viernes, octubre 17, 2008

Mundar, Juan Gelman

Visor, Madrid, 2008. 138 pp. 18 €

José Manuel de la Huerga

No hace muchos días leí un artículo en un suplemento literario de tirada nacional donde se evidenciaban las malas relaciones que persisten entre los narradores argentinos y los españoles. Las razones que el joven narrador argentino exponía eran fundadas. Ambos gremios se miraban de reojo, a los de allá se les acusaba de sofisticación, a los de acá de pobreza de recursos, de realismo pacato. Los argentinos en sus foros sólo salvan dos narradores peninsulares: Vila-Matas y Javier Marías.
Por suerte, no creo que el análisis sea exportable a otros géneros como el poético. Hay demasiadas filias y fobias entre los propios nacionales (de cada país) como para que se pongan de acuerdo en sus iconoclasias. Incluso es hasta cierto punto habitual encontrar en la red y en el papel impreso confraternizaciones entre las dos comunidades en archipiélago. Escribo archipiélago porque uno de los intentos de creación de cauces de comunicación entre América y España es la antología Las ínsulas extrañas, de Galaxia, del 2002. Aunque como toda antología es selección discutible (por ausencias), interesa la experiencia de leer en el mismo fajo a Gelman y a Gamoneda, por poner a dos poetas de la misma generación, de uno y otro lado, y, como sabemos, bien avenidos. Seguramente los antólogos prefirieron a los poetas «menos nacionales», con menos señas de identidad terruñeras, los menos patrimoniales. Sin quererlo eligieron a los que habrían sido poetas en cualquier lengua del mundo, sin importar procedencia. No olvidamos que el nacimiento de Gelman en Argentina y la adopción de la lengua castellana fue puro azar. Gelman podría escribir en polaco, y sonaría igual.
Mundar es hallazgo de poeta. No se aguanta en los límites del discurso establecido. Algún gramático podría escribir: Neologismos, los justos. ¿Se necesita Mundar? Está «habitar el mundo, establecerse en la tierra, residencia en la tierra…». Están porque estuvieron. La razón de existir del poeta es abrir caminos en la habitación oscura. Y Gelman lo sabe como nadie: “Hay parásitos, comen/ del sufrimiento a otro, de/ la pecho que cantaba, de/ los vivos en la imaginación…” “El dentrofuera es un temblor tardío…” “Ala./ A la herida./ Alar ido/ al espanto/ que separa la voz del corazón…”
En Mundar es hermoso encontrar una palabra nueva, fundamos este cacho de hoja de papel, fundamos la inopia y la utopía, que es casi lo mismo. Los más de cien poemas respiran, escriben poesía como respiración, son ensalmos en un mismo troquel, ritmos y pulsiones. Entra en ellos la fórmula, la invocación, la receta mágica con que ahuyentar o atraer espíritus. Son conversación con Mara, con otro. Son voces del niño Juan, de los piojos. Son reflexión de la palabra del poeta: “El poema que estaba en la cabeza/ del corazón se fue. Esto habla/ de la certidumbre de la incertidumbre/ que nadie puede medir…”
Es sorprendente que un hombre que lleve en la brega del verso toda su vida, a los 78 años todavía escriba: “Del poema, nada. Llega, tiembla/ y raspa un fósforo apagado./ ¿Se le ve algo? Nada. Tiende una/ mano para aferrar/ las olitas de tiempo que pasan/ por la voz de un jilguero. ¿Qué/ agarró? Nada…” ¿A qué espera? ¿Qué esperanza maestra servirá de ejemplo entre los que le siguen? Ninguna. Nada.
Con todo, el libro está vivo, como toda la poesía de Gelman desde el primer violín a la poesía combativa de Gotán. Las imágenes son espectaculares, rotas voluntariamente por un prosaísmo que distancia a la manera brechtiana. No te conformes, poeta, con la rosa, ni su fragancia ni su espina:

Allí está el aire, el día, la muchacha
que dice pájaros y
nacen pájaros del
nido de su voz, el derrepente
quedado allí no más. ¿Por qué
levantan compasión en vasitos?
¿Cuánto cobra la herida? ¿Cuánto
le pagan al caballo
que la galopa cada noche?
Arde un espanto que da luz.
Yace
en otro desamparo.

