jueves, noviembre 10, 2011

Rusia imaginada. Diez viajes por el paisaje ruso, VV.AA.

Ed. Care Santos. Nevsky Prospects, Madrid, 2011. 314 pp. 22 €

Ignacio Sanz

Rusia no se acaba nunca. La estela que dejan sus poetas y novelistas se prolonga en la cabeza del lector y le crean un universo de estepas y tundras, de sufrimientos y humillaciones, de revoluciones y zares. Excesos. Cuanto frío y cuantas calamidades hemos sufrido al lado de los grandes narradores rusos que han fecundado la literatura universal.
Care Santos dejó hace años constancia de la fascinación que le despierta la literatura rusa a través de su magnífica novela El anillo de Irina, homenaje cabal a los escritores de aquel vasto territorio sobre el que se han escrito historias que alcanzan la categoría de epopeyas. Care Santos ha sido la responsable de llevar adelante esta propuesta original que consiste en encargar a diez escritores con ciertas afinidades generacionales un relato que se desarrolla en una Rusia imaginada. Los escritores son Óscar Esquivias, Marta Sanz, Jon Bilbao, Verta Vias Mahou, Víctor Andresco, Esther García Llovet, Espido Freire, Daniel Sánchez Pardos, Pilar Adón, Marian Womack y, como propina, un cuento de la propia antóloga en el que toma como punto de partida el relato de los escritores invitados a este hermoso festín de la imaginación. Porque de eso se trata, de imaginar una historia en aquellos vastos escenarios.
Por supuesto, abunda la metaliteratura; era inevitable. Cuando estás enfermo de literatura, como es el caso de algunos de los escritores concurrentes, es fácil dejarse llevar por la admiración que despiertan los escritores y homenajearles directamente. Pero no siempre es así.
Aunque no sea más que superficialmente, me voy a permitir, dar unas pinceladas sobre cada uno de los relatos.
“El príncipe Hamlet de Mtsensk”, de Óscar Esquivias, el cuento que abre el libro está escrito como homenaje a la novela  Lady Macbeth en Mtsensk de Leskov, autor por el que Esquivias ha dejado constancia de su admiración. Se trata de un cuento costumbrista (costumbrista a la manera de Chéjov) de ambiente musical y tensión contenida, magníficamente resuelto.
En “Valentina Shulgin en el arroyo de Vyra” de Marta Sanz, el escritor convocado al homenaje es Nabókov, en concreto se centra en su libro Habla memoria, aunque, por extensión se alude a otros personajes creados por el autor. Destaca el estilo de Marta Sanz, un estilo elegante como un baile de sociedad, yo diría incluso que atirantado y, cómo no, aparecen algunas de las obsesiones y perversiones del gran Nabókov.
“Horror a bordo del Boris Butona” de Jon Bilbao es un cuento horroroso, sí, un cuento horroroso porque habla con maestría y contención del horror, de la miseria, de los celos, de la angustia. Ambientado en Murmansk, ciudad naval en la que se desguazan los grandes barcos del imperio, se convocan aquí a unos seres humanos humillados por una naturaleza despiadada, sometidos a situaciones extremas. Magnífico.
“El soldado ruso”, de Berta Vias Mahou es un hermoso cuento alegórico en el que se retrata la capacidad de sufrimiento del pueblo ruso y de cómo ése sufrimiento se sublima hacia el arte.
“Primavera en Vitebsk” de Víctor Andresco recrea la historia de dos amores o de cómo se camufla una personalidad a consecuencia de los conflictos que sacuden el mundo. Un hermoso homenaje a tantas personas arrancadas de su tierra.
“El hijo secreto de Yuri Gagarin” de Esther García Llovet se trata de un viaje alucinado por una Rusia de ensueño escrito con un ritmo vertiginoso.
“Camarada” de Espido Freire, cuenta a ráfagas, a través de una criada, los últimos días de la familia del zar. Un relato melancólico en el que se pone de manifiesto la grandeza y la paciencia del sufriente pueblo ruso.
“Los siluros de Prípiat”, de Daniel Sánchez Pardos es un cuento de imaginación desbordada, protagonizado por dos hermanos españoles a los que el destino une con un personaje extravagante de origen ruso. Vemos a los tres personajes haciendo una excursión a la ciudad fantasmal de Prípiat, muy cercana a Chernóbil, con el propósito de pescar siluros, el pez que sobrevive y engorda en medio de la contaminación general.
“Un mundo muy pequeño” de Pilar Adón, es un homenaje velado a Tolstoi. Refleja la vida de un falansterio, una vuelta a los orígenes donde se plasma la dificultad de convivir con una naturaleza salvaje que impone sus reglas a menudo crueles.
En “Matrioska” de Marian Womack, la narradora se mete en la piel de una de esas muchachas chechenias, una adolescente que, sometida a una presión brutal, es capaz de inmolarse en el metro de Moscú para causar daño al enemigo.
“9.288 (Epílogo)” de Care Santos. El título alude a los kilómetros que recorre El Transiberiano, el tren más literario del mundo. La antóloga lo escribe tras recibir los cuentos precedentes a los que alude, de tal manera que de nuevo la metaliteratura campa a sus anchas. «Rusia, todos los lectores lo sabemos, es el lugar donde las cosas más extrañas ocurren sin cesar», escribe Care Santos. Y sí, el viaje de Care Santos hasta Vladivostok es una de esas ensoñaciones por la estepa que tantas veces hemos interiorizado como lectores, por lo tanto un viaje a un lejano país que, sin embargo, nos resulta familiar.
La literatura alimenta las pasiones literarias. He aquí a once autores, once miradas, once homenajes a una tierra pródiga que ha dado algunas de las obras más conmovedoras y que ahora ve como le retoñan hijatos nuevos crecidos bajo el auspicio fecundo de su sombra. Los rusófilos no deberían perdérsela y los que todavía no lo son, ¿a qué esperan?