presentación de sus diferentes peripecias personales se lleva a cabo casi invariablemente con una técnica muy propia del Nuevo Periodismo: la del narrador omniscente, de origen literario. A Wolfe, como es muy hábil, le funciona casi siempre; sin embargo, tengo reservas acerca de su uso en términos de oficio. Wolfe siempre escribe una vez ha llegado a sus propias conclusiones acerca de los hechos, escenarios y personas, y los presenta como incuestionables, como naturales e inevitables. No hay mucho margen para que el lector haga sus propias interpretaciones, puesto que en el enfoque de Wolfe siempre va implícito cuál es el correcto y se nos deja caer como un martillo pilón. En resumidas cuentas, el periodista no es un testigo, sino un historiador que ya toma sus propias conclusiones y además se pone a redactar a partir de ellas.
Con todo, donde al maestro se le ven más las costuras es en el territorio mismo del lenguaje. En este arranque de su carrera, Wolfe era una voz absolutamente pop, y su sintaxis y léxico warholiano son, sin duda, más que adecuados para su contenido... Pero resultan hoy algo cansinos cuando se leen de forma consecutiva. Cada reportaje, en su publicación original, debía brillar de manera fulgurante, pero un volumen entero tan colmado de exclamaciones y onomatopeyas, contado con ese aire pagado de sí mismo, resulta una lectura fatigosa de manera consecutiva. Sigan mi consejo y dosifiquen el placer de La banda de la casa de la bomba; si lo hacen así, con seguridad buscarán los otros volúmenes de piezas breves de su autor, que Anagrama está reeditando con todo merecimiento.

jueves, febrero 06, 2014

Doctor Sueño, Stephen King

Trad. José Óscar Hernández Sendín. Plaza y Janés, Barcelona, 2013. 601 pp. 24,90 €

María Dolores García Pastor

El Resplandor (1977) es uno de los libros más conocidos de Stephen King desde que debutara con Carrie (1973). Considerado como una de sus mejores obras, tanto por la crítica como por los lectores, se trata de todo un clásico del género de terror que ha quedado impreso en el imaginario colectivo gracias en gran parte a la película del mismo título que basándose en él dirigió Stanley Kubrick en el año 1980. Muchos lectores estaban deseosos de saber qué había sido de Danny y Wendy Torrance y de Dick Halloran, los sufridos supervivientes del terrorífico hotel Overlook. Hasta el propio King confiesa que había seguido pensando en ellos. Tanto es así que treinta y seis años después de El Resplandor aparece Doctor Sueño, la muy esperada secuela.
Hacer segundas partes suele ser complicado porque siempre se tiende a la comparación más con una obra que casi desde su publicación se convirtió en un referente del género. Sin embargo, podemos decir que el autor supera el reto más que dignamente aunque no puede superar al primer título. Los fans del escritor no se sentirán en absoluto defraudados y quienes se acerquen por primera vez a él, disfrutarán sin necesidad de haber leído El Resplandor, aunque seguramente se quedarán con ganas de leerlo.
Doctor Sueño arranca en el punto en el que acabó su predecesora. A partir de ahí seguimos la evolución de Danny Torrance hasta convertirse en Dan, un adulto preso de sus demonios que cae en la bebida como parte de su herencia paterna y también para exorcizarlos. Mientras descubrimos qué fue de él desde que salió del hotel maldito o conocemos el paradero de su madre Wendy y el del cocinero del Overlook, el señor Halloran, empezamos a conocer también a los miembros del Nudo Verdadero. Al principio sólo sabemos que se trata de un grupo de gente que viaja en caravanas a través de todo el territorio estadounidense. Pronto sabremos más sobre sus peculiaridades, su forma de vida y sus apetitos. Y también iremos conociendo a la pequeña Abra Stone. Si al principio estas tres historias parecen inconexas gracias a la pericia narrativa de King iremos siguiendo la trama y entrando en ella hasta quedar atrapados.
Siguiendo el modus operandi que relata en su obra Mientras escribo (On Writing: A Memoir of the Craft), King planta la semilla de la historia y va dejando que crezca. A medida que conocemos más a los miembros del Nudo Verdadero vemos cómo Abra se hace mayor y vivimos de cerca los problemas de Dan con el alcohol hasta que se establece en un pueblo, encuentra un empleo y decide acudir a las reuniones de Alcohólicos Anónimos. Surgen otros personajes como Concetta, la abuela de Abra, sus padres, su médico de cabecera, Rose la chistera... Incluso regresa Tony, el amigo imaginario de infancia de Dan o la señora Massey, la ocupante de la habitación 217, que ya conocen los lectores de El Resplandor.
Pero pese a estar a la altura este no es ni mucho menos uno de los mejores libros del autor. No se esperen mucho miedo sus incondicionales, suspense que va in crescendo sí, pero el miedo moderado, concentrándose sobre todo al principio y al final. King vuelve a utilizar el tandem niño-adulto que ya usó en El Resplandor, pero mientras que en este el adulto quería acabar con el niño en su nueva obra forman equipo y el resultado no es el mismo, no funciona tan bien. Tal vez porque Abra no tiene ni de lejos el carisma del pequeño Danny al que aun recordamos paseando en su triciclo por los siniestros pasillos del Overlook. También es cierto que el lector se queda con ganas de saber más sobre Wendy y Halloran.
Pero con todo y con eso el libro convence. La eterna lucha del bien contra el mal es un valor seguro si se sabe manejar con la pericia que lo hace Stephen King. El autor parece haberse moderado un poco si nos remitimos a sus comienzos y a la dureza de sus tramas en los años 80 y 90. En este sentido algunos críticos apuntan a ese fenómeno que suele aquejar a muchos escritores en el otoño de sus vidas y que en el caso de King le hace buscar finales positivos en los que prevalece una lectura esperanzadora. Su estilo ágil, directo y sencillo, el uso de recursos propios de la narrativa policial, sus potentes personajes, que bien podrían ser el vecino de al lado, o el hecho de que el tiempo de la novela coincida con el del autor, son algunos de los ingredientes que hacen que sus libros funcionen tan bien. Los dos últimos, además, redundan en la verosimilitud de sus historias. Lector confeso de Lovecraft y Poe, cuya influencia se deja ver de tanto en tanto en su obra, King es un verdadero maestro a la hora de ambientar los terrores más espantosos en las situaciones más cotidianas.

