lunes, noviembre 07, 2011

Luz de noviembre, por la tarde, Eduardo Laporte

Demipage, Madrid, 2011. 183 pp. 15 €

Elvira Navarro

Eduardo Laporte (Pamplona, 1979) publicó en 2008 Postales del náufrago digital (ed. Prames), libro que reunía algunos de los post que el autor sacaba en su ya exblog El náufrago digital, y que mostraban unas buenas dotes para componer postales en su mayor parte urbanas. No en vano, Laporte se presentaba como flâneur, y su escritura era, en el tono y en el ritmo, coherente con la actitud y las vueltas del que pasea, un poco perdido (náufrago), por la ciudad y por la vida con una voluntad nada sentenciosa de esclarecer y esclarecerse. Exhibían también las postales un afán de compartir, lo que se traducía en una voz empática y en un afán de entretener en el buen sentido, que no es el del mero pasar el rato, sino el de pararse y examinar las cosas desde la curiosidad y el juego.
Luz de noviembre, por la tarde, libro que publica Demipage, supone el estreno de Eduardo Laporte como escritor que escribe para el papel. Aunque sea su segunda obra, en sendos prólogos se nos dice que los textos comienzan a escribirse en 2005, lo que tal vez explique ciertos paralelismos. Así, si las postales lo son de un náufrago, a lo que arribamos con Luz de noviembre, por la tarde es a un naufragio en toda regla, pues el libro cuenta la muerte de los padres del autor (ambos enfermaron de cáncer) en un intervalo de pocos meses. Más centrado en el padre que en la madre, no es éste un libro de ajustar cuentas, ni tampoco de hacer balance de lo acontecido, sino de acudir a ese momento a partir del cual todo se desintegra para, tal vez, encontrar algún tipo de sentido en dicha recreación. La narración se estructura en torno a ese acontecimiento sin atisbo de fiesta que es la enfermedad mortal, al que se vuelve sin cesar, y donde lo más poderoso es un sentimiento de pasmo, de extrañeza, de incomprensión no porque el narrador rechace lo ocurrido, sino porque sus leyes resultan ininteligibles.
Que en literatura el tema también importa se nota siempre en libros como éste, donde la sola descripción del padre enflaquecido y sin fuerzas para mantenerse en pie capta la atención del lector. Sin embargo, aunque el tema y sus motivos subyuguen, Laporte no se olvida de practicar una escritura que se quiere consciente de su manufactura, lo que se traduce en un gusto por el casticismo que hace pensar en influencias ibéricas (Miguel Sánchez-Ostiz es reivindicado como maestro y padrino). El libro comienza con vacilación, y es ahí donde la palabra se pretende más literaria y el escritor quiere demostrarnos que lo es. Luego, olvidado de sí mismo y centrado en lo que, al menos a mí como lectora, me interesa (a saber: la indagación en la catástrofe familiar), el narrador se hace fuerte y nos gana, y asistimos sobrecogidos al cataclismo. Aunque de timbre íntimo, sobre todo hacia el final, y con una cadencia que recuerda al declive de esa lenta luz de noviembre vespertina a la que se apela en el título, el libro tiene en todo momento en cuenta al lector, lo que significa que no se ensimisma (no menciono esto como elemento valorativo, sino descriptivo). Se pasa sobre las escenas con ligereza, sabiendo que alguien puede cansarse de observar una misma estancia, lo que tal vez se explica porque, aunque apoyada en la memoria, Luz de noviembre, por la tarde no acaba de abandonar un código que parece bascular entre la crónica, el artículo periodístico de autor o esos diarios en los que se reproducen, modifican e incluso se imaginan conversaciones con interlocutores “reales” (es decir, reales en lo que pueda tener de real fabular con alguien de carne y hueso).
Luz de noviembre, por la tarde es, a mi juicio, un buen debut, o un buen segundo libro (no sé si Laporte considerará esta obra como su estreno), que toca con honestidad y saber hacer el que seguramente sea el tema más universal, y que logra producir una emoción contenida.

