viernes, enero 24, 2014

Democracia, Pablo Gutiérrez

Seix Barral, Barcelona, 2012. 234 pp. 17 €

Guillermo Ruiz Villagordo

Democracia no es una novela, no puede ser una novela. No lo es porque al contar lo que cuenta su autor sabe que sólo puede aspirar a componer una colección de escenas, imágenes y reflexiones sobre personajes desgajados de una narración sin argumento, en la que representan desde el papel protagonista hasta el extra más inadvertido, amparados por un lenguaje ampuloso y desbordado, a veces alucinatorio, la mayoría de las veces alzado desde un sarcasmo inmisericorde, donde una metáfora puede construirse con tanta fuerza y credibilidad con una marca de juguetes como con un nenúfar. Sí, en este artefacto literario avasallante no ocurre nada y ocurre todo, nada sucede pero todo trama los hilos de su propia historia, entremezclando vidas con un objeto que se desvanece y aportando perspectivas inauditas donde el nexo de unión entre las escenas resulta tan impensable como lo es el de todos los implicados en esta crisis de la que nos ha tocado formar parte.
Por supuesto, soy consciente de que quien lea las líneas precedentes no habrá podido hacerse una idea clara de la obra de la que hablan. ¿Qué tendría que reseñar entonces? ¿Debería desvelar mejor que el despido de Marco, diseñador gráfico de complejos residenciales, coincide con la quiebra de Lehman Brothers, punto de inicio por consenso de la actual crisis económica, y que con él como improbable (en principio) correa de transmisión asistimos a la incidencia de estos hechos tanto en las trayectorias vitales de su mujer, su jefe, su ex-compañera de trabajo..., como en los altos estamentos económicos zarandeados por el profeta falsario, trepa visionario, George Soros, recuperándose en el transcurrir de la narración fragmentos de pasado a modo de flashes desconcertantes, a la vez que nos obliga a examinar las razones y sinrazones de cada uno de los participantes de la amarga comedia democrática de nuestra vida? No, seguramente ésta tampoco es la forma.
Para un novelista hay tres terrenos de arenas movedizas a la hora de escribir: la prosa poética, el tratamiento de lo social y la perspectiva sarcástica. Pablo Gutiérrez es uno de los pocos que ha conseguido mezclarlos sin que nada chirríe, potenciando cada elemento sin que ninguno destaque sobre los demás mediante el uso inteligente del resto de ellos, con un poderío verbal que es de admirar además de disfrutar. Por ello la tercera explicación de Democracia, que es la que tiene auténtico valor, es la que cada lector componga en su cabeza tras la lectura del libro.

jueves, enero 23, 2014

Muerte súbita, Álvaro Enrigue

Premio Herralde 2013. Anagrama, Barcelona, 2013. 264 pp. 17,90 €

Care Santos

La última novela del mexicano Álvaro Enrigue, por la que resultó merecedor del último premio Herralde, parte de un planteamiento atrevido: el pintor italiano Caravaggio y el poeta español Francisco de Quevedo disputan en Roma un partido de tenis con el que saldan pendencias y arrojos anteriores. Quevedo empieza ganando, el público apuesta a su favor, corre el dinero, hay algunos espectadores muy especiales entre los asistentes (a los que vamos conociendo poco a poco) y todo ello sirve al autor de pretexto para desplegar hacia todos los lados una trama que se apoya en la disputa, pero sólo de refilón, para explicar muchas otras cosas: desde el destino de la melena que Ana Bolena se amputó justo antes de ser decapitada hasta los estúpidos arrebatos españoles durante la llamada conquista del Nuevo Mundo. Por estas páginas campan Hernán Cortés, su amante la Malinche, Moctezuma, varios papas, varias furcias y una gran diversidad de personal surgido de la época de los descubrimientos y de los movimientos contrarreformistas de la iglesia. Además, claro está, de los dos contendientes.
Se da también un interesante culto a los objetos, a través de los cuales todo parece hacerse más tangible. Este interés de Enrigue por ellos se subraya en algunos añadidos a la narración, en que se aportan definiciones históricas de ciertos utensilios muy empleados en este tenis arcaico, de la pella a la pala. Aunque los utensilios que con el argumento se crecen como un bizcocho metido al horno son otros: el juego de pellas únicas, vendidas a precios exorbitantes; un escapulario fabricado con el pelo de un muerto imperial o un bonete tejido gracias a un material inédito en el Viejo Continente, que asusta tanto como deslumbra.
La novela maravilla por el alarde de recursos que hace su autor, por el modo en que la voz del narrador se inmiscuye en lo que está contando, por el dominio del lenguaje. Y también por el artificio, por la trampa. A medida que se avanza en la lectura, una ya se da cuenta de que lo que Enrigue pretende contar no tiene nada que ver con el partido de tenis inicial. Lo que cuenta es mucho más universal y terrible. Lo dice el propio novelista, en una de esas intervenciones de su propia voz: «No sé, mientras lo escribo, sobre qué es este libro. Qué cuenta. No es exactamente sobre un partido de tenis. Tampoco es un libro sobre la lenta y misteriosa integración de América a lo que llamamos con desorientación obscena 'el mundo occidental' (...). Tal vez sea un libro que se trata solamente de cómo se podría contar este libro, tal vez todos los libros se traten sólo de eso. Un libro con vaivenes, como un juego de tenis». (páginas 200-201). Termina, sin embargo, con una conclusión esclarecedora: «Sé que lo escribí muy enojado porque los malos siempre ganan. Tal vez todos los libros se escriben sólo porque los malos juegan con ventaja y esto es insoportable» (página 202).
Tal vez en esto de la literatura también los malos jueguen con ventaja. Está claro que Enrigue es de los buenos y esta novela lo demuestra con creces.

miércoles, enero 22, 2014

Colegiala, Osamu Dazai

Trad. Ryoko Shiba y Juan Fandiño Impedimenta, Madrid, 2013. 272 pp. 19,95 €

Verónica Aranda

Osamu Dazai es uno de los escritores modernos más queridos en Japón, un país que ama a los héroes trágicos. Maestro de la novela del yo (watakushi shoshetsu), la biografía de Dazai es indisociable de su obra. De carácter atormentado, llevó una vida al límite, donde no faltaron las penurias económicas, la adicción al alcohol y a la morfina, una estancia en un psiquiátrico, lances amorosos variados, fama y decadencia...Tras cuatro intentos de suicidio, acabó lográndolo a los 39 años junto a una amante; ese doble suicidio, tan tradicionalmente japonés.
Dazai pertenece a esa generación que surge como reacción y huida de la Segunda Guerra Mundial, los denominados “Burai ha”, un grupo de escritores inconformistas que tiene como pilares el nihilismo, el sarcasmo y la no adscripción ninguna escuela. Es la época en que se desmoran los valores familiares en Japón, como bien refleja Dazai en Ocho escenas de Tokio, que rescató la editorial Sajalín. De este libro sorprende su desgarro narrativo y la crudeza de sus argumentos. Está compuesto de delicados retratos del Tokio de su época y sus habitantes, que se debaten entre la modernidad-que implica también independencia-y una tradición casi feudal.
Colegiala, editado recientemente por Impedimenta, fue escrito por Osamu Dazai en la plenitud de su carrera y se compone de catorce relatos, todos protagonizados por mujeres. En primer lugar, sorprende el conocimiento de Dazai del universo femenino. Muchos de los cuentos poseen un tono confesional, como el de la muchacha que comete un robo por amor. En otros, emplea el autor con maestría el monólogo interior. Es el caso del relato que da título al libro, que gira en torno a los pensamientos que pasan por la cabeza de una adolescente japonesa de posguerra, con todas sus dudas y problemas de identidad. En cierto modo, todos estos cuentos tienen el tono testimonial de una generación que quedó tocada por la Segunda Guerra Mundial, y no dejan de lado el contexto histórico, como Ocho de diciembre, donde la protagonista va registrando a modo de diario todo lo que hizo y pensó el 8 de diciembre de 1941, el día que Japón declaró la guerra a Estados Unidos y al Reino Unido.
A través de un estilo poético y muy depurado que recuerda por momentos al de Akutagawa —de quien fue discípulo—, Dazai relata con naturalidad pequeños acontecimientos cotidianos que suceden a personajes insignificantes e introspectivos. Son relatos de fracasos personales interiores, pero también de mujeres que dan importancia a cada instante vivido y extraen poesía del día a día: Todo a lo que aspiramos es a disfrutar de la belleza de cada momento. Idolatramos la vida. El tacto de la vida, declara la protagonista de Colegiala. El autor rompe con todos los tópicos del pudor nipón y la no expresión de los sentimientos. Así, los relatos, cobran un cierto matiz oscuro y morboso, casi de confesión prohibida, donde no falta el despecho y el sentimiento de incomprensión frente a unos maridos siempre ausentes, por lo general artistas, escritores y perdedores, que no salen muy bien parados. Hay pasajes sugerentes de gran tensión narrativa. Es interesante cuando se cuestionan los valores tradicionales frente al deseo de autonomía, como en el relato titulado Chiyojo, en el que una niña prodigio sufre la presión de la sociedad que cuestiona y debate si una mujer puede escribir y explotar ese talento para alcanzar la fama o si, por el contrario, debe limitarse al cuidado del hogar y la familia. Igualmente simbólico es el último relato del libro, en el que una señora lleva hasta tal extremo la cortesía y la hospitalidad que pone en riesgo su salud y su vida.
En definitiva, Colegiala se impregna de la magia de lo cotidiano, al tiempo que se sumerge en los recovecos de la conciencia femenina, reclamando un papel más visible y activo para la mujer japonesa moderna. Un libro de relatos exquisitos del denominado Dostoievski nipón, un hombre que se aferró a la literatura para reparar la ofensa que es la vida.

