jueves, diciembre 22, 2011

Los amigos de Eddie Coyle, George V. Higgins

Trad. Monserrat Gurguí/Hernán Sabaté. Libros del Asteroide, Barcelona, 2011. 216 pp. 16,95 €

Recaredo Veredas

El rescate de títulos descatalogados se ha convertido en una de las actividades favoritas de las editoriales españolas. La búsqueda, que hace unos años parecía imprescindible y ahora demasiado alimenticia, casi nunca regala obras necesarias. Una de esas gloriosas —sí, gloriosas— excepciones es Los amigos de Eddie Coyle. Fue escrita por el desconocido George V. Higgins en pleno apocalipsis hippie (1970) y, pese a que refleja el espíritu caótico y arbitrario de la época, no se deja arrastrar ni un milímetro por el barullo. El éxito del rescate también lo causa la actualidad: aunque la sociedad haya cambiado, la dudosa y pragmática ética de los personajes pertenece, con pleno derecho, a nuestros tiempos.
La novela está dividida en escenas que muestran el diálogo de dos o más personajes, sabiamente combinadas con atracos y traiciones. La acción no quiebra una estructura casi teatral en la que dos, como máximo tres, personajes dibujan la línea de lo visible y de lo invisible, las mentiras, las contradicciones y las intenciones ocultas en cuyo desvelamiento habita el suspense. Una bola de nieve que asfixia el destino de Eddie Coyle, un protagonista que confía demasiado en sus amigos, tanto que cree ciegamente en que no desconfiarán de sus mentiras.
Podría afirmarse que el narrador de esta obra se ausenta, tal es su parquedad y su supeditación al diálogo, pero nunca deja de estar presente. Como, por otro lado, ocurre siempre sea cual sea la presencia de la voz. Aparece, por un lado, cuando enmarca las escenas con sutiles pinceladas espaciales, definiendo así el entorno —los locos y fascinantes setenta, poblados por Panteras Negras, Hare Krishnas, hippies y amantes del soul—. Por otro cuando deja espacio para unos diálogos que, por su protagonismo, debían ser brillantes, expresivos y contundentes pero no tenían la obligación de ser geniales. Y lo son por su claridad, su ritmo, su contundencia —que mantiene el realismo sin degenerar en vulgaridad—  y por cómo definen la voz de personajes parecidos y distintos a un tiempo.
La soltura y aparente sencillez con que Higgins resuelve un cruce de tramas y subtramas de extrema dificultad demuestra su maestría. Además aporta una mirada sobre el mundo valiente y desengañada pero no cínica. Podría resumirse en una de las máximas, casi aforismos: La vida es dura pero lo es más si haces estupideces.