viernes, noviembre 04, 2011

Donde viven los libros, Jesús Marchamalo

Siruela-Fundación Germán Sánchez Ruipérez. Madrid, 2011. 222 pp. 18,95 €

Care Santos

Los lectores estamos condenados a ser bibliotecarios de nuestros propios libros, a tomar decisiones enojosas (cómo ordenar, qué descartar, qué tener cerca y qué lejos) o a sufrir el mal del espacio (por culpa de la biblioteca, que lo va invadiendo todo, como una planta trepadora, hasta que termina por ahogarte). Algunos lectores, además, cometen el pecado de la bibliofilia. Los hay desenfrenados. Otros, más prudentes, casi tímidos. Hay bibliotecas heredadas y bibliotecas perseguidas, bibliotecas que crecen junto a otras que se aligeran y también hay bibliotecas perdidas —aunque éstas fueron objeto de un libro anterior: Las bibliotecas perdidas, Renacimiento, 2008— y lo mejor es que todas ellas, así como todos sus tenedores están, a su vez, en  lo último de Jesús Marchamalo.
De dice Luis Mateo Díez —en el prólogo de Tocar los libros (Fórcola, 2010)— que su apariencia sosegada y bondadosa esconde una obsesión. Y dice también que jamás le ha visto sin uno o varios libros encima, ni falto de entusiasmo hacia ellos. El poeta Antonio Gamoneda le llamó  "inspector de bibliotecas". No andaba errado. El germen —periodístico— de este nuevo libro existió primero en una serie de reportajes que Marchamalo publicó en el diario ABC. En ellos se propuso hurgar en las bibliotecas de un puñado de conocidos escritores para, con esa excusa, terminar revelando algunos de los secretos de sus propietarios. Ya lo dijo Marguerite Yourcenar: el mejor modo de conocer a alguien es ver sus libros.
Así que Marchamalo se dedicó durante unos cuantos meses a ver los libros de Fernando Savater, Arturo Pérez-Reverte, Enrique Vila-Matas, Luis Alberto de Cuenca, Luis Landero, Mario Vargas Llosa, Javier Marías, Carmen Posadas o Luis Mateo Díez, entre otros. De todos ellos ha dado buena cuenta en los distintos textos que componen este volumen, que repasa, sobre todo, el modo de amar los libros de cada uno de sus protagonistas. Mario Vargas Llosa, por ejemplo, se compra una primera edición jugosa con cada anticipo que recibe por alguna de sus novelas. Historia de Mayta le dejó una primera edición de Madame Bovary (1857) y El Paraíso en la otra esquina, una de Los Miserables de Victor Hugo. Su biblioteca de 25.000 libros está repartida en tres casas de tres ciudades y dos continentes: Lima, Londres y Madrid.
Pero para bibliófilo irredento Luis Alberto de Cuenca, quien ha acabado por huir del piso que habita —ya en soledad— su extensísima biblioteca. Luis Alberto, junto con Andrés Trapiello, acaso sean los mayores perseguidores de libros de todos los autores entrevistados y, por tanto, también los tenedores de bibliotecas más apetecibles. Todo lo contratio le ocurre a Juan Manuel de Prada quien sólo parece perseguir libros por necesidad y que confiesa, sin ningún embarazo su aprensión hacia el papel viejo de los libros antiguos. 
En cuestiones de orden no hay criterio que valga: cada uno sigue su capricho. Por orden alfabético, por editoriales, por tamaños, por querencia o incluso por orden de nacimiento de los autores, como Javier Marías, cuya biblioteca, al parecer, presenta un aspecto pulcro, admirable. También hay muchos limbos librescos: hay desvanes embarazados de cajas de libros que ya no gustan, estanterías junto a la entrada donde las visitas pueden llevarse lo que gusten o incluso sótanos que recuerdan al purgatorio, y de los que casi ningún ejemplar consigue volver a salir. También hay mucho desorden, mucho caos, grandes pilas de libros que aún no encuentran su sitio y personas felices en compañía de todo ello.
Es un libro magnífico, cargado de anécdotas, de pequeñas excentricidades y de amor a la letra impresa,  que se lee con la amenidad de anteriores trabajos del autor y que destila pasión, lo mismo que aquéllos. Pasión, hay que decirlo, en el sentido etimológico, pariente de la enfermedad. Y en ese sentido cabe advertir que la lectura de este Donde viven los libros puede producir efectos secundarios: desde ganas de ordenar la biblioteca o de desordenarla a la compra compulsiva de cualquier tipo de libros, incluidos los de anticuario más caros o —aún peor— ganas de entrar a hurtadillas en casa de algunos escritores, en busca del tesoro libresco. Un deseo que los bibliófilos seguro que comprenderán.


