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viernes, febrero 03, 2017

La bella Annabel Lee, Kenzaburo Oé


Trad. Terao Ryukichi / Ednodio Quintero
Seix Barral, Barcelona, 2016. 240 pp. 19 €

Santiago Pajares

Annabel Lee era la protagonista del poema de Edgar Allan Poe del mismo nombre, un poema que Kenzaburo Oé leyó cuando era adolescente y que, al parecer, le marcó para siempre. Tanto como para escribir un libro alrededor. Y es que cuando tienes un premio Nobel en el bolsillo, el mundo, al menos literario, es tuyo. Esta novela metaliteraria está protagonizada por el propio Kenzaburo Oé, su hijo, el genio musical Hikari Oé, su amigo de la adolescencia Komori, su madre, su hermana y por Sakura, la actriz que rodó la adaptación cinematográfica del poema cuando era apenas una niña. Quienes de todos estos personajes son reales y quienes inventados, es algo que sólo el autor puede conocer. Pero ése parece ser el juego, mezclar la realidad y la ficción para crear un mundo nuevo.
Kenzaburo y Komori han pasado treinta años sin verse, desde que el escritor, futuro premio Nobel, y su amigo, ya productor de cine internacional, fallaran en la consecución de un proyecto cinematográfico que también englobaba a la actriz que protagonizó el poema Annabel Lee, Sakura. Los tres, para conmemorar el bicentenario del nacimiento del autor romanticista alemán Heinrich von Kleistv, tratan de rodar la adaptación de su libro Michael Kohlhaas, una adaptación que Kenzaburo Oé tendrá que escribir pese a no tener ninguna experiencia en el mundo del guión cinematográfico. Como si esto no fuera suficiente, el autor trata de buscar una conexión con las revueltas campesinas que hubo en su provincia de nacimiento, además de con la obra teatral sólo para mujeres La madre de Meisuke, protagonizada hace años por su propia madre. Lo que en un principio parecerá girar alrededor del propio autor, acabará girando alrededor de Sakura, la actriz, que está tan comprometida con el proyecto, no dudará en dejarlo evolucionar hasta el punto de cambiar de género al protagonista para poder interpretarlo ella misma. Pero la actriz es una mujer herida, con un pasado misterioso en el que, de una extraña forma, también hay un hueco para el propio premio Nobel.
En esta novela se repiten muchos de los temas que ya suele tratar Kenzaburo Oé: Los férreos código morales, los dilemas éticos o las relaciones de amistad. Otra vez con él mismo de protagonista.
La novela narra tres épocas: La adolescencia de Kenzaburo Oé, cuando coincidía en el colegio con Komori, ya estrella de las letras, donde vio la película protagonizada por Sakura. La preparación quince años después del proyecto Michael Kohlhaas que reunirá a los tres y fracasará estrepitosamente. Y el presente, donde Komori, para tratar de redimirse, intentará un último proyecto con los tres protagonistas de la historia. El hilo conductor de estas tres edades en la narración será Sakura y el drama personal que arrastrará consigo toda su vida. Toda la trama irá cambiando de dirección, casi siempre de forma imperceptible, de manera que el lector nunca sabrá del todo dónde se encuentra. Pero Kenzaburo Oé sí lo sabrá. Siempre estaremos en el lugar que él ha preparado para nosotros, con una delicadeza y una perspicacia que nosotros no poseemos. Claro, por eso él tiene un Nobel y nosotros no.

viernes, julio 15, 2016

Marienbad eléctrico, Enrique Vila-Matas


Seix-Barral, Barcelona, 2016. 128 pp. 16,50 €

Pedro M. Domene

Enrique Vila-Matas convierte cada uno de sus proyectos narrativos en un experimento de autenticidad absoluta, y entonces explora las múltiples posibilidades que ofrece contar historias, y aun afianza ese propósito cuando convierte sus textos en auténtica literatura y se vislumbra así una mayor visión de su obra que se confunde con esos muchos autores que durante décadas han conformado una praxis literaria propia, y leyéndolo no resulta nada raro encontrar la huella de Samuel Beckett, Roberto Bolaño, Marcel Duchamp o Arthur Rimbaud que, en esta nueva entrega, Marienbad eléctrico (2016), rastreamos página a página, y que, como él, fueron autores que generaron formas distintas de un mismo discurso.
En un texto como Marienbad eléctrico, la literatura se convierte en el elemento central, puesto que, entre otras, ofrece perspectivas móviles, y nos invoca para disfrutar de citas y apropiaciones textuales que derivan a un formato válido y tan ensayístico como narrativo, y/o en el mejor los casos a una suerte de diario-progresivo que se ha venido ejecutando durante años, y en lugares distintos, aunque el café Bonaparte de París se convierte en el escenario donde ese intercambio de ideas, sin ninguna inhibición, conforma y afianza la amistad entre la artista de vanguardia francesa Dominique Gonzalez-Foerster fascinada por las realidades paralelas y las conexiones invisibles, sensible por las distancias relativas en el arte o el mundo de la imaginación, y celebrada porque experimenta con procesos distintos que abarcan disciplinas muy originales: diseño e instalación, escritura y fotografía, o proyecciones de video, siempre con una indagación constante del espacio y el tiempo para convertir su arte en materia literaria; y el escritor español, Enrique Vila-Matas, el autor de numerosos paradigmas en torno a esa nueva forma de “escribir novelas” que proyecta su obra a una dimensión tan plástica como universal, maestro de la autoficción, la metaliteratura, y dueño de un especial sentido del humor y de la ironía que caracteriza y se extiende por el conjunto de su obra, y aun añade numerosas reflexiones sobre el arte y esos lugares de una geografía reconocida como los que ensaya en sus textos. Y, en esta ocasión, el título, sin que eso signifique una obligada deuda, alude a la extraña fascinación del narrador por la película El año pasado en Marienbad, que dirigió Alain Resnais en 1961, con un no menos extraño e incompresible guión de Robbe-Grillet; pero, sin duda, es el recuerdo de la curiosa visión que tuvo el narrador durante los días que pasó en dicha ciudad.
Un libro como Marienbad eléctrico pone de manifiesto la extraña energía creativa que el paso de los años ha generado, tanto en Dominique como en Enrique, su incansable intercambio de ideas, y convierte el texto en un suerte de diario entre el narrador EVM y su interlocutora DGF cuyos comentarios sobre arte y existencia postulan a ambos en esa suerte de equívoco preconcebido sobre la vanguardia y los paradigmas que rodean al concepto universal de la creación artística. Y, por añadidura, muestra el delicado testimonio de esa perfecta relación de admiración, el recuento de una amistad que acoge tanto la incertidumbre como el desencuentro, incluso la objeción como ingredientes indispensables en sus respectivas obras.

miércoles, mayo 04, 2016

Carpas para la Wehrmacht, Ota Pavel


Epílogo de Mariusz Szczygiel. Trad. Kepa Uharte.
Sajalín, Barcelona, 2015. 125 pp. 14 €

Ana Gamero Escudero

Desde la habitación del psiquiátrico donde pasó los últimos años de su vida, Otto Popper que es como se llamaba verdaderamente el autor de este libro) cuenta la historia de su vida o, mejor dicho, la de su padre. Carpas para la Wehrmacht es una reflexión autobiográfica recogida en forma de pequeños relatos con Leo Popper como personaje principal. Un Ota adolescente narra los que posiblemente fueran los mejores y más felices años de su vida, aunque estuvieran manchados por el horror de la Segunda Guerra Mundial y la decepción que el Comunismo causó en países del Este como fue el caso de Checoslovaquia. Leo fue un apasionado amante de la pesca que, por su incomformismo, sus aspiraciones de grandeza y su don de gentes, tuvo todo tipo de oficios, desde comercial de electrodomésticos hasta granjero, pasando por vendedor de tiras matamoscas, que lo llevaron, junto con su familia, a vivir en varias ciudades del país.
Este libro podría calificarse de cuento o fábula, ya que tiene ese tono hiperbólico y fantástico propio de las historias infantiles; y es que no podemos olvidarnos de que está narrado desde la perspectiva del joven Ota que, aunque nos acerca a un Leo humano y lleno de defectos, no puede evitar hablar de su padre rodeándolo de un halo de heroicidad y admiración. Además, los relatos tienen un estilo único con pinceladas que recuerdan al realismo mágico de autores y autoras del ‘boom’ hispanoamericano como Gabriel García Márquez o Isabel Allende. Por el aparato simbólico que utiliza es inevitable también pensar en la novela Big Fish: a novel of mythic proportions (1998) del norteamericano Daniel Wallace, que Tim Burton llevó al cine en 2003. Ambas obras tienen un estilo muy parecido, donde el narrador cuenta la historia de su padre, aunque el escenario sea muy diferente y la novela de Wallace tenga tintes más fantásticos que la del escritor checo.
Si bien el autor se encontraba en un época muy mala de su vida e intentaba recuperarse de una profunda depresión cuando escribió este libro, con él nos regala una historia cargada de lirismo, sensibilidad, magia y positividad. Este es, ante todo, un relato de familia, en el que la unión hace la fuerza, y en el que la supervivencia de aquellos marcados con una estrella de seis puntas depende de cualidades que Leo Popper manejaba bien: el ingenio y la imaginación. Este es un homenaje a su padre, el mejor que Ota pudo haberle hecho, donde lo muestra como un incansable luchador y, sobre todo, un vividor, quizás como recordatorio para sí mismo en el momento en que más necesitaba serlo.

