jueves, febrero 20, 2014

Dos húsares, Lev Tolstoi

Trad. Olga Korobenko. Hermida Editores, Paracuellos del Jarama, 2014. 90 pp. 12,50 €

Sara Roma

No hay nada mejor como encontrarse con una obra poco conocida y casi olvidada de algún gran autor. Ese es el mérito de Hermida Editores, pues siempre encuentra una pequeña joya literaria con la que sorprender a los lectores más exigentes. He aquí una: Dos húsares del genial Lev Tolstói, de quien hace cuatro años se cumplieron el centenario de su muerte.
Se podría decir a grandes rasgos que Dos húsares es una novela breve que cuenta una misma historia en dos épocas distintas. La primera transcurre a principios del siglo XIX; la segunda arranca en 1848, pero ambas se localizan en el mismo lugar, la ciudad de K., y están protagonizadas por idénticos personajes. El conde Turbín es un oficial de húsares que llega a la ciudad de K. dispuesto a dar rienda suelta a sus vicios y pasiones. Su comportamiento dionisiaco es impropio de una persona de su categoría; sin embargo, gracias a su atractiva personalidad sabe granjearse la admiración de muchas personas. Acude a cuantas fiestas es invitado, dispuesto a disfrutar aun a costa de contraer deudas en el juego y verse obligado a retarse por honor. A mitad de la novela es cuando se produce el salto temporal (mayo de 1848) que sirve al autor para centrar la historia en el hijo del conde, un joven gallardo de veintitrés años y oficial de la guardia real que «no tenía sombra de las inclinaciones impetuosas, apasionadas y […] libertinas» de su padre. Por aquel entonces, el regimiento de húsares de S. pasa por la región de K. para pasar solo una noche, tiempo más que suficiente para que el heredero del conde Turbín conozca a algunas personas que se relacionaron con su padre. El pasado siempre vuelve como una fantasma y, como si de una constelación familiar se tratara, el amor, el juego y la seducción vuelven...
La organización temporal de la historia sigue un orden cronológico (con un intervalo de veinte años) aunque Tolstói decide concentrar la narración y los episodios en un par de días en la vida de sus personajes. La contención de los acontecimientos que sabiamente realiza el autor, le sirve para recrearse con un elegante estilo literario en las descripciones de sus escenarios y personajes con el objetivo de obnubilar al lector con el esplendor de una época marcada por el lujo de las apariencias e invitarle a la reflexión. Al final, llega un día en que la juventud llena de esperanzas, el honor, el respeto social, los sueños de amor y de amista, desaparecen para siempre.
Robert McKee asegura que «Un maestro se reconoce porque sabe seleccionar apenas algunos momentos que, sin embargo, nos presentan una vida entera». Así es Tolstói.

miércoles, febrero 19, 2014

Solo con invitación: La vida calcada, Fernando García Maroto

Editorial Paroxismo, Barcelona, 2013. 148 pp. 5,93 €

Fernando Sánchez Calvo

Prefiero reseñar primero el nuevo libro, primero de relatos, de Fernando García Maroto, antes de enfrentarme a él en la entrevista que ustedes mismos podrán leer también en este blog. Por evitar prejuicios, más que nada.
Fernando García Maroto, matemático y profesor (ahí es nada) también es escritor. Hasta ahora había publicado tres novelas, a saber: La geografía de los días, La distancia entre dos puntos y Los apartados, muchas de ellas de temática negra, de tono pesimista y forjadas en general con el fuego y rescoldos de los nihilistas más importantes de nuestro siglo y del pasado (Onetti, Juan Rulfo, Lobo Antúnes). De todo ello (horror) podríamos deducir que Fernando García Maroto es un triste más pero, a diferencia de muchos, cuya melancolía se queda en mera pose, trasciende el dolor ya no para superarlo, sino también para comprenderlo. Chapeau por él, que afronta e intelectualiza las penas en lugar de regodearse en ellas, mal y frecuente signo en la literatura actual.
Es el caso de estos siete relatos, los cuales mezclan sufrimiento y humor (hasta ahora ingredientes-base en Fernando) con ternura, el nuevo elemento que a mi juicio suaviza y humaniza la prosa del madrileño.
El libro podría dividirse en dos partes según la temática afrontada. Por un lado, los tres primeros relatos, donde el mundo cultural y literario es el protagonista. Así, Indefensión recupera el mito de Circe para un lunático que prepara un asesinato por celos y Palabras mayores parodia el mundo de los concursos literarios desde el punto de vista de un escritor segundón que de repente se interesa por un compañero desconocido que, por dignidad, rechaza los premios cuando éstos quedan por debajo del primer puesto. El ruidito, seguramente el más borgiano y complejo de todos ellos, representa un juego literario de triple espejo donde un bibliotecario lee el testamento libresco de un tal Román Díaz, quien, a su vez, conoció a Horacio Oliveira, quién sabe si el mismo que protagonizó las páginas de Rayuela de Cortázar; el juego metaliterario (frío e intelectual en apariencia) no impide, no obstante, que se llegue a unas breves páginas donde la personificación de un ruido sirven de metáfora para toda la soledad humana que puede caber en un libro, que es mucha.
La segunda parte del compendio, o lo que es lo mismo, los cuatro relatos restantes, se antojan más mundanos, más pegados a la vida, al suelo y al infierno de la supervivencia. De este modo en La única felicidad un grupo de actores es contratado por un viejo con el fin de desahogarles en su propia cara las miserias más sonrojantes. En El blanco de los ojos, el más extenso de los relatos y quizás el mejor, el narrador rememora su relación con su hermano Pedro, quien, a partir de una experiencia dolorosa en su infancia, decidió no volver a llorar nunca más hasta el día de su muerte, firmada por el cáncer. La vida calcada nos presenta a una ama de casa de las de antes, doña Francisca, la cual, de manera inevitable, ha imitado e imitará el rol y la losa de la figura de la madre tradicional hasta límites insospechados para el lector.
El buscador infatigable (puro o impuro Cortázar) cierra de manera enigmática e híperbreve este compendio de relatos, perfectamente estructurados y pensados para que el lector más cerebral y el más sentimental se sientan igualmente atraídos por la prosa concisa, lacónica y dolorosamente sincera de Fernando García Maroto.

Fernando García Maroto: «La familia es un núcleo inabarcable de conflictos»

Hace menos de un año que se estrenó en este mismo blog con Los apartados, Premio Eutelequia de Novela. Ahora vuelve con su primer libro de relatos, La vida calcada, tras cruzar el charco para publicar con la editorial mexicana Paroxismo. Del cuento, la familia y otros nihilismos hablaremos a continuación.

Son sólo quince preguntas o flechas, no se preocupe. La vida calcada es su primer libro de cuentos. ¿Qué tal la experiencia y por qué siete?
El cuento es un terreno en el que, sin sentirme incómodo, me siento quizá un poco menos cómodo que en el de la novela, porque la exigencia del cuento es tremenda, casi más que la de la novela, y no admite distracciones ni fisuras; sin embargo, para mí es un placer enfrentarme a un cuento: cómo surge, cómo se va construyendo y cómo debe cerrarse, aunque pueda quedar abierto, que es otra forma de cierre. Por eso disfruto y espero poder seguir disfrutando escribiéndolos. En cuanto al número, ojalá pudiera argumentar algo más mágico, más imaginativo, menos prosaico que las imposiciones editoriales y decirle que tiene alguna otra justificación, pero mentiría.


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martes, febrero 18, 2014

Califas y Reyes, Roger Collins

Trad. Tomás Fernández Aúz y Beatriz Eguibar. Crítica, 2013, 503 pp. 32 €

Alberto Luque Cortina

Roger Collins (1949) es un historiador inglés especializado en la Alta Edad Media peninsular. Dentro de la colección “Historia de España” que, dirigida por John Lynch, edita Crítica, ha publicado dos obras: La España visigoda, 409-711 (2005); y La conquista árabe, 710-797 (1986).
Esta tercera, Califas y reyes, estudia el espacio cronológico comprendido entre 796 —la llegada al poder del emir omeya Al Hakam— y finales de 1031, momento en el que se oficializa la desintegración del califato instaurado por Abderramán III un siglo antes. Se trata de un periodo, si se pueden constreñir más de dos siglos de historia al espacio de dos líneas, caracterizado por la primacía en la península del poder árabe de Córdoba, primero bajo la forma de emirato independiente y después bajo el gobierno califal, y por la aparición en el norte de núcleos organizados de tradición romano-visigoda que darán lugar a los primeros condados y reinos cristianos.
Se trata de un periodo fascinante pero, por diversos motivos, muy complejo. Uno de ellos es la escasez relativa de fuentes documentales, no siempre contrastadas. Este hecho y la propia singularidad de la Edad Media hispánica, con la presencia secular de diferentes culturas en la órbita del Islam, y el vasto lapso de tiempo que comprende —diez siglos—, ha dado lugar a un buen número de mitos y tópicos: al fin y al cabo el estudio de la Historia es, además de una forma de justificar el pasado, un medio barato de legitimar el presente. La convivencia de las tres culturas, que Collins restringe a un periodo de unos cuarenta años y circunscrito a las élites de la ciudad de Córdoba, sería un buen ejemplo.
Collins, en la línea crítica y revisionista de la mayoría de medievalistas actuales, desmonta algunos de estos mitos, si bien algunas de sus conclusiones no tienen por qué ser pacíficamente aceptadas. Define Collins este periodo como un estado de guerra, interna y externa, permanente: en particular incide en la debilidad del poder omeya hasta la consolidación de Abderramán III en 929. Hasta entonces el poder omeya sería muy limitado y en algunos casos circunscrito a la ciudad de Córdoba: y esto debido a la difícil coexistencia entre los árabes y las distintas tribus bereberes, y también a la frágil estructura de poder del emirato, al que califica, prácticamente hasta la llegada de Abderramán III, de “régimen de bandidaje” (pág. 288) puesto que se sustentaba en campañas de saqueo, sin que existiera una decida intención de someter a los rebeldes locales. El propio califato omeya fue, comparado con las dinastías abasidas y fatimitas, localista y efímero: cuando Almanzor llegó al poder aún no habían pasado cincuenta años de su creación, y poco después de la muerte del visir se descompondría en numerosas taifas.
En el “lado cristiano”, Collins cuestiona, por ejemplo, el proceso de creación del reino de Asturias, más largo y complicado de lo que habitúan a describir los manuales de Historia, y pone en duda que el llamado arte mozárabe sea necesariamente un estilo importado por los cristianos de Al Andalus refugiados en las regiones fronterizas.
Siguiendo un criterio cronológico Collins intenta ofrecer una vista panorámica, preponderantemente política y en este sentido limitada, de los diferentes territorios: desde Al Andalus a los condados catalanes. Sin embargo, y a diferencia de sus dos obras anteriores publicadas en esta misma colección, el pulso narrativo es desigual: más bien se asemeja a una disertación erudita en la que el autor, apoyándose en fuentes documentales y arqueológicas, desarrolla con penetrante mirada algunos aspectos y momentos históricos que conoce muy bien, soslayando otros o refiriéndose a ellos de modo superficial a fin de ofrecer el fresco general que se presupone en una obra de estas características.
No se trata, pues, de un libro de divulgación generalista al uso. La sola lectura de Califas y reyes no facilitará al neófito una visión panorámica de la época, pero sí proporcionará al iniciado algunas claves y perspectivas diferentes, diversos motivos para la reflexión, y una interesante bibliografía.