Jesús Marchamalo: «Las bibliotecas ordenadas son la excepción"
 
Cuando le pregunto a Jesús Marchamalo si encontró reticencias en alguno de los veinte autores cuyas bibliotecas inspeccionó para su Donde se guardan los libros, es tajante: «No más de la que estás encontrando tú». Recuerdo que cuando, un par de días antes, hablé con él para fijar la hora de la entrevista, dijo, risueño: «Tengo dos bibliotecas, pero prometo no ordenar ninguna de las dos».
Comenzamos por la de su casa. En el salón, todo tiene un aire libresco, incluso lo que en apariencia no guarda relación con los libros. Los cuadros de las paredes son originales de viejas cubiertas —incluso de novelas rosa— y hay retratos de escritores acechando en todas partes. Kafka y Pessoa, omnipresentes. También hay varias colecciones: de cajitas de hojalata, de sombreros, de gorras militares, de soldaditos de plomo. Le pregunto cómo pueden vivir cuatro personas (sus dos hijos tienen 17 y 9 años), tantos libros y todos esos objetos en una casa de poco más de cien metros cuadrados y Jesús Marchamalo afirma, con aplastante naturalidad:  «Siendo tranquilos con las convivencias».


Para leer la entrevista completa haz click AQUÍ.

jueves, noviembre 03, 2011

El tigre. Una historia real de venganza y supervivencia, John Vaillant

Trad. Jordi Beltrán Ferrer. Debate, Barcelona, 2011. 400 pp. 22,90 €

Julián Díez

A falta de grandes historias en los medios de comunicación, el noble arte del reporterismo clásico se refugia en lo que antes era su destino secundario y final, el libro. La aportación de Vaillant, experto en temas medioambientales, evoca de inmediato desde su punto de partida a referentes que creo que agradan a casi cualquier lector, mezclando precisamente narración y testimonio: desde las descripciones desgarradas de la profunda Rusia de un Kapuscinski hasta las obras clásicas de la literatura estadounidense que enfrentan al hombre con bestias incognoscibles —Melville, London—, pasando por las aventuras polares cercanas al horror de Poe o Verne, y unos retratos de personajes entroncados con el entorno que remiten inevitablemente a Arseniev, por razones geográficas, pero también a viajeros clásicos como Chatwin.
Vaillant se las apaña para sacar todo eso de una anécdota de modesta envergadura; un par de muertes a manos de un tigre en el Primorje siberiano, la esquina situada exactamente en el final de Eurasia, sobre Corea del Norte y China. El suceso, que se produjo varios años antes de que Vaillant se ponga a investigarlo, es pronto reducido a excusa para los propósitos del autor. En primer lugar, y de manera destacada, dar cuenta de la compleja relación del hombre con los predadores felinos, devenidos en figuras arquetípicas bien presentes en el inconsciente colectivo humano desde tiempos prehistóricos. Los tigres siberianos que protagonizan la historia son caracterizados de forma brillante como una máquina de matar casi definitiva por su tamaño y agilidad. Además, Vaillant usa la estrategia clásica del género de terror de apenas mostrarlos de manera concreta, mientras no deja de referirse a ellos; cabe esperar que si llega a producirse una anunciada adaptación cinematográfica del libro —Darren Aranofsky tras la cámara, Brad Pitt ante ella—, se tenga la sensibilidad para reproducir ese mecanismo y esas sensaciones.
Por otra parte, esta es una historia sobre un rincón del mundo muy concreto, y sobre las muy especiales circunstancias en que la sociedad se ha adaptado a él. El relato tiene más que presente un entorno compuesto por una naturaleza aún totalmente fuera del control humano, temperaturas extremas más allá de lo imaginable, ciudades semiabandonadas tras la perestroika, alcoholismo y miseria. Un lugar en el que, simplemente, lo normal sería que no hubiera occidentales, y los pocos que quedan a estas alturas tras la colonización del lugar, a costa de la siempre floreciente megalomanía rusa, subsisten en su mayoría aislados, dedicados a cazar con munición hecha en casa para sobrevivir y buscando la asistencia de los nativos más adaptados, más resistentes, a los que en el siglo pasado se quiso exterminar.
Por supuesto, esos personajes —maravillosa la idea de incluir el retrato de muchos de ellos en unas ilustraciones a color: sus rostros son como cartografías de la supervivencia— son el eje fundamental. Tanto los perdedores terminales -porque realmente es difícil imaginar una situación peor- como los héroes anónimos que intentan mantener el tipo en esta situación extrema son retratados por Vaillant con pinceladas impresionistas en las que no puede evitar una ternura implícita. El denominador común a todos ellos es su aceptación de algo que para cuantos me lean es apenas una sensación remota: la de que su destino no está en sus propias manos o las de otros hombres —sean familiares, jefes, gobernantes o especuladores financieros—, sino en las de una naturaleza impredecible e insensible. Como los personajes más perturbadores del terror moderno, el entorno siberiano no odia al hombre, sino que es por completo indiferente a sus necesidades o inquietudes. El tigre protagonista, que enloquece para escapar a la supuesta lógica en el comportamiento de su especie, no es sino la plasmación definitiva de esa realidad.
En una acción elemental, pero hoy extraordinaria, Vaillant recoge el reto de Kapuscinski, va hasta allí donde se produjeron los hechos y los cuenta. Pese a su conocimiento previo de otros lugares e historias no menos complicados, la impresión es que para Vaillant ese fue uno de los viajes que cambian por dentro, y consigue transmitir no poco de esa experiencia en este libro más que recomendable.