Gelman se reinventa, se olvida de sí, aprende de sí. Antirritmo, prosaísmo, repeticiones que duelen en el tímpano, hojarasca que rasca. El no sé qué que quedan balbuciendo del místico de Ávila late al fondo. Gelman ha dejado dicho que es uno de su cabecera. Un montonero llevando a un santo en el morral de lecturas.
Mundar no tiene traducción. Quiero ver cómo se las apañan los traductores. Porque si la lengua es sólo circunstancia, y lo que importa es el murmullo, lo que está fuera de la ciudad, entonces… Mundar será mundar, y hasta un pájaro que lo lea quedará temblando en el aire.

jueves, octubre 16, 2008

Milagros de vida, J.G. Ballard

Trad. Ignacio Gómez Calvo. Mondadori, Barcelona, 2008. 240 pp. 19,90 €

Julián Díez

Son muchos los riesgos al leer la autobiografía de un escritor admirado. La decepción por descubrir una vida por debajo de la obra, las habituales faenas de aliño de carácter alimenticio, las autojustificaciones. Poco de esto hay en este librito sencillo y sincero, con el sabor de un epitafio sereno, que descubre a un Ballard tal vez decepcionante para muchos de sus epígonos de última hora, pero profundamente entrañable, aunque sea a su manera rarita.
El tonante analista de nuestra sociedad de consumo, el visionario de un futuro árido trufado de imágenes surrealistas, resulta ser un padre de familia viudo, preocupado sobre todo por el desarrollo de sus tres hijos, impulsado en su literatura por el amor por el arte contemporáneo, y marcado de manera obsesiva en el desarrollo de su poética por una adolescencia tormentosa en la II Guerra Mundial. Todo ello resulta milimétricamente coherente, casi todo estaba ahí. Solo que Ballard, a diferencia de otros creadores, ha decidido desvelar todas las claves sin ambages cuando ve que su final, por desgracia, tal vez no esté lejano debido a una grave enfermedad.
El libro se extiende sobre todo en los primeros 15 años de su vida, que se desarrollaron en Shanghai. La pintura del lugar que realiza Ballard es emocionante: una dinámica ciudad cosmopolita, repleta de toda la fascinación y todo el horror de la vida moderna. Todo ello queda quebrado de forma paulatina por la llegada de la guerra, para terminar en el internamiento del escritor y su familia en un campo de concentración. En el plano puramente narrativo no se añade casi nada a lo relatado en la conocida El imperio del sol, pero Ballard suma aquí una interpretación directa de su propia obra: Me dio la impresión de que el casino en ruinas (tras la guerra), igual que la ciudad y el mundo que había más allá, era más real y tenía más sentido que cuando estaba atestado de jugadores y bailarines.
Trasladado después a la metrópoli, que jamás había visitado de niño, su incomprensión del entorno también constituye una aportación decisiva a su imaginería: Como escritor, he tratado Inglaterra como si fuera una extraña ficción, y mi tarea ha consistido en obtener la verdad, apunta. El mecanismo que acabó por escoger, de manera sorprendente, fue el del género de ciencia ficción. Para el que tiene tantos elogios por su potencial, como breves —y certeras— críticas por su cortedad de miras: La cf poseía una enorme capacidad que la novela moderna había perdido. Era una máquina visionaria que creaba un nuevo futuro con cada revolución, propulsada por un exótico combustible literario tan abundante y peligroso como el que impulsaba a los surrealistas (…). Resultaba curiosamente paradójico que la cf, dedicada a los cambios y lo nuevo, estuviera ligada emocionalmente al statu quo y a lo viejo.
De los últimos cuarenta años de su vida, Ballard sólo se extiende en tres aspectos: la crianza de sus hijos —me queda la duda, quizá aquí sí, de que exista un punto de autojustificación—, la génesis de sus dos obras más polémicas, Crash y La exhibición de atrocidades, y su relación con el mundo del cine. La muerte de su primera esposa, Mary Ballard, víctima de una infección durante un veraneo en Alicante, se salda por ejemplo con unas líneas breves, pero tremendamente emotivas. También cita de pasada su imagen siniestra, incluso dedicando unas líneas a los periodistas que criticaron el estado de su casa cuando le visitaron para entrevistarle. Quedan sólo esbozadas, ligerísimamente, su relación —muy escasa— con las drogas, con el alcohol —muy amplia— o con el entorno literario.
En este apartado, con todo, no puedo sino destacar el comentario que él, un exigente autor de culto que sólo ha conocido ocasionalmente el éxito comercial, hace para la literatura elitista: (…) no ha dejado de sorprenderme los pocos escritores que son conscientes de que sus pobres ventas pueden deberse a su escasa preocupación por sus lectores. Un resumen mejor que cualquier argumentario contra la «literatura del yo» que nos asfixia.
Los capítulos finales, los últimos veinte años de su vida, apenas son esbozos y se cierran de manera tierna y triste con una dedicatoria a su actual médico. Resulta muy humano, como la foto del autor mirando orgulloso a sus hijos en la última página. No imaginaba así al coloso cuando se pusiera las pantuflas en su casa, pero es reconfortante este retrato que muestra cómo la imaginación desbocada no es de manera obligatoria un trabajo a tiempo completo. Y, sobre todo, tiene un sabor decididamente auténtico: ¿de cuántos de quienes dicen hoy admirarle se puede decir lo mismo?