lunes, enero 27, 2014

Hic Sunt Dracones: Cuentos imposibles, Tim Pratt

Trad. Silvia Schettin. Fatalibelli.com, Madrid, 2013. 145 pp. 4,90 €

Julián Díez

Inmersos en la avalancha de tomos interminables que siguen con desigual fortuna la senda de El Señor de los Anillos, o actualmente de Canción de Hielo y Fuego, los grandes editores han olvidado que la esencia de la literatura fantástica está en sus formas cortas. Es como si para las librerías españolas sólo se hubieran publicado relatos fantásticos hasta el día en que se marcharon Cortázar y Borges, para luego dejar paso únicamente a las reediciones de los distintos clásicos y las novedades en forma de tochos de fantasía heroica o, por usar la terminología todoroviana, literatura maravillosa. Por eso es más que laudable la intención de una joven editorial de libros electrónicos, Fata Libelli, de ponernos al día con la producción internacional de relato de este género.
Entre los cuatro libros que han publicado hasta ahora, he elegido empezar por esta antología de cuentos de Tim Pratt, un autor joven (37 años) que ya ha conseguido notables premios especializados y que en los siete relatos aquí presentes da una notable muestra de versatilidad. Algo especialmente destacable para poner fin a esa dualidad que señalaba más arriba: sus historias son cortas, son buenas, y son actuales.
Hay fantasía urbana en cuentos como “Sueños imposibles”, en el que un friqui del cine accede al videoclub de un universo paralelo, repleto de maravillas; homenajes al folklore estadounidense como en “Hart y Boot”, con una forajida del Oeste que encuentra un insólito compañero de correrías o en “El pez limpiafondo”, una especie de breve Moby Dick amargo, contemporáneo y sureño; new weird combinado con notas artúricas y conspiranoicas en “La copa y la mesa”; una caza de dragón pasada por el tamiz de la amargura amorosa en “El sótano del mundo”; notas de mitología clásica en ambiente contemporáneo en “Vida con la arpía”; y una redefinición de los parámetros de la fantasía heroica en “Vida petrificada”. Por lo que leo en reseñas anglosajonas, varios de ellos están relacionados con novelas de Pratt, aunque todos resultan redondos y satisfactorios por sí mismos.
Si sumamos estos relatos al otro que ha sido traducido hasta el momento en castellano, el francamente repleto de mala leche “Otro final del imperio”, podemos llegar ya a conclusiones bastante claras sobre qué cabe esperar de Pratt: relatos originales y frescos, escritos con la cantidad justa de artificio para no presentarse de forma plana, y en los que sistemáticamente parece afrontar los temas habituales de la fantasía desde un punto de vista nuevo, como de soslayo, con una mirada moderna infrecuente en su originalidad. Y casi siempre amarga.
Casi se podría caer en la tentación de decir que Pratt afronta procesos de deconstrucción de los elementos tradicionales del fantástico, aunque lo más probable es que simplemente tenga la cabeza ordenada de la forma necesaria para mirar a su alrededor y encontrar la rendija por la que trasladar a ese entorno sus propios sueños y obsesiones.
Aunque “Sueños imposibles” es su relato más conocido hasta el momento, y abre bien la antología por ser tal vez el más efectista, lo cierto es que en el conjunto del volumen es quizá el relato menos sorprendente para un lector algo curtido del género, dentro de un tono medio alto. Hic Sunt Dracones es, en su conjunto, una excelente noticia para los aficionados, que tanto echamos de menos la emoción que supone el descubrimiento de un relato original, el vértigo de la inmersión en todo un mundo nuevo creado y desvanecido en solo unas pocas páginas. 

jueves, enero 02, 2014

Informe del interior, Paul Auster

Trad. Benito Gómez Ibáñez. Anagrama, Barcelona, 2013. 336 pp. 18,90 €

Santiago Pajares

Paul Auster se ha convertido con el paso del tiempo en un autor de culto. Esto quiere decir que su persona ha llegado a despertar tanto interés como su obra. Sus lectores quieren saber qué ha estudiado, qué ha leído, a qué ha dedicado las noches de su vida y con quién ha compartido comidas, clases y sábanas. Pero sobre todo por qué escribe como escribe. El propio Paul Auster ha ido relatando su vida a lo largo de muchos libros (Diario de invierno, A salto de mata...), no sé si para satisfacer la curiosidad general o presionado por las editoriales para sacar un libro todas las navidades, pero el caso es que lo ha hecho. Como buen narrador sabe que cualquier vida, bien tratada, genera interés y expectación, más cuando narras la de alguien que conoces tan bien como eres tú mismo. En Informe del interior nos sumergiremos en la vida de Paul Auster a través de varios apartados bien diferenciados: Recuerdos de niñez, vivencias de adolescencia, películas que le marcaron y, sobre todo, las cartas que le escribió a la que luego resultaría su primera esposa mientras estaban separados, él en París y después en Columbia y ella en Londres. Esto, evidentemente, lo convierte en un libro sólo para lectores muy asiduos de Paul Auster que quieren profundizar más en su universo, así que abstenerse primerizos.
El autor ha reflejado en muchas ocasiones la importancia del azar en el desarrollo vital de una persona. Esto puede deberse (o quizá no, ya se lo deberíamos preguntar a él) a una vez que, en un campamento scout, mientras trataban de huir de una tormenta, un rayo cayó en el chico que precedía a Paul Auster en la fila. El chico falleció, y el autor se quedó con la sensación que podría haber sido él, que esos pocos centímetros de azar marcaron la diferencia. Aunque esto está narrado en otro libro, constituye un buen ejemplo de cómo vida y obra se entrelazan. Aquí podremos descubrir sus primeros escarceos con las chicas y la música, con el alcohol y con la que sería su gran amante, la poesía francesa. Traductor de autores franceses, malvivió en París tres años conociendo a gente estrafalaria y diferente, buenas personas unas, timadores otras. Nos relatará a lo largo de un buen montón de páginas (algo excesivo, a mi parecer), dos de las películas que le marcaron de pequeño: El hombre menguante y Soy un fugitivo. Pero para mí lo que es el verdadero tesoro de este libro son las páginas en las que transcribe la correspondencia con su novia en su estancia en París (La parte de Paul). Una auténtica cápsula del tiempo en que podemos ver cómo era Paul Auster a los veinte o veintiún años. Un ser melancólico, perdido, antisocial y comprometido políticamente. Alguien que quería hacer algo, pero todavía no sabía el qué. El propio autor se sorprende de ciertos comentarios realizados en su juventud, de la inocencia de sus pensamientos en ese entonces. Y es algo que a mí, personalmente, me enternece. Porque todos nos hemos sentido perdidos en determinadas épocas de nuestra vida, y ahora podemos ver que autores de éxito, de culto, también lo estuvieron, y que todo pasa por aguantar y continuar en la carrera, sin preocuparse demasiado de lo que nos deparará el destino, porque todos, incluido Paul Auster, somos muñecos del azar.
Un libro que hará las delicias de los seguidores de Paul Auster, pese a estar un poco inflado para mi gusto.

