martes, noviembre 18, 2008

El rey rata, China Mieville

Trad. María Xoubanova Vázquez. La Factoría de Ideas, Madrid, 2008. 311 pp. 19.95 €.

Sofía Rhei

La fascinación por el mundo animal es una de las características más remarcables de la potentísima narrativa de Mieville, que es inglés. En su obra, los animales, por repugnantes que puedan llegar a ser (y créanme, lo son), poseen una entidad de nobleza y de sabiduría ancestral, una dignidad derivada de la limpieza del instinto, que siempre termina por salvarlos. Por otra parte, narrativamente, funcionan como emblemas de determinadas cualidades inequívocamente humanas, como es el caso del rey Rata.
Rastrero, egoísta, malhumorado, liante, soberbio, mentiroso, prepotente, egocéntrico y nada digno de confianza, el rey de las ratas es un personaje memorable. En su construcción hay parte de hombre lobo, parte de superhéroe de los bajos fondos, y una parte importante del marqués de Carabás de Neverwhere, serie televisiva de Neil Gaiman (1996) y posteriormente libro con la que El rey rata (1998) tiene mucho en común. La versión del Londres subterráneo de la serie es más compleja y mágica, y describe un "London below" más rico y matizado, pero ambos submundos son igualmente oscuros, plausibles y fascinantes. La ventaja de este rey rata es la de estar maravillosamente escrito: la intensidad visual y dinámica de sus descripciones iguala la experiencia lectora a una de las películas más potentes que recordemos haber visto. El tema de un Londres paralelo también ha sido tratado por Mieville en UnLunDun, su novela juvenil, de manera algo más fantasiosa y mucho menos sangrienta.
Las tácticas narrativas de este señor son muy eficaces, lo que se manifiesta en su dominio teatral de las estructuras. A menudo doblar una página es doblar una esquina, abrir una ventana, asomarse a un tejado o a una alcantarilla. Las tres tramas se interconectan en puntos a menudo inesperados, sin que jamás se repita un ápice de información, y la duda respecto a los numerosos "quien lo hizo" se mantiene hábilmente hasta bien entrada la segunda mitad del libro.
Sin embargo, lo verdaderamente inaudito es su manera de manejar cada párrafo, cada página. A menudo se queda en el borde del abuso, de la sobreactuación, de la pirotecnia, y sin embargo nunca lo traspasa. La descripción de los olores y lo que estos significan, la facilidad para crear empatía con personajes que sólo han aparecido hace dos páginas, el don de la "cámara subjetiva", y la imbricación entre inusuales paisajes urbanos y el estado de ánimo de sus habitantes son algunos de los mejores recursos del libro.
Maestro del gore escrito, Mieville se delecta en peleas tan gráficas e inesperadas que hasta la gente que habitualmente se las salta (as myself) se queda hipnotizada por la intensidad de esa escritura, distraída por las deslumbrantes figuras retóricas que se saca de la manga. A algunas de ellas costaría ponerles nombre.
El autor se confiesa seguidor de Ian M. Banks, e incluye en su extensa biografía una lista de los escritores a los que admira. Entre ellos no se encuentran Theodore Sturgeon, Stephen King o el propio Gaiman, a quienes me parece difícil que este hombre no haya leído con mucha atención. Pero eso es lo que tienen las listas: que para ser exhaustivas tendrían que ser larguísimas.
Obsesionado por la investigación artística (Natasha, la única mujer viva del relato, recuerda mucho a la avispa escultora que protagoniza La estación de Perdido Street: se trata de dos mujeres tan fascinadas y absorbidas por la práctica de sus respectivas artes (en este caso, la música), que llegan a perder, por este orden, su socialización, su integridad, su sentido moral, e incluso la vida consciente), el autor busca una prosa que funcione al nivel cerebral de una droga, y que resulte tan hipnótica como las melodías del mismísimo flautista de hamelín.