lunes, febrero 17, 2014

Commando, the autobiography of Johnny Ramone, Edición de John Cafiero, Steve Miller y Henry Rollins

Trad. Carlos Feliu. Ediciones Malpaso, Barcelona, 2013. 176 pp. 22 € (12 € eBook)

Salvador Gutiérrez Solís

No me cabe duda de que sin los Ramones nos faltaría una pieza fundamental para completar el puzzle o mosaico de la historia reciente de la música contemporánea. Si en ellos, sin esta familia pelucona y eléctrica, tal vez un sinfín de bandas no habrían existido, o, como poco, habrían sonado de manera muy diferente a como lo han hecho. Pensemos en Smashing Pumkins, en Primitives, en Green Day o en nuestros Nikis, y así podríamos seguir enumerando bandas hasta rellenar un par de páginas.
Johnny, en su autobiografía, ejerce de lo que fue y por lo que todos los conocimos: un auténtico Ramone. Commando es su testamento literario y vital, su despedida, y como si se tratase de una canción de la propia banda, es breve pero intenso, directo, puro, sin edulcorantes ni conservantes, disparo a quemarropa, distorsión interminable, Gabba gabba hey!! Punk, de principio a fin.
Mi lectura de Commando puede entenderse como un virtual e inesperado ejercicio literario. Acababa de concluir la delirante La calle Great Jones de Don DeLillo, y si no me concentraba en lo contrario, muy difícil en determinados momentos, leyendo a Johnny creía que me encontraba ante una continuación de la novela citada, cuando no ante una milimétrica personificación de su protagonista.
Reservado, republicano –porque entendía que los demócratas pretendían ser demasiado simpáticos-, encanijado, observador, Johnny Ramone nos muestra sin ningún tipo de rubor o pudor la trastienda del rock. Las primeras noches en el legendario CBGD, los encuentros con Blondie, Warhol, Suicide, Televisión, Johnny Thunders o Lou Reed, sus visitas a Reino Unido, la admiración mutua por los Clash, el vigor del público español o italiano, la desazón que le suponía actuar en Francia, un país del que no le gustaba nada, los rincones más oscuros de los camerinos.
Más allá de la literatura, del estilo, de la técnica, el libro de Johnny Ramone es puro rock, punk total, sinceridad a flor de piel, un magnífico confesionario interior con ventana abiertas a nuestra curiosidad. La verdadera realidad de la estrella que no congenia con sus compañeros de banda, que entiende el ser un “ramone” como una inversión que le ha de procurar una cómoda jubilación. La cruda realidad de un tiempo devorado por la carretera, los decibelios y el punk.
Y con esa misma sinceridad y crudeza, Johnny Ramone analiza y califica la producción de su banda, disco a disco, y no es precisamente magnánimo o generoso en sus calificaciones; canciones maravillosas para muchos, para él no pasan de aceptables. Sinceridad, igualmente, a la hora de mostrar su propia enfermedad, que finalmente no pudo superar, con una naturalidad que te llega a escocer.
No hay que ser un “ramoniano” declarado para disfrutar Commando. En primer lugar, porque es una autobiografía –de una estrella del rock- que se distancia de buena parte de las que podamos encontrar, y que parecen seguir un mismo patrón: adicciones, turbulencias, chismes varios, -manual de instrucciones de- desintoxicaciones, nueva vida. Mérito de Johnny Ramone, que se aleja del personaje, o lo cuenta como si no fuera él, sin filtros ni censuras. En segundo, porque Commando es, desde un punto de vista formal, estético, me refiero al “objeto”, un libro deliciosamente editado, desde la portada a la contra. Cobija en su interior un espléndido álbum fotográfico de una calidad excepcional, tanto por su información como por su composición. Motivos más que suficientes para adentrarse en este Commando y descubrir las interioridades de una de las míticas bandas de la historia del rock: Ramones. Gabba gabba hey!!

viernes, febrero 14, 2014

La enferma, Elena Quiroga

Cátedra, Madrid, 2013. 332 pp. 12,30 €

Ariadna G. García

Ganó el Premio Nadal con su segunda novela, Viento del Norte (1951). A partir de ese instante, Elena Quiroga dominó la década de los 50 dando a la imprenta un título por año: La sangre (1952), Trayecto uno (1953), La otra ciudad (1953), Algo pasa en la calle (1954), La careta (1955), La enferma (1955), Plácida la joven y otras narraciones (1956) y La última corrida (1958). En los 60 publicó dos imprescindibles novelas de formación: Tristura (1960. Premio de la Crítica) y Escribo tu nombre (1965). Acabó su carrera narrativa con Presente futuro (1973). En 1984 se convirtió en la segunda mujer en ocupar un sillón de la Real Academia Española (tras Carmen Conde (1978), pese a que la institución contaba con 271 años de historia.
Y sin embargo, pese a tan copiosa trayectoria literaria, pocos de ustedes habrán leído su nombre en los libros de texto o lo habrán escuchado en las aulas de la universidad. Quiroga es un claro ejemplo de la discriminación que sufren la mayoría de las escritoras en este país. Su caso es semejante al de Ángela Figuera Aymerich en el género lírico.
Por suerte, la Biblioteca Castro editó en 2011 ocho de sus novelas recogidas en tres volúmenes, en un intento por colocar a la autora santanderina (gallega de espíritu) en el puesto que merece dentro del canon narrativo español.
Teniendo en cuenta este injusto olvido por parte de la crítica y del mundo docente, es de agradecer el riguroso análisis con que Gregorio Torres introduce a los lectores –en su reciente edición de La enferma– en el universo literario de Elena Quiroga.
Ésta representa (junto a Carmen Laforet, Miguel Delibes, Camilo José Cela, Ana María Matute o Gonzalo Torrente Ballester) la renovación novelística de mediados del siglo pasado. En sus textos se aprecia la influencia de Faulkner y de Joyce. Sus obras se caracterizan por el análisis pormenorizado de la psicología humana, por el tratamiento de temas sociales, por su contenido existencial, por la polifonía y el perspectivismo ideológico, por su crítica a la educación sentimental de las mujeres bajo la dictadura franquista, por su acercamiento al mundo rural mítico gallego, por la incorporación a sus obras de personajes femeninos de fuerte personalidad que luchan por el reconocimiento de sus derechos civiles y sociales.
La enferma es una novela en donde no sólo se traslucen todos esos rasgos, sino que incluso se distingue una sutil y delicada huella del lirismo dramático de Federico García Lorca.
El libro tiene dos partes. En la primera, una mujer emprende un viaje al pueblo donde su marido posee una tierra provista de playa. Se trata del pequeño paraíso que disfrutó su esposo de soltero, ajeno a las obligaciones de la vida adulta, feliz y en libertad. El pueblo se encuentra en la ría de Arosa, en Pontevedra. Poco a poco el ambiente la transforma. Así, el trayecto en barcaza le revela la belleza de la intemperie, a la que estaba ciega en la ciudad: «He tenido que venir hasta aquí para descubrir las estrellas y el frío y la humedad, aunque ya estaban antes que yo, y era yo la que andaba con prisas para guarecerse en el ascensor de casa» (p. 142). Las gentes del humilde pueblo pesquero «viven mirando al mar. Lo que sucede en sus vidas o no sucede o ni se enteran» (p.139). Durante su estancia en la ría realiza un ejercicio de introspección. Allí aprende a conocerse y a identificar la existencia a la que ha renunciado por su condición femenina y por su matrimonio. Mientras tanto, irá conociendo la intimidad de sus nuevos vecinos, tendrá acceso a sus frustraciones, a sus desvelos y a sus envidias. Entre estos personajes, destacan Alida y su marido Dámaso (con quienes se hospeda), Lucía (sobrina de ambos), el cura (un hombre liberal y trabajador –posee casa y huerta y no busca la limosna de nadie–, un religioso «que daba la cara por el pueblo pensaras lo que pensaras» p. 174), Liberata (una bellísima mujer enferma de amor, en cama desde la adolescencia, quien «tuvo su vida entre sus manos y la destrozó» p. 192) y Telmo (del que oye relatos, pues murió; un apuesto poeta, antiguo novio de Liberata).
En la segunda parte, los personajes presentados asumen la palabra y se convierten en para-narradores de la historia. Todos se dirigen a la misma interlocutora pasiva, la protagonista del texto, con el fin de confesarle su opinión sobre la enferma. Ésta, pues, se convierte en el personaje nuclear, que se va construyendo ante el lector por la suma de tantos testimonios. Esta focalización selectiva múltiple dota a la novela de riqueza discursiva, libera a los lectores de prejuicios, recupera el pasado, y saca de los distintos personajes –a través del monólogo interior– su verdadera personalidad. Sus miradas oscilan entre la idealización o el vituperio de Liberata y Telmo. Cada cual defiende una imagen. Este discurso coral convoca la memoria de quienes los amaron y odiaron, así como visibiliza las consecuencias individuales y sociales de su truncada relación amorosa.
La enferma es una de las mejores novelas españolas del siglo XX. Una delicia. Que nadie se la pierda.

