miércoles, diciembre 07, 2011

Generación perdida, Francisco Castro

Pulp Books, Vigo, 2011, 150 pp. 16 €

Amadeo Cobas

Es muy atrevido Francisco Castro. Mucho, porque ya desde el principio de esta obra, en una introducción que hace, integrada dentro de la narración, suelta lindezas como que se pueden hacer cosas mejores que escribir: dormir. Y adornándose de este jaez logra restar protagonismo al oficio de escritor, aunque sin dejar de valorarlo, de reconocerlo, nada más y nada menos que afirmando «los escritores escribimos para vivir y para poder sentir, experimentar y hacer en el papel todo lo que no sentimos, experimentamos o hacemos en la realidad». Resumiendo, este letraherido, si en la segunda página del cuerpo de la novela es así de rotundo, concedámosle el beneficio de haber logrado su propósito, siguiendo a Borges, autor a quien cita con reiteración: provocar. Porque en esta introducción se gasta una retranca gallega aguda en doble acepción: afilada porque de verdad hiere, e inteligente porque inserta verdades (a veces) inconfesables, burlándose un poco, en ocasiones muchísimo, de la autocomplacencia que nos gastamos los que nos dedicamos a esto de la creación literaria y de lo que la rodea: «los manuales de literatura (esos libros inservibles)»…
Cuando nos introducimos en la novela, visto el prólogo, no sorprende el intervencionismo del narrador, que no deja en paz al lector aportándole artificio literario a la par que justificación de su proceder, mezclando vivencias personales del autor con la historia del protagonista, Ricardo. ¿Su alter ego? ¿Él mismo? Hasta Francisco Castro deja entrever esta posibilidad. Es ésta una novela que plasma su resultado y que aúna con detallismo (excesivo) el proceso de gestación; es decir, muestra la criatura nacida a la sazón que las intimidades que han desembocado en este parto. Es una novela vestida que desnuda sin pudor la estructura literaria creadora.
Casi podríamos decir que esta novela es un manual sobre cómo escribir una novela, desentrañando como desentraña aquí el escritor los entresijos, vericuetos y recursos de los que ha de valerse quien aspire a volcar sus experiencias vitales («su vida», como seguro que acotaría de este modo el autor, burla burlando), sus anhelos o imposibles para convertirlos en ficción literaria. Léanlo si es así, y disculpen las intromisiones del narrador, saramaguianamente desmenuzador, en la planicie que de otro modo hubiera sido la obra: los gallegos a veces somos un tanto retorcidos. Les garantizo que si les engancha irán pasando páginas y la sonrisa caminará de su lado. A veces, es cierto, una sonrisa triste, desvestida y salpicada de realidad cotidiana.
Hay restos de carmín de color sociológico diseminados entre los párrafos o, por mejor precisar, antisociología; o una muy particular, que entronca en la filosofía cuando augura: «hay que olvidar lo aprendido en la escuela para poder ser felices». ¡Casi nada!
Suenan los ecos de los ochenta: la movida madrileña y la movida viguesa, canciones inigualables, cantantes injubilables, juegos cacofónicos buscados aposta, un sinnúmero de citas literarias, autores de referencia, droga y rock´n´roll, mucha mucha policía. Todo esto se pasea por aquí.
Ah, igual se preguntan qué se cuenta en esta novela, si es que se cuenta algo. En efecto, algo cuenta Francisco Castro, algo trágico: cómo el consumo de heroína aplastó a media generación de jóvenes en un barrio de Vigo.
El fondo es muy crudo, de ahí la acertada fórmula que gestiona el autor para trasladárnoslo.

martes, diciembre 06, 2011

Barra americana, Javier García Rodríguez

DVD Ediciones, Barcelona, 2011. 171 pp. 15 €

José Manuel de la Huerga

Antecedentes para algún despistado (que quedan): dicen los que están al cabo de la calle literaria que fragmentarismo, culturalismo, imposibilidad argumental como manifestación nítida de la crisis de identidad del narrador/narratario/autor escondido del siglo XXI, distanciamiento, sorna, sentimentaloidismo y borrado concienzudo de fronteras entre géneros literarios y demás saberes (los sensibles de letras frente a los cuadriculados de ciencias), son señas de identidad de los firmantes de cualquier manifiesto pringado de nocilla. Manifiesto donde los abajo firmantes se sienten inclasificables y, por tanto, ofendidos cada vez que un raro lector los cuestiona como… posibles narradores traidores que abandonaron el barco de la desnuda poesía, críticos que no hacen críticas pero sí las cobran, novelistas que no escriben con pluma y papel sino que “twittean” con gorjeo microcuentístico…

Consecuencias y/o daños colaterales (1ª versión con perspectiva de scherzo y sfumato): Quien abra las páginas de Barra americana encontrará con profusión buenas dosis de los ingredientes enumerados en el primer fragmento de esta crónica casi novela. La lógica facilota nos encaminaría, por tanto, a encasillar, etiquetar (qué paz intelectual nos espera cuando uno etiqueta…, parece que dejamos la casa sosegada) a Javier García Rodríguez como un notable capitán de los tercios nocillos.