jueves, septiembre 26, 2013

Walden, Henry David Thoreau

Trad. Marcos Nava García. Errata Naturae, Madrid, 2013. 360 pp. 18,50 €

Pilar Adón

El 4 de julio del año 1845, coincidiendo con la celebración del Día de la Independencia estadounidense, el filósofo, escritor, agrimensor y carpintero («tengo tantos oficios como dedos») Henry David Thoreau se fue a vivir cerca del lago Walden, a una cabaña de madera que él mismo había construido. Su propósito era el de «vivir deliberadamente […] y ver si podía aprender lo que la vida tenía que enseñar, no fuera que cuando estuviera por morir descubriera que no había vivido». Pasó allí dos años y dos meses solo, con alguna visita esporádica de curiosos y amigos, escribiendo, extrayendo el máximo de los pequeños sucesos, atendiendo a los sonidos de la naturaleza, odiando el ruido que hacía el paso del ferrocarril, cuyas vías se extendían a poca distancia de su cabaña, y, sobre todo, viviendo y disfrutando de cada segundo de vida, de cada descubrimiento, de cada lectura y de su soledad. Vivió con pocas cosas, llevando a la práctica la que fuera la norma principal de su filosofía: «¡Simplicidad, simplicidad, simplicidad!», aunque siempre consciente de que su proyecto no era el de convertirse en un ermitaño aislado del mundo (él mismo declaraba que no era ese su carácter), por lo que acudía con frecuencia a la casa familiar para comer y a la ciudad para pasear y enterarse de las últimas noticias acaecidas cerca y lejos.
«Cuando escribí las páginas que siguen, o más bien la mayoría de ellas, vivía solo en los bosques, a una milla de distancia de cualquier vecino, en una casa que yo mismo había construido, a orillas de la laguna de Walden, en Concord, Massachusetts, y me ganaba la vida únicamente con el trabajo de mis manos…» Así comienza Walden, y con esa misma claridad expositiva, con ese mismo ánimo relajado pero vigoroso, continúa la propuesta que Thoreau nos plantea en su libro más célebre e influyente, que en los últimos meses ha dado pie en nuestro país a una importante sucesión de comentarios y reseñas en lo que ha venido a ser una «fiebre Thoreau» propiciada por la publicación por parte de distintas editoriales de, entre otras obras, sus diarios y su biografía en forma de novela gráfica. Una propuesta basada en la búsqueda de la verdad y la plenitud, una vida sencilla que ha de tener como fundamento la naturaleza y la contemplación de la misma, la lectura y la independencia de los modelos sociales imperantes, acompañada de una acentuada crítica al sistema económico de su época («El costo de una cosa es la cantidad de vida que hay que dar a cambio de ella»), al desarrollo industrial y al enriquecimiento a toda costa. «Disfruta de la tierra, pero no la poseas», decía Thoreau en clara alusión a su teoría de que son las cosas las que poseen a su propietario y no a la inversa.
La suya era una ciencia que requería de una práctica inminente, y el lago Walden se convirtió en la representación real y a pequeña escala, a una escala accesible para el escritor y sus lectores, de su doctrina. El lago fue el tazón en el que Thoreau dejó flotar sus ideas y, a la vez, la imagen perfecta y personal a partir de la que empezar a conocer y a teorizar. Además, Walden viene a ser la metáfora perfecta de los parajes naturales y vírgenes de todo el mundo. La adoración con que Thoreau contempla su paisaje, sus minuciosas observaciones, el máximo cuidado que pone en la descripción de las dimensiones del lago, de su extensión, su fauna, su fondo, etc., y las críticas a las posibles explotaciones de sus aguas vienen a preconizar la figura del conservacionista auténtico, reacio a consumir alimentos de origen animal porque ofenden su imaginación, que vive entre lo que ama y que lo defiende como algo que forma parte de sí mismo. Aquello de lo que proviene y a lo que está destinado.
A pesar de que muchos de sus pensamientos derivan de Emerson (no hay más que leer el emersoniano Naturaleza, que Thoreau había estudiado en Harvard, para comprobar que muchas de las ideas de este último derivan de las que ya expusiera Emerson en su famoso ensayo, como, por ejemplo, las referidas al origen del lenguaje o a la relación entre un solo día y las estaciones del año: «La noche es el invierno, la mañana y la tarde son la primavera y el otoño, el mediodía es el verano»), existe un factor esencial en Thoreau que no aparece en los escritos de su mentor. Y no se trata de su común estilo expositivo, en ambos más literario que filosófico, alejado de los formalismos y rigores académicos (Borges consideraba a Emerson uno de sus escritores de cabecera), sino de la pasión y de las dosis de franqueza y autenticidad que salpican cada línea de Walden. El fervor de Thoreau por los árboles, por los pájaros, por los hombres libres y, sobre todo, por la verdad, es un fervor descomunal, adictivo. Fascinante y cautivador. Tanto que resultó enormemente influyente en decenas de jóvenes que, atrapados años después por esa poética de la salvación, la sencillez y la autenticidad, decidieron dejarlo todo y perderse en lo salvaje, a veces con consecuencias trágicas como en el caso de Christopher McCandless, que pareció olvidar que Thoreau vivía en unas tierras que pertenecían a Emerson y que podía ir a su propia casa a comer cuantas veces quisiera.
Walden es un libro adictivo también para los amantes del subrayado: cada frase alude a un pensamiento elaborado y cada párrafo conduce a la pausa y a la reflexión. Además, esta excelente edición anotada de Errata naturae, con una magnífica traducción, invita aún más a una lectura de vocación lenta y concentrada. Leamos Walden una y otra vez. Subrayemos sus páginas y sus frases en forma de aforismos («Nunca es demasiado tarde para renunciar a nuestros prejuicios»). Revisemos lo subrayado cuantas veces creamos necesario y recordemos de dónde venimos («¿No soy en parte hojas y materia vegetal?») y a qué tipo de ideal de vida deberíamos poder aspirar.

miércoles, septiembre 25, 2013

El vino de la juventud, John Fante

Trad. Antonio-Prometeo Moya. Anagrama, Barcelona, 2013. 320 pp. 18,90 €

Santiago Pajares

John Fante fue un escritor que se vio forzado a ser guionista. No mucha gente sabía quien era él en esos días, tan sólo un puñado de productores que le llamaban cuando había que reescribir una escena que no funcionaba en una película. Entonces, ese italianini de manos grandes y tez cetrina se sentaba delante de su máquina de escribir y lo arreglaba, como lo haría un fontanero. Pero él no era fontanero, él era escritor, un escritor aspirado por la maraña de Hollywood. Siempre consideró sus trabajos en el cine como una mera manera de ganarse la vida mientras escribía su trabajo de verdad, las novelas y relatos que se quedaban en los cajones con las notas de rechazo de las editoriales. Aunque con el tiempo consiguió publicar sus novelas, estas apenas tuvieron éxito comercial. Desesperado, se dio al juego y al alcohol. Fue entonces cuando llegó su contrato fijo de guionista en Hollywood y su vida se estabilizó. Se compró una casa, se casó, tuvo hijos y jugó al golf, pero nunca se olvidó de la literatura, y continuó escribiendo relatos. Los relatos de los que vamos a hablar ahora. Murió a los 73 años, ciego y con las piernas amputadas a causa de la diabetes.
No muchos escritores tienen el honor de crear un estilo literario, el "Realismo sucio" que después sabría explotar tan bien Bukowski. Fue este, gran admirador suyo, una pieza esencial para la reedición de sus novelas y su póstumo éxito comercial.
Los relatos de este libro parecen episodios de la propia vida de John Fante y, por lo que sabemos, puede que lo sean. Todos, excepto los dos últimos, giran alrededor de una familia italoamericana en Colorado. Allí las costumbres americanas se funden con las antiguas costumbres italianas. Ese eterno padre albañil con las manos manchadas de argamasa que bebe chatos de vino y come pasta a todas horas mientras decide si le da una zurra a su mujer o a sus hijos. El alcoholismo del padre de Fante y la relación violenta con su hijo están perfectamente reflejados en estas páginas. Otro de los temas constantes en estos relatos (y mezclados siempre con los demás) es la culpa católica y cómo los curas la usan para tener dominados a los chicos en la escuela. En estos relatos veremos los nuevos sueños americanos de esos chicos que quieren ser estrellas de beisbol, conducir coches caros y besar a chicas guapas. Pero deben lidiar con todos los problemas de familias desestructuradas, padres alcohólicos, colegios represivos y sueños quebrados por la cruda realidad. No son cuentos amargos ni tristes. De alguna forma John Fante logra rescatar emociones genuinas entre las cenizas y montar con ellas historias, como todo escritor, como todo guionista, como todo aquel que quiera dedicarse a la letras debe saber hacer. Y John Fante sabe. Sabe de sobra. Espero que este libro de relatos sirva, además de como entretenimiento y disfrute para conocer su figura y animarse a leer sus novelas basadas en su alter ego, Arturo Bandini, que son pura delicia.
Respecto a su autodesprecio como guionista, me gustaría acabar con la dedicatoria de "Dago red" a su mujer, recopilatorio de sus cuentos donde se publicaron en su día trece de los relatos de este libro. No me imagino un ejemplo mejor para expresarlo. De mano del propio John Fante:
«Para Esther: de esa puta de Hollywood, ese asqueroso artista vendido, ese sublime pervertido literario, ese letrista frustrado, ese asqueroso montador de escenas, ese lamecoños de la Paramount al que le pagan por el vómito perfumado susurrado por Dorothy Lamour. Te lo dedico con la esperanza de que algún día cercano pueda escribir alguna dedicatoria menos amarga en la guarda de algún libro realmente estupendo».