jueves, febrero 13, 2014

La mala luz, Carlos Castán

Destino, Barcelona, 2013. 227 pp. 16,90 €

Nere Basabe

No hay en mis estanterías libros más subrayados que los de Carlos Castán. Sólo de lo perdido o Museo de la soledad nos confirmaron a Castán como uno de los mejores cuentistas de nuestro país, de esos por cuyos textos uno desarrolla verdadero apego, y nos situaron en la curiosidad impaciente ante su “estreno”, pasada la cincuentena, en el género de la novela.
Sólo había una certeza: volver a disfrutar de su prosa. Castán es maestro de la frase redonda que lees y relees en voz alta, que paladeas, que se queda contigo por su música. La oscuridad, la tristeza, el desaliento y la amargura de lo que se cuenta (porque de eso va La mala luz, del «esfuerzo que, de un tiempo a esta parte, me costaba estar vivo», p. 81) queda eclipsado por la belleza de cómo se cuenta, especialmente en lo que parece ser la constante que atraviesa su narrativa, la obsesión por el paso del tiempo y lo que quedó atrás: «como si en realidad pudiésemos ser algo más que lo que queda, siempre lo que queda, lo poco que queda, lo casi nada que queda después de haber recorrido los miles de caminos, después de haber amado, después de haber vivido entre paredes y espadas, acorralados contra el cielo y contra las piedras» (p. 88). Carlos Castán se atreve, desde luego, a remar contracorriente y contra el manido precepto de la prosa contenida, en largas oraciones que se desbordan de la página, incidiendo una y otra vez en la herida y arañando con ello la superficie epidérmica del lector. Porque apela a lo más íntimo de cada cual, tiene la capacidad virtuosa de conectar, a través de reflexiones poéticas e imágenes poderosas, con lo más hondo de nosotros mismos: «recuerdo el miedo que yo era» (p. 23); «lo verdaderamente terrible son los años perdidos por venir» (p. 40).
Posee La mala luz algunos pasajes, pequeñas historias dentro de la historia que son haces de luz, como la del minero chileno que se le aparece en sueños, la vida imaginada con la dependienta oriental de un bazar chino, el triángulo amoroso de Duras o los recuerdos de la madre sobre su amiga de juventud Gisia Paradís; su técnica brilla especialmente en el capítulo en el que, mientras habla con Nadia por teléfono, ve en el televisor un documental sobre la Segunda Guerra Mundial, superponiendo ambos planos: «Quiero verte, Nadia, quiero verte, ahora que los divisionarios españoles se preparan para cruzar el Oder y Stalin grita desde lo alto de un balcón (…) Ven porque Berlín es ahora mismo una enorme extensión de ruinas humeantes…» (pp. 171-173). Porque La mala luz es también, en medio del paisaje devastado, una novela de amor, aunque sea entendido como «una especie de desconcierto compartido» (p. 193), una tragedia, una imposibilidad: «por fuerte que la abrace, es un montón de nada lo que retengo, lo que temo perder, lo que me mata» (p. 89). No es sin embargo el contenido romántico lo que, personalmente, más me ha interesado, tal vez porque esas semblanzas de mujer fatal despiertan mis recelos; tengo la sensación de que, cuando Carlos Castán se asoma o roza el cliché de la otra sentimentalidad (los bares con humo, las habitaciones de hotel con las sábanas revueltas), pierde algo de lo que le es más propio. Emoción que sí me alcanza de lleno, en cambio, en las visitas al geriátrico donde está la madre o, el que es mi favorito, el capítulo “El niño de las palomas”, donde el protagonista se enfrenta a una foto de sí mismo en la infancia: «Dentro de una caja de cartón encuentro una foto en blanco y negro en la que camino feliz abriéndome paso entre las palomas de una plaza (...) Debo de tener unos cuatro o cinco años (...) la palabra 'yo' se me desdibuja por momentos, creo que no la entiendo. (...) Niño, perdóname por todo el daño que te he infringido, por lo que he acabado haciendo con tu vida. (...) Necesito hoy decirte (...) que me gusta que seas mi pasado y que estoy orgulloso de tus diplomas del colegio y de las cosas que dibujabas con cuatro pinturas (...) quiero que sepas que duele de puro frío el lugar de mis entrañas donde dormías abrazado a tu camión de plástico, con tu elefante de juguete, tu pijama heredado, tus ganas de conocerme tal como creías que yo iba a ser y al final no supe. (...) afortunadamente un niño no puede recordar lo que será. Por eso juegan y ríen, los niños, por eso no se tiran por los barrancos» (pp. 135-139).
Es otro tópico, de la crítica esta vez, dividir el comentario en forma y contenido. Cuál fue mi sorpresa, cuando ya llevaba leído casi la mitad del libro, al echar un vistazo a la sinopsis de la contraportada y encontrarme de que allí se hablaba de una novela que no parecía ser la que yo estaba leyendo. Para que este libro fuera el “vertiginoso thriller” que promete la contraportada habría necesitado de otros ingredientes. No es la historia del amigo Jacobo la que se narra aquí (es de hecho el personaje más débilmente trazado, porque la novela, de tan intimista, cae a ratos en el ensimismamiento), ni la de su asesinato ni la posterior investigación (me quedo con el momento del interrogatorio policial en el que, para explicar quién era el difunto, el protagonista sólo explica que «Samuel Beckett le gustaba mucho», p. 96, o las maledicencias en el velatorio, «dicen que ni plancha tenía», p. 111), ni el romance con Nadia; esa trama negra parece de hecho estorbar a ratos, no avanza, y se resuelve de manera precipitada en el último capítulo: la tensión no se logra con técnicas argumentales, sino con la cadencia de la prosa. Porque sí hay una indagación en este libro, no la del homicidio sino la que emprende el protagonista, en primera persona y que carece hasta de nombre, acerca de sí mismo; ahí reside la importancia de esos “investigadores” sin rostro, leitmotiv de la novela, casi un estribillo, pero que no son sino alegoría: «Vendrán un día los investigadores y averiguarán lo que yo nunca supe, las razones escondidas de mis miedos, la raíz de las tormentas, los motivos de la noche (…); pondrán patas arriba lo sagrado, lo delicado, lo medio roto, todo lo que se sostenía de puro milagro. Vendrán un día los investigadores y sabrán a quién amé» (p. 133).
Novela tremendamente literaria, trufada de versos de Celan, Kavafis, Vallejo, de libros de Bataille o Marguerite Duras, de fotos de escritoras suicidas o canciones de Moustaki y Johnny Cash, de París y Malasaña, La mala luz es todo un canto de amor a la literatura que sabe (invirtiendo el título de su anterior libro, Polvo en el neón) extraer luz de entre los escombros, hacerse cargo del zarpazo de lo bello y la ternura, y finalmente atreverse a abrazar «casi sin cautelas» (p. 204).

miércoles, febrero 12, 2014

Liquidación final, Petros Márkaris

Trad. Ersi Marina Samará Spiliotopulu. Tusquets, Barcelona, 2013. 344 pp. 8,95 €

Fernando Sánchez Calvo

El lunes 9 de diciembre del ya extinguido año comencé una historia por el final, es decir, reseñé Pan, educación y libertad, el último título con el que el escritor más “social” de la novela negra cerraba su Trilogía de la Crisis. Le toca el turno ahora a la segunda entrega, Liquidación final, donde el comisario Kostas Jaritos, en busca de pleno ascenso, se ve enfrentado a un peculiar asesino que, dificultades criminológicas aparte, incorpora la novedad de que además cae bien a la población griega, por lo menos a los parias.
¿Cómo es esto? Sencillo. Mientras los helenos más ricos, aquellos que hundieron el país, luchan por evadir impuestos y de esta manera sostener la precaria situación de la nación, una suerte de Robin Hood moderno, por supuesto anónimo, decide por iniciativa propia amenazar a los grandes defraudadores fiscales con la muerte si no saldan cuentas con Hacienda, o lo que es lo mismo, con el Estado, o en última instancia, con el pueblo griego. Dicho justiciero se hace llamar el “Recaudador Nacional”. Aunque parezca mentira, y habría que comparar qué ocurriría si esta tesitura tuviese su espejo en la vida real, los evasores, estafadores, defraudadores (ladrones) prefieren no pagar. Como era de esperar, el Recaudador Nacional es coherente y, sobre todo, cumple lo que promete: todas sus víctimas acaban atravesados por una flecha cuya punta va impregnada de la clásica cicuta que en su día se nos llevó a Sócrates.
Jaritos se enfrenta por lo tanto a un doble problema: primero, ¿quién es ese hombre que aplica la justicia milenaria por su cuenta y a diestro y siniestro?; segundo, ¿cómo detener a un asesino que se ha convertido en héroe, esperanza y solución de los problemas económicos que han llevado a Grecia a la ruina y que hasta ahora el Estado no ha sabido resolver?
En medio de esto, también los problemas del Jaritos padre de familia que sufre por su inteligente y desaprovechada hija, el Jaritos funcionario que ve una vez más recortado su sueldo, el Jaritos ciudadano que maldice y sufre protestas, enfrentamientos, suicidios y, en definitiva, el infierno en el que se ha convertido la cuna de la democracia.
Aquí lo dejo. Por su cuenta queda ya leer Con el agua al cuello y así cerrar este viaje a la semilla. Sólo una recomendación más: si pueden lean la Trilogía en la Colección Andanzas (mejor letra, mejor papel) y no en la edición de bolsillo que la editorial envió a un servidor como premio y hueso por acercarse y publicitar a Petros Márkaris.