viernes, mayo 08, 2015

Monasterio, Eduardo Halfon

Libros del Asteroide, Barcelona, 2014. 128 pp. 13,95 €

Pedro Pujante

Cuando no tengo demasiado claro a qué género pertenece el libro que estoy leyendo siento una especie de felicidad, de complicidad con el autor y reconciliación tácita con la propia lectura. Esto me ha ocurrido con Monasterio, de Eduardo Halfon (Guatemala, 1971). Un autor hispanoamericano de ascendencia judía. Estos datos no resultarían relevantes si no fuese porque en esta novela, de corte testimonial, a mitad de camino entre la ficción y la autobiografía, nos relata algunos de los episodios que un tal Eduardo Halfon vivió. Un viaje a Jerusalén para asistir a la boda de su hermana.
Es a raíz de este viaje transoceánico y transcultural cuando la memoria comienza a independizarse del proyecto narrativo, y opera de forma involuntaria. A media voz, se entremezclan los eventos que le suceden en su aventura por el convulso Oriente Próximo con los retazos de la memoria. Y es quizá visto de esta manera el viaje físico una mera excusa para hablar y contar lo que pasa por la cabeza del narrador en ese otro viaje que también es recordar. Aunque todos estos apuntes se dirigen y rondan un tema común: la identidad difuminada en la masa familiar, la cultura heredada frente a la independencia adquirida, el choque entre culturas, el pueblo judío y su folklore. Se interroga Halfon (narrador, personaje, autor, no estamos muy seguros) sobre su propio origen, sobre la pertenencia a una raza mediante la deuda de la sangre. Sobre aquellos episodios, al parecer anodinos, de la niñez, de la juventud. La familia y la tradición como lastres insoslayables.
Son estas páginas unas memorias sutiles, susurradas casi, en algunos momentos cargadas de emotividad y lirismo, pero sin caer en lo patético ni en lo sentimental. Un mirar lúcido y sincero es la mejor herramienta para rebuscar en el pasado, para adentrarse en los resquicios que la memoria logra percutir en la propia existencia.
Entre los más vívidos recuerdos, Halfon recupera la muerte del abuelo, un viaje a Polonia, un antiguo amor que el destino parece quererle volver a regalar.
El narrador se muestra un hombre sencillo que analiza su paso por la vida sin acritud, con una falta de moral que consigue, como ya hemos apuntado, hacer que el relato se escuche con nitidez, sin estridencias y frialdad cercana (si es que esto es posible).
Quizá escribir sea una forma de redimirnos. Como dice el propio narrador, ‘cada persona elige cómo quiere salvarse.’ Quizá Eduardo Halfon haya elegido escribir estos fragmentos de su memoria para poder usarlos algún día como tabla de salvación en el mar inexorable de la vida, del olvido, de la pérdida. O quizá, como hacen algunos de los personajes que se mencionan en el último tramo del libro, su salvación consista en renunciar a ser él mismo, ser otro, intercambiar la identidad para poder ser uno mismo. Para sobrevivir.

martes, mayo 06, 2014

Voy, Gabi Martínez

Alfaguara, Madrid, 2014. 400 pp. 18,50 €

Ángeles Prieto Barba

A estas alturas, el autor de este libro habrá tenido constancia sobrada de que va a conseguir dos tipos de lectores distintos, que le van a plantear cuestiones bien diferentes. Porque será evidente la distancia lectora que existe entre quienes conozcan previamente la obra de Gabi Martínez y los que no, a la hora de abordar y entender este libro. Así, no me cabe duda de que los que hayan asimilado Sudd (2007), Los mares de Wang (2008) o Sólo para gigantes (2011), por citar quizá sus tres obras más representativas, no mostrarán excesiva extrañeza ante este Voy, obra de compendio y continuidad de un autor inquieto, inconformista y siempre exigente consigo mismo. Porque Martínez dista mucho de ser un escritor de viajes al uso y de manual, dado que cambia las reglas en cada libro al igual que emprende viajes distintos. Y este en concreto se dirige al interior de sí mismo.
Decisión que tomó tras leer el magistral Verano de Coetzee, sin duda la falsa autobiografía más verdadera de la historia literaria actual, libro donde el Premio Nobel sudafricano se desnuda y retrata con auténtica saña. Inquina que Gabi no empleará hacia sí mismo con exceso, sino más bien se empeñará en estudiar a su propio personaje tras unos cuantos atributos primordiales, de los cuales el valor no sólo se presupone sino que destaca, como también sus preocupaciones ecológicas y sociales y el empeño terco en vencer sus miedos. Incluso sus inquietudes y derivas, o sus bruscos cambios de carácter, tendrán un componente épico que minoran el propósito crítico inicial del libro, sin traspasar nunca la barrera de la sorna cruel o el ridículo. Tal vez porque los peninsulares no tenemos sentido del mismo, aunque considero más bien que esta contención relativa ocurre porque centrarnos en el autor no es el objetivo de este libro. Más bien, creo yo, se trata de que le hagamos compañía en esta parada y fonda de su camino como escritor, para determinar adónde ha llegado, qué ha conseguido y qué emprenderá a continuación, sin dejar de cambiar enfoques y correr riesgos, pero siendo fiel a sí mismo.
Por ello, el punto de partida de este balance subjetivo vendrá de la mano de dos personajes que marcaron su vida de manera imborrable: uno es Jordi Magraner, heroico protagonista del Sólo para gigantes, que en este caso sirve de inspiración para establecer ese motivo que nos puede parecer algo grotesco, pero que casi se hizo realidad, de la desaparición de Gabi: la búsqueda de la extinta ave moa de Nueva Zelanda. El otro personaje trascendental será su primera mujer, Elsa, que pragmática y generosa sirvió de contrapunto perfecto para mantener el orden y el mundo real a salvo durante años, mientras Gabi recorría el mundo enfrentándose a sus miedos. Otras voces no menos interesantes para proporcionar información, vendrán de la mano de amantes varias y compañeros de viajes que detallarán tanto con acritudes como amabilidades, defectos y virtudes que lo caracterizan, no perceptibles en sus libros.
Doy por hecho que aquellos lectores que tomen contacto con la obra de Gabi Martínez a través de este volumen mezcla de autoficción, reflexión y libro de viajes querrán conocer obras anteriores, por lo que les recomiendo las tres que cité anteriormente. Pero a los que ya la conocemos nos plantea no pocas incertidumbres e interrogantes sobre qué hará a continuación, porque este libro abierto no da demasiadas pistas. Sin embargo, sí podemos disfrutar de su originalidad, de un soberbio estilo de escritura y de muchas reflexiones sagaces de quien ha recorrido mundo y sabe de lo que habla. Y con ello no sólo le acompañamos y entendemos, también aprendemos. Una perla: «¿Qué credibilidad tienen los viajes? Viajando vives en un mundo de fantasía. Eso de que sólo conoces a una persona cuando viajas con ella es una patraña. El viaje te expulsa de la realidad. La realidad no tiene nada que ver con el viaje. Lo que ves mientras recorres kilómetros con alguien es un proyecto de lo que esa persona podría ser. Ves un fantasma».
Curioso viaje tendremos al leerlo, periplo que será de todo menos fantasmal. Más bien auténtico e intenso porque también en la vida, como demuestra Gabi en este libro, no debemos conformarnos con hacer turismo en los demás y en nosotros mismos. Es el gran mensaje que yo retengo de este retrato-libro.