martes, enero 21, 2014

El sueño de las Antillas, Carmen Santos

Grijalbo, Barcelona, 2013, 752 pp. 22 €

Ángeles Prieto Barba

Con la mezcla de géneros que caracteriza a la novela actual, muchas veces cuesta determinar a cuál adscribimos un libro determinado. Pero yo no tengo dudas ante esta novela romántica de buenos y malos, escrita con soltura y mucha amenidad, sin ínfulas ni pretensiones intelectuales, tal vez al remolque de dos novelas previas que han cosechado un increíble éxito de ventas. Me refiero a El tiempo entre costuras de María Dueñas y a las Palmeras en la nieve de Luz Gabás, novelas romántico-coloniales, claras predecesoras de ésta. Por eso, si consulta esta reseña algún lector que disfrutara sobremanera con las anteriores, he de indicarle que no lo dude: lea también ésta.
Es una novela romántica, que no histórica a mi modesto parecer, porque los hechos históricos sirven de escenario y tramoya para las peripecias de Valentina, protagonista intrépida que va ir cambiando de roles a medida que se desarrolla su vida en Cuba: emigrante pobre, prostituta de lujo y de posibles, rica mujer de negocios. De hecho, si cambiamos el lupanar por una cárcel, la trama se asemeja sobremanera a la del Conde de Montecristo siguiendo rol femenino. Y es que esta novela tiene mucho de folletín romántico decimonónico, sin que esto suene en absoluto peyorativo, pues ya conocemos la afición de grandes hombres de las letras, como don Mario Vargas Llosa, al género. Tal vez por eso acogiera la novela de María Dueñas con entusiasmo. Y asimismo le gustaría esta porque está escrita con el olfato y el oficio de quien tiene ya cinco novelas a sus espaldas y sabe crear ambientes. La gran baza de este libro. Pues pese a su extensión de más de 750 páginas, nos encontramos ante una novela intrépida que engancha, qué duda cabe. Muy bien dirigida hacia ese lector-tipo al que complacen tanto las editoriales: Mujer de 30 a 50 años, que compagina trabajo con faenas del hogar y que necesita evadirse huyendo a lugares exóticos. Y en este caso, Carmen Santos nos conducirá con bastante organización y documentación previa, mucho orden y criterio, a través de una trama que va de 1858 a 1878, veinte años que veremos correr atrapados por la simpar Valentina en un soplo, casi sin notarlos. De hecho, el libro incluye referencias superfluas y prescindibles que nos permiten seguir la Guerra de Secesión Norteamericana (1861-1865), sin que esta información modifique ni condicione el desarrollo de la acción, por eso insisto en que esta novela, aunque se desarrolle en el pasado, es de lance y de romance muy bien narrado. Al final, es verdad que la Historia dejará caer su peso, pero sólo para librar a la protagonista de una bondadosa admiración labrada a lo largo de la novela. Por eso la Historia está supeditada a la trama, y no al contrario. Igualmente echo en falta una mayor ambición artística en el estilo, esa que permita a la autora conseguir lectores más curtidos y refractarios a los “cutis inmaculados”, a las “piernas torneadas” y a las “mariposas en el estómago”, lugares comunes poco compatibles, a mi modesto entender, con la creación de personajes psicológicamente complejos.
Por lo demás, aquí encontraremos el paisaje, la arquitectura, el ambiente social y el calor de Cuba sin dudarlo, como un amable y entretenido paseo con sombrilla. Por eso muchos agradecerán emprender este trayecto.

lunes, enero 20, 2014

Entresuelo, Daniel Gascón

Mondadori, Barcelona, 2013. 108 pp. 15,90 €

Fernando Sanmartín

El pasado es, para algunos, un sótano al que no merece la pena regresar. Para otros, por contra, el pasado da sentido, define, nos cita con la verdad y la escritura, desde el vocabulario de los recuerdos, teje lo que fue sucediendo. Esto último le ocurre a Daniel Gascón (Zaragoza, 1981), que a través de los retratos de su familia nos muestra su propio autorretrato, una identidad y el dibujo de lo emotivo.
Entresuelo es un libro arriesgado, una novela llena de imágenes y afectos, con la escritura pisando las playas del humor para empujarnos a la risa. Libro donde el abuelo del autor, Leoncio Gascón, es el gran protagonista, un hombre que buscaba países con su nieto en una enciclopedia Larousse, que cantaba "Muñequita linda" y "Arenal de Sevilla y olé, Torre del Oro", que tomaba la comunión en casa, cuando ya no podía salir, de manos del cura Azofra («Yo le decía a mi abuelo que en realidad venía a darle la extremaunción»), que no disimulaba su perplejidad ante las propuestas de Daniel («Abuelo, ya sé lo que vamos a hacer esta tarde. Vamos a llamar a unas putas. Espero que tengas algo de dinero.») y que como respuesta lógica a todo eso, en tono bromista, le profetizaba: «Cuando me muera, te me apareceré».
Daniel Gascón ha publicado tres libros de relatos y es coguionista de la película Todas las canciones hablan de mí, de Jonás Trueba. Su trayecto literario se nota en el ritmo y en las conversaciones que contienen estas páginas. Ha querido atrapar lo íntimo, algo que consigue, y el lector queda atrapado en el territorio de lo que no es intercambiable. Y es consciente de que lo sincero, aunque algunos opinen lo contrario, no nos debilita sino que nos hace menos vulnerables. Sinceridad, sí, pero también una desnudez enorme contienen los capítulos de esta novela donde la retórica ha sido desterrada. Sinceridad, sí, pero también biografía de un espacio, ese entresuelo situado en una calle zaragozana donde hubo sobremesas de Falcon Crest, Perico Delgado, Arantxa Sánchez Vicario y Pictionary. Sinceridad, sí, pero también un escenario real lleno de vida, pasiones y entusiasmos que confluyen.