martes, febrero 11, 2014

El último viaje de Omphalos, Willy Uribe

Los libros del Lince, Barcelona, 2013. 208 pp. 18,90 €

Daniel López García

El último viaje del Omphalos es la historia de un hombre común, Jaime Torres, enfrentado a su destino y al de los hombres que le rodean. El último libro de Willy Uribe publicado por Los libros del lince narra la aventura de un grupo de cuatro marineros españoles atrapados en un buque mercante varado frente a un archipiélago de las islas de Cabo Verde al principio de los años ochenta. Jaime Torres, personaje central y sobre el que pivota toda la acción, jefe de máquinas y operario que quedará al mando del barco, se enfrentará a la tarea de buscar una salida para él y el resto de sus compañeros, y escapar con vida de esa situación, siendo abandonados por el Gobierno de España y extorsionados por las autoridades portuarias de las islas. De la estrategia que desarrolle dependerá el éxito de su operación, basada en su profundo conocimiento del carácter humano y en la firmeza de sus principios éticos y morales que se deben al cumplimiento de su papel dentro de la embarcación para con él y sus semejantes. Y ahí es donde radicará su tragedia.
Uribe construye una historia donde emerge el espíritu de la épica clásica presente en las grandes obras de la literatura: un hombre que lucha en una palestra con todo lo que posee y con todo lo que pierde para siempre morir. De esta forma, la historia que presenta no se muestra como una simple cadena de sucesos, sino como una concatenación de acontecimientos que derivan de las acciones de Jaime Torres en relación a lo que espera y piensa de los que le rodean. Bajo esta estructura subyace el elemento trágico que en El último viaje del Omphalos se manifiesta en la incapacidad de Jaime Torres para reconocer lo correcto y alcanzar una orientación segura en relación a su contexto. El personaje de Torres que tuvo la posibilidad de salir del barco junto a otros marineros extranjeros que sí fueron auspiciados por sus gobiernos, decide mantenerse hasta el final con sus compatriotas movido por el impulso moral del deber y la obligación. No obstante, su fracaso no será su defecto moral, el no haber estado a la altura de las circunstancias y anteponer sus intereses personales a los colectivos («El puto deber acabará contigo y con todo aquel que se arrime a ti» pp. 133 —le reprenderá uno de los personajes—). Su tragedia se fragua en pasar por alto los límites de la naturaleza humana que se manifiestan en la falta de confianza de sus compañeros y en la consecuente deriva que estos toman movidos por el miedo y su falta de fortaleza («Aquellos hombres habían sido sometidos por un poder que muy pocas criaturas de este condenado planeta logran eludir: el miedo al hombre» pp. 21) que acabaran traicionándolo.
En cuanto a la forma, El último viaje del Omphalos está construido fundamentalmente por el diálogo en dos espacios concretos: el buque y la isla. De esta forma, la estructura de la novela vislumbra una pieza teatral debido al conflicto constante en el que se encuentran los personajes, expresado a través del diálogo, que sirve como motor de la acción; y la concreción en dos espacios de enorme valor simbólico que definen la angustia y la desesperanza de los mismos: un barco expoliado y la garita portuaria en una isla de un archipiélago africano. Estos elementos permiten a Uribe no solo contraponer las diferentes visiones de los personajes y la adversidad en la que se encuentran, sino que además logra profundizar en la psicología de estos a través de la confrontación dialéctica y el espacio. El diálogo sigue dominando incluso en las digresiones del narrador, cuya voz es Jaime Torres, que de forma referida toma la palabra del resto de personajes. Uribe, de esta forma, establece un mosaico de voces, siempre en una relación de conflicto, por las que el lector accede a las profundidades de lo humano en la medida en que el personaje central va descubriendo las bajezas de los que le rodean («Le llamé amigo porque necesitábamos esos pequeños gestos de vez en cuando (…) el lubricante necesario para que todo rodara como debía hasta que llegara el momento de escapar de allí» pp. 81) y la ausencia de moralidad que desembocará en la trágica resolución de su propio fin («La mente humana puede llegar a ordenar acciones sorprendentes cuando la razón abandona los mandos» pp. 105).
Willy Uribe construye una historia alrededor de un héroe trágico cuyas decisiones acaban por arrastrarlo a través de una serie de sucesos llenos de sufrimientos. Al igual que el Omphalos es empujado a la deriva mar adentro por el vasto y ajeno océano, Jaime Torres acabará siendo arrollado por la mezquindad del ser humano y la dificultad de sobreponerse a sus intereses particulares. El último viaje del Omphalos viene a plantear la esencia trágica de nuestra existencia que estriba en que no son nuestras decisiones o faltas las que arrasan y condicionan el destino de los hombres, sino la miseria ineludible que habita en cualquiera de nosotros ante una situación adversa.

lunes, febrero 10, 2014

Papel estrujado, Nadar

Astiberri, Bilbao, 2013. 400 pp. 19€

Jaime Valero

«¿Sabes qué? A veces me siento como si todo el mundo hiciera conmigo lo que le viniera en gana... Como si fuera un puto papel estrujado.» Javi, uno de los dos protagonistas de este cómic, nos cuenta con estas palabras en qué punto vital se encuentra. Y parece decidido a cambiar las tornas, aunque ya sabemos que el mundo no ve con buenos ojos que tratemos de volcarnos en su contra. Javi tiene 16 años y finge ante su madre que todavía sigue asistiendo al instituto, pero en realidad se saca un dinerillo ejerciendo como matón para algunos de sus antiguos compañeros. ¿Que hay que darle un escarmiento a alguien o recuperar un objeto que te han robado? Javi es tu hombre, siempre que puedas pagar su precio. En el otro extremo de la balanza encontramos a un cuarentón llamado Jorge que acaba de llegar a la ciudad, y allí alquila una habitación en una pensión y encuentra trabajo en una nave de carpintería industrial. Taciturno e introvertido, se convierte de inmediato en un enigma andante para el lector, que atisba en él los efectos de un pasado traumático que el autor nos va revelando progresivamente, en base a una estructura narrativa bien ensamblada que discurre a caballo entre el presente y el pasado.
Papel estrujado es la primera obra larga de Nadar, un joven autor nacido en Castellón de la Plana que, pese a no haber cumplido aún la treintena, demuestra con este cómic una inusitada madurez. Primero, por la refinada sensibilidad que muestra al contarnos la historia de estos dos personajes y de los secundarios que de una u otra forma toman parte en sus vidas. Conseguir tal grado de introspección y de complejidad emocional en ellos, al tiempo que se mantiene el carácter eminentemente visual y expresivo del cómic, no es tarea fácil en absoluto. A ello hay que sumar el sorprendente dominio que tiene Nadar de la narrativa secuencial, al manejar con maestría el ritmo, los silencios, la transición de los saltos temporales y la elección de los planos y encuadres en cada viñeta. Un dominio que muchos autores solo alcanzan tras años dedicados a la profesión, y que en el caso de Nadar es la prueba de que estamos ante un autor al que merecerá la pena seguir en los próximos años. También resulta destacable el encanto con el que recrea las situaciones más cotidianas de la vida de sus personajes, ya sea con la secuencia en la que la madre de Javi se prepara unas palomitas al microondas o cuando Jorge toma su primer contacto con la habitación que acaba de alquilar a su llegada a la ciudad. Pequeños instantes que el autor retrata con mimo y con detalle, que ayudan a enriquecer el trasfondo de la historia.
Este desarrollo lento e introspectivo no impide que la trama vaya creciendo en intensidad hasta el clímax final, que dejará poso en nuestras mentes cuando todas las piezas del puzzle terminen por encajar. Papel estrujado es una lectura emotiva, profunda, agridulce, que se ha ganado un puesto de honor entre los mejores cómics publicados en 2013.