viernes, enero 31, 2014

Listen to me, Manuel Vilas

La Bella Varsovia, Córdoba, 2013. 200 pp. 15 €

Fernando Ángel Moreno

El terreno de lo literario ha sido siempre difuso y muy dado a interpretaciones. En este sentido, me llaman la atención algunas voces que invitan a ver Facebook como literatura. Evidentemente, habría muchas razones teóricas para darles la razón, con poco que nos pusiéramos a ahondar en problemas de lenguaje connotativo, intención del autor y de lector, y teorías de la ficción. Aún así, me resisto a este etiquetado, pese a que soy un gran defensor de la red social desde hace años.
Y me voy a cerrar aún más en mi ceguera, puesto que disponemos de la interesante propuesta de Manuel Vilas, y porque me conviene egoísta y tramposamente para defender su libro Listen to me.
En sus páginas se publican sus estados de Facebook —incluidas fotos y enlaces a canciones—, que con mayor o menor asiduidad muchos seguíamos y disfrutábamos. Que ya había una intención literaria parecía claro en la mayoría de ellos, y no guardaba dudas en los más ficcionales, como los que dan título al libro: aquellos en los que Vilas habla directamente con Dios.
Sin embargo, ahora una editorial los recoge en papel y los publica. Cualquier lector apegado a ciertas tradiciones me dirá que tan literatura eran antes como ahora, puesto que un texto es lo que es, independientemente del formato en que aparezca y puesto que esa intencionalidad pretendía darle el propio autor. No obstante, la propia experiencia de lectura puede llevar a que no se haga una relectura de aquellos ya conocidos, pese a que tampoco pueda sentirse que se leen como si se leyeran por primera vez. Es decir, mi sensación es que esos textos han sido transformados en algo que EVIDENTEMENTE ES literatura respecto a algo que era Facebook y que PODÍA SER literatura.
Recomiendo acercarse al libro desde esta perspectiva de que, schrodingerianamente, es y no es literatura al mismo tiempo.
A lo largo de sus páginas vamos conociendo a un personaje, Vilas, que nos va introduciendo en su mundo, va creando unas cuantas características aquí y allí para darle dimensiones ‒su pobreza, su tono hiperbólico, su pasión por Johnny Cash, Lou Reed, Scott Fitzgerald...‒, va desarrollando algunos conflictos internos y, hasta cierto punto, evoluciona. Yo diría que evoluciona en cuanto que evoluciona su estilo en este formato, sintiéndose cada vez más seguro. Si la coherencia y la cohesión quedaban reforzadas por un muro de FB con un nombre, ahora lo da un formato tradicional que invita a leer... ¿Como una novela? ¿Como poemas? ¿Como microrrelatos?
No obstante, somos conscientes de que lo allí narrado era vivido en tiempo real, incluido algún trágico acontecimiento. Podríamos afirmar, como ya se ha dicho, que no existe diferencia con el clásico diario o con el género epistolar, y remitir a Montaigne, a Ana Frank o incluso al propio Lovecraft y su correspondencia con tantos escritores. No obstante, la inmediatez de la faceta pública de estos textos influyó sin duda en su redacción e influye ahora en nuestro imaginario al leerlo. Con ello, cobran una fuerza diferente sus críticas a la política y la cultura españolas y, desde luego, su hondo y metaforizado existencialismo en constante pugna con un no menos hondo y directo amor por la vida y por el ser humano.
De este modo, el autor nos acerca muchísimo a su intimidad, a sus pensamientos más directos... Y, por otro lado, al literaturizar la vida, se hace más opaco, menos accesible el Vilas real.
Todo esto supone más que una mera discusión teórica sobre etiquetas y límites. En definitiva, trata de una experiencia estética difícilmente alcanzable con otros textos, actuales o del pasado, esa experiencia que Jordi Carrión denominó hace ya algún tiempo «ficción cuántica». Un libro revolucionario, sin duda, que es y no es literatura. (Como le pasa a toda la literatura, en realidad.)
Ah, olvidaba lo único importante de todo esto: desde mi (nada humilde) opinión, muy, muy divertido.

jueves, enero 02, 2014

Informe del interior, Paul Auster

Trad. Benito Gómez Ibáñez. Anagrama, Barcelona, 2013. 336 pp. 18,90 €

Santiago Pajares

Paul Auster se ha convertido con el paso del tiempo en un autor de culto. Esto quiere decir que su persona ha llegado a despertar tanto interés como su obra. Sus lectores quieren saber qué ha estudiado, qué ha leído, a qué ha dedicado las noches de su vida y con quién ha compartido comidas, clases y sábanas. Pero sobre todo por qué escribe como escribe. El propio Paul Auster ha ido relatando su vida a lo largo de muchos libros (Diario de invierno, A salto de mata...), no sé si para satisfacer la curiosidad general o presionado por las editoriales para sacar un libro todas las navidades, pero el caso es que lo ha hecho. Como buen narrador sabe que cualquier vida, bien tratada, genera interés y expectación, más cuando narras la de alguien que conoces tan bien como eres tú mismo. En Informe del interior nos sumergiremos en la vida de Paul Auster a través de varios apartados bien diferenciados: Recuerdos de niñez, vivencias de adolescencia, películas que le marcaron y, sobre todo, las cartas que le escribió a la que luego resultaría su primera esposa mientras estaban separados, él en París y después en Columbia y ella en Londres. Esto, evidentemente, lo convierte en un libro sólo para lectores muy asiduos de Paul Auster que quieren profundizar más en su universo, así que abstenerse primerizos.
El autor ha reflejado en muchas ocasiones la importancia del azar en el desarrollo vital de una persona. Esto puede deberse (o quizá no, ya se lo deberíamos preguntar a él) a una vez que, en un campamento scout, mientras trataban de huir de una tormenta, un rayo cayó en el chico que precedía a Paul Auster en la fila. El chico falleció, y el autor se quedó con la sensación que podría haber sido él, que esos pocos centímetros de azar marcaron la diferencia. Aunque esto está narrado en otro libro, constituye un buen ejemplo de cómo vida y obra se entrelazan. Aquí podremos descubrir sus primeros escarceos con las chicas y la música, con el alcohol y con la que sería su gran amante, la poesía francesa. Traductor de autores franceses, malvivió en París tres años conociendo a gente estrafalaria y diferente, buenas personas unas, timadores otras. Nos relatará a lo largo de un buen montón de páginas (algo excesivo, a mi parecer), dos de las películas que le marcaron de pequeño: El hombre menguante y Soy un fugitivo. Pero para mí lo que es el verdadero tesoro de este libro son las páginas en las que transcribe la correspondencia con su novia en su estancia en París (La parte de Paul). Una auténtica cápsula del tiempo en que podemos ver cómo era Paul Auster a los veinte o veintiún años. Un ser melancólico, perdido, antisocial y comprometido políticamente. Alguien que quería hacer algo, pero todavía no sabía el qué. El propio autor se sorprende de ciertos comentarios realizados en su juventud, de la inocencia de sus pensamientos en ese entonces. Y es algo que a mí, personalmente, me enternece. Porque todos nos hemos sentido perdidos en determinadas épocas de nuestra vida, y ahora podemos ver que autores de éxito, de culto, también lo estuvieron, y que todo pasa por aguantar y continuar en la carrera, sin preocuparse demasiado de lo que nos deparará el destino, porque todos, incluido Paul Auster, somos muñecos del azar.
Un libro que hará las delicias de los seguidores de Paul Auster, pese a estar un poco inflado para mi gusto.

lunes, noviembre 11, 2013

La vida simple, Sylvain Tesson

Trad. César Ayra. Alfaguara, Madrid, 2013. 240 pp. 18,50 €

Ariadna G. García

Sylvain Tesson (1972), escritor y aventurero, se prometió a sí mismo “vivir como un ermitaño en el fondo de los bosques” antes de los cuarenta con el propósito de alejarse del mundo y conocerse. Este empeño le llevó a las inmediaciones del lago Baikal, situado en la taiga rusa. Durante seis meses, vivió en la cabaña de un geólogo provisto de comida, una surtida biblioteca de sesenta títulos, material de supervivencia, y una admirable fortaleza interior. A lo largo de ese tiempo, recogió en un diario todo tipo de reflexiones personales, citas y poemas, que constituyen el variado, hondo y entretenido ensayo: La vida simple; Premio Médicis (2011), y finalista de los Renaudot y Femina.
El libro se estructura en seis partes correspondientes, cada una, con los meses de su aislamiento. Comienza en un aeropuerto, símbolo del trajín existencial, de la improvisación y del desarraigo. La vorágine de los desplazamientos impide el desarrollo de la intimidad y la contemplación de la belleza. Todo es efímero. La cabaña rodeada de nieve, sin embargo, se ofrece como un puesto de observación interna y externa. Allí disfrutará con los matices de la luz sobre el hielo, se sentirá integrado en el paisaje, aprenderá a ser humilde, se recogerá y valorará las cosas de modo de diferente. Cuando deje la taiga, los bosques de tilos, las rutas que el deshielo dibuja en las montañas, no será el mismo hombre.
Este ensayo nos deja un sinfín de citas memorables, así como nos invita a un replanteamiento de nuestro estar en el mundo. Su elogio de la vida sencilla, alejada del capitalismo y del consumo, recuerda a los gustos discretos de Luis de León o del capitán Andrés Fernández de Andrada. Sylvain Tesson pone su descanso en los objetos imprescindibles, aquellos que garantizan la supervivencia: una vela, un lápiz, un cuchillo, un hacha, una tetera o una estufa de carbón. No necesita más. Sus necesidades están cubiertas. La taiga, además, le proporciona cuanto necesita. De este modo, no se siente frustrado –como lo está la gente en las ciudades–, sino en paz. La vida se reduce a los pequeños gestos, y el planeta lo agradece. No hay agresión a la naturaleza. La existencia es inicua.
Una de las lecciones del libro –se trata de un ensayo, no se olvide; contiene ideología–, es la posibilidad de implantación de este modelo existencial (respetuoso con el medio ambiente, con los recursos naturales y con la biosfera) en las poblaciones humanas. ¿Cómo? Huyendo hacia los “bosques interiores”, haciendo propio el lema del ermitaño, que consiste en reducir las “ambiciones a las proporciones de lo posible”.
A la mezcla de asuntos filosóficos, ecológicos, literarios y sociales, Sylvain Tesson añade capítulos donde narra sus aventuras y expediciones por la tundra. Estos fragmentos amenizan el libro y describen tanto la imponente naturaleza rusa, como las tribulaciones de sus huéspedes: pescadores, inspectores de instalaciones meteorológicas o guardias forestales; un elenco de hombres y mujeres humildes pero fuertes y hospitalarios.
Pocas concesiones hay en el libro, sin embargo, a la expresión de la intimidad. El alcohol remplaza al lápiz cuando Tesson da muestras de debilidad.
Quien lea La vida simple aprenderá a vivir como el par de perros siberianos que acompaña al autor: exprimiendo el instante, sintiendo la alegría del estar, sin horizontes ni expectativas que anulen el presente, amando lo diverso y lo contrario.
Un libro es peligroso cuando nos abre puertas y las cruzamos. Y este lo es. Disfruten de la obra, y sobre todo, implántenla.

