jueves, octubre 16, 2008

Milagros de vida, J.G. Ballard

Trad. Ignacio Gómez Calvo. Mondadori, Barcelona, 2008. 240 pp. 19,90 €

Julián Díez

Son muchos los riesgos al leer la autobiografía de un escritor admirado. La decepción por descubrir una vida por debajo de la obra, las habituales faenas de aliño de carácter alimenticio, las autojustificaciones. Poco de esto hay en este librito sencillo y sincero, con el sabor de un epitafio sereno, que descubre a un Ballard tal vez decepcionante para muchos de sus epígonos de última hora, pero profundamente entrañable, aunque sea a su manera rarita.
El tonante analista de nuestra sociedad de consumo, el visionario de un futuro árido trufado de imágenes surrealistas, resulta ser un padre de familia viudo, preocupado sobre todo por el desarrollo de sus tres hijos, impulsado en su literatura por el amor por el arte contemporáneo, y marcado de manera obsesiva en el desarrollo de su poética por una adolescencia tormentosa en la II Guerra Mundial. Todo ello resulta milimétricamente coherente, casi todo estaba ahí. Solo que Ballard, a diferencia de otros creadores, ha decidido desvelar todas las claves sin ambages cuando ve que su final, por desgracia, tal vez no esté lejano debido a una grave enfermedad.
El libro se extiende sobre todo en los primeros 15 años de su vida, que se desarrollaron en Shanghai. La pintura del lugar que realiza Ballard es emocionante: una dinámica ciudad cosmopolita, repleta de toda la fascinación y todo el horror de la vida moderna. Todo ello queda quebrado de forma paulatina por la llegada de la guerra, para terminar en el internamiento del escritor y su familia en un campo de concentración. En el plano puramente narrativo no se añade casi nada a lo relatado en la conocida El imperio del sol, pero Ballard suma aquí una interpretación directa de su propia obra: Me dio la impresión de que el casino en ruinas (tras la guerra), igual que la ciudad y el mundo que había más allá, era más real y tenía más sentido que cuando estaba atestado de jugadores y bailarines.
Trasladado después a la metrópoli, que jamás había visitado de niño, su incomprensión del entorno también constituye una aportación decisiva a su imaginería: Como escritor, he tratado Inglaterra como si fuera una extraña ficción, y mi tarea ha consistido en obtener la verdad, apunta. El mecanismo que acabó por escoger, de manera sorprendente, fue el del género de ciencia ficción. Para el que tiene tantos elogios por su potencial, como breves —y certeras— críticas por su cortedad de miras: La cf poseía una enorme capacidad que la novela moderna había perdido. Era una máquina visionaria que creaba un nuevo futuro con cada revolución, propulsada por un exótico combustible literario tan abundante y peligroso como el que impulsaba a los surrealistas (…). Resultaba curiosamente paradójico que la cf, dedicada a los cambios y lo nuevo, estuviera ligada emocionalmente al statu quo y a lo viejo.
De los últimos cuarenta años de su vida, Ballard sólo se extiende en tres aspectos: la crianza de sus hijos —me queda la duda, quizá aquí sí, de que exista un punto de autojustificación—, la génesis de sus dos obras más polémicas, Crash y La exhibición de atrocidades, y su relación con el mundo del cine. La muerte de su primera esposa, Mary Ballard, víctima de una infección durante un veraneo en Alicante, se salda por ejemplo con unas líneas breves, pero tremendamente emotivas. También cita de pasada su imagen siniestra, incluso dedicando unas líneas a los periodistas que criticaron el estado de su casa cuando le visitaron para entrevistarle. Quedan sólo esbozadas, ligerísimamente, su relación —muy escasa— con las drogas, con el alcohol —muy amplia— o con el entorno literario.
En este apartado, con todo, no puedo sino destacar el comentario que él, un exigente autor de culto que sólo ha conocido ocasionalmente el éxito comercial, hace para la literatura elitista: (…) no ha dejado de sorprenderme los pocos escritores que son conscientes de que sus pobres ventas pueden deberse a su escasa preocupación por sus lectores. Un resumen mejor que cualquier argumentario contra la «literatura del yo» que nos asfixia.
Los capítulos finales, los últimos veinte años de su vida, apenas son esbozos y se cierran de manera tierna y triste con una dedicatoria a su actual médico. Resulta muy humano, como la foto del autor mirando orgulloso a sus hijos en la última página. No imaginaba así al coloso cuando se pusiera las pantuflas en su casa, pero es reconfortante este retrato que muestra cómo la imaginación desbocada no es de manera obligatoria un trabajo a tiempo completo. Y, sobre todo, tiene un sabor decididamente auténtico: ¿de cuántos de quienes dicen hoy admirarle se puede decir lo mismo?