lunes, octubre 27, 2014

Don de lenguas, Rosa Ribas, Sabine Hofmann

Siruela. Madrid, 2013. 408 pp. 19,95 €

Victoria R. Gil

Mariona Sobrerroca, famosa dama de la burguesía catalana, aparece asesinada en el peor momento para una Barcelona franquista donde quien se mueve no es que no salga en la foto, es que no sale en la vida. Si lo sabrá Ana Martí, cuyo padre, veterano periodista de La Vanguardia, maltrabaja en un colmado, en pago por las culpas de un pasado republicano y de un hijo rojo, fusilado en el penal. Tampoco su prima Beatriz Noguer, una eminente filóloga, escapa a la revancha de los vencedores: «En España no podía trabajar en ninguna Universidad, ni siquiera en un instituto de Bachillerato. Para poder trabajar necesitaba un certificado que garantizara su adhesión al Régimen. Y no se lo iban a dar nunca».
En esa tristura cotidiana de los años cincuenta, donde tan difícil resulta sobrevivir a la pobreza mental como a la económica, la proximidad del Congreso Eucarístico exige de la ciudad una imagen de serena beatitud, una limpieza que viene a desbaratar el crimen de Mariona Sobrerroca, lo más alejado del orden y el control que pueden aceptar las autoridades locales.
Para sorpresa de Ana Martí, recluida en las páginas de sociedad de La Vanguardia, la policía ofrece la exclusiva al periódico y éste, a su vez, le encarga a ella cubrir el caso. La buena disposición con que comienza su bautismo en la sección de sucesos -obediencia absoluta al inspector Castro, a cuyo dictado escribe prácticamente sus crónicas- no le dura demasiado; la joven se sale del doble papel que le han impuesto como mujer sin iniciativa y como periodista servil. Con la ayuda de su prima Beatriz, quien maneja el lenguaje con igual destreza con que otros dirigen un pelotón de fusilamiento, seguirá una línea de investigación opuesta a la oficial y descubrirá que el don de lenguas de su prima vale tanto como el más sagaz de los instintos policiales.
Ésta no es una novela negra trepidante, plena de acción y suspense, donde la muerte no da tregua ni las persecuciones, respiro. Ni falta que le hace. Hay muertos, claro, e intriga, pero el ritmo es pausado y el caso se despliega con esa morosidad con que parecen correr los días cuando escasean la comida y la esperanza. Y aun teniendo el corazón negro, el alma de Don de lenguas es gris como ese luto que quiere volverse blanco, pero no pasa de alivio. El gris de las noticias del NO-DO, de la corrupción política y la chapuza administrativa, del periodismo cómplice del poder, de la subordinación femenina y la impunidad del ganador.
Una impunidad que llega a enmendarle la plana al diccionario y acomodar la realidad a su conveniencia, aunque el resultado no deje de ser ridículo: «En los últimos años muchas palabras habían cambiado de significado; como “rojo”, que se usaba con vehemencia para señalar a los comunistas y enemigos del Estado. Caperucita Roja se llamaba ahora Caperucita Encarnada».
Ribas y Hofmann consiguen transmitir, con unas pocas pinceladas distribuidas sabiamente a lo largo de la novela, la sociedad triste y opresiva en la que deben sobrevivir sus personajes: «”Modesto” (…) era una palabra de su madre con la que trataba de ocultar las calles sucias, el perenne olor a humedad y a orines de algunos portales». «“Pasó de largo sin mirar la pintada que había estampado el rostro de José Antonio sobre unas letras de molde que proclamaban “¡Presente!”, contra cuyo vandalismo nadie se había atrevido a protestar por temor a significarse». Pero además de la crítica social, que no falta, da gusto descubrir la discreta defensa de la literatura, la lengua y las bibliotecas vividas que las autoras contraponen a la ignorancia orgullosa y a la necia fatuidad de quienes pueden tener las armas, las cárceles y el poder, pero no por ello poseen la razón.
Y si al finalizar la lectura de Don de lenguas descubren que hay cosas por las que no parece pasar el tiempo, no les extrañe; Ribas y Hofmann han sabido enfrentarnos a un espejo en el que, duele admitirlo, aún podemos reconocernos, sesenta años después.