miércoles, febrero 09, 2011

En medio de todo, Julio José Ordovás

Eclipsados, Zaragoza, 2010. 104 pp. 10 €

Juan Marqués

Quien escribe y publica diarios es aquel que tal vez no necesita tanto escribir como escribirse, explicarse, a menudo reconstruirse. Es lo que el zaragozano Julio José Ordovás ha venido haciendo desde su primer libro, Días sin Día (Xordica, 2004), y también en las crónicas de viajes de Frente al cierzo. Once ciudades aragonesas (Biblioteca Aragonesa de Cultura, 2005), en las columnas periodísticas de Papel usado (Eclipsados, 2007) e incluso en muchos de los vibrantes poemas en prosa de Nomeolvides (Universidad de Zaragoza, 2008), pues en todos ellos Ordovás habla fundamentalmente de lo que tiene más cerca y de lo que ocurre o escuece dentro de él, con una honestidad que con frecuencia se convierte en crudeza y una integridad que a veces obliga a leer cosas que uno quizá preferiría no haber sabido.
El protagonista de este nuevo cuaderno de notas está, sí, En medio de todo (estupendo título para el diario de un treintañero), pero también de vuelta de muchas cosas, aunque llega a declarar inolvidablemente que «Pocas veces me he sentido tan perdido. Quizá sea una buena señal» (p. 70). En contra de lo que dice la contracubierta, en esta nueva entrega hay mucho menos de aquello que llenaba Días sin día: las lecturas, las referencias a libros y autores (aunque el exceso de eso también hubiese sido un lastre), el “taller” del inseguro escritor en crisis permanente... Pero también, por fortuna, hay menos desahogos y rabia que en aquel debut, aunque el personaje está sin duda más desconcertado, más derrotado, más roto tras una ruptura sentimental y el dolor desesperado que le sigue (asunto del que dio buena cuenta en su magnífica contribución berlinesa al volumen colectivo En las ciudades, coordinado por Hilario J. Rodríguez en 2009).
Ahora Ordovás nos entromete sin ningún suavizante en su privacidad, abriéndose en canal en muchos fragmentos y mostrando extrema dureza contra sí mismo, que sólo aquí y allá queda amortiguada por el bálsamo de algún recuerdo, de algún viaje, de algún momento de paz junto a nuevas chicas. A veces basta sacarle punta a un lápiz para reconciliarse con el mundo (p. 36) o encontrar tres hojas moradas al barrer bajo la cama para obtener fuerzas para continuar (p. 96). Esas entradas, como la última frase del libro, hacen que, aunque la amargura ocupe en él más espacio que el optimismo, éste pese e importe mucho más, pues «me faltan las ganas de corregirme, aunque no las de superarme» (p. 71).