miércoles, noviembre 02, 2011

Claroscuro, Nella Larsen

Trad. Pepa Linares. Prol. Maribel Cruzado. Contraseña, Zaragoza, 2011. 200 pp. 16 €

Cecilia Frías

Hace solo unos días Obama inauguraba en Washington un monumento en memoria de Martin Luther King. Destacaba el presidente que a pesar de haber transcurrido casi medio siglo desde el famoso “I have a dream” todavía queda mucho por hacer en el camino hacia la libertad y la igualdad racial. Esta feliz coincidencia supone que la lectura de Claroscuro, de Nella Larsen (Chicago, 1891), traducida por primera vez al castellano en esta cuidada edición de Contraseña,vaya más allá del drama psicológico que retrata los conflictos interraciales de dos mujeres en la sociedad norteamericana de comienzos del XX, y alcance ahora una fuerza de inusitada actualidad ante nuestros ojos.
Poco se sabe acerca de la biografía de esta autora del “Renacimiento de Harlem” que triunfó como novelista en los años 20, introdujo a Lorca en los círculos neoyorkinos de los artistas negros, viajó por Europa y que sin embargo, tuvo que digerir el rechazo de su propia familia, o aceptar el ostracismo al que se vio relegada tras el divorcio de su marido y una acusación de plagio.
Aunque tiendo a desconfiar del biografismo a la hora de acercarme a una obra, parece innegable la huella que dejaron enla literatura de Larsen sus raíces de color, y esa pertenencia a un territorio de nadie que oscila entre el origen antillano del padre y el rechazo de la madre blanca. No en vano comienza Claroscuro con una cita de un poeta de Harlem en la se cuestiona qué significa África para todo este colectivo de creadores después de trescientos años de profundo desarraigo.
El fortuito encuentro entre dos amigas de la infancia tras más de doce años sin verse nos enfrenta a dos personalidades bien diferentes: la de Irene Redfield, protagonistabienpensante bajo cuyo punto de vista se construye el relato, y la de la felina Clare. Si Irene representa la fidelidad a la raza y la búsqueda de la estabilidad con su familia de color y su hogar en Harlem, Clare Kendry se erigirá en contrapunto perfecto a la existencia políticamente correcta de su antigua amiga. De piel casi marfileña y un descaro refinado que la hace poderosamente atractiva, Clare no duda en huir de casa de sus tías y hacerse pasar por blanca ante un marido que, por encima de todo, “odia a los negratas”. Esta actitud supone un auténtico revulsivo para la mentalidad de la protagonista, que si bien desprecia la humillación a la que se somete Clare con semejante pareja, no puede dejar de sentirse seducida por su valentía y su desprecio a la seguridad establecida.
De esta manera se va conformando un peligroso triángulo en cuanto entra en escena el hastiado marido de Irene que, insatisfecho por la vida que su esposa le ha proyectado y por la escapista educación que pretende dar a sus hijos, encuentra en su amiga un apoyo con el que aliviar su soledad. Con gran habilidad la autora introduce un inocente gesto como punto de inflexión que dará un viraje de 180 grados en el personaje de Irene, precipitando entonces que la moderada madre de familia entre en un círculo de paranoicas conjeturas que tiñen de oscuridad cada uno de sus pensamientos.
El conflicto de identidad al debatirse entre la fidelidad a la raza o a los deseos individuales, la reflexión sobre lo que significa ser madre, o sobre las máscaras que nos construimos para cumplir con el rol que los demás esperan de nosotros. La libertad, en fin, son asuntos universales que Larsen nos deja sobre el papel. Todo ello aderezado por una trama que te atrapa desde la primera página, y que seguro cautivará a multitud de lectores como ya sucedió en 1929 cuando Claroscuro fue publicada por primera vez.