viernes, enero 17, 2014

Esta noche arderá el cielo, Emilio Bueso

Salto de Página, Madrid, 2013. 272 pp. 17,10 €


Elia Barceló

Lo primero, confesar que me gustan las novelas de Emilio Bueso, así, en general. Lo vengo siguiendo desde la primera: Noche cerrada (2007), y me encanta ver cómo con cada paso que da se vuelve más salvaje, más irreverente, más pirotécnico, más potente.
Me gusta –y sé que no es necesariamente algo que deba gustarle a todo el mundo– esa curiosa mezcla de garrulería y ternura; esa alternancia de registros entre lo más vulgar y lo más literario, entendiendo literario por una elegancia de expresión que le hace crear imágenes y metáforas desacostumbradas y hacernos ver la realidad desde otros ojos, con una mirada que no es la nuestra pero que reconocemos como real, como una de las realidades posibles, en cuanto Bueso nos hace enfrentarnos con ella.
Con Esta noche arderá el cielo, Emilio Bueso no nos ofrece una novela postapocalíptica como está casi de moda últimamente, sino una novela apocalíptica, aquí y ahora, donde el desquiciamiento de nuestra sociedad está en pleno proceso y en la que, por muy exagerada que parezca en ocasiones, se transparenta la verdad de la locura en la que nos estamos metiendo y que acabará por destruirnos, si no nos destruyen antes las leyes naturales que gobiernan nuestra existencia y que parecemos haber olvidado en la hybris de creer que podemos dominarlas. La peripecia de la novela es fácil de resumir: un par de moteros pirados –Mac y Perla–, canadienses francófonos, que en el pasado fueron pareja y quizá vuelvan a serlo, están recorriendo la Tras-taiga, una de las carreteras más desoladas del planeta, por el puro placer de hacer kilómetros y de dejar atrás todo lo que ha sido su vida hasta el momento. La mala suerte hace que lleguen al final de la nada justo cuando va a haber una entrega de mercancía ilegal extremadamente peligrosa, y se vean envueltos en un desastre de proporciones épicas que recuerda a un western de los más chungos y a la vez a una novela de Wells que no voy a nombrar para no dar pistas que puedan estropear el placer del descubrimiento.
Es una novela donde hay fracaso vital –mucho–, rock and roll del cutre, motos gordas, talleres de mecánico, alcohol y pastillas, ataques de pánico, hijos de puta –muchos–, falta de perspectivas, futuro cero.
Pero sobre todo, Esta noche arderá el cielo es una novela violenta y sobre la violencia: La violencia de los humanos entre sí, de la naturaleza sobre los humanos y de los humanos sobre la naturaleza, de las madres sobre sus hijos, de las parejas, de la casualidad, de los animales contra los humanos, de los humanos contra los animales, del estado sobre el individuo, hasta del Sol sobre la Tierra. Es también una novela sobre monstruos de todo tipo, desde los que lo parecen nada más verlos hasta los que sólo demuestran que lo son cuando se les conoce un poco, cuando empiezan a actuar frente a nosotros y nos damos cuenta de su malignidad, o de su falta de empatía, o de la brutal ignorancia que los hace más peligrosos todavía. Y es una novela sobre el miedo, sobre todo tipo de miedos, desde los más antiguos, los que arden a fuego lento en nuestro cerebro de reptil hasta los miedos sociales que acabamos de inventar y aún arden a llamaradas, destrozándonos la vida emocional y dejándonos solos frente al vacío de la existencia.
Los personajes son, más incluso que marginales, gente al borde. Al borde de todo: del colapso psíquico, de la desesperación, del sinsentido, de la huída definitiva. Es difícil identificarse del todo con ellos y precisamente por eso uno va leyendo, asombrado (pero convencido) de que pueda haber gente así, y de que pueda haber lugares como ese páramo dejado de la mano de Dios, atravesado por una carretera de 666 kilómetros que no lleva a ninguna parte. Eso no es nuevo en Emilio Bueso; los protagonistas de Diástole son de la misma filiación. Sólo que aquí el elemento fantástico ha dejado paso a un elemento extrapolativo similar al que conocemos de Cenital y eso lo hace más cercano, más preocupante, porque tenemos la sensación de que todo esto que leemos aquí puede estar pasando en este mismo momento en uno de esos lugares que no salen en Google Earth, y muy pronto empezará a afectarnos, aunque cerremos los ojos y no queramos verlo.
Porque antes o después no vamos a tener más remedio que verlo: a la luz del día o de la aurora boreal o de las fogatas en plena noche o de las explosiones que matan o de los fuegos artificiales.
El motivo de los fuegos artificiales recorre las páginas de esta novela, las escenas de esta historia desquiciada, en las que la pólvora y todo lo que es capaz de explotar brilla y estalla frente a nuestros ojos de lector, desde las violentas auroras boreales que iluminan las noches de la taiga hasta las armas de fuego más convencionales, pasando por los fuegos de artificio que animan las fiestas y simbolizan también, en ocasiones, el clímax, el paraíso particular, los Private Fireworks del taller de Mac, su pequeño éxito como cantante, pero también el fracaso, la futilidad, su vida vacía y solitaria. Estamos hablando de una novela potente, brutal, narrada en presente convivencial, como si todo estuviera sucediendo en este mismo momento delante de nosotros, en tiempo real, pero con un narrador que sabe muy bien lo que está pasando y, cuando le conviene, como buen manipulador, nos permite ver en el interior de los personajes, en su pasado e incluso en su futuro, mientras que otras veces nos deja a oscuras a propósito; un narrador que siente cierta ternura por sus personajes, sobre todo por Mac, pero eso no significa que vaya a arreglar la situación para que le salgan bien las cosas.
Ahora que Stephen King se está volviendo políticamente correcto y cada vez más suave, parece que Emilio ha recogido el cartucho de dinamita con la mecha prendida y ha decidido usarlo para hacer explotar el mundo, condensado en un par de personajes desquiciados por la falta de sentido de la sociedad en la que les ha tocado vivir y sin demasiado futuro por delante.
Hay muchas cosas originales y destacables en la novela que, sin embargo, no puedo destacar para no pisar ciertas sorpresas al lector. ¡Qué lástima! Me habría gustado hablar de guiños, de influencias, de detalles que establecen la deliciosa complicidad con el lector habitual de cierto tipo de géneros. No puedo hacerlo porque una reseña no debería destripar una novela. Lo que sí puedo hacer es aconsejarla.
Por eso creo que lo mejor es que se la compren y se dejen llevar por la cabalgada enloquecida hacia el fin del mundo que nos propone Emilio Bueso en Esta noche arderá el cielo. Termino con una advertencia: no es una novela simpática para regalar por Navidad, pero tampoco tenemos ya cuatro años y creemos en los Reyes Magos, de modo que ahora que se acerca el momento de tener un paquetito para la familia y los amigos, a mí me parece un excelente regalo (siempre que los regalados tengan, eso sí, buen estómago, buenos nervios, y un cierto amor por la violencia literaria y por las visiones apocalípticas).