miércoles, octubre 15, 2008

Bob Marley, Timothy White

Ma Non Troppo / Robin Book, Barcelona, 2008. 507 pp. 29,50 €

Doménico Chiappe

En la década de los sesenta sucedió una de las revoluciones más importantes, aunque menospreciadas por los historiadores oficiales. Sucedió a partir de los vientos independentistas de África y las repercusiones en el Caribe, que, a su vez, irrigó estas ideas con las emancipaciones de islas como Haití, primera república negra del mundo. Sin estos viajes de ida y vuelta, además de la influencia de Estados Unidos e Inglaterra, es imposible entender la importancia de que en 1956 sonara «un invento bautizado como ska», que viene del R&B y jazz norteamericano con fuertes dosis de personalidad jamaicana. El ska derivaría, a la par que se propagaba la religión rastafari y los habitantes de los guetos empobrecidos de Jamaica reclamaban sus derechos, en reggae. En el libro Bob Marley, del biógrafo Timothy White, se cuenta con bastante detalle y contexto este fenómeno, enfocado, primero, desde lo global y luego, desde las entrañas de Jamaica.
La isla era un caldo donde se codeaban los «rude boys» que navaja en mano peleaban contra la policía y el sistema, y los músicos que grababan un vinilo y renunciaban a todos sus derechos de autor a cambio de una miserable paga. Así, en ambos bandos, se forjó Bob Marley, el músico de reggae más famoso de la tierra: «aunque no pasaba del metro cincuenta y dos de altura, Nesta ya tenía una reputación de buen luchador callejero; sabía mover los puños y podía encajar un duro puñetazo, ya que tenía el abdomen musculado, esculpido como la parte inferior de una tortuga. Tenía pies rápidos de futbolista, que iban directo a la ingle de cualquiera, y unos dedos delgados y diestros que sacaban una navaja en un abrir y cerrar de ojos.»
La revolución de la que se habla entrelíneas en todo este libro es la de la búsqueda de identidad de la masa de ex esclavos africanos, ya sea que los trasladaran a América o que se quedaran en los países colonizados y explotados. Este levantamiento tuvo demostraciones distintas según los países, desde las defensas de los derechos civiles y el poder negro de Estados Unidos hasta la adoración de Haile Selassie en Etiopía. Voces que decretaban la superioridad de la raza negra, que pregonaban el «regreso a África» (Alexander Bedward) o el «mirad hacia África» (Marcus Garvey), aunque en muchos casos se trataba de movimientos que se enfrentaban entre sí. Las reivindicaciones eran de índole racial, política, geográfica, social, económica y cultural. Las canciones se hicieron eco de esta verdadera revolución y se popularizó, primero, entre la población local, y, más tarde, gracias a empresarios arriesgados y emocionalmente vinculados, en Inglaterra. De allí, al resto del mundo.
Esta biografía comienza con un recuento, completo y certero, de estas manifestaciones, desde la coronación kitsch de Selassie como emperador de Etiopía hasta el nacimiento de varios estilos de música caribeña, como el Steel Pan y el ska. Y salta al 6 de febrero de 1945, cuando nace Robert Nesta Marley, «un chiquillo de piel color gamuza con los labios finos y la nariz puntiaguda de su padre, el capitán Norval Sinclair Marley, de raza blanca.»
El gran mérito de este trabajo de White recae en dos vértices. Uno, la investigación: amplia documentación, centenares de entrevistas, conocimiento del terreno e, incluso, el día a día junto a Bob Marley en sus giras (esto último se lee muy poco en el libro: el relato documental sepulta la crónica del periodista). El segundo bastión es la manera de narrar: la superstición tan propia de la idiosincrasia sincrética del Caribe las construye e incluye como si estos pasajes nebulosos de apariciones metafísicas y luchas contra elementos sobrenaturales fueran constatables y tangibles. Quién es White para decir lo contrario, cuando Bob Marley, su mujer Rita y otras voces coinciden en estos hechos. Eso sí, White advierte, en su prólogo, que el lector es libre de creer o no.
La infancia y adolescencia de Bob Marley, sus jugadas musicales, la conformación del grupo Wailers junto a Peter Tosh, el emparejamiento con Rita que cantaba en otra banda, son narrados al detalle. Luego, la época en que Marley se transforma en el icono del movimiento rastafari, en el abanderado del reggae, en el profeta del regreso a África, se relatan con trazos menos delineados. Algo se intuye de la transformación de Marley cuando se muda a una mansión en la parte alta de la isla (tradicionalmente, en el Caribe, la parte alta de las islas se reserva para los acaudalados). Poco se cuenta de la decepción de Marley cuando visita, al fin, el continente de sus ancestros y se alarga en las rebatiñas que tiene la herencia del músico, a su muerte. Con todo, el libro es un magnífico, aunque algo tibio, testimonio de una sacudida a esta época, quizás más determinante para una porción más grande de la humanidad, que un mayo del 68 o un Woodstock.

