miércoles, octubre 23, 2013

La muchacha de Catulo, Isabel Barceló Chico

Ediciones Evohé, Madrid, 2013. 112 pp. 11,50 €

Miguel Baquero

Pocas épocas ha habido más agitadas, turbulentas y apasionantes, al fin, para los historiadores que los años intermedios del siglo I a.C. en la vieja Roma en la que, por aquel entonces, estaba dando sus últimos coletazos la republica. Es la época de la conjuración de Catilina, del encumbramiento de Cicerón; los años en que Julio César ha marchado a la Galia a dar inicio a su eterna fama y a planear la conquista del poder; los días en que en una tumultuosa Roma se pelean con las tácticas más sucias, y a menudo en combates callejeros de porras y espadas, los “plebeyos” contra los “patricios”, armados aquellos por Clodio y estos por Milón. Los días también en que por esas calles alborotadas pasea el joven poeta Catulo, muerto de amor por Clodia, la hermana del tribuno Clodio arriba citada, el jefe de los “plebeyos”.
En este marco histórico, ya de por si apasionante, es en el que la escritora Isabel Barceló sitúa esta su segunda novela histórica, La muchacha de Catulo, partiendo del supuesto más aceptado (aunque alguna vez se ha discutido, pero a fines novelísticos es perfectamente válido) de que aquella “Lesbia” protagonista de los versos del famoso poeta fuera, como se ha dicho, Clodia, mujer famosa entonces en la sociedad romana. Interpretando los poemas de Catulo que nos han llegado algo dispersos, nos narra entonces Barceló una historia, que, en su inicio, es de amor apasionado del escritor por la joven. Rechazado de pronto por ésta sin más razones que por mero aburrimiento, el sentimiento del poeta hacia Clodia se transforma al momento en un odio brutal, inmenso, que lo acaba consumiendo, aunque, para beneficio de la poesía, lo mejor y lo que ha hecho eternos los versos de Catulo sean estos del final de su vida en que desprecia, insulta, veja repetidas veces a una mujer (sea “Lesbia”, en efecto, Clodia, o sea otra) a la que, sin embargo, no puede dejar de amar. Tanto así que acaba consumiéndose por ella… o eso cuenta Barceló, porque también hay dudas sobre la fecha exacta y el modo en concreto en que murió Catulo. Pero de nuevo, y en lo que cuenta al interés novelístico, la cronología y la lógica que ha establecido la autora es perfectamente válida.
Al hilo de esta historia, breve en su tratamiento (apenas cien páginas) e inmensa en su escenario —Barceló construye una Roma de la época sencillamente prodigiosa, creíble de todo punto tanto por las actitudes, como por los personajes, como por los diálogos; una Roma que, lejos de las tramoyas ampulosas a que nos ha acostumbrado el cine, se nos presenta tal cual seguramente fuera por entonces: un pueblo grande, sí, pero pueblo donde todos se conocían, murmuraban y se movían por cotorreos de vecindad—; al hilo, decía, de esta historia, la autora nos pinta a Clodia, la muchacha amada por Catulo, como una mujer que hace gala de su libertad —lo que en aquellos días era casi revolucionario— para elegir o dejar al hombre que le apetezca, para disponer de su vida sin sujetarse a los convencionalismos, para amar o dejar de amar sin necesidad de explicaciones. Lo cual lo defiende Clodia de una forma “intelectualizada”, meditada, consciente de que con ello está rompiendo una barrera, “asumida” una actitud heroica… Lo cual seguramente no fuese verdad. Quiero decir, las crónicas difusas (y distorsionadas, lo más probable, por intereses familiares: recordemos que Roma sería entonces no más que un gigantesco patio de vecinos) que nos han llegado de la época nos pintan a Clodia como una libertina que dicen que envenenó a su marido, que se rumorea que se acostó con no sé cuántos, que era borracha, desvergonzada… Exagerado todo, es de creer, pero lo cierto es que Clodia, obrara como obrase, en ningún momento lo haría de forma meditada, consciente de estar defendiendo una postura, de estar sosteniendo unas ideas, sino sencillamente siguiendo su natural.
Esa sería la verdad, estoy por decir que indudable, pero para una novela (para una buena novela como ésta) carece de importancia la verdad: Andrómaca seguramente sería una insensata, Fedra una caprichosa, Helena una tontorrona, Medea una simple psicópata descerebrada… Son los grandes escritores que han tratado sobre ellas los que, tergiversándolas, exagerándolas, las han hecho paradigmáticas. Y eso es lo que importa a la literatura. Y Barceló, realmente, ha escrito una muy meritoria novela (por lo concisa, por lo ágil, por lo documentada) y se ha ganado el derecho de hacer a su Clodia representante de las mujeres que huyen de los yugos amorosos.

martes, octubre 22, 2013

Drink Time!, Dolores Payás

Acantilado, Barcelona, 2013, 112 pp. 12 €

Ángeles Prieto Barba

Espero que estas palabras no parezcan una recensión, y de hecho no quiero escribir una, sólo transmitiros un aviso honesto y urgente con eficacia. Una alerta especial dirigida a lectores avispados que no se dejan engatusar por campañas publicitarias de aparentes volúmenes repletos de tonterías, esos que necesitan cinco meses de bufidos para terminarlos. Tomos aparatosos que luego dejamos coger polvo en los estantes o que entregamos a nuestra tía-abuela Manolita como regalo. Pobrecilla.
Os lo aseguro. Con la mano en el corazón: esto no va a ocurrir con Drink Time!, libro enorme de modesto tamaño y apariencia que lo mismo no perciben nuestros ojos en cualquier mesa libresca plena de fastuosidades llamativas. Estad alerta. Porque es sencillo, nada aparente y parece breve como un catecismo, pero el caso es que su contenido denso y vivaz necesita varias lecturas emocionadas, que es lo que a mí me ha pasado, concretamente cuatro. Y eso que termina muy malamente como sin duda nos aseguraría Elpida, digno e imponente personaje que en él se encuentra. Para mayor clase y distinción, encima no importa que os desvele la trama. Allá voy.
Sí, la intriga da lo mismo puesto que Drink Time! es a la vez un retrato y una despedida desplegada en capítulos cortos y bien estructurados, alcanzando a través de los mismos una aproximación progresiva al escritor Patrick Leigh Fermor, Paddy para quien se le acercó y O kirios Mihalis (el señor Mihalis) para sus admirables vecinos cretenses, libro que coincide en el mercado editorial con una completa, documentada e impresionante biografía de Artemis Cooper sobre este verdadero Ulises contemporáneo y nada mítico, sino cálido y cercano. Pero ocurre además que la espléndida imagen que Dolores Payás nos brinda en este libro, una fotografía tan brillante y hermosa del personaje como la puesta de sol en una playa, es tan imprescindible a la hora de entender a Paddy, como la biografía citada. Estoy convencida de que hay que leer ambos libros, así como los del propio autor, para vislumbrar y empezar a adquirir la sabiduría que nos es más necesaria: la de cómo afrontar la vida. Eso que hoy día no puede proporcionarnos ningún tonto libro de autoayuda y sí sus eruditos y mal denominados “libros de viaje”, como Dolores nos indica, porque el inmenso periplo recorrido en ellos (El tiempo de los regalos, Entre los bosques y el agua, Mani o Roumeli, entre otros) aborda ante todo el interior de nosotros mismos. O porque quizá de las tres preguntas que el hombre se hace constantemente, ese qué somos, de dónde venimos y adónde vamos, la más difícil de responder sea la primera. Y los “libros de viaje” de Paddy contestan con asombro y alegría precisamente a esa.
De hecho, por este deslumbramiento feliz y apasionado que siempre mostró hacia la naturaleza humana, a la que dedicó su vida, despedir a Paddy es sólo un hasta pronto o un hasta luego. Nos queda la confianza de que volveremos una y otra vez a encontrarlo escondido en cualquier hermoso paraje de este mundo. O alojado en otras personas mágicas con las que de tarde en tarde nos topamos. Pues este hombre, y a través de este libro preciso, nos lega una lección de saber estar hasta el final inolvidable, narrada aquí en voz baja y sin alharacas pero con penetración cariñosa, y a las hondas palabras de Dolores me remito: «Vuela el tiempo, acumulamos demasiada información, perdemos la inocencia. Nos vemos obligados a tratar con la estupidez y la traición, la fealdad, la codicia, la violencia. Y al envejecer descubrimos que lo más espinoso del proceso no son las arrugas, ni siquiera el deterioro físico, sino eludir la tentación de la amargura. Paddy salió victorioso de esa tenebrosa trampa.» Sin duda, así era él, despreocupado de sí mismo, curioso siempre. Y en este eficaz retrato lo vemos moverse por su ambiente y en su casa como si estuviera en la nuestra.
Fundamental este tema de la vejez asociada a la pérdida de facultades y cómo debemos afrontar la despedida final porque no basta la entereza, requiere también amor. Tal vez el secreto se encuentre en esos tragos sagrados que tomaba Paddy religiosamente, a la misma hora, contemplando a su querido mar Mediterráneo, ese que ha conocido tantas batallas, pero en el que no queda ningún rastro púrpura que enturbie el azul profundo de sus aguas clásicas, como afirmó Conrad. Presiento que en cierta manera se produjo una mímesis del mar con este digno representante suyo ya sereno, que no aplacado. Por eso apuntémonos al Drink Time!, mientras podamos. Y consigan ese libro, no lo dejarán olvidado.

