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martes, octubre 22, 2013

Drink Time!, Dolores Payás

Acantilado, Barcelona, 2013, 112 pp. 12 €

Ángeles Prieto Barba

Espero que estas palabras no parezcan una recensión, y de hecho no quiero escribir una, sólo transmitiros un aviso honesto y urgente con eficacia. Una alerta especial dirigida a lectores avispados que no se dejan engatusar por campañas publicitarias de aparentes volúmenes repletos de tonterías, esos que necesitan cinco meses de bufidos para terminarlos. Tomos aparatosos que luego dejamos coger polvo en los estantes o que entregamos a nuestra tía-abuela Manolita como regalo. Pobrecilla.
Os lo aseguro. Con la mano en el corazón: esto no va a ocurrir con Drink Time!, libro enorme de modesto tamaño y apariencia que lo mismo no perciben nuestros ojos en cualquier mesa libresca plena de fastuosidades llamativas. Estad alerta. Porque es sencillo, nada aparente y parece breve como un catecismo, pero el caso es que su contenido denso y vivaz necesita varias lecturas emocionadas, que es lo que a mí me ha pasado, concretamente cuatro. Y eso que termina muy malamente como sin duda nos aseguraría Elpida, digno e imponente personaje que en él se encuentra. Para mayor clase y distinción, encima no importa que os desvele la trama. Allá voy.
Sí, la intriga da lo mismo puesto que Drink Time! es a la vez un retrato y una despedida desplegada en capítulos cortos y bien estructurados, alcanzando a través de los mismos una aproximación progresiva al escritor Patrick Leigh Fermor, Paddy para quien se le acercó y O kirios Mihalis (el señor Mihalis) para sus admirables vecinos cretenses, libro que coincide en el mercado editorial con una completa, documentada e impresionante biografía de Artemis Cooper sobre este verdadero Ulises contemporáneo y nada mítico, sino cálido y cercano. Pero ocurre además que la espléndida imagen que Dolores Payás nos brinda en este libro, una fotografía tan brillante y hermosa del personaje como la puesta de sol en una playa, es tan imprescindible a la hora de entender a Paddy, como la biografía citada. Estoy convencida de que hay que leer ambos libros, así como los del propio autor, para vislumbrar y empezar a adquirir la sabiduría que nos es más necesaria: la de cómo afrontar la vida. Eso que hoy día no puede proporcionarnos ningún tonto libro de autoayuda y sí sus eruditos y mal denominados “libros de viaje”, como Dolores nos indica, porque el inmenso periplo recorrido en ellos (El tiempo de los regalos, Entre los bosques y el agua, Mani o Roumeli, entre otros) aborda ante todo el interior de nosotros mismos. O porque quizá de las tres preguntas que el hombre se hace constantemente, ese qué somos, de dónde venimos y adónde vamos, la más difícil de responder sea la primera. Y los “libros de viaje” de Paddy contestan con asombro y alegría precisamente a esa.
De hecho, por este deslumbramiento feliz y apasionado que siempre mostró hacia la naturaleza humana, a la que dedicó su vida, despedir a Paddy es sólo un hasta pronto o un hasta luego. Nos queda la confianza de que volveremos una y otra vez a encontrarlo escondido en cualquier hermoso paraje de este mundo. O alojado en otras personas mágicas con las que de tarde en tarde nos topamos. Pues este hombre, y a través de este libro preciso, nos lega una lección de saber estar hasta el final inolvidable, narrada aquí en voz baja y sin alharacas pero con penetración cariñosa, y a las hondas palabras de Dolores me remito: «Vuela el tiempo, acumulamos demasiada información, perdemos la inocencia. Nos vemos obligados a tratar con la estupidez y la traición, la fealdad, la codicia, la violencia. Y al envejecer descubrimos que lo más espinoso del proceso no son las arrugas, ni siquiera el deterioro físico, sino eludir la tentación de la amargura. Paddy salió victorioso de esa tenebrosa trampa.» Sin duda, así era él, despreocupado de sí mismo, curioso siempre. Y en este eficaz retrato lo vemos moverse por su ambiente y en su casa como si estuviera en la nuestra.
Fundamental este tema de la vejez asociada a la pérdida de facultades y cómo debemos afrontar la despedida final porque no basta la entereza, requiere también amor. Tal vez el secreto se encuentre en esos tragos sagrados que tomaba Paddy religiosamente, a la misma hora, contemplando a su querido mar Mediterráneo, ese que ha conocido tantas batallas, pero en el que no queda ningún rastro púrpura que enturbie el azul profundo de sus aguas clásicas, como afirmó Conrad. Presiento que en cierta manera se produjo una mímesis del mar con este digno representante suyo ya sereno, que no aplacado. Por eso apuntémonos al Drink Time!, mientras podamos. Y consigan ese libro, no lo dejarán olvidado.

sábado, junio 01, 2013

Mythistórima. Poesía completa, Yorgos Seferis

Trad.y Ed. Selma Ancira y Francisco Segovia. Galaxia Gutenberg, Barcelona, 2013. 640 pp. 27,50 €