martes, octubre 14, 2008

Corriente alterna, Antonio Paniagua

Gens, Madrid, 2008. 198 pp. 18 €

Miguel Baquero

Cosa mala lo de que la vida sea una puta e inmensa mierda. Y los cabrones del ayuntamiento no ayudan.

Corriente alterna
es la segunda novela de Antonio Paniagua (Madrid, 1966), después de Amputados. En esta ocasión, Paniagua basa su apuesta en el lenguaje, más que en la trama o en el argumento de la novela. Corriente alterna narra, desde algo muy parecido al monólogo interior, la peripecia vital de un hombre que ha acabado matando a su esposa y que hace balance de su vida desde el psiquiátrico.
Claro que ninguna de estas palabras (“peripecia”, “balance”, ni “psiquiátrico” siquiera) se encontrarán en el texto, porque el factor diferencial de esta novela, el factor X, se encuentra en el estilo con el que está narrada. Se trata de un estilo alimentado en su mayor parte por expresiones de la calle, por lo común groseras y cuando no faltas de elegancia, pero ahí radica la gracia de esta novela: en tomar de la vida cotidiana, de los ambientes más bajos y en ocasiones de la jerga de la mala vida, todo tipo de expresiones y construir con ellas un relato. El resultado es un texto fluido, que se lee con asombro por el modo en que Paniagua consigue imágenes poéticas con este material se diría que buscado a propósito entre los escombros; un texto que así mismo nos despierta en todo momento una sonrisa tanto por lo que se cuenta en sí como por la naturalidad y la chabacanería con la que muchas veces se desarrollan pensamientos y reflexiones.
En este sentido, Corriente alterna está emparentada con el viejo estilo picaresco, y es inevitable acordarse de ese prodigio que es el Estebanillo González, auténtico diccionario del habla de su época (siglo XVII), novela “compuesta por un hombre de buen humor” en cuyas páginas se vertían las expresiones que los grandes literatos desechaban y que por ello mismo quedó convertida en una obra llena de vida y color. En muchos aspectos, Paco, el protagonista de esta historia, podría considerarse el Estebanillo de nuestros días, pícaro verborreico y mal hablado que parece haber absorbido cuanto se oye por los bares, los bingos y los putiferios, o lo que es lo mismo, las cocinas y cuadras en torno a la Corte.