lunes, octubre 21, 2013

Esa dulce sonrisa que te dejan los gusanos, Alberto García-Teresa

Amargord, Madrid, 2013. 92 pp. 10 €

Fernando Ángel Moreno

Alberto García-Teresa es doctor en poesía española contemporánea, especializado en lírica social. Pero también es poeta, con libros traducidos a varios idiomas. Sus versos son directos y limpios, como su visión del compromiso político en realidades como las que vivimos en Europa. Entre sus libros, siento especial simpatía por Peripecias de la brigada poética en el reino de los autómatas, compuesto por pequeños textos en prosa que mezclan surrealismo, literatura del absurdo y un inmenso amor por la unión entre vida y literatura.
Sin embargo, publica ahora esta revolucionaria antología de microrrelatos de terror. Conserva en cada uno de ellos la tradición del género, con elementos tan poco prescindibles como la necesidad de la intertextualidad para recoger todo el sentido, la sorpresa final y el humor negro.
No obstante, su gran propuesta recae en el trabajo de la palabra. Toda la economía de adjetivos que exhibe en sus poemas, paradójicamente, es desechada aquí en beneficio de una elección calculada de cada término con el fin de crear lo más importante: la atmósfera intimista del horror, la sombra que debe partir de la palabra malsana al alma del lector. Se trata de abrir esa visión terrible del mundo que todos poseemos y que negamos, un reconocimiento de nuestra enfermedad interior. Es aquí donde aparece su formación filológica, sin traicionar la espontaneidad de la frase. Sin abusar de adjetivación, introduce un lirismo melancólico peculiar, sin concesión alguna a la sensibilidad del lector. Así la presencia del horror y del mal en el mundo forman parte de la existencia. Con ello se nos invita a aceptarlo con cierto encanto malsano.
En realidad forma parte de una larga tradición, que fructificó especialmente en España hace unos años con las antologías Paura, centrada en buscar más que el susto o el espanto brusco un miedo hacia la persona amada, hacia lo cotidiano, hacia el objeto familiar.
Poeta comprometido, Alberto García-Teresa obtiene además un extraño equilibrio con esta idea. Más aún que en su poesía, consigue desarrollar mensajes concienciadores y críticos sin renunciar a que la ficción explote por sí misma. Se pueden leer, primero, como cuentos de horror sobre el dolor en el mundo; ejercicios de estilo o de denuncia, después.
Entre los muchos recursos y motivos, el maltrato al propio cuerpo es uno de los más recreados, además de la biblioteca, los libros, el crimen y el poder. De ese maltrato se puede deducir siempre una agresión contra la identidad acomodada en sí misma, sea a través de la maldad, sea —como defendía Heidegger— a través del aburrimiento de uno mismo. En este sentido, el propio individuo se retuerce dentro de los ataques de la realidad física, con efecto brutal en su realidad interior.
A pesar de todo ello, invito a leerlos no como pequeños chistes más o menos macabros —fáciles y familiares en ocasiones—, sino como una visión de la alienación en el mundo, a través de fragmentos como los fogonazos de "Caminantes" o "Palabras". Como ejemplo, con permiso del autor, transcribo "La compositora":
Componía melodías de sueños, y las cedía a cambio de escuchar las pesadillas de los transeúntes, que eran la materia prima de su música. Y es que las angustias de cada persona resultan el material que más fácilmente puede ser retorcido para convertirse en deseo.
Por citar algunos de los que me han gustado y orientar así esta crítica, cito "La espera", "Escaparate", "Flirteo", "Regresión" o el extraordinario "El viajero".
Todo ello está acompañado de una edición mimada, con una presentación idónea para el impacto del microrrelato. El formato alargado para conceder protagonismo a la página, pero elevar el microrrelato por encima del vacío de ésta, es una propuesta que puede funcionar muy bien.
En resumen, la propuesta de Amargord no solo nos permite conocer a un buen microrrelator y a disfrutar de él, pese a las irregularidades propias de toda antología. También aporta interesantes maneras de presentar el horror.
"La herida"
La herida de su brazo crecía día tras día, como una grieta en su piel. Al principio, acudió asustado al hospital, pero nadie supo darle una respuesta ni tampoco detener el proceso.
Transcurridos unos días, en los que la herida se había abierto varios centímetros más, mientras jugueteaba con varias monedas, en un tropiezo, una de ellas se coló dentro de la abertura. Atónito, comprobó que no había sentido ningún dolor, y también que pudo extraerla sin molestias.
Probó a continuación con otros pequeños objetos, y observó que no existía ninguna complicación. Prosiguió entonces con elementos más grandes y, de esta manera, descubrió que parecía no tener fondo su brazo y que solo le bastaba con introducir sus dedos para recuperar todo aquello que insertaba.
De esta manera, llegó a guardar a través de la herida una caja de cerillas, un reloj de cuerda, los dos volúmenes de las obras completas de Nicanor Parra y hasta a su gato persa.
Ayer, metió su pie izquierdo. Esta tarde, ansioso, introducirá su cabeza.

viernes, octubre 18, 2013

Ha vuelto, Timur Vermes

Trad. Carmen Gauger. Seix Barral, Barcelona, 2013. 384 pp. 19,33 €

Ángeles Prieto Barba

Muchos coincidirán conmigo al contemplar el humor en la literatura como una rareza casi divina. Pues alumbra zonas de conocimiento únicas, aspectos que no podríamos contemplar de ningún modo bajo el prisma de la gravedad, del dolor o de la pena. Me refiero a esa lucidez plena que uno alcanza cuando se cuestiona por qué se está riendo, un tesoro que no cambiaríamos por nada. Tampoco trocaría yo las horas sanas que me ha proporcionado la lectura de este libro de planteamiento difícil, pero que sale adelante con talento, buena estructura y equilibrio.
En aras del humor, las referencias a la emblemática película El gran dictador de Charles Chaplin son continuas a lo largo de toda la trama, vitales en la novela porque sirven para que el lector sea consciente de que con esta historia no va a reírse de Adolf Hitler, sino con él, tal y como se promete en la sinopsis promocional del libro. Asunto sin duda complicado porque no solemos pensar en Hitler como persona, sino como emblema que desde hace sesenta y ocho años representa el mal absoluto: esa distopía de dictadura, pensamiento único, genocidio y sufrimiento de la que nos libramos los europeos tras la victoria aliada en la II Guerra Mundial. Aunque también contemplamos a don Adolfo como a un increíble seductor de masas, pleno de verborrea y gestos ridículos. Por todo eso, convertir a este fantoche histriónico y sanguinario en una persona real, que se mueva con soltura por nuestro mundo, tiene un mérito literario indudable. Y lo mejor es que no desentona, sino todo lo contrario: tras despertar, emprende de nuevo y sin problemas un carrera de éxito social meteórica. Lo cual nos hará reflexionar bastante.
Pero vayamos a la polémica, que puede determinarse de forma rauda. Es pertinente recordar que en nuestro país se publicó una novela de planteamiento parecido. Me refiero a la historia-ficción escrita por Fernando Vizcaíno Casas en 1978, ya en democracia, titulada Y al tercer año resucitó, que alcanzó la friolera de 42 ediciones, equivalentes a la venta o distribución de cerca de un millón de ejemplares. Un best seller también, qué duda cabe. Lo cual nos lleva a efectuar las oportunas comparaciones. No desde la estética, dado que este Ha vuelto ha sido elaborado con más recursos, técnica literaria bien desarrollada, mayor rigor histórico y mucha más inteligencia que el otro libro mencionado, sino porque en ambas obras, una de ideología franquista sin disimulos y esta en concreto, que no manifiesta especial querencia hacia el nazismo (el tema de los judíos no es divertido, y esto se repite a lo largo del libro), se incluyen sin dudarlo sendas visiones ácidas y ridículas hacia nuestro sistema democrático o de partidos. ¿Es pertinente esta crítica? Yo sin dudarlo, creo que sí. A los suspicaces les diría que no estaríamos precisamente en un sistema democrático, si no permitiéramos la distribución del libro.
Es más, en un momento determinado de esta novela que, a medida que se desarrolla, crece en intensidad, el autor pone ante los ojos del principal personaje la foto de una familia feliz, y aparentemente aria, destrozada más tarde por la “solución final” nacionalsocialista. Y Hitler se conmueve, aunque hecha balones fuera, utilizando la descalificación ajena, el reparto de culpa colectivo. Hitler se justifica diciéndonos: «O había un pueblo entero de canallas… O lo que ocurrió no fue una canallada sino la voluntad de un pueblo». Frase que concentra y resume todo el problema: alemán y nuestro. El de la culpa individual y concreta de aquellos tiempos en que era lícita, jaleada y aplaudida la violencia colectiva. Porque hay que asumir ambas y he ahí la polémica. Aunque aquellos, los de entonces, como queda bien claro en el libro, no somos nosotros, ni siquiera nos parecemos. Celebremos, pero antes leamos sin prejuicios esta novela de humor estupenda. Bienvenida.