Más consecuencias (2º versión original subtitulada y citas a pie de página, sin citar a nadie —sic—): Sin embargo, paro, respiro, me detengo e inspecciono como cuadros de una exposición los capítulos dedicados a la estancia de un presunto yo narrativo, a muy finales de los ochenta, en una universidad perdida en el Medio Oeste americano. Entonces percibo que late algo más (y mejor) que las anotaciones compulsivas, imposibles de trabazón más allá del perímetro de una servilleta de cafetería, de un joven universitario castellano en la tierra de promisión literaria.
Cuando leía seguidos cada uno de los cuadernos que han venido siendo publicados en diversas revistas a lo largo de las dos últimas décadas (Iowa, Chicago, Florida, Minneapolis, Wisconsin, Harvard, y otra vez Iowa, con homenaje de por medio al santo padre nocillo David Foster Wallace) profusamente aliñados de citas y demás atracos a mano armada a escritores norteamaericanos, sudamericanos becados y españoles invitados (que dejan la cuenta sin pagar), pensaba en los versos de no sé qué poeta sobre lo que es la poesía. (Supongo que el efecto nocilla ha hecho en mí maravillas: leer un libro de impresiones y paisajes de un jovencito español en la tierra del todo fácil y rápido, y pensar en poesía es poco menos que la cuadratura del círculo de e-lectores…) Sí, esos versos que dicen que después que se van las metáforas, las rimas consonantes y asonantes, el ritmo y hasta la respiración del poeta… si queda algo, lo que queda es poesía.

Y, al fin, la crítica/novela, per se y por lo derecho: El mejor Javier García Rodríguez, o al menos el que a mí más me ha emocionado hasta olvidarme de que lo ha escrito él, es el narrador a calzón quitado: el detallista observador de Iowa, el emocionado que asiste a un partido de baloncesto, el alucinado en un concierto de gospell o de blues, el divertidísimo que toma nota de que a él y a otros siete los llevan a un hotel que es en realidad una casa de citas, el enamoriscado (o sea, enamorado hasta la médula que ha gloriosamente ardido) de una alumna de cursos de escritura creativa, el atento a los maestros del género de terror y de suspense en los campus del Medio Oeste, el que mira de lado, siempre con la mosca detrás de la oreja, pero al que terminan pillando embobado en la siguiente esquina de un país que es un verdadero monstruo…

Coletilla, adenda, coda y coca-coda: Es imposible escribir una novela al uso tradicional decimonónico (presentación, nudo y desenlace) sobre nuestra experiencia paleta y/o creativa en los EE.UU. Y lo que García Rodríguez, con sagacidad no exenta de ludopatía, nos ha enchufado ha sido un colosal puzle de más de mil quinientas piezas no apto para perezosos (de esos donde hay mucho cielo y mucho verde, o mucho color rosita de carne humana, y a ver quién es el majo que consigue armarlo sobre un tablero de ocumen encima de la mesa camilla de una madre a la gresca). Este libro es, querido Walt Whitman, la experiencia en carne fingida de un tipo muy parecido al autor, que casi podría ser él, y que rezuma humor, verdad y mentirijilla, sátira y una mirada atentísima sobre lo que terminaremos siendo los de este lado del charco, no con nueve horas de adelanto, sino con un par de días de retraso. Gracias por avisar, Javier. (Pero mucho me temo que ya estás llegando tarde).