Mi Ursulita, desde que está muerta, ha dado un cambiazo que ni te cuento.

Además de lo anterior, Corriente alterna destaca por el humor, un tanto gamberro, que lo impregna todo, aun los episodios más trágicos. Un humor que precisamente da a esas escenas dramáticas una mayor ternura y profundidad, más fuerza que la que podría proporcionarle una ristra de adjetivos solemnes y peripatéticos. Curiosa y atractiva mezcla, en fin, la que propone Paniagua en su novela: el lenguaje más bajo y la actitud burlesca y chocarrera como manera de construir una historia con momentos conmovedores y personajes con carga emocional.

lunes, octubre 13, 2008

Colección El maletín del doctor Quitamiedos: Miedo a no ser el primero / Miedo a todo, texto Anatxu Zabalbeascoa, ilustraciones Ximena Maier

Beascoa, Barcelona, 2008, 32 pp. 9,95 €


Carmen Fernández Etreros

Cada vez son más habituales y originales las colecciones de libros infantiles que se ocupan de uno de los temas que más preocupan a los niños y a los padres: el miedo. Ya en los clásicos cuentos populares, Barba azul o Juan sin miedo, el miedo suele ser uno de los motores de la acción. Miedo al lobo feroz, miedo al ogro gigante y a la bruja de las verrugas, miedo a no saber volver a casa de noche si no encontramos las miguitas de pan,... Pero el miedo no solo existe en la fantasía y la imaginación de los niños, sino también lo sufren en su vida diaria, a los miedos en la sociedad: en el colegio, en el parque,... Miedo a perder en el baloncesto, miedo a ser rechazado por los amigos, miedo a la soledad, miedo a los truenos y a las tormentas, miedo a tener miedo,... En esta senda se publican numerosos libros infantiles y juveniles para ayudar a los niños a superar y “conjurar” estos miedos y temores como Algunos miedos de Ana Mª Machado (Anaya), Soy demasiado pequeña para ir al colegio de Lauren Child (Serres) o Prudencia se preocupa de Kevin Henkes (Everest).
De ahí el acierto de esta original y positiva colección que presenta la editorial Beascoa como novedad de otoño, dirigida a lectores de a partir de 3 años: El maletín del doctor Quitamiedos. El protagonista es un gordito, canoso y bonachón doctor Quitamiedos que con sus brillantes ideas y consejos tranquilizará y ayudará a los pequeños personajes de la colección a perder sus miedos. El doctor Quitamiedos acompaña a Irene, a Uli o a Claudia a su colegio, a la playa o al campo y prepara un divertido y sencillo plan en cada libro para que los niños pierdan el miedo.
Los dos primeros títulos de la colección son Miedo a no ser el primero en el que su protagonista la pequeña Irene tendrá que aprender a perder cuando compite con sus compañeros, y gracias al juego que le propone el doctor Quitamiedos descubre lo divertido que puede ser quedar la segunda. En el segundo libro Miedo a todo el doctor Quitamiedos le regala a Uli un mágico lazo rojo que le dará la fuerza suficiente para jugar con sus amigos y no sentirse solo. Dos sencillos remedios para los grandes temores y miedos de los niños.
Optimismo, canto a la amistad, apoyo a los sentimientos de los más pequeños son algunos de los valores que transmiten las primeras aventuras de esta colección. Además los textos Anatxu Zabalbeascoa, autora de Valentina en Nueva York o Valentina en París editado por Tusquets. demuestran de nuevo que se puede apelar a los grandes ideales con textos sencillos y directos cuyo mensaje llegue claramente a los pequeños lectores. Además Ximena Maier crea unas ilustraciones coloristas, graciosas y descriptivas de las acciones y los sentimientos de los pequeños protagonistas que transmiten la ilusión y el optimismo de la colección.
En suma unos libros prácticos y didácticos que ayudarán a los pequeños lectores a superar sus «pequeños grandes» miedos y que divertirán cuando lo lean juntos a los padres y a los profesores.