jueves, octubre 17, 2013

El libro de los pequeños milagros, Juan Jacinto Muñoz Rengel

Páginas de Espuma, Madrid, 2013. 134 pp. 14 €

Luis Borrás

Juan Jacinto Muñoz Rengel es ya un escritor reconocido. Pero en lugar de dedicarse a tiempo completo a la novela prefiere —y los hinchas del relato se lo agradecemos— no renunciar a nada y sumar a su bibliografía un nuevo volumen de cuentos; esta vez en forma de cien microrelatos.
El libro de los pequeños milagros se presenta como un “Bestiario” —con lo que Muñoz Rengel se suma a Cortázar, Perucho, Arreola y Óscar Sipán— y lo es porque en su portada aparece un perro verde con tronco y extremidades de loro del Amazonas, en la contraportada se dice expresamente y en la última página hay un “Índice para la confección de un Bestiario” en el que por orden alfabético se da una lista de los animales, mutaciones, poltergeist y seres de otros planetas y galaxias que aparecen en estas narraciones.
Pero ese heterogéneo listado nos da una pista de que estos cien micros no son un “Bestiario” al uso; no son una colección de bichos raros, aberraciones genéticas descendientes de la oveja Dolly, peces radioactivos de tres ojos o un Godzilla que viene a destruir Nueva York; en este libro hay extraterrestres y ciencia-ficción sí, pero también habitantes del planeta Tierra. En realidad para saber lo que hay dentro no hay más que acudir a su portada interior y leer: «El libro de los pequeños milagros y los planetas ignotos, que contiene las pormenorizadas y muy veraces {micro}narraciones de los grandes hechos sobrenaturales y extraordinarios de este mundo, así como las {mini}epopeyas de otras tantas hazañas extraterrestres, y una recopilación de las más diversas y memorables prácticas amatorias, venganzas y torturas, muertes, reencarnaciones, espíritus y fantasmas, reptiles, monstruos, arquitecturas imposibles, las crónicas de la conquista del espacio y la búsqueda de Dios». Todo eso hay y de eso tratan —y algo más— estos pequeños milagros que son en muchos casos auténticas pesadillas. Y en esa variedad heterogénea Muñoz Rengel demuestra su inteligencia porque reducir cien relatos a una unidad temática acaba convirtiéndose en aburrida monotemática. Repetir el mismo argumento —aunque sea creando un zoológico de monstruos— hubiera resultado un exceso que terminaría saturando al lector.
Muñoz Rengel divide sus cien {micro}narraciones en tres grupos: Urbi (ciudad), Orbe (que no Orbi; Mundo) y Extramundi (que no necesita traducción). Pero lejos de convertirlos en tres compartimentos estancos los enriquece introduciendo en cada uno otras temáticas complementarias y coherentes: teología, historia, transmigración de los cuerpos, reencarnación, futurismo, crítica social o astronomía.
Reconozco que no soy muy amigo de la fauna y el naturalismo —los documentales de la 2 me parecen el somnífero ideal para la siesta— tal vez por eso los micros que tienen a los animales como protagonistas son los que menos me han gustado. Esas aves que dibujan un SOS en el cielo o sus suicidios colectivos arrojándose al fuego o los delfines y ballenas varados en la playa son imágenes impactantes, pero me parecen más propias de un relato para una campaña de la WWF. Si tengo que quedarme con relatos de animales prefiero —ya que se trata en parte de un “Bestiario”— a esos monstruos terroríficos que Muñoz Rengel crea como la Arachnida cervidae (un ciervo-araña caníbal —jugando con la inocencia de Bambi— que devora al cazador), esas mutaciones de laboratorio como el Biobuitre (ave carroñera que recicla la basura con sus cuatro estómagos) y el Megatauro (un toro —invencible animal de guerra— que tiene un punto débil: como el de la canción está enamorado de la luna y se deshace en sollozos al escuchar un poema que habla de ella) y ese pulpo del relato “Love Doll” que se encuentra en una ría con una gaita abandonada que convierte en su muñeca hinchable.
Reconozco también que las narraciones de temática extraterrestre, alienígena o marciana no son mis favoritos, tal vez porque soy de los que piensa que viven entre nosotros —de otra manera no puedo entender a determinados “famosos” que salen en la tele— y que esos Guerreros de doble ano, habitantes del desierto de los nopales púrpura, de la galaxia NGC 772, y del planeta Axz y Zxa no me resultan atractivos; pero sí que Muñoz Rengel acierta plenamente con su “Invasión” alienígena al revés; en tres de su serie “Multiverso” con un Papá Noel convertido en díptero y una ciudad que es una voraz colonia de pólipos que avanza implacable y en el terrorífico y excepcional “Cadena trófica” con sus bandejas de carne humana en los supermercados. Sin duda los micros que prefiero son los que relacionan al ser humano con lo sobrenatural. Y es en “Urbi” en donde mayoritariamente los encuentro. Ingenios mecánicos —spoilers— que sobrevuelan la ciudad; una mujer recubierta de una película gelatinosa viaja con nosotros en el metro; encontramos a nuestro doble en la calle; hay francotiradores en las azoteas; un muñeco de nieve que hace un niño se derrite y nos muestran sus vísceras; vivimos en una casa de muñecas que es una matrioska; nuestra novia imaginaria es vista por los demás y oímos las palabras registradas en una grabadora de la última persona viva momentos antes de su muerte.
Pero creo que si por algo deben destacar estos {micro}textos de Muñoz Rengel —y la idea me la dio él en el último— es por su capacidad para darle la vuelta —como una moneda que se gira en un pase mágico— a lo que inicialmente vemos. Ya no es sólo por su capacidad para reescribir la Historia desde el humor o el misterio en sus “Historias cruzadas” o de rebobinar el argumento, conseguir avanzar dando marcha atrás en su excelente serie de cuatro relatos “Backward”. Es —por utilizar otra imagen— por ser capaz de darle la vuelta a un calcetín y que por dentro sea de otro color. Y ese darle la vuelta ya no es sólo su desbordante imaginación, la originalidad de su mirada y su perspectiva o la sorpresa como virtud; no es sólo el humor como marca de agua de sus relatos, desde la sonrisa hasta la carcajada —como en el genial “Convenciones”—; la ironía reveladora y crítica que invita a la reflexión en “Hamelín” y “Teleobjetivos” o las consecuencias de tomar “Neuroleptol” un fármaco antialucinógeno; no es el terror superlativo de “En mitad de la noche” —uno de mis favoritos— o el inquietante misterio de “Levantamiento silencioso”; o la cruel paradoja de conseguir el sentido de la “Visión” para comprobar que la realidad es mucho peor que la imaginación. Es el llevar la narración por un camino y que en un punto y seguido nos haga doblar la esquina y todo sea lo contrario de lo que parecía.

miércoles, octubre 16, 2013

Patrick Leigh Fermor, Artemis Cooper

Trad. Dolores Payás Puigarnau. RBA, Barcelona, 2013. 480 pp. 25 €

Ángeles Prieto Barba

No considero tarea sencilla narrar la apasionante vida de Patrick Leigh Fermor, con seguridad uno de los mejores autores en literatura de viajes del siglo XX. Tal vez el mejor, porque combinó como ninguno singulares dotes de observación, pulcritud y desvelo en la escritura y una apuesta vital, alegre y extraordinaria en su afán de aventuras, ya que hablamos de un señor capaz de atravesar a nado el Helesponto con 69 años encima. Por lo que elaborar una biografía de alguien así no es nada fácil, si tenemos en cuenta que un escritor tan popular y querido abandonó este mundo dejando su rastro en múltiples documentos y testigos, que han debido ser consultados con rigor exhaustivo para la elaboración de este libro. Una biografía elogiosa, como no podía ser menos, toda vez que su autora siempre estuvo cerca del autor, unida a él por lazos casi familiares, ya que su abuela Diana Cooper fue su mejor y más fiel amiga.
Ahora bien, en su claro esfuerzo de síntesis, ya que los datos recopilados han sido abundantes, Artemis no se molesta en ocultarnos algunos aspectos menos gratos del personaje. Me refiero al incumplimiento de sus obligaciones familiares, ya que no atendió lo debido a sus progenitores y asimismo mantuvo durante muchos años una posición claramente reacia al matrimonio con la pareja que compartió su vida y lo sostuvo económicamente. Se recogen asimismo torpezas, infidelidades, una muerte accidental y algún que otro sablazo a las amistades. Y es que no se puede disfrutar de una vida peregrina y relativamente lujosa, como la de Patrick, sin ser conscientemente egoísta con el tiempo y los cuidados que requieren los demás. Por ello estamos ante un libro-homenaje, nunca ante una hagiografía o lanzamiento de flores sin recato. Defectos del biografiado que, en cualquier caso, van acompañados también de grandes virtudes: el sentido del humor siempre presente, valentía, elegancia, pudor y responsabilidad en la escritura, siempre cuidada y respetuosa, dirigida a un lector cómplice, a un lector brillante como uno mismo. Añadiría que sólo conozco en toda España a un autor de esa talla y ese es Mauricio Wiesenthal, con quien guarda no pocas similitudes.
Los principales hitos aventureros de Patrick son los que sin duda reciben mayor atención, amplitud y cuidado en el libro. Fueron dos. El primero, su grand tour iniciático en la vida viajera, que llevó a cabo con 18 años atravesando Europa en una larga caminata nostálgica de Rotterdam a Estambul. Un viaje romántico en compañía de las Odas de Horacio cobijadas en la mochila, por un Continente que desfallecía ya en 1993, teniendo como principal síntoma de decadencia el ascenso del grosero partido nacionalsocialista, pleno ya de matones. El segundo, su papel activo en las filas del Servicio de Inteligencia del ejército británico durante la II Guerra Mundial, donde con ayuda de la resistencia cretense, logró secuestrar con éxito y muchísimos riesgos a Heinrich Kreipe, general de las tropas alemanas de ocupación. Hazaña que le proporcionaría fama, sobre todo tras una película sobre estos hechos protagonizada por Dick Bogarde.
Aunque no menos encanto nos proporciona relatos de otros grandes periplos por todo el Mundo: el Caribe, el Himalaya, Asia Menor, subida al Monte Olimpo, los monasterios bizantinos o el mundo inca. Y con sonrisas descubrimos que, entre ellos, no faltó nuestro país llegando a realizar la romería del Rocío. Un país donde dejó también una gran amiga. Me refiero a Dolores Payás, la traductora eficaz de este libro estupendo y autora asimismo de una instantánea del personaje, al final de sus días, que no deben perderse. Se trata del breve y precioso Drink Time!, que acaba de publicar Acantilado.
Recomiendo leer despacio y con provecho ambos libros porque no sólo nos lanzarán de cabeza sobre la obra de Patrick que aún no hayamos leído, sino también porque nuestra vida no es más que un continuo “ir a” o “venir de” y a medida que aprendemos con este autor a viajar atentos, a estudiar y a querer a los personajes que encontramos en nuestros periplos, aprendemos también a existir. Sólo así nos ganaremos el epitafio griego que sin duda mereció Patrick Leigh Fermor, quien “vivió apasionadamente” hasta el último momento.