martes, noviembre 01, 2011

Un paquete para el mánager, Arturo Seeber

Editorial El Garaje, Madrid, 2011. 208 pp. 14 €

Miguel Baquero

El mundo del boxeo siempre ha sido muy atractivo para narrar grandes historias, sobre todo por ese trasfondo canalla que parece serle consustancial, ese ambiente de antiguos púgiles, hoy guardaespaldas de algún tipo de extraño vivir, de peleas amañadas, de apuestas fraudulentas, de combates clandestinos sin protección, de todo, en fin, un submundo lindante con lo delictivo en cuya estrecha frontera tantos buenos libros y aún mejores películas se han convertido en clásicos.
Este ambiente tan sugestivo, pero a la vez tan peligroso para un narrador por la cercanía del tópico, es el elegido por el argentino Arturo Seeber para su primer libro, una colección de diez relatos que, bajo el título Un paquete para el mánager, narra otras tantas historias protagonizadas por púgiles o aspirantes a serlo. Se trata de diez cuentos ambientados en Argentina, en los alrededores literarios del estadio Luna Park (el Madison Square Garden de Buenos Aires, donde, como en el cuadrilátero de Nueva York, tantas leyendas y tantos sonoros fracasos se fraguaron), y narrados con un agilísimo estilo donde todo el sabor y el tipismo del porteño-lunfardo, que el autor domina a la perfección, no dificulta sin embargo la lectura ni entorpece la naturalidad con que fluyen los relatos.
Por encima de dichas historias, sin embargo, este libro de relatos es el testimonio de la admiración del autor por el deporte de las doce cuerdas y la épica, la tragedia, la mitología que le acompaña. Apasionado del boxeo, como nos cuenta en la introducción al libro, desde los tiempos de su más temprana juventud, cuando asistió a algunos de los más célebres combates de la época y soñó con poder subirse al ring algún día, Arturo Seeber nos muestra cómo, durante mucho tiempo, el enfundarse en un albornoz y el calzarse unos guantes fue la única salida posible para quienes buscaban escapar de las villas miseria y, a fuerza de puñetazos, encontrarse con una vida mejor, con una vida al menos digna. Los diez cuentos de Un paquete para el mánager son sendas crónicas de huidas, sendos retratos de esperanzas que se van construyendo entrenamiento a entrenamiento pero que, finalmente, acaban truncadas, a veces de forma dramática, otras veces incluso ridícula, cuando llega el combate de verdad contra la vida y ésta acorrala inmisericorde al protagonista contra las cuerdas y se prepara para asestarle el uppercut definitivo. Un golpe que, en la espléndida prosa de Seeber, llega con la mayor contundencia (una frase corta, un adjetivo demoledor, a veces inserto de pronto en la acotación de un diálogo) y tira al protagonista contra la lona.
Aunque políticamente incorrecto en nuestros días, el boxeo siempre ha dado grandes páginas a la literatura, y las de estos cuentos de Arturo Seeber no desmerecen, desde luego, de ninguna de las mejores que se hayan podido escribir. Por eso, prejuicios deportivos aparte y ateniéndonos sólo a lo novelístico, Un paquete para un mánager no podrá dejar de agradar al lector gustoso de relatos clásicos resueltos con una rotunda pegada.