lunes, febrero 21, 2011

La vida cotidiana, Daniel Gascón

Alfabia, Barcelona, 2011. 176 pp. 17,50 €

Pepe Cervera

Daniel Gascón es un autor con el que he descubierto afinidad literaria y numerosas coincidencias, tanto por la naturaleza de las historias que escribe, como por la forma de afrontarlas. Sé que entre los autores que Daniel prefiere se encuentran aquellos que yo mismo también reconozco como maestros: Chejov, Hemingway, del que tan bien ha sabido asimilar la llamada teoría del iceberg, Tobias Wolff...
Confieso que soy un devorador de relatos, y como tal, prefiero los libros con unidad temática. No recuerdo quien diferenció las colecciones de relatos en libros DE relatos, y libros CON relatos; teniendo en cuenta que los libros CON relatos son aquellos en los que el autor reúne historias escritas en diferentes momentos de su carrera literaria, y sin intención previa de confeccionarlos. Yo prefiero, ya digo, los libros que conforman un bloque perfectamente reconocible, como, por poner dos claros ejemplos, Winesburg, Ohio, de Sherwood Anderson, que para mí es uno de los que mejor representan esta corriente, y Olive Kitteridge, de Elizabeth Strout, que es uno de los más felices encuentros que he tenido últimamente respecto a la narrativa breve. Sin ninguna duda, opino que La vida cotidiana también es un ejemplo perfecto de la tendencia a la que me refiero, también es un libro DE relatos. Catorce cuentos escritos en primera persona, y que se leen como episodios de una misma historia, como capítulos que poseen suficiente grado de autonomía para ser interpretados con independencia unos de otros, pero cuya verdadera dimensión se adquiere al finalizar el volumen, cuando se obtiene una perspectiva total, y conseguimos abarcar con una sola mirada todas las partes de que se compone el libro. En este caso es el protagonista de cada una de las narraciones, alter ego del autor, el elemento que proporciona la unidad indicada. Proporciona la armonía, sí, pero no siempre es el centro alrededor del cual giran los demás personajes como simples secundarios. Así, nos encontramos relatos en los que Daniel Gascón se convierte en un pretexto para que nos adentremos en la historia de un abogado homosexual, un tanto ligero de cascos, como en el titulado “Clases de conversación”, o en la del jefe de una empresa de traducción con tendencia a aprovecharse de sus empleados a base de halagos, en “El traductor”, o una antigua maestra de la infancia que empleaba unos métodos docentes llamativos, por decirlo de una manera suave, y demasiado habituales para aquella época, en “La maestra”. El autor cede el protagonismo entonces a estos otros personajes, y los deja hablar y actuar, reaccionar y sentir, y son ellos los que consiguen captar la atención del lector, y acaban situándose en la posición y orden debidos hasta ofrecernos la imagen de un todo.
Según el escritor William Boyd, existe lo que él mismo define como “el falso cuento biográfico”. La biografía considerada “una ficción concebida dentro de los límites de los hechos observables”. El falso cuento biográfico juega con esta paradoja, en su intento de aprovechar las virtudes de la narrativa para presentar supuestos hechos reales. En este sentido, yo afirmaría que lo que ha escrito Daniel Gascón no es un libro de cuentos, sino una biografía disfrazada de libro de cuentos. Es la biografía de un personaje que él ha querido llamar Daniel Gascón, redactor de un periódico aragonés, profesor de español en una pequeña ciudad de Normandía, traductor, hombre que todavía no ha llegado a la treintena, y que después de publicar su primer libro de relatos, va y viene con un pequeño cuaderno en el bolsillo en el que toma notas para seguir escribiendo…
Me parece destacable la habilidad que se advierte en el trabajo del autor para evitar lugares literarios demasiado frecuentados. En algunos relatos podemos comprobar que se ha tensado la cuerda hasta situar los personajes en un contexto arriesgado. Pienso en el titulado “La escritora”, y en “Sucesos”. En ambos casos, me ha sorprendido la dirección temeraria que se ha concedido a la historia, y he tenido que acelerarme en la lectura para descubrir por dónde será capaz el autor de atajarla. No obstante, Daniel Gascón consigue impedir el descalabro introduciendo de forma astuta una mezcla precisa de ironía y amargura. En otro, como “La despedida”, cuento que abre el volumen, el autor orilla un peligroso y tentador sentimentalismo, al que hubiera resultado demasiado sencillo abocarse, convirtiendo la narración en un hermoso tributo a la amistad.
El tono de cercanía y un estilo desprovisto de artificios, confieren a su escritura el aliento de una conversación fraternal, como si todos los personajes que transitan por estas páginas pudieran encarnarse en gente que conocemos, gente a la que tenemos cariño, o todo lo contrario; por eso estoy convencido de que leer estos relatos es una manera de conocer al autor, de intimar con él, pero también estoy convencido de que es una manera de conocernos a nosotros mismos.
Uno de los personajes de “El mentiroso”, relato en el que se nos revela la fuente narrativa del autor, le reprocha que siempre escriba sobre la gente que le rodea. Pero Daniel no puede evitarlo. Daniel es sin duda alguna un escritor realista. Él mismo lo reconoce en el cuento “Abdominales”: “yo era un escritor realista: solo me masturbaba pensando en mujeres con las que ya había follado, y cuando escribía siempre decía la verdad”. Siempre decía la verdad. Ese es, en definitiva, el territorio literario de Daniel Gascón, la verdad, la esencia sin abstracciones de lo que ocurre a nuestro alrededor; ese es su mundo, y su mérito ha sido presentarlo tal y como él lo ve, ensartando una a una estas catorce cuentas con las que ha querido conmemorar la amistad, el amor, la fidelidad, la búsqueda, el miedo, el aprendizaje…
Celebremos con él, pues, y dejémonos fascinar por todas las pequeñas cosas de la existencia, y agradezcamos su pequeñez, porque como afirma uno de los personajes de este libro: “hay algo muy emocionante en la vida cotidiana”.