martes, octubre 15, 2013

En el sabor del tiempo, Feliciano Páez-Camino

Huerga y Fierro, Madrid, 2012. 504 pp. 20 €

Fernando Sánchez Calvo

Cuando un lector entra en una novela histórica sabe que va a emprender un viaje de ida que, si está bien escrito y retratado, se convertirá también en un viaje de vuelta, es decir, devolverá al lector la sensación de haber estado de verdad, de haber vivido realmente aquellos años, aquella parcela del tiempo que el autor en cuestión se ha aventurado a rescatar. Quizás por eso Feliciano Páez-Camino, porque lo ha hecho bastante bien, ha preferido titular las dos partes de este libro editado por Huerga y Fierro como “estampas” (de ida y vuelta) y no como “viajes”, porque no se ha limitado a brindarnos un recorrido por el eje cronológico que abarca desde el nacimiento de la Segunda República Española hasta los años 60 del tardo-franquismo, sino que entre la figura de Carlos (hijo de españoles republicanos exiliados en Argelia que desde el prisma de la infancia y del paria extranjero vive los turbulentos años de la descolonización francesa) y la de su padre Andrés (maestro durante la II República que ve cómo en un abrir y cerrar de ojos, y parafraseando a Azaña, los horrores de la tiranía vencen a los errores de la democracia) estira toda una serie de acontecimientos diarios, concretos, conocidos en algunas ocasiones, anónimos e intrahistóricos tal y como los quería Unamuno en otras, que trascienden la acumulación de datos y fechas para tejer un tapiz más o menos representativo de aquellos años. Es lo mínimo que se le puede pedir a una novela histórica. En ese caso el primer supuesto está conseguido. Si a dicho dibujo y color sumamos además que el autor también fue hijo de un exiliado republicano en Argelia y que su tesis doctoral versó sobre las relaciones hispano-francesas durante la República, obtenemos el segundo ingrediente indispensable para este género, en este caso por partida doble: el conocimiento experiencial y académico.
El lector que se adentre En el sabor del tiempo y, sobre todo, los lectores que nacimos después de la discutida Transición y para los que el temario de Historia siempre se detenía justo en 1931, comprenderemos por qué Victoria Kent no quiso que votaran las mujeres una vez conseguido el sufragio femenino, cómo ciudades como Málaga vivieron una república bastante distinta a la de Madrid, cuál es la razón para que exista una ley universal que garantice que siempre haya un oprimido por razones políticas y religiosas, por qué un pied-noir menospreciaba a un españolito hijo de exiliados de la misma manera que un metropolitano francés menospreciaba a un pied-noir, por qué la figura del maestro fue tan potenciada y respetada en una época determinada, cómo el sueño de la libertad y la pesadilla de la opresión ocupa espacios tan distintos como España o África, por qué razón fracasó esa Edad de Plata en nuestro país y por qué muchos no supieron ver que a la segunda tampoco iba a ir la vencida. Todas estas preguntas y otras, pasadas muchas veces por el tamiz de la nostalgia y la decepción, convierten a no pocas partes del libro en una crónica sentimental, lo cual a un servidor no le importa para nada, pues no estamos hablando de historia, sino de novela, la hermana gemela que amplía desde el corazón el esqueleto que se encarga de levantar la Historia.
Es evidente y estúpido mencionar de qué parte está el autor. Ha sido también valiente al ser crítico con la propia izquierda y calificar así desde el narrador omnisciente a hermanos políticos del Socialismo: «Ello contribuyó, junto con la libertad de movimientos que permitía el régimen republicano, a afirmar la presencia del anarquismo, cuyo seductor discurso, simple y mesiánico, venía ya siendo seña de identidad de un amplio sector de las clases populares malagueñas». Mi desconocimiento medio sobre aquella época y tema me impide decir si ha sido en ese sentido reduccionista o no. Otros testimonios como los del cantautor Chicho Sánchez Ferlosio (hijo del falangista Rafael Sánchez Mazas), me han educado en otra visión más positiva del anarquismo en España. Lo que importa, como dice la canción, es que «ganaron las derechas, por partirse las izquierdas». Lo que importa es que, como decía en su día Javier Cercas contra aquellos que manifiestan su tedio y odio hacia las novelas que abarcan esos años, la Guerra Civil, la República y sus consecuencias son para los españoles como para los americanos el “western”. La Guerra Civil es nuestro “western”, nuestro género, el que explica cómo somos. Todo lo que de momento no se soluciona desde la parte política, nos los tienen que explicar historiadores y novelistas como Feliciano Páez-Camino.

lunes, octubre 14, 2013

Andanzas del impresor Zollinger, Pablo d`Ors

Intr. Andrés Ibáñez. Impedimenta, Madrid, 2013. 144 pp. 17,95 €

Pedro Pujante

Diez años después de la publicación de Andanzas del impresor Zollinger de Pablo d`Ors (Madrid, 1963) Impedimenta la rescata con gran acierto. Es esta una deliciosa historia que nos sumerge con delicadeza y lirismo en el mundo absurdo pero jovial de August Zollinger, un joven cuyo destino es convertirse en impresor de su aldea natal de Romanshorn. Pero sus deseos de ser el impresor se verán interrumpidos por una cadena de incidentes que le conducirán a embarcarse en un peregrinaje por distintos lugares y oficios de lo más dispares. De frustrado impresor pasará a trabajar de ferroviario. En este segundo capítulo entablará una platónica relación con la telefonista de la ferrovía, con la que mantiene brevísimas conversaciones de una palabra al día. Una metáfora del amor idealizado y romántico que contado por d`Ors se muta en una fábula repleta de matices y sentimientos trazada con una prosa sencilla, discreta pero profunda en significados. Tras este capítulo de amor imposible, Zollinger se enrolará en el ejército austriaco para comprobar que lo único que hacen los soldados es caminar sin cesar. Y es que como se puede desprender de esta nouvelle, el protagonista es partícipe del absurdo de la vida. Todos sus oficios están revestidos de un halo surrealista. No obstante, Zollinger es capaz de ver más allá, oír más allá y encontrar significados ocultos tras lo cotidiano. También abandonará a sus camaradas del batallón de caballería para adentrarse en los misteriosos bosques de St. Heiden. Allí descubrirá que los árboles son capaces de hablarle y de emitir sonidos que remiten a los recuerdos y deseos más ocultos de nuestro amigo August Zollinger. Y esos mismos árboles le harán saber que debe salir del bosque en pos de su destino. De St. Heiden pasará a ser funcionario en Appen-Tobel. En su monótona tarea de sellar documentos para el Ayuntamiento también encontrará Zollinger secretas y reveladoras músicas. Abandonará el puesto para trabajar de zapatero, oficio con el que llegará a ser rico y popular. Oficio sencillo pero con el que será capaz de adquirir facultades psicoanalíticas que sobrepasan la lógica. Y tras este último empleo retornará a su hogar y así cerrará el círculo y alcanzará su ineludible destino de impresor. Hasta aquí el argumento. A esto hay que añadir alguna nota sobre esta obra que ciertamente comparte el tono del absurdo kafkiano y ese aire de novela germánica a lo Walser en el que los personajes parecen deslizarse entre una neblina que los aleja de la realidad. Y es que August Zollinger es un joven sensible, de carácter voluble, infantil y tan soñador como el propio Simon Tanner. Alguien que inventa el universo que le rodea y parece entroncar con la niñez y la bondad que reside en cada uno de nosotros; y de este modo, a través de las absurdas situaciones en las que se ve envuelto revelarnos el ilógico mundo en el que vivimos. Habla d`Ors del amor, de la amistad, de la soledad, del miedo, de los sueños y de la esperanza. Y todo nos es contado con sencillez, con ternura, con honda humanidad. Zollinger emprende un viaje solitario en el que se encontrará consigo mismo y con su destino.
En esta honesta odisea a través de lo aparentemente trivial las sensaciones sonoras cobran un papel primordial. Desde la voz de la desconocida Magdalena, pasando por las canciones confraternales del ejército y las misteriosas voces de los árboles hasta el repiqueteo revelador de los sellos. En definitiva, el valor de los pequeños detalles y símbolos que conforman el mundo en el que vivimos. Una excelente fábula sobre el ser humano que hará que escuchemos la vida de forma distinta y novedosa.

