viernes, octubre 03, 2014

Doble mirada: El cielo de Lima, Juan Gómez Bárcena

Salto de Página, Madrid, 214. 320 pp. 17,90 €

1. Juan Laborda Barceló

Juan Gómez Bárcena es un autor que, a pesar de su risueña y casi insultante juventud, posee una maestría en las formas y un conocimiento de las letras que, en buena justicia, deberían haber sido adquiridos a lo largo de una prolongada vida de estudio y lecturas. La creación y el talento, ya lo ven, son caprichosos y no entienden de tiempos, formalidades o cánones.
Tras unos relatos entre la crónica y la distopía, Los que duermen, que ya apuntaban el estilo y los contenidos que estaban por venir, el joven escritor cántabro vuelve a aparecer en Salto de Página con El cielo de Lima. En ella, dos aspirantes a poetas de primeros del siglo XX en un Perú fascinante por decadente y agitado, se hacen pasar por una damisela (vía misiva) para camelarse al gran Juan Ramón Jiménez y, de paso, conseguir las nuevas publicaciones del autor, que al otro lado del charco escaseaban.
Resulta muy interesante como esta historia sencilla, ocurrida realmente, se torna en la ficción en un intenso juego de apariencias, donde la realidad narrativa de una relación epistolar prolongada cobra la profundidad literaria de las más humanas inquietudes. Carlos y José, José y Carlos, son dos amigos que paren en su imaginación a Georgina Hübner, protagonista irreal de la novela. Así, cuando el poeta español muerde el anzuelo, se inicia un viaje extraordinario, pues lo que los dos jóvenes peruanos harán es proponerse escribir una novela, dar luz a sus personajes y construir todo un relato a través de sus cartas. Estamos, pues, ante una novela sobre la creación de otra novela.
Los juegos, miedos y desvaríos de la creación, sincera e impostada, se conjugan sabiamente en las páginas de la obra con la evolución de una amistad. Asistimos, por tanto, al despertar de los individualismos y al surgimiento de una madurez doliente, que aleja a los protagonistas entre sí y los convierte en lo que finalmente son.
Hay rasgos históricos bien trenzados, deseos de promoción social que se sienten necesarios, “escribidores” profesionales y hasta una rata roedora de textos que viaja en el transatlántico de turno, pero sobre todo, lo que hay en la novela es amor por la literatura. Un juego meta literario tiene lugar mientras se piensa y se construye una novela. Los personajes, al igual que la obra, crecen, sufren y evolucionan, dejando atrás las ilusiones de una adolescencia tardía. Todo un reto difícil de obviar para los amantes de las buenas letras.

2. Pedro Pujante

De entre las mujeres soñadas por personajes de una obra literaria, además de a Dulcinea o la Paulina de un cuento de Bioy Casares, habrá que rescatar para el imaginario colectivo de la posteridad la silueta enigmática e incierta de Georgina Hübner. La historia real de esta musa es ya conocida por todos. Dos peruanos, admiradores del poeta español Juan Ramón Jiménez, urdieron un plan epistolar: simular ser una joven llamada Georgina para recibir la atención de su querido maestro. Y la trampa, al parecer, funcionó. El resultado, además de una correspondencia (de la que se conservan al menos cinco cartas), es un poema, dedicado a la improbable musa limeña, e incluido en el libro Laberinto de J. R. Jiménez. Un poema que da título a esta novela.
A partir de este hecho verídico Gómez Bárcena (Santander, 1984) nos regala en su primera novela una historia intensa, que oscila entre la recreación histórica y la fantasía literaria. De hecho, la virtud del autor para dotar de vida a los personajes y para colorear la estampa de la Lima de comienzos de siglo es inmejorable. Digna de un pintor impresionista.
En la novela José y Carlos, los jóvenes acomodados que juegan a ser poetas y que contemplan el mundo en clave literaria, deciden enviar una carta a Juan Ramón Jiménez. A partir de entonces, la urdimbre postal se irá fraguando, configurando sus propias vidas, su día a día, y apoderándose de sus destinos. Hay, de hecho, un momento en el que uno de los personajes dice: «No somos nosotros los que escribimos las novelas, sino las novelas las que nos escriben a nosotros…»
Y ciertamente, la fantasía y la pasión irán revistiendo a la irreal Georgina de matices y profundidad hasta transformarla en un ser de carne y hueso. Hasta tal punto que incluso Carlos, el más sensible de los dos jóvenes impostores, se sentirá identificado con ella. Alrededor de este hilo conductor –el carteo establecido entre Georgina y el autor de Platero y yo- también se irán desmenuzando las vidas de los autores de la falacia. Quieren ser poetas pero su mediocridad es manifiesta. Quieren ser pobres y bohemios pero descienden de familias adineradas y su futuro está ya hipotecado y comprometido con sus industrias y un modelo de vida burguesa. Su alma pequeña podría aspirar a una revolución pero sus corsés sociales les impiden respirar el viento que traen los profetas del comunismo o el anarquismo. En definitiva, en sus ajustados modelos de vida solo les cabe un soplo de fantasía a través de ese personaje bello, frágil e irreal que es Georgina.
Pero, la novela que están escribiendo José y Carlos avanza y cobra vida; es una novela de amor y profundo anhelo, pero cuando comienza a llegar a su inevitable desenlace, las cosas no parecen conducir al final esperado. Porque el cada vez más enamorado célebre poeta ha decidido y anuncia que viajará hasta Lima con la intención de conocer a su querida amiga Georgina. Así que ¿cuál puede ser la solución para salir airosos de este melodrama por entregas? ¿Y evitar así que Juan Ramón Jiménez viaje a Perú y conozca la verdad, o sea, la onerosa mentira? O lo que es peor: que se desvele el sueño de amor e irrealidad que los dos jóvenes han construido para él y para sí mismos.
Gómez Bárcena con un pulso firme ha elaborado una novela perfecta, sin altibajos ni giros chirriantes, pausada y melancólica, que es capaz de transportar al lector desde el principio hasta el final sin que el interés decaiga en ningún momento. Pero además de confeccionar una narración compacta ha sabido valerse de un lenguaje rico y acorde a la historia que parece aspirar a la poesía pero sin abandonar en ningún momento el suelo narrativo sobre el que se asienta. Se respira en todo el libro un tono evocador, nostálgico y emotivo.
No podrá el lector dejar de emparentar El cielo de Lima con Juegos de la edad tardía de Landero, aquella novela, también escrita de un modo magistral, en la que la fantasía y la mentira acaban por apoderarse de la realidad de sus personajes hasta transformarlos en víctimas de sus propias falacias.
Otra virtud la hallamos, como ya dijimos al comienzo, en la construcción de los personajes, ambiente y época. Cada detalle ha sido cuidado y el lector sentirá por momentos que pasea por las avenidas de la vieja Lima, escucha la música y los murmullos de sus burdeles o el gentío en las tabernas en las que las barras de amigos beben pisco, juegan al billar y ensayan malos versos. Uno de los descubrimientos de esta temporada. Muy recomendable.