viernes, noviembre 21, 2008

Vacío perfecto, Stanislaw Lem

Trad. Jadwiga Mauricio. Introd. Andrés Ibáñez. Impedimenta, Madrid, 2008. 328 pp. 21.95 €.

Luis Manuel Ruiz

Hace unos años, con menos convicción que ganas de distraerme, emprendí la colección de las obras de Stanislaw Lem en castellano. Reuní los volúmenes sobrevivientes del antiguo catálogo del Libro de Bolsillo de Alianza, Edén, Congreso de futurología, me hice con los relatos del piloto Pirx en una edición saldada en un hipermercado, encargué por Internet ejemplares fuera de circuito como Memorias encontradas en una bañera. Pero uno de los títulos siempre escapaba a mis pesquisas y se mostraba inasequible a los fondos de los traperos y los portales de segunda mano: en las reseñas, se hablaba con un aura de estupor y reverencia de Vacío perfecto, una antología de críticas apócrifas publicada por Ediciones B en 1988 que, sorprendentemente, no había vuelto a ver la luz en nuestro idioma. Ahora que Impedimenta se ha lanzado a la tarea de remediar esa omisión con un tomito delicioso, que invitará a los bibliófilos al onanismo, comprendo por qué. Habituado a los viajes interestelares, las fábulas sobre inteligencia artificial y los escarceos con las contradicciones del método científico, el lector medio de Lem se habría encontrado con una criatura difícil de clasificar, exigente, inconformista, que a todos esos lugares comunes añade otros de altura metafísica y narrativa que, quizá, el paladar de un degustador común de la ciencia ficción no encuentre del todo de su gusto. Y sin embargo, es necesario señalar que sólo aquí da Lem toda la altura de su genialidad y convierte la ciencia ficción en una cosa inmensa, lo que tal vez debería ser, lo que la entronca con la literatura de especulación del pasado y se centra no en bichos con tentáculos ni platillos voladores, sino en las paradojas de la condición humana enfrentada a la tecnología y la incapacidad de nuestra mente a la hora de comprender cabalmente ese acertijo descomunal que llamamos realidad.
Borges, a quien estas páginas remiten una vez y otra sin remedio, avanzó que redactar una novela es tarea tediosa y de largo aliento, cuyas molestias pueden evitarse dando por sentado que dicha novela ya fue escrita y dedicándole una recensión. Es el método que Lem elige, igual que Swift o Carlyle, para presentarnos una selección de lo más granado de sus derroteros intelectuales y de su maestría como fabulador: se aproxima así a presuntos artefactos cuyo protagonista es el propio lector, quien elabora la obra mientras la recorre, o a ensayos sesudos sobre la creación continua del universo por parte de unos extraterrestres que no podemos percibir y que son quienes regulan las leyes de la física cuántica y limitan la velocidad de la luz. Según el mismo autor reconoce en la pieza que sirve de introducción (llamada, verbigracia, Vacío perfecto: el primer libro inexistente que se analiza es el propio libro que tenemos en las manos, un libro falso, que se nutre de cosas falsas, un vacío con guardas e índice), los textos reunidos pueden dividirse en varias categorías dependiendo de la intención que los alienta. En primer lugar se hallan los burlescos, los que persiguen desacreditar cierto tipo de literatura cuyo gigantismo o amor por la forma conduce a un irremediable raquitismo de sentido, o que denuncian esa variante de crítica llevada al absurdo por el psicoanálisis y la sociología: Gigamesh, de Patrick Hannahan, es una novela que se puede interpretar de infinitas formas, un Finnegans Wake hinchado e inabarcable donde cada episodio, cada frase, la sílaba de cada término esconde una miríada de sentidos disfrazados; Rien du tout, ou la conséquence, de Solange Marriot, elige por tema la nada, el puro no-ser, y va desintegrando sucesivamente la figura del autor, la del lector y la de la trama hasta que, comprendiendo que también el lenguaje debe ser aniquilado, concluye con una serie de balbuceos sin ilación; Toi, de Raymond Seurat, pretende ser el anti-libro, el abanderado de un nuevo género no supeditado al lector, y se demora en una infinita sarta de obscenidades e insultos contra ese personaje acomodaticio que sólo solicita que le instruyan o diviertan. En la segunda categoría de piezas, más personales, reconocemos ya al Lem que tienden a retratar sus trabajos mejor conocidos. Se trata de esbozos, o ideas germinales que probablemente habrían desembocado en una obra si el escritor hubiera vencido su desconfianza o su pereza: Idiota, de Gian Carlo Spallanzani, describe la relación de un matrimonio