viernes, octubre 11, 2013

El plantador de tabaco, John Barth

Trad. Eduardo Lago. Sexto Piso, Barcelona, 2013. 1176 pp. 34 €

José Morella

Confieso que el último libro que pedí a los administradores de este blog lo elegí, en parte, por su brevedad. Poco más de cien páginas que interferían lo mínimo posible en mi repleta agenda del verano. Pero claro, tampoco era cualquier libro: una sátira sobre Mussolini escrita por Curzio Malaparte. Me lo pensaba zampar en una o dos tardes, disfrutándolo mucho. Una mañana llegó por correo un paquete que no cabía dentro del buzón. La cartera tuvo que llamarme por el interfono para que bajara a buscarlo. Eso no podía ser Malaparte. Sería otra cosa, pensé, alguna compra compulsiva online hecha en estado catatónico o algo parecido. Y vaya tochazo. Con 10000 de esos te haces una casa y que les den a los bancos. 1175 páginas. Era El plantador de tabaco, de John Barth. Alguien se había equivocado, claro: o en La Tormenta o en Sexto Piso. Nada, nada, me dije: lo devuelvo y santas pascuas. Pero luego lo abrí, claro. Sólo era para echarle un vistazo al prólogo. Es de Eduardo Lago y es fantástico, como lo es su traducción, cuyo elogio necesitaría una reseña aparte tan larga como esta. Cuando quise darme cuenta, iba ya por la página 100.
La novela cuenta la historia de Ebenezer Cooke, personaje real del que apenas se sabe que escribió un poema a Maryland y que quiso ser el primer poeta que cantara las alabanzas de la nueva provincia del Imperio Británico en el nuevo continente. Entremezclada en el fabuloso torrente de historias y aventuras disparatadas, delirantes y sobre todo escatológicas en las que participan Ebenezer y el resto de personajes, se nos ofrece también una revisión del origen mitológico de los Estados Unidos.
Creo que el valor del libro se nutre de la tensión entre la tremenda fuerza de las ideas expuestas por Barth y la parodia de la que él mismo lo va bañando todo: esas mismas ideas, su evidente talento y el vigor narrativo de su prosa quedan a ratos apagados y a ratos iluminados por la parodia. Es un texto postmoderno al que se ve la tramoya narrativa todo el rato. De hecho, Barth es autor de influyentes ensayos sobre la postmodernidad (como The literature of exhaustion) en los que habla sobre el fin del realismo literario. Como muy acertadamente señala Lago en el prólogo, A Barth le interesa más lo que ocurre en el terreno de la lectura que el carácter de lo escrito. De qué modo el lector digiere, por ejemplo, la burla de los grandes mitos nacionales sobre la conquista americana. Barth se da el lujo de atribuir el nacimiento de los Estados Unidos a algo tan supuestamente indigno como la pornografía. Sí, exacto: el capitán John Smith salvó el pellejo a cambio de regalar pornografía de la época a los nativos que iban a matarlo. Ese proto-porno es el lubricante que favorece la violencia conquistadora de los blancos. Esta sola idea da para decenas de artículos y tesis universitarias de esas que no se lee nadie jamás. Los salvajes, pues, son igual de degenerados que quienes los conquistan. Todos nos igualamos en la lascivia y los deseos más abyectos y escatológicos. En cuanto se nos pone alguien a tiro —parece decir el texto—, perdemos el mundo de vista: lo más sagrado, nuestras tierras, nuestra cultura, nada queda a salvo. Esta visión negativa de la pornografía puede molestar a más de uno, pero hay que comprender que cuando Barth escribía no se hablaba aún del postporno. No quiero estropearle al lector nada, así que sólo diré que la Pocahontas y el John Smith de El plantador de tabaco no se parecen en nada a los de Disney. La palabra que me viene a la cabeza es “cachondos”. Son definitivamente unos cachondos. Todo el libro está lleno de chistes verdes y escatológicos. La expansión de Europa y la evangelización del nuevo mundo se deja en manos de la gente más deleznable que uno pueda imaginarse. De hecho, parece por momentos que ese traspaso de defectos e indignidades no sea el carácter de la conquista o la forma de hacerla, sino la conquista misma. Conquistar es literalmente violar, insultar, engañar, ensuciar, montar a hombres y mujeres, cagar, mear, poseer, agredir.
Tampoco está nada mal que la marylandíada o poema a las tierras nuevas de Maryland la desee escribir un neurótico pelagatos, un niño de familia rica mimado y culto que sabe de todo pero que no sabe de nada, incapaz de cualquier decisión en la vida por pequeña que sea. Un niño grande y pedante que se proclama poeta y virgen para siempre, y que cree que la virginidad es la clave de su fuerza creativa. Su obra triunfa precisamente porque nadie es capaz de creerse tal ingenuidad, y todo el mundo la interpreta como paródica. Su éxito le certifica como gran tonto: no ha entendido nada. Es la parodia dentro de la parodia.
El personaje clave en la novela es Henry Burlingame, tutor de Ebenezer y su hermana melliza Anna cuando ambos eran niños. Va entrando y saliendo de la vida del poeta virgen, y por momentos parece que la controla como un marionetista a su títere. En su juventud, para poder medrar en el mundillo académico londinense, Burlingame flirteó con dos viejos profesores universitarios pedófilos, ambos salidos como el pico de una plancha, que se enamoraron de él y a los que les sacó lo que quiso: son nada menos que Isaac Newton y Henry More. Barth no respeta nada, y eso nos gusta mucho. Burlingame es el el arquetipo de personaje postmoderno en tanto que, igual que les pasa a los dos venerables científicos, los lectores no podemos fiarnos de él en absoluto. Nos dice de todo y no nos dice nada. Representa lo literario mismo, la magia de lo dicho pero también de lo sugerido, de todo aquello que las historias señalan sin contarlo. Burlingame sostiene, por ejemplo, que lo mejor que puede enseñar un profesor es algo sobre lo que no tenga la más mínima idea: "Elige algo que tengas un gran interés por aprender e inmediatamente proclámate erudito en la materia", le aconseja a Ebenezer. Lo valioso no es que nos explique que la barrera entre enseñar y aprender es arbitraria y se cruza todo el tiempo desde los dos lados. Eso ya lo sabemos. Burlingame dice algo más: dice que hay que mentir. El profesor que no sabe nada podría ser perfectamente el político de cualquier tendencia que nos habla de libertad de mercado o de igualdad de clases: no tiene ni idea de lo que dice, pero lo que dice sostiene completos sistemas políticos y económicos. Ese dejar ver la mentira —la arbitrariedad, mejor dicho— es lo típico postmoderno en el texto. Barth sería, si es que eso existe, un postmoderno de pura cepa.
Tengo que reconocer que a ratos me aburrí y leí en diagonal. Ha sido una buena forma de refrescar esa habilidad. Creo que la novela sería redonda de ser más corta. Me acordé de Neguijón, de Fernando Iwasaki, que comparte cierta manera de revisar los mitos del pasado desde una ironía estructural, pero imponiendo menos trabas a la lectura. De todas formas, para nada puedo decir que no me haya gustado. El humor a veces finísimo y casi siempre procaz y guarro, y sobre todo esa forma de ser un artefacto raro del que resulta difícil emitir juicios coherentes, o siquiera juicios, valen sin duda la pena. Si alguien tiene veinte horitas sueltas con las que no sabe qué hacer y quiere una experiencia potente, gamberra y algo rara que recuerda al Quijote y a Tristram Shandy pero a la vez no se parece a nada, este es su libro. Gracias por a Sexto Piso, a la Tormenta o a quien sea por el error, o sea, quiero decir, por el descubrimiento.

jueves, octubre 10, 2013

ALICE MUNRO, PREMIO NOBEL DE LITERATURA 2013


Reseña de Demasiada felicidad

Premio Tormenta al mejor libro del 2010
Entrega de premios Tormenta

La realidad quebradiza. Antología de cuentos, José María Merino

Ed. Juan Jacinto Muñoz Rengel. Páginas de Espuma, Madrid, 2012. 262 pp. 17 €

Teresa López Pellisa

La realidad quebradiza. Antología de cuentos de José María Merino es una cuidada selección de relatos que provienen de sus Cuentos del reino secreto, El viajero perdido, Cuentos del barrio del refugio, Cinco cuentos y una fábula, Cuentos de los días raros, de El libro de las horas contadas y Minicuentos. Además nos ofrece una entrevista al autor, y un viaje al centro de la mente de José María a modo de introducción, con Juan Jacinto Muñoz Rengel como autor del cuaderno de bitácora. El viaje funciona aquí como tema, como vía y como medio para acercarnos a los fantásticos mundos ofrecidos por la prosa de Merino. Podríamos afirmar que en su relato "El viaje inexplicable" se concentra su idea de qué es la literatura y la potencialidad que tiene la ficción. Un texto que surge como oda al libro, y al artefacto del libro códice que hoy en día algunos tecnoapocalípticos temen pueda desaparecer. Pues bien, en el mundo posible en el que nos sitúa Merino esto sucede, y el libro es un objeto arqueológico de incalculable valor que no todos los seres del universo pueden interpretar, ya que no han cultivado el lenguaje tal y como lo conocemos nosotros. "El viaje inexplicable" nos sumerge en la potencialidad de la literatura cuando el cuento de Merino se convierte en un libro de arena. La posibilidad de migrar a diferentes países y planetas a través del espacio tiempo, y poder encarnar diferentes cuerpos y mentes, es algo que la literatura ha propiciado mucho antes que la realidad virtual. Este relato nos permite pasear a lo largo de la historia de la literatura a través de juegos intertextuales con Dostoyevski, Thomas Mann, Cervantes o los propios personajes de José María Merino. Viajes a través de los libros que permiten traslaciones instantáneas, viajes mentales, palabras capaces de generar alucinaciones y la posibilidad de habitar los espacios virtuales de la literatura. Si en Star Trek: Voyager hubieran tenido como guion los relatos de Merino para su holocubierta, quién sabe adónde hubiera ido a parar la Enterprise.
Podríamos casi asegurar que Juan Jacinto Muñoz Rengel se debió servir de algún grimorio como manual, en la exploración quirúrgico-cerebral del autor para su introducción "Viaje al centro de la mente de José María Merino". Entre los datos de su informe final nos gustaría destacar la clasificación temática que sustrae de la actividad literaria del sujeto-autor, ya que la riqueza de sus motivos y la distorsión a la que los somete, generan de manera implacable una fuerte sensación de inquietud en el lector: «la metamorfosis, el fantasma, el doble, las anomalías espacio-temporales, los universos paralelos, la metaficción y sus bucles, el poder mágico de algunos objetos y lugares, la creación de inteligencia artificial, la presciencia, la identidad y la disolución del yo, el sueño, el mito, y las relaciones entre lenguaje y realidad» (19). José María Merino es uno autor canónico del fantástico español contemporáneo, que también ha trabajado el género de ciencia ficción y sobre todo, ha logrado darle al cuento y al minicuento un lugar reconocido en las letras españolas. Un académico que ocupa el sillón "m", tal y como nos dice Juan Jacinto Muñoz Rengel «con la eme de Merino, de magia, de metamorfosis, de memoria, de mito y de muerte» (12). Si tuviera que escoger alguno de estos relatos me quedaría con "El viaje inexplicable" que mencioné anteriormente, aunque no puedo dejar de pensar en las razas alienígenas que nos presenta, tanto los hadanes como los artrópodos y el extraño ser de "Papilio Síderum", la angustia del protagonista en "El derrocado" al percibir lentamente cómo una de las versiones de sí mismo le desplaza en su vida, el nostálgico revenant de "Bifurcaciones", la fascinante historia sobre la evolución de las inteligencias artificiales en "Celina y Nelima", o el novedoso ser sobrenatural del minicuento "Metamorfosis".
Con esta antología fantástica tendrán la oportunidad de explorar los mejores lugares que todo lector querría conocer a lo largo de la obra de José María Merino, ya que cada una de las visitas ha sido minuciosamente seleccionada por su editor. Eso sí, recomendamos que aprieten bien sus cinturones antes del viaje, para evitar incidentes entre los resquicios de esta realidad quebrada.