lunes, diciembre 05, 2011

París en tensión. Urbanismo e insurrección en la ciudad de la luz, Eric Hazan

Trad. Sara Alvárez Pérez. Errata Naturae, Madrid, 2011. 168 pp. 15,50 €

Ángeles Prieto

Bajo las estructuras urbanísticas de las grandes ciudades, siempre en constante estado de transformación, se esconde una pluralidad de historias individuales que conforman nuestra historia social. Y sobre estas bases, Eric Hazan nos presenta París en Tensión, un ensayo muy inteligente compuesto por once artículos de longitud variada, cuyo resultado será una propuesta innovadora y válida para explicar los motines de la juventud periférica que obligaron al Gobierno galo a decretar nada menos que el estado de emergencia, algo que no había ocurrido desde muchas décadas antes, desde la guerra de Argelia.
Esas circunstancias especiales, que convulsionaron la imagen idílica, romántica de orden, control, limpieza y papel couché, esa que los turistas guardamos de París, motivaron un resurgimiento del pensamiento crítico en la intelectualidad francesa más brillante, la que proviene de la Ecole Normale y que ha marcado profundamente la historia del pensamiento europeo del siglo XX. Y en ese estilo, pero con una voz interesante y original, de acuerdo a sus propios orígenes, Eric Hazan nos trazará su tesis sobre las razones de tales revueltas, basándose en distintos episodios históricos de la ciudad que tuvieron gran relevancia: la defensa de París en 1814, las jornadas revolucionarias de 1848, la Comuna de París de 1871 o la ocupación nazi, faltando en su análisis un escenario clave: mayo de 1968, cuya sombra pulula sobre todos ellos.
La propuesta de Eric Hazan, cirujano galo de madre palestina y padre judío, hijo por tanto de la inmigración, consiste en trazar un retrato dinámico, lúcido y consistente de la ciudad en base a una lucha político-social constante, y aún no resuelta, entre el Centro de París y sus barrios periféricos, los banlieues. Porque éstos, compuesta ahora su población de numerosos inmigrantes magrebíes, africanos, chinos, turcos, ceilandeses o pakistaníes han estado siempre ahí, contenidos por una política gubernamental que impide el acceso de éstos al Gran Centro de París, sede del poder político, gubernativo, económico y social.
Pues desde los tiempos bonapartistas hasta ahora, pasando por aquella capital gala que conocieron Charles Baudelaire, Marcel Proust o Emile Zola, el esplendor de la ciudad celebrado en momentos álgidos de la última película de Woody Allen (la Belle Epoque, el París de Entreguerras), es como un espléndido queso adecentado que contiene y aleja a los elementos no burgueses, antes con puertas o murallas, ahora con grandes espacios vacíos que impiden la unión física del París más fastuoso con el que se encuentra más allá de la periferia.
Y para ello Hazan propone soluciones arriesgadas y solidarias, para esa evidente tensión social, como alejar a los arquitectos estrellas, alimentados por subsidios gubernamentales, decoradores al servicio del Estado de grandes edificios inútiles con fachadas de cristal o decoración de parques, y volver a construir viviendas y calles, en un artículo final brillante y humanista, que no debemos dejar de leer.
Para quien ame París, un libro necesario.