jueves, enero 16, 2014

La habitación al fondo de la casa, Jorge Galán

Valparaíso Ediciones, Granada, 2013. 216 pp. 16,00 €

Sara Roma

Marta Tita es una mujer con tres hijos, un esposo muerto, un terreno para cultivo, muy pocas fuerzas tras el parto del tercer niño y ningún deseo de volver al rancho de sus padres de donde había salido cuando tenía dieciséis años de la mano de un anciano de 95 años que sería su esposo. A pesar de su inexperiencia y su soledad, la crianza de sus tres hijos fue bien hasta que el mayor cumplió los seis años y le empezaron a doler la cabeza y los ojos. Su hijo Pedro Luis moría el 22 de mayo, el mismo día que cumplía los seis; al año siguiente, lo haría su hija. Por eso, justo antes de que el pequeño Vicente cumpliese la fatídica edad, Marta Tita pensó en bajar al cerro para pedir ayuda, ya que estaba convencida de que su vientre y sus hijos estaban malditos por culpa del hombre anciano al que amó.
Así fue como Vicente se crió en el convento de monjas al que su madre acudió. Creció sano y feliz hasta que un día decidió emprender su propio camino y nunca volvió a ver a su madre, de cuya muerte se enteró por un telegrama que tiró al mar al terminar de leer. A partir de entonces, se volvió callado y taciturno y tomó la costumbre de dar largos paseos, hasta que un día de 1951 tuvo un sueño muy extraño y supo que era el momento de regresar a donde todo había empezado…
Este es el arranque de la novela del laureado poeta salvadoreño Jorge Galán (1973) con la que ha conseguido enamorar a escritores como Benjamín Prado y Almudena Grandes, quienes se han rendido a la irresistible capacidad de seducción de esta historia que se presenta a través de los recuerdos de Magdalena, una anciana en el declive de su vida, que cuenta a su nieto la historia de una saga familiar que se inicia con el nacimiento mítico de su abuelo, un hombre que había caminado miles de kilómetros y continúa con Marta Tita, su esposa, sus tres hijos, su abuela Magdalena y la mágica Prudencia que aparece con el viento frío del norte… y que finalizará con él, último superviviente de esta estirpe. Será en la habitación al fondo de la casa donde descubra la estampa de familia que se apagará cuando nada haya en el porvenir.
La habitación al fondo de la casa (Valparaíso Ediciones, 2013) es una caricia para los sentidos. Su lectura, intensa y envolvente a cada página, es un ejemplo de exquisito estilo y corrección léxica. A caballo entre el más puro realismo mágico y los cuentos de fantasmas, Jorge Galán relata una historia evocadora, sugerente e imaginativa donde los sueños, la ficción y la realidad construyen un universo en el que todo es posible.

miércoles, enero 15, 2014

Almirante en Tierra Firme, José Vicente Pascual

Áltera 2005, Barcelona, 2013. 258 pp. 17,50 €

Ángeles Prieto Barba

Si nos acordamos del Capitán de mar y guerra de Patrick O'Brian, con ese apuesto pero inventado Jack Aubrey, interpretado en la película de Peter Weir por el guapísimo Russell Crowe, no podemos menos que contrastarlo con este Almirante en Tierra Firme: don Blas de Lezo y Olavarrieta, el más brillante y capaz estratega de la historia de la Armada Española. Con la particularidad de que este “mediohombre”, tras cumplir con su deber de militar, ya no era hermoso. Mucho antes había dejado ojo, brazo y pierna por su patria. Por lo que también concluimos que la Rule Britannia y sus ciudadanos otorgan honores y reconocimientos a sus héroes.
Tanto, que hasta llegaron a acuñar en 1741 una medalla conmemorativa donde Blas de Lezo aparecía arrodillado (imposible, cojo como estaba) e implorante ante Edward Vernon, haciendo el ridículo por completo porque el almirante británico, con su impresionante flota de 186 naves y 28.000 hombres, recibió la del pulpo en resumidas cuentas, teniendo que volverse sin poder tomar Cartagena de Indias, defendida por 3.600 hombres y solo 6 navíos. Hay diferencia. Después de esto, a Blas de Lezo tuvieron que rehabilitarlo porque el virrey Eslava incluso llegó a pedir su ajusticiamiento por incompetencia, mientras que Vernon aún sigue enterrado en la abadía de Westminster. Así somos y esta es la historia verdadera. Vayamos a la novela de José Vicente.
En primer lugar, es preciso destacar su claro enfoque didáctico, porque relatarnos el asedio a Cartagena de Indias, episodio crucial de la llamada “Guerra del Asiento” o “Guerra de la oreja de Jenkins” (1739-1748), respectivamente, no es fácil. Debemos tener en cuenta que no se resolvió en una única batalla naval, sino en tres ataques sucesivos en tierra que fueron rechazados con notable valor. Es por ello que el autor se sirve de un personaje sencillo para relatarnos de manera clara todos estos episodios, en flashback: Miguel Santillana, un criado que surge de la propia calle, simpático, parlachín, espabilado y contrabandista, que aprovechará su servicio a Lezo para rehabilitarse y también, para comparecer como testigo en su causa veinte años después, donde relatará todas las hazañas. Una estratagema narrativa que resulta eficaz en su desarrollo, ante todo porque surge de un novelista no solo bien documentado, también muy curtido tras dos grandes premios y una veintena de novelas publicadas con éxito, históricas principalmente.
En segundo lugar, disfrutaremos también de un lenguaje muy cuidado, pero rico y ameno, sugerente y evocador. En la antítesis total de quiénes pretenden pasar de la televisión o las revistas del corazón a la literatura en raudo tránsito mágico, y a los que descubrimos por el empleo abusivo de diálogos cortos e inanes y por la constante presencia de tópicos y lugares comunes en sus redacciones. En este sentido tanto b, como su voz narradora o alter ego, Miguel Santillana, se contagian sin dudarlo del pundonor de Blas de Lezo para llevar a cabo ambos esta novela, su trabajo bien hecho. Pues al fin y al cabo en ese, y en ningún otro propósito, se encuentra la forja de los héroes. Concedámosle pues una lectura atenta y respetuosa, emocionante. Nuestro mejor Almirante, el de Tierra Firme, lo merece.

martes, enero 14, 2014

La chica de Nueva Inglaterra, Sherwood Anderson

Trad. Jacques Simon. Nórdica Libros, Madrid, 2013. 225 pp. 18 €

Pedro M. Domene

Sherwood Anderson fue —en palabras de William Faulkner— el padre de toda una generación de escritores a la que pertenezco. Calificado como el escritor de la simplicidad y de la sinceridad, ambas características definen la vida y la literatura de este singular exponente de principios del siglo XX, admirado por la denominada “generación perdida”, cuya visión intimista de la vida le proporcionó la estupenda acogida del público lector durante décadas, sin olvidar que Anderson ofrece, además, un efecto innovador en sus relatos que abre la posibilidad de un modernismo en la América más tradicional y conservadora. Mientras en Europa sufría ese proceso natural de cambio tras las vanguardias, y se encaminaba a trabajar en conceptos de percepción y de lenguaje, América hundida en una profunda crisis tan solo veía un proceso de transformación en una sociedad que se alejaba de los presupuestos calvinistas más rurales y sus críticas se orientaban hacia actitudes psicológicas como ocurre en la novela, Main Street (1920), de Sinclair Lewis o Winesburg, Ohio (1919), del propio Anderson.
Literariamente hablando, los 20 fueron de un conservadurismo atroz, aunque la industrialización y comercialización creciente propiciaría un desarrollo considerable de la cultura y de las letras. La “Era del Jazz” considerada una isla del hedonismo y del materialismo tan incontenido como incontrolado que desembocaría en el Crack de 1929, y cuanto supuso en Norteamérica entre los aspectos morales y económicos que más tarde plasmarían en sus obras escritores de distintas generaciones.
Sherwood Anderson (Camden, Ohio, 1876 - Colón, Panamá, 1941) forma parte de la tradición emersoniana y whitmaniana, las leyendas del Medio Oeste, las tradiciones patrióticas, o las lecturas de Melville y Borrow y por edad y adscripción literaria pertenece a la llama “escuela de Chicago” o “Renacimiento de Chicago” que incluye a Theodore Dreiser, Edgar Lee Masters, Carl Sanburg, Sinclair Lewis y Ernest Hemingway. Los primeros pasos literarios de Anderson se centran en una amplia mirada sobre el naturalismo del XIX y más adelante en el modernismo del XX, modelos culturales que contribuyeron a un sentido determinista de la economía, que en América supuso un crecimiento industrial y financiero, y por otra parte el desarrollo de pensamientos filosóficos que provocarían una concienciación de clase que denunciaría la explotación del sistema y la deshumanización de las relaciones humanas que pronto provocaron una reacción en autores como J. T. Farell, Upton Sinclair y John Steinbeck y con su literatura denunciaron la corrupción política y el cinismo financiero.
Un austero y escalofriante viaje por la soledad nos hace partícipes de los problemas cotidianos a que se enfrentan los personajes de Anderson, vistos desde un prisma o punto de vista interior, y en sus cuentos el paisaje rural de fondo conforma esa identificación con el mundo exterior, la fuerza de la naturaleza que en sus cuentos se convierte en una cualidad del pensamiento para salir del alienación a que se ven abocadas sus vidas. Los trece relatos que componen, La chica de Nueva Inglaterra (2013), en su mayor parte inéditos en castellano y extraídos de la obra El triunfo del huevo (1921), nos muestran lo mejor de Anderson, un haz de sentimientos complejos, conformados con un estilo sencillo y frente a un conformismo social de época. Sus historias se pueblan de ternura por los personajes que se asoman a sus páginas, que en cierta manera parecen inmersos en la violencia de la industrialización americana, y se convierten en almas desconcertadas que deambulan por este mundo de una manera fugaz e imprevisible. Muestra, en la mayoría de sus cuentos, una visión compasiva de la humanidad y siente especial interés por las clases más desfavorecidas: mujeres, niños, ancianos, minorías y, sobre todo los negros. Aunque muchos de ellos aparecen como seres anodinos, tan conformistas como obsesivos, y en la mayoría de estos relatos dan voz a rostros deseosos de que alguien cuente algo sobre sus intrascendentes vidas. Ellos se convierten en los antihéroes de una existencia que se muestran con total crudeza, sin paliativos y a la vez conmovedora. Actúan libremente, ajenos al autor, y en muchas ocasiones las historias no terminan felizmente. Dominan sus textos las elipsis, posee un extraordinario oído para captar los ritmos y los susurros que proporcionan las características de un lenguaje expreso de variados registros que subrayan la ingenuidad de los conflictos que abordan los personajes y, además, de una manera sana y vital como debe entenderse en un buen relato. Destacar, en este volumen, un puñado de pequeñas obras maestras: “Quiero saber por qué”, “La otra mujer”, “El huevo”, o “La chica de Nueva Inglaterra”, que da título al conjunto, porque en todos ellos los narradores protagonistas se sinceran, y afirman tanto lo que dicen, como lo que ocultan. Se exponen ante el lector con una ingenuidad conmovedora, y se anteponen delante sus historias aunque no sepan exactamente qué es lo que revelan con ellas.