miércoles, octubre 09, 2013

Limónov, Emmanuel Carrére

Trad. Jaime Zulaika Goicoechea. Anagrama, Barcelona, 2013. 400 pp. 19,90 €

Julián Díez

Hay libros que son destinos y libros que empiezan rutas. Las abren por muy distintas razones. Por ejemplo, por ser capaces de despertar en un lector mínimamente vivo el interés por continuar conociendo el tema. Por fijarse más detalladamente en algo en lo que hasta entonces no había reparado.
Limónov es de estos últimos, lo que quizá sea el mejor halago que puede hacerse a la labor de un escritor-periodista, colóquense los oficios en cualquier orden, como es Carrére. Para mí Eduard Limónov era hasta el momento un figurante sin rasgos distintivos en el enorme drama que debe estar desarrollándose en estos momentos en Rusia, ese país que miramos siempre con atracción morbosa tintada por el temor. Ahora es un personaje imborrable: uno de esos caracteres que abarcan toda una época, un signo de nuestro tiempo. Un signo de interrogación, en concreto.
Es obvio que el propio Carrére, al que inicialmente se le encargó hacer un reportaje sobre el personaje, se vio envuelto progresivamente en todo el proceso de atracción y repulsión que nos hace seguir como lectores en esta biografía sui géneris. Porque es difícil resistirse a la fascinación por un tipo que ha sido raterillo de suburbio soviético, poeta laureado, mendigo gay, líder de partido político, mayordomo, héroe contracultural, guerrillero serbobosnio y, eso sí, ególatra infatigable en cualquiera de esas actividades. Como resume el autor, no se conoce a mucha más gente que haya ido a cócteles con Andy Warhol en Nueva York y haya estado recluido en cárceles siberianas. Si un escritor de ficción hubiera creado un personaje así, su novela habría sucumbido a la imposibilidad de suspender la incredulidad del lector.
Sin embargo, quien afronta la labor de retratar al personaje es alguien de la destreza de Carrére. A quienes ya tuvieran ocasión de disfrutar de De vidas ajenas o, especialmente, El adversario no necesito hacerles ningún apunte adicional. Para quienes aún no le conozcan, decirles que comparte ciertos manierismos —intervención personal en el relato, incorrección— con sus afamados paisanos Houllebeq y Beigbeder, pero a mí me resulta más auténtico. No necesita epatar por postura, sino que lo hace por lo que narra, siempre con impecable eficacia.
Y ese personalismo le obliga a no esconder las dobleces del personaje, a no poder ocultar que le resulta repulsivo por momentos. El lector tiene margen de maniobra suficiente y abundancia de información para llegar a sus propias conclusiones. Aunque yo no tengo casi ninguna: Limónov, además de un personaje novelesco, es demasiado carnal para ser interpretado de cualquier manera convencional, unidireccional. Y por ello encarna con precisión el zeitgeist de nuestro tiempo confuso, en el que es imposible conocer verdaderamente la realidad ante la multiplicidad de fuentes, la existencia siempre de voces que condenan el bien y la habilidad del mal para camuflarse entre la vegetación.
Como a la Rusia de hoy en día, creo que me encantaría conocer brevemente a Limónov, para luego mantenerle bastante lejos a él y a esos muchachos que le acompañan con una bandera nazi que ha sustituido la cruz gamada por la hoz y el martillo. Carrére dice que no son mala gente del todo... pero por si acaso. Aunque, dado que este no es un libro destino, sino que abre ruta, a partir de ahora no podré evitar echar un vistazo más detallado de cuando en cuando a lo que ocurre por allí. Y ver si Limónov tiene una nueva reencarnación pasados los setenta años con la que pueda, todavía, reinventarse con su enésimo disfraz. El que Carrére le propone para terminar el libro, con ternura, no creo que le satisfaga.

martes, octubre 08, 2013

Ignacio Agustí, El árbol y la ceniza, Sergi Doria

Destino, Barcelona, 2013. 342 pp. 20,50 €

Pedro M. Domene

La vinculación de Ignacio Agustí (1913-1974) al franquismo, su condición catalanista y, además, su empeño en convertirse en el autor de una única saga novelesca que triunfó especialmente en la postguerra, una pentalogía, La ceniza fue árbol (1943-1972), llevada al cine y a la televisión, sirvió a estudiosos y críticos para relegar su figura a medida que las décadas iban avanzando y el ejercicio del poder del dictador se perdía en aras de una sociedad más democrática y abierta a una Europa más plural y menos conservadora.
Ignacio Agustí, de familia burguesa, se convirtió muy pronto en una promesa de la literatura catalana y empezó escribiendo poemas -El veler (1932)- y la novela breve, Diagonal (1935), aunque, pese a su moderación de buen catalán y de ciertas ideas liberales, le llevaría a apostar por un bando “nacional” donde ubicar su sentimiento catalanista al lado de amigos tan influyentes como Dionisio Ridruejo, Eugenio d´Ors, Vergés, el editor, o el más ferviente defensor de la causa, Josep Pla. Artífice de grandes empresas como la revista Destino o la puesta en marcha de la editorial, del mismo nombre, con la emblemática colección Ánfora y Delfín o el Premio Nadal, incluso cuando ya su fama y su poder habían sufrido los reveses de la oficialidad e incluso el favor de los amigos, su talante le convirtió en editor y dueño de la librería Argos de Barcelona, aunque tampoco este fuera su mejor proyecto y que, como tantos otros, terminase en bancarrota. Sus continuos problemas económicos, incluso psíquicos, le llevaban a apartarse largas temporadas de una virulenta sociedad que no acaba de entender el propio escritor por esa curiosa dualidad con que entendía su vida, una Cataluña muy catalana y a la vez española, aunque nunca mermó su antigua y sincera amistad juvenil con un poeta de un extremismo antifranquista, como fue Salvador Espriu, alguien que, a su vez, siempre consideró a Agustí como un válido y excelente narrador en castellano, dueño de una fortaleza expresiva, y de una gran calidad literaria, y de la misma manera ensalzó su particular visión de una Barcelona cosmopolita de finales del XIX y el relato de toda una saga familiar a lo largo del comienzo del XX.
La biografía de Sergi Doria, Ignacio Agustí, el árbol y la ceniza (2013), ofrece una visión, bastante clarividente, de la situación política y social que vivió el Agustí que debía abrirse camino, y ofrece en sus páginas una abundante y fidedigna documentación que pone tanto al biografiado como al resto de familiares, amigos y enemigos del escritor, en su sitio, sin que haya que leer acritud alguna entrelíneas, aunque sí el menoscabo de una sociedad exigente que, sin duda, nunca entendió los valores o los propósitos de un Agustí que, una vez transcurridos esos temibles años de posguerra, pretendió edificar con su ímprobo esfuerzo una reconciliación y acercar la sociedad catalana a un Madrid centralizado aunque para ello tuviera que diversificar sus fuerzas y granjearse el desprecio de unos y otros.

lunes, octubre 07, 2013

Un día es un día, Margaret Atwood

Trad. Eduardo Murillo, Víctor Pozanco y Alejandro Palomas. Lumen, Barcelona, 2013. 339 pp. 19,90 €

María Dolores García Pastor

Aviso a los lectores: no encontrarán ningún libro de Margaret Atwood publicado en inglés que se corresponda con el que nos ocupa. Y es que Un día es un día nace de una iniciativa de la editorial Lumen, no es una traducción que llega ahora al mercado hispano. Este es un libro “atípico” de la escritora canadiense, en el que la autora participa haciendo la selección de los relatos y escribiendo el prólogo de esta exclusiva edición en castellano. «La palabra escrita es el mecanismo más asombroso para viajar por el tiempo» dice Atwood en el prólogo, y el tiempo por el que nos hace viajar en estos doce relatos es el de la vida de gentes normales, mujeres en su mayoría. Se trata de historias domésticas, como ella misma las define, muy alejadas de la cara más salvaje de su escritura a la que, tal vez, estamos más acostumbrados. Recorridos vitales de mujeres corrientes: infancia, madurez y vejez, partes en las que se divide el libro un poco arbitrariamente, para dar cierta sensación de continuidad. Cada una de esas partes que se corresponden con las etapas de la vida está compuesta por cuatro relatos.
Hablar de Atwood, es hablar de una observadora minuciosa que se pasea por el paisaje humano, diseccionando con precisión, poniendo especial cuidado en el detalle. Es hablar también de una escritora que maneja una prosa limpia y fluida despojada de artificios. Su estilo recuerda por momentos al de su compatriota Alice Munro, maravillosa escritora a la que descubrí gracias a otra escritora, la argentina Clara Obligado. Tanto Alice como Margaret se iniciaron en el género del relato en los cincuenta y ambas abordan en sus escritos de manera reiterada el tema de la condición femenina. Aunque de entre las dos Atwood es la más combativa; el tema del género se halla muy presente en toda su obra. Aparece ya en su novela The Endible Women (1969), donde reflexiona sobre la marginación social de la mujer, y es uno de sus temas recurrentes de ahí que sea reconocida como autora feminista. Otros de sus grandes temas son la identidad canadiense, las relaciones de Canadá con Estados Unidos y Europa o los asuntos ambientales.
La mujer es también la gran protagonista de Un día es un día. «“Quedan muchos temas por resolver en lo que concierne al papel de la mujer en el mundo», afirmaba la autora en una entrevista reciente. Las historias que conforman el libro fueron escritas en los años setenta y ochenta pero están ambientados entre el periodo que va desde principios de los años cuarenta hasta los setenta. En ellos ya se nos muestra a mujeres acosadas y maltratadas, víctimas del engaño y la marginación, algo que deja constancia de la temprana conciencia de género de esta autora. Los dos relatos que sirve para abrir y cerrar el libro son autobiográficos y hablan de sus padres.
Atwood es una de las voces más importantes de la narrativa anglosajona de la segunda mitad del siglo XX. Su obra está formada por más de treinta volúmenes de poesía, varias colecciones de cuentos y más de una decena de novelas de diferentes géneros además de numerosos guiones televisivos. Entre sus muchos méritos literarios cabe destacar su nominación al Nobel de Literatura y el haber ganado el Príncipe de Asturias de las Letras en 2008. Es además una incansable luchadora por los derechos humanos y diferentes causas ambientales.

