martes, febrero 01, 2011

Los ojos de los peces, Rubén Abella

Menoscuarto, Palencia, 2010. 162 pp. 14,50 €

José Manuel de la Huerga

El ojo del pez nos mira de par en par. Entre el hielo que defiende su apariencia más fría los pescados reposan expectantes, no pierden ojo de nuestros movimientos. Nos siguen a todas partes, registran en su memoria congelada nuestros anhelos, nuestros deseos inconfesables, nuestras pequeñas tragedias. Son cámaras indiscretas que producen desasosiego. ¿Son peces escritores muertos? ¿Son espías que surgieron del frío? El lector tendrá su aliento de los mares del Norte durante la lectura de estos pequeños relatos. No los olvidará.
El ojo, ¿no es ojo porque te vea?, ¿es ojo porque tú lo ves? Parafraseo muy libremente el proverbio de Antonio Machado. Lo que está afuera, en el mundo exterior, comunica vida, pero eso que nos comunica, ¿cuánto tiene de verdad, cuánto de impostura?
Rubén Abella ha acertado en el tono decididamente ambiguo de esta colección de ficciones minúsculas. Son ciento veinte ojos de peces desplegados en el expositor del pescado, son ventanas mil del edificio de enfrente de nuestra comunidad de vecinos. Lo que vemos no tiene que coincidir con lo que verdaderamente ocurre. Y es ahí en ese punto de fricción donde se desencadena o la sorpresa o el fracaso o abiertamente la tragedia. La alegría de los fuegos artificiales de año nuevo esconde una desgracia en el mundo privado de una de las celdillas de la colmena, en la ciudad que nos anula.
La cámara del fotógrafo que también es Abella registra el detalle. Estas historias breves funcionan como la doble articulación del lenguaje del filólogo Martinet, por si mismas y por yuxtaposición, por acumulación. Incluso una misma historia puede tener la virtud de ser contada de cinco maneras diferentes. Me refiero a la del suicidio en el Viaducto. Cinco finales diferentes como cinco acuarelas o vuelaplumas. Como cinco instantáneas verdaderas de una sola falsedad que es vivir.
Rubén Abella nos regala casi ciento veinte microrrelatos que tienen el nexo de unión del tiempo que nos ha tocado, mestizo de una luz de flash que ilumina al mismo tiempo que deslumbra. Nunca hemos estado tan comunicados y tan solos. Nunca hemos tenido tanta información y conocimiento a nuestro servicio y hemos sido tan ignorantes de la vida de nuestro vecino de escalera. Nunca hemos sido tan cotillas de lo superficial y hemos dejado pasar la desgracia delante de nuestras narices.
No me resisto a contarles una de estas joyas que refulgen con luz propia entre la arena de playa de este territorio que llamaremos ficción minúscula. Pido permiso al autor para, digamos, despanzurrar uno de sus varios hallazgos en la colección. Una mujer se pone lo más guapa que puede para seducir al hombre que la tiene loca desde hace tiempo. No se había atrevido a decirle nada, pero hoy se ha armado de valor, es el día. Espera el autobús donde lo ha conocido, sabe que vendrá como cada día. La mujer se impacienta un poco, pero al final llega. El hombre está sentado al fondo, en su lugar habitual, con la mirada perdida fuera de la ventanilla. Ella se le acerca y se sienta justo detrás de él. Le dice, no hace falta que me mires, pero te amo locamente desde que te conocí, eres mi razón de ser, mi obsesión. No hace falta que te des la vuelta. El hombre le hace caso. Cuando llega su parada el tipo se baja sin un gesto. La mujer se da cuenta del cable negro de los auriculares que le baja de los oídos.
Terrible. Esto somos. Nunca habíamos sido más libres para decir que amábamos lo que amábamos, pero nunca habíamos estado más solos para compartir ese amor. ¿Hay alguien ahí? Por favor, que haya alguien.
La suerte de esta colección de relatos estriba en que hay aún alguien con la suficiente sensibilidad, dominio de recursos e inteligencia para ponerlo por escrito. El ojo muerto del pez no está tan muerto como aparentemente parecía en un principio. Por suerte también, quedan lectores que se retiran los auriculares para escuchar el cuento