viernes, febrero 07, 2014

Por qué escribo, Félix Romeo

Xordica Editorial, Zaragoza, 2013. 330 pp. 21,95 €

Amadeo Cobas

Una compilación de artículos es siempre un boceto biográfico, una radiografía de su autor. Aquí verterá opiniones y dará a conocer su punto de vista respecto de los diversos temas sobre los que tratarán sus columnas. Y si es del caso de existir conexiones y por ende reiteraciones en la sucesión de artículos, ello vendrá a convertir esas opiniones en posicionamientos rotundos que mostrarán cómo es el escritor. Si en una novela se cuelan, colamos, dejamos colar, llámenlo como quieran, esquirlas de nuestro pasado, ¿qué no ha de aparecer cuando una opinión se recaba? Lo que aquí: una vida entera.
Porque entre estas páginas Félix Romeo se descarna, se muestra impúdico como siempre lo es, sus opiniones expuestas al sol y prestas para ser refrendadas con razonamientos lógicos, obvios, personalísimos o cualesquiera otros que vinieran al rescate. Asoman esas filias suyas, como los hoteles, Lisboa, Perec, los viajes y sus vivencias en ellos…y (no entro a mentarlo más que en este breve apunte) su ardor, la pasión con la que ama libros y librerías, ora nuevos/as ora vetustas/os. O sus pesadillas, sobremanera el año y medio de vida que “perdió” mientras era recluso en la cárcel de Torrero, en su bien amada Zaragoza. Él, un insumiso frente a toda imposición, ni aún la encarnada por fusiles, militares, fundamentalismos, cegueras y cerebros huecos, valga la redundancia. Él compartiendo celda con presos comunes que encima lo motejaban de gilipollas al no entender su protesta muda. Muda, sí, por mucho que la prensa acudiese a acompañarlo el día de su ingreso en prisión: bonito gesto, sí, aunque el único que sufrirá el encierro va a ser él…
Y es que su opinión puede llegar a ser molesta, muy molesta. Nunca se esconde: «Somos basura si disfrutamos de la democracia y defendemos dictaduras, por muchos vínculos económicos que tengamos con ellas». Su cultura libresca, cimentada en los millares de libros que devora, y no sólo, porque literatura es todo para él, tebeos incluidos, le lleva a articular sobre sus viajes («Me gustan los hoteles. Cada hotel es distinto. Los hoteles están cuando tu vida está en otro lado»), algún concepto nuevo de la amistad («El amor a la aragonesa, que se caracteriza por demostrar lo menos posible que uno quiere al otro») o la coherencia y la revolución y la nostalgia y el amor y la universalidad y la tierra propia y ese contagioso gusto suyo por el polisíndeton…
Una aclaración: si he hablado en tiempo presente de Félix Romeo y algún purista tuerce el bigote, que me disculpe. Empero, aunque un maldito día de octubre de 2011 se le escapó la vida, postulo que un creador como él no desaparece jamás. Su legado está siempre al alcance. Cada vez que un lector se asome a sus escritos y a sus libros, este cuerpo reposará inerte, cierto, pero el alma vagará por los mercadillos y librerías de viejo del mundo entero «abriendo huecos para dejar pasar el aire que me limpia». Así, la chispa que irradia de cada mensaje brotado de su mente pervivirá. Un tintero lleno de valentía se ha quedado huérfano. Tanto como esas pilas de libros de su propiedad, que seguirán comprobando la carga que es capaz de soportar el suelo de las distintas viviendas en las que moró…
Leer este manual, este catálogo regala motivos para seguir leyendo. Por si alguien los necesita, claro…

jueves, febrero 06, 2014

Doctor Sueño, Stephen King

Trad. José Óscar Hernández Sendín. Plaza y Janés, Barcelona, 2013. 601 pp. 24,90 €

María Dolores García Pastor

El Resplandor (1977) es uno de los libros más conocidos de Stephen King desde que debutara con Carrie (1973). Considerado como una de sus mejores obras, tanto por la crítica como por los lectores, se trata de todo un clásico del género de terror que ha quedado impreso en el imaginario colectivo gracias en gran parte a la película del mismo título que basándose en él dirigió Stanley Kubrick en el año 1980. Muchos lectores estaban deseosos de saber qué había sido de Danny y Wendy Torrance y de Dick Halloran, los sufridos supervivientes del terrorífico hotel Overlook. Hasta el propio King confiesa que había seguido pensando en ellos. Tanto es así que treinta y seis años después de El Resplandor aparece Doctor Sueño, la muy esperada secuela.
Hacer segundas partes suele ser complicado porque siempre se tiende a la comparación más con una obra que casi desde su publicación se convirtió en un referente del género. Sin embargo, podemos decir que el autor supera el reto más que dignamente aunque no puede superar al primer título. Los fans del escritor no se sentirán en absoluto defraudados y quienes se acerquen por primera vez a él, disfrutarán sin necesidad de haber leído El Resplandor, aunque seguramente se quedarán con ganas de leerlo.
Doctor Sueño arranca en el punto en el que acabó su predecesora. A partir de ahí seguimos la evolución de Danny Torrance hasta convertirse en Dan, un adulto preso de sus demonios que cae en la bebida como parte de su herencia paterna y también para exorcizarlos. Mientras descubrimos qué fue de él desde que salió del hotel maldito o conocemos el paradero de su madre Wendy y el del cocinero del Overlook, el señor Halloran, empezamos a conocer también a los miembros del Nudo Verdadero. Al principio sólo sabemos que se trata de un grupo de gente que viaja en caravanas a través de todo el territorio estadounidense. Pronto sabremos más sobre sus peculiaridades, su forma de vida y sus apetitos. Y también iremos conociendo a la pequeña Abra Stone. Si al principio estas tres historias parecen inconexas gracias a la pericia narrativa de King iremos siguiendo la trama y entrando en ella hasta quedar atrapados.
Siguiendo el modus operandi que relata en su obra Mientras escribo (On Writing: A Memoir of the Craft), King planta la semilla de la historia y va dejando que crezca. A medida que conocemos más a los miembros del Nudo Verdadero vemos cómo Abra se hace mayor y vivimos de cerca los problemas de Dan con el alcohol hasta que se establece en un pueblo, encuentra un empleo y decide acudir a las reuniones de Alcohólicos Anónimos. Surgen otros personajes como Concetta, la abuela de Abra, sus padres, su médico de cabecera, Rose la chistera... Incluso regresa Tony, el amigo imaginario de infancia de Dan o la señora Massey, la ocupante de la habitación 217, que ya conocen los lectores de El Resplandor.
Pero pese a estar a la altura este no es ni mucho menos uno de los mejores libros del autor. No se esperen mucho miedo sus incondicionales, suspense que va in crescendo sí, pero el miedo moderado, concentrándose sobre todo al principio y al final. King vuelve a utilizar el tandem niño-adulto que ya usó en El Resplandor, pero mientras que en este el adulto quería acabar con el niño en su nueva obra forman equipo y el resultado no es el mismo, no funciona tan bien. Tal vez porque Abra no tiene ni de lejos el carisma del pequeño Danny al que aun recordamos paseando en su triciclo por los siniestros pasillos del Overlook. También es cierto que el lector se queda con ganas de saber más sobre Wendy y Halloran.
Pero con todo y con eso el libro convence. La eterna lucha del bien contra el mal es un valor seguro si se sabe manejar con la pericia que lo hace Stephen King. El autor parece haberse moderado un poco si nos remitimos a sus comienzos y a la dureza de sus tramas en los años 80 y 90. En este sentido algunos críticos apuntan a ese fenómeno que suele aquejar a muchos escritores en el otoño de sus vidas y que en el caso de King le hace buscar finales positivos en los que prevalece una lectura esperanzadora. Su estilo ágil, directo y sencillo, el uso de recursos propios de la narrativa policial, sus potentes personajes, que bien podrían ser el vecino de al lado, o el hecho de que el tiempo de la novela coincida con el del autor, son algunos de los ingredientes que hacen que sus libros funcionen tan bien. Los dos últimos, además, redundan en la verosimilitud de sus historias. Lector confeso de Lovecraft y Poe, cuya influencia se deja ver de tanto en tanto en su obra, King es un verdadero maestro a la hora de ambientar los terrores más espantosos en las situaciones más cotidianas.

miércoles, febrero 05, 2014

Víbora, Andrzej Sapkowski

Trad. José María Faraldo. Artifex, Madrid, 2013. 212 pp. 19,95 €

Julián Díez

Que, al margen de George R.R. Martin, los dos autores vivos de fantasía heroíca con mayor predicamento en España sean un parodiador como Terry Pratchett y un heterodoxo como Andrzej Sapkowski es algo que habla bastante bien del género. Más allá de convencionalismos y del desinterés del establishment cultural que sí va concediendo galones a alguno de sus pares, Sapkowski se ha ganado poco a poco un prestigio que le ha llevado a ser uno de los escritores más populares de Polonia e ir saliendo fuera con creciente éxito gracias al boca a boca, en un fenómeno lento pero seguro similar al que lanzó a su paisano el ahora muy indiscutible Stanislaw Lem (con cuyo recuerdo Sapkowski mantiene una relación bastante contradictoria. O, por precisar, valora la obra pero duda del personaje: bastante comprensible una vez se sabe de la personalidad de ambos).
Víbora es la primera obra "individual" en formato novela que conocemos en España de Sapkowski, una vez cerrada —por el momento— su serie del brujo albino Geralt de Rivia y mediada la publicación de la trilogía de fantasía histórica centrada en las guerras husitas. Por su extensión, muy inferior a la de las obras multivolumen citadas, y por su temática, más próxima en el tiempo y en la preocupación de los lectores casuales, Víbora puede servir de excelente presentación de su trabajo para los lectores que aún no le conozcan. Porque en esta novela están todas las cualidades de Sapkowski condensadas, y salpimentadas con nuevos ingredientes.
El escenario es en esta ocasión la guerra de Afganistán afrontada por los soviéticos en los años ochenta, y Sapkowski sabe conquistar de inmediato al lector con la frescura de sus diálogos y su conocimiento del medio —en el que al parecer tuvo la ocasión de trabajar algún tiempo en aquella época—. Casi desde la primera página estamos dentro del desastroso Ejército Rojo, una inmersión a la que contribuye no poco la labor una vez más brillante del traductor habitual de Sapkowski, José María Faraldo. En sus decisionesel traductor alterna la opción por los coloquialismos con el respeto a la jerga original de los soldados soviéticos, consiguiendo un resultado global de una verosimilitud y frescura modélicas.
Pavel Levart, el protagonista, es un relativo veterano de la guerra al que conoceremos en una emboscada de los afganos, un arranque brutal en el que obviamente Sapkowski ha querido ofrecer una versión aún más dura y sucia de los combates con que se abren Salvad al soldado Ryan o Enemigo a las puertas. No hay aquí sin embargo movimientos de masas, sino una detallada coreografía a pequeña escala, un despliegue de pequeños horrores individuales sin sentido que rebrotarán a lo largo del libro.
Levart y uno de sus colegas supervivientes es destinado a un puesto de avanzada donde irán introduciéndose los elementos fantásticos: tanto por la singular condición del protagonista como por el hallazgo de una víbora que parece representar todo el componente telúrico de esa tierra vientre de Eurasia, pobre en superficie y rica en subsuelo, que lleva causando problemas a quienes quieren conquistarla desde los tiempos de Alejandro Magno hasta hoy.
El entralazamiento de todos esos conflictos con la trama fantástica es uno de los puntos fuertes del libro, aunque una vez más Sapkowski consigue brillar con sus propias herramientas puramente estilísticas: el humo socarrón, el desencantado cinismo no motivado por postureo sino fruto de una experiencia vital, la vivacidad en el relato y el uso escaso, pero contundente cuando se requieren, de artificios. El volumen se cierra con un amplio extracto de un libro de entrevistas de Stanislaw Beres con el autor. No puedo evitar citar una de sus respuestas, cuando Beres le comenta si no le irritan determinados elementos de la situación política: «Lo que a mí me irrita es esta pregunta tuya, que tiene en su contenido su contestación y en la forma por no tener ni tiene —ni siquiera pro forma— una señal de interrogación». Quien entreviste a Sapkowski no puede esperar convencionalismos, justo lo que elude dar a sus lectores en cualquiera de sus páginas.