viernes, julio 05, 2013

Personas como yo, John Irving

Trad. Carlos Milla Soler. Tusquets, Barcelona, 2013. 472 pp. 21,63 €

Núria Juanico

No se puede hablar de literatura contemporánea sin conocer a John Irving, y no se puede entender a John Irving sin haber digerido Personas como yo (Tusquets 2013). La decimocuarta novela del escritor norteamericano da luz a la bisexualidad con la sabiduría de alguien que es partícipe de todos los secretos de la narrativa después de décadas trampeándola, discutiendo con ella y conciliándose diariamente. Escrita con valentía y seguridad, En una sola persona esquiva el morbo fácil y aborda la intolerancia de las prácticas homosexuales y heterosexuales simultáneas. Y lo hace con una normalidad que, paradójicamente, la impulsa por encima del resto de obras de temática similar.
Irving lanza el anzuelo narrativo con el despertar sexual de Bill Abbott, un joven escritor de un pueblecito de Vermont, en los Estados Unidos. Los enamoramientos tempranos, la atracción hacia una bibliotecaria transexual y el rechazo frontal de una pequeña comunidad ante los comportamientos afeminados son las tres piezas iniciales de una historia inmensa sobre deseos, pasiones e instintos que rompen la norma social de los años cincuenta. La voz madura de un Bill avezado en ser la diferencia ejerce de guía en la evolución laberíntica de su propia sexualidad. Desde una adolescencia experimental, la obra fluctúa por los combates de boxeo universitario, la Viena de los años setenta y la epidemia de sida de los ochenta, desembocando en la defensa férrea de una bisexualidad incomprendida tanto por gais como por heterosexuales.
Con un trasfondo crítico sin redundancias, Personas como yo desnuda la bisexualidad de prejuicios y la enfoca desde todos los prismas posibles para subrayar la parte más humana del fenómeno. El teatro de Shakespeare actúa de farsa donde se refleja una realidad no muy lejana, que permite escenas de lectura imprescindible, como la magnífica descripción de las reacciones del público ante la representación femenina de un viejo serrador aficionado a las faldas y pelucas. A pesar de compartir temática con otras obras igual de atrevidas como Middlesex, de Jeffrey Eugenides, la historia de Bill Abbott se constituye como una novela impactante que Irving marca con su propia voz narrativa y la hace única en el tratamiento del contenido.
El autor ha disfrazado Personas como yo de tragicomedia, balanceándola entre la calidez entrañable de sus personajes y la soledad pegajosa de un fenómeno que, a ojos de la mayoría, no se entiende. Sin ahorrar humor ni sacudidas narrativas, Irving demuestra que es un maestro en estirar el lector del brazo y arrastrarlo dentro del espiral literario que construye para cada ocasión. El autor huye de elucubraciones abstractas y hace tangibles los conflictos existenciales mediante unos personajes terriblemente humanos que echan raíces y cuestan de abandonar.

jueves, abril 25, 2013

Algún día este dolor te será útil, Peter Cameron

Trad. Jordi Fibla. Libros del Asteroide, Barcelona, 2012. 246 pp. 18,95 €

Guillermo Ruiz Villagordo

«Relacionarme con los demás no es algo natural para mí sino que me tensa y me exige un esfuerzo y, como no lo vivo de una manera natural, como hago ese esfuerzo no tengo la sensación de ser yo mismo.»
Ésta es una de las impresiones que comparte con nosotros James, un chaval de dieciocho años encantadoramente marisabidillo que detesta a los chicos de su edad y prefiere confraternizar con los adultos que forman parte de su pequeño mundo, integrado por una madre sentimentalmente inestable que pasa por su tercer divorcio, el incompetente jefe de la galería de arte propiedad de ésta, un altivo padre ejecutivo lleno de prejuicios, una hermana mayor de espíritu rebelde y una abuela autosuficiente que representa su único refugio en medio de la confusión que le rodea. Ninguno de ellos constituye un verdadero ejemplo, no comparte sus gustos ni empatiza con su forma de ser, y todos pueden considerarse fracasados en algún sentido, pero para James ejercen una extraña fascinación que le permite que pase más rápido el tiempo mientras espera que se cumpla su sueño de comprar una casa en el campo y leer montañas de libros en la soledad y tranquilidad más absoluta, renunciando a Nueva York y al futuro universitario que se cierne sobre él. Pero tras protagonizar un episodio preocupante en una excursión de su instituto, deberá asistir a terapia en la consulta de la doctora Adler, que poco a poco y a regañadientes logrará acceder a ciertas zonas privadas de su existencia, incluyendo alguna relacionada tangencialmente con el 11 de setiembre, aunque tenga que ser él mismo quien descubra con sus propios actos hacia dónde quiere dirigir su vida y si todo lo que cree tiene verdadero fundamento. La novela de Peter Cameron se inspira claramente en el clásico El guardián entre el centeno, de la que supone una actualización fresca y estimulante (sin que esto implique dejar de reconocer que la novela de Salinger sigue siendo plenamente actual), y de hecho hay ciertas situaciones paralelas en los dos libros, como la interacción con el adulto homosexual (tema gay recurrente y principal, por otra parte, en otras de sus obras como Año bisiesto, Un fin de semana y algunos relatos de De un modo u otro), que se resuelven de distinta manera. Pero aunque se realiza una sátira feroz de ciertos asuntos como la impostura del arte moderno o las relaciones sociales a través de internet, el tono general de las confidencias que James nos dirige en primera persona es, a diferencia de las vitriólicas y directísimas observaciones de Holden Caulfield, de una certera ironía fina y amable que junto a la recreación de unos diálogos ágiles y vibrantes nos implican aún más en su deriva existencial postadolescente y nos hacen reírnos, sorprendernos y emocionarnos a la vez que él. Porque el mejor resumen de este libro se encuentra en su propio título, que como la magnífica y entrañable novela de iniciación que es nos recuerda que crecer significa asumir las dosis de sufrimiento que se nos van presentando, y que las dificultades bien enfocadas ensanchan nuestro universo particular y aumentan nuestra sensibilidad y sabiduría.