jueves, septiembre 26, 2013

Walden, Henry David Thoreau

Trad. Marcos Nava García. Errata Naturae, Madrid, 2013. 360 pp. 18,50 €

Pilar Adón

El 4 de julio del año 1845, coincidiendo con la celebración del Día de la Independencia estadounidense, el filósofo, escritor, agrimensor y carpintero («tengo tantos oficios como dedos») Henry David Thoreau se fue a vivir cerca del lago Walden, a una cabaña de madera que él mismo había construido. Su propósito era el de «vivir deliberadamente […] y ver si podía aprender lo que la vida tenía que enseñar, no fuera que cuando estuviera por morir descubriera que no había vivido». Pasó allí dos años y dos meses solo, con alguna visita esporádica de curiosos y amigos, escribiendo, extrayendo el máximo de los pequeños sucesos, atendiendo a los sonidos de la naturaleza, odiando el ruido que hacía el paso del ferrocarril, cuyas vías se extendían a poca distancia de su cabaña, y, sobre todo, viviendo y disfrutando de cada segundo de vida, de cada descubrimiento, de cada lectura y de su soledad. Vivió con pocas cosas, llevando a la práctica la que fuera la norma principal de su filosofía: «¡Simplicidad, simplicidad, simplicidad!», aunque siempre consciente de que su proyecto no era el de convertirse en un ermitaño aislado del mundo (él mismo declaraba que no era ese su carácter), por lo que acudía con frecuencia a la casa familiar para comer y a la ciudad para pasear y enterarse de las últimas noticias acaecidas cerca y lejos.
«Cuando escribí las páginas que siguen, o más bien la mayoría de ellas, vivía solo en los bosques, a una milla de distancia de cualquier vecino, en una casa que yo mismo había construido, a orillas de la laguna de Walden, en Concord, Massachusetts, y me ganaba la vida únicamente con el trabajo de mis manos…» Así comienza Walden, y con esa misma claridad expositiva, con ese mismo ánimo relajado pero vigoroso, continúa la propuesta que Thoreau nos plantea en su libro más célebre e influyente, que en los últimos meses ha dado pie en nuestro país a una importante sucesión de comentarios y reseñas en lo que ha venido a ser una «fiebre Thoreau» propiciada por la publicación por parte de distintas editoriales de, entre otras obras, sus diarios y su biografía en forma de novela gráfica. Una propuesta basada en la búsqueda de la verdad y la plenitud, una vida sencilla que ha de tener como fundamento la naturaleza y la contemplación de la misma, la lectura y la independencia de los modelos sociales imperantes, acompañada de una acentuada crítica al sistema económico de su época («El costo de una cosa es la cantidad de vida que hay que dar a cambio de ella»), al desarrollo industrial y al enriquecimiento a toda costa. «Disfruta de la tierra, pero no la poseas», decía Thoreau en clara alusión a su teoría de que son las cosas las que poseen a su propietario y no a la inversa.
La suya era una ciencia que requería de una práctica inminente, y el lago Walden se convirtió en la representación real y a pequeña escala, a una escala accesible para el escritor y sus lectores, de su doctrina. El lago fue el tazón en el que Thoreau dejó flotar sus ideas y, a la vez, la imagen perfecta y personal a partir de la que empezar a conocer y a teorizar. Además, Walden viene a ser la metáfora perfecta de los parajes naturales y vírgenes de todo el mundo. La adoración con que Thoreau contempla su paisaje, sus minuciosas observaciones, el máximo cuidado que pone en la descripción de las dimensiones del lago, de su extensión, su fauna, su fondo, etc., y las críticas a las posibles explotaciones de sus aguas vienen a preconizar la figura del conservacionista auténtico, reacio a consumir alimentos de origen animal porque ofenden su imaginación, que vive entre lo que ama y que lo defiende como algo que forma parte de sí mismo. Aquello de lo que proviene y a lo que está destinado.
A pesar de que muchos de sus pensamientos derivan de Emerson (no hay más que leer el emersoniano Naturaleza, que Thoreau había estudiado en Harvard, para comprobar que muchas de las ideas de este último derivan de las que ya expusiera Emerson en su famoso ensayo, como, por ejemplo, las referidas al origen del lenguaje o a la relación entre un solo día y las estaciones del año: «La noche es el invierno, la mañana y la tarde son la primavera y el otoño, el mediodía es el verano»), existe un factor esencial en Thoreau que no aparece en los escritos de su mentor. Y no se trata de su común estilo expositivo, en ambos más literario que filosófico, alejado de los formalismos y rigores académicos (Borges consideraba a Emerson uno de sus escritores de cabecera), sino de la pasión y de las dosis de franqueza y autenticidad que salpican cada línea de Walden. El fervor de Thoreau por los árboles, por los pájaros, por los hombres libres y, sobre todo, por la verdad, es un fervor descomunal, adictivo. Fascinante y cautivador. Tanto que resultó enormemente influyente en decenas de jóvenes que, atrapados años después por esa poética de la salvación, la sencillez y la autenticidad, decidieron dejarlo todo y perderse en lo salvaje, a veces con consecuencias trágicas como en el caso de Christopher McCandless, que pareció olvidar que Thoreau vivía en unas tierras que pertenecían a Emerson y que podía ir a su propia casa a comer cuantas veces quisiera.
Walden es un libro adictivo también para los amantes del subrayado: cada frase alude a un pensamiento elaborado y cada párrafo conduce a la pausa y a la reflexión. Además, esta excelente edición anotada de Errata naturae, con una magnífica traducción, invita aún más a una lectura de vocación lenta y concentrada. Leamos Walden una y otra vez. Subrayemos sus páginas y sus frases en forma de aforismos («Nunca es demasiado tarde para renunciar a nuestros prejuicios»). Revisemos lo subrayado cuantas veces creamos necesario y recordemos de dónde venimos («¿No soy en parte hojas y materia vegetal?») y a qué tipo de ideal de vida deberíamos poder aspirar.

miércoles, julio 24, 2013

La herida de abril, Vicenzo Consolo

Trad.: Miguel Ángel Cuevas. Traspiés, Granada, 2013, 124 pp. 16 €

Ángeles Prieto Barba

Vicenzo Consolo (1933-2012), uno de los mejores narradores italianos del siglo XX, discípulo y amigo de Leonardo Sciascia, siempre llevó mal que etiquetaran sin más sus libros como novelas. Y no porque la novela constituya hoy día un tambor de detergente con marca (negra, rosa, lila, histórica, de ciencia ficción...), tampoco porque fagocite en sí otros géneros (epistolar, ensayístico, teatral...), sino porque Consolo negó, o al menos cuestionó, su esencia misma que es la ficción, desde el principio. De hecho, lo que nos legó en su obra no fueron tramas impactantes, sino grandes descripciones, hondas reflexiones autobiográficas, impresiones y recuerdos en su afán por ser lo más honesto posible con el lector.
Fiel a este propósito es La herida de abril, que publicó en 1963 a los treinta años, ópera prima donde recrea sus propios paseos adolescentes por una Sicilia muy áspera y dura, esa Sicilia de postguerra azotada por los espectros del hambre, la culpa, la represión y la religión, donde se respira un clima muy parecido al que vivimos nosotros mismos. Ahora bien, Consolo toma distancia para poderla describir, no sólo temporal, sino también espacial, porque aborda estos recuerdos desde su labor de periodista infatigable en Milán, desde el próspero Norte, donde el ambiente cultural y económico es completamente diferente. Por eso, tal vez debamos a esta distancia la mayor virtud del libro, que a mi juicio es la recreación poética del paisaje, decididamente hermosa.
Por diversas razones, cuesta entrar en esta novela en modo alguno dirigida al gran público comercial, ese que está siempre al socaire de lanzamientos y promociones publicitarias. La principal, el lenguaje. Un lenguaje muy rico y simbólico, de significados múltiples, al que debemos añadir la dificultad de incluir también el lenguaje siciliano, lengua romance con más de 250.000 términos propios, acuñado a lo largo de una historia apasionante de invasiones continuas. Y como tengo claro que la razón fundamental de que permaneciera inédita esta novela ha sido la dificultad de su traducción, no puedo por menos que aplaudir el esforzado trabajo de Miguel Angel Cuevas para que podamos llegar a ella y entenderla.
No sólo eso, porque evocar y recorrer Sicilia a través de una novela de iniciación, es una experiencia hermosa y compleja que nos puede incitar a conocer aquellos otros títulos de Consolo en los que alcanza la plenitud y la madurez. En otras palabras, nos deja con ganas.

martes, julio 23, 2013

Nada. Retrato de un insomne, Blake Butler

Trad. Rubén Martín Giráldez. Alpha Decay, Barcelona, 2012. 380 pp. 28 €

Guillermo Ruiz Villagordo

Algunas noches, tumbado en la cama intentando dormir, me he sumergido imperceptiblemente en una especie de laberinto en el que cientos, miles, millones de pensamientos parecían surgir de repente del fondo de mi mente para converger de golpe en una espiral que se sumía en un abismo angustiante justo en el supuesto límite del sueño. Es una sensación semejante, aunque más controlada y puntual, a las alucinaciones que produce la fiebre. Y es entonces que el sueño se desvanece y una inesperada vigilia lo reemplaza.
El libro de Blake Butler es esto mismo: un maremagnum de consideraciones filosóficas existencialistas sobre el yo y de pensamientos tendentes a lo apocalíptico sobre lo que lo rodea, guiados por una abrumadora presencia de información en estado bruto que se desvela en la descomposición en mil detalles inadvertidos tanto de películas como Solaris o Viernes 13, como de libros de autores como Wittgenstein, Samuel Beckett o Foster Wallace (a quien en un gesto elocuente está dedicado Nada), así como de blogs, redes sociales..., reflejada incluso en una extensa bibliografía final. Pero ocurre que es también un repetir la vida al rememorar episodios de la infancia y la adolescencia en busca de señales de un destino oculto, de una visión escondida de la realidad que revele sus infinitas caras, de irrelevancias que tras un proceso de análisis en pos del imposible átomo final se tornan en mitos personales, todo sin un orden concreto, despedazándose la memoria en fragmentos densos que se bastan a sí mismos, sin necesitar colaborar en una narración que, es obvio, el autor nunca se planteó.
Resulta una tarea inútil adscribir Nada a un género concreto. La manera menos difusa de referirse a él sería considerarlo una serie de notas autobiográficas que derivan en un ensayo sin objeto definido más allá de construir ese retrato de un perpetuo insomne, atrapado en su conciencia en un bucle obsesivo. Butler, que ha leído y aprovechado a Borges, ha firmado algo así como un moderno Funes el memorioso, ya que es la apabullante acumulación de datos que se nos presenta en la televisión, en los libros, en internet, junto con sus propios recuerdos de lo vivido, que se sitúan al mismo nivel que estas experiencias culturales (entiéndase cultura en un sentido amplio, no exclusivo), la que parece dominar al personaje-autor y ser tanto la causa como el resultado principal del insomnio. Una pescadilla que se muerde la cola que los que hayan pasado por la misma experiencia no dejarán de reconocer, de ahí que lo que transmite su lectura sea un empalagoso desasosiego, de una intensidad particularmente peligrosa por cuanto el lector no puede evitar caer en la ‘hiperconfesión’ de Butler como una mosca en la tela de una araña, fascinado por la deriva de un libro complejo y que exige una especial dedicación pero que ofrece a cambio un panorama agudo aunque caótico, irremediablemente caótico, de gran parte de lo que una persona puede experimentar hoy día.

miércoles, junio 12, 2013

Siguiendo mi camino, Mauricio Wiesenthal

Acantilado, Barcelona, 2013. 480 pp. 26 €

Ángeles Prieto Barba

Como puedo hacerlo, me he concedido el placer de escribir esta reseña dactilográficamente, al abrigo de uno de los dos grandes magnolios que enseñorean la Alameda gaditana. Más allá, en el Baluarte de la Candelaria, se celebra la anual Feria del Libro, donde un estridente altavoz repite de manera constante que procederá a firmar sus productos un afamado y vulgar político. Es sólo que aquí refugiada, rememorando lindas canciones en compañía de las palabras de Mauricio, opto por rendir culto a la única clase social o profesional que respeto, según me enseñaron mis maestros: la aristocracia del arte y del espíritu.
Bien se que muchos no entenderéis por qué empiezo hablando de mí y de mi ciudad natal si lo que tengo que contaros es de qué trata este libro, pero lo hago de la mejor manera que concibo, pues Mauricio Wiesenthal, criado bajo la alegre luz de Cádiz, no sólo formó siempre parte de esta nobleza exquisita, es que en estos tiempos la lidera con mucha clase porque sabe como nadie hablarnos de nosotros mismos. De lo que somos y de lo que fuimos. Aunque parezca que lo hace de sí mismo en este libro autobiográfico, jalonado de poemas y canciones (tangos, habaneras, valses, zambas, boleros o nanas) que han marcado su vida y aventuras, de continuos viajes y amores eternos.
Un libro hermoso para subrayar, recordar y comentar luego, en el que echamos en falta al final un índice onomástico que me parece necesario en todos los libros de Wiesenthal, siempre provechosos y eruditos. Pues al igual que en el Libro de Réquiems (2004), El esnobismo de las golondrinas (2007) y Luz de vísperas (2008), disfrutados enormemente con anterioridad, los diversos paisajes del Mundo que recorre no los presenta exentos, sino enriquecidos por seres singulares que les otorgan carácter. Bien con alguna celebridad de la que descubriremos algún aspecto novedoso, como Ramón Menéndez Pidal, Ava Gardner, Lola Membrives, Hemingway o un José María Pemán visionario (“el ensayo y la novela marchan hacia una conjunción que será la fórmula de este fin de siglo”), o bien con personajes anónimos, como el increíble sacerdote jesuita de Mérida o la impresionante y divertida Sarah, primera esposa de Wiesenthal. Inolvidables todos ellos.
Y esas canciones sabias y tiernas que sirven para engalanar sus historias, las que apelan a lo mejor de nuestros recuerdos y sentimientos: “Always”, “La gavina”, “Are you lonesome tonight?”, “Love me tender”, “Zamba del pañuelo”, “Maite”, “Lilí Marlene”, “Que seas vos” y mi favorita, el bolero “Amar y vivir”, acompañadas de reflexiones sobre cómo encarar la vida y consejos a jóvenes escritores para que moderen sus raudas ansias de fortuna y éxito. Aunque nada más ejemplarizante para ellos que esa prosa magistral, lograda con no pocos esfuerzos y libre de tópicos y lugares comunes, elaborada para ser disfrutada tanto en silencio como en voz alta.
No obstante, los libros de Wiesenthal producen al final un fastidio irremediable: se acaban. Menos mal que no ocurre así con sus queridos cundis, parecidos a sus obras, de miga jugosa y corteza dura. Por lo que aviso a los lectores avispados de que en los hornos del barrio de la Viña pueden seguir degustándolos.

jueves, mayo 23, 2013

La ridícula idea de no volver a verte, Rosa Montero

Seix Barral, Barcelona, 2013. 240 pp. 18 €


Ángeles Prieto Barba

El duelo por la muerte ajena, la única que podemos llegar a conocer, es una etapa lenta y dolorosa, pero también trascendente y transformadora, como nos indica Rosa Montero. Autora que, con una contención discreta, elegante y encomiable, nos regala un libro difícil, y no precisamente porque haya sido escrito utilizando un lenguaje rebuscado, cultismos o arcaísmos en desuso, sino porque es muy complicado imponer el obligado distanciamiento, el orden y racionalidad necesarios, a la expresión literariamente honesta de unos sentimientos arraigados que marcan nuestra vida y que nos desbordan. Un libro que se ha gestado precisamente ahora, y no tras la muerte de Pablo, porque entonces hubiera sido imposible que pudiera surgir de este modo esperanzador, cálido y generoso.
El detonante del mismo, pero también la pantalla que Rosa utiliza para poder comunicarse con nosotros y en la que se vio reflejada, es el diario de una mujer excepcional sin paliativos: Marie Curie. La única señora que lució dos Premios Nobel, pero también la autora de un diario desgarrado, escrito tras la muerte de Pierre, que encontramos reproducido en un apéndice al final del libro, recogiendo justo las palabras que reflejan el amor sólido y admirativo de esta pareja, amor por el que Marie batallará contra su propia memoria rememorando los duros instantes de la pérdida. El momento. Las horas terribles. El martirio. Y después, esa desolación absoluta que nos sobreviene proveniente del dolor y de la culpa: la culpa por seguir vivos, privilegio al que no tenemos derecho sin nuestro otro yo y por el que sentimos ganas de aullar por las mañanas, como afirma Marie Curie, exactamente igual que cualquier animal salvaje. Pues es preciso, durante un duelo absurdo, cruel y prematuro, enloquecer un poco a fin de no volverte loca del todo. Ya veis en esta reseña que yo también utilizo pantallas y palabras ajenas, en este caso las de Joan Didion en El año del pensamiento mágico, aunque también espero que podáis notar no sólo que sé de lo que hablo, sino también cuánto me está costando. En cualquier caso, el verdadero lenguaje del amor es el silencio, algo que se filtra muy bien en la manera pudorosa y recatada que nuestra escritora emplea al abordar todo esto.
Rosa asimismo se sirve de la admirable Marie, pero también de sus hijas Eve e Irène, para así abordar un segundo tema importante como es el rol de la mujer en la sociedad contemporánea, y en su doble faceta privada y pública, donde el éxito no sólo se consigue con talento, sino también con una enorme lucha y perserverancia, aún a costa de la propia salud. Por ello, este libro no laudatorio, sino reflexivo, no constituye en absoluto un punto y aparte en la obra narrativa de la autora, sino un peldaño más, un avance claro, en los temas que ha venido desde siempre trabajando, particularmente relacionado con el ensayo La loca de la casa.
Montero no pontifica, no proclama ni alza la voz, no da fórmulas contra el dolor, no nos brinda un manual de autoyuda para estos casos. Más bien se limita a hablarnos y acompañarnos en un libro que se vuelve a leer porque es como un abrazo cálido.

martes, noviembre 06, 2012

Enigmas con Jardín, José Luis García Martín

Ediciones Impronta, Gijón, 2012. 176 pp. 14 €

Hilario Barrero
*firma invitada

Enigmas con jardín es el título del último libro de José Luis García Martín. Es un título, valga la redundancia, enigmático, aunque en el libro predominan, entre otras muchas cosas, las “mentiras verdaderas”, la fantasía enredada con la cotidianeidad y el deseo con la realidad. Es posiblemente uno de los libros más representativos del crítico, poeta, traductor, diarista y profesor, en donde más cerca camina con sus fantasmas y con sus rutinas, en el que más se aproxima a la verdad todavía encubierta de sueños, de personajes imaginarios que viven en ciudades reales y personajes reales que viven en ciudades imaginarias. Encima de la verja parecemos leer esta inscripción: «Me gusta mentir con la verdad. Y decir la verdad con una sarta de mentiras».
Uno entra al jardín en busca de enigmas, como quien va en busca de la Esfinge, del Arca de la Alianza o del rostro de la muerte y sale perfumado, tocado por la gracia de la buena prosa, abrumado por el censo de nombres, ciudades, ríos, corazones, iluminado por una luz dorada, de esplendor y de belleza, agradecido, porque aunque en momentos el jardín era un campo de minas, no le explotara una de ellas mientras ensimismado recogía las páginas del libro. Uno pasea por el jardín y se encuentra con pequeños jardines que tienen su propia identidad, como el jardín chino y se siente mordido por las ortigas del ingenio breve y dos veces bueno: «Para el que sabe mirar, una vuelta por su jardín vale lo mismo que tres vueltas al mundo». Y en horas claras, en un lago imposible, hay góndolas y un puente que te lleva de Zamora a Cádiz, de Lausanne a Avilés y de Borges a Borges.
Enigmas con jardín no es, como viene siendo habitual en una parte de la nutrida obra de García Martín, una novela, ni un diario, ni un libro de relatos, de viajes, una colección de frases o pensamientos ingeniosos y, sin embargo, es todo esto y mucho más.
Ya a punto de abandonar el territorio pasas por el mentidero y de nuevo la flor menuda sin nombre, pero con un perfume fuerte de la frase aguda te deja marcado: «Me gustan los enigmas, no las soluciones».
Es fácil entrar al jardín, pasear entre sus líneas, perderse en los parterres de la prosa, oler la vida, sentirse arropado y seguro entre página y página. Lo difícil es salir, abandonar el territorio. Salir del jardín que cultiva José Luis García Martín es un poco como salir del paraíso. Uno lo abandona con más enigmas de los que tenía cuando cruzó el umbral y se atrevió a abrir la verja. Enigmas con jardín comienza con una singladura que el escritor hace a bordo del Creoula y que posiblemente sea lo más interesante del libro y termina con una duda dirigida a un lector del futuro: «Yo también estoy muerto, lector amigo, desde hace muchos años, yo tampoco soy nada fuera de estas palabras… seguiré soñando, en cualquier jardín del mundo, en cualquier biblioteca, con encontrar los versos que me aseguren el secreto de la inmortalidad, como si morir, morir enteramente y para siempre, no fuera lo único que los dioses envidian a los humanos». Se entra en un jardín o en una biblioteca en busca de la inmortalidad y se sale chorreando vida.


*Hilario Barrero, escritor y traductor, nació en Toledo en 1948 y vive en Nueva York desde 1978 en donde es profesor de BMCC, CUNY, una de las universidades de la ciudad. Como poeta ganó el premio Gastón Baquero con In tempore belli, (Madrid, Verbum, 1999). En prosa ha escrito los diarios Las estaciones del día y De amores y temores, Días de Brooklyn y Dirección Brooklyn.

miércoles, febrero 08, 2012

Retrato de un matrimonio Nigel Nicolson

Trad. Óscar Luis Molina. Lumen, Barcelona, 2011. 327 pp. 21,90 €

Pilar Adón

No debe de ser muy cómodo escribir sobre los propios padres. Y no sólo porque no parece que la obra pueda depararle al autor grandes hallazgos o momentos de pura evasión, sino también porque, en cierto modo, implica poner en tela de juicio, a disposición de los demás, la propia existencia. No obstante, Nigel Nicolson (autor de una excelente biografía de Virginia Woolf, y editor de Lolita en Inglaterra a pesar de los muchos obstáculos que se alzaron en su camino), hijo del matrimonio formado por la escritora y especialista en jardines Vita Sackville-West y el también escritor y diplomático Harold Nicolson, decidió narrar la historia perfectamente documentada de dos personas que se toleraron mutuamente prácticamente todo: sus padres.
El germen de la obra se origina, como el propio Nicolson cuenta en el prólogo a la edición original de 1973, cuando su madre muere y él ha de encargarse de revisar sus papeles, cartas y documentos. De esta forma va a dar con un diario que Vita escribió a los veintiocho años, en el que revelaba las circunstancias y dilemas de la turbulenta historia de amor que mantuvo con Violet Trefusis durante tres años, concretamente entre 1918 y 1921, momento en que Vita estaba ya casada con Harold, con quien tenía dos hijos, y periodo durante el que Violet se casó con Denys Trefusis tras hacerle jurar que jamás mantendrían relaciones sexuales. A partir de este descubrimiento, Nicolson pasó diez años sopesando la posibilidad de publicar el diario. Consultó a familiares y amigos, y finalmente optó por esperar a que murieran los otros dos principales involucrados en la historia (Harold en 1968 y Violet en 1972), para no causarles problemas.
Muchas voces se alzaron contra la publicación. Rebecca West, por ejemplo, dijo que debería haber dejado el manuscrito allí donde lo encontró, y hubo quien acusó a Nicolson de odiar a su madre. No obstante, Retrato de un matrimonio es mucho más que el diario de Vita y la narración de su apasionada historia con Violet Trefusis. Se trata de una lúcida y consciente declaración de amor filial en la que, haciendo uso de una perfecta alternancia de voces entre el diario y la explicación posterior a modo de glosa del propio Nicolson, que sitúa en contexto, ilumina y ordena las confesiones previas de su madre, se nos ofrece, como lo define el autor, «un elogio del matrimonio» y una perspectiva de la vida de Vita desde su niñez hasta sus últimos años, cuando se volvió más solitaria y se dedicó casi exclusivamente a la jardinería y la literatura,siempre acompañada de distintas figuras más o menos relevantes y, esencialmente, de Harold, su marido.
Nicolson describe a su madre sin escamotear detalles. Nos habla de sus remilgos sociales y de su esnobismo desatado. De una Vita joven, cuenta: «Se sentía herida por cualquier falta de amabilidad, sufría pensando que podía provocar hilaridad con algún traspiés, pues ansiaba sobre todo destacarse», y también que poseía una imbatible conciencia de clase que hacía que considerara vulgares a todos los que no pertenecían a su ámbito social. Vita concedía la mayor importancia al nombre y la fortuna, y consideraba que las personas de clase media, a los que los Sackville llamaban «vulgares», eran dignas de compasión y debían evitarse, a no ser que hubieran adquirido algo de distinción con sus riquezas. Ese desprecio por los «vulgares», por los que no habían nacido con sus privilegios, era algo que compartía con Harold. Y quizá fuera este empeño de Nicolson por no ocultar nada lo que algunos consideraron desmedido y ofensivo. Además de cierto pudor inevitable ante las frecuentes declaraciones de carácter íntimo que salpican el libro. En una de las cartas más crispadas que Harold le dirigió a Vita en medio de su relación con Violet, le plantea sus dudas acerca de su propio carácter: «¿No soy lo bastante cariñoso?», y muestra el dolor que le causa la situación con un deseo de «Ojalá se muriera Violet», que luego matiza diciendo que no odia a Violet más de lo que odiaría el opio si Vita lo fumase.
Vita fue en su juventud una persona inquieta, vivaz y despierta. Conocía a Violet desde la infancia, pero la parte más intensa de su relación comenzó en abril de 1918, cuando se embarcaron en sucesivos viajes por Europa, en los que Vita solía vestirse como un hombre (Julian). Posteriormente, el suceso más polémico aconteció en febrero de 1920, cuando los dos maridos se presentaron en Amiens dispuestos a llevarse a sus esposas a París. Ambas eran muy conocidas en Londres y París, y los chismorreos iban en aumento. De hecho, Challenge, la novela que Vita le dedicó a Violet, y en la que el eje central es su amor y la defensa del mismo, no se publicó de inmediato en Inglaterra (sí en los EE.UU., en 1924) ya que el retrato de Violet era demasiado reconocible y las familias temieron un escándalo.
En la quinta parte del libro aparece brevemente Virginia Woolf, rememorada por Nigel Nicolson con su habitual destreza y afecto («Virginia Woolf es el ser humano más admirable que he tenido la oportunidad de conocer»). En este apartado, el autor no necesita seguir justificando el comportamiento de sus padres, ni hacer más hincapié en el amor que sentían el uno por el otro, y simplemente se dedica a describir la personalidad de, según sus propias palabras, «un genio».
A pesar del tema y de los grandes riesgos que una cercanía tan evidente podía conllevar, Nicolson se muestra tremendamente objetivoa la hora de exponer cada aventura, cada giro y cada reflexión. Seguramente fue esa sinceridad (que trajo sus consecuencias) lo que le llevó a escribir un nuevo prólogo para la edición del libro de 1992. Si en el primero las justificaciones de la decisión de publicar la obra eran más bien de carácter personal, en el segundo (con un tono a la defensiva y más dolido; menos entusiasta) dicho alegato se dirige a los críticos y conocidos que le habían acusado de traicionar a su madre y de haber publicado su autobiografía con un evidente afán de venganza. En cualquier caso, madre e hijo parecen haber compartido esa devoción por la transparencia. En palabras de la propia Vita: «La gente, por muy franca que sea, siempre oculta algo. Yo no puedo ocultarme nada a mí misma».

martes, diciembre 13, 2011

Virginales, Maurice Pons

Trad. Verónica Fernández Camarero. Tropo Editores, Zaragoza, 2011. 108 pp. 17 €

María Dolores García Pastor

Para muchos de nosotros la infancia es ese espacio de la memoria al que regresamos cuando las cosas no van bien. Ese lugar lejano e idealizado que nos perteneció una vez y que siempre podemos revisitar a través del recuerdo cuando la vida nos duele demasiado. Maurice Pons, además, convirtió sus recuerdos de infancia en una maravillosa serie de relatos que vieron la luz en revistas mensuales y que acabaron reunidos en un volumen bajo el nombre genérico de Virginales. Cuenta el autor que vivió una época de “soledad y desencanto extremos”. Afortunadamente eso se tradujo en este viaje a la infancia en busca de las sensaciones y emociones que le pertenecían antes de la Segunda Guerra Mundial ya que, asegura, parte de su vida y su obra desaparecieron cuando en 1940 Alsacia caía en manos de las tropas del III Reich.
La infancia de Pons está repleta de lugares comunes por los que el lector se adentra sin oponer resistencia, dejándose llevar por la certera prosa de este escritor, una prosa desprovista de artificios pero llena de encanto. Como encantadores son los personajes que pueblan sus relatos. Niños, preadolescentes puros e inocentes no exentos de esa maldad ingenua intrínseca a todo ser humano, esa inocencia que empieza a despertar a la vida adulta y a los sensuales placeres de la piel. Y digo de la piel porque no pasan de ahí, de la visión, el roce y la imaginación, pero que se disfrutan tan intensamente como todo lo que acontece por primera vez, porque los despertares son así.
Narradas en pasado por niños que han dejado de serlo, las historias de Virginales tienen la capacidad de trasportarnos a la infancia. Ese momento de nuestra niñez en que sentimos una emoción desconocida al ver los tobillos desnudos de nuestra prima. El día de nuestra primera comunión cuando escapamos de las miradas indiscretas con nuestro mejor amigo para sentir el calorcito de su cuerpo o la proximidad de su respiración. Todos siendo niños hemos experimentado ese amor callado y doliente por algún adulto de nuestro entorno al que sabíamos que nunca podríamos tener. Fantasías ingenuas, ensoñaciones inocentes tan intensas que se convierten en únicas e imborrables por muchos que sean los años que pasen.
Diez son los relatos que conforman el volumen junto con un prólogo del propio autor que acompañó a la reedición que se hizo en el año 1984. En dicho preámbulo Pons nos habla de sus primeros escarceos con la escritura, de su concepción de la literatura, de su decisión de convertirse en escritor y de su debut gracias a estos relatos. El último de ellos, Los mocosos, sirvió de inspiración a François Truffaut para su película Les mistons (1957), el que sería su primer largometraje. El relato es maravilloso y sobrecogedor, una de esas lecturas que te hace entrar en la historia que te están contando y que tiene un final tan duro como inesperado que dejará sobrecogido al lector. Al menos eso es lo que le ocurrió a esta lectora.
Muy criticados en su primera aparición, mal vistos por editores y escritores consolidados en aquel momento, estos Virginales le valieron a su autor el Gran Prix de la Nouvelle. Este galardón no sólo le otorgó reconocimiento y prestigio a su autor puesto que hay quien opina que abrieron “una vía de renovación en la literatura francesa”. En cualquier caso se trata de literatura de la buena en frasco pequeño.

lunes, noviembre 07, 2011

Luz de noviembre, por la tarde, Eduardo Laporte

Demipage, Madrid, 2011. 183 pp. 15 €

Elvira Navarro

Eduardo Laporte (Pamplona, 1979) publicó en 2008 Postales del náufrago digital (ed. Prames), libro que reunía algunos de los post que el autor sacaba en su ya exblog El náufrago digital, y que mostraban unas buenas dotes para componer postales en su mayor parte urbanas. No en vano, Laporte se presentaba como flâneur, y su escritura era, en el tono y en el ritmo, coherente con la actitud y las vueltas del que pasea, un poco perdido (náufrago), por la ciudad y por la vida con una voluntad nada sentenciosa de esclarecer y esclarecerse. Exhibían también las postales un afán de compartir, lo que se traducía en una voz empática y en un afán de entretener en el buen sentido, que no es el del mero pasar el rato, sino el de pararse y examinar las cosas desde la curiosidad y el juego.
Luz de noviembre, por la tarde, libro que publica Demipage, supone el estreno de Eduardo Laporte como escritor que escribe para el papel. Aunque sea su segunda obra, en sendos prólogos se nos dice que los textos comienzan a escribirse en 2005, lo que tal vez explique ciertos paralelismos. Así, si las postales lo son de un náufrago, a lo que arribamos con Luz de noviembre, por la tarde es a un naufragio en toda regla, pues el libro cuenta la muerte de los padres del autor (ambos enfermaron de cáncer) en un intervalo de pocos meses. Más centrado en el padre que en la madre, no es éste un libro de ajustar cuentas, ni tampoco de hacer balance de lo acontecido, sino de acudir a ese momento a partir del cual todo se desintegra para, tal vez, encontrar algún tipo de sentido en dicha recreación. La narración se estructura en torno a ese acontecimiento sin atisbo de fiesta que es la enfermedad mortal, al que se vuelve sin cesar, y donde lo más poderoso es un sentimiento de pasmo, de extrañeza, de incomprensión no porque el narrador rechace lo ocurrido, sino porque sus leyes resultan ininteligibles.
Que en literatura el tema también importa se nota siempre en libros como éste, donde la sola descripción del padre enflaquecido y sin fuerzas para mantenerse en pie capta la atención del lector. Sin embargo, aunque el tema y sus motivos subyuguen, Laporte no se olvida de practicar una escritura que se quiere consciente de su manufactura, lo que se traduce en un gusto por el casticismo que hace pensar en influencias ibéricas (Miguel Sánchez-Ostiz es reivindicado como maestro y padrino). El libro comienza con vacilación, y es ahí donde la palabra se pretende más literaria y el escritor quiere demostrarnos que lo es. Luego, olvidado de sí mismo y centrado en lo que, al menos a mí como lectora, me interesa (a saber: la indagación en la catástrofe familiar), el narrador se hace fuerte y nos gana, y asistimos sobrecogidos al cataclismo. Aunque de timbre íntimo, sobre todo hacia el final, y con una cadencia que recuerda al declive de esa lenta luz de noviembre vespertina a la que se apela en el título, el libro tiene en todo momento en cuenta al lector, lo que significa que no se ensimisma (no menciono esto como elemento valorativo, sino descriptivo). Se pasa sobre las escenas con ligereza, sabiendo que alguien puede cansarse de observar una misma estancia, lo que tal vez se explica porque, aunque apoyada en la memoria, Luz de noviembre, por la tarde no acaba de abandonar un código que parece bascular entre la crónica, el artículo periodístico de autor o esos diarios en los que se reproducen, modifican e incluso se imaginan conversaciones con interlocutores “reales” (es decir, reales en lo que pueda tener de real fabular con alguien de carne y hueso).
Luz de noviembre, por la tarde es, a mi juicio, un buen debut, o un buen segundo libro (no sé si Laporte considerará esta obra como su estreno), que toca con honestidad y saber hacer el que seguramente sea el tema más universal, y que logra producir una emoción contenida.

lunes, julio 11, 2011

Vida de Pablo, Carlos Pardo

Periférica, Cáceres, 2011. 312 pp. 20 €

Nere Basabe

Vida de Pablo, a medio camino entre la Bildungsroman y ese género tan actual como polémico que es la autoficción, trata de reconstruir, sin conseguirlo, la historia de Pablo, un artista que acaba trabajando tras la barra de un bar. Y en ese fracaso reside su mayor acierto. Porque tiene Vida de Pablo algo de Esperando a Godot, o de eso de que la vida es lo que pasa mientras hacemos otros planes. Pablo anuncia, en la última página, su visita para el verano que viene, pero se le esperaba el verano pasado. El hilo de la biografía del amigo Pablo se pierde así en digresiones diversas desde las primeras páginas, y las siguientes se siguen completando por sí mismas, para rellenar esa espera vana. Tratando de retratar al amigo, el narrador (Carlos Pardo, un joven poeta pinchadiscos que reside en una pequeña ciudad de provincias del sur) se retrata a sí mismo, y eso es lo mejor de esta biografía “fallida”.
Esas digresiones consisten en innumerables reflexiones filosóficas, discusiones estéticas o poéticas de barra de bar y en un sinfín de títulos de canciones, películas y libros. "Si hicieses una lista con todos esos títulos y la repartieses entre tus amigos, acabarías antes”, le reprocha su novia. Y sobre todo, la digresión principal, el amor, que Carlos retrata sin cursilería, o mejor dicho, con una cursi y brutal honestidad. Me echaba a llorar de amor pensando en sus radiografías, y se lo dije a Pablo pero me contestó que eso ya salía en La montaña mágica” / “Me dije que la excusa del amor me había negado el placer de las mejores oportunidades. Y casi siempre me había vuelto pesimista cuando estaba enamorado. A eso le llaman tener vida interior, que es como el fósforo del tedio. Como si no pudiera ser a la vez feliz y listo”.
“Carlos, es que no somos posmodernos”. Y pese a algunas de sus observaciones o actitudes estéticas, efectivamente no lo son porque, como todos los jóvenes, juegan a reproducir los estereotipos del poeta maldito, entre el alcohol, las drogas, la marginalidad autoimpuesta, la penuria económica de los trabajos temporales y el ejercicio de la leyenda personal (“¡Eh, poetas!”, les gritan en El Corte Inglés), aunque se muevan en una “periferia de París”, muy al sur, que se parece más al kitsch de Torremolinos (el autor insiste en el feísmo de los escenarios). Al pretender hablar de Pablo, Carlos habla de sí mismo, y al hablar de sí mismo, Carlos habla sobre todo de sus amigos (muchos de ellos más o menos reconocibles por todo aquel que siga la escena de la joven –o no tan joven− poesía actual). La amistad juega un papel central en este libro, y de sus servidumbres, su tedio y su posterior enfriamiento se traza aquí un retrato soberbio, en lo que constituye otro de los mayores logros de esta novela: “no hay amigos, sino momentos de amistad”. Dividida en dos partes separadas por una elipsis de años, uno no puede evitar reconocerse tal vez y sentir cierta nostalgia por ese, pese a todo, paraíso perdido que no se supo reconocer a tiempo, cuando los amigos eran los compañeros de un piso destartalado y constituían la única familia (“era una amistad homosexual”), y la precariedad obligaba a la persistencia en un presente perpetuo, sin horizontes: tan solo noches y noches de borrachera y bromas con amigos, esas infinitas conversaciones intrascendentes que saltan de una cosa a otra pero que parecían tan importantes, de Deleuze a una receta de cocina, que hacen juegos de palabras, y que nos sentimos impotentes porque a la mañana siguiente no podemos reproducir o recordar qué nos hizo tanta gracia. Pero Carlos, sí: “nadie rió mi chiste”. Aunque sí hay algunos buenos chistes aquí, y en general un humor sutil, que se mueve entre la crueldad y el indulgente cariño con el que solemos tratarnos a nosotros mismos cuando echamos la vista atrás.
Por último, no está de más decir que esta novela de 300 páginas se lee de un tirón, que las escenas y los diálogos no por repetidos resultan repetitivos (ya sabe, para recuperarse de la resaca no hay nada como ponerse a beber otra vez), pues está escrito con una prosa aparentemente simple, precisa, llena de ritmo e inteligencia.

jueves, mayo 19, 2011

Memorias de una viuda, Joyce Carol Oates

Trad. María Luisa Rodríguez Tapia. Alfaguara, Madrid, 2011. 480 pp. 24,50 €

Ángeles Prieto

¿Para qué escribir esta reseña, una más?, ¿no es acaso absurdo sugerir, a estas alturas, la lectura de cualquier obra de Joyce Carol Oates, la mejor novelista del mundo en activo? Sin embargo, la necesidad de coger el teclado y recomendar este libro me ha resultado imperiosa y necesaria, toda vez que sufro de las mismas, exactas penalidades que describe Joyce en esta obra y su comprensión me ha servido de bálsamo lúcido, ese que pueden necesitar muchas otras personas que se han visto, se ven y se verán en idéntico trance.
Porque la pena ante la muerte irreversible de un ser querido implica angustia, insomnio, desesperación y atracción hacia la idea de un suicidio liberador, todo lo que ella nos cuenta ante el fallecimiento repentino de su marido, Raymond Smith, y con la mayor sinceridad posible: si quedas viuda estás sola, sin protección en un mundo hostil y frívolo, hueco y sin sustancia. Atrapada en el convencimiento cierto de que tú deberías haber muerto con él, ya seas una simple ama de casa, o la mejor novelista del mundo.
Aunque también es cierto que no todas las personas conocen el grado de complicidad, compañía y empatía que te puede proporcionar un matrimonio feliz de cuarenta y siete años de duración, como el que disfrutó ella con Raymond, un hombre tranquilo, inteligente y laborioso, ajeno al mundo agitado de una novelista exitosa. Primer y último hombre de su vida, según proclama con orgullo, y el único capaz, como nos confiesa Joyce, de tomarle el pelo.
Pues uno de los rasgos característicos de esta obra es el humor lúcido y negro que la Oates, esa gran autora de la que esta dolida Joyce se distancia, se gasta para explicarnos las desconcertantes vivencias que empieza a experimentar como viuda: desde los insultos que recibe a través de una sucia cartulina en su coche (“aprende a aparcar, zorra estúpida”), hasta los comentarios insensibles “(“Ooh, Joyce, vas vestida de rosa. Qué bonito”), pasando por las interminables condolencias que en Norteamérica llegan en forma de presentes: cestas repletas de comida exquisita y frondosos ramos de flores que acaban, cómo no, en los cubos de basura reciclables.
Las viudas desean apartarse del mundo, no responder al teléfono y refugiarse en su nido, la cama matrimonial donde lograr dormir, pero tampoco pueden permitírselo. Se deben al papeleo burocrático, al cuidado de una casa ahora fantasmal, a su propio trabajo y deberes, a la atención de sus amigos. Y si el primer paso, que Joyce superará sin demasiados problemas, será la aceptación dura de que tu marido no volverá nunca, el segundo será vencer al insomnio, porque el tiempo se detiene y superar las noches interminables se asemeja al esfuerzo de un atleta olímpico. Aunque el tercero es el peor, no exento de culpabilidad, cuando empiezas a descubrir que puedes y debes hacer cosas que a tu marido nunca le interesaron, así como conocer a gente fascinante que nunca hubieras conocido de haber seguido vivo. Y es aquí donde empieza la superación, en aprender a vivir con la pena de llevar a tu marido dentro, sin cerrar las puertas a lo que nuestra estéril, estúpida, cruel pero también sorprendente existencia pueda llegar a ofrecernos.
Estamos ante una obra interesante, conmovedora, perspicaz y penetrante que nos habla de nosotros mismos ante el dolor, del sentido de vivir cuando ya nada tiene sentido. Leerla ayuda a prepararte y fortalecerte ante los desgarros inesperados, y a calmar las heridas cuando, como en mi caso, permanecen bien abiertas: Este libro es necesario y yo me he visto obligada a escribir esta reseña.

jueves, febrero 17, 2011

Cosas que ya no existen, Cristina Fernández Cubas

Tusquets, Barcelona, 2011. 288 pp. 21,56 €

Luis García

Mientras de otros autores estaríamos hablando de libro de memorias, en el caso de Cristina Fernández Cubas hay que hablar, como su propio título indica, de aquellas Cosas que ya no existen. Porque de eso se trata. Más que de sus memorias y recuerdos, algo que como ella misma explica lo deja para otro momento, Cosas que ya no existen es un libro miscelánea en el que es fácil reconocer la impronta de una autora que pasa por ser la que mejor ha sabido conjugar el relato corto fantástico en los años ochenta y noventa con la fidelidad a una concepción de la literatura que siempre la mantuvo alejada de mediáticos círculos literarios. Así, va desnudándose, y es de agradecer por ello, y nos va mostrando a aquellos sus lectores las pistas de su mundo. Es muy difícil leer y entender Cosas que ya no existen por todos aquellos que previamente no hayan leído El Columpio, Mi hermana Elba o Hermanas de sangre. Y esto es porque Cristina aquí nos muestra las claves de sus obras, algunas de ellas nacidas de la capacidad oral de su tata, otras de la tragedia que supuso la pérdida de su hermana, y las más de su tremendo aforo de autoafirmación ante el futuro. Por eso Cosas que ya existen es un libro fundamental en la poética de Cristina, pero por esa misma razón sería un libro desaconsejable para todos aquellos que quisieran acercarse a dicha autora por primera vez. Arrastra Cristina tras de sí la estela de haber creado una obra distinta, una novela de novelas chocante incluso para aquellos que la seguimos desde sus comienzos. Pero si bien en una primera lectura esta dicotomía parece excesivamente rebuscada, a poco que nos paremos en los "capítulos" del libro en una segunda lectura, comprobaremos que la Cristina que nos hizo llorar y disfrutar con sus relatos y novelas se encuentra plena de fuerza y vigor en Cosas que ya no existen. Porque de esas pequeñas cosas, de la guerra civil española revivida en un viejo barco que recorre el Amazonas, de los horrores de la Dictadura Argentina en su etapa en Buenos Aires, de la Tata, la entrañable Tata, de la muerte de su hermana que tantas cosas nos explica a nosotros sus lectores, y en definitiva de las contradicciones propias y ajenas trata uno de los libros más personales que haya podido escribir la que pasa por ser una de las renovadoras del relato corto en los años noventa. Por todo ello hay que celebrar la edición de Cosas que ya no existen como si de una novedad se tratara, porque en definitiva así es lo que a la autora le gustaría que fuera tratada.