lunes, enero 13, 2014

El último que apague la luz: Sobre la extinción del periodismo, Lluís Bassets

Taurus, Madrid, 2013. 214 pp. 19 €

María José Montesinos

Lluís Bassets ha escrito este libro que subtitula Sobre la extinción del periodismo. El veterano reportero de El País, diario del que ha sido director adjunto, aclara luego que lo que se acaba no es el periodismo en sí, sino la prensa escrita, "el papel" como ahora llamamos a los diarios para diferenciarlos de las ediciones digitales. Bassets es un periodista reconocido y de larguísimo recorrido. Que quiera ofrecernos su visión sobre la actual crisis del periodismo es siempre motivo de interés. Bassets hace referencia al ocaso que el periodismo que habíamos conocido hasta ahora vive en muchos países, pero centrando especialmente su atención en el devenir de la prensa española desde la segunda mitad del siglo XX hasta nuestros días.
Resulta un acierto la introducción histórica que hace de cómo se fue originando en España el periodismo moderno. También su papel para ampliar la visión de la pacata sociedad española de la época, a la que la dictadura franquista hurtaba toda posibilidad de desarrollar un espíritu crítico y participativo con su época. La aportación singular e imprescindible que realizó a la transición política (aunque ahora se critique a esta época), un papel que hizo que los periodistas fueran figuras admiradas y respetadas por la sociedad, que lograran un afecto tan apartado de su negativa valoración actual.
Bassets explica con mucha honradez, y el no ser el primero que lo hace no le quita valor, todas las cosas que hemos hecho mal el periodismo y los periodistas. Probablemente la peor ha sido la de dejar de hacer la que debe ser nuestra función siempre: cuestionar el poder, poner constantemente en un brete a todos los poderes y a los poderosos. La crisis económica castiga a todos los sectores, pero en el caso de la prensa se vaticina su aniquilación. Las redacciones se reducen a la mínima expresión, se ofrecen puestos de trabajo que remuneran a 50 céntimos la noticia, que en realidad no son noticias, sino agregaciones de informaciones desde otros medios. También muchas veces, el mayor volumen de trabajo son también acumulaciones de información cocinada maravillosamente por los gabinetes de prensa, que el periodista no tiene el tiempo ni las órdenes de contrastar. Lo mismo cabe decir de las notas de los gobiernos locales, regionales o nacionales. Lo que se llamó el “faxismo”, por copiar lo que venía en los fax, ha sido superado por la tecnología, ya no hay faxes en las redacciones, pero no el problema: seguir la agenda informativa que nos proponen las administraciones y poderes públicos.
Así no se conquista la admiración social que Bassets relata que consiguió el periodismo de la transición. Por otra parte, cabe preguntarse si la sociedad realmente pide esa información. Si a la sociedad le importa estar informada. Bassets habla de Wikileaks, y son muy importantes sus explicaciones siendo El País uno de los periódicos que formó el pool que ofreció esa información y lo es más viendo todo lo que le acaba echando en cara a Assange. Pero siendo un episodio de relevancia histórica la filtración de los cables de la seguridad americana, ¿hizo Wikileaks subir las ventas, sustancialmente, de alguno de los periódicos que publicó los cables? Y si subieron en algún caso, ¿se han mantenido esos lectores después? ¿Esas revelaciones suscitaron más pasión en los ciudadanos que el resultado de un mundial de futbol?
De todos modos, quiero creer que, aunque probablemente Bassets acierta muy bien en los síntomas del mal y en sus causas, puede que su diagnóstico sobre la evolución de la enfermedad no sea correcto. Está por ver que el papel muera, aunque está claro que no tendrá el poder de antes y que el sector se va a redimensionar.
La compra del Washington Post por Jeff Bezos va a ser sin duda un buen punto para fijar nuestra atención y ver por donde puede ir el futuro, aunque quizá no sea más que algo anecdótico. Más interesante me parece el ver que medios que nacieron y se hicieron un nombre y una audiencia en digital, publican números en papel. Quizás acabemos teniendo papel de viernes a domingo y leamos en la tablet, apresuradamente, solo para estar enterados de los fundamental, entre semana. Ya hay diarios que salen muy ligeros de páginas de lunes a jueves y triplican el volumen de información los fines de semana, con suplementos especiales. O quizá el papel sea para la información más local. Esta sucediendo ya en Estados Unidos y, en España muchos periodistas están saliendo adelante (aunque también hay fracasos) como autónomos o con unos pocos socios, con publicaciones centradas en una comarca rural, en una localidad o incluso en un barrio.
El modelo está cambiando y el futuro, como no podía ser de otro modo, está por hacerse. Y esperemos que resulte apasionante.
Lean en todo caso, el libro de Bassets, hay muchas lecciones en él.

viernes, enero 10, 2014

Tres libros de cuentos ganan los VII Premios Tormenta


Premio Tormenta al mejor libro de autor español
Eloy Tizón por Técnicas de Iluminación

* * *

Premio Tormenta al mejor libro de autor extranjero
Mircea Cartarescu por Nostalgia

* * *

Premio Tormenta al mejor autor revelación
Juan Gómez Bárcena por Los que duermen

Haz click sobre el título del libro para leer la reseña del mismo


Tres editores 
acerca de sus autores


Querer editar a Eloy Tizón era deseable. Editar a Eloy Tizón es, además, deslumbrante. Ahora lo sé. Como su libro. Como Técnicas de iluminación. El libro se puso a la venta el dos de octubre y escribo este texto para que sea leído el diez de enero. Cien días exactos. Cien días dan para una inmensidad de mensajes y un sinfín de kilómetros, muchos lectores y lecturas y muchas entrevistas y reseñas, algunos viajes y algunas ciudades. Sin embargo los libros, no siempre, pero sí los más anhelados, traen para los editores otros espacios y otros tiempos que no son mensurables. Los diez cuentos bajo el brazo de Eloy han acabado de forjar y remachar una amistad. Una conversación. Una complicidad. Un camino. Técnicas de iluminación es un libro que va a conmover, ilusionar y enamorar a sus lectores. Editar a Eloy Tizón y cien días es crecer como editor. Es una luz para Páginas de Espuma.