viernes, octubre 04, 2013

La Guerra de Invierno, Ariadna G. García

Hiperión, Madrid, 2013. 75 pp. 10 €

Óscar Esquivias

En 1939, Finlandia sufrió el ataque del ejército soviético. La URSS quería asegurarse el dominio de esa joven república (hacía apenas veinte años que se había independizado de Rusia) para evitar una posible agresión nazi sobre Leningrado, ya que el belicismo de Hitler hacía augurar un enfrentamiento armado en Europa. Esta «Guerra de Invierno» duró poco más de tres meses (justamente los del crudísimo invierno que se extendió entre finales de 1939 y principios de 1940) y, como era previsible, terminó con la claudicación de Finlandia ante la Unión Soviética, que se anexionó buena parte de la región de Carelia.
Por suerte, hay otra Guerra de Invierno mucho más luminosa y amable: el último poemario de Ariadna G. García. Al lector que empiece a leer sus páginas le podría sorprender el título, pues nada parece más alejado de lo bélico que los delicados poemas con los que se abre esta obra, en los que se describe cómo dos mujeres extranjeras viajan y se aman en distintas ciudades y paisajes de la Finlandia actual. Su amor es pleno, sosegado: no hay guerra ni sangre, tampoco grandes aventuras, todo es cotidiano, sensible, cordial: se trata de un «viaje de invierno» carente de la tristeza y del dramatismo del de Müller y Schubert; las dos personas que recorren el país están tan atentas al paisaje como a sus sentimientos y a las pequeñas anécdotas que se van sucediendo. No hay en este viaje íntimo, pues, destrucción ni batallas, pero sí aparece –omnipresente– el invierno finés al que alude el título: ráfagas de aire punzantes como jabalinas, suelos embarrados sobre los que florecen malvas, paisajes nevados enceguecedores, bloques de hielo en el puerto o en la corriente de los ríos, árboles congelados como esculturas de cristal... Los poemas están escritos con el cuidado de quien camina sobre la nieve. En el tramo último del libro, cuando el viaje va llegando a su fin, el discurso poético se condensa en formas brevísimas, con la intensidad de los haikus, que parecen posarse sobre las páginas como copos de nieve.
Este relato poético ocupa las partes extremas del libro. En términos musicales, serían los movimientos primero y tercero de un concierto que arranca con una voz poética que promete al lector –en realidad, lo hace a su amada– la «mirada / virginal y curiosa / de los gatos, / dos ojos sin historia». Pero los paisajes sí tienen historia, y bajo la nieve de Finlandia hay un solar épico donde se han escrito historias de exploraciones polares, de grandes sacrificios y de batallas cruentas. Esta idea es la que se desarrolla en la parte central, en ese movimiento intermedio que contrasta con los extremos: desaparece el verso e irrumpe, como un carro de combate, la prosa; Finlandia deja de ser un paisaje pintoresco y amable para convertirse en un escenario bélico terrible. A la ligereza de lo íntimo y lo actual se opone la brutalidad colectiva en el pasado. De estas prosas me gustan especialmente las numeradas «IV» y «V»; son historias dolorosas: la del patinador olímpico Birger Wasenius, que murió luchando contra los soviéticos durante la Guerra de Invierno, o la de la joven tripulación de un submarino ruso, que se adiestra para matar y acepta con naturalidad su propia muerte.
Cuando, en el tercer y último movimiento de esta obra, se reanuda el viaje, se recupera también el desenfado y el lirismo de la primera parte, pero ahora el lector es consciente de que los pasos felinos, casi aéreos, de las viajeras se marcan sobre una nieve que oculta la devastación y la desgracia. Y por ello se agradece aún más la simpatía de las dos protagonistas, su felicidad, su amor.

jueves, octubre 03, 2013

Frankie y la boda, Carson McCullers

Trad. María Campuzano. Seix Barral, Barcelona, 2013. 240 pp. 7,95 €

Sara Roma

Un día, cuando la pequeña Carson McCullers (Georgia, 1917 - Nueva York, 1967) tenía solo cuatro años vivió una experiencia que la marcaría para toda su vida. Pasó por delante de un convento que tenía las puertas abiertas y que mostraba una estampa idílica para cualquier niño: en su interior habían niños que comían helados y que jugaban en columpios. Carson quedó fascinada y quiso entrar, pero su amiga le dijo que no podían porque no era católica. Al día siguiente, volvió a pasar por la misma calle pero lo encontró cerrado. Desde entonces, nunca dejó de pensar en aquella fiesta de la que había sido excluida: el mundo que fue descubriendo (las gentes, las calles, los colores, etc.) era algo alejado e inalcanzable, como si fuera una fiesta a la que nadie le había invitado a asistir.
Esta experiencia fue sin duda el germen de Frankie y la boda (Austral, 2013), el relato particular de las ilusiones y la decepción de una niña de doce años ante la boda de su hermano mayor que hasta entonces había sido su compañero de juegos, pero que ahora se ha convertido en un apuesto soldado a punto de casarse y entrar definitivamente en la esfera de los mayores. Frankie hará todo lo que sea para marcharse con él.
Cuando escribe esta novela Carson McCullers es una escritora consagrada. Su primera obra, El corazón es un cazador solitario (1940), escrita con tan solo 22 años, supuso un éxito sin precedentes en la narrativa norteamericana. Lo mismo sucedió con Reflejos en un ojo dorado (1941), que terminó en solo dos meses y que fue una verdadera obra maestra en su género. Sin embargo, Frankie y la boda no siguió la misma estela. Su escritura, además, fue un proceso creativo lento y doloroso. Trabajó durante cinco años, a lo largo de los cuales redactó seis versiones distintas. La primera vez que apareció fue en la revista Harper´s Bazar en 1946. Alentada por su amigo Tenesse Williams, decidió llevarla a los escenarios y convertirla en una obra de teatro y una fallida adaptación musical, que no desalentaron al propio Fred Zinnemann para dirigirla en la gran pantalla en 1953. Sin embargo, no comprendo por qué pasó sin pena ni gloria para el público y los lectores; los mismos que se habían emocionado una década antes con la sensibilidad poética con la que describió el ambiente de una pequeña ciudad sureña habitada por personajes solitarios y marginados, rechazados por una sociedad que los ignora. Esta novela, reeditada por Austral, es una muestra del talento de McCullers y merece ocupar un puesto de honor entre los clásicos contemporáneos.
«Es mucho más fácil, pensaba ella acordándose de Berenice, convencer a los desconocidos de que van a realizarse nuestros más entrañables deseos, que a las personas que tenemos en nuestra propia cocina».
La novela gira en torno al tema de la pubertad y la entrada en la edad adulta. A pesar de sus doce años, Frankie se ha desarrollado bastante rápido y ha sido excluida de su grupo de amigos. Frankie y la boda es la aventura personal, valiente y romántica de una niña que lucha hasta adaptarse a esa crisis que supone la entrada en la pubertad y el paso a la adolescencia: las normas y el mundo en el que había vivido se tambalean. Frankie se siente en tierra de nadie porque, a pesar de que ya no es una cría, percibe que todavía le está vetado entrar en la esfera “de los mayores”. Se siente, por tanto, en tierra de nadie. Es incluso pequeña para participar en las fiestas de la vecindad que se realizan en un club al que acuden chicas de entre 13 y 15 años. Para Frankie el mundo es repentino y pequeño y tiene la sensación de que el universo ha confabulado para abandonarla en un rincón de la cocina, aquellos días de verano previos a la boda de su hermano. Todos pueden invocar un “nosotros” excepto ella.
Frankie ansía irse a vivir con el joven matrimonio y conocer el mundo que se abre como una promesa y que está lejos de su antigua casa sureña. Este es su sueño y así se lo comunica a su negra ama de llaves, Berenice, que se revela como el personaje clave de esta novela que la ayudará a aceptar su nueva condición: aunque queramos abrirnos paso y campar libremente, «cada uno de nosotros está como prisionero de sí mismo». Al final, el corazón sigue siendo ese cazador solitario.