martes, febrero 04, 2014

El luthier de Delft, Ramón Antrés

Acantilado, Barcelona, 2013. 336 pp. 30 €

Luis Manuel Ruiz

No existe objeto en el universo que de algún modo no contenga a todos los otros, y tanto más si se trata de un libro. Pero aunque todo libro se pueda leer como un atlas, esto es, una cartografía virtual del mundo completo que comienza más allá de las guardas, con sus selvas, y sus torres, y sus cuartos escondidos, y sus esferas y sus ángeles, hay algunos que se complacen en ser más cosmopolitas que otros. Los miembros de esta clase, los libros de mundo, son aquellos que, lejos de agotarse en ellos mismos, proponen a cada página una miríada de lecturas alternativas: otros libros distintos a los que asomarse, o ciudades que visitar, músicas a las que prestar el oído. Se trata de libros con un gusto por la digresión y por perderse en derroteros que les hacen amar cualquier cosa, detenerse con idéntico cariño y curiosidad ante la catedral y el cubo de la basura, el catedrático y el limpiabotas; libros múltiples, espejos de otros libros; centones que no se dejan atrapar por definiciones exactas y que abarcan todos los géneros y los desmienten en su anarquía: las Noches Áticas de Aulo Gelio, la Historia Natural de Plinio, la Commedia de Dante, los Essais de Montaigne, los volúmenes de Browne y Burton (Robert y Richard), la Silva de Varia Lección, del sevillano Pero Mexía, y el etcétera es demasiado largo para añadir una coma más.
Las obras de Ramón Andrés pertenecen todas a tan venerable tradición. Aunque su interés primario sea la música (no en vano nuestro prócer Muñoz Molina lo ha calificado de “Richard Taruskin español”), el material de que se nutren no se circunscribe ni mucho menos al pentagrama y sus alrededores: cuenta así en su haber con la inclasificable No sufrir compañía (2010), una antología de escritos místicos sobre el silencio, o esa Historia del suicidio en Occidente (2003) que explora ciertos recovecos de la heroicidad y el pesimismo y que salta, no sé si alegremente, de la historia de las religiones al arte poética y a la imagen, a veces distorsionada, que el hombre occidental se hace de sí mismo. Varias constantes se repiten en estos títulos de Andrés, y todos los otros (sus impecables monografías sobre Bach y Mozart, sus enciclopedias de instrumentos secretos y de conjuros mágicos, sus ediciones críticas de clásicos que se extraviaron): la erudición, entendida como un acopio infatigable de citas, de nombres, de obras que nos hacen comprender que el universo es aún más inmenso de lo que prometen los catálogos; la elegancia, un mérito mozartiano que podría sintetizarse en la elección de los temas y en su correcto desarrollo hacia un final acorde, sin estridencias, sin salidas de tono; las digresiones, las benditas digresiones y la modulación de los argumentos hacia tónicas más altas o más bajas que dota al conjunto de esa variedad en la que está el gusto; un idioma cuidado y terso, salpimentado con arcaísmos y expresiones de un extraño rigor. Todas esas virtudes, y alguna más de nuevo cuño, se hallan en su último producto, El luthier de Delft.
En este caso, el punto de partida es pictórico. En la National Gallery de Londres se conserva un paisaje del artista neerlandés Carel Fabritius titulado Vista de Delft: una composición en forma de panóptico, de perspectiva alterada, que resume en un solo punto de vista la Market velt, o plaza del mercado, de un modo que recuerda a nuestras modernísimas fotografías bastardas de 360 grados. En el rincón derecho del cuadro, se alinea un rebaño de pacíficas casas holandesas; en el opuesto, tras una celosía, un luthier con la mano colocada bajo el mentón ofrece sus productos, laúdes, violas, tiorbas, al cliente que tenga a bien detenerse ante su tienda. Esta escena es el átomo que Andrés elige para, multiplicándolo, diseccionándolo, aplicándole los métodos de la fusión y la fisión, en frío y en caliente, brindarnos todo un universo de seres singulares, resultados únicos tanto de la naturaleza como del arte. La figura de Fabritius sirve de pretexto a un recorrido detallista por la pintura holandesa de la época, pródiga en interiores de iglesias, salones con tapices, damas, traspatios; los juegos con la perspectiva nos introducen en los experimentos, tan en boga en su día, sobre óptica, espejos, linternas mágicas (que Jurgis Baltrusaitis presentó en su clásico Anamorphoses, de 1955), y a los que, impulsado por el auge de herramientas científicas como el telescopio y el microscopio, también se dedicó el pulidor de lentes Baruch Spinoza; y sobre todo: el material con que comercia el misterioso personaje del cuadro permite a Andrés abrumarnos de nuevo con su conocimiento caudal de la historia de la música, ofreciendo pormenores neuróticos sobre la madera empleada para elaborar guitarras o claves, el modo de extraer la mejor sonoridad a una viola da gamba, las costumbres interpretativas en el contexto de la época, el milagro nunca explicado que tiene lugar cuando alguien pulsa una melodía en una habitación vacía a medias.
Hay libros en los que uno querría vivir, a los que retirarse, como una cabaña en una ladera, para dejar atrás las estridencias del mundo. La Holanda que Ramón Andrés describe en estas páginas es uno de esos hogares: una burbuja de paz, aislada en la quietud perdida del intelecto y de la belleza, un delicado bibelot de cristal que hay que manejar con cuidado para que no se rompa. Un universo recogido en una cáscara de nuez: aquel en que la razón podía aspirar al infinito y la música era sinónimo de reconciliación de los contrarios.

lunes, febrero 03, 2014

Actores sin papel, José Marzo

ACVF Editorial, Madrid, 2013. 96 pp. 3,63 €

Miguel Baquero

Cuando afronté la lectura de Actores sin papel, la nueva novela de José Marzo (Madrid, 1967), acababa de cerrar un libro de cuentos bastante elogiado por la crítica, elogiado, cabría decir, hasta un grado superlativo, pero que a mí, si soy sincero, me pareció efectista al máximo, basado en una sucesión de metáforas y comparaciones ingeniosas, algunas es cierto que brillantes, pero otras demasiado impostadas. Después, como digo, de este tránsito por un libro que se agotaba en una parafernalia preciosista, llegar a la puerta del supermercado Lidl donde transcurre la acción de Actores sin papel, un supermercado cualquiera a las afueras de cualquier ciudad de la actualidad, y encontrarme allí con Peter, uno de los protagonistas del libro, un emigrante nigeriano que vende La Farola, era como ser devuelto de una bofetada a la realidad… pero una bofetada que, a la postre, siempre es de agradecer.
Porque al menos quien esto suscribe está con Celaya cuando dijo aquello de que maldecía la poesía concebida como un lujo; uno también siente lo mismo dicho de la literatura en general. Quizás no llegue a tanto como a maldecir —o sí, quién sabe, en los días que está de mal humor— pero desde luego opina que los libros tienen que tener alguna conexión con la realidad; no se trata de construir barricadas ni de hacer llamamientos a las armas, nada de eso; se trata sencillamente de intentar penetrar directamente en el corazón del hombre de nuestro tiempo. Sin contentarse con la simple evasión o sin entretenerse en la floritura.
Ya sé que por todo esto, por pretender que lo que uno lee tenga algo de profundidad —siempre en el sentido de que ahonde en el pulso de nuestros días—, y por sostener que un libro es tanto más literario no cuanto más páginas ni más ventas ni siquiera más metáforas por renglón tenga, sino cuantas más verdades diga, a uno le miran raro y, en medio de la tómbola de lo ligero, lo superfluo y la lectura «de un tirón», es tenido por un soso y un aguafiestas.
Pero tampoco basta, en mi opinión, con describir literariamente la realidad si lo que acaba haciendo el autor es recitar todos los lugares comunes y pensamientos tópicos que alicatan nuestros días. Y ahora que he releído lo que llevo escrito, admito que, de inicio, aquello de la puerta del supermercado y el inmigrante vendiendo La Farola suena a recurso fácil y trillado de denuncia social, y que ese solo cuadro de presentación puede retraer a un lector temeroso del infantilismo y la simpleza que sobrevenga después. Pero si no lo he dicho al principio lo digo ahora: José Marzo es un escritor con la suficiente autenticidad, buen gusto y asimismo oficio, curtido en casi una decena de novelas, como para despeñarse por la ramplonería. Lejos de ello, los personajes de esta su nueva novela no son ni arquetipos de una idea fácil ni individuos de una pieza, sino seres humanos que se contradicen a veces, que actúan de forma inconveniente, que dudan, que tienen miedo, que se hacen daño… Esa gente con la que nos cruzamos por la calle y que parece haber sido expulsada de los libros para meter en su lugar a mago, brujos, dragones, o asesinos múltiples.
Decía Pascal que estamos hechos de la misma materia que las estrellas; y tal vez por esto el hombre, en sí, sin más, es —o debe ser— un espectáculo literario inagotable. Por fortuna, aún quedan escritores como José Marzo que aspiran a captar este pulso, renunciando seguramente al encadenamiento de metáforas o a la explotación, cual petardo, de una anécdota con final sorprendente que sin duda, y por la mera calidad de su escritura, le reportaría mucha mayor repercusión en la literatura actual.