lunes, abril 22, 2013

Las ventajas de ser un marginado, Stephen Chbosky

Trad. Vanessa Pérez-Sauquillo. Alfaguara, Madrid, 2012. 264 pp. 14,50 €

Santiago Pajares

Llegué a este libro a través de la película. La vi y al descubrir que estaba basada en una novela intuí que en sus páginas habría más cosas de las que había visto en imágenes. Y tenía razón. Creo que la película es una muy buena adaptación del libro, y es que está escrita y dirigida por el propio autor, que tuvo diez años entre la publicación del libro y el estreno para pensar qué hacer, cómo convertir líneas de texto en fotogramas. El libro contiene las cartas que Charlie escribe a un amigo imaginario narrando el que será su primer año de instituto. Todos los miedos que conlleva ir a un nuevo colegio, hacer nuevos amigos y enfrentarse a nuevos retos. Y es que Charlie, de 15 años, es un chico especial provisto de una extraordinaria sensibilidad y una portentosa inteligencia. Uno de esos chicos que piensan demasiado, que le dan vueltas a las cosas hasta que todo acaba haciéndose un barullo en su cabeza. Además de esto tiene que sobrellevar la convivencia con su familia y el recuerdo de su tía Helen, la única que supo darle cariño cuando era un niño y que murió hace años en un accidente de tráfico, lo que obligó a Charlie a reposar en un hospital psiquiátrico para detener la maquinaria de su cabeza. En sus primeros días de instituto conoce a Sam y Charlie, dos hermanastros también socialmente marginados pero que han llegado a aglutinar a su alrededor a un buen grupo de otros chicos raros. Aunque son dos años mayores que Charlie le acogen en su grupo y le incitan y apoyan con sus primeros escarceos con el sexo opuesto y las drogas. Por fin Charlie se siente parte de algo, ha encontrado una nueva familia. Uno podría pensar que ha visto muchas historias de este estilo, chico marginado se junta con otros chicos marginados, pero hay algo hermoso y delicado en la manera en que Charlie cuenta su propia historia y la de los que le rodean. Su profesor de literatura intuye su potencial y trata de nutrirle con la lectura de buenas novelas, de las que se ve obligado a escribir una redacción. Este profesor es el que suelta para mí la frase del libro, el resumen perfecto de la novela que alumbra todo a su alrededor: «Aceptamos el amor que creemos merecer». Y es que Charlie, enamorado de Sam, no se atreve a reclamar ese amor porque cree no merecerlo. Y en ese acto podemos ver tantas acciones de nuestra propia vida, tantas tardes al lado de un amigo hablando de tonterías, hablando de nuestro futuro y de las cosas que deseamos que nos ocurran. Cuando todo está aún por venir y todavía no existen hechos sino posibilidades. Cuando todavía somos infinitos, como dice el propio protagonista del libro. La novela es de 1999 y nos llega ahora propiciada por el éxito de la película. El autor, guionista y director Stephen Chbosky fue tutelado en su adolescencia literaria por Stewart Stern, guionista de la película Rebelde sin causa. También es creador de la serie de televisión Jerichó, emitida hará un par de años por la cadena Cuatro.
Las ventajas de ser un marginado es una novela llena de sensibilidad que gustará a todos aquellos que recuerdan esos días confusos de instituto regidos por unas normas todavía incomprensibles. Una novela de estilo epistolar en la que un chico encuentra un par de buenos amigos donde apoyarse. Porque todos, en algún momento, necesitamos apoyarnos en algún amigo. Porque todos en algún momento nos hemos sentido un poco marginados, ¿o no?.

miércoles, abril 17, 2013

Como amigo, Forrest Gander

Trad. Pura López-Colomé. Sexto Piso, Barcelona, 2013. 135 pp. 16 €

Mario S. Arsenal

Hay veces que la literatura opera negativamente huyendo de la amabilidad que se le supone y actuando de manera opuesta estéticamente a los cánones tradicionales. En cierto modo, así crece la literatura en el tiempo. Este no es ni mucho menos el primer caso, pero Forrest Gander (1956), claro ejemplo de poeta en la sombra en los circuitos europeos y –sin equivocarnos demasiado– desconocido casi por completo en lengua española, se ha ganado los elogios nada desdeñables por parte de sus compañeros de profesión. Amén de encontrarse en el candelero editorial por ser finalista del pasado Premio Pulitzer de 2012, este autor es un perfecto adalid de ese tipo de escritores a los que se les valora por su originalidad (se me vienen a la mente nombres como Faulkner o Pynchon) y entre los que se degusta un amor por la vida literalmente integral. Valgan las palabras que el mismísimo John Ashbery le dedica a propósito de su poemario Libreto para Eros (Amargord, 2010): que es uno de los más fascinantes libros de poesía que había visto en mucho tiempo. Que el autor de Autorretrato en un espejo convexo (Visor, 1990) despliegue estos elogios hacia Gander, un escritor desconocido, debería chocarnos a priori. Claro que nuestra estupefacción se desvanece igualmente nada más adentrarnos en su prosa.
Este peculiar personaje, nacido en el Desierto Mojave, parlante de un español roto del que se congratula y devoto de Antonioni, nos relata una intensa y demoledora historia en Como amigo (Sexto Piso, 2013). Nos sitúa en un marco inusual que arranca con el nacimiento de Les, su peculiar protagonista, a través de un parto difícil y angustioso, a trompicones, teñido por el dolor y el sufrimiento. Partiendo de la crudeza de este momento tan crucial en la vida de cualquier ser humano, Gander tiene la virtud de hilvanar belleza y fealdad a un mismo tiempo, y sin por ello desarmonizar el conjunto. Nuestro protagonista es un niño marcado por lo fenoménico que se vanagloria de eclipsar por entero la vida de sus más allegados, creando así una red emocional de vínculos complejos con los que genera distintas situaciones, en ocasiones violentas y desagradables. La manera de estructurar la narración es un acierto de Gander, el cual nos arroja, a través de las diferentes voces, por recovecos que de otro modo son imposibles de percibir. Llegado a este punto, posiblemente yo no he tenido una sensación tan similarmente desgarradora como cuando leí por primera vez La balada del café triste de Carson McCullers (Anagrama, 2001). En este caso Sexto Piso se atreve a publicar de nuevo, en una genial locura, una obra arriesgada desafiando los cánones establecidos por el gran público: encomiable labor. Porque quizás lo más poderoso de la novela no sea otra cosa que el deliberado afán del autor por sumergirse en las contradicciones de la condición humana, en esas obsesiones que se tragan la realidad para dar esperanza, pero que al final del camino y por su propia naturaleza, al no poder nosotros asimilar la confusión, se convierten en ingredientes amargos y a la vez especiales.
Les posee una cultura elevada, ha leído a los grandes autores, habla con orgullo de sus héroes; menciona a Poussin; cita a François Villon, Gide o Camus con soltura; escucha obsesivamente a Charlie Parker o Miles Davis: se sabe cultivado. Pero de nada le sirven a Gander estos datos como para desarrollar la que sería una novela complaciente, antes bien, ellos son el apunte disuasorio del relato, en ellos coloca el autor la contradicción y acaba de un plumazo con la máxima platónica de la bondad del arte. Aquí está lo magistral: quiebra la tradicional estética positiva para abrigar un nuevo orden de cosas encarnado en el caos. Forrest Gander se ha ganado de este modo un pedestal en la que es la escena experimental norteamericana, equiparándose a nombres tan ignotos como singulares.
Este libro escrito con una inspiración indiscutible, se detiene en la dualidad de la vida como pocos han conseguido hasta el momento, hablando sin cortapisas de los escondrijos más oscuros del alma humana; de la aniquilación devastadora de los tópicos; de las capacidades benefactoras del arte; de nuestra incapacidad por entender el devenir del mundo; de la libertad que sólo las vidas apresadas pueden conocer; del alcance del amor más allá del cuerpo; de cómo el castillo de naipes no debe desmoronarse tras la muerte; de lo fatídico en ocasiones del recuerdo; de los límites de la amistad; del carácter de las ideas; de la magia de la cultura.
Su amante, acaso quizás el personaje que más profundiza en Les, se detiene ante su recuerdo y rememora una cita de Raleigh que dice: “El verdadero amor es un fuego perdurable en el pensamiento”. Este libro habrá de perdurar en la memoria de sus lectores del mismo modo.

