lunes, junio 25, 2012

Campos de Castilla, Antonio Machado

Pinturas: Juan Manuel Díaz-Caneja. Ediciones Cálamo, Palencia, 2012. 276 pp + 67 ilustr. 26 €

Pedro M. Domene

En un tercer volumen publiqué mi segundo libro, Campos de Castilla (1912) —escribirá Antonio Machado en el prólogo a sus Páginas escogidas (Madrid, 1917)—. Cinco años en la tierra de Soria, hoy para mí sagrada —allí me casé, allí perdí a mi esposa, a quien adoraba—, orientaron mis ojos y mi corazón hacia lo esencial castellano —añadiría, después, el poeta—. Ya era, además, muy otra mi ideología. Somos víctimas —pensaba yo— de un doble espejismo. Biógrafos y estudiosos coinciden en señalar que Antonio Machado envió el original de Campos de Castilla para que Gregorio Martínez Sierra lo publicara en la Editorial Renacimiento en 1910, sin determinar la fecha, aunque bastante antes de emprender su viaje a París el 13 de enero de 1911, junto a Leonor, pensionado por la Junta para Ampliación de Estudios e Investigaciones Científicas. Pero la publicación se dilataría en el tiempo, desde la fecha indicada, 1910, hasta la segunda quincena del mes de abril de 1912 que aparece finalmente; es decir, quince meses largos no exentos de algunos problemas de gestación.
Los poemas que componen este libro los escribiría Machado en etapas cronológicas y geográficas muy distintas, aunque el mismo poeta lo consideraría como un libro unitario a partir de 1928. Algunos están escritos en Madrid, en Soria (tal vez en París) y en Baeza; pero Machado insistiría en que la fecha para sus primeras composiciones es 1907, sin embargo encontramos algunas fechadas ya en 1904 lo que indica que el poeta no otorgaba demasiada importancia a lo límites temporales que se fijó hasta su publicación. Durante los primeros meses de matrimonio (recordemos que Machado se había casado con Leonor Izquierdo el 30 de julio de 1909), el poeta trabaja en los poemas de Campos de Castilla ajenos al amor, y entre ellos gesta y compone el largo romance, La tierra de Alvargonzález, cuya redacción en prosa publicaría en París durante su viaje de estudios. En el aspecto amoroso, la figura de Leonor jamás se manifestará en el poemario, solo aparecerá una leve referencia tras su muerte, ocurrida el 1 de agosto de 1912. Solicita traslado que se le concede a Baeza ese mismo mes de octubre y deja su etapa soriana, tras cinco años de estancia. Aunque en Andalucía contempla otro paisaje, siempre llevará a Soria en su corazón, para él ya sagrada. La belleza de la ciudad andaluza y su campo le harán sentirse cómodo aunque su pesimismo acentuado le acerca a una postura más crítica que a una serena resignación. Sus paseos le llevan, en ocasiones, lejos de Baeza, hasta la cercana Úbeda y otros lugares de la sierra donde la naturaleza vuelve a inspirarle nuevos poemas, nuevas alegrías y paz para su corazón maltrecho y herido. Durante este tiempo trabajará en los poemas que añadirá a Campos de Castilla y publica algunos artículos periodísticos tanto en la prensa de Madrid, como de Baeza. En 1916 universitarios granadinos visitan la ciudad, celebran una velada literaria con Machado que lee La tierra de Alvargonzález, el maestro estará acompañado por un jovencísimo Federico García Lorca que toca al piano piezas de Falla y canciones populares.
La distribución de los poemas de Campos de Castilla no sigue un orden cronológico ni temático; tampoco, podemos fechar estas composiciones y cuando aparece algún dato es de dudosa atribución. Solo podemos hablar de una filiación “modernista”, cuando leemos algunos versos que recuerdan a Darío, o proceden de la métrica alejandrina de Verlaine; “elogios” porque recrea poesía ditirámbica en la que ensalza al escritor correspondiente y a su obra; el efecto del “paisaje” tierras, montañas, sierras y ríos en un minucioso recorrido en busca de sus secretos; “Castilla” con esa suerte de impresión que le causó al poeta el libro de Castilla (1912) y, anteriormente, Los pueblos (1904) y La ruta de Don Quijote (1905), de José Martínez Ruiz, Azorín y, aun más, si nos fijamos en sus poemas, los referidos a esta tierra que tienen un arranque azoriniano; una “preocupación españolista”, como el resto de sus compañeros de generación, Machado plantea en su libro el problema social y político de las tierras sorianas y andaluzas, y en paralela consecuencia de toda España; el “posible narrador” cuando escribe la versión en prosa de La tierra de Alvargonzález que estructura como una leyenda soriana del mejor Bécquer; su “recuerdo de Leonor” porque, según testimonio del propio poeta, su poesía adquiere más hondos acentos cordiales, se humaniza más tiernamente y se hace más trascendental; y a medida que avanza el poemario, una “lírica aforística y popular”, versos que oscilan desde un pensamiento trascendente a la ironía pesimista; y, finalmente, el “concepto de Dios” cuando es obvio que Machado se muestra siempre anticlerical, a quien culpa de los males sufridos en España.
La editorial palentina Cálamo publica una edición ilustrada en el centenario de la aparición del libro, con pinturas de Juan Manuel Díaz-Caneja (Palencia, 1905, Madrid, 1988) afamado pintor por sus paisajes castellanos, quien durante su estancia en la Residencia de Estudiantes conoce a Benjamín Palencia y al escultor Alberto que impulsarían la Escuela de Vallecas, donde convocarían, intelectuales y artistas de la talla de Alberti, García Lorca, Maruja Mallo, Gil Bel, Luis Castellanos o José Herrera Meter. Sesenta y siete son las pinturas o ilustraciones que se alternan con los versos de Machado. Se trata de una hermosa edición de coleccionista que prologa Fermín Herrero (Ausejo de la Sierra, Soria, 1963), filólogo y poeta, cuya obra lírica se circunscribe al paisaje desolado de su tierra, y como él mismo afirma, siguiendo al poeta sevillano, con respecto a la presente edición, un siglo más tarde, “la gracia de unas pocas palabras verdaderas”, nos siguen conmoviendo, permanece su huella, y Soria seguirá unida para siempre a quien pasó su infancia en un patio de Sevilla, su juventud en tierras de Castilla y aun sin considerarse un seductor recibió la flecha asignada por Cupido, alguien que por definición fue en el buen sentido de la palabra, bueno. Poesía, sin duda, como epítome de lo castellano.