José Luis Gómez Toré

Como otros nombres de la poesía neohelénica como Elitis o Ritsos, la poesía de Yorgos Seferis (1900-1971) no puede entenderse sin la referencia al mito, pero al igual que en los citados autores buscaríamos en vano en sus poemas una reconstrucción arqueológica de los viejos relatos del mundo antiguo. Esto es especialmente cierto en el caso de Seferis, en el que lo mítico no es nunca la excusa para un imposible clasicismo. Por eso aciertan los traductores, en su atinada introducción, en vincular dicha presencia con Eliot, a quien Seferis tradujo (aunque, como se encarga de recalcar el mismo prólogo, lo clásico es asumido por el poeta griego sin el tamiz del cristianismo, a diferencia del autor de La tierra baldía). Asimismo aciertan los editores plenamente en el título, que no es solo el de uno de los libros más importantes de Seferis, sino también el nombre coloquial en griego para nuestro término “novela”, un nombre en el que se funde, como el propio autor explicó, el mito y la historia. Así, las referencias míticas, nunca puramente culturalistas, funcionan en una doble dirección: si por una parte constituyen el trasfondo trágico de la compleja historia de la moderna Grecia, que se vincula así con la antigua (pero sin fáciles nostalgias), por otro lado, como en Eliot o en Yeats, hay aquí una dramática búsqueda de significado entre las ruinas del sentido sobre las que parece levantarse nuestra frágil conciencia contemporánea. Al poeta de nuestros días no le es dado recuperar nada más que significaciones parciales, destellos de lo real: «A nuestra vuelta hemos traído/ estos bajorrelieves de un arte muy humilde».
Por otra parte, si Seferis bucea en el origen etimológico del término “mythistórima”, no hay que olvidar el sentido literal del término. En efecto, Seferis ha buscado (otro rasgo de su modernidad) la renovación de la lírica precisamente en su contaminación con lo narrativo e incluso con lo dramático. En este sentido, su obra establece vínculos con la tragedia griega, que, según la iluminadora interpretación de Vernant, nació en buena medida del conflicto entre la palabra sagrada del mito y el discurso plural y problemático del ágora, de la polis. Así, el concepto de lírica como poesía del yo estalla en Seferis en una pluralidad de personajes y de voces, que componen una compleja textura coral. Poeta de la tradición, Seferis es al mismo tiempo un poeta de su época y nuestro contemporáneo. Y su concepción de Grecia, tan dramáticamente actual, como un perpetuo exilio de sí misma («Y mientras tanto Grecia viaja/ y nosotros nada sabemos, no sabemos que somos todos marinos en tierra») es asimismo la certeza, tan fácilmente compartible, de que no hay morada permanente («ahora que el mundo/ se ha vuelto un hotel inmenso»).

lunes, junio 15, 2009

La casa muerta, Yannis Ritsos

Trad. Selma Ancira. Acantilado, Barcelona, 2009. 80 pp. 11 €

José Luis Gómez Toré

Dos de los caminos que la lírica del siglo XX persiguió para evitar el solipsismo de una voz demasiado centrada en el yo consistieron en sendas aproximaciones a lo narrativo y lo dramático (si bien la contaminación fue mutua, pues buena parte de la narrativa y el teatro del XX se han contagiado de la subjetividad y la fragmentariedad que suele atribuirse a lo lírico). El presente texto de Ritsos (1909-1990), uno de los nombres fundamentales de la poesía griega contemporánea, se sitúa en esa línea de acercamiento entre el yo lírico y el yo dramático, en una tensión en la que el monólogo aspira en vano a convertirse en diálogo al no comparecer el interlocutor que haría posible la plena realidad de la palabra. Ritsos sin duda tiene muy presentes a las heroínas dolientes de las tragedia clásica cuando escribe este soliloquio alucinado, que pone en boca de una mujer que convive en la casa familiar únicamente con su hermana, una presencia extrañamente silenciosa durante todo el poema. La confusión temporal, el tono de tragedia y las referencias casi épicas en algunos momentos, señalan el interés de Ritsos (como otras figuras centrales de la poesía neohelénica como Elytis o Seferis) por hacer suya la tradición. Sin embargo, Ritsos evita el riesgo más evidente que encierra semejante apuesta: en ningún momento, su escritura se convierte en un ejercicio de arqueología. Su escritura, atravesada por las grandes preguntas de la contemporaneidad, revela, sin embargo, un espesor de siglos, una tradición que no es peso sino iluminación sobre el presente. La confusión de tiempos, que el poeta atribuye a la locura de la mujer, nos sitúa más bien ante una temporalidad circular, un eterno retorno en el que los dioses, las guerras, los monstruos de la Antigüedad retornan transfigurados con nuevos ropajes.
La casa alcanza en el largo poema que constituye el libro un protagonismo indudable ya desde su mismo título. La vivencia de dicho espacio se desarrolla en una llamativa ambigüedad, pues la casa parece en ocasiones un espacio protector frente al mundo hostil y otras, en cambio, un espacio en el que la violencia y el tiempo destructor son desde hace años los pretendientes que han ocupado sus estancias vacías sin miedo a que venga a expulsarles ningún Ulises: «Ahora ya nos quedamos aquí, como en las manos quedan manchas amarillas de polen/ cuando se cortan flores en el jardín al atardecer, muchas flores,/ para los jarrones del comedor y los dormitorios de los muertos». Una casa tomada, diríamos con Cortázar, en la que la muerte y la decrepitud se convierten en temas obsesivos (un tono obsesivo plenamente logrado por el poeta, que recurre al parelelismo y otras figuras de repetición para hacernos partícipes del laberinto de espejos, de esa otra casa muerta que es la memoria de la mujer que habla). Al final, sólo queda la muerte: «Sólo que más allá no hay nada- que lo sepa». Y sin embargo, la otra mujer calla, quién sabe si para desmentir a su hermana o para confirmar su veredicto.