miércoles, octubre 02, 2013

Un futuro sin más, Antonio Turiol

Amazon, 2013. 108 pp. 0,89 €

Ariadna G. García

Antonio Turiol es científico del CSIC. Desde hace unos años, además, mantiene un blog (The oil crash) con que pretende concienciar a la ciudadanía de la necesidad de cambiar de modelo económico. De lo contrario, nos vamos al abismo. El crecimiento ilimitado es imposible, porque los recursos del planeta no lo son y se están agotando. La crisis energética, debido a la superación del pico de extracción de petróleo y al fin de la era del zumo de dinosaurio (Emilio Bueso, dixit) abundante y barato, nos obliga a un replanteamiento colectivo de nuestro modo de vida actual. No hay energía para todos. Así de simple. Para que una parte de la sociedad mantenga su ritmo de consumo se necesita que buena parte de la gente renuncia a él. Ya sabéis porqué tenemos seis millones de parados. Y si no hacemos algo, ese número se multiplicará. En un nuevo intento de alertar a sus contemporáneos, Antonio Turiol ha introducido una nueva estrategia, y ahora suma a su exitoso cuaderno de bitácora la literatura distópica.
Un futuro sin más (Amazon, 2013) se suma a otras novelas de anticipación publicadas en el último año (Cenital, de Emilio Bueso; 2020, de Javier Moreno; Últimos días en el puesto del Este, de Cristina Fallarás...). La diferencia estriba en el vaticinio histórico por el que se decanta Turiol y en la importancia argumental que tiene la ciencia. Si Emilio Bueso nutre a Cenital de citas extraídas de libros o de ensayos de divulgación de la crisis energética, Turiol incorpora al suyo a un elenco de científicos cuya misión –en principio– consiste en preservar su propia vida, aunque después tendrán en sus manos el destino de Europa.
Jan Palermo es un profesor universitario que dirige un centro de investigación ambiental. Perseguido en su país –acusado de enriquecerse a costa del cambio climático y de conspirar contra la ciudadanía ocultando la existencia de fuentes de energía infinita–, decide refugiarse en la República, a donde arrastra consigo a un estudiante de doctorado: David Ros. Atrás dejan una nación desindustrializada, oscura, inactiva e inmersa en una dictadura. Pero la crisis energética ya ha hecho estragos también en el estado vecino, que resuelve ejecutarlos. En su alegato de defensa, Palermo pide disculpas a los ciudadanos en nombre de la comunidad investigadora por “dejarles creer que la ciencia no tenía límites”. No le vale de nada. Tan sólo un pacto con el Fiscal General para buscar una fuente de energía salvará su cabeza. Lo que le ofrece, sin embargo, no es una solución a largo plazo, puesto que no es posible; sino a corto. Gracias al magnesio, proveerá a la capital de energía por un plazo de veinte años. David Ros asumirá el control de las instalaciones y plantas de explotación, mientras Palermo quedará relegado a funciones de asesoría técnica. Las presiones del gobierno para que la industria recupere su lejano esplendor agotan el suministro energético antes de lo previsto, lo que obliga a David –que no quiere perder su estatus– a conseguir magnesio por la fuerza. La guerra por los recursos elimina a buena parte de la población de Europa. La República invade países e impone protectorados. Con todo, una pregunta flota en el ambiente: ¿es posible escapar de la termodinámica? La entropía nos dice que todo sistema acaba desgastándose. ¿Fracasará la estrategia de Ros? Palermo, entre tanto, huye a un pequeño país en las montañas –Turiol omite los topónimos hasta el desenlace de la obra, buscando así que el lector se libere de prejuicios y se crea la historia–, en donde encuentra otra fuente de energía. ¿Qué hará con ella? ¿La divulgará? ¿Es que acaso está la humanidad preparada para usarla correctamente? En La esfera, el escritor Michael Crichton desconfía de los humanos y les arrebata el poder que les confiere una esfera alienígena sumergida en el Pacífico. ¿Qué piensa de nosotros Turiol?
Nouvelle de tesis, Un futuro sin más no sólo alerta del previsible estrago que la crisis energética causará en Occidente, sino que da la medicina para que combatamos los síntomas que padecemos ya: la educación. Al contrario que el ministro Wert –que no ceja en su empeño de despedir docentes, de eliminar del currículum los estudios de Humanidades o de impedir el acceso a la universidad a miles de alumnos–, nuestro científico Antonio Turiol, por boca de Palermo, pone el descanso de la salvación humana en los estudios de sostenibilidad (un saber vivir dentro de los límites del planeta) y de equilibro natural, compaginados con aquellos otros que dotan a las mujeres y a los hombres de “equilibrio emocional y espiritual”, ¿adivinan cuáles?: la Filosofía, la Historia, la Música, la Pintura o la Literatura.
Esta novela corta, amena (pese a su contenido), bien escrita y estructurada, cumple con creces su misión de baliza. De nosotros depende ahora si seguimos nadamos o nos damos la vuelta para recapacitar.

martes, octubre 01, 2013

El joven Moriarty. El misterio del dodo, Sofía Rhei

Fábulas de Albión, Barcelona, 2013, 208 pp. 16 €

José Miguel López-Astilleros

Lo primero que hay que decir de esta novela, es que va dirigida a ese público que está abandonando la infancia para internarse en la adolescencia, aunque no sólo a ellos, porque, como veremos, los juegos metaliterarios, las referencias a personajes históricos y la ironía, hacen que un adulto pueda pasar también un muy buen rato leyendo esta historia. En segundo lugar, es conveniente señalar que no se trata de una de esas tediosas novelas juveniles, dirigidas a que algún conspicuo profesor trabaje en el aula ciertos temas transversales o valores, dictados por las autoridades educativas; pues el objetivo central es nada menos que entretener con imaginación y gracia.
La trama principal es muy sencilla, James Moriarty, un niño de unos doce años, tratará de desvelar el destino de un ave extinta, el dodo, que su tío Theodosius ha traído de la isla Mauricio, con el propósito de refutar la teoría de la evolución humana de Darwin, puesto que el tiempo en el que transcurren los hechos están situados en la época victoriana del Reino Unido. La intriga se mantiene a lo largo del libro, hasta que al final se revela el misterio, resuelto de un modo humorístico y sorprendente. De modo que hay momentos en que da la impresión de que estamos ante una novela de detectives, al estilo de las de A. Conan Doyle o Agatha Christie. Todo ello estará jalonado con las divertidas travesuras protagonizadas por Moriarty y su amigo John Watson.
Uno de los aciertos de la novela es la elección de los personajes y su caracterización. James Moriarty es inteligente, inquieto y vengativo, la autora nos invita con su nombre a pensar en el malvado personaje de Conan Doyle, el profesor James Moriarty, antagonista de Sherlock Holmes. John Watson es el amigo de correrías de Moriarty, que a su vez nos va a recordad al Dr. Watson, también personaje de Conan Doyle, amigo y compañero de Holmes, con lo que el juego y el homenaje está servido. Arabella es la hermana del protagonista, orgullosa y perspicaz, la relación con su hermano no es fácil, como suele suceder entre hermanos, mantiene un enfrentamiento continuo con él, con quien compite por cualquier cosa. Entre otros personajes, destacan el tío Theodosius, un aventurero divertido y excéntrico, junto a él está su esposa Ophira, una indígena africana muy hermosa que posee el extraño don de averiguar si la persona que habla está mintiendo o no, representa a las fuerzas irracionales, mientras que Moriarty y Arabella representan a las racionales. También destaca su institutriz alemana frau Weiss, autoritaria y siempre dispuesta a chafarles la fiesta. Pero hay muchos más entre los invitados a la fiesta dada por su padre, en la que tendrá lugar buena parte de la acción. Todos se muestran con su individualidad y profundidad psicológica, a pesar de la economía expresiva con la que están trazados muchos de ellos. No puede quedarnos en el tintero la aparición del científico Darwin o las hermanas Liddell, entre las que destaca Alicia, famosa por ser la protagonista de la obra Alicia en el país de las maravillas, cuyo autor también aparece con su verdadero apellido, Dodgson.
Pero si hay un ingrediente que satisfará tanto a niños como a adultos, es el humor y la ironía que rezuma por doquier. Hay veces que nace de una situación muy adaptada al público juvenil, como pueda ser una batalla campal a base de pastelazos o cuando Moriarty le pone el nombre de Arabella a un caracol gigante, traído de Africa por su tío como regalo. Pero hay otras en que el humor se torna ironía en sus juegos metaliterarios, como pueda ser la aparición de un niño llamado Jack Reaper, que se presenta con las manos manchadas de sangre por haber matado a unos pájaros, trasunto infantil de Jack el Destripador (Jack the Ripper, nótese el juego de palabras).
El joven Moriarty. El misterio del dodo es una novela muy amena, escrita con gran acierto y sensibilidad, con unos diálogos muy ágiles y naturales, por los que se transita con verdadero placer. Y por si fuera poco, las magníficas ilustraciones de Alfonso Rodríguez Barrera, junto con la exquisita edición de Fábulas de Albión hacen de este libro una auténtica delicia para todos los públicos, sobre todo para el juvenil.

lunes, septiembre 30, 2013

La vida cuando era nuestra, Marian Izaguirre

Lumen, Barcelona, 2013. 412 pp. 19,90 €

Pedro M. Domene

No todas las historias de la postguerra española se convierten en tragedia, queda siempre la esperanza de esa tenue luz que ilumine el camino, sobre todo cuando alguien esgrime la frase “añoro la vida cuando era nuestra” como un firme y vehemente deseo de sobrevivir. Era una vida llena de ilusiones, hecha de libros en su pequeña editorial y de charlas de café, de siestas lánguidas y de proyectos para construir un país, una España, que aprendía paso a paso, y en plena República, las reglas de la democracia. Pero un día de 1936 ese vivir se convertiría en una auténtica resistencia y, quince años después de todo aquello, a los protagonistas de esta historia, solo les quedan los recuerdos y una pequeña librería de viejo, escondida en uno de los barrios antiguos de Madrid, donde Lola y Matías, su marido, acuden cada mañana para vender y cambiar novelitas románticas, clásicos olvidados y gomas y lápices de colores a quien se acerque por su modesto establecimiento. Es aquí, en ese lugar modesto, donde una tarde de 1951 Lola conocerá a Alice, una mujer que ha encontrado en los libros su razón de vivir y la historia de ambas se confunden en el Madrid triste y sombrío de la postguerra española.
Marian Izaguirre (Bilbao, 1951) ha escrito en La vida cuando era nuestra (2013), una segunda novela titulada La chica de los cabellos de lino que, un día, Alice y Lola, empiezan a leer para satisfacer una reclamo publicitario de Matías, su marido, que deja un libro abierto sobre un atril, en el escaparate de su librería, sobre el que van pasando las páginas a diario para que los visitantes vayan leyendo esa curiosa historia. Y eso es que lo harán ellas, desentrañar, página a página, las vivencias de la pequeña Rose en la Francia e Inglaterra de preguerra, y como se mueve entre la campiña francesa, el lujo inglés, las mansiones, fiestas, lujos y extravagancias que le llevan a conocer una suerte de vida diferente y, por añadidura, la tragedia y la desgracia. Mientras no deja de preguntarse quiénes serán sus padres, otro de los misterios a develar en esta historia. Al mismo tiempo, Lola va confiando en su extraña amiga a quien empieza a confesar la suya personal, que a medida que se suceden las páginas se convierte en ese auténtico relato paralelo, y muestra esa otra cara que nos quiere ofrecer Marian Izaguirre, el dolor de la trágica sociedad española y la intrahistoria de muchos de los anónimos protagonistas que tanto perdieron, y se vieron obligados a sobrevivir en las medidas de sus posibilidades, afrontando un futuro incierto y aterrador.
La vida cuando era nuestra es un homenaje a la lectura, pero es sobre todo la historia de dos mujeres, una que poco sabe de la vida y otra que quizá sabe demasiado, aunque no pueda hablar. Entre estas miradas cómplices anda el talento literario y la sorpresa lectora de Marian Izaguirre.