Juan Casamayor
(Páginas de Espuma)



En un catálogo como el de Impedimenta, en el que hay autores de enorme peso (Stanislaw Lem, Penelope Fitzgerald, T. C. Boyle, Iris Murdoch, Natsume Soseki o Georges Perec), Mircea Cartarescu es un punto y aparte. Autor de altura europea (adorado en países como Suecia o Alemania, y de culto en Francia), se trata, sin lugar a dudas, del autor de referencia de la literatura rumana moderna. Una tradición que cuenta con monstruos de la talla de Mircea Eliade, Emil Cioran o Eugène Ionesco, y que nunca, por ejemplo, ha sido reconocida con un Premio Nobel, galardón para el que Cartarescu suena cada año en las quinielas. Cartarescu, que siempre se ha considerado antes que nada un poeta, es un autor que, como pocos, moderniza la literatura de su país, y la europea, a cada libro. La fuerza de sus obras más personales, como Lulu o Nostalgia, ambas publicadas por Impedimenta, es descomunal. Su capacidad de penetrar en nuestros demonios, en lo más oculto de nuestro pasado insertándonos en un espacio y un tiempo iniciáticos (el Bucarest suburbial y destrozado de los años setenta y ochenta, que revisa a cada libro sacándole punta y convirtiéndolo en una especie de microcosmos de nuestros deseos más secretos, pero también más inocentes) lo hacen merecedor de un lugar en la biblioteca de cualquiera al que le guste leer. Sus libros tienen sabor a Borges, a Cortázar, a Swift, a Lem. Cartarescu ha declarado alguna vez que a los catorce años lo había leído todo. A punto estuvo de volverse esquizofrénico. No hacía más que leer y escribir, su mundo es la literatura. Impedimenta comenzó a recuperar sus mejores obras con El Ruletista hace ya cuatro años, proyecto que cristalizó en Nostalgia dos años después (declaré entonces que era el mejor libro que se ha publicado nunca en ninguna editorial en la que yo haya trabajado, y lo mantengo), y entremedio vino Lulu, que se puede leer como epílogo de Nostalgia, y un libro que casi mata a su autor. Con Las Bellas Extranjeras, publicado en octubre del año pasado, cerramos un círculo. Pero Impedimenta publicará un libro de Cartarescu al año, empezando el próximo otoño por Levante (un proceloso poema en prosa que recorre toda la literatura rumana en clave de comedia y de farsa), en 2015 por su poesía, que acabamos de contratar, y culminando en 2017-2019 con la recuperación de su obra magna, Orbitor, una trilogía vastísima que incide en los temas de la infancia y la memoria, y que se organiza como una mariposa: Ala derecha, Cuerpo y Ala izquierda. Podemos decir, en suma, sin temor a equivocarnos, que Cartarescu es el buque insignia de Impedimenta y nuestro proyecto más personal.
Enrique Redel
(Impedimenta)


Me alegro (especialmente) de que este libro nos siga dando buenas noticias más de un año después de su publicación. En primer lugar, se trata de un libro extraordinario (Los que duermen es una sólida apuesta por la revisitación y renovación de esa clase de fantástico que sabe a Borges, a Kafka, a Lem…); y en segundo lugar porque es un título que reúne, casi a modo de resumen, todas las señas de identidad que siempre han estado asociadas a la editorial y que desearía mantener: narrativa, en este caso relatos, de un autor nacional joven, asentado en una tradición determinada que conoce bien pero desde la cual se buscan nuevas direcciones, que se aproxima al género con la misma falta de complejos que hacia elementos o tradiciones más «prestigiadas». 

Pablo Mazo
(Salto de Página)


jueves, enero 09, 2014

VII Premios Tormenta: finalistas al Mejor libro del año publicado por autor español


Daniela Astor y la caja negra
Marta Sanz
Anagrama, 2013

Esta novela es una mirada crítica y retrospectiva de la Transición española a través de los ojos de una niña de doce años y de un falso documental proyectado por ella misma treinta y ocho años después, que se va intercalando en el hilo argumental. El eje en torno al que la narración avanza y da pie al retrato de la sociedad de aquel tiempo, consiste en contar sin sordidez y truculencia el desenlace dramático de la madre de la protagonista, al someterse a un aborto terapéutico, por aquel entonces ilegal.

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Librerías
Jorge Carrión
Anagrama, 2013

La trayectoria ensayística de Jorge Carrión ha venido marcada tanto por el propio interés de sus temas como por la mirada personal sobre ellos. Es decir, el amor y la poeticidad con la que afronta sus experiencias se funden con el acercamiento a cuestiones que interesan especialmente a ciertos sectores, como los viajes o las teleseries. En mi opinión, en estos ensayos no solo sabe acertar con la retórica lírica. Además lo hace con una lucidez poco común para analizar las características más relevantes de lo que observa. Sin embargo, el interés –como en cualquier otro ensayo− depende en gran medida de los intereses del lector.

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Técnicas de iluminación
Eloy Tizón
Páginas de Espuma, 2013

Siete años esperando un libro son muchos años. Ese es el tiempo que ha pasado desde que Eloy Tizón publicó su último libro. Todo ese tiempo han estado esperando sus devotos lectores, muchos de los cuales lo son desde que leyeron Velocidad de los jardines (1992) que se ha convertido en todo un clásico, en un libro de referencia para los amantes del género. Y tras tan larga espera, como es de suponer, las expectativas creadas por la aparición de sus Técnicas de iluminación era muchas.

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En la orilla
Rafael Chirbes
Anagrama, 2013

En unos tiempos como los que corren cabe esperar una cierta proliferación de obras de marcado carácter social que sirvan tanto a modo de radiografía de lo que nos está ocurriendo a nivel colectivo, como para canalizar las carencias y frustraciones del individuo de a pie, al que como siempre le toca pagar los platos rotos causados por los excesos de quienes ostentan el poder. Algo que cobra todavía más sentido en una literatura con una tendencia realista tan marcada históricamente como la española. Quienes antaño plasmaban las profundas heridas dejadas por el cisma fratricida de la Guerra Civil, las penurias económicas y alimenticias de la década posterior o la desolación de los entornos rurales a medida que su población emigraba a la gran ciudad, hoy podrían hacer lo propio con la crisis de los mercados, la degradación de la democracia y el estado de bienestar, o las burbujas financieras (con la inmobiliaria a la cabeza) que han sumido a buena parte de la población en el umbral de la pobreza. El problema de estas obras es, ahora igual que antaño, la credibilidad conseguida por el autor.

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miércoles, enero 08, 2014

VII Premios Tormenta: finalistas al Mejor libro del año publicado por autor extranjero


Canadá
Richard Ford
Anagrama, 2013

Ojo, atentos, que ha llegado el sheriff. Desde que le colocaron la estrella en el pecho, nadie se ha atrevido a quitársela. Richard Ford es uno de los sheriff de la narrativa actual, tal vez sea el gran sheriff, el jefe, y por eso, cada cierto tiempo, para sus fieles siempre más tiempo del que hubiéramos deseado, cuando contempla que la cosa se desmanda, que comienzan las turbulencias y los agoreros alzan la voz, pega un puñetazo sobre la mesa y exhibe su fortaleza. En cada nueva entrega de Ford, tras cada línea, yo creo escuchar: Leed, esto es una novela, así se escribe una novela.

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Nostalgia
Mircea Cartarescu
Impedimenta, 2012

En 1993, un poeta rumano consagrado Mircea Cartarescu, de treinta y siete años publicó en un solo volumen tres relatos (“El ruletista”, “El Mendébil” y “El arquitecto”) y un par de novelas cortas (Los gemelos y REM) que habrían de colocarlo en la cumbre literaria de su país. Aquel libro, Nostalgia, es un crisol que recupera el paraíso perdido de la infancia y la época de crisis de la adolescencia. Pero que nadie busque aquí un relato edulcorado de la edad temprana. Cartarescu se encuentra más cerca de Tim Burton que de Disney. En sus páginas arden pesadillas y sueños, vaticinios y leyendas de la mejor estirpe romántica. Cada cuerda contribuye a la interpretación de una melodía enigmática, de una partitura que nos abre las puertas al fondo de nosotros mismos: a los primeros besos, a la indefinición erótica o a la búsqueda de la identidad.