miércoles, marzo 06, 2013

El ángel esmeralda, Don DeLillo

Trad. Ramón Buenaventura. Seix Barral, Barcelona, 2012. 240pp. 20 €

Ariadna G. García

El terror, la intriga o el suspense forman parte de nuestras vidas, subyacen en el fondo de cualquier experiencia, por anodina que pueda parecernos. Si bien es verdad que algunos escenarios sugieren más que otros emociones tenebrosas (pensemos en los símbolos románticos del cementerio, los parques invernales, las mansiones en decadencia, las iglesias o las ruinas), no es menos cierto que todos aquellos lugares por donde desplegamos, como pesadas velas, la existencia también pueden enturbiarnos el ánimo y alterarnos el pulso en las carótidas. El miedo acecha siempre, amenaza con asaltarnos en cuanto bajemos la guardia. No importa dónde estemos. Este es el mensaje que Don Delillo pretende transmitir con su última obra.
El ángel esmeralda lo integran nueve relatos escritos en diferentes épocas. Creación (1979) se ubica en una isla caribeña de la que los protagonistas no pueden salir. La asfixia que este encierro produce en la mujer, encuentra su reverso en el erotismo que siente su compañero, quien vive el episodio como un momento místico de unión con una naturaleza salvaje y novedosa. El fantástico Momentos humanos de la Tercera Guerra Mundial (1983) se desarrolla en una estación espacial a miles de kilómetros del globo terráqueo. Allí, dos astronautas meditan sobre la condición humana mientras temen que los destruya un satélite de combate. Entre sus pocos “momentos humanos”, además de unas conversaciones que enfrentan dos modos de asumir la soledad (el discreto, que oculta las inseguridades; y el ruidoso, que las airea), encontramos uno que describe muy bien el patetismo de Occidente: «Me noto una emoción de estar en casa, colocando en su sitio las mercancías, con sus vistosos envoltorios, una sensación de próspero bienestar, una sólida comodidad de consumidor» (p. 37). El corredor (1987) relata el supuesto secuestro de un niño en medio de un parque, ante la mirada atónita, impotente, de varios testigos. La acróbata de marfil (1988) nos traslada a una Atenas sacudida por un terrible terremoto. El pánico que siente la protagonista se extiende más allá de los límites de la propia conciencia (terror al sufrimiento y a la muerte) y cuestiona la acción de la ciudadanía, que acepta los temblores como elementos fijos de su cotidianeidad. El ángel esmeralda (1994) nos lleva al Bronx, a los suburbios violentos del condado de Nueva York, a la cuna del graffiti. Este estupendo relato cuenta la lucha de dos monjas por mejorar las condiciones de vida de los más necesitados. La actitud positiva de ambas mujeres, cuyos ojos atisban horizontes, contrasta con el recuerdo lúgubre que los graffiteros dedican a los niños que mueren a diario. El inquietante Baader-Meinhof (2002), que comienza en una galería de arte y acaba en un apartamento, reflexiona sobre las situaciones disparatadas, e incluso angustiosas, que se pueden vivir cuando no se frena a tiempo rápido el avance de una relación. En Medianoche en Dostoievski (2009) un par de estudiantes se inventan la vida de un desconocido con el que suelen coincidir después del instituto. La idea formada y el conocimiento exacto de la realidad pugnan por imponerse cuando la ocasión se presenta. No es ajena al relato la crítica de las grandes ciudades: «Empezaba a sentirme en relación de intimidad con aquellas calles. Yo estaba aquí capacitado para ver las cosas lisa y llanamente, de una en una, lejos de la ciudad hacinada y estratificada, mil significados por minuto» (p. 151). La hoz y el martillo (2011), ácido texto de plena actualidad, nos introduce en el mundo carcelario. Sus protagonistas son presos económicos (especuladores, inversores, altos directivos…) adictos a la tecnología (la trena parece «un campamento de rescate de Internet», p. 180), que encuentran allí un poco de descanso a su actividad criminal, mientras el globo arde por la crisis (su crisis, generada por ellos), y en consecuencia, la clase trabajadora pierde derechos fundamentales y poder adquisitivo. Delillo, a través de la voz inocente de las niñas (hijas de un recluso) que presentan las noticias de un canal infantil de televisión, no sólo avergüenza a los culpables del hundimiento de la clase media, sino que da la receta para combatir el autoritarismo: «Pueblos de Europa, alzaos» (p. 194). La hambrienta (2011), por último, es un desasosegante relato que nos habla de la soledad de quien carece de metas y proyectos, y vive un simulacro de existencia a través de los personajes ficticios de las películas.
Don Delillo dibuja en sus relatos personajes aislados, incomunicados, en continuo conflicto emocional con cuanto les rodea. Ninguno escapa de la crisis económica o de la afectiva. Un buen retrato, en suma, de los tiempos que corren.

viernes, diciembre 28, 2012

Mundos de exilio e ilusión, Ursula K. Le Guin

Trad. Rafael Marín. RBA, Barcelona, 2012. 492 pp. 19 €

Julián Díez

Fallecidos J. G. Ballard y Stanislaw Lem, la única esperanza razonable que nos queda a los lectores de ciencia ficción de contar con un Nobel que nos brinde definitivamente la tan soñada como superflua respetabilidad es Ursula K. Le Guin. Es una esperanza tenue, puesto que si llega pronto un Nobel estadounidense tras veinte años de sequía no faltan nombres con tantos méritos para recibirlo como los de Philip Roth, Cormac McCarthy y Paul Auster. Ya que les menciono, tres autores con excelentes novelas de temática de ciencia ficción, por cierto, como también hay frecuentes practicantes de la literatura prospectiva entre ganadores previos como Doris Lessing, William Golding o José Saramago. Dicho esto, quede claro que Le Guin no desmerece en este listado, y que si no ha leído hasta ahora ninguna de sus obras es simplemente por esa longeva anomalía del mercado literario español dando de lado a los géneros.
El presente volumen viene a hacer justicia con tres buenas novelas de Le Guin, en rigor las primeras de su producción, que andaban esparcidas en castellano por ediciones descatalogadas y aquí se recogen en un ómnibus que abre, de manera inmejorable, la colección del literatura fantástica que ha arrancado RBA. Son novelas con nexos comunes: escritas de manera sucesiva, comparten el escenario del llamado ciclo Hainish. Es una historia del futuro, elaborada de forma poco sistemática por la autora, en la que la humanidad se ha integrado en una sociedad galáctica compuesta por otros planetas con ancestros comunes.
El mundo de Rocannon tiene un lugar en la historia del género por haber servido para crear el término “ansible”: un aparato que sirve para comunicarse de manera instantánea entre estrellas separadas por años luz. En el ciclo Hainish, el viaje más rápido que la luz no existe, pero sí es posible la transmisión de información. El hecho de que por un efecto relativista los viajes interestelares duren horas para los pasajeros pero años para quienes permanecen en un planeta es uno de los ejes para el desarrollo poético de una historia ripvanwinkleriana que sustenta la novela; porque, en efecto, con las herramientas temáticas de la ciencia ficción puede hacerse poesía, como ya demostrara antes Ray Bradbury.
El Rocannon del título es un antropólogo que visita un atrasado mundo extraterrestre, poblado por tres razas humanoides distintas, y en el que se desarrolla una historia que mezcla elementos de la fantasía heroica con los de la ciencia ficción. Le Guin se anticipa por poco a una de las obras clave de la ciencia ficción europea, Qué difícil es ser dios, de los hermanos Strugatski; si no llega tan lejos en sus conclusiones como los rusos, al menos consigue una primera novela sustanciosa.
La segunda es El planeta de exilio, que se extiende con más amplitud sobre el tema del mestizaje entre una cultura evolucionada y otra en desarrollo, muy del gusto de los años sesenta y el proceso de descolonización. De extensión breve, también sirve para presentar al pueblo mestizo que será protagonista de la última novela incluida, Ciudad de ilusiones, quizá la primera obra de gran jerarquía de Le Guin: una historia de la rebelión de la decadente población terrestre contra sus invasores, protagonizada por un personaje sin memoria que desempeñará un papel preponderante en el alzamiento, y en la que brillan ya los temas característicos de la autora. Desde el concepto taoísta de los opuestos complementarios, hasta el impacto de la soledad, pasando por el valor de la verdad y, de nuevo, los retratos de civilizaciones alternativas llevados a cabo con coherencia antropológica.
Ciudad de ilusiones sería seguida un par de años después por La mano izquierda de la oscuridad, una de las cinco o seis novelas que generalmente se disputan el título del mejor libro de ciencia ficción de la historia; para mí, una de las dos o tres que en verdad se lo merecen de las habitualmente citadas. En Mundos de exilio e ilusión ya hay síntomas serios de la grandeza que Le Guin alcanzaría en los años setenta, y este volumen hace justicia a estos trabajos pioneros con una edición y traducción irreprochables

