viernes, octubre 17, 2014

Zeta, Manuel Vilas

Salto de Página, Madrid, 2014. 160 PP. 13,90 €

Arcadio García

En una entrevista de 2009 en el programa Pagina 2 de Televisión Española, con motivo de la publicación de su novela Aire nuestro, Manuel Vilas (Barbastro, 1962) decía que tenía la impresión de que en España había dos clases de novelistas: los que todavía se baten en la Guerra Civil y los que lo hacen en la Guerra de las Galaxias. Era la respuesta a la pregunta que más pronto que tarde le plantean en referencia a su relación con al grupo Nocilla, ése al que en su momento se reprochó que se hubiera emancipado de la literatura hegemónica para ofrecer una narrativa que incorporaba ciertos elementos que la tradición española ha considerado literaria y argumentalmente irrelevantes o poco trascendentes, como la cultura pop, las nuevas tecnologías, la televisión, Internet, etcétera. Sea cierta o no la adscripción de Manuel Vilas a ese grupo —sea cierta o no, de hecho, la propia existencia del grupo—, no se puede negar que los relatos incluidos en Zeta, obra publicada en 2002 por la desaparecida editorial DVD Ediciones que ahora rescata Salto de Página, constituyen una prueba de que en Manuel Vilas había desde el principio (tal y como, por otro lado, afirma el propio Vilas en el prólogo, una pieza deliciosa, cargada de humor e ironía que bien podría haberse incluido entre los relatos que prologa) una voluntad de emanciparse de la literatura que se ofrecía en ese entonces, y proponer unas narraciones que, particularmente en Zeta, a menudo no son tanto narraciones como monólogos interiores o yuxtaposición de reflexiones y sordos lamentos expresados en primera persona por una serie de personajes que, en rigor, podría ser perfectamente el mismo en todos los relatos, lo que a mi juicio proporciona al libro más apariencia de novela que de conjunto de cuentos, o, por lo menos, mucho más que España, una de las obras más conocidas de Manuel Vilas, de la que el autor, dicho sea de paso, sostiene que es una novela por más semejanzas que guarde con un libro de relatos al uso, con todas las salvedades que quepa observar el empleo de la expresión «al uso» aplicada al autor de Barbastro.
Zeta es la Zaragoza de Manuel Vilas, y Zeta es una de las protagonistas del libro, una presencia permanente, el escenario desolador por el que deambulan personajes sin expectativas, aquejados de una tristeza inmensa que sería insoportable sin la prosa irónica y maravillosa de Vilas. Tipos solitarios que mal que bien se han resignado a su suerte, y presencian impasibles cómo se desmoronan sus vidas y cómo aceptan malvivir entre los escombros. Víctimas, en suma, de ese capitalismo en torno al cual parece girar toda la narrativa del autor aragonés; el capitalismo no sólo como culpable de los problemas de la sociedad occidental sino, asimismo, como origen de la frustración más o menos resignada de no hallar alternativa que lo reemplace.
Así, los personajes que aparecen en Zeta podrían ser cualquiera de las personas que se han visto afectadas por la crisis actual desde que se desatara en 2008, luego leída hoy, doce años después de que se publicara por primera vez, Zeta no sólo no ha perdido actualidad, sino que está de absoluta vigencia, como si su reedición respondiera a la estrategia de un avezado editor que ha sabido rastrear e identificar los puntos en común que guarda la ficción de Vilas con la realidad que acontece en 2014. Basta leer los relatos para identificar el contexto social en el que se desarrollan con cualquiera de las ciudades españolas devastadas —moral, anímicamente— por la crisis, por las calles de las cuales se puede uno cruzar a diario con los personajes de Zeta, esos nuevos ricos que renunciaron a la condición de viejos pobres en busca de la ilusión de prosperidad que procura la adquisición a plazos de un patrimonio efímero, intangible, ilusorio.
Pero que el lector no se lleve a engaño, aunque lo sean no estamos hablando de relatos explícitamente pesimista, Manuel Vilas es un escritor en el que el humor es fundamental, y a pesar del fondo de amargura y de debacle moral (especialmente en esta primera obra, no así en las siguientes), maneja un registro personalísimo y muy reconocible que consiste en escribir aplicando a cada frase una suerte de teoría del iceberg de Ernest Hemingway sui géneris cuya parte visible lo constituiría el humor, la ironía, la mordacidad e incluso un cierto desenfado y irreverencia, mientras bajo la superficie se esconden todas esas tragedias personales.
Como cualquier otra obra, Zeta admite varias lecturas y yo me aventuro a proponer otra: el escritor en ciernes confinado en una ciudad sofocante que carece de alicientes para continuar escribiendo, y sin embargo lo hace y acaba alcanzando reconocimiento, y se toma justa revancha escribiendo un cuento con un narrador arrogante y pagado de sí mismo que acaba siendo ese prólogo de Zeta, tan heterodoxo y sobresaliente como el propio libro.