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Personas como yo
John Irwing
Tusquets, 2013

No se puede hablar de literatura contemporánea sin conocer a John Irving, y no se puede entender a John Irving sin haber digerido Personas como yo (Tusquets 2013). La decimocuarta novela del escritor norteamericano da luz a la bisexualidad con la sabiduría de alguien que es partícipe de todos los secretos de la narrativa después de décadas trampeándola, discutiendo con ella y conciliándose diariamente. Escrita con valentía y seguridad, En una sola persona esquiva el morbo fácil y aborda la intolerancia de las prácticas homosexuales y heterosexuales simultáneas. Y lo hace con una normalidad que, paradójicamente, la impulsa por encima del resto de obras de temática similar.

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martes, enero 07, 2014

VII Premios Tormenta: finalistas al Mejor autor revelación del año


Intento de escapada
Miguel Ángel Hernández
Anagrama, 2013

Arte y vida. ¿Podríamos acotar el espacio para delimitar un concepto del otro? ¿Nos salvaría el poder de nuestra ingenuidad o sucumbiríamos finalmente ante la elección maniquea? Esta peliaguda cuestión con la que todavía hoy lidiamos y, sobre todo, una pregunta aún sin responder, es una de las líneas maestras sobre las que pivota Intento de escapada (Anagrama, 2013), ópera prima de Miguel Ángel Hernández y, dicho sea de paso, mención especial del Herralde de Novela, con la que se ha propuesto conquistar el panorama narrativo español, quizás el branding más fiable de cuantas marcas españas venimos exportando, a pesar de que cuando menciono el nombre de este país siento la necesidad de nombrarlo con minúscula como Blas de Otero, pero esa es otra historia. Volvamos a lo nuestro.

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Por si se va la luz
Lara Moreno
Lumen, 2013

Esta novela aparece en un momento en que la crisis económica actual está induciendo a algunos a buscar oportunidades de supervivencia en el entorno rural, desengañados de las grandes ciudades, cada vez más agresivas. Dicha circunstancia hará que el lector de hoy se sienta cercano a su planteamiento inicial, aunque este nos parezca sólo un pretexto para dar la palabra a un puñado de personajes, mostrarnos su interior con minuciosidad y deleitarnos con un lenguaje poético en su mayor parte amable, aunque no exento en ocasiones de una cierta ironía, que podríamos llamar blanca, sin desgarros cáusticos.

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Los que duermen
Juan Gómez Bárcena
Salto de Página, 2012

Tienen delante un libro horriblemente bello, que es, aunque pueda pensarse lo contrario, un falso bautizo de rey. Les contaré una historia: hace tiempo Juan Gómez Bárcena fue, probablemente —si él mismo viviera dentro de las páginas de sus propio libro—, un campesino violento empuñando una hoz contra los señores de la tierra. Tuvo que pasar, como muchos, por ese cuarto oscuro que todos los autores “jóvenes”, “nuevas promesas”, “noveles” se ven obligados a cruzar antes de un aterrizaje en condiciones, sea esto en un gran grupo o en una editorial pequeña con el suficiente prestigio. A veces le sale acné del peor –el estilo-, o se dirigen voluntariamente a su propio crematorio alemán, porque han entendido que es necesario renegar de su obra y arrojarse al fuego. Me consta la invisibilidad de los anteriores libros de Bárcena: Farmer stop, premio de novela de la Complutense, El héroe de Duranza y otra novela inédita, sobre universos virtuales, que corrió la misma suerte que los enfermos de tuberculosis de un sanatorio mientras viajaba por diferentes concursos. La verdad es que no sé si apenarme demasiado por ese material que se le murió en el cajón. Lo que está claro es que cualquier autor joven es violento al principio, repleto de tanatos, por todo eso que se le niega frente al Palacio. Quizás debe ser así. Al final llega la conquista.

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lunes, enero 06, 2014

Caminando sobre las aguas, Ignacio del Valle

Páginas de Espuma, Madrid 2013. 152 pp. 15 €

Victoria R. Gil

"Estamos hechos de plata y estamos hechos de mierda. Todos somos sublimes y mezquinos". Así de contundente se mostraba Ignacio del Valle en la presentación de este libro, el primero que recoge su producción narrativa más breve, que no menos intensa, y así son los personajes que habitan en estos cuentos, seres capaces del mayor prodigio y de la peor vileza. La humanidad en estado puro.
Ese juego de contrastes late en el corazón de los catorce relatos que integran Caminando sobre las aguas, escritos a lo largo de los años y donde lo extraordinario se mezcla con lo grotesco, lo real con lo fantástico y la muerte con el amor. En ellos vamos a encontrar también esos temas recurrentes en el autor, que aparecen también en sus novelas más conocidas: la violencia, la propia identidad, la belleza, el espanto… simientes que dejan un poso de largo recorrido en el lector y que le hará plantearse preguntas incómodas mucho tiempo después de haber cerrado el libro. Si ésa es la razón de ser de la literatura, cuestionarse la vida y la realidad que creemos conocer, Ignacio del Valle lo consigue plenamente. Dos de los relatos de este volumen se desarrollan en uno de esos ambientes bélicos por los que el escritor siente especial querencia, tal vez porque pocos mundos como el de la guerra son capaces de despojarnos más rápidamente de nuestra condición humana para convertirnos en monstruos. “Círculos” y “Gott mit uns” nos trasladan a sendas contiendas donde las decisiones que toman sus protagonistas pueden salvarles la vida (la real o la inmortal), pero hacerles perder el alma. La obtención de una foto merecedora del Premio Pulitzer, en el primero, y la supervivencia a toda costa, en el segundo, acaso dejen cicatrices más profundas que la herida de una bala.
Pero hay muchas otras guerras en los cuentos de Del Valle, la más cruenta de todos, ésa en la que el enemigo es uno mismo. El ejemplo más duro de esa batalla está en “Recuerdos de las ballenas”, quizás el cuento más cinematográfico del libro, siéndolo todos ellos, que nos evoca la pesadilla kafkiana de Scorsese que fue Jo, qué noche (After Hours, 1985). Aquí, Madrid se asemeja a un infierno tan demencial como la conciencia de su protagonista, que debe sobrevivir a una noche en la ciudad sin dinero, sin esperanza y sin cordura.
Afortunadamente, no falta el humor —aunque sea más corrosivo que jovial— en este catálogo de seres enfrentados al horror, ya sea el propio o el ajeno. Y “La revancha” nos lo ofrece a través de ese desarrapado que arrastra su miseria citando El Quijote y que se permite el lujo, cuando tiene una joyería entera a su alcance para desvalijar, de rubricar su opinión sobre este mundo con una firma tan personal como efectiva.
Caminando sobre las aguas nos ofrece lo mejor de Ignacio del Valle, un lenguaje depurado y exquisito; un estilo directo y contundente, con ocasionales fogonazos de grandiosidad, y unos personajes complejos, tan bien perfilados que podrían instalarse como un miembro más de esta familia disfuncional que formamos los humanos. Esto se aplica especialmente al protagonista del relato que da título al conjunto de la obra, un aventurero que en la Florencia de los Medici juega su última partida con la vida con una distinción y coherencia dignas de mejor final.
Conocido por sus novelas, sobre todo por su trilogía sobre Arturo Andrade, una de cuyas partes, El tiempo de los emperadores extraños, ha sido llevada al cine por Gerardo Herrero (Silencio en la nieve, 2011), Ignacio del Valle se inició en la escritura con los relatos, género del que siente deudor y con el que ha ganado los principales certámenes literarios del país. Quizás por eso, los que seguimos su carrera esperábamos desde hace tiempo esta recopilación que, tras hacerse de rogar, nos ha traído al fin Páginas de Espuma en una más de sus cuidadas ediciones y que no defrauda en absoluto a los que disfrutamos de este autor asturiano de probada bonhomía y sin duda, una de las voces más sólidas y personales del paisaje literario español de nuestros días.

