jueves, octubre 30, 2008

Casa de misericordia, Joan Margarit

Premio Nacional de poesía. Visor, Madrid, 2007. 149 pp. 10 €.

José Manuel de la Huerga

Es probable que la poesía sea tan sólo una cuestión de intensidad. Empiezo por el final, un interesante epílogo con que Margarit cierra su Casa de Misericordia. En él intenta reflexionar sobre las cartas trucadas de su baraja poética: poesía exacta y concisa, la contradicción entre soledad y reconocimiento público, reencuentro y asimilación de Romanticismo y Vanguardia, la poesía como caja negra donde nuestra soledad entra de una manera para salir más consolada, más feliz si se puede decir.
Confieso que la primera lectura del libro de poemas me sorprendió. Margarit es un maestro de ese raro ejercicio de concisión cargado de hondura, de ecos de melancolía. Consigue crear la atmósfera de la verdad como espejismo, y si vamos a analizar la urdimbre del texto, encontramos la cotidianeidad, la memoria, la voz familiar del viejo derrotado, como las columnas de esa construcción.
Volvemos a los poemas días después y uno siente que le han dicho todo, que su intensidad se dio completa en su primera lectura. Esto, aunque parezca tara, no lo es en esta manera de entender el poema como artefacto que nos regresa a un estado anterior que no existe: la falsa melancolía que es consuelo.
No es desdoro del poema, yo lo comparo con la música, que en palabras del propio Margarit, junto con la poesía son las únicas que le acompañan en la intemperie de la vida. Repetir una melodía nos trasporta al momento de su primera audición, y si falta alguien, si el momento contrasta en claroscuro con aquel otro del pasado, salta la chispa, se crea esa rara intensidad de la que habla el poeta. Margarit siempre lo consigue. El tono memorialístico, cadencioso, conversacional del vencido apunta en esa dirección.
Los poemas de Casa de Misericordia constituyen un ejercicio de recuerdos. El poeta se siente viejo en un tiempo duro de posguerra que le tocó vivir. Los hospicios son lugares, que a pesar de su frialdad, cumplen con la misión mínima de amparo, frente a la intemperie de la soledad, del hambre, de la represión. La ciudad de León, en invierno, un invierno lluvioso, en el patio de una de aquellas casas de misericordia, es un magnífico ejemplo de esto que venimos intentando señalar:

Bajo el gélido azul del cielo de Castilla,
como si la esperanza hubiese atravesado
la lluvia de la noche, oigo sus voces
y veo cómo juegan en el patio.
El sol de invierno
se acerca, maternal, a acariciarlos.
Miran con ojos de color de hospicio
esta alberca vacía del futuro,
pero sus pies contentos saltan
charcos de lluvia azules reflejando en el cielo
que esta invernal mañana les promete la vida.

La vida como pálido reflejo de la plenitud del cielo, el cielo frío de Castilla. Enseguida acude a la memoria del lector el último verso que encontraron en el bolsillo de la americana de Antonio Machado el día de su muerte en Collioure:

Estos días azules y este sol de la infancia

Margarit sabe que la lluvia, el frío, los trenes, el viajero que parte y que no vuelve, los diarios secretos de posguerra, el paseo solitario por una riera, configuran el mejor escenario para la tristeza consoladora. El recuerdo de la muerte de su hija Joana salta en forma de niña, de consuelo invertido, de habitación juvenil donde los padres viejos hacen las maletas para irse de viaje… He de decir, y esto es un asunto personal con la poesía, que un excesivo autobiografismo me aleja del poema, me parece exhibicionista, pero estos límites son borrosos, y debo seguir releyendo y pensando en ello.
Sin duda, en una primera lectura, la intensidad del poemario ha conseguido lo que pretendía: envolverme en la atmósfera de la posguerra española, llevarme al territorio del frío y de la lluvia, sinónimos de la vejez y de la muerte. Y, sin embargo, hay consuelo a esta intemperie, en la voz del poeta.