martes, octubre 30, 2012

Antología de Spoon River. Edgar Lee Masters

Trad. Jaime Priede. Bartleby Editores, Madrid, 2012. 376 pp. 17 €

Recaredo Veredas

Todo está olvidado, salvo por nosotros, los recuerdos, / que hemos sido olvidados por el mundo. Estos dos versos condensan el conocimiento profundo, tanto de vida como de las consecuencias de la muerte, que poseía su autor, el escritor norteamericano Edgar Lee Masters (1868-1950). En apenas unas palabras centra —y matiza, porque la capacidad de crear complejidad con elementos mínimos es una de las mayores virtudes de la mejor lírica estadounidense— una de las inquietudes básicas que habitan en el hombre desde que decidió labrar una tablilla con un punzón: la búsqueda del lugar adonde acuden su memoria, sus experiencias, sus gustos y disgustos tras la muerte. Estos dos versos también muestran que la capacidad para mirar más allá de Edgar Lee Masters no habría producido nada reseñable —así ocurre con todos los grandes escritores, sean o no poetas— si no estuviese vinculada con una capacidad técnica más que notable que, en su caso, no solo se limitaba a la escritura poética. Es decir, Edgar Lee Masters sabía mirar y sabía transmitir.
Tan extraña combinación, unida a una excelente elección de tema y a una obcecación considerable, da lugar a una obra maestra, equiparable en poesía —y tal vez en pretensiones— al Winsburg, Illinois de Sherwood Anderson, con el que también coincide en ubicación geográfica, que no es otra que la América de las grandes llanuras, el corazón del país. Sin embargo tal talento no tuvo continuación ni grandes precedentes, Edgar Lee Masters es uno de esos autores de obra casi única, parece que este largo poemario exprimió todo su talento. Antología de Spoon River es nítido desde el título donde, gracias a la mención de una ciudad imaginaria, deja claro que nos encontramos ante un libro con pretensiones claras de unidad. Sin embargo, su autor decide no mirar hacia sus calles sino hacia quienes las habitaron y ya no las habitan, a los residentes eternos del cementerio a quienes resucita por un instante, concede la palabra y les permite expresar, mediante 260 epitafios, sus cuentas pendientes, la historia de su vida o reflexiones de mayor calado sobre la vida, la muerte, el universo o la cotidianeidad. Lo hace sin crear una realidad paralela, sin adentrarse en lo paranormal ni postular una teoría sobre la existencia o inexistencia de la vida eterna. Los muertos, simplemente, hablan sobre su peripecia en la tierra y lo hacen desde la sabiduría que conceden lo irremediable y el tiempo transcurrido. Sobra afirmar que Spoon River ha causado y sigue causando una fuerte influencia en la lírica y la narrativa norteamericana. Si la obra que nos ocupa no hubiera existido, la vocación estadounidense de vincular profundidad y concreción, una virtud que posee desde Bukowsky o Carver hasta Whitman, no habría adquirido tanto volumen. Incluso Hemingway, el Hemingway más humano y compasivo, el que busca, como en el título del famoso relato, un lugar cálido y bien iluminado, encuentra su hogar en Spoon River.
Un poemario tan largo y en el que los poemas parten de postulados tan similares precisa, sobre todo, variedad. Lee Masters combina un lirismo de tintes existenciales con la ironía, contrapone registros secos, muy americanos, con brotes de exuberancia, por ejemplo en el titulado Edmund Pollard, tan francés: «Has de morir, sin duda pero hazlo viviendo / en honduras de azul arrebato, en pareja, / besando a la abeja reina, la vida». Hallamos también joyas del correlato objetivo, como ocurre en La señora Kessler, en el que una costurera conoce los secretos de su pueblo por los agujeros y los zurcido que muestra su ropa. Incluso utiliza el diálogo, logrando que no rompa la tensión poética, además de elipsis o desplazamientos del lenguaje tan nítidos como transformadores. Aunque escoja —con acierto, la lírica norteamericana y la modernidad del tono encajan mal con formas rígidas— el verso libre, su dominio del ritmo es tan fuerte —y a eso le ayuda la flexibilidad del inglés— que los versos poseen una fluidez casi absoluta.
Spoon River también podría considerarse una narración. La causa no es solo la unidad geográfica y temática: su autor posee habilidad suficiente para mezclar distintas voces, distintas formas y distintas miradas partiendo de un esquema que permite una libertad muy limitada. La narratividad se incrementa cuando vincula a unos muertos con otros, creando así realidades contrapuestas, puramente narrativas, como esa madre y ese hijo robado que ignora lo que narra su madre desde la tumba. Es una reproducción nítida, por lo tanto, de los secretos y mentiras que a todos nos rodean. Además posee gran habilidad para unir las distintas causas de la muerte en un enorme mosaico. En el recorrido por el cementerio aparecen ricos, pobres, campesinos y emprendedores, adúlteros y castos. Demuestra, sin asomo de duda, la capacidad igualatoria de la parca. Traza, por lo tanto, el mapa de toda una sociedad, de todo un mundo, no tan diferente del que conocemos porque las pasiones humanas siguen siendo las mismas. Podría, aunque no lo sea, definirse como la novela de una ciudad, de un mundo, tanto como Manhattan Transfer. No lo es porque, sin embargo, no traspasa la frontera, no deja de ser poesía: busca en la muerte, en los secretos y rincones ocultos, en ese espacio privado que todos poseemos. Y en las claves últimas, básicas, de la vida: «en un mundo donde esta no le ofrece más que hacer, / después de todo (aunque gire su alma con fuerza / en un inútil despilfarro de energía / para engranarse con el molino de los dioses), que procurarse comida, refugio y reproducirse».
Traducir poesía es, como resulta sobradamente conocido, un propósito casi imposible y siempre implica una labor creativa considerable. La traducción de Siles resta ritmo y cierto lirismo —aunque haga esfuerzos ímprobos para mantenerla, la flexibilidad del inglés y su capacidad para sintetizar es intransferible al castellano— pero mantiene plenamente el sentido y, en líneas generales, merece elogios. Además el prólogo es una notable introducción al contexto del autor y a las motivaciones formales y de fondo de la obra.
Para finalizar, un verso que resume la capacidad universalizadora y la sabiduría, siempre vieja y siempre moderna, de la Antología de Spoon River:  «Y yo os digo que la vida es un jugador, que nos saca mucha ventaja».

jueves, octubre 25, 2012

Trilogía americana (Pastoral americana, Me casé con un comunista, La mancha humana), Philip Roth