viernes, enero 03, 2014

El parque prohibido, Andrés Ibáñez

Nube de Tinta, Barcelona, 2013. 320 pp. 15,95 €

José Miguel López-Astilleros

El parque prohibido es una novela de género fantástico y de aventuras, destinada a lectores de diez a doce años, o «entre once y ciento once», como señala el autor. Originalmente se había publicado en 2005, ahora se nos ofrece una reedición a cargo de la editorial Nube de Tinta, que ha tenido el acierto de rescatarla, sobre todo porque es una buena historia que trata temas muy actuales y cercanos, además de presentarlos con una buena dosis de ternura, pero sin ñoñería.
Un buen argumento tiene capital importancia en una novela de este género, pero en esta hay algo más: emoción, conocimiento y un propósito moral edificante. Frido es un niño que vive en la ciudad de Fléroe con su padre, su madre y una hermana más pequeña. Un día descubre que su padre es alcohólico y no trabaja, y que por esta causa habrá de abandonar la familia. La trama central consiste en cómo conseguirá que deje de beber, y por tanto volver a reintegrase en el núcleo familiar y en la vida. Para ello deberá penetrar en el misterioso Parque de las Lilas, cerrado desde hace mucho tiempo y custodiado por militares para que no entre nadie. Frido y cuatro amigos más (Roto, Abbás, Rina y Amapola) se internan en él desde una puerta secreta, y allí se enfrentan a los muchos peligros que encierra tan singular paraje, hasta que encuentran lo que buscaban, el árbol Bo, un manzano mágico al que se le pueden pedir tres deseos o del que se puede comer uno de sus frutos para alcanzar la inmortalidad.
La creación más original es el Parque de las Lilas, cuya característica más sobresaliente consiste en que cambia de aspecto constantemente, de acuerdo con quien lo transite, siendo así que jamás se puede volver por el mismo lugar, y por si fuera poco en él sólo existe el presente, ¿una metáfora de la vida, quizás? Está lleno de animales salvajes y fantásticos, y además crece sin parar hacia dentro. Es un espacio onírico que está sujeto a la imaginación de quien lo pisa. Su origen está, según Ibáñez, en la “zona” de la película Stalker de Tarkovsky y las historias de Carlos Castaneda.
Los cinco niños que penetran en el parque pertenecen a la cultura occidental, hindú y árabe. Poseen una personalidad muy diferente, que irá cambiando conforme vayan cosechando experiencias sobre todo a lo largo de la segunda parte. Nos recuerdan a Los Cinco de Enid Blyton, cuyas aventuras solía leer Andrés Ibáñez de niño. Otro personaje fundamental es Hugo Bonpensat, el padre, representa el fracaso, del que será redimido por su hijo, cuando le hace ver que el oculto motivo por el que comenzó a beber, en realidad no fue un fracaso, sino todo lo contrario, el amor a su familia.
La amistad y la tolerancia son ingredientes básicos, que se convierten en definitivos para sobrevivir dentro del parque hostil, de tal modo que el mensaje transmitido es que la salvación será colectiva o perecerán todos. Algo que se podría entender como una metáfora de la humanidad frente a los problemas como el medio ambiente o la paz mundial. Hay alusiones o guiños indirectos a cuentos como La bella durmiente o libros como Alicia en el país de las maravillas. En el primero cuando Frido despierta a Amapola del sueño de la muerte con un beso, y en el segundo cuando persiguen a un conejo. El amor por los cuentos tradicionales queda patente desde el arranque de la novela: «Había una vez…».
La intriga y el misterio están presentes en todo su desarrollo, bien dosificados, mantienen el interés hasta su conclusión, a pesar de que se pueda sospechar el final feliz obvio. Tampoco hay que olvidar el humor, recordemos la recreación irónica del mito bíblico de Adán y Eva. El lenguaje es sencillo, pero exigente, con descripciones muy enriquecedoras.
El parque prohibido es un libro ameno, imaginativo y sorprendente, que nos sumerge en las procelosas aguas del alma humana, haciendo reflexionar al lector sobre el fracaso, la amistad, el amor, la familia, el miedo o el concepto de realidad y ficción. Todo ello sin renunciar a pasar un buen rato.

jueves, enero 02, 2014

Informe del interior, Paul Auster

Trad. Benito Gómez Ibáñez. Anagrama, Barcelona, 2013. 336 pp. 18,90 €

Santiago Pajares

Paul Auster se ha convertido con el paso del tiempo en un autor de culto. Esto quiere decir que su persona ha llegado a despertar tanto interés como su obra. Sus lectores quieren saber qué ha estudiado, qué ha leído, a qué ha dedicado las noches de su vida y con quién ha compartido comidas, clases y sábanas. Pero sobre todo por qué escribe como escribe. El propio Paul Auster ha ido relatando su vida a lo largo de muchos libros (Diario de invierno, A salto de mata...), no sé si para satisfacer la curiosidad general o presionado por las editoriales para sacar un libro todas las navidades, pero el caso es que lo ha hecho. Como buen narrador sabe que cualquier vida, bien tratada, genera interés y expectación, más cuando narras la de alguien que conoces tan bien como eres tú mismo. En Informe del interior nos sumergiremos en la vida de Paul Auster a través de varios apartados bien diferenciados: Recuerdos de niñez, vivencias de adolescencia, películas que le marcaron y, sobre todo, las cartas que le escribió a la que luego resultaría su primera esposa mientras estaban separados, él en París y después en Columbia y ella en Londres. Esto, evidentemente, lo convierte en un libro sólo para lectores muy asiduos de Paul Auster que quieren profundizar más en su universo, así que abstenerse primerizos.
El autor ha reflejado en muchas ocasiones la importancia del azar en el desarrollo vital de una persona. Esto puede deberse (o quizá no, ya se lo deberíamos preguntar a él) a una vez que, en un campamento scout, mientras trataban de huir de una tormenta, un rayo cayó en el chico que precedía a Paul Auster en la fila. El chico falleció, y el autor se quedó con la sensación que podría haber sido él, que esos pocos centímetros de azar marcaron la diferencia. Aunque esto está narrado en otro libro, constituye un buen ejemplo de cómo vida y obra se entrelazan. Aquí podremos descubrir sus primeros escarceos con las chicas y la música, con el alcohol y con la que sería su gran amante, la poesía francesa. Traductor de autores franceses, malvivió en París tres años conociendo a gente estrafalaria y diferente, buenas personas unas, timadores otras. Nos relatará a lo largo de un buen montón de páginas (algo excesivo, a mi parecer), dos de las películas que le marcaron de pequeño: El hombre menguante y Soy un fugitivo. Pero para mí lo que es el verdadero tesoro de este libro son las páginas en las que transcribe la correspondencia con su novia en su estancia en París (La parte de Paul). Una auténtica cápsula del tiempo en que podemos ver cómo era Paul Auster a los veinte o veintiún años. Un ser melancólico, perdido, antisocial y comprometido políticamente. Alguien que quería hacer algo, pero todavía no sabía el qué. El propio autor se sorprende de ciertos comentarios realizados en su juventud, de la inocencia de sus pensamientos en ese entonces. Y es algo que a mí, personalmente, me enternece. Porque todos nos hemos sentido perdidos en determinadas épocas de nuestra vida, y ahora podemos ver que autores de éxito, de culto, también lo estuvieron, y que todo pasa por aguantar y continuar en la carrera, sin preocuparse demasiado de lo que nos deparará el destino, porque todos, incluido Paul Auster, somos muñecos del azar.
Un libro que hará las delicias de los seguidores de Paul Auster, pese a estar un poco inflado para mi gusto.

miércoles, enero 01, 2014