miércoles, octubre 26, 2011

Hoteles, Maximiliano Barrientos

Periférica, Cáceres, 2011. 128 pp. 16,5 €

Fernando Sánchez Calvo

Tero, Abigail y Andrea son dos adultos y una niña que huyen a través de un viaje. Un viaje sin límites temporales y espaciales. La última huye porque es menor y acompaña a su madre, pero de tener unos años más también hubiera huido por su propia cuenta. Los dos primeros, por su parte, no huyen porque sean actores de películas porno y se arrepientan de sus vidas laborales: huyen porque buscan “fabricar un pasado en común”, porque con el viaje pretenden construir un “paisaje privado”, íntimo, que no se parezca en nada a su manido paisaje habitual de incomunicación, infidelidades y hastíos varios. Son palabras concretas de los protagonistas, quienes se desnudan con sus declaraciones en un tiempo presente delante de un director de cine, interesado en construir de manera fragmentada un documental sobre el momento concreto en el que los protagonistas escaparon para explicar, de esa manera, su propia vida sentimental, igual de fragmentada que la de Tero, Abigail y Andrea.
De esta sinopsis deduzco que, aunque en esta poderosa y dislocada novela no dejan de aparecer hoteles, carreteras, coches, apartamentos o habitaciones, en realidad más que de paisajes, se está hablando de paisanajes, esto es: del alma de las personas a través del espacio, de la cantidad necesaria de hoteles destartalados, carreteras polvorientas, habitaciones solitarias o coches desvencijados para poder, en el fondo, hablar de tres, cuatro o cinco personas que en un momento de sus vidas se cruzan, comparten soledad, miedo, esperanza y una “aliviadora sensación de no saber a dónde estás yendo” para poco después, al cabo de un día o de unos meses, volver a separarse o a juntarse, pero ya sin el vértigo o ilusión de poder empezar algo nuevo. «Hay orden en el fracaso. Algo sucede, algo intercede y desde entonces caemos», comenta el director del documental concluyendo todavía en el ecuador de la novela. Esto último, por su parte, no sólo sucede en la vida, sino en cualquier proceso vital y con un mínimo de estructura como también lo puede ser el arte de novelar.
Por ello, de esta última deducción intuyo que Maximiliano Barrientos ha trabajado muchísimo en los años previos a éste los textos que componen esta novela, Hoteles, y el libro de relatos con el que la editorial Periférica lo dio a conocer al lector español: Fotos tuyas cuando empiezas a envejecer. Dos piezas fundamentales de la nueva narrativa boliviana, no sólo porque el autor apenas supere los treinta años, sino porque en ellos recoge todo lo que es Hispanoamérica desde ya varias décadas. En Hoteles, y por extensión en Fotos tuyas, está la soledad de Sábato, la enferma perversidad de Onetti, la irónica metaliteratura de Borges y Roa Bastos, la concisión y el desaliento de Rulfo, amén de todos los prodigios estructurales que vieron su culmen en Vargas Llosa o García Márquez. Pero, frente a éstos, y como ya hicieron algunos autores que se dieron a conocer masivamente a finales del XX (léase a Jorge Volpi), Maximiliano Barrientos ha superado el espacio de lo sudamericano. Ya no hace falta mencionar, reivindicar el espacio sudamericano en la narrativa. Tanto es así que en las dos obras que Periférica ha publicado el espacio más importante es el indeterminado, los cruces de carretera, los impersonales hoteles a lo yanqui que han ocupado y vestido prácticamente todos los lugares del mundo. El paisaje sudamericano ahora está en el alma de los protagonistas, los únicos portadores de esa esencia, quienes siguen llevando el desarraigo, la exuberancia, el realismo mágico (disfrútese en Hoteles el episodio del accidente con el caballo para comprobarlo) y la eterna desventura de la incomunicación entre unos personajes que intentan ser felices de la peor forma posible (parafraseo un relato del boliviano) y de los cuales, en realidad, sólo deberíamos filmar los grandes momentos. Ésa es la película propuesta por Barrientos en Fotos tuyas cuando empiezas a envejecer y, por supuesto, en Hoteles: “Editar una vida”, coger sólo lo mejor de cada ser vivo, sólo lo que verdaderamente merezca la pena. La duda: “¿Cuánto quedaría de una vida editada?” Las conclusiones que sacamos tras las dos lecturas mencionadas no son muy esperanzadoras.

1 comentario:

Lola dijo...

Fernando, pero qué bien dices lo que dices. Besos.