de sexagenarios con su hijo subnormal, para quien deciden crear un mundo a medida donde sus deficiencias pasen por norma; Gruppenführer Louis XVI, de Alfred Zellermann, es la crónica de un reino vesánico fundado por prófugos de las SS en el corazón de Sudamérica en imitación de la Francia prerrevolucionaria, que concluye con el inevitable baño de sangre. Todos estos textos, desde el sarcasmo a la anécdota, dan suficiente testimonio de la posición de Lem como autor de primera fila y no permiten abrigar dudas sobre su capacidad de enhebrar historias o afilar la ironía, pero no son lo mejor del volumen: eso, como en los banquetes de boda, se ha reservado para el final. En las tres últimas reseñas, las más extensas, asistimos a una endiablada combinación de sabiduría en la narración, humor ácido y filosofía de altos vuelos, todo ello aliñado con esa ciencia ficción de corte especulativo marca de la casa y que conduce al gourmet de la lectura al paroxismo del placer.
De Impossibilitate Vitae; De Impossibilitate Prognoscendi, de Cesar Kouska, se sirve de principios empleados en termodinámica y de la teoría de probabilidades para demostrar que la vida de cualquier individuo, la de un camarero y la de un presidente del gobierno, la tuya, la mía, la de Stanislaw Lem, constituye un acontecimiento imposible desde el punto de vista estadístico. En Física se considera imposible aquel suceso cuya tendencia a realizarse se aproxima infinitesimalmente a cero, como el hecho de que el agua se enfríe al contacto con el fuego o los vasos se recompongan después de partirse en mil pedazos; que una persona, cualquier persona, una entidad concreta con nombre y apellidos, llegue a ser exige una sucesión de condiciones, de requisitos, de coincidencias previas mucho mayores que esos ejemplos al uso y que la convierten prácticamente en una imposibilidad ontológica (así, el propio autor, Cesar Kouska, nos revela que él mismo es un milagro: no habría existido de no ser porque su padre y su madre se conocieron al equivocarse de habitación en un hospital, porque su padre fue destinado a provincias durante la Gran Guerra, porque su madre desestimó a otros pretendientes uno de los cuales pereció en un campo de prisioneros, porque el archiduque Francisco Fernando recibió un disparo en Sarajevo…) Non Serviam, de Arthur Dobb, da cuenta de un perverso experimento en que cierto científico, mediante el recurso a computadoras, es capaz de generar una realidad paralela dotada de seres conscientes que sin cesar se preguntan sobre la existencia y las intenciones de su Creador; fabricados como inteligencias puras, estos personoides arriban a la conclusión de que, de haber un Dios, debe carecer de omnipotencia o de bondad; los argumentos para el ateísmo de estos párrafos, auxiliados por un impecable aparato lógico, dejan en paños menores a las mejores disquisiciones de Bertrand Russell. Y la verdadera pièce de resistance del libro (la expresión corresponde al propio Lem) es La Nueva Cosmogonía, la traca final, que a lo largo de cuarenta páginas reproduce “un discurso imaginario de un premio Nobel, donde se nos propone una imagen revolucionaria del universo, un chiste para unos treinta iniciados, físicos y relativistas del mundo entero, un concepto que deslumbró al autor y que le asustó”. En ella, el físico Alfredo Testa, sobre los trabajos del filósofo maldito Arístides Acheropoulos, postula que las leyes naturales y los principios directores de la realidad son el resultado de un juego entre inteligencias sobrehumanas, alejadas inmensamente de nuestro planeta en el espacio y el tiempo, y que esas leyes, sin concluir todavía, van enmendándose de manera continua y cambiando la faz del mundo que nos rodea: el principio de indeterminación de Heisenberg o la constante de Boltzmann son absolutos sólo transitorios que cualquier día saltarán por los aires, ofreciéndonos un cosmos de aspecto totalmente insólito y quizá desapacible.
Un último logro de la obra de Lem. Por lo general, el libro precede a su crítica; en este caso, inspirado por una sinopsis, un autor necesitado de estímulo (por ejemplo, yo) podría terminar por escribir el libro que no existe pero que merece existir, para que no quede en el vacío por muy perfecto que sea.

2 comentarios:

el último lector dijo...

Sólo para anotar que el Premi Llibreter 2008 no es este libro, sino otro de la misma editorial Impedimenta.

El llegidor pecador dijo...

El "otro" es "Botchan" pero se lo merecía más "Un lugar en la cumbre".
Y sí, sigo leyéndolos 'en mangas de camisa', fardando por los cafés.