Trad. Jordi Fibla. Galaxia Gutenberg, Barcelona, 2011. 1.212 pp. 35 €

Nabor Raposo

«Piensa en un ventrílocuo. El muñeco habla, pero quien reproduce su voz se halla a cierta distancia. Si esa persona no estuviera en tu línea de visión, no podrías admirar su arte. Su arte consiste en estar presente y ausente; él es precisamente él mismo por el hecho de ser otro de manera simultánea. Ni siquiera es quien ‘es’ cuando se cierra el telón»
(Philip Roth; The Art of Fiction No. 84. The Paris Review)
La primera de las reglas inviolables del oficio crítico consiste en no caer en la perniciosa tentación de señalar los sucesos narrados en la realidad interna de la obra para posteriormente identificarlos con los sucesos que, presumiblemente, conforman la biografía de su autor en la vida real. Este viejo impulso, que sin lugar a dudas se aleja de la intención real de la crítica y nada aporta, puede conducir la lectura hacia interpretaciones sesgadas o tendenciosas, viciadas, e incluso llega a distorsionar en gran medida la percepción final de la obra, especialmente si el lector baja la guardia y se desvía de la verdadera atención que la obra debería suscitar por sí misma.
Sucede, además, que la presunta implicación de historias y personajes más o menos reales en la ficción literaria suele acarrear a no pocos autores numerosos desencuentros en su vida cotidiana, como ya demostrara Woody Allen en una de sus más geniales encarnaciones, la del inolvidable Harry Block (Desmontando a Harry’ 1997), un escritor de éxito que se las ve y se las desea para que su producción, basada en una serie de experiencias personales traumáticas, no interfiera en las relaciones que mantiene con sus familiares y amigos. Un punto de partida ciertamente original, de no ser porque un tal Philip Roth (Nueva Jersey, 19 de marzo de 1933) llevara ya años explorando el mismo planteamiento para construir sus historias, adelantándose al cineasta el mismo tiempo que necesita un ciudadano español para alcanzar la mayoría de edad.
Las sinsabores del éxito experimentados por Roth a raíz de la publicación de su tercer libro (El lamento de Portnoy, 1969), le sirvieron para alumbrar, diez años después de la novela que le valió el inmediato reconocimiento de público y crítica, a su personaje más célebre, su alter mente Nathan Zuckerman; un escritor que, al igual que Roth (y que el propio Block, si viene al caso), se ve desbordado por la repercusión de una de sus novelas, Carnovsky (el paralelismo con Portnoy resulta más que evidente) y, a partir de ahí, se ve obligado a mantener un precario equilibrio a merced de la confrontación que surge de la eterna disputa entre su realidad personal y su voluntad creativa.
Las novelas de Zuckerman (La visita al maestro, 1979; Zuckerman desencadenado, 1981; La lección de anatomía, 1983; La orgía de Praga, 1985; La contravida, 1986; Pastoral americana, 1997; Me casé con un comunista, 1998; La mancha humana, 2000 y Sale el espectro, 2007) contienen sin lugar a dudas la esencia del mejor Roth. La exploración (unas veces nostálgica, otras veces insurgente), constante a lo largo de toda su obra, de la identidad judía, y las reflexiones acerca de las consecuencias del arte y la creación –la repercusión en la vida real de todas aquellas experiencias que uno vuelca en el proceso– le sirven al autor para tratar todos los temas que conforman el mosaico de la condición humana, como el deseo, la muerte, el sexo, la decrepitud, la soledad o la traición; y lo hace, además, con un talento y originalidad únicos en el panorama literario actual. La escritura de Roth está trufada de una inteligencia reflexiva asombrosamente lúcida y una concreción militétrica en la descripción de abstracciones, fruto de un exhaustivo rigor en esa búsqueda flaubertiana de la palabra exacta.
No obstante, la mayor de las particularidades que elevarían el ciclo narrativo de las novelas protagonizadas por Nathan Zuckerman a la categoría de clásico sería tal vez su capacidad de evolución; no ya del personaje, que se presupone, sino de la manera en que éste decide exponer los hechos al lector. Como apunta el crítico Javier Avilés –algo que también ha reconocido el propio Roth en varias entrevistas–, la fractura surgió durante la escritura de La contravida, donde el punto de vista desde el que se narra se muestra deliberadamente inconsistente para diluirse en una reflexión sobre la misma esencia de la narrativa, un artificio que trastoca los cimientos de la realidad interna de la novela. A partir de aquí, «Zuckerman es un elemento más al servicio de una literatura que supera el ámbito del personaje».
De la misma manera, en las tres novelas que componen la Trilogía americana (Pastoral americana, Me casé con un comunista y La mancha humana, editadas en España en un solo volumen por Galaxia Gutenbreg, 2011), el autor impulsa una nueva vuelta de tuerca al engranaje y prescinde, al menos aparentemente, del protagonismo casi exclusivo de Zuckerman, desviando el foco de la novela del narrador –todavía y siempre Zuckerman, y en primera persona– y de sus tribulaciones para alumbrar a una terna de personajes inolvidables con un denominador común: tres historias, quizá la misma, sobre hombres que en algún momento de su juventud resolvieron abandonar su destino para encontrar la vida que soñaron para ellos, y acabaron al final aplastados por la capacidad que tenían esos sueños para destruir sus vidas. Zuckerman, por tanto, deja de ser el actor principal de la tragedia para convertirse en el director que está detrás del escenario. Pero ¿es realmente su retrato una reconstrucción fidedigna de la historia que se cuenta, o simplemente una invención a merced de los intereses literarios del narrador? El lector debería hacerse esa pregunta, y más teniendo enfrente a un novelista como Nathan Zuckerman; al fin de cuentas, un escritor con oficio, otro perro viejo. El juego tiene truco y a estas alturas de la película ya nada es lo que parece. El mecanismo metaficcional propuesto por Roth puede parecer sencillo a primera vista, pero nada más lejos de la realidad (literaria). Porque aunque Roth se borre del mapa de sus creaciones para ceder el testigo al propio Zuckerman, es este último, como narrador, quien juega con el lector para llevarlo a su terreno, a saber: que la realidad interna de la novela no suele ser nunca esa misma realidad, pese a constituirla, sino que la realidad que se nos ofrece es precisamente la que el propio Zuckerman, como escritor, inventa. Es como un juego de muñecas rusas: a partir de retazos que sí constituirían parte de esa realidad a la que hacemos referencia –la historia de los personajes–, es el narrador quien la imagina y reinterpreta a través de los ojos de los mismos protagonistas que le dan cuerpo; una realidad que, a su vez, dota de sentido e intención al conjunto de la obra. Philph Roth juega con Zuckerman a lo mismo que juega Zuckerman con sus personajes: la concepción formal de su tesis narrativa vendría a ser, en ambos casos, la suplantación. “Nathan Zuckerman es un intérprete. Todo consiste en el arte de la suplantación, ¿no se trata de eso? Falsear una biografía, crear una historia falsa; inventar una existencia medio imaginaria fuera del drama actual de mi vida ‘es’ mi vida. Tiene que existir cierto atractivo en ese trabajo, y ahí está. […] No necesariamente, como escritor, tienes que abandonar completamente tu biografía para emprender un acto de suplantación. La distorsionas, caricaturizas, parodias, la torturas y la subviertes, la explotas: todo lo que le de a esa biografía una dimensión que excite tu locuacidad. Por supuesto, millones de personas lo hacen todo el tiempo, y no bajo la justificación de estar haciendo literatura. "Lo comprenden". Son increíbles las mentiras que la gente puede mantener detrás de la máscara de su verdadera identidad”.
¿Son entonces Philip Roth y Nathan Zuckerman la misma persona? «La Literatura no es como un concurso de belleza moral. La confianza que inspira es lo que cuenta. Para mí escribir es algo natural, igual que los peces nadan y los pájaros vuelan. Es algo que está hecho bajo cierto tipo de provocación, una urgencia muy particular. Es la transformación, a través de una suplantación elaborada, de una emergencia personal en un acto público (en ambos sentidos de la palabra) […] Soy como alguien que intenta transformarse gráficamente a sí mismo fuera de sí mismo para convertirse en sus héroes».
Centremos el tiro: ¿Quién es Philip Roth? «Soy, sobre todo, alguien que se pasa el día escribiendo».