miércoles, diciembre 14, 2011

La reina del burdel, Macky Chuca

VIII Premio Café Mon. Sloper, Palma de Mallorca, 2011. 116 pp. 14 €

Marta Sanz

Como si yo fuera alguien para perdonarle nada a nadie, tautológicamente le perdono a Macky Chuca sus excesos melómanos. La obsesión por hacer explícitos los fondos musicales de unos cuentos que yo no llamaría exactamente cuentos, aunque me molesta mucho la gente que pontifica sobre lo que un cuento es. Y una mesa es una mesa. Y una rosa es una rosa. Sobre su idiosincrasia. Le perdono a Macky Chuka el gusto por The Cramps y por Sakamoto y el enmascaramiento al que somete a Cortázar y a Calamaro. Se lo perdono todo porque La reina del burdel me ha gustado muchísimo.
Los ¿cuentos? de Macky Chuca son de esos cuentos que no se pueden contar. Son canciones largas pautadas al ritmo de atronadores tambores internos que nos abren las orejas. Los textos de Macky Chuka tienen que durar poco a la fuerza porque si durasen más serían insoportables a fuerza de lucidez y atrevimiento: nadie puede soportar tanta autenticidad de un golpe; tantas verdades en un coto cultural en el que la literatura —también las musiquitas— se guardan tras un cercado de frases hechas y simulacros. Encuentro una similitud entre las narraciones de Rita Indiana y los textos de Macky Chuca: la música es el ritmo de un inexorable reloj hacia la muerte; el sexo es un castigo y una liberación; el lenguaje es un juguete musical, un sonajero, un brutal xilófono que golpea un bebé gigantesco que aún no controla su propia fuerza: el lenguaje corta la realidad en rodajas, la funda; las niñas, desquiciadas por sus complejos de Electra, aman y odian a sus papis delincuentes, a sus papis mataperros, a sus papis camioneros, a papis cómplices de atildados amantes que las maltrataron, a inolvidables papis que una no puede aparcar al fondo de la infancia.
Los textos de Macky Chuca son voces que salen de un lugar vulnerable y rabioso —rabioso por vulnerable, golpeado, invisible— que se identifica con la feminidad y con el sexo y con el sexo de la feminidad. Hay represión, hay suciedad, personas a las que les huele mal el aliento, hay una sexualidad modernamente freudiana, emblemáticamente femenina, que solapa amor y muerte, debilidad y cólera, carne y espíritu —siempre maltratados—, impotencia y alarde, dolor y placer —of course—, culpa y ostentación, enfermedad y salud, higiene y mugre… Como en los relatos de otra autora nada despreciable, la boliviana Giovanna Rivero que, como Macky, es capaz de afilar los clítoris a través de las palabras demostrando que el erotismo o el sexo en la literatura trascienden la página y, en los buenos libros, a veces una pipa sí que es una pipa y se acortan las distancias kilométricas entre la voluntad y la representación.
Hay que tener la boca llena de dientes. Cortar la carne con cuchillo y tenedor. En el excitante e iniciático “Las chicas son huecas” el deseo es una forma del hambrey “abrir el apetito” es una expresión polisémica: una imagen que habla de una niña que come poco y que da con una llave para alimentar las otras bocas de su cuerpo,tancarnívoro, tan dulce. Cada cuento es un grito, una reivindicación, un despecho, un seguir avanzando aunque se lleven las botas llenas de lodo o se haya caído en un pozo de aguas fecales: “Las sobras frías del amor”, “Tarantela”, “Taradita deforme”, “La reina del burdel”. Macky Chuka no habla bajito. Su voz es desgarrada como ese rock que nada se parece a Pink Floyd. Pero también tiene mucho de Chavela y de algún que otro bolero tan emancipador como desesperado. Ahora nos queda preguntarnos si el sexo es de verdad tan, tan trascendental, o algo más humano, más a ras tierra. Como un pastelillo de carne o un animal de compañía: chihuahua, chuchillo, polilla, hámster.