viernes, enero 31, 2014

Listen to me, Manuel Vilas

La Bella Varsovia, Córdoba, 2013. 200 pp. 15 €

Fernando Ángel Moreno

El terreno de lo literario ha sido siempre difuso y muy dado a interpretaciones. En este sentido, me llaman la atención algunas voces que invitan a ver Facebook como literatura. Evidentemente, habría muchas razones teóricas para darles la razón, con poco que nos pusiéramos a ahondar en problemas de lenguaje connotativo, intención del autor y de lector, y teorías de la ficción. Aún así, me resisto a este etiquetado, pese a que soy un gran defensor de la red social desde hace años.
Y me voy a cerrar aún más en mi ceguera, puesto que disponemos de la interesante propuesta de Manuel Vilas, y porque me conviene egoísta y tramposamente para defender su libro Listen to me.
En sus páginas se publican sus estados de Facebook —incluidas fotos y enlaces a canciones—, que con mayor o menor asiduidad muchos seguíamos y disfrutábamos. Que ya había una intención literaria parecía claro en la mayoría de ellos, y no guardaba dudas en los más ficcionales, como los que dan título al libro: aquellos en los que Vilas habla directamente con Dios.
Sin embargo, ahora una editorial los recoge en papel y los publica. Cualquier lector apegado a ciertas tradiciones me dirá que tan literatura eran antes como ahora, puesto que un texto es lo que es, independientemente del formato en que aparezca y puesto que esa intencionalidad pretendía darle el propio autor. No obstante, la propia experiencia de lectura puede llevar a que no se haga una relectura de aquellos ya conocidos, pese a que tampoco pueda sentirse que se leen como si se leyeran por primera vez. Es decir, mi sensación es que esos textos han sido transformados en algo que EVIDENTEMENTE ES literatura respecto a algo que era Facebook y que PODÍA SER literatura.
Recomiendo acercarse al libro desde esta perspectiva de que, schrodingerianamente, es y no es literatura al mismo tiempo.
A lo largo de sus páginas vamos conociendo a un personaje, Vilas, que nos va introduciendo en su mundo, va creando unas cuantas características aquí y allí para darle dimensiones ‒su pobreza, su tono hiperbólico, su pasión por Johnny Cash, Lou Reed, Scott Fitzgerald...‒, va desarrollando algunos conflictos internos y, hasta cierto punto, evoluciona. Yo diría que evoluciona en cuanto que evoluciona su estilo en este formato, sintiéndose cada vez más seguro. Si la coherencia y la cohesión quedaban reforzadas por un muro de FB con un nombre, ahora lo da un formato tradicional que invita a leer... ¿Como una novela? ¿Como poemas? ¿Como microrrelatos?
No obstante, somos conscientes de que lo allí narrado era vivido en tiempo real, incluido algún trágico acontecimiento. Podríamos afirmar, como ya se ha dicho, que no existe diferencia con el clásico diario o con el género epistolar, y remitir a Montaigne, a Ana Frank o incluso al propio Lovecraft y su correspondencia con tantos escritores. No obstante, la inmediatez de la faceta pública de estos textos influyó sin duda en su redacción e influye ahora en nuestro imaginario al leerlo. Con ello, cobran una fuerza diferente sus críticas a la política y la cultura españolas y, desde luego, su hondo y metaforizado existencialismo en constante pugna con un no menos hondo y directo amor por la vida y por el ser humano.
De este modo, el autor nos acerca muchísimo a su intimidad, a sus pensamientos más directos... Y, por otro lado, al literaturizar la vida, se hace más opaco, menos accesible el Vilas real.
Todo esto supone más que una mera discusión teórica sobre etiquetas y límites. En definitiva, trata de una experiencia estética difícilmente alcanzable con otros textos, actuales o del pasado, esa experiencia que Jordi Carrión denominó hace ya algún tiempo «ficción cuántica». Un libro revolucionario, sin duda, que es y no es literatura. (Como le pasa a toda la literatura, en realidad.)
Ah, olvidaba lo único importante de todo esto: desde mi (nada humilde) opinión, muy, muy divertido.

jueves, enero 30, 2014

Los ángeles mueren por nuestras heridas, Yasmina Khadra

Trad. Wenceslao-Carlos Lozano. Destino, Barcelona, 2013. 378 pp. 19,90 €

Salvador Gutiérrez Solís

«Me llamo Turambo y al amanecer vendrán a por mí», con esta turbadora y profética frase comienza Yasmina Khadra su última novela, Los ángeles mueren por nuestras heridas. Un comienzo que traza el devenir posterior de la historia, pero que también nos indica que nos encontramos ante una obra entendida y construida desde la concepción clásica, tradicional, de la novela. Pero huyamos de prevenciones o cautelas, ya que este evidente clasicismo de Los ángeles mueren por nuestras heridas no juega en su contra, sólo se trata de una calificación, ya que nos encontramos ante una poderosa y contundente novela.
Pícaro, desgraciado, pretencioso e indefenso, al mismo tiempo, Turambo es el gran protagonista de la nueva entrega de Khadra. Caminamos a su lado desde su dura infancia, por lo callejones embarrados y sombríos de su aldea, nos contagia su pobreza extrema, y compartimos su fulgor, estrella de la calle, héroe de los mendigos, en la gran ciudad. Turambo, en cierto modo, tiene mucho de esos personajes extremos, sin nada, desnudos ante la vida y sus circunstancias, que tan bien nos mostraron los Delibes, Cela o Umbral, en esa España huraña y ruin de la posguerra. Porque Argelia, la que nos muestra Khadra, tiene mucho de esa España de Las ratas y de La colmena, similares en sus bajezas materiales y humanas, apenas son perceptibles las diferencias.
La historia de Turambo es la de un viaje real y emocional, por esa Argelia colonial y bipolar, de oro y barro, de tragedia y opulencia, de abundancia y hambre. Khadra domina todos los planos, del gran angular al plano secuencia, sin obviar el primer plano. Se vale de todos ellos para ofrecernos detalladas y exactas imágenes de lo general, las ciudades y sus gentes, la diferencia de clases, la sociedad argelina en su conjunto, pero también para colarse en el interior de los personajes que deambulan por la historia, todos ellos dotados de una fuerte expresividad narrativa.
Los ángeles mueren por nuestras heridas es una novela vibrante, eléctrica en determinados pasajes, luminosa, por la totalidad que nos ofrece de esa Argelia a pie de calle. Una de esas novelas con aroma de artesanía, ese que sólo se consigue por medio de una narrativa transparente, sincera, verdadera, impecable. Puede que esa sea la palabra que mejor define la última novela de Yasmina Khadra: impecable.

miércoles, enero 29, 2014

El siglo maldito. Clima, guerra y catástrofe en el siglo XVII, Geoffrey Parker

Trad. Victoria Gordo del Rey y Jesús Cuéllar. Planeta, Barcelona, 2013. 1.486 pp. 39,50 €

Ángeles Prieto Barba

Cuando don Francisco de Quevedo publicó en 1613 el conocido soneto Miré los muros de la patria mía, ese que siempre hemos contemplado como lamento del poeta por la decadencia del Imperio Hispánico, incluyó asimismo la imagen elocuente de “los arroyos del hielo desatados”. Pues bien, a la luz del libro que presentamos aquí, no tiene por qué buscarse metáfora alguna tras esas palabras, sino fotografía más o menos exacta del paisaje que contemplaba.
Y de eso nos enteraremos ahora mejor porque Parker nos ha proporcionado sobre el siglo XVII un libro serio, sabio y apabullante en datos, incontestable, una especie de gran legado para todos nosotros y cuántos nos sucedan, que a la luz de la historia nos advierte de lo inevitable: tendremos en el futuro serios cambios climáticos, con o sin nuestra intervención contaminante. Pues es lo que ocurrió hace cuatrocientos años durante la llamada Pequeña Edad de Hielo, cuando la temperatura del planeta descendió de manera natural unos grados, debido a la disminución de la actividad solar, el aumento indudable de la actividad volcánica, continuas repeticiones del “Niño”, lluvias torrenciales y sequías pertinaces. Situación que provocó tremendas hambrunas, guerras constantes, graves revueltas políticas y sociales, persecuciones religiosas y la desaparición de casi un tercio de la población mundial en consecuencia. La originalidad y el trabajo encomiable, pero también grandeza moral de este libro, nos pone todo esto en evidencia.
Volumen que espero pueda encontrarse en breve en todas y cada una de nuestras Facultades de Filosofía y Letras, a disposición de tantos alumnos y profesores que deben estudiarlo a la hora de profundizar en este siglo difícil, aunque para el lector sin necesidades académicas va a suponer también una lectura provechosa y bastante grata. Por ello debemos valorar asimismo el trabajo de los traductores, que han tenido no solo que lidiar con el idioma, sino también reflejar comprensiblemente características de tantas culturas lejanas como aparecen en el libro. Algo que no se consigue sin consultar previamente con el autor cuantas veces haga falta.
Las casi mil quinientas páginas que componen este libro suponen un ejercicio de síntesis considerable, si tenemos en cuenta que abarcan un siglo repleto de convulsiones cubriendo el planeta al completo, y de que ha supuesto quince años de trabajo recopilarlo todo. Lo que se ha conseguido sin abandonar en ningún momento el prisma del clima hostil, aunque los males aquí detallados y cómo logramos enfrentarnos a ellos, están expuestos bajo una sólida estructura, necesaria para que integremos bien toda la información recibida. Esta consiste en una primera parte general para proporcionarnos datos concretos sobre todos los cambios climatológicos que sobrevinieron y sus consecuencias (hambrunas generalizadas, enfermedades contagiosas, plagas de langosta, crisis de subsistencia), para pasar a un enfoque particular donde se analizan sus efectos en los principales y diferentes Imperios: el cambio de dinastía en China, Rusia y sus convulsiones, los turcos, que vieron inundada La Meca con el Bósforo congelado, Alemania y su Guerra de los Treinta Años, la Península Ibérica con Portugal y Cataluña haciendo mutis, Francia y su Fronda, la Revolución Inglesa. En una tercera parte más breve, veremos a los mogoles campeando por sus respetos, las rebeliones italianas, las tragedias de las que tanto desconocemos en África y Australia, los complicados inicios de los estados americanos, y la excepción del poderoso Japón Tokugawa. Una cuarta parte sirve para analizar cómo se comportan los actores protagonistas de este drama: campesinos, soldados, clérigos, aristócratas descontentos, intelectuales. Y en el quinto y último bloque nos enteraremos de cómo se remontó esa crisis tan tremenda en cuanto el clima cambió. Por tanto, la visión amplia que aquí obtenemos no es sólo lineal, lectura a la que estamos acostumbrados, sino circular con grandes cambios que perdurarán en los siglos sucesivos, como la supremacía tecnológica de Europa y la decadencia progresiva del Imperio Hispánico hasta su completa desaparición.
En la advertencia final, que recoge con inteligencia avispada qué poca previsión se demostró en el reciente episodio del Katrina, el desastre natural económicamente más gravoso en toda la historia de los poderosos Estados Unidos, el autor nos pondrá en alerta sobre la necesidad de invertir ya en estos asuntos, lográndolo con bastante más eficacia que cualquiera de los documentales y mensajes políticos ya vistos. Por ello, dado el esfuerzo, el rigor, el corazón y la generosidad con la que este libro ha sido escrito, sólo cabe esperar que sea acogido con el entusiasmo debido.

martes, enero 28, 2014

El descrédito. Viajes narrativos en torno a Louis-Ferdinand Céline, VV.AA.

Ediciones Lupercalia, Alicante, 2013. 208 pp. 15,90 €

Pedro Pujante

Si existe un autor que hoy día sigue suscitando polémica, admiración, rechazo, inspiración y sumando lectores y lectores, ese es Céline. Falleció hace más de medio siglo, fue médico, vivió la Gran Guerra, estuvo encarcelado sufrió el ‘descrédito’ y el destierro. Sus panfletos antisemitas le valieron la ignominia y que su Francia natal le relegase a un margen de la literatura canónica.
No obstante, y dando ejemplo de una gran intuición y gusto literarios, Lupercalia, una editorial joven y audaz, se ha encargado de reunir un gran surtido de plumas de escritores españoles contemporáneos para rendir el tributo que se merece este padre díscolo de las letras universales. Si bien sus más conocidas novelas, y quizá lo más excelso de su obra, son Viaje al fin de la noche y Muerte a crédito, es cierto que tiene más libros. Por ejemplo, Vila-Matas nos recuerda esa obra menor titulada Fantasía para otra ocasión, que leyó hace tiempo pero que le tuvo que impactar de algún insólito modo pues ahora, "masoquistamente", se molesta en rememorarla y relegarla del olvido, como quien siente un aullido del pasado llamar a la puerta del horror. Otros escritores de esta antología se siguen interrogando por el dilema de diseccionar el binomio hombre-obra. Por ejemplo, Joaquín Piqueras, uno de los más grandes poetas de este país, ha recreado una irónica conversación de chat literario en la que varios usuarios discuten sobre la necesidad de separar al ideólogo del artista, al escritor del hombre. La misma tesitura se plantean otros como José Ángel Barrueco o Gsús Bonilla.
Bruno Marcos elabora un preciso ejercicio comparativo entre Céline y Chaplin, en el que el humor y el horror comulgan en una simbiosis contemporánea que invita a la reflexión. Mario Crespo nos recuerda las relaciones de Céline con la beat generation. Pero el catálogo de plumas y temas no se agota ahí: Miguel Sánchez-Ostiz nos regala una evocación conmovedora; Óscar Esquivas narra una aventura celiniana en primera persona; Pepe Pereza inventa un relato, en su habitual tono directo y violento, en el que un libro robado de Céline desencadena la acción. Y muchos grandes narradores más que no caben en este breve reseña…
Muchos han elegido el ensayo, otros el relato, la crónica o la falsa biografía. Gran número de elementos de la vida del autor se hallarán en este volumen, y muchas desviaciones por vericuetos ficticios que ahondan en el itinerario novelístico de este padre de los malditos. Sobre todo apoyándose en esa novela semi autobiográfica que es Viaje al fin de la noche. De la que se puede aprender más de Céline que de ninguna biografía: su viaje a EE.UU., su amor sucio y mal correspondido, su asco por la vida o sus vicisitudes como médico.
Quien se aproxime a la vida de este genial escritor no se arrepentirá. A través de sus libros, a través de los libros de otros. En ese sentido, El descrédito es una puerta-espejo que conduce a Louis-Ferdinand Céline, ejemplo de que la literatura engendra más literatura, en un juego de correspondencias equívoco y proteico que convierte la experiencia de leer en un ‘viaje al fin de la propia irrealidad’.
Permítaseme sumar esta reseña al merecido homenaje que Céline merece.

lunes, enero 27, 2014

Hic Sunt Dracones: Cuentos imposibles, Tim Pratt

Trad. Silvia Schettin. Fatalibelli.com, Madrid, 2013. 145 pp. 4,90 €

Julián Díez

Inmersos en la avalancha de tomos interminables que siguen con desigual fortuna la senda de El Señor de los Anillos, o actualmente de Canción de Hielo y Fuego, los grandes editores han olvidado que la esencia de la literatura fantástica está en sus formas cortas. Es como si para las librerías españolas sólo se hubieran publicado relatos fantásticos hasta el día en que se marcharon Cortázar y Borges, para luego dejar paso únicamente a las reediciones de los distintos clásicos y las novedades en forma de tochos de fantasía heroica o, por usar la terminología todoroviana, literatura maravillosa. Por eso es más que laudable la intención de una joven editorial de libros electrónicos, Fata Libelli, de ponernos al día con la producción internacional de relato de este género.
Entre los cuatro libros que han publicado hasta ahora, he elegido empezar por esta antología de cuentos de Tim Pratt, un autor joven (37 años) que ya ha conseguido notables premios especializados y que en los siete relatos aquí presentes da una notable muestra de versatilidad. Algo especialmente destacable para poner fin a esa dualidad que señalaba más arriba: sus historias son cortas, son buenas, y son actuales.
Hay fantasía urbana en cuentos como “Sueños imposibles”, en el que un friqui del cine accede al videoclub de un universo paralelo, repleto de maravillas; homenajes al folklore estadounidense como en “Hart y Boot”, con una forajida del Oeste que encuentra un insólito compañero de correrías o en “El pez limpiafondo”, una especie de breve Moby Dick amargo, contemporáneo y sureño; new weird combinado con notas artúricas y conspiranoicas en “La copa y la mesa”; una caza de dragón pasada por el tamiz de la amargura amorosa en “El sótano del mundo”; notas de mitología clásica en ambiente contemporáneo en “Vida con la arpía”; y una redefinición de los parámetros de la fantasía heroica en “Vida petrificada”. Por lo que leo en reseñas anglosajonas, varios de ellos están relacionados con novelas de Pratt, aunque todos resultan redondos y satisfactorios por sí mismos.
Si sumamos estos relatos al otro que ha sido traducido hasta el momento en castellano, el francamente repleto de mala leche “Otro final del imperio”, podemos llegar ya a conclusiones bastante claras sobre qué cabe esperar de Pratt: relatos originales y frescos, escritos con la cantidad justa de artificio para no presentarse de forma plana, y en los que sistemáticamente parece afrontar los temas habituales de la fantasía desde un punto de vista nuevo, como de soslayo, con una mirada moderna infrecuente en su originalidad. Y casi siempre amarga.
Casi se podría caer en la tentación de decir que Pratt afronta procesos de deconstrucción de los elementos tradicionales del fantástico, aunque lo más probable es que simplemente tenga la cabeza ordenada de la forma necesaria para mirar a su alrededor y encontrar la rendija por la que trasladar a ese entorno sus propios sueños y obsesiones.
Aunque “Sueños imposibles” es su relato más conocido hasta el momento, y abre bien la antología por ser tal vez el más efectista, lo cierto es que en el conjunto del volumen es quizá el relato menos sorprendente para un lector algo curtido del género, dentro de un tono medio alto. Hic Sunt Dracones es, en su conjunto, una excelente noticia para los aficionados, que tanto echamos de menos la emoción que supone el descubrimiento de un relato original, el vértigo de la inmersión en todo un mundo nuevo creado y desvanecido en solo unas pocas páginas.