viernes, diciembre 02, 2011

El salario del miedo, Georges Arnaud

Trad. Encarna Castejón. Contraseña, Zaragoza, 2011. 208 pp. 16,90 €

Victoria R. Gil

«Casas medio derruidas, agujeros, charcos fangosos, terrenos baldíos sembrados de cubos de cemento revuelto, barro, charcas estancadas en plena calle. Una oscura capa de petróleo lo cubría todo a causa de los mosquitos y de la malaria. Al paso de los vehículos, salpicaduras viscosas manchaban con gran estrépito los muros».
Cinco años antes, el pueblo que describe Georges Arnaud en este párrafo de su novela más famosa, El salario del miedo, era un floreciente puerto de mar. Cinco años después está muerto. ¿El motivo? Los derechos de explotación petrolífera que posee la Crude and Oil Limited en esta comarca de Guatemala, a la que ha extraído su ilusión y su futuro al mismo tiempo que sus recursos, y con igual falta de escrúpulos.
En ese poblacho más allá de la desolación, malviven traficantes, putas y borrachos a la espera del negocio perfecto que habrá de sacarlos de allí, no importa a dónde, mientras sea en dirección contraria a la que llegaron. Embotados por el alcohol, y con el único alivio de un sexo de rebajas, aún confían en que no sea ésa la última parada antes del infierno, un destino que una inusual oferta de trabajo quizás pueda cambiar.
La compañía petrolera, con un incendio en marcha que amenaza consumir todas sus ganancias, busca el modo más rápido y barato de sofocarlo. El único problema es que para ello debe transportar tonelada y media de nitroglicerina por las carreteras peor asfaltadas y los terrenos más abruptos del país. ¿Camiones con medidas especiales de seguridad? Un gasto inasumible ¿Conductores expertos y seguros de accidente? Demasiado caros. La empresa no lo duda: mejor que se encarguen esos tipos dispuestos a cualquier cosa con tal de largarse de aquel agujero. «Apuesto a que por echarle mano al dinero harían el recorrido a la pata coja con la carga al hombro. Además, ¿dejarán herederos si saltan por los aires? ¿Y qué sindicato vendrá a buscarnos las cosquillas en su nombre?».
Comienza entonces el viaje de cuatro hombres en pos de mucho más que mil dólares. Encerrados en su particular infierno, dos camiones que quizás les terminen sirviendo de féretro, recorrer 500 kilómetros sobre una carga de nitroglicerina se parece demasiado a una ruleta rusa en la que el miedo nunca dará tregua. Sobrevivir sin volverse loco quizás sea la única tarea imposible.
Georges Arnaud, autor de la obra, sabía bien de lo que hablaba cuando escribió esta novela corta que habría de inmortalizarlo. Encarcelado por parricidio, aunque absuelto año y medio después, fue escritor, periodista y un vagabundo más de los que describe en El salario del miedo, tratando de sobrevivir en la Hispanoamérica de mediados del siglo XX. Su retrato de la Crude and Oil Limited se revela tristemente actual en estos tiempos de capitalismo feroz, donde se busca la máxima rentabilidad sin importar los daños colaterales que se provoquen, por lo que la decisión de Contraseña de rescatar este clásico moderno de la literatura universal, en otra cuidada edición como las muchas a las que ya nos ha acostumbrado, resulta de lo más oportuna.
La versión cinematográfica que realizó Henri-Georges Clouzot en 1953, reconocida como mejor película por la Academia Británica de las Artes Cinematográficas, la Palma de Oro de Cannes y el Oso de Oro de Berlín, ponía el acento, precisamente, en los abusos de la empresa norteamericana cuyos intereses son el motor de esta historia, hasta el punto de que parte del metraje de la película fue censurada en su estreno en Estados Unidos. Una versión más moderna, rodada por William Friedkin en 1977, contaría con Paco Rabal en el papel de uno de los arriesgados conductores, si bien no conseguiría eclipsar el éxito de la adaptación francesa.

jueves, diciembre 01, 2011

Crímenes, Ferdinand von Schirach

Trad. Juan de Solá. Salamandra, Barcelona, 2011. 187 pp., 15,50 €.

Julián Díez

Confieso un cierto prejuicio contra casi cualquier manifestación artística arropada en la etiqueta “basada en hechos reales”. Cimentado no sólo en los inefables telefilmes de hora de la siesta que la utilizan como reclamo, sino también en una infancia en la que el relato de historias reales estaba ligado a El Caso, revista truculenta que a mis ojos de niño era símbolo del cutrerío más abyecto. Más tarde, Truman Capote o John Berendt erosionaron un tanto esta sensación, aunque tal vez por deformación profesional sigo dando más crédito a la crónica periodística que a la novelización.
Todo esto viene a cuento porque Crímenes supone una tercera vía: son relatos a cargo de un testigo directo de los hechos, no de un profesional de la narración, y sin vocación autobiográfica; no desdeñan una visión subjetiva y el empleo herramientas literarias para poner en antecedentes de la historia, pero la implicación del autor es sólo circunstancial en ella.
Von Schirach es abogado defensor, y llega como personaje a sus historias cuando los hechos se han consumado. En todos los casos, para dar la cara por alguien que, según nos ha explicado previamente, se ha visto abocado al crimen: sometido a circunstancias insoportables, necesitado de sobrevivir, empujado por el amor. Las historias posiblemente estén trucadas, como lo está el papel de Von Schirach como benévolo espectador que tiende una mano para conseguir que sus clientes salgan lo mejor librados posibles. Pero la ternura con la que cuenta cada caso parece sentida, transmite verosimilitud, y consigue poner por completo al lector de su lado.
El primer relato, “Fahner”, resulta modélico al respecto, con la breve pero contundente descripción de la progresiva podredumbre de un amor para terminar en asesinato. “Summertime” o “El etíope”, dos de los relatos más largos e intensos, hablan del papel de la multiculturalidad en la sociedad alemana, con un aire fatalista que desemboca en la esperanza. También alguno de los relatos se queda en una descripción truculenta que no por real consigue sorprender a estas alturas, caso de “Verde” o “Amor”.
Para el lector encallecido de relatos policiacos, Crímenes tiene, además de su aire de verosimilitud y su estilo minimalista, expresivo con una economía absoluta de artificios, el aliciente de la descripción de los procesos judiciales alemanes, bastante distintos a los peliculeros estadounidenses pero también con matices respecto a los procedimientos españoles. Con todo, el entusiasmo con el que el libro parece haber sido recibido en su país de origen debe atemperarse a la espera de que Von Schirach sea capaz de trasladar este